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martes, 23 de octubre de 2018

Una noche de lluvia




Aplastada como un gusano, así me siento. Un pie gigantesco se cierne sobre mí, me cubre con su sombra, da inicio a un zapateo y quedo hecha un puré verde en la suela del bailarín. No es nueva esta sensación; ahora que se calmaron las aguas percibo que hay indigencia de deseos, solo un remolino de pensamientos que pastan en tierra infértil. A Liliana se lo resumo así:

—Estoy repodrida.

—Debe ser la post menopausia —dice ella, pegándole un generoso mordisco a la medialuna. Agrega—: Vienen las añoranzas, los balances de lo que hiciste o dejaste de hacer. Yo no los hago más, me volví una mujer frívola y primero pienso en mí.

Siempre pensamos primero en nosotros, también cuando estamos preocupados o pendientes de los demás. La miro. Le quedó una partícula del croissant, como le dice ella, en la boca embadurnada con ese labial rojo amapola. Detesto mi mirada de censura que pone en primer plano las mínimas imperfecciones. Con fastidio alejo el pocillo a medio tomar, el café está tibio.

—Me siento vacía, pelada, despojada —anuncio secamente.

—Fedora, en tu caso no es para menos: acabás de terminar un divorcio controvertido y además te jubilaste. No es poca cosa.

Liliana se lleva la taza con té de jazmín a los labios. Cuando vuelve a dejarla en el platito, un rastro bermellón mancilla el borde de loza blanca y me acuerdo de la época en que me pintaba y Francisco ponía la misma expresión que debo tener yo. Entonces, de puro complaciente, frotaba la mancha con la servilleta de papel.

—… no entiendo por qué te jubilaste —decía Liliana—, Darío no te lo pidió. Hiciste demasiados cambios al mismo tiempo. Cómo no vas a sentirte así ahora que te salió la jubilación y la sentencia de divorcio.

—Es cierto, a Darío le compliqué la vida, ninguna reemplazante lo conforma. Después de veinticinco años de solucionarle los problemas prácticos, acompañarlo en sus muestras, era como tener un segundo marido, tan hincha pelotas como el oficial. Estaba harta y aburrida.

—Fedora, en algo vas a tener que ocupar toda tu energía…

No escucho lo que sigue diciendo Lili, también esta conversación me aburre. La confesión es falsa, no espero consuelo, soy tan soberbia que nada de lo que diga Lili va a conmoverme y la miro desde un pedestal, congelada como una estatua. Si tuviera que llorar, de mis ojos caerían cubitos de hielo. No recuerdo la última vez que lloré, ni  siquiera cuando le pedí a Francisco que se fuera de casa, ya no toleraba su desconfianza.

Me llegan residuos del parloteo de Lili, cómo se me ocurrió sacar el tema justo con ella, que en dos patadas te quiere arreglar la vida.

—… yo, en tu lugar, con lo que te costó obtener una equitativa división de bienes, pasaría horas en un Spa, renovaría el vestuario, proyectaría un crucerito, donde te dan todo servido, conocés gente y quién te dice que…

Le agradezco la sugerencia y llamo al mozo, quiero irme, necesito ingresar en callecitas arboladas, dejarme llevar, sin rumbo.

Escapo del movimiento de la avenida, camino hacia el lado del río y me interno en los vagos territorios de la memoria, consciente de que estoy metiéndome en tembladerales. Allí prima lo incierto y si permanezco demasiado corro el riesgo de no distinguir el ambiguo tránsito entre los recuerdos y la realidad.

Desde hace un tiempo recurro más al pasado, como si quisiera acomodar fichas, organizar el caos, armar una especie de grilla y que Francisco, Darío, lo que espero de mí, ocupen el lugar exacto. Francisco y Darío: ese es el comienzo para indagar. Los alejé, me alejé por motivos distintos: la mirada escrutadora de Francisco buscando evidencias y la devocional de Darío, el exitoso artista plástico a quien debía elegirle hasta la ropa para cada exposición. Francisco no lo soportaba, le resultaba algo impropio y tenía la convicción de que éramos amantes o que en algún momento lo seríamos. Ante mi escueta explicación soy su asistente, nada más, sonreía, no con la ternura de antes: su sonrisa parecía el doloroso tajo de un bisturí. Y largaba frases vulgares: cómo podés trabajar con alguien que te quiere coger, que te ronda todo el tiempo.

Estaba en las últimas instancias del divorcio cuando le informé a Darío lo de la jubilación y que me iba. Parecía un perrito abandonado, se quejaba lastimosamente. Ahí los tenés a los dos, me dije, el bóxer ladrador y el caniche temeroso. Pero el caniche salió de su situación de desamparo y se convirtió en un gato espléndido y seductor que maulló aterciopeladamente: casémonos, miauuuu… La risa me brotó instantánea: lo que vos necesitás es una secretaria, esposas ya tuviste demasiadas.

Abro la cartera y busco los cigarrillos. Qué despistada, si dejé de fumar. Hice todo junto: largué un matrimonio desintegrado, un empleo cautivador, pero complejo y los puchos. Ahora me dedico a las pastillas de anís, a escuchar consejos que no quiero, a caminar sola los domingos por la tarde.

