miércoles, 6 de agosto de 2014

La sombra






Bailo. A mis espaldas la sombra me acompaña bajo un sol desaforado.

La música tañe su ritmo, impregna la atmósfera oleosa y gotas saladas se escurren por mi piel. La sombra, en cambio, está seca y danza conmigo, ensayando movimientos sigilosos de marioneta.

Bailo con los pies descalzos que azotan el suelo y buscan el frescor de las baldosas. Ella se me arrima, copia la coreografía que improviso. Quiero que se vaya, pero medra con el sol que declina, se estira y me precede, en el deseo de liderar el baile.

Levanto un pie y la aplasto con fuerza, aprovechando el tam-tam de un tamboril candombero. Cuando intento despegar el talón del piso, no puedo: dedos largos, penumbrosos, trepan por mi empeine.

Con el pie libre procuro soltarme. Sin embargo, ella ha desarrollado rizomas que, como grilletes, me sujetan los tobillos.


Debo balancearme según sus designios, me dirige, zarandea. En la música que enlentece, soy tan sombra como ella.



©  Mirella S.   — 2014 —







miércoles, 30 de julio de 2014

Aromas





Para Ignacio noviembre era el mes que perfumaba a jazmines y le traía recuerdos de la infancia. Al llegar esa época empezaba a buscar sus efluvios en los quioscos de flores, para reavivar la memoria sensorial.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que había perdido el olfato.
Un vendedor ambulante pasó junto a él con un cesto de mimbre que desbordaba jazmines, bellos en la luz de su blancura, pero carentes de aroma. Ignacio se frotó la nariz, se la sonó repetidas veces, mientras seguía al vendedor esperando la anhelada estela de fragancia. No ocurrió nada, como si los jazmines fuesen de cera o de plástico. Las rodillas se le aflojaron, se sujetó de una reja y tomó conciencia de que en los últimos tiempos ningún olor le había incitado o disgustado. Su nariz era un apéndice de hielo, insensible a cualquier emanación. 
Lo vivo rezuma olores ¿algo habría muerto en él? Tendría que ir al médico ¿y si no hubiese cura, si estuviese perdiendo paulatinamente los sentidos? Ya era miope y a veces no entendía lo que se hablaba en los noticieros y debía subir un poco el volumen. En cuanto al gusto, no toleraba lo muy caliente o el exceso de frío, pero con los sabores su paladar seguía siendo escrupuloso. Acarició el hierro de la reja en la que se sostenía y debajo de los dedos percibió unos leves grumos de pintura. El tacto funcionaba.
Ignacio se apuró para volver a casa. Durante el trayecto, obsesivamente, dilataba y contraía las fosas nasales, en un afán espasmódico de percibir olores. El mundo se había convertido en un quirófano aséptico y por primera vez añoró la pestilencia provocada por el tránsito. Esta anomalía no pudo ocurrirle de improviso, sin embargo recién la había detectado en la falta de perfume de los jazmines, ligados a momentos importantes de su vida y que no lograba rememorar: también se habían borrado los recuerdos asociados a ellos. Retrocedió en la memoria —un retroceso en el vacío— y no consiguió reflotar acontecimientos o personas que aclararan por qué esas flores eran tan valiosas para él.
Cuando abrió la puerta del departamento, desde la cocina venían ruidos de cacerolas y vajilla. Eleonora asomó su melena roja y gritó: justo a tiempo,  y reapareció con una sopera. Preparé el minestrone que me enseñó la abuela piamontesa; no le escatimé ningún ingrediente. Qué olorcito provocativo ¿verdad? Y le alcanzó el plato humeante.
Ignacio casi metió la cara en el plato y sólo le llegó el vapor caliente que humedeció el interior de su nariz. Soplando, se llevó la cuchara a la boca, reconoció el gusto a cebolla y apio, el toque delicioso de la panceta, pero desprovisto de olor. Algo faltaba para que el disfrute fuera completo.
Más tarde, en la cama, la sedosidad de Eleonora no lo tentó como siempre. Sus dedos la recorrieron como quien explora una escultura de mármol. El cuerpo de ella sin su perfume natural, había atenuado su deseo. Hizo el amor obedientemente, sin placer, igual que cuando de chico se comía el guiso recalentado que le dejaba su mamá antes de ir al trabajo. Lo sumergió una ola arbitraria de rencor hacia Eleonora, que ajena a todo, alegre, juguetona, se rendía al momento con los sentidos despiertos.
Buscó en Internet y se enteró que era anósmico, una enfermedad raramente reversible. Leyó palabras científicas que nada le aportaron y en un cuestionario le respondió a la pantalla: no hubo ningún trauma o accidente recientes y menos me acuerdo de cuando empezó. Supo del alto porcentaje de anósmicos que había en el mundo y, lo más alarmante, que una probable consecuencia de la pérdida del olfato también ocasionaría la disminución del gusto. Pensó que el olfato es el más primitivo de los sentidos, que se manifiesta en fuertes sensaciones viscerales, ligadas a los instintos, al miedo, a la supervivencia, pero también al goce.
Lo más cruel era sentirse privado de los recuerdos que los olores evocaban. Eran muchos más de los que creía; los lejanos emergían incompletos, como despojos, interrumpidos por huecos incomprensibles, producto de su cerebro perezoso que no enviaba órdenes correctas a los nervios olfativos. Aspiraba el aire con fuerza, como alguien a punto de asfixiarse. Los esfuerzos fueron inútiles, los olores ya no estimulaban esa capacidad secreta de placer: los jazmines perdieron significado, el cuerpo de Eleonora se convirtió en el de una extraña, sin repercusión en él. Tocarla no podía compensar la desaparición de su íntimo olor a mar. Los aromas añejos se habían disipado y no habría nuevos.
Se dejó caer en un ostracismo voluntario y no habló con nadie de la “anomalía”, como él la llamaba. No hizo una consulta, tenía la certeza de que el destino había tirado sus dados y eso era lo que le correspondía. Se entregó a un silencio tenaz y todas las palabras economizadas las usaba hacia adentro, para reconstruir o zurcir los agujeros en la red de los recuerdos. 
Lo que obtuvo era falaz, dudoso, no conseguía discernir si los jazmines estaban conectados a instantes felices o amargos. Los jazmines dejaron de ser los jazmines y sólo fueron unas florcitas apáticas, de vida corta, que al poco tiempo languidecían, amarilleándose irremisiblemente. Y Eleonora pasó a ser una mujer de pelo demasiado rojo, un poco tonta en su entusiasmo infantil, que cocinaba platos desabridos y también se mantenía así de insípida en la cama.

