martes, 6 de noviembre de 2018

Cruz de papel



—Buenas, doña, disculpe si la molesto.

La mujer se detiene y mira al hombre que la interpela. Es mayor, flaco, con aspecto cansado, las facciones morenas se desvirtúan en una maraña de arrugas. Seguramente es del interior y está desorientado.

—Hola, dígame.

—¡Uy diosito! Es la primera persona que me contesta desde esta mañana. Qué brava se ha puesto la capital… por las calles parece que la gente no puede ocuparse más que de su propia prisa. Vengo de los alrededores de Curuzú Cuatiá ¿conoce?

—Sí, en la provincia de Corrientes.

—Es una ciudad bonita, su nombre en guaraní quiere decir Cruz de papel —hace una pausa—, pero no hay trabajo y todo se ha vuelto difícil.

La mujer reconoce la cadencia melodiosa del habla correntina. Observa que el hombre viste un pantalón de lona desteñido, una vieja camisa a cuadros que también ha perdido el color original. Su aspecto es prolijo, el pelo negrísimo, húmedo y peinado para atrás. Emana un suave olor a limón. Él sigue hablando sobre Buenos Aires: es como un monstruo hambriento, le da miedo recorrerla.

Están parados en la mitad de la vereda, los transeúntes apurados se arremolinan a su alrededor y uno los empuja con su mochila. Ella le indica que se corran para dejar el paso libre.

—Perdonemé, no me di cuenta ¿siempre andan así? Nosotros, en cambio, somos lentos, la calor, sabe.

—Es el ritmo de la ciudad —dice la  mujer y le sonríe—. Dígame en qué puedo ayudarlo.

—Bué, hace tres días que llegué y me alojo en lo del primo, solo pa’ dormir. Ellos tienen montones de problemas y yo no les voy a agregar los míos.

Se ubicaron cerca del borde de la vereda, junto al tronco grueso y jaspeado de un plátano, él apoya su espalda y se acomoda para una larga conversación, igual que si estuviera en la plaza de su pueblo. La mujer mira con disimulo el reloj y traslada el peso del cuerpo de una pierna a la otra. El hombre le está contando del nietito, internado en Curuzú Cuatiá. Qué pena que su hijo no le haya salido derecho, es como una planta que en vez de mirar al cielo se tuerce y mira los sótanos de la vida.

Ella está corta de tiempo, consiguió un turno con un especialista por el que esperó tres meses. Siente miedo. Sin embargo, quiere escuchar al hombre, conocer su historia.

—Enviudé hace poco y vine a buscar laburo. Soy albañil, sabe. La macana es que acá me consideran demasiado viejo. Buscan sangre joven y no se dan cuenta del valor de la experiencia… —deja la frase inconclusa y mira hacia un punto del otro lado de la avenida.

—En eso no puedo ayudarlo.

—No, doña, lo que quería pedirle es una ayuda chiquita. Hoy no desayuné ni almorcé. Fui a la panadería de enfrente para comprarme un pancito, está muy caro y no me alcanza. Si usté es tan buena que me acompaña y me compra uno… disculpe la molestia, pa’ que no crea que le estoy mintiendo. Solo un pancito.

La mujer le mira las mejillas hundidas, el carbón apagado de los ojos. Abre el bolso y le da un billete.

—Doña, no tengo pa’ darle el vuelto. Con un pancito me arreglo.

—Vaya al bar de la esquina y tómese un café con leche y un buen sándwich.

—¡Gracias, gracias por todo, la vida y diosito la van a recompensar! Gracias por pararse  y escucharme. Eso no tiene precio.

Se aleja, se da vuelta y la saluda con la mano en alto. Su boca se abre en una sonrisa amplia y la cara es como un paisaje diezmado sobre el que se asoma el sol. 

La mujer no se siente mejor por su acción, nunca le sucede, suele quedar atrapada en una melancólica impotencia. Se ha hecho tarde, abre la billetera y controla si con los escasos billetes que le quedan puede tomar un taxi y no perder el turno.




©  Mirella S.   — 2018 —






martes, 23 de octubre de 2018

Una noche de lluvia




Aplastada como un gusano, así me siento. Un pie gigantesco se cierne sobre mí, me cubre con su sombra, da inicio a un zapateo y quedo hecha un puré verde en la suela del bailarín. No es nueva esta sensación; ahora que se calmaron las aguas percibo que hay indigencia de deseos, solo un remolino de pensamientos que pastan en tierra infértil. A Liliana se lo resumo así:

—Estoy repodrida.

—Debe ser la post menopausia —dice ella, pegándole un generoso mordisco a la medialuna. Agrega—: Vienen las añoranzas, los balances de lo que hiciste o dejaste de hacer. Yo no los hago más, me volví una mujer frívola y primero pienso en mí.