Anoche fui a buscar el resto de mis cosas al atelier de Darío, convencida  de que no estaba. Me di vuelta para irme y al verlo con el hombro apoyado en el marco de la puerta, con su pipa colgándole de un costado de la boca, las manos en los bolsillos, mirándome serio, agotadas las propuestas, algo se me ablandó por dentro. Lo saludé con un nos vemos y esquivé sus ojos cuando pasé a su lado.

Arriba del follaje de los plátanos un atardecer de miel va suavizando las formas y también me apacigua. Para mí es la hora de la serenidad, de la reflexión, que me conduce a estados más benignos. Los pájaros hacen sus últimos alborotos antes de acomodarse en las ramas. En este instante, previo a la quietud nocturna, comprendo lo que siempre negué.

Quizás Francisco no estuvo tan errado en sus sospechas. Aquella vez hace veinte años, en New York, para la primera exposición importante en el exterior, Darío quiso que fuera con él. Después del vernissage en el Soho, me pidió que camináramos un rato. La conmoción de la muestra perduraba; recuerdo una grata sensación de intimidad que se prolongó durante la cena en un restorán japonés por Mercer Street. Volvimos a pie hasta el hotel, se había levantado una brisa con olor a lluvia y corrimos el último trecho, riendo como adolescentes, dos cuarentones que recuperaron una alegría cómplice bajo el chubasco. Él me sujetó la cintura para saltar un charco con mis tacos aguja y terminamos tomando el desabrido café neoyorquino en el bar del hotel. Darío sacó un pañuelo, lo pasó por mis hombros, por el pelo y después se lo llevó a los labios. No en ese momento, sino más tarde, en mi cama, insomne, parapetada detrás de mi ojo censor, pensé, Darío, qué cursi sos.

Estuvimos varias horas en la cafetería, afuera la lluvia goteaba desde las marquesinas y él, con las manos sujetando las mías, me envolvió en el vórtice de sus palabras y me sentí partícipe de su éxito.

Francisco nos fue a buscar a Ezeiza. Darío, aún exultante, había rodeado mis hombros con su brazo. Sonreíamos. Cuando lo encontramos en el hall del aeropuerto vi que tenía el ceño fruncido. A partir de entonces siguió mirándome con esas dos arrugas verticales entre las cejas. Al poco tiempo empezaron el recelo y los reproches.

Con Darío nunca hablamos de ese primer viaje a New York, de la cercanía de aquella noche de lluvia. Los viajes siguientes fueron distintos, él parecía ocupado en saborear cómo crecía su éxito.

Sin embargo, muchas veces lo sorprendí mirándome del mismo modo que lo hiciera en el bar. Eran instantes en los que a nuestro alrededor se hacía el silencio y por unos minutos quedábamos solo nosotros dos.

Tiene razón Lili, no vale la pena aferrarse a la añoranza de lo que no fue, de algo incipiente que no maduró. Son etapas que terminan, como esta tarde que, muy a pesar mío, es casi noche y camino para cerrar el pasado.



©  Mirella S.   — 2011 —




miércoles, 7 de junio de 2017

La del medio




Mi hermana mayor es parecida a nuestra madre, una sibarita, con un cuerpo voluptuoso, en el que se sacralizan curvas y redondeces. Mis padres le eligieron el nombre de Alejandra, por lo magna, ya lo era de recién nacida. Los hombres se dan vuelta cuando camina por la calle, para verificar si la abundancia de adelante se repite por detrás. No quedan defraudados. Sin embargo, algo falla: a los cuarenta sigue solita y sola.

Mi hermana menor salió a nuestro padre: flaca por donde la mires, lisa como un palo de escoba. Es el cerebro de la familia; perdí la cuenta de todos sus títulos, masters y licenciaturas. Le pusieron Victoria y le hizo honor al nombre: su vida es la acumulación de un éxito tras otro. Ella sí se casó, con otro cerebro, un doctor en neuropsico… no sé cuánto y produjeron un cerebrito más, que usa los sesos para elucubrar las más increíbles maldades. Vicky y el neuro del marido, después de cada vandalismo, lo sientan y le dan unas cátedras de comportamiento llena de palabras incomprensibles, mientras el pendejo, con la cabeza gacha, pone cara de arrepentido para zafar lo antes posible de la perorata. Hay que reconocerle que es un actorazo, otra que Al Pacino.

No soy una perversa, pero no me imagino a esos dos en la cama. Toda la libido la tienen puesta en los estudios, la profesión, exhibirse en congresos y seminarios. A lo mejor se calientan hablando de la sinapsis de las neuronas. Su vida sexual y de cómo engendraron ese proyecto de Atila, que por donde pasa siembra la destrucción, es un enigma para mí.

Yo soy la del medio, triste ubicación, aunque tiene sus ventajas: nadie me da bola y no se meten en mi vida. Me llamaron María Helena (con hache) y me ilusioné pensando que fue por Helena de Troya, en cambio resultó un homenaje a una tía, solterona y bien forrada, que les dejó a mis viejos una suculenta herencia. Desde chica me apodaron Mari y mis veleidades mitológicas se fueron al carajo.

No me parezco a ninguno de ellos y muchas veces dudé de mi legitimidad, lo que sería poner en tela de juicio la conducta de mi progenitora. No la podría censurar, teniendo en cuenta lo poco efusivo que es el viejo, siempre con la nariz metida en sus óleos y pinceles.