©  Mirella S.   — 2011 —



Imágenes sacadas de la Web


miércoles, 23 de julio de 2014

Tatuajes





Alguien a quien ella le había dicho que no, a modo de despedida, sentenció que tenía un alma tenebrosa en un cuerpo prematuramente viejo.
No le pudo contestar, a los veinte años no discutía, no hubiera sabido explicárselo. A él tampoco le hubiese importado su aclaración de que había llegado a este mundo con huellas muy profundas, que se estamparon estando aún en el vientre de su madre. Los vestigios de la guerra.
Había absorbido ese horror durante nueve meses, el miedo a los misiles provenientes de sitios remotos que caían de un cielo ensordecedor y trizaban vidrios, demolían edificios, sacudían los cimientos de los sótanos donde se refugiaban las familias. Un miedo que siguió mamando con la leche materna, junto a la incertidumbre, el desamparo y la muerte.  
En la adolescencia se vio a sí misma como una vaca a la que no marcaron con un hierro candente, una maverick que nadie reclamaba y vagaba sola por los campos. Sin embargo, había venido con marcas que le eran ignotas y pertenecían a su destino: el de haber nacido en un momento en que esa zona del mundo se volvió loca. Nadie sale intacto de una atmósfera de estrago.
Por eso nunca discutía, una discusión podría derivar en una guerra. Sus primeras lesiones fueron intangibles; igual que los terroristas, operaban en la clandestinidad, desde las honduras del inconsciente. Después, la vida se le fue dibujando en el cuerpo, como un tatuaje.
Con los ojos sólo se advierte la devastación del tiempo, los músculos que se aflojan, la telaraña de arrugas que gana terreno. Pero los tatuajes interiores hablan de las angustias y ansiedades, de las esperanzas e ilusiones, de los garrotazos recibidos, de lo que se hizo y lo que se dejó de hacer, lo que se dio de menos y lo que se tomó de más; son la voz de los sueños que persisten más allá de una realidad que, la mayoría de las veces es adversa, y otras pocas favorable.
Las cicatrices formaron parte del diseño de sus tatuajes exteriores, algunas se las dejaron los hijos; otras, múltiples operaciones. Su cuerpo fue el campo de batalla. La faceta contestataria siempre en conflagración con la mansa y mediadora. Ganó, perdió, pactó treguas. Ella enhebraba la aguja de sus actos,  cosía o remendaba los desgarrones del alma y su sino —o lo que fuera— se encargaba de abrir heridas nuevas.
El tatuaje es una pintura viva que se expande, cada día esboza líneas imperceptibles que van conformando el paisaje corporal. 
No desprecia esas señales visibles. Cuando está triste las acaricia, porque le cuentan su historia, reafirman su identidad.

