martes, 5 de marzo de 2019

Ausencia





Es como si la viera, entrando con su paso atropellado en la cafetería habitual. Probablemente tendrá puesta su boina anacrónica, ladeada en un ángulo absurdo. Al entrar observará a los que ocupan las mesas. Todavía no llegó. Saldrá y elegirá una en la vereda para poder fumar, la más cercana a la pared que la resguarde del aire que viene del río.

La imagino mientras se quita los guantes de lana y se masajea los dedos. Lo hace si algo le preocupa y, para justificar el gesto, dice que es la mala circulación. Dejará sobre la silla vacía la bufanda. La tarde está fresca y no se quitará el abrigo, un impermeable que acumuló el color del tiempo, largo, amplio, que siempre usa abierto. Cuando camina flamea a su alrededor y la hace parecer un espantapájaros agitado por el viento.

Estoy seguro de que se ubicará mirando hacia el bulevar, encenderá un cigarrillo y pedirá un café espresso. Entre una pitada y otra controlará sus uñas o lo que queda de ellas, y en caso de que lo encuentre, arremeterá contra algún pellejito suelto.

Verificará la hora. Esta tarde ella va a llegar temprano. La ansiedad es el único reloj que le permite ser puntual. Echará el azúcar en el pocillo revolviéndolo distraídamente y chupará la cucharita, con esa manera suya, entre cándida y provocativa. Por más que beba el café a pequeños sorbos no le va a durar, odia el café tibio.

Después hará dos cosas. La primera: hurgar en el bolso y sacar el espejo. Disimulado en el hueco de la mano, espiará si alguna catástrofe se abatió sobre la cara. Si alguna pestaña, pringosa de rímel yace sobre el pómulo, más pálido que de costumbre. La segunda: con uno de los tantos bolígrafos que acopia en el bolso, empezará a dibujar garabatos en la servilleta de papel: un oso panda, estrellitas, tréboles y palabras sueltas, las que le surjan en el momento. Hoy, con la espera por delante, que se hará cada vez más fatigosa, apelará a las dos opciones y me arriesgo a afirmar que intentará unir las palabras en un poemita descabellado.

El tiempo no pasa o, peor aún, se desliza inexorable y la lleva a una constatación que la congela: la puntualidad prusiana del otro puede convertirse en ausencia. 

Más café, los puchos de los cigarrillos se apilan en el cenicero de metal. La servilleta, llena de monigotes y palabras que esta tarde parecen irreconciliables, se convertirá en una bolita y también irá a parar al cenicero.

En qué distraerse, qué hacer. Entrecerrando los ojos tratará de  descubrirlo a punto de cruzar la calle. Comprobará cómo se esfuma la claridad en el bulevar; las flores y esas esculturas inexplicables se desdibujan en el crepúsculo. Fatalmente vendrán a la memoria las amargas esperas anteriores y lo más doloroso: la incertidumbre. Algo que te carcome y te deja hecha un trapito. La voz infantil se le quebraba, como si fuera a terminar en un sollozo, los ojos ribeteados de sombras y kohol se volvían líquidos; con un breve parpadeo las lágrimas retrocedían. Nunca la vi llorar.

Sé que la dejaron plantada muchas veces, demasiadas. Y ella tardaba cada vez más en reponerse, en volver a intentar una nueva cita. Barajaba probabilidades, hacía conjeturas sobre los motivos de los plantones. Sería por algo en ella que desencantaba, por indiferencia, crueldad. Simplemente eran desapariciones, como quien falta al dentista y se olvida de avisar. Solo que a ella no la llamaban más. Y se encogía ante el enigma; así se encogerá ahora en la silla del bar, la mesa repleta de tazas vacías, el cenicero de colillas y servilletas arrugadas.

Empezó a bajar la temperatura, ella detesta el invierno, quizás se levante el cuello del abrigo o se envuelva en la bufanda; el frío de afuera se cristalizará con el frío que le sale por la boca, en el aliento tembloroso de miedo. 

Hace un largo rato que pasó la hora fijada. El puntual no vino, lo que significa que tomó la decisión y ya no vendrá. Hay una diferencia: no acaban de conocerse, hay un par de años de por medio, en los que compartieron tantas confidencias, susurros cómplices, risas que estallaban por cualquier motivo y manos apuradas para entibiar la piel. El abandono, el desamparo, pertenecían a otra época, a otra mujer.

Sí, es como si la viera, desmoronada en la silla del bar, igual a una marioneta que le cortaron los hilos, sosteniéndose del borde de la mesa, la punta de los dedos rojos por la presión.

Las luces del bulevar se encendieron. La cafetería suele colmarse de gente al anochecer; en el interior cálido el mozo caracolea entre las mesas, haciendo equilibrio con la bandeja.