Mi piel es sospechosamente más oscura que la del resto de la familia. Nací y crecí en la casona de Floresta, rodeada por un parque impecable, con pasto inglés, una lujuriosa Santa Rita, hortensias, clivias, petunias que un jardinero morocho y musculoso, callado y melancólico, cuidaba con ardor y escrupulosidad como si cada brizna de hierba o flor fuera el cuerpo de la mujer amada. Mientras trabajó en la casa, para mis cumpleaños, armaba un ramo con las flores más perfectas, se inclinaba para darme un beso y decía junto a mi oído con su voz ronca: feliz cumpleaños María Helena. Era el único que me llamaba por mi nombre completo.

Volviendo a la cuestión del soma familiar, no soy ni gorda ni flaca, ni linda ni fea, ni brillante ni seductora histérica, o sea “ni chicha ni limonada”. Una mina promedio, la gris hermana del medio. El relleno del sándwich. Y por más que un amigo me quiso consolar y me dijo que el relleno es lo mejor, lo más sabroso, yo, escéptica por crecimiento, le contesté que al relleno muchos lo sacan o lo descuartizan, porque el jamón no les va o el queso les da alergia o el tomate está pasado o dudan de la limpieza de la lechuga.

Tampoco entro en la categoría de casada o soltera; conviví ocho años con un hombre y nos separamos. No necesito ser objeto de adoración como Ale, la magna. Ni que me alaben los logros por las investigaciones sobre la vida íntima de ciertos insectos, originarios de una isla en el mar de Tasmania, como Vicky. La suya deja bastante que desear, desde que tuvieron al monstruito, ella y el neuro duermen en cuartos separados.

No soy centro de nadie, estoy en el medio de dos extremos que no pueden ser más opuestos: el cuerpo y la mente. Mis dos hermanas se mancomunan en una sola cosa: en ignorarme. Sé que las irrito porque digo lo que pienso, sin los eufemismos a los que recurren tanto ellas como los viejos. De algún modo se avergüenzan de mí, de mis opiniones crudas o de mi boca sucia, como dice mamá. Ale, la magna, seguramente de mi piel morena. Victoria elaborará alguna teoría respecto de la pobreza de mi cultura, mi inteligencia mediocre o la carencia de ambición por triunfar.

Lo que no saben —o no les importa—, es que experimenté algo que en mi familia brilló por su ausencia. Esa palabrita de cuatro letras que jamás fue pronunciada por considerársela cursi, de culebrón de la tarde o de novelas de Danielle Steel. Se me pegó el hábito y tampoco la digo. Claro que la sentí en toda su magnitud, a diferencia del sabor insípido de sopa recalentada que fue la constante de los viejos y, supongo, de Victoria y el neuro. 

Y aunque ahora esté sola y la geografía emocional parezca una estepa deshabitada, el amor (finalmente puedo nombrarlo), ese amor me reconcilia con la vida, porque se me quedó adentro como un privilegio, un rescoldo amigo que me calienta los días. Algo que ellas nunca tuvieron.


©  Mirella S.   — 2013 —



miércoles, 5 de abril de 2017

La valija rota y un mazo de Tarot




Candela Astorga prepara el equipaje sin nostalgias. Tiene cuarenta y dos años y es la última vez que recorrerá a solas la casa donde ha vivido desde su niñez.
Descubre que el cierre de la valija está descosido en un extremo; no hay tiempo para cambios y la asegura con una tira de elástico. Un hecho, trivial en apariencia, que la conecta con otro lejano: el relato —que había escuchado tantas veces y que imaginara otras tantas— de cuando su abuela materna Dolores vino de España con una valija de cartón sujeta con hilo sisal. La semejanza le parece propicia para la clausura de un ciclo. 
                                                                     
