viernes, 5 de julio de 2019

Línea de fuga





Un cuerpo débil y un alma solitaria pueden aún encontrar en sus fibras sanas un poco de gozo. Algún suceso fortuito que diseñe una línea de fuga, un punto de luz por donde escapar de la congoja. Momentos breves, inefables, como los de esta mañana, en los que me hamaco en el aroma de los árboles de tilo.

Quisiera retener el tiempo de este domingo para que durase hasta el próximo. Me siento atravesada por una pequeña epifanía mientras bebo mi café en la vereda del bar al que voy con frecuencia y miro el lento fluir dominguero de transeúntes y autos.

Cierro el libro, no tengo deseos de leer, no me concentro. Desde alguna ventana abierta llega la música alegre de una guajira, muy adecuada para mi estado anímico actual.

En la duración de este tiempo, que será irrepetible, solo quiero ser parte de las oleadas aromáticas de los tilos, que mis ojos mercuriales apresen la claridad de la calle empolvada por el sol y que, desde la silla, mis caderas acompañen el ritmo cadencioso en un vaivén festivo.

Hoy no traje el cuaderno ni los ocasionales papelitos que suelo amontonar en mi bolso y en los que escribo del lado no impreso. Para estos apuntes alcanzarán unas pocas servilletas.

Son apenas grumos de pensamientos y sensaciones que no logro amalgamar, como los de un puré de papas mal pisado. Son ensueños de una conciencia que va en rescate de microscópicas hebras que no hayan sido todavía contaminadas por la tristeza.


©  Mirella S.   — 2019 —


Hola amigos, les tengo una linda novedad.
Hoy me publicaron un relato en Lado Berlin, una revista virtual editada 
por latinoamericanos que viven en Alemania.
Es muy completa y no solo habla de literatura, sino también de cine, música, teatro
 y otras disciplinas interesantes. Seguramente les gustará.

Un abrazo grande para todos y otro especial para Dana 
que me puso en contacto con el editor.






miércoles, 26 de junio de 2019

Ovejitas en el cielo


Desde muy chica le pedía a mi madre que me contara historias. Se las pedía a cada rato, no solo antes de dormir. Recuerdo lo obstinada que era.
Ella no tenía el don de improvisar una trama ni de relatar los cuentos tradicionales, solía olvidar cómo terminaban. Vivíamos un presente lleno de incertidumbres y su mente vagaba en otras orillas, en busca de soluciones.



Una vez, acuciada por mi insistencia, miró por la ventana. Sus ojos azules revoloteaban como pájaros esquivos, levantó el índice y señaló el cielo.
Ves —me dijo—, esas nubes, parecen un rebaño de ovejitas. 
Y agregó: Cielo a pecorelle, pioggia a catinelle. Un dicho popular italiano, que significa que cuando las nubes toman la forma de lanas de ovejas es indicio que lloverá a cántaros.
Pero mi imaginación necesitaba un relato menos meteorológico, algo con sucesos, personajes, con magia.


A solas me preguntaba cómo el rebaño podía volar tan alto o quién le habría robado a las ovejas su lana. Tal vez una reina hechicera para hacerse un manto. O las mismas ovejitas se habían desprendido de sus pompones, dejándolos caer en alguna aldea pobre, así las mujeres tejerían abrigos a los niños. ¿Y si fueran  un montón de Caperucitas blancas que escapaban por los bosques del cielo de lobos hambrientos?
Cuando aprendí a leer no encontré respuestas a esas preguntas, pero pude rellenar los baches de los cuentos fragmentados que contaba mi madre. 
Si la notaba triste, se los leía.

Saqué las tres fotos durante un atardecer en el verano, con un breve intervalo entre una y otra. Esas nubes me transportaron a la infancia.



©  Mirella S.   — 2019 —





martes, 18 de junio de 2019

El vestido rojo




Anabel iba con frecuencia a las ferias americanas. Toda su ropa la compraba allí. Le gustaba percibir energías desconocidas, palpar las vivencias que susurraban las telas sobre sus ex dueños.

