Mostrando entradas con la etiqueta imágenes y palabras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta imágenes y palabras. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de marzo de 2020

Cielos nublados



Queridos amigos, a los problemas propios de estos momentos difíciles, se agregaron algunos de índole personal. Mi estado de estrés me impide visitarlos, en el momento de comentar es como si tuviera que releer lo publicado porque mi mente ya no consigue concentrarse.

Además Internet está lentísimo, a vece se corta y para colmo muchas de mis entradas fueron bombardeadas por la publicidad de un hacker que ofrece sus servicios (¿?)…

Cuídense todos, cumplan con las restricciones establecidas, es lo único que podemos hacer ¡hagámoslo!

¡Hasta pronto! Les dejo mi afecto y un abrazo enorme.



Ya vendrán los crepúsculos de fuego.



lunes, 3 de febrero de 2020

Encarcelada




Intento atrapar el infinito detrás de los barrotes, pero el azul es escaso, cubierto por nubarrones oscuros. La ciudad me confina entre sus muros bestiales.

La imagen refleja mi estado actual.

Este blog, que fue un rincón lleno de alas y trinos, se encuentra silencioso, melancólico. Todavía no me decido a soltarlo, aquí recibí mucho afecto, compañía y mi agradecimiento es enorme hacia todos los que pasaron -y pasan- dejándome sus cálidas palabras de estímulo.

Sin embargo, una voz interior me dice que se acabó, perdí el placer de escribir hace ya un tiempo. 

Me alejaré de a poco, porque me va a ser difícil. Fue mi nido, mi refugio, y como los pájaros, lo construí laboriosamente, con alegría. No quiero mantenerlo por obligación, a desgano. Cuando realmente sienta el impulso de publicar una foto, un texto, viejo o nuevo que surja espontáneo, no por la presión de mi autoexigencia, lo haré.

Mi espíritu y mi cuerpo están pasando malos momentos, necesito descansar. Más adelante los visitaré, nunca los voy a olvidar.

Gracias a todos y un abrazo inmenso, queridos amigos.


©  Mirella S.   (texto y fotos)  2020 




                  

jueves, 21 de noviembre de 2019

En mi cielo



Tu voz era inmensa, como este cielo que ahora es mi amante 
de las mil caras. Cuando está rabioso me habla con sus truenos, 
cuando se calma me sisea en el viento palabras anónimas.


A veces, en algún crepúsculo de cobre, veo tus ojos pardos 
como el río que se perfila hacia el este.


Te recuerdo como se recuerda un fantasma, o la silueta 
de aquel caballero errante que me fascinó en la adolescencia.




©  Mirella S.  (texto y fotos) 2019 




jueves, 19 de septiembre de 2019

Aprendizaje



Telma, la vecina de la pensión en la que se alojaba Natalia, desesperada, le pidió que cuidara a su hijo Simón unos días. Debía viajar urgente a Salta por la muerte de su padre y en Buenos Aires no tenía familiares con quienes dejarlo. Natalia aceptó, con el temor incomprensible de no estar capacitada, no era suelta con los niños y a Simón lo había tratado poco.

Lo vio triste, cabizbajo y pensó que sería por la ausencia de la madre. Para colmo acababa de empezar el colegio primario: un chico tímido, callado, igual que ella. En la primera noche lo oyó llorar en la camita improvisada en la estrechez del cuarto. Era casi un quejido, como el del viento que se filtra por una ventana sin burletes.

Prendió la luz del velador. Simón se acurrucó debajo de la frazada, ella la deslizó apenas para preguntarle si se sentía bien. El niño no contestó. Pudo percibir que temblaba. Lo único que supo hacer fue abrazarlo y quedarse a su lado hasta que la respiración se le fue normalizando y se adormeció.

El día siguiente era sábado. Desayunaron en silencio, Simón siempre con la mirada fija en el mantel. Bebía la leche con desgano y solo le dio un mordisco a la rodaja de pan con dulce de damascos que Telma le dejó, por ser su mermelada favorita.

—¿Vamos a la plaza? —propuso, tratando de sonar entusiasmada.

Simón se encogió de hombros y no levantó la vista.