La abuela había viajado en un barco lento y atascado de fardos, baúles y familias que escapaban de la Guerra Civil. Antes de partir se había casado con Pedro Astorga, su gran amor. La historia se la contó innumerables veces, siempre con su voz similar al roce del papel de seda. El largo trayecto en barco fue su luna de miel. Desembarcaron en Buenos Aires, ella con diecinueve años, él con veintidós; luego de los trámites en Inmigraciones, subieron a un traqueteante tren a vapor que tardó ocho horas hasta Rosario. Allí los esperaba el tío de Pedro, un hombre considerable en su estructura física, aunque desconsiderado en sus modales. 
Don Juan Astorga era soltero, andaría por los cuarenta y los alojó en un cuartucho en los fondos de su ferretería. A su sobrino le encargó las tareas más duras, que él llevaba a cabo con mansa aceptación. Pedro era un espíritu sensible, nacido bajo el signo de Piscis, con ojos soñadores, que parecían elevarlo a regiones de la realidad que trascendían los rollos de alambre, las latas de pintura, los clavos y tornillos que lo circundaban. Que hubiesen llegado a la Argentina durante un eclipse total de luna había sido, según la abuela Dolores, un pésimo auspicio. Las consecuencias se revelaron meses más tarde: una extraña enfermedad postró a Pedro y murió a los pocos días.
Candela conserva las reflexiones de la abuela como un legado: con el nombre que me pusieron, Dolores, estaba predestinada a andar con el sufrimiento a cuestas; los nombres, igual que las palabras dañinas, dejan una marca indeleble. Por eso, para sus hijos eligió nombres optimistas: Buenaventura, Feliciano y Aurora, a la madre de Candela.
La abuela se regía por algunos conceptos esotéricos. Decía que el momento más bello y positivo del día es el amanecer; los matices del cielo son diáfanos y proponen un nuevo comienzo, una actitud de esperanza hacia el porvenir. Sin embargo con Aurora no acertó, ella fue una mujer amarga, de ojos infranqueables, con el rencor royéndole el alma.
El destino de la abuela Dolores se cumplió primero en Rosario, donde nacieron sus tres hijos y más tarde en Buenos Aires, en una concatenación de sucesos infaustos, que consolidaron sus creencias de que todo está escrito. Después de la muerte de Pedro fue como si una parte de ella hubiese pasado por el tormento del fuego, le consumió deseos y expectativas y le forjó otro sentido de las cosas. Aseguraba: el libre albedrío es una ilusión, lo único que se puede hacer es no generar resistencia ante lo que la vida dispone para cada uno. Lo que no significa resignarse.
No le quedó otra alternativa que seguir viviendo en la casa del tío Juan, quien la usó de sirvienta. Al tiempo, se le metió en la cama y se ahorraba de ir al lupanar —así le decía Dolores al quilombo del puerto— hasta que por comodidad y para que otro no se la robara debido a su serena belleza, la ató con el anillo del matrimonio. Todos los años le daba un hijo, pero después del nacimiento de Aurora, Juan quedó impotente y reemplazó las embestidas nocturnas por brutales palizas, una manera de descargar su frustración de macho.
Juan era una bestia de carga; sus únicos pasatiempos fueron las doce horas diarias en la ferretería y acumular ahorros. Odió a Aurora porque la consideró la culpable del menoscabo a su virilidad; instruía a los dos hijos varones en el desprecio por la mujer y el fervor hacia el trabajo. Tuvo la piedad de morirse de un ataque cardíaco el día que Dolores cumplió los cincuenta y tres, luego de haberla denigrado más de treinta años. La abuela agradeció a las fuerzas del universo por el imprevisto regalo, inició la sucesión y se deshizo lo más pronto que pudo del negocio y de la casa. Los hijos ya se habían ido, huyendo del rigor paterno y los dos mayores prosperaron por su cuenta. Dolores vendió los muebles y a medida que vaciaba la casa encontró una pequeña fortuna, dispersa en varios escondites. Alquiló el negocio y se fue a Buenos Aires a vivir con Aurora y con Candela, que recién empezaba el colegio primario.
Se mudaron a la casita con jardín en Floresta y Dolores hizo lo que sabía hacer mejor: criar a su nieta, mantener el hogar impecable y esparcir el aroma de la placidez a su alrededor. Comprendió que ya no lograría rescatar a Aurora del caparazón en el que se había guarecido; aún estaba a tiempo con la niña, que crecía en el yermo paisaje que era su madre. Dolores la salvó de la indiferencia de alguna vecina que la cuidaba, mientras Aurora iba de un empleo a otro pero, fundamentalmente, la salvó del espíritu árido de su propia madre.
La abuela tenía un inagotable repertorio de cuentos, inventados sobre la marcha, que eran el reflejo de su infancia y adolescencia valenciana, a través de los cuales mitigaba la nostalgia en la evocación del Mediterráneo y sus aguas color zafiro. De a poco introdujo a la nieta en el mundo secreto del Tarot, y desde sus arquetipos parecía convocar para sus niñas la comprensión y la benevolencia, tan escasas en sus vidas. El tío Juan —así llamó siempre a su segundo marido—, le decía bruja negra o diablesa cada vez que la sorprendía consultando las barajas que trajera de España. Y con sorna le preguntaba cómo era que no había podido predecir su temprana viudez ni lo aciago que sería su exilio de la patria. El viejo le decía —quizás no tanto porque lo creyera, sino con el fin de mortificarla— que con sus malas artes había eliminado a Pedro para quedarse con él y sus posesiones; que lo había embrujado hasta que consiguió la libreta, pero él, Juan Astorga, era más poderoso que ella, se libró del hechizo y la mantuvo a raya con las palizas.
Candela le preguntó si realmente podía predecir que algo malo fuera a suceder. La abuela desviando los ojos como si buscase la respuesta en memorias pretéritas, le contestó que las predicciones eran armas de doble filo. Lo que las cartas le habían transmitido antes de partir fue la intuición de futura infelicidad y que debía disfrutar al máximo cada momento con Pedro, lo que por suerte había hecho. Al nacer Aurora hizo una tirada y en la lectura supo que su hija le depararía pesar, pero también un júbilo enorme. Lo dijo con su sonrisa apacible y acarició la mejilla de Candela.