©  Mirella S.   — 2014 —

Pintura  de  Carles  Gomila




miércoles, 2 de julio de 2014

Veinte años no es nada






Qué la enamoró de Juan cuando lo conoció en ese curso de periodismo, ya no se acuerda. Es difícil desenterrar sensaciones que parecieron intensas si el sentimiento no está más. Tampoco tiene ganas de revivir ese amor del que ni quedan cenizas, y menos cómo se inició. Sin embargo, caminando por la calle, alguien le recordó al Juan de la primera época y, sin quererlo, ligado a él, aparece también el aula del Instituto, grande, llena de estudiantes que se disputan las sillas.
La génesis fue así: ella tironeando del respaldo y Juan del apoyabrazos. Ganó él, alto y forzudo. Usaba una remera blanca de mangas cortas (cómo se va acordando), en la piel bronceada se le marcaban las venas, que parecían cordones azules. Ella, flacucha, bajita, trastabilló, lo miró unos segundos con furia reconcentrada y, al descubrir una silla vacía en el fondo del aula, salió corriendo en esa dirección. Esquivando piernas y mochilas, se lanzó a la conquista del lugar desocupado. Desde allí del profesor sólo veía un penacho de pelo rebelde. Lo llamaban el Pájaro Loco (lentamente los recuerdos toman forma).
En otra oportunidad vio a Juan en el bar del Instituto, tan atestado como el aula. Había que ir hasta el mostrador, hacer el pedido, traérselo en una bandejita precaria y después amucharse en alguna mesa. Con un movimiento de serpiente había conseguido llegar hasta la primera fila. Le entregaron la taza y un brownie (con qué nitidez recuerda ahora) y cuando giraba con su bandeja en alto, un codo grueso como un caño de desagüe, le hizo volar la taza y el café con leche se derramó en una lluvia de barro sobre su pelo y su blusa. El energúmeno no se disculpó, sino que se apuró a llenar con sus músculos la brecha que ella había dejado.
Ya lo tenía bien identificado: un ropero demoledor del que debía apartarse. El siguiente encuentro se dio en el cine debate mensual que organizaba el Instituto. De la película casi no se acuerda, estaba pendiente de sentarse al lado de Fabio, que buscaba sentarse al lado de Carolina. Juan apareció de la nada y ocupó la butaca libre a la que ella le había echado el ojo y que estaba junto a la de Fabio. De modo que Juan quedó interponiéndose entre ella y el destinatario del metejón que la desmigajaba en esos momentos. Qué clarito se acuerda de los movimientos en vaivén que hacía para verlo, pero el cuerpo de gladiador de Juan le impedía toda visión de Fabio, que era menudo y petiso como ella.
Estaba nerviosa y en la mitad de la película —en blanco y negro, uno de esos bodrios franceses de la nouvelle vague, cree recordar que era “El año pasado en Marienbad”, donde no pasaba nada, pero que le gustaban en aquella época, porque le daban un aire intelectual y de vanguardia—, entonces, justo durante un silencio, no es que los personajes hablaran demasiado, a ella se le ocurre abrir el paquete de caramelos. El crujido del celofán crepitó en la salita que oficiaba de cine como si fuera el fuego de una hoguera. El chistido, mejor dicho, el resoplido de Juan, la paralizó y no pudo seguir desenvolviendo el caramelo. Se quedó así, con medio caramelo sin papel que se le fue pegoteando entre sus dedos, calientes de indignación. Cuando se encendieron las luces, pudo ver que el brazo de Fabio había rodeado el hombro de Carolina.
Una noche, a la salida del Instituto, se topó con Juan en la esquina. Llovía, con una lluviecita compacta e implacable. Ella odiaba los paraguas, sistemáticamente se los olvidaba en cualquier sitio donde los apoyara. Se subió la capucha de la campera y se arrinconó en la ochava a la espera del cambio del semáforo. 
Juan tenía un paraguas enorme, como hecho a su medida. Cuando el semáforo indicó que podían cruzar, ella se apuró, él se le puso al lado y la guareció debajo de esa especie de sombrilla para elefantes.
Ahí empezó todo. ¿Habrá sido ese gesto el principio de la atracción? Nuevamente la memoria empieza a fallarle y no puede discernir bien las etapas que siguieron, casi nunca de la mano, a veces cada cual por su lado, a los codazos, a los gritos. Ese período es como si se hubiera apelmazado de tal manera que lo único que ve es un mazacote oscuro de discrepancias.
Ahora, recordando los inicios, entiende que no podía haber sido para toda la vida o hasta que la muerte los separe; en el fondo era lo que entonces ella esperaba que durase el amor, no tan solo los veinte años que estuvieron juntos.