Su amiga Mora le preguntó si no tenía miedo de que esas prendas hubieran pertenecido a mujeres amargas o con malas vibraciones. Ella le contestó que al elegir una blusa o una falda primero la recorría con sus manos y algo en la punta de sus dedos la incitaba a elegirlas o descartarlas.

Mora la miró torcido, con una sonrisa despectiva, no pudo contenerse y le dijo que su estilo carecía de personalidad. Combinaba mal los colores, estaba fuera de moda, lo que usaba la volvía insípida en vez de resaltarla y que, por otra parte, sus ideas sonaban extravagantes.

Anabel rió, echando la cabeza hacia atrás y mostrando, entre los pliegues desteñidos de la chalina, la porcelana pálida del cuello.

—Me extraña, Mora ¿todavía no me conocés? —habló con una amabilidad genuina—. Somos muy distintas, lo mío es descubrir enigmas, a vos te encanta aparentar, mostrarte en primer plano. Te gastás el sueldo en pilchas y accesorios.

*

Tiene razón Anabel, no sé cómo voy a llegar a fin de mes, piensa Mora, mientras chequea el saldo de su tarjeta de crédito. Imposible faltar al cumpleaños de su jefa, una finolis total a quien detesta. Imposible aparecerse con ropa ya usada en otras ocasiones. Recordó la feria americana y decidió ir a curiosear. No se lo dirá a Anabel, después del ácido comentario que le hizo.

Entró al local, había pocas personas y lo recorrió lentamente, revolviendo entre los percheros con la nariz fruncida, como si de ellos se desprendiera un mal olor. El único que llamó su atención fue un solero rojo de material sintético que simulaba ser de encaje, con un precio convenientemente económico.

Le quedaba pintado. Era bastante audaz, cortísimo, con breteles finitos y un escote de vértigo. A Mora no le molestaba: hay que lucir lo que la naturaleza te da, decía siempre.

Recordó el recurso de Anabel y pasó las yemas de los dedos a lo largo de la tela, en una caricia lenta. Percibió una leve electricidad que atribuyó al nailon del género. Le había ocurrido con otras prendas con un alto porcentaje de poliéster, que solía descartar, pero este vestido estaba forrado con tafeta. Ahora no podía permitirse exquisiteces y menos gastar en la arpía de su jefa, siempre lista para la palabra descalificadora, el gesto sarcástico.

*

El día de la fiesta se alisó el pelo, se vistió y se puso unos aros importantes. Al solero lo sintió más ajustado que cuando lo probara en la feria la semana anterior. No podía haber engordado con la escrupulosa dieta vegana que seguía.

Una incomodidad inesperada se le instaló en el diafragma, le costaba respirar, era como estar dentro de un corsé que se ceñía cada vez más a su cuerpo. No lograba desprender el cierre en la espalda.

Tambaleante, se dirigió a la cocina y tomó un cuchillo. Intentó meterlo en el escote para rasgar la tela. No lo logró, estaba tan adherida como si fuera una segunda piel que le quitaba el aire.

De haberla tenido cerca, se lo habría clavado a su jefa ¡esa hija de puta! gritó, como si el grito le hubiese permitido romper las costuras y liberarse.

En su paroxismo asió el cuchillo con las dos manos y empezó a tajear el vestido, hundiendo la punta de acero en los arabescos del encaje, cada vez más profundo, cada vez con más furia. Volvió a repetir hija-de-puta, ahora en un murmullo entrecortado y se dio cuenta de que el insulto iba dirigido a Anabel.

El rojo del vestido se convirtió en carmín, que goteaba a lo largo de su cuerpo como una lluvia incendiada.


©  Mirella S.  —2019— 




viernes, 7 de junio de 2019

Tormenta otoñal



El cielo me cerca. Su tonalidad sombría pinta mi piel.
También estoy repleta de cúmulos negros en furioso conflicto
 con la luminosidad que procura desgarrarlos.