La abuela Dolores había muerto unos meses atrás de esta noche plena de recuerdos de valijas míseras e historias irrevocables. Se durmió para siempre a la edad de noventa años, en un atardecer azulino de niebla, recostada en su mecedora.
En cambio la muerte de Aurora, la hija rebelde y áspera, había ocurrido muchos años antes, cuando Candela tenía quince. Aurora fue una madre soltera. Apenas terminó el secundario se escapó a Buenos Aires; de esa época hasta que tuvo a Candela nunca habló, ni siquiera con su madre. Reapareció en Rosario con un embarazo de siete meses, se quedó unos días, los suficientes para que el viejo Juan desplegase su desprecio y armara alborotos tirando platos y cubiertos contra las paredes.
Dolores, a espaldas de su marido, que recién aparecía a la hora de la cena, se había formado una clientela como tarotista. Compró un pasaje y fue a Buenos Aires en cuanto Aurora le avisó que le faltaban días para el nacimiento. La acompañó durante un mes en la sórdida pensión donde Aurora vivía. A su regreso a Rosario, se atuvo a las consecuencias de su partida. 
De su padre Candela no supo ni el nombre ni quién era: se había esfumado de la vida de Aurora y fue para ella un fantasma imposible de olvidar. Su madre ejercía trabajos misteriosos y cambiantes. Decía: voy a hacer horas extras, no vengo a cenar. O: ahora estoy en otra empresa y vuelvo temprano. Pero la mayoría de las veces no daba explicaciones. No era ni linda ni fea, tampoco le importaba su aspecto, vestía casi siempre de negro y había heredado el mutismo y la dureza del padre. Un solo interés manifestó en su corta vida: el amor por la música, especialmente el violín. Dolores le había regalado uno antes de que abandonara Rosario: lo tocaba con una sensibilidad que no correspondía con su carácter agrio. 
Su muerte fue tan enigmática como su vida. Nunca se conoció la causa, si fue un crimen, suicidio o si un día algo en ella dijo basta y decidió morirse en el banco de una plaza. La autopsia no reveló drogas, venenos o golpes. Dolores, con la congoja latente en su voz, dijo que jamás se sabría la verdad porque era luna nueva, momento de tinieblas, donde no puede verse nada y todo queda oculto.
Para Candela no significó una gran diferencia no tener más en su vida a esa figura distante, esa ilusión de madre, que se proyectaba como una sombra chinesca en el telón de sus días.
Comenzó su propio camino de aciertos y errores, de elecciones y rechazos, siempre bajo el ala protectora de la abuela y junto a ella se sumió en la añoranza de la tierra de los antepasados, en la Valencia que el Mediterráneo acariciaba con labios pálidos de espuma. Se olvidó del presente, de ser fiel a una vocación, de entregarse al amor que le ofrecieron y formar su propio hogar. Siempre estaban la abuela, las cartas de Tarot y los sueños.

Ahora debe ponerle un  broche a los recuerdos, como le ha puesto el elástico a la valija. Mañana partirá para España a cumplir un sueño o a destruirlo definitivamente; a hacer algo por sí misma y por las mujeres de su familia; cerrará un ciclo y le dará un sentido a más de setenta años de sufrimientos.
Un nuevo inicio, otra aurora simbólica, sola, con su valija desahuciada y las cartas de Tarot, a los cuarenta y dos años, justo en la crisis de la mitad de la vida. La abuela Dolores le hubiera dicho: cuando se mira hacia atrás y se ven únicamente ruinas, es hora de cambiar el rumbo.


©  Mirella S.   — 2010 —


miércoles, 22 de febrero de 2017

El tiempo perdido

Foto de Loomis Dean


El libro, como una cosa viva, cae de las manos del hombre y se desmiembra en rígidas láminas amarillas. Al agacharse para recogerlas sus rodillas crujen en un acto de protesta. Mira el título en la tapa: En busca del tiempo perdido 1. Su garganta produce el eco de una risa, no lo había leído.

Al dar vuelta la primera hoja descubre la dedicatoria, larga, escrita con una letra menuda, femenina. Necesita los anteojos.

A medida que avanza en la lectura, debe detenerse para desechar imágenes que se interponen, nublando las palabras. El libro forma parte de un pasado tan remoto, que los recuerdos surgen descuartizados, igual que sus páginas. No logra precisar en qué año ella se lo había dado y una ola de ira le pulsa en las sienes cuando ve que le auguraba un feliz año nuevo sin mencionar cuál. Acaso no se suele poner siempre una fecha debajo de la dedicatoria, claro, ella en todo fue distinta, no entraba dentro de los cánones esperables.

Apoya una mano en el pecho como para apaciguar la repentina opresión que se extiende y le corta el aliento. Me fijo en la fecha para escapar al contenido del mensaje, dice, mientras con el pulgar y el índice presiona sus párpados. Aunque no quiere plegarse a recuerdos, ellos vienen solos, el escrito les ha abierto la puerta. Allí están con su olor rancio.

Cuando ella le dejó el libro en el buzón, ni siquiera lo había abierto. Lo guardó en un estante alto de la biblioteca para que las telarañas lo vistieran con las babas del olvido. Tuvo que haber sido ese año nuevo, el primero que no pasaron juntos. El texto menciona la “crisis”, recién se entera que la consideraba una crisis. Él había sido bien explícito al decirle que no aguantaba más la situación. Las mujeres encarajinan todo. Ese tipo de mujeres, las inalcanzables, tortuosas, que levantan muros de silencio, de miradas evanescentes y comunicaciones lacónicas. Son resbalosas como anguilas y uno se queda con las manos deshabitadas, dice en voz alta.

Se acerca a una intimidad antigua, que duda haya existido. Antes de la ruptura, la había asediado como a una fortaleza inexpugnable, se sintió un invasor bárbaro, que con sus armas precarias, pretendía conquistar la ciudadela. Una y otra vez se había topado con un témpano imposible de derretir. Y a mí se me terminó helando el deseo, murmuró turbiamente.

No siempre había sido así, pero del período previo no guarda registro. ¿Cuántos años pasaron? Más de treinta, si la memoria no le falla. Hoy se entera de que él fue su gran amor, que no podrá olvidarlo jamás.