©  Mirella S.   — 2010 —


 Óleo de Michel Pellus


Es un relato viejo. Estoy escribiendo poco, entonces recurro al archivo... 




martes, 24 de junio de 2014

Apuntes en hojas perdidas (III)


Foto de Mariska Karto


Soliloquio

Sabrías decirme a qué recurso apelar cuando descubrís que algo se extenuó. El espejo te devuelve un poco ojerosa, con la boca más asténica, pero comprobás que los cambios no son tan visibles.

O qué hacer cuando al doblar una esquina estás desorientada y aunque reconozcas la calle, los negocios, alguna cara, sentís que el mundo es incomprensible, igual que si vinieras de una nebulosa desconocida. No tolerás los ruidos y la hostilidad circundante resulta densa como una montaña de escombros.

Cómo proceder si al asomarte por la ventana tenés la impresión de que la infinitud del cielo se te metió adentro y sos un estuche sin contenido, que comienza a disiparse. Lo único que subsiste es la percepción de inexistencia.

La nada no se siente a sí misma, ni sabe que no es, o que es el agujero del vacío absoluto. En cambio, sos consciente de tu estado actual.

Será que siempre viviste en blanco o negro y no soportás esta supervivencia de helecho. Es cierto, te sentís sola y no por falta de personas. Desde tu nacimiento fue así. Quedaste olvidada en la frialdad de la balanza hasta que una enfermera te envolvió en una mantita y te llevó a neonatología. 

—Estamos en una situación de emergencia, hay poco personal —le comunicaron a tu padre.

Tal vez por eso hay períodos en que el invierno te alcanza y congela hasta el dolor. El espíritu yermo de la soledad, murmurás, y tu voz es un vidrio escarchado que se quiebra en astillas, sin lágrimas. No hay nadie, ni lo habrá, que te acompañarte en esta búsqueda.

Varias veces traspasaste los campos de la muerte, comiste de sus frutos amargos y te pareció habitar una jaula vacía. Te aferrabas a los barrotes oxidados que eran el sostén de tu vida.

No hay más que silencios y oquedades. El amor es puro anhelo y la esperanza es un pájaro gris, que desaparece en el crepúsculo punteado de grillos.


Sabrías decirme.


©  Mirella S.   —Junio 2014—







martes, 17 de junio de 2014

Seducción




Atado al mástil, imposibilitado de moverme, escucho su canto y me abandono al hechizo. Solo logro sostener entre el índice y el pulgar un trozo de carbón y escribo en mi muslo desnudo las sensaciones que me provocan.
Veo a esas mujeres-pájaros que se agazapan entre las rocas, rodeadas por los cadáveres de mis predecesores y comprendo que no puedo renunciar a escucharlas. Soy un hombre que quiere saber, incluso lo que no debe.
El dios del viento retiene su soplo, es como si nos estancáramos en el silencio del agua, que permite apreciar cómo ellas, musas de las evocaciones, cantan las hazañas de los héroes y mi propia gloria.
El canto no tiene palabras, no las necesita, las voces emiten sonidos límpidos que me envuelven en anillos de luz. En su musicalidad percibo las olas del mar, el modo en que se aceleraban en los tiempos del desembarco. Hablan —sin hablar— de la sangre vertida en las batallas, del chasquido de las espadas rotas contra las costillas, del fervor en las venas. Vuelvo a oír el grito líder que azuza a los soldados, el estertor de los moribundos y huelo el miedo, que se pega viscoso bajo nuestros pies.
Ellas cantan la astucia de la estrategia final, la victoria, los que fueron ejecutados y los prisioneros. Cantan el regreso, este anhelo de hogar, el reencuentro y el preludio del amor.
También relatan el futuro, el lugar que ocuparé en la historia de los hombres cuando ya esté muerto. Estoy suspendido entre dos mundos. A pesar de las precauciones, me seducen, erotizan y percibo en la carne el despliegue de la virilidad.
Inútilmente grito para que aflojen las cuerdas y me liberen. Músculos y nervios pugnan por alcanzarlas y mitigar sus soledades —o la mía— con mi cuerpo, del que rápidamente no quedará más que huesos anónimos, mezclados al de tantos navegantes desprevenidos, muertos por osar seguirlas.
A medida que me entrego, pierdo la identidad de hombre libre de la que siempre he presumido. Quisiera pertenecerles y que no me abandonen jamás. Ya no importan los que esperan mi regreso, ni el cetro ni la cordura, solo tengo este anhelo que proviene del inframundo.
Cuando vuelva no seré el mismo —escribo con dedos que tiemblan—, no después de haberlas escuchado. Aunque recobre todo lo que me pertenece, algo en mí quedará vacío, aquello que arrebataron con su canto.