Se me agotaron las lágrimas y le pido prestada alguna a la lluvia, para humedecer la sequedad de mis ojos.
Las gotas caen verticales, tupidas y lo que antes era nítido,
ahora se desdibuja en un gris acuarelado.



La catarsis termina y en el cuadro del atardecer
quedan cenizas de nubes alejándose hacia el río. 
En el horizonte hay una estría de luz y un barco navega sobre ella.
¿Irá a la deriva, como yo, en la búsqueda constante de un hilo 
de esperanza al que aferrarse?




©  Mirella S.   — 2019 —




lunes, 20 de mayo de 2019

Reportaje




—Quisiera hacerte unas preguntas íntimas ¿me permitís?

—No tengo demasiadas respuestas.

—¿A qué se debe?

Dejé de investigarme. Empezó a ser aburrido, rondar sobre los mismos pensamientos, los temas de siempre.

—Mencioname algunos.

El dolor, el fracaso, la soledad, la muerte.

La muerte ¿qué pensás de ella?

—Una gran salvadora, el cierre digno de una vida plagada de miserias. Para mí es un ángel bondadoso y liberador.

—¿De qué te libraría?

—Ante todo de mí mismo, el peor enemigo. Afuera hay crueldad, injusticia, camuflajes. Pude amortiguarlos con la armadura blindada que me fabriqué. En cambio, no pude blindarme de mí.

—¿Con el amor también te acorazaste?

—No, cuando llegó estaba aún desprotegido.

—¿Fuiste feliz?

—Mucho, al principio.

—Tu voz tiembla, no te endureciste totalmente.

—Con ella, no. Jamás lo logré. Nací con un alma procelosa y cuando nos encontramos la miraba como alguien que desde las sombras descubre un muro blanco, inundado de luz.

—¿Y qué pasó?

—Sabés perfectamente qué pasó ¿para qué me lo preguntás?

—Quiero oírlo, sin divagues tortuosos, sin que lo falsees con tu autocompasión. Quiero oírte, ubicándome en la vereda de enfrente, con la poca objetividad que nos queda. ¿Por qué te derrumbaste en este abismo?

—Se nos murió o te olvidaste. Estás contento ahora, hijodep…

—No te alteres, no tuvimos la culpa. Acaso no acabás de decir que la muerte es un ángel liberador.

—Para mí, que ya soy un zombi. Ella era la imagen de lo vital, mi jubileo privado.

—¿Considerás que lo fue únicamente para vos? Yo, desde tu otra faceta que despreciás, también la amé.

—Sí, esa posición tuya que nunca logré desactivar: todo pasa por algo, hay que aceptar y seguir, atesorar lo positivo… bla bla bla.

—Si me dieras cabida no te sentirías tan mal. Tus horas (nuestras horas) no serían tan irrelevantes, tratando de existir lo menos posible y mirar la vida como uno que desde un tren ve pasar el paisaje. Me dejaste abajo, en la última estación.

—¿Querés subirte a este tren rumbo a la nada?

—Buscaríamos objetivos, proyectos, un sentido. Tal vez, nos abriríamos al amor nuevamente y...

—Cerrá ese pico de loro, sos un cobarde que esgrime el optimismo como un escudo porque le teme a su propia oscuridad. Y aunque no te guste yo soy esa oscuridad. Aquí terminamos este reportaje absurdo.

—No me doy por vencido. Al menos conseguí removerte de la inercia, que la sangre vuelva a circular, volcánica, que tus ojos se incendien con el fuego de lo vivo. No sabés mostrar la furia, te la guardás tras tu máscara de indiferencia y de una sonrisa vitriólica. Aunque no te guste, seguiré aquí, acicateándote.