Ya no espera, ya sabe. Le expliqué, parecía no escucharme, iba y venía, acomodaba un adorno, guardaba un libro. Es una crisis —me dijo antes de que me fuera— el sábado te espero a las cinco en el café de siempre. 

Ahora, allí sentada se preguntará por qué, cien veces se lo habrá preguntado. 

Se lo dije.




©  Mirella S.   





lunes, 11 de febrero de 2019

Divagues

Arte digital de Catrin Welz-Stein

¿Hola, estás aquí? No responde a esa voz que proviene de ella. Hay ratos prolongados en los que se va lejos. Su cuerpo queda donde lo dejó: en la cama, en el sillón del escritorio, en el colectivo, igual que una caja vacía.

En esos momentos es el vestigio de un aroma que transporta ciertos recuerdos prontos a diluirse en el aire. O una vibración casi inaudible. O un estremecimiento de sensaciones confusas.

Con el tiempo va captando que los olores provienen de la infancia, algunos de la cocina, de la comida casera sazonada con especias, en un intento de su madre por realzar la modestia de los platos. Otros aromas son reminiscencias del pequeño huerto y exudan del pasto húmedo, de las formas espesas, maduras de los frutos.

En cuanto a las vibraciones son remanentes de pensamientos, que se arremolinan como hojarasca, en un fru fru espasmódico. Están tan encimados que apenas puede reconocer los suyos de los ajenos. Al salir de ese estado se pregunta si tiene pensamientos propios, si su mente consigue elaborarlos o son, como las comidas de la madre, “ropa vieja”, sobras que se transforman porque es un pecado tirar alimentos y más si hay escasez.

Entonces es cuando cree que las carencias de todo tipo, vividas en los años más tiernos, se apoderaron también de sus ideas. Las que considera suyas no son más que formas reactivas a las rígidas reglas estipuladas, solo mecanismos de defensa. Durante la adolescencia tomó una pizca de aquí (granitos de pimienta), otro poco de allá (unas hojas de cilantro) de ideas encontradas en libros, en conversaciones inteligentes y así condimentó lo que después consideraría su visión personal del mundo.

Lo más interesante fue descubrir que los estremecimientos involucraban la corporalidad. Restos de caricias, el modo furtivo de conocer percepciones adheridas a la piel. Sus manos, expedicionarias en el inicio —y las de otros más tarde—, sirvieron para extraer placeres y entrar en la dimensión de lo carnal, de la materia temida y deseada.

Cómo armonizar y conectar lo anímico, la mente, el cuerpo cuando vivieron en permanente desequilibrio. A veces se refugia en la razón, pero en seguida es inundada por las aguas emocionales y el físico sufre las consecuencias: malestares imprevistos, dolores que aparecen y desaparecen, un cansancio que le estruja los músculos.  

Abstraerse de la propia realidad no le ayuda a que los engranajes de su maquinaria se ensamblen en este atardecer del alma. Sin embargo, durante los divagues, al anidar en sus repliegues íntimos, se siente más viva que nunca.





©  Mirella S.   — 2019 —





martes, 29 de enero de 2019

Aquel abril...




Si te soñé, fuiste tan real como si ahora estuvieras nuevamente sentado frente a mí. Sí, te soñé, pero también pude sentir la caricia de tu vello bajo las yemas y mis dedos te bordaron la piel como un encaje.

El tiempo, en su inmutable transcurrir, confunde, hace que lo que fue concreto, tangible, sea una imagen, juegos de la mente.

Apareciste en una época en que veía lo gris con gratitud, una confirmación de que no debía esperar otra cosa de la vida. Me costó creer que alguien como vos, con tu cara de estar subido a un barrilete, los ojos que querían comerse el sol de la tarde, se fijara en mí.

Me habías visto antes en ese bar, me dijiste, pero yo estaba siempre absorta en mi cuaderno, escribiendo. Ese día noté tu presencia porque mi mirada vagaba indecisa por el local. Las palabras se habían atascado en las cisuras del cerebro y me quedé muda por dentro.

Estabas en la mesa contigua, girado hacia mí. Te reías con los ojos, oscuros como estanques en una noche sin luna. La sonrisa, después, descendió a tu boca.

Ya no recuerdo qué me preguntaste y me di cuenta de tu argentino forzado. Te contesté y sin preámbulos ni consultas te pasaste a mi mesa, sosteniendo en alto el pocillo de café.

Me contaste que provenías de una ciudad pequeña del sur, que se derramaba por el flanco de una colina hasta el mar Tirreno. En cambio yo era de un pueblito del norte, donde comienzan los Apeninos. Me sentí torpe hablando en mi lengua natal, años sin practicarla.