©  Mirella S.   —Mayo 2014—







miércoles, 11 de junio de 2014

Desatanudos


Foto de Mirella S.



 Quedaron atragantadas
hechas un nudo
y yo quiero escupirlas
 vomitarlas
partirlas en sílabas desquiciadas.

Que de rabia y dolor
se deshilachen las onomatopeyas
en una procesión
de gorgoteos sin sentido.

Que salgan impunes
equívocas 
inocentes
amargas insumisas
y liberen mi garganta para el grito
desgarrado.

Que incisivas te alcancen
y suelten las amarras de horas asfixiadas.

Que le rece a la Virgen de los Desatanudos

susurran los devotos.

Me niego con los ojos

porque no creo en vírgenes
sino en la castidad
de ese cielo estrellado.

©  Mirella S.   —Mayo 2014—
     






miércoles, 4 de junio de 2014

Samsara





Ahora puedo afirmar que esa noche el destino me interceptó el paso y me desvió por sendas inesperadas. Cuando la que me engendró, torciendo la boca, me dijo aquella frase bastarda, me apoderé de su desamor y lo hice mío. Fue el último insulto que soporté y al no darle salida a mi violencia, enloquecí.
No fui capaz de admitir que la hubiese matado. Mi odio era una olla de aceite hirviendo y si lo derramaba habría muerto con ella. Desde que recuerdo siempre me miraba con desprecio y asco, como se mira un excremento.
Cosí la locura en mis hombros y durante ocho meses estuve doblegada por un interregno de sensaciones amorfas.
En el período de la internación, pese a los sedantes, tenía sueños: soñaba con ruedas. Fueron mi salvación. En los momentos de lucidez intenté descifrar qué significaban. Con voz aletargada describía los sueños al terapeuta que se presentó al final de una tarde. Marcos, dijo casi en un susurro y me tendió la mano.
Él anotaba prolijamente mis palabras en un cuaderno con espiral. Cada tanto sus ojos se alejaban de los renglones y por encima de los lentes sobrevolaban algo que estaba más allá de mi cabeza, acaso buscando respuestas que no tenía.
Al despertar lo primero que recordaba eran las ruedas, igual que si estuvieran en la habitación y las viese. No soñaba con mi madre o con otras personas y el médico tampoco me hacía preguntas sobre el motivo de mi permanencia allí, ni indagaba en los sentimientos que me condujeron a esa situación. Parecía estar tan interesado en las ruedas como yo.
Le conté de una que en el centro contenía tres animales insensatos (esa fue la palabra que usé): un gallo, un cerdo y la serpiente. Él masculló: orgullo, ignorancia e ira. Después me preguntó cuál de ellos había visto con mayor nitidez. La serpiente, contesté. Ira, repitió, y lo percibí complacido. Antes de levantarse dijo: samsara y asintió para sí, distraídamente.
Vio mi expresión de desconcierto y me aclaró que yo había soñado con la rueda de la existencia que representa el ciclo de la vida, muerte y renacimiento. Pronto me sentiría mejor, agregó.
Si volvía a soñar con ruedas debía fijarme en el número de ejes.  Siempre son ocho, respondí categórica. Dos meses más, enunció, enigmático.
Noté que empezaron a disminuir la medicación y de a poco recuperé cierto equilibrio interno, un sentimiento benigno, parecido a la serenidad.
El sueño de la rueda con los tres animales no se repitió, pero durante varias noches por mi territorio onírico rodó una, estilizada, con forma de loto.
Él sonrió por primera vez y con esa voz de arpa, dijo: es el nacimiento por encima de las aguas enfangadas.
Con la rueda de oro afirmó que estaba recobrando el poder sobre mi espíritu. Y cuando soñé una alada, que giraba vertiginosa, expresó que mi tiempo había llegado. Esa fue la última sesión, unos días después obtuve el alta.
No regresé a casa, que representaba un depósito de desperdicios en el fondo de mi memoria. A ella no la vi más. Una sola noche la soñé, acostada en un ataúd y comprendí que tanto si estuviera viva o muerta ya no podía hacerme daño.
Algún tiempo después compré una rueda de cerámica en una feria de artesanos, se la quería regalar a mi terapeuta, para agradecerle su ayuda y el acompañamiento en el proceso.
Fui al hospital una tarde, en el horario en que él me atendía y pregunté por el Doctor Marcos. La enfermera me recordaba y frunció el ceño.
Marcos, dijo, no era doctor, sólo un voluntario, dejó de venir en la época que te dieron el alta.