©  Mirella S.   — 2019 —





jueves, 9 de mayo de 2019

El cielo desde el balcón



El crepúsculo gravitaba sobre los techos y azoteas.
El día de verano concluía en un derrame de rojos sofocantes.




Hubo un atisbo de nubes preanunciando el ansiado frescor,
pero el sol, implacable, las rasgó con sus llamas
recordándonos que era enero.




El cielo desnudo es bello en su pureza impura.
Las nubes, sin embargo, le otorgan miles de atuendos.




©  Mirella S.   —2019—





martes, 5 de marzo de 2019

Ausencia





Es como si la viera, entrando con su paso atropellado en la cafetería habitual. Probablemente tendrá puesta su boina anacrónica, ladeada en un ángulo absurdo. Al entrar observará a los que ocupan las mesas. Todavía no llegó. Saldrá y elegirá una en la vereda para poder fumar, la más cercana a la pared que la resguarde del aire que viene del río.

La imagino mientras se quita los guantes de lana y se masajea los dedos. Lo hace si algo le preocupa y, para justificar el gesto, dice que es la mala circulación. Dejará sobre la silla vacía la bufanda. La tarde está fresca y no se quitará el abrigo, un impermeable que acumuló el color del tiempo, largo, amplio, que siempre usa abierto. Cuando camina flamea a su alrededor y la hace parecer un espantapájaros agitado por el viento.

Estoy seguro de que se ubicará mirando hacia el bulevar, encenderá un cigarrillo y pedirá un café espresso. Entre una pitada y otra controlará sus uñas o lo que queda de ellas, y en caso de que lo encuentre, arremeterá contra algún pellejito suelto.

Verificará la hora. Esta tarde ella va a llegar temprano. La ansiedad es el único reloj que le permite ser puntual. Echará el azúcar en el pocillo revolviéndolo distraídamente y chupará la cucharita, con esa manera suya, entre cándida y provocativa. Por más que beba el café a pequeños sorbos no le va a durar, odia el café tibio.

Después hará dos cosas. La primera: hurgar en el bolso y sacar el espejo. Disimulado en el hueco de la mano, espiará si alguna catástrofe se abatió sobre la cara. Si alguna pestaña, pringosa de rímel yace sobre el pómulo, más pálido que de costumbre. La segunda: con uno de los tantos bolígrafos que acopia en el bolso, empezará a dibujar garabatos en la servilleta de papel: un oso panda, estrellitas, tréboles y palabras sueltas, las que le surjan en el momento. Hoy, con la espera por delante, que se hará cada vez más fatigosa, apelará a las dos opciones y me arriesgo a afirmar que intentará unir las palabras en un poemita descabellado.

El tiempo no pasa o, peor aún, se desliza inexorable y la lleva a una constatación que la congela: la puntualidad prusiana del otro puede convertirse en ausencia. 

Más café, los puchos de los cigarrillos se apilan en el cenicero de metal. La servilleta, llena de monigotes y palabras que esta tarde parecen irreconciliables, se convertirá en una bolita y también irá a parar al cenicero.

En qué distraerse, qué hacer. Entrecerrando los ojos tratará de  descubrirlo a punto de cruzar la calle. Comprobará cómo se esfuma la claridad en el bulevar; las flores y esas esculturas inexplicables se desdibujan en el crepúsculo. Fatalmente vendrán a la memoria las amargas esperas anteriores y lo más doloroso: la incertidumbre. Algo que te carcome y te deja hecha un trapito. La voz infantil se le quebraba, como si fuera a terminar en un sollozo, los ojos ribeteados de sombras y kohol se volvían líquidos; con un breve parpadeo las lágrimas retrocedían. Nunca la vi llorar.

Sé que la dejaron plantada muchas veces, demasiadas. Y ella tardaba cada vez más en reponerse, en volver a intentar una nueva cita. Barajaba probabilidades, hacía conjeturas sobre los motivos de los plantones. Sería por algo en ella que desencantaba, por indiferencia, crueldad. Simplemente eran desapariciones, como quien falta al dentista y se olvida de avisar. Solo que a ella no la llamaban más. Y se encogía ante el enigma; así se encogerá ahora en la silla del bar, la mesa repleta de tazas vacías, el cenicero de colillas y servilletas arrugadas.