Jamás, que palabra presuntuosa, inexistente. Él tardó en disipar la delicadeza de sus facciones, devoradas por los ojos irrefutables. Una mañana, al despertarse, se presintió libre y se instaló en la gris y ordenada apariencia de las cosas. Esporádicamente iba de cacería de conejitas tiernas y superfluas.

Pasa la punta de los dedos por la página escrita. Ella, con su ambigua intensidad, le había arrebatado un largo tiempo. Cómo luciría hoy ¿con las mejillas craqueladas, el pelo color estopa, la espalda gibosa?

Qué importa, si ya está muerta para mí, exclama con esa vocación que ha adquirido de hacerse comentarios en voz alta. Mentira, de alguna manera se las ingenió para quedarse en mí. No se olvida ni se borra a quien se amó como se borra un nombre del pizarrón. En vano se intenta taparlo con otros.

Camina unos pasos hacia la ventana abierta de noviembre. Se asoma, con un gesto brusco, imprevisto, como si el brazo no le perteneciera, tira el libro al vacío.



©  Mirella S.   — 2017 —



martes, 24 de enero de 2017

Mecanismos



Entonces el psicólogo dijo que tus mecanismos de defensa son típicamente anales. Estás pagando a uno que dice lo que me cansé de repetirte: que sos una culo fruncido.

Solo fui al colegio primario, pero tengo años de experiencia y un buen ojo, además de haberte criado. A ver si entiendo… ajá, en psicología el significado es otro, que en los primeros años este mecanismo es positivo, necesario y se refiere al aprendizaje de empezar el control sobre ¿los qué? ah, los efínteres. O sea, traducido al buen criollo: cagar solita.

No me hagas acordar el trabajo que me diste. Estabas sentada en la pelela* por horas, te masajeaba la pancita y no salía nada. Únicamente largabas todo dentro de los pañales.

¿Que yo era absorbente, invasiva? ¡Mirala a la chica, ahora la culpa de que resultaras estreñida la tuve yo! Que no te dejé ser independiente y te sentiste avasallada por mi autoridad… de lo que me vengo a enterar ¡fui una sargentona! ¿Olvidaste la cantidad de enemas que te ponía y apenas soltabas unas piedritas miserables? Si te las mostré fue para que tomaras conciencia de lo mezquino que ca… Ah, tu mezquindad actual en manifestar emociones es una consecuencia por haberte avergonzado, las retenés como defensa ante cualquier intento de control y afirmar tu poder individual.

Con la plata sos así, juntás, juntás y no aflojás un peso, nunca un regalo, una invitación a comer. Que es el síndrome de Jouard Jiugs… no me hablés en difícil si sabés que no sé quién es ese fulano. Ahora creés que tenés la sartén por el mango y me refregás por la jeta* lo que salta en tu terapia froidiana.

Te crié como pude, sola, el viejo laburaba* de sol a sol arriba del taxi para darte un futuro y me venís a echar en cara tus me-ca-nis-mos. Sos una soberbia y las críticas que vomitás a borbotones es por toda la mierda que guardaste y que ahora me tirás encima porque la terapia te sirve de laxante.

Acepto mis errores, pero también reconocé que a pesar de lo que vos llamás humillaciones, tan mal no te fue en la vida, conseguiste un título, sos exitosa en la profesión, viajás y si no te casaste ni tenés pareja que dure ya es problema tuyo. Con el mal carácter, esos aires, y siempre teniendo que quedarte con la última palabra, no hay quien aguante.

¿No sabés decir te quiero porque nunca lo dije? Es cierto, no soy expresiva, el afecto lo demostré con acciones, valen más que las palabras, demasiadas veces dichas de la boca para afuera. Lo digo ahora: te quiero mucho hija, aunque seas una culo fruncido.



©  Mirella S.   — 2016 —

Glosario

Pelela: orinal.
Jeta: cara.
Laburar: trabajar







jueves, 10 de noviembre de 2016

Ama(n)sar recuerdos



Le surge la necesidad de tomar algo caliente. Siente frío. Entra en la cocina y pone agua a calentar. ¿Té o café? Café, sin sombra de duda: una cucharadita del soluble. Vuelca el agua a punto de hervir en el jarrito y aspira, pero del líquido no se desprende ningún olor. No es como el que preparaba su madre en la cafetera express: el aroma se expandía por toda la casa.

Piera envuelve con sus dedos la loza entibiada del jarro y bebe un sorbo amargo. Se acostumbró a no endulzarlo. Mira el cielo sin sol, la aglomeración de nubes gélidas, arrastradas por un viento lleno de cansancio.

En medio de ese gris se ve correr, con sus flacas patitas de tero, por la casa de la infancia. Su madre la llama, le grita que se apure, hay que preparar las zéppole, es 19 de marzo, el día de San José. Una costumbre transmitida de generación en generación.

A ella no le gusta cocinar, no ha heredado el talento materno. Sin embargo, en esas ocasiones la ayudaba con la ilusión desesperada de que al compartir una tarea algo cambiase entre ellas, que no la viera como una mocosa problemática, como solía decirle. No tenían nada en común, su comunicación rengueaba entre baches y silencios. Piera le hablaba de los libros que había leído o que deseaba le compraran; preguntaba con ansiedad si le había gustado el dibujo a la acuarela del cuaderno. Ella, con expresión abstraída, manifestaba su fastidio por el aumento de la merluza o del pan.