Sono Michele, dijiste, extendiendo tu mano que estrechó la mía en un apretón fuerte, seguro, un contacto que coloreó mi ominosa grisura.

De vos me han quedado más los gestos que tus palabras, a pesar de que hablábamos incansablemente en cada encuentro. Habías venido hasta aquí para hacer una investigación sobre la Patagonia, la terminaste y antes de partir quisiste conocer la capital. Te acompañé. Fue un abril casi tan cálido como un enero; el cielo era a diario una superposición de domos en distintas tonalidades de azul.

Te miraba y cuánto me gustabas: tu perfil de dios mitológico, el pelo hecho de leves espirales cobrizas. El arco de tus piernas me producía ternura y aunque nunca soporté caras barbudas junto a la mía, el cosquilleo de la tuya, corta, algo rala, se adueñaba de mi cuerpo.

Fueron tres semanas perfectas, precisamente por su brevedad. Perfectas e intensas, sin la mínima mácula que le imprime el cansancio de lo cotidiano. Quisiste que siguiéramos en contacto: yo no lo hubiera soportado. Ver cómo esa tela tan bella que habíamos pintado juntos se iría deshilachando debido a la lejanía, a los acontecimientos particulares de cada uno, era demasiado para mí.

No te acompañé al aeropuerto. Me asomé al balcón, agradecí a ese cielo crepuscular que gravitaba sobre mí el efímero fulgor que me había ofrecido. Y la antigua y familiar grisura, adquirió un matiz de plata.





©  Mirella S.   — 2019 —







lunes, 14 de enero de 2019

Medusa

Ilustración: Daria Hlazatova



Cuando él es capturado por sus viajes, la cama parece abarcar toda la habitación y soy una minúscula isla en el centro de tanta soledad. El desvelo germina en mis párpados y convoco al sueño relatándome historias, en las que siempre hay un hombre y una mujer que se acechan.
El hombre no es él ni la mujer soy yo. Para que duela menos les diseño caras que modifico cada noche. A veces las veo imprecisas, otras identificables. Las necesito, sin esas compañías no logro adormecerme. Invento situaciones, diálogos, los pronuncio en voz baja, como parlamentos de una novela de la tarde que la almohada irá absorbiendo.
Entrecierro los ojos e ingreso en la dimensión de los sueños, donde él y yo nos perseguimos por callejones sinuosos.
Es en esa realidad que recobramos nuestro aspecto: él, oscuro y sarcástico, con manos de halcón y una boca que muerde besos; yo, con el cuerpo firme por el hierro de mi voluntad, persisto en hallarlo en ese dédalo por el que deambulamos.
Sin embargo, he notado que mi apariencia ha ido mutando, tanto en mis fantasías como en mis sueños. Ella ahora se muestra siempre con la misma cara de ojos abismales, el pelo de Medusa, que culebrea en el aire nocturno. Y es él quien busca, mientras ella-yo nos ocultamos.
Dice —decimos— frases que no pertenecen a las historias que solía contarme. Noche tras noche ella es sol y yo una luna sin luz propia, apenas consigo el reflejo que su condescendencia quiera darme. 
Él también cambió, ha perdido su vuelo majestuoso y es un gorrión que pía sin hallar el nido. 
Su último viaje se prolonga, y en una comunicación plagada de interferencias, me avisa que las negociaciones se complicaron y no llegará a tiempo para nuestro aniversario.
Es entonces que la mujer nocturna se instala también en mis días. En flashes la veo que me observa desde una esquina o su cara aparece y desaparece en la multitud. Aparto los ojos para no convertirme en piedra.
Una mañana la presentí a mis espaldas. Giré imprudentemente y nuestras miradas se cruzaron.


Hay una mujer que me sigue, como si tuviéramos una cita impostergable. La encuentro en lugares a los que llego por pura casualidad. Está en el colectivo, en un café en la otra punta de la ciudad, en la fila del banco.
Tiene un aspecto luctuoso y las mejillas transparentes como pétalos de hielo. Esconde los ojos, los entorna cuando la descubro. No le doy importancia, estoy ocupada en los preparativos del viaje. Él me rogó que fuera, no sabe cuánto va a demorar y quiere que vaya. Dice que le falto, me prometió que no se irá más. Me da lo mismo, igual voy a dejarlo, pero no pienso perderme ese mar ni los paseos por las grutas con los ecos.
Hoy sucedió algo extraño, por primera vez la mujer fantasma me miró a la cara con ojos que empezaban a morir. También la miré y quedó petrificada, como una estatua.



©  Mirella S.   — 2014 —