—Hay sol, te va a hacer bien y así me contás por qué llorabas anoche.

La miró y ella percibió por primera vez la honda soledad en sus ojos de brea espesa, levemente sesgados.

—Soy un cabecita negra*, un chinito ¿no? —dijo como si masticara cada palabra, en lugar del pan.

—De dónde sacaste eso.

—Los chicos del grado. Se reían.

Natalia trató de aliviarlo, pero sus frases le sonaron convencionales. Después del almuerzo, mientras él jugaba distraídamente con un autito, pensó que debía encontrar una metáfora o una forma didáctica para explicarle aquello que lo perturbaba.

Inspeccionó dentro de la heladera, sacó dos cajas de huevos, una con los blancos y otra con los de color. Sobre la mesa empezó a mezclarlos, a formar diseños que cambiaba continuamente.

Simón soltó el juguete y fue directo a la mesa a observar los movimientos de Natalia.

—Qué hace el huevo blanco fuera de la caja —preguntó. Siguió mirando y con el índice señaló la tapa de la caja. —Ese huevo colorado tiene que estar con los demás colorados, no con los blancos.

—Al contrario, hizo bien en pasarse al otro sector.

—Pero le sacó el lugar al blanco, que se quedó afuera.

—Se quedó afuera porque lo eligió, lugar había, él no quiso mezclarse con los “colorados”, como vos los llamás.

—El colorado se metió junto a los blancos… —dejó la frase en suspenso unos segundos y después preguntó—: ¿por qué?

—Para terminar con la discriminación.

—¿La dris cri qué?

—Dis-cri-mi-na-ción, lo que hacen tus compañeros en el cole. Por tu color de piel más oscura. El colorado tuvo el coraje de instalarse con los blancos, en una esquina todavía, pero dio un paso. ¿Entendiste, Simón?

—¿Y si me empujan para que me vaya?

—Apenas se descuiden lo volvés a intentar, hasta que te conozcan.

Le vino a la mente su propia experiencia, cuando en la escuela las compañeras la llamaban la rusa y ella siempre las corregía: soy polaca. Tanto insistió que llegó el día en el que fue Nati para todas.

Él le tomó la mano y Natalia vio como en sus ojos se formaban estrellas de cuarzo.



©  Mirella S.   (texto y foto)   2019 



*Cabecita negra  y chinito son términos utilizados en  Argentina para denominar, despectivamente, a un sector de la población asociado a personas de pelo negro y piel de tonalidad más oscura, provenientes de zonas rurales de las provincias del interior.




miércoles, 11 de septiembre de 2019

Eterna, efímera belleza

Liliums para "Retrato de Emilie Flöge" de Gustav Klimt

Los inicios

En 1999 hice un curso de fotografía. Empecé con cielos (como ahora), fotos callejeras (pocas) y me dediqué a fotografiar objetos en mi casa, tipo naturalezas muertas, en blanco y negro. En algunas combinaba los elementos de un modo bastante surrealista y metafórico. Lo más importante era la composición, el ángulo de enfoque (compré un trípode) y la luz. 

Después vino la etapa de las flores, siempre en casa. Clic clic clic la vieja cámara Canon echaba humo. Un día encontré unas láminas con retratos de mujeres pintadas por artistas famosos. Se me prendió la lamparita: servirían de fondo para las flores en vez de telas o papeles texturados.

Flor de iris para "Virgen con el niño" de Miguel Ángel

La serie

Explorando esa idea saqué más de cien fotos en color y en blanco y negro. El profe estaba contento, yo, para no perder mi consabida exigencia, bastante menos.

Las vio un pintor amigo, se entusiasmó: ¡tenés que hacer una muestra! Me reí para mis adentros, qué fácil es decirlo. Pero él tenía conexiones con una florería recién inaugurada en Puerto Madero, que en esa época no era lo que es hoy.

Llevé las fotos al local, minimalista y moderno. ¡Oh, las aceptaron!

Así nació la serie Eterna, efímera belleza. Me apropié de la perfección petrificada de mujeres inmortales y les agregué el encanto vital y efímero de flores que, según mi criterio, armonizaban con cada retrato.