Empezó a bajar la temperatura, ella detesta el invierno, quizás se levante el cuello del abrigo o se envuelva en la bufanda; el frío de afuera se cristalizará con el frío que le sale por la boca, en el aliento tembloroso de miedo. 

Hace un largo rato que pasó la hora fijada. El puntual no vino, lo que significa que tomó la decisión y ya no vendrá. Hay una diferencia: no acaban de conocerse, hay un par de años de por medio, en los que compartieron tantas confidencias, susurros cómplices, risas que estallaban por cualquier motivo y manos apuradas para entibiar la piel. El abandono, el desamparo, pertenecían a otra época, a otra mujer.

Sí, es como si la viera, desmoronada en la silla del bar, igual a una marioneta que le cortaron los hilos, sosteniéndose del borde de la mesa, la punta de los dedos rojos por la presión.

Las luces del bulevar se encendieron. La cafetería suele colmarse de gente al anochecer; en el interior cálido el mozo caracolea entre las mesas, haciendo equilibrio con la bandeja.

Ya no espera, ya sabe. Le expliqué, parecía no escucharme, iba y venía, acomodaba un adorno, guardaba un libro. Es una crisis —me dijo antes de que me fuera— el sábado te espero a las cinco en el café de siempre. 

Ahora, allí sentada se preguntará por qué, cien veces se lo habrá preguntado. 

Se lo dije.




©  Mirella S.   





lunes, 11 de febrero de 2019

Divagues

Arte digital de Catrin Welz-Stein

¿Hola, estás aquí? No responde a esa voz que proviene de ella. Hay ratos prolongados en los que se va lejos. Su cuerpo queda donde lo dejó: en la cama, en el sillón del escritorio, en el colectivo, igual que una caja vacía.

En esos momentos es el vestigio de un aroma que transporta ciertos recuerdos prontos a diluirse en el aire. O una vibración casi inaudible. O un estremecimiento de sensaciones confusas.

Con el tiempo va captando que los olores provienen de la infancia, algunos de la cocina, de la comida casera sazonada con especias, en un intento de su madre por realzar la modestia de los platos. Otros aromas son reminiscencias del pequeño huerto y exudan del pasto húmedo, de las formas espesas, maduras de los frutos.

En cuanto a las vibraciones son remanentes de pensamientos, que se arremolinan como hojarasca, en un fru fru espasmódico. Están tan encimados que apenas puede reconocer los suyos de los ajenos. Al salir de ese estado se pregunta si tiene pensamientos propios, si su mente consigue elaborarlos o son, como las comidas de la madre, “ropa vieja”, sobras que se transforman porque es un pecado tirar alimentos y más si hay escasez.

Entonces es cuando cree que las carencias de todo tipo, vividas en los años más tiernos, se apoderaron también de sus ideas. Las que considera suyas no son más que formas reactivas a las rígidas reglas estipuladas, solo mecanismos de defensa. Durante la adolescencia tomó una pizca de aquí (granitos de pimienta), otro poco de allá (unas hojas de cilantro) de ideas encontradas en libros, en conversaciones inteligentes y así condimentó lo que después consideraría su visión personal del mundo.

Lo más interesante fue descubrir que los estremecimientos involucraban la corporalidad. Restos de caricias, el modo furtivo de conocer percepciones adheridas a la piel. Sus manos, expedicionarias en el inicio —y las de otros más tarde—, sirvieron para extraer placeres y entrar en la dimensión de lo carnal, de la materia temida y deseada.