Las zéppole eran unos buñuelos dulces, hechos con papas, harina, manteca, huevos, azúcar, ralladura de limón y levadura. Su madre amasaba los ingredientes, y después del reposo para que la masa leudara, los estiraba en largos rollos del grosor de un dedo. Allí Piera entraba en funciones, ocupándose de darles las formas que se le antojaban: rosquitas, palitos ondulados, ochos, trenzas. Una vez logró unir la masa en cinco pétalos redondeados, igual que una flor. El paso siguiente era freírlos en abundante aceite y por último, ya espolvoreados de azúcar impalpable, los acomodaba con esmero en una gran bandeja.

Ve la escena reflejada en el vidrio, como si tuviera la luz de una pintura flamenca que le da relevancia a ciertos detalles y oscurece otros. La relevancia de pequeños actos cotidianos en los que se puso expectativas. ¿Cuántos años tendría en la época de las zeppole? Habrá sido a partir de los cinco y antes de los once, porque entonces apareció la otra que, para conquistarla, preparaba los damascos en almíbar con un copito de mascarpone y chispas de chocolate, .

Su madre cambió al regresar del hospital, al cabo de una larga internación. Quiso acercarse, interesarse por sus dibujos y lecturas, pero algo en Piera se había congelado. Había puesto demasiada intensidad en ser tenida en cuenta. O porque la vio tan envejecida y débil que no la reconoció. Tampoco sabía que iba a morir ese año y en su interior le ha quedado una deuda que no puede saldar.

Meses después llegó la Segunda, como le decía para sus adentros, la de los damascos en almíbar, que en el recuerdo le suscita una pena acuosa. La que llegó para ayudar en las tareas domésticas, ocuparse de ella y al poco tiempo fue premiada con una alianza de oro.

Con los años la memoria camina para atrás e inventa, se vuelve elástica como el cuerpo de un acróbata, como el cuerpo de un pájaro.

En esta tarde turbia de nubes, de lo único que Piera puede estar segura, mientras bebe a sorbitos su café desaromatizado y amargo, es de cuánto le gustaban esos buñuelos.


©  Mirella S.   — 2016 —




martes, 6 de septiembre de 2016

Las aguas del mundo



Muy lentamente, como un grifo que pierde, se me escapa el primer chorrito y no puedo detenerlo, los jeans se van mojando y líneas de un azul más oscuro se dibujan a lo largo de mis piernas. Ya no hay solución, nunca hubiera llegado hasta uno de los baños químicos que pusieron para el recital de rock, las filas son interminables. La vejiga se desinfló satisfecha, el bienestar y el alivio prevalecen unos segundos, hasta que añicos del pasado se reúnen en imágenes sigilosas, abriéndose camino a machetazos en la selva de los recuerdos. Entonces, sobreviene el pánico.

Los dobladillos gruesos de los jeans contienen algo de mi agua interior, pero unas gotas tibias resbalan por mis sandalias. Me escondo detrás de una columna, me ato el chal a la cintura para disimular el estropicio y con un pañuelo intento absorber la humedad y secarme los pies. Una arcada de asco hace que me incorpore, una náusea que proviene de veinte años atrás y que ha dejado su memoria en mis células. Esa náusea no me pertenece, una nena de cinco o seis años no se asquea de su propio pis, es una sensación que se instala y construye su bastión porque desde afuera le gritan “sos una meona asquerosa”.

Escucho el recital en cuclillas, en un recoveco detrás de las gradas; la banda está tocando uno de mis temas favoritos, que de estar junto a Gustavo y al resto del grupo hubiera acompañado con el cuerpo y el alma. No quiero que me vean, aunque sé que las manchas pasarían desapercibidas en el fluctuar vertiginoso de las luces. Este hecho horadó el muro de lo que no se quiere recordar. Y una palabra emerge de sus propias cenizas, como un monstruo al que se creía vencido.

Siempre hay palabras cruciales en nuestras vidas y por un tiempo largo viví bajo la amenaza de la mía, la palabra que designaba mi enfermedad: enuresis. Con su sonido áspero me lijaba las noches. Cada noche era el terror de despertar en la laguna caliente, el camisón empapado en sus aguas ácidas con su olor a amoníaco. O me despertaba el tirón a la colcha y la voz hastiada de mamá que, como en un informe decía: “otra vez mojó la cama”. Y allí asomaba la cara de papá, sus ojos soñolientos, la boca un arco desganado, y esa manera suya de hablar casi sin abrir los labios: “esto es una inmundicia, noche tras noche siempre el mismo baile, a partir de las cuatro de la tarde que no tome una gota de líquido”.

No surtió efecto. La sed agrietaba mi garganta, que parecía un cuenco repleto de arena, pero a la noche un manantial irrefrenable, oculto en mi cuerpo, se vaciaba. Me dejaron sin juegos y sin tele por un mes, pensaron que bebía a escondidas. El pediatra recetó unas pastillas, como granos de maíz, que me mantenían en un estado de sopor, también en clase, donde la realidad parecía lejana y las palabras de la maestra un susurro acuoso. Si no mejoraba sería conveniente llevarme a un psicólogo, había dicho el pediatra. Las pastillas no resultaron. La goma espuma del colchón seguía chupando mi orina desnaturalizada. Para que se secara más rápido mamá lo exhibía en el balcón, con sus múltiples aureolas amarillas, primero de un lado y luego del otro. “Así todos se enteran de que acá hay una meona”.