Tuve que seleccionar veinte. Mis ahorros quedaron diezmados cuando llegó el momento de encargar el catálogo (con un diseño satisfactorio) y de enmarcarlas.


Margaritas para "Giovanna Tornabuoni" de Domenico Ghirlandaio

La exposición


La apertura se fijó para el 23 de noviembre del 2000, a las 19 horas. Las fotos habían quedado muy bien con el marco blanco y resaltaban en la pared rústica de ladrillos.

Los nervios me consumían. Además de ser mi primera exposición, estaban las circunstancias externas. Los sindicatos se habían puesto de acuerdo y decretaron un paro general para el jueves 23, con marcha y concentración en Plaza de Mayo. También adhería el transporte público.

La reunión en la Plaza no se llevó a cabo: al mediodía se produjo el desbande total de los manifestantes debido a la tormenta más tormentosa que recuerdo. Rayos, truenos y un diluvio diabólico cayó toda la tarde. Alrededor de las 18 horas, menguó.

Hubo otra mala noticia: media Buenos Aires se había inundado de tal manera que solo pudieron llegar unas pocas de las 150 personas invitadas por los dueños del negocio.

A fines de enero del 2001 desmonté la muestra. En ese entonces la florería estaba mal ubicada y no iba nadie. Cerró un año después. Hoy hubiera estado en el lugar más estratégico de Puerto Madero.

No era mi tiempo.  

¿Los cuadros con las fotos? Me quedé con cuatro, los otros los fui regalando.


Claveles para "La joven de la perla" de Jan Vermeer


©  Mirella S.   (texto y fotos)    





lunes, 12 de agosto de 2019

Crepúsculos de hadas y dioses



Soñé que era pintora y tenía un pincel demencial, 
que ignorando mis dedos, embadurnaba el cielo 
con trazos violentamente púrpura.


Soñé que el sol era un ojo de oro blanco y cerraba 
su párpado dispuesto a dormir detrás de las torres. 
Se despedía con reflejos ígneos, como si hubiera 
encendido un fuego entre las nubes.


Soñé con el hada que inventé en la soledad de mi infancia. 
Ingrávida, se escabullía en el cielo, 
aleteando los pliegues de su túnica.
Regresó a mí hecha un pájaro de luz e irrumpió 
en el esplendor del crepúsculo igual que un milagro anhelado.


Soñé con dioses en guerra, enardecidos en batallas definitivas, cada uno quería afianzar el poder. 
Su sangre se derramaba detrás del horizonte en ríos escarlata.



 ©  Mirella S.  (texto y fotos)  2019 




lunes, 22 de julio de 2019

Pensamientos nubosos



Las nubes se deslizan aceleradas, quiero retenerlas, que me soplen algunas ideas, pero huyen en silencio hacia el río.




Otras, más pausadas, clementes, las relevan y se instalan en el azul. También son mudas y sordas a mis súplicas, deseo que se pierdan y languidezcan como olas absorbidas por la arena.



Un enjambre tumultuoso parte en dos al sol y su silueta se destaca nítida en un crepúsculo de oro.  
O tal vez sea un pájaro mítico que regresa a su patria.


El Universo gira, danza, nos mece en su ritmo inexplicable, nos dirige, nos cambia, ignora nuestras pequeñas rebeliones que no tienen el menor sentido dentro de su infinitud.




©  Mirella S.   — 2019 —




Si tienen tiempo vean el video. Imperdible para los cinéfilos como Miguel 
que hizo una estupenda reseña de la película.

miércoles, 26 de junio de 2019

Ovejitas en el cielo


Desde muy chica le pedía a mi madre que me contara historias. Se las pedía a cada rato, no solo antes de dormir. Recuerdo lo obstinada que era.
Ella no tenía el don de improvisar una trama ni de relatar los cuentos tradicionales, solía olvidar cómo terminaban. Vivíamos un presente lleno de incertidumbres y su mente vagaba en otras orillas, en busca de soluciones.