Cómo armonizar y conectar lo anímico, la mente, el cuerpo cuando vivieron en permanente desequilibrio. A veces se refugia en la razón, pero en seguida es inundada por las aguas emocionales y el físico sufre las consecuencias: malestares imprevistos, dolores que aparecen y desaparecen, un cansancio que le estruja los músculos.  

Abstraerse de la propia realidad no le ayuda a que los engranajes de su maquinaria se ensamblen en este atardecer del alma. Sin embargo, durante los divagues, al anidar en sus repliegues íntimos, se siente más viva que nunca.





©  Mirella S.   — 2019 —





martes, 29 de enero de 2019

Aquel abril...




Si te soñé, fuiste tan real como si ahora estuvieras nuevamente sentado frente a mí. Sí, te soñé, pero también pude sentir la caricia de tu vello bajo las yemas y mis dedos te bordaron la piel como un encaje.

El tiempo, en su inmutable transcurrir, confunde, hace que lo que fue concreto, tangible, sea una imagen, juegos de la mente.

Apareciste en una época en que veía lo gris con gratitud, una confirmación de que no debía esperar otra cosa de la vida. Me costó creer que alguien como vos, con tu cara de estar subido a un barrilete, los ojos que querían comerse el sol de la tarde, se fijara en mí.

Me habías visto antes en ese bar, me dijiste, pero yo estaba siempre absorta en mi cuaderno, escribiendo. Ese día noté tu presencia porque mi mirada vagaba indecisa por el local. Las palabras se habían atascado en las cisuras del cerebro y me quedé muda por dentro.

Estabas en la mesa contigua, girado hacia mí. Te reías con los ojos, oscuros como estanques en una noche sin luna. La sonrisa, después, descendió a tu boca.

Ya no recuerdo qué me preguntaste y me di cuenta de tu argentino forzado. Te contesté y sin preámbulos ni consultas te pasaste a mi mesa, sosteniendo en alto el pocillo de café.

Me contaste que provenías de una ciudad pequeña del sur, que se derramaba por el flanco de una colina hasta el mar Tirreno. En cambio yo era de un pueblito del norte, donde comienzan los Apeninos. Me sentí torpe hablando en mi lengua natal, años sin practicarla.

Sono Michele, dijiste, extendiendo tu mano que estrechó la mía en un apretón fuerte, seguro, un contacto que coloreó mi ominosa grisura.

De vos me han quedado más los gestos que tus palabras, a pesar de que hablábamos incansablemente en cada encuentro. Habías venido hasta aquí para hacer una investigación sobre la Patagonia, la terminaste y antes de partir quisiste conocer la capital. Te acompañé. Fue un abril casi tan cálido como un enero; el cielo era a diario una superposición de domos en distintas tonalidades de azul.

Te miraba y cuánto me gustabas: tu perfil de dios mitológico, el pelo hecho de leves espirales cobrizas. El arco de tus piernas me producía ternura y aunque nunca soporté caras barbudas junto a la mía, el cosquilleo de la tuya, corta, algo rala, se adueñaba de mi cuerpo.

Fueron tres semanas perfectas, precisamente por su brevedad. Perfectas e intensas, sin la mínima mácula que le imprime el cansancio de lo cotidiano. Quisiste que siguiéramos en contacto: yo no lo hubiera soportado. Ver cómo esa tela tan bella que habíamos pintado juntos se iría deshilachando debido a la lejanía, a los acontecimientos particulares de cada uno, era demasiado para mí.

No te acompañé al aeropuerto. Me asomé al balcón, agradecí a ese cielo crepuscular que gravitaba sobre mí el efímero fulgor que me había ofrecido. Y la antigua y familiar grisura, adquirió un matiz de plata.