Al psicólogo no fui, ellos no creían en esas cosas; la verdad era que tenían miedo de lo que yo pudiera decir, de lo que se me escapara, de algún puerco secreto no cubierto lo suficiente, de cómo se estaban fagocitando día tras día, con el deleite de dos caníbales; o que el mundo se diese cuenta de que yo era un estorbo para ellos.

Pusieron un par de relojes con la alarma en horas distintas, pero siempre sonaban demasiado tarde. Forraron el colchón con un plástico grueso, cada vez que me movía restallaba con su tos de nailon. Durante el sueño me sumergía en lagos turquesa, en arroyos de cristal, me deslizaba como en un tobogán por cataratas espumosas, flotaba en los mares del mundo que mi vejiga iba desagotando.

En el verano que cumplí siete años, me enviaron a la casa de mi madrina. Nunca antes había dormido fuera de la cama maloliente. Trasladaron sábanas y camisones —gastados de tanto lavarlos— y el plástico, que dejaron por horas en remojo en la bañera con lavandina.

Estaba muy nerviosa y decidí que en esa primera noche impediría a toda costa dormirme, si fuese necesario me pincharía los dedos o los brazos con un enorme alfiler de gancho que había sacado del costurero de mamá. Ellos se iban de vacaciones a Brasil, para recuperarse del estrés de mi enuresis.

Inés, la madrina, viuda y sin hijos, vivía en San Pedro en una chacra llena de sol, animales y árboles de naranjas. No la veía seguido; su presencia me envolvió en una calidez que nunca experimenté en mi casa. Sus manos grandes, bronceadas, siempre revoloteaban alrededor mío como las alas de una gallina clueca. No la podía decepcionar. Conseguí quedarme despierta sin tener que usar el alfiler. Solita fui dos veces al baño. La madrina se asomó envuelta en su bata azul y me preguntó si precisaba algo; lo preguntó con su tono risueño habitual y me guiñó un ojo.

Después de una semana, sin avisarme, quitó el plástico del colchón. Me di cuenta por la ausencia de crujidos y tuve un esbozo de pánico antes de dormirme, pero tampoco hubo consecuencias. En su casa de San Pedro dejé de soñar con las aguas del mundo. El verano transcurrió entre sol, naranjas y río. Si eso era la felicidad, fui feliz.

Hacía bastante que ellos habían regresado de Brasil, esporádicamente, llamaban por teléfono. No quería volver con ellos y la madrina lo supo. Me anotó en el colegio más cercano y un sábado viajamos a Buenos Aires a buscar mis cosas. Cuando entré en mi cuarto me pareció que el acre olor del pis había penetrado hasta en las paredes; el estómago se me estrujó con una repugnancia que nunca me abandonaría.

Terminé primario y secundario en San Pedro; a ellos los vi poco. Iban envejeciendo de prisa y con el pasar del tiempo terminaron pareciéndose como dos gemelos. No hubo más episodios nocturnos, hice un curso acelerado en el aprendizaje de olvidar.


Gustavo y los demás estarán saltando en las gradas, atrapados por la música ni habrán advertido que no estoy. Si Gustavo me viera así ¿me despreciaría; si supiera, arrugaría la nariz igual que mi padre? Anhelo volver a casa, con la madrina, a la serenidad de sus manos feraces como la tierra que cultiva, al refugio de su cuerpo ancho. ¿Habrá sido un accidente o será el renacer de la antigua enfermedad?

Me toco el anillo de compromiso y lo hago girar en el dedo; faltan tres meses para la boda. La dentellada del miedo me muerde el estómago. En este momento recuerdo que anoche volví a soñar con todas las aguas del mundo.


©  Mirella S.   -2010-                                                                       

Imagen: Elena Galitskaya


Sigo desempolvando textos… este lo escribí hace seis años
y es bastante largo.




lunes, 1 de agosto de 2016

Matrioskas



Algo sagrado habrás querido legarme. Seguramente, si fue así, no pude captarlo del todo. Casi no existían lazos afines que nos unieran. Los sanguíneos —la vida me lo ha demostrado—, no alcanzan.

Para vos eran sagradas cuestiones que no tenían repercusión en mí: la obediencia más absoluta hasta el sometimiento, guardar las apariencias.

Tal vez en la importancia de la casa, del hogar, en eso coincidimos. En mantenerlo limpio, ordenado, en sentir que ese espacio es nuestro amparo. Claramente, yo lo experimenté mucho después, porque el hogar primigenio no brindaba calor, libertad ni comprensión y menos el cobijo emocional que necesité en la infancia.

Estaba hecho con paredes de nieves eternas que no daban reparo a los sueños, los congelaban. Sin embargo, en ese interior levanté el andamiaje necesario para construir mi propia casa. Un mundo dentro de otro mundo, una serie de matrioskas que albergaban otras en su interior, los escondites perfectos según fueran las circunstancias externas: cuanto más destempladas, más adentro me instalaba.

Es probable que haya sabido hacer ese hogar porque vos me enseñaste a colocar los ladrillos, a levantar los muros.


Mirella S.  -Julio 2016-                                                                         

  Ilustración de Martina Troise