©  Mirella S.  —Mayo 2014—





1.   Obra de Gina Higgins
2.  Rueda del Templo de Konarak (India)




martes, 27 de mayo de 2014

Con el viento en los talones





Era un sueño que iba postergando, correr a la hora en que el sol quedase semioculto por la arboleda. Siempre tenía una excusa a mano: las piernas débiles, mis bronquios dañados en la adolescencia. En mi búsqueda del atardecer perfecto, descartaba oportunidades: hoy no, porque el cielo se manifiesta poco favorable o hace frío o está neblinoso. En esos momentos me sentía un hombre menoscabado.
Una tarde salí a caminar por los bosques, y como si siguiera una orden interior no emanada por mi cerebro, ensayé un trotecito. Los árboles comenzaron a alejarse, formando un telón de troncos móviles y el verde del follaje también huyó de mí a medida que incrementaba la velocidad. Los brazos, levemente flexionados, iniciaron un balanceo. Sin mi intervención la memoria corporal adoptó posturas que recordaba de las carreras de mi infancia. El cuerpo se volvió liviano, como si fuera de papel y me fusioné en esa tarde que se dilataba en diciembre.
Al fondo, lejos, sumido en la tintura del crepúsculo, distinguí la fosforescencia del lago. Sería mi punto de llegada, mi objetivo. Quería salir de mis pensamientos, esos cazadores furtivos que me acechaban con sus trampas. Quería ser sólo músculos, tendones, nervios, sangre que pulsa en las arterias, pura respiración, órganos que se acomodan para facilitar la carrera, igual que los pasajeros de un ómnibus repleto o los feligreses de un templo en Navidad. Eso quería.
Empecé a notar la falta de entrenamiento y resurgió la antigua lesión pulmonar. Sin embargo, mientras duró el impulso, el mundo fue el sudor que humedecía la piel, fueron los pies hostigando las hierbas, las aletas de la nariz que se ensanchaban, las pestañas procurando desalentar el lagrimeo que el viento provocaba al golpearme los ojos.
Olvidé los ansiolíticos, aquello que no tenía solución o que yo no se la encontraba. De materia inerte me había transformado en carne viva al servicio de sensaciones primordiales.
Tuve que aflojar la marcha, no podía construir un cuerpo nuevo en pocos minutos.
Entonces lo vi. Corría en un sendero paralelo, era apenas una silueta que aparecía y desaparecía entre los troncos. Por observarlo casi perdí el equilibrio; él también me miró y vislumbré un brillo avaricioso en su mirada.
Los pulmones ronronearon como un acordeón asmático y las pantorrillas crecieron en rigidez. Aminoré el paso y la sombra también lo hizo. Me di un rápido masaje en los gemelos y volví a correr de un modo tambaleante. Cada tanto giraba la cabeza hacia el otro lado de los árboles.
Una segunda silueta apareció, se unió a la primera y la agrandó en una mancha inconstante. La contracción en el estómago me previno del peligro. Las sombras se separaron, una se adelantó e iniciaron un movimiento de tenaza. Quedé en el medio.
No pude llegar al lago ni cumplir mi objetivo. Bajo los golpes caí como un muñeco fracturado.
Ahora solo me resta imaginar, con los ojos viejos de recuerdos. Me hubiera gustado nacer con el viento en los talones.



©  Mirella S.   —Marzo  2014—






Fotografías  de  Phillip  Schumacher





miércoles, 21 de mayo de 2014

La otra orilla




Este texto es un retoño del cuento "Tatadiós".
Puede leerse independiente del original.