©  Mirella S.   — 2019 —







lunes, 14 de enero de 2019

Medusa

Ilustración: Daria Hlazatova



Cuando él es capturado por sus viajes, la cama parece abarcar toda la habitación y soy una minúscula isla en el centro de tanta soledad. El desvelo germina en mis párpados y convoco al sueño relatándome historias, en las que siempre hay un hombre y una mujer que se acechan.
El hombre no es él ni la mujer soy yo. Para que duela menos les diseño caras que modifico cada noche. A veces las veo imprecisas, otras identificables. Las necesito, sin esas compañías no logro adormecerme. Invento situaciones, diálogos, los pronuncio en voz baja, como parlamentos de una novela de la tarde que la almohada irá absorbiendo.
Entrecierro los ojos e ingreso en la dimensión de los sueños, donde él y yo nos perseguimos por callejones sinuosos.
Es en esa realidad que recobramos nuestro aspecto: él, oscuro y sarcástico, con manos de halcón y una boca que muerde besos; yo, con el cuerpo firme por el hierro de mi voluntad, persisto en hallarlo en ese dédalo por el que deambulamos.
Sin embargo, he notado que mi apariencia ha ido mutando, tanto en mis fantasías como en mis sueños. Ella ahora se muestra siempre con la misma cara de ojos abismales, el pelo de Medusa, que culebrea en el aire nocturno. Y es él quien busca, mientras ella-yo nos ocultamos.
Dice —decimos— frases que no pertenecen a las historias que solía contarme. Noche tras noche ella es sol y yo una luna sin luz propia, apenas consigo el reflejo que su condescendencia quiera darme. 
Él también cambió, ha perdido su vuelo majestuoso y es un gorrión que pía sin hallar el nido. 
Su último viaje se prolonga, y en una comunicación plagada de interferencias, me avisa que las negociaciones se complicaron y no llegará a tiempo para nuestro aniversario.
Es entonces que la mujer nocturna se instala también en mis días. En flashes la veo que me observa desde una esquina o su cara aparece y desaparece en la multitud. Aparto los ojos para no convertirme en piedra.
Una mañana la presentí a mis espaldas. Giré imprudentemente y nuestras miradas se cruzaron.


Hay una mujer que me sigue, como si tuviéramos una cita impostergable. La encuentro en lugares a los que llego por pura casualidad. Está en el colectivo, en un café en la otra punta de la ciudad, en la fila del banco.
Tiene un aspecto luctuoso y las mejillas transparentes como pétalos de hielo. Esconde los ojos, los entorna cuando la descubro. No le doy importancia, estoy ocupada en los preparativos del viaje. Él me rogó que fuera, no sabe cuánto va a demorar y quiere que vaya. Dice que le falto, me prometió que no se irá más. Me da lo mismo, igual voy a dejarlo, pero no pienso perderme ese mar ni los paseos por las grutas con los ecos.
Hoy sucedió algo extraño, por primera vez la mujer fantasma me miró a la cara con ojos que empezaban a morir. También la miré y quedó petrificada, como una estatua.



©  Mirella S.   — 2014 —




martes, 18 de diciembre de 2018

Chocolates para la alegría




Si no hubiera llovido torrencialmente los chicos habrían podido venir a su cumple y Rocío no se hubiese empachado comiéndose ella sola todos los bombones de la caja.
Cumplía los doce y terminaba el primario. Cada tanto, miraba el reloj y después pegaba la nariz al vidrio de la ventana. La única visión eran los latigazos del agua, que la fuerza del viento deshacía en cascadas. La ciudad se inundó y sus amigos no llegaron. La caja de felpa roja era un llamado, casi un grito. Se comió hasta los de licor, solo quedaron los papelitos marrones, igual que alvéolos de un panal vacío.
A la mañana siguiente amaneció brotada.
—Sarampión —gritó la madre.
—Varicela —la corrigió el padre.
—Viruela boba —dijo la hermana mayor, despectiva como siempre. Y agregó—: por glotona.
—Un enema, ayuno y se acabaron los chocolates. Es una reacción alérgica —afirmó el médico, con la cara de un juez que dicta sentencia a cadena perpetua.
Y el chocolate fue desterrado de sus goces, pero no de los deseos. El delicioso chocolate caliente de las tardes de invierno o el submarino después de una película se habían convertido, como la magdalena de Proust, en un recuerdo de placeres pasados.
Para Rocío, paladear un trocito de chocolate, era la incorporación de una sustancia que traía sonrisas y gotas de luz que le rellenaban el corazón con agujeritos, como el tema musical de su telenovela preferida, a fines de los 90’.
Todo era tan almibarado en esa época. Después vino la pubertad, una etapa rabiosa y ácida. A los quince se rebeló o simplemente se cansó de la docilidad forzada y se despachó una tableta entera de chocolate amargo, sin leche ni almendras, apenas un ascético choco amargo. Además de brotarse se hinchó y le tuvieron que aplicar una inyección. La alegría fue tan fugaz que ni valió la pena pasar ese susto.
Hubo otras pequeñas alegrías que sirvieron para compensar desconciertos, miedos, el disparate de ser adolescente. Pero ese divertimento íntimo, la dulce fiesta que comenzaba dentro de la boca, se expandía y era absorbida por cada una de las células, le estaba vedada.