Una vez, acuciada por mi insistencia, miró por la ventana. Sus ojos azules revoloteaban como pájaros esquivos, levantó el índice y señaló el cielo.
Ves —me dijo—, esas nubes, parecen un rebaño de ovejitas. 
Y agregó: Cielo a pecorelle, pioggia a catinelle. Un dicho popular italiano, que significa que cuando las nubes toman la forma de lanas de ovejas es indicio que lloverá a cántaros.
Pero mi imaginación necesitaba un relato menos meteorológico, algo con sucesos, personajes, con magia.


A solas me preguntaba cómo el rebaño podía volar tan alto o quién le habría robado a las ovejas su lana. Tal vez una reina hechicera para hacerse un manto. O las mismas ovejitas se habían desprendido de sus pompones, dejándolos caer en alguna aldea pobre, así las mujeres tejerían abrigos a los niños. ¿Y si fueran  un montón de Caperucitas blancas que escapaban por los bosques del cielo de lobos hambrientos?
Cuando aprendí a leer no encontré respuestas a esas preguntas, pero pude rellenar los baches de los cuentos fragmentados que contaba mi madre. 
Si la notaba triste, se los leía.

Saqué las tres fotos durante un atardecer en el verano, con un breve intervalo entre una y otra. Esas nubes me transportaron a la infancia.



©  Mirella S.   — 2019 —





viernes, 7 de junio de 2019

Tormenta otoñal



El cielo me cerca. Su tonalidad sombría pinta mi piel.
También estoy repleta de cúmulos negros en furioso conflicto
 con la luminosidad que procura desgarrarlos.


Se me agotaron las lágrimas y le pido prestada alguna a la lluvia, para humedecer la sequedad de mis ojos.
Las gotas caen verticales, tupidas y lo que antes era nítido,
ahora se desdibuja en un gris acuarelado.



La catarsis termina y en el cuadro del atardecer
quedan cenizas de nubes alejándose hacia el río. 
En el horizonte hay una estría de luz y un barco navega sobre ella.
¿Irá a la deriva, como yo, en la búsqueda constante de un hilo 
de esperanza al que aferrarse?




©  Mirella S.   — 2019 —




jueves, 9 de mayo de 2019

El cielo desde el balcón



El crepúsculo gravitaba sobre los techos y azoteas.
El día de verano concluía en un derrame de rojos sofocantes.




Hubo un atisbo de nubes preanunciando el ansiado frescor,
pero el sol, implacable, las rasgó con sus llamas
recordándonos que era enero.




El cielo desnudo es bello en su pureza impura.
Las nubes, sin embargo, le otorgan miles de atuendos.




©  Mirella S.   —2019—





miércoles, 11 de junio de 2014

Desatanudos


Foto de Mirella S.



 Quedaron atragantadas
hechas un nudo
y yo quiero escupirlas
 vomitarlas
partirlas en sílabas desquiciadas.

Que de rabia y dolor
se deshilachen las onomatopeyas
en una procesión
de gorgoteos sin sentido.

Que salgan impunes
equívocas 
inocentes
amargas insumisas
y liberen mi garganta para el grito
desgarrado.

Que incisivas te alcancen
y suelten las amarras de horas asfixiadas.

Que le rece a la Virgen de los Desatanudos

susurran los devotos.

Me niego con los ojos

porque no creo en vírgenes
sino en la castidad
de ese cielo estrellado.

©  Mirella S.   —Mayo 2014—
     






jueves, 13 de febrero de 2014

Epistolar


Foto de Mirella S.



Del sobre caerá la pluma,
te recordará mi amor por los pájaros,
el extremo del cálamo sesgado
tendrá manchas huidizas
que se desprenderán como escamas.

Inexplicable el gesto romántico, anacrónico
de escribirte una carta
si nunca vestí el ropaje del romanticismo
aunque en mi vientre crecía una luna de agua
cada vez que me mirabas.

Las letras bordan un dibujo
con sangre negra de ausencia,
en el afán de contarte
que salté paralelos y meridianos
para imponerme el olvido 
a la anorexia de tus sentimientos.

La pluma te acariciará las manos,
como una boca de nieve 
en el susurro de la despedida.


©  Mirella S.  —Febrero 2014—