Los veranos en la casa quinta de los tíos estuvieron signados por hechos extraordinarios, algunos devastadores, como la huida silenciosa de mamá, el conocimiento de la existencia del Tatadiós y, unos años después, las presencias que acompañaron mi soledad a la hora de la siesta.
La casa era enorme, sin embargo me sofocaba, quizás por el recuerdo de ese seis de enero, que condujo mi vida por cauces impensados. Siempre creí que las casas son ataúdes de momentos muertos y protegen los secretos de quienes las habitan. Pero en la quinta los enigmas estaban en el jardín. El tío Julio, según lo había proyectado, lo fue cultivando con setos, canteros y en el fondo plantó árboles frutales. Más que un jardín era casi un parque.
Los meses de vacaciones los pasábamos allá. Papá y los abuelos venían los fines de semana, él acarreando su cara hosca y su aire distraído de no estar en ninguna parte. La tía Mechita se ocupaba de mí como si fuera una porcelana tan delicada que sus manos primitivas no debían tocar.
Los mayores se mantenían alejados, detrás de los muros de palabras triviales y las tardes se volvían tediosas. El tiempo de la siesta era algo sacrosanto, había que respetarlo, cada uno recluido en su cuarto. Yo me escapaba del mío por la ventana que daba al jardín e iba a refugiarme entre los limoneros y naranjos, en primavera blancos de flores y después dorados de fruta. Qué placer me producía respirar su aroma cítrico, refrescaba el bochorno de la siesta.
A ellas las vi el último verano que fuimos a la quinta. Tenía nueve años y durante el otoño nos mudaríamos a otra ciudad, buscando fronteras nuevas, tal vez como finalmente hizo mamá. En esa hora de fuego vi las ligeras sombras que, flexibles, volaban entre los troncos de los árboles. No pude hacer otra cosa que seguirlas, como si jugáramos a las escondidas, claro que nunca las alcancé. Parecían recortes de encaje o volutas de un humo pálido. De pronto se desvanecían bajo el verdor del follaje y dejaban una estela luminosa. No tenían formas precisas o mis ojos no estaban hechos para verlas.
Al principio eran pocas, producían unos aleteos tenues y pensé que eran las almas de las mariposas que se había comido un Tatadiós. Pero hacía años que no había visto ninguno y también las mariposas desaparecieron, por todos los insecticidas usados en las quintas.
Quise compartir el descubrimiento y le conté a la tía Mechita que las mariposas habían vuelto. Convertidas en trocitos de tules, se escondían entre los árboles para que las persiguiera. Ella me acarició la cabeza, con la punta de los dedos, como la noche de ese seis de enero cuando tuve la pesadilla con los tres Reyes vestidos de Tatadiós que venían a comerme porque yo también era una mariposa. Con su voz de colibrí me dijo que, seguramente, eran las sombras de las hojas mecidas por el viento. No le conté que las había escuchado reír ni que me llamaban por mi nombre.
Para que me creyera, un atardecer le mostré los rastros titilantes que aún perduraban en la arboleda. Mechita, entrecerrando sus ojos aindiados, dijo que eran bichitos de luz y que no debía inventar amigos imaginarios. Yo sabía perfectamente cómo eran las luciérnagas y ellas no se les parecían en nada. Venían de algún lugar secreto.
Ese verano, a la hora de la siesta, disfruté silenciosamente del espíritu de las mariposas, esas amigas inefables, que con sus danzas de luces se instalarían en una esquina de mis recuerdos. Cuando en abril cruzamos a la otra orilla, ellas tampoco me siguieron y fue entonces que dejé de esperar a mamá.




©  Mirella S. —Abril 2014—


Ilustración de Nicoletta Ceccoli


miércoles, 30 de abril de 2014

Tatadiós (II)