Y hoy Nicolás se presenta con un puñado de Garotos que saca de su mochila.            
—Tres para vos y dos para mí —dice—, si los querés todos, son tuyos.
Rocío niega con la cabeza y agradece con voz ahogada por las ganas y la culpa de aceptarlos. Nicolás no sabe, no se lo dijo, como si fuera un secreto vergonzoso. Tampoco le puede hacer un desprecio. Él se engulle los suyos de un bocado. Entonces, miente. Sin mirarlo, murmura:
—Los dejo para después, así cuando los saboreo es como si estuvieras conmigo. —Y se siente la protagonista más cursi de la peor novela de la tarde.
Los guarda en el morral; en el subte, entre el calor, los apretujones y codazos, Rocío piensa que los encontrará derretidos o aplastados, lo cual no tiene importancia, si no los va a comer. El paladar destila un jugo imprevisto ante la idea de lamer los restos pegados al papel de aluminio, despaciosamente, con la punta de la lengua, rosa como las patitas de las palomas. Solo eso, un lento lengüetazo; regalarle a las papilas gustativas la memoria de su sabor preferido, recuperar ese gozo minúsculo.
Durante el trayecto imagina los posibles rellenos (¿cerezas al marrasquino, crema de pistacho o mousse de limón?) y en el modo sensual en que la lengua recorrerá el cuadrado de papel hasta levantar la última partícula de chocolate, con la avidez del oso hormiguero al que no se le escapa ninguna hormiguita.
Entra a la casa, saluda distraídamente. Ya con la boca henchida de saliva corre a su cuarto, busca en el morral.
—Se fueron para el fondo, se hacen desear —dice en voz baja. Saca el paquete de las carilinas, la billetera, el porta cosméticos, el celular. Sus dedos ansiosos hurgan en las profundidades. El índice se hunde en un vacío inesperado: la costura se había abierto para dar lugar a un agujero.
Se pasa la mano por los labios como si recogiera algún rastro delator. El borde de sus pestañas se humedece. Los destellos de la alegría se apagan, igual que los chisporroteos finales de una cañita voladora.
Esa noche, envuelta en el sueño, está nadando en mares de cacao espeso. A su alrededor, igual que en un naufragio, flotan pasas de uva, avellanas, emergen peñones de un chocolate oscuro que presiente ocultan corazones de marroc o dulce de leche. Mete la cabeza debajo de la superficie con la boca abierta, muerde, mastica y traga en un deleite voluptuoso. Repentinamente descubre a Nicolás que aparece a su lado y le ofrece una ramita de chocolate blanco. 
Al despertarse el aroma tibio, con un dejo a vainilla, todavía impregna el cuarto. En sus mejillas titilan pequeñas pulsaciones. Cuando se mira en el espejo del baño ve su cara llena de puntos rosa, como las patitas de las palomas.




 ©  Mirella S.   — 2013 —