Llegó la noche de Reyes y de golpe los mayores se dieron cuenta de mi existencia. Hacían bromas, disimulándolas con caras serias; hablaron de los camellos que iban a llegar con hambre y con sed (me vino la imagen de algo verde, famélico, al acecho), contaron de la estrella, de los presentes al niño Jesús y mantantiru-liru-lá. 
Mamá me dictó la cartita con los pedidos; no estaba conmigo y le tuve que repetir varias veces que me corrigiera los errores. Papá daba vueltas por el cuarto, las manos en los bolsillos, con expresión de impaciencia, o quizás fuera otra cosa. La tía Mechita me miró con su cara de tierra y me acompañó a cortar el pasto y a poner los baldes con agua para los camellos. Sin hablar apoyó su mano sobre mi hombro en un inusual gesto de protección o de afecto. Se me ocurre conjeturar que ella ya sabía.
La cena fue temprano y la conversación estuvo a cargo de Julio y de los abuelos. Mamá y papá habían establecido una barrera de silencio. Yo pensaba en los regalos y, de tanto en tanto, se me mezclaban las imágenes del tatadiós y de los camellos. A los postres se cortó la luz. Papá trajo una linterna y la tía Mechita paquetes de velas.
Afuera los símbolos de la noche relumbraban; no pude encontrar la estrella guía, tampoco nadie me ayudó a buscarla, ocupados en prender las velas, improvisar candelabros en botellas vacías. Mamá me llevó al dormitorio, me puso el camisón y me dio un beso con olor a menta. A la luz de la llama su cara onduló como si fuese de agua, como si de nuevo estuviera por cruzar a la otra orilla. Dejó encendida una vela gorda y grandota.
Me desperté en la humedad de un sueño, la frente con gotitas, igual a cuando tenía fiebre. No sé si desperté a otro sueño, pasó mucho tiempo y los recuerdos se transforman, lo mismo que los sueños. La vela seguía prendida, todo el cuarto temblaba en salpicaduras de oro. Tomé la vela y fui hasta la ventana, tal vez vería llegar a los Reyes. 
Lo descubrí en la pared, cerca del marco. De un verde sucio por la escasa luz, angosto y largo, de proporciones gigantescas, apoyado sobre su propia sombra que lo hacía todavía más grande. Y lo terrible fue que un poco más arriba había otros dos, quietos, en fila, como los tres Reyes Magos. Levanté la vela sin respirar, puro ojo en observación. Debían de ser los Reyes nomás, sostenían bolsas desbordantes de mariposas. En la oscilación de la luz se movieron los tres al mismo tiempo, rotaron hacia mí y se deslizaron por la pared. 
Me traían regalos o yo era el regalo para ellos, porque sentí un cosquilleo en la espalda, algo surgía de mis omóplatos, algo tenue, de seda, y de mi boca abierta saltó una lengua finita, larguísima, en espiral y aunque las mariposas no tienen voz, un grito agudo se escapó de mi garganta, quizás fue el jadeo de mi respiración o las alas inquietas las que apagaron la vela.
Mi grito arañó la noche y a partir de ese momento sería antes y después del grito, antes y después del tatadiós, antes y después del sueño o de la revelación, antes y después del seis de enero.
La puerta se abrió y en el hueco aparecieron focos de luz, voces familiares, la presencia de mamá. Las manos de la tía Mechita, apenas más alta que yo, me arrebataron la vela que chorreaba cera caliente en mi camisón y después corrió por un vaso con agua. Hubo palabras de consuelo: fue una pesadilla, ya pasó, y frágiles caricias que se perdieron en el aire. No dije nada, sólo podía llorar, y aunque no lo sabía, estaba llorando por anticipado.
Mamá me llevó a su cuarto y me acostó en la cama ancha, del lado de papá, extrañamente intacto. Me adormecí en sus brazos.
Al otro día permitieron que durmiera hasta las once. A los pies de la cama se amontonaban los regalos. Los abrí: la muñeca con rulos, los libros para colorear, el juego de té en miniatura, de eso me acuerdo. No me alegraron. Entre las caras sonrientes y llenas de arrugas que me rodeaban, busqué el óvalo pálido de mamá. No estaba. La llamé, no vino. Sentí que dentro de la boca se me formaba un nuevo grito y otra vez los ojos se me mojaron con un agua que ardía. Papá me sostuvo por los hombros, inclinó la cabeza, los labios en una línea dura, y en un murmullo me dijo: mamá tuvo que irse muy temprano, va a tardar en volver.
No volvió nunca. No supe porqué nos dejó, no se hablaba de esas cosas con una nena y cuando crecí tampoco. A las preguntas que hacía la respuesta fue siempre el silencio, como el que rezumaba de los ojos distantes de mamá, que no pertenecían a nadie, mirando siempre hacia otra orilla.
Mucho después me enteré del mito de la Mantis hembra: el macho queda cautivo en un abrazo mortal y durante la cópula, ella se lo come despacio. El éxtasis unido a la muerte. La hembra se llena de la materia que la fecunda y también del macho mismo. La posesión es absoluta y culmina en la indiferencia de la muerte. 
Esa voracidad me remite a mamá, inalcanzable en su lejanía. Ninguno de nosotros pudo calmarle el hambre. Papá quedó vacío, muerto en su sequedad. Y desde mi infancia aprendí a no tener anhelos, a volverme arcillosa y callada, tal vez por el miedo de despertar a la Mantis que habita en mí.

©  Mirella S.   —2010—


Imágenes sacadas de la Web




... y ella seguía allí, las manos contritas,
confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito seco.
Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
se desintegró entre mis dedos
como una fina y quebradiza cáscara.

José Watanabe
(fragmento del poema "La mantis religiosa")