Siempre pensamos primero en nosotros, también cuando estamos preocupados o pendientes de los demás. La miro. Le quedó una partícula del croissant, como le dice ella, en la boca embadurnada con ese labial rojo amapola. Detesto mi mirada de censura que pone en primer plano las mínimas imperfecciones. Con fastidio alejo el pocillo a medio tomar, el café está tibio.

—Me siento vacía, pelada, despojada —anuncio secamente.

—Fedora, en tu caso no es para menos: acabás de terminar un divorcio controvertido y además te jubilaste. No es poca cosa.

Liliana se lleva la taza con té de jazmín a los labios. Cuando vuelve a dejarla en el platito, un rastro bermellón mancilla el borde de loza blanca y me acuerdo de la época en que me pintaba y Francisco ponía la misma expresión que debo tener yo. Entonces, de puro complaciente, frotaba la mancha con la servilleta de papel.

—… no entiendo por qué te jubilaste —decía Liliana—, Darío no te lo pidió. Hiciste demasiados cambios al mismo tiempo. Cómo no vas a sentirte así ahora que te salió la jubilación y la sentencia de divorcio.

—Es cierto, a Darío le compliqué la vida, ninguna reemplazante lo conforma. Después de veinticinco años de solucionarle los problemas prácticos, acompañarlo en sus muestras, era como tener un segundo marido, tan hincha pelotas como el oficial. Estaba harta y aburrida.

—Fedora, en algo vas a tener que ocupar toda tu energía…

No escucho lo que sigue diciendo Lili, también esta conversación me aburre. La confesión es falsa, no espero consuelo, soy tan soberbia que nada de lo que diga Lili va a conmoverme y la miro desde un pedestal, congelada como una estatua. Si tuviera que llorar, de mis ojos caerían cubitos de hielo. No recuerdo la última vez que lloré, ni  siquiera cuando le pedí a Francisco que se fuera de casa, ya no toleraba su desconfianza.

Me llegan residuos del parloteo de Lili, cómo se me ocurrió sacar el tema justo con ella, que en dos patadas te quiere arreglar la vida.

—… yo, en tu lugar, con lo que te costó obtener una equitativa división de bienes, pasaría horas en un Spa, renovaría el vestuario, proyectaría un crucerito, donde te dan todo servido, conocés gente y quién te dice que…

Le agradezco la sugerencia y llamo al mozo, quiero irme, necesito ingresar en callecitas arboladas, dejarme llevar, sin rumbo.

Escapo del movimiento de la avenida, camino hacia el lado del río y me interno en los vagos territorios de la memoria, consciente de que estoy metiéndome en tembladerales. Allí prima lo incierto y si permanezco demasiado corro el riesgo de no distinguir el ambiguo tránsito entre los recuerdos y la realidad.

Desde hace un tiempo recurro más al pasado, como si quisiera acomodar fichas, organizar el caos, armar una especie de grilla y que Francisco, Darío, lo que espero de mí, ocupen el lugar exacto. Francisco y Darío: ese es el comienzo para indagar. Los alejé, me alejé por motivos distintos: la mirada escrutadora de Francisco buscando evidencias y la devocional de Darío, el exitoso artista plástico a quien debía elegirle hasta la ropa para cada exposición. Francisco no lo soportaba, le resultaba algo impropio y tenía la convicción de que éramos amantes o que en algún momento lo seríamos. Ante mi escueta explicación soy su asistente, nada más, sonreía, no con la ternura de antes: su sonrisa parecía el doloroso tajo de un bisturí. Y largaba frases vulgares: cómo podés trabajar con alguien que te quiere coger, que te ronda todo el tiempo.

Estaba en las últimas instancias del divorcio cuando le informé a Darío lo de la jubilación y que me iba. Parecía un perrito abandonado, se quejaba lastimosamente. Ahí los tenés a los dos, me dije, el bóxer ladrador y el caniche temeroso. Pero el caniche salió de su situación de desamparo y se convirtió en un gato espléndido y seductor que maulló aterciopeladamente: casémonos, miauuuu… La risa me brotó instantánea: lo que vos necesitás es una secretaria, esposas ya tuviste demasiadas.

Abro la cartera y busco los cigarrillos. Qué despistada, si dejé de fumar. Hice todo junto: largué un matrimonio desintegrado, un empleo cautivador, pero complejo y los puchos. Ahora me dedico a las pastillas de anís, a escuchar consejos que no quiero, a caminar sola los domingos por la tarde.

Anoche fui a buscar el resto de mis cosas al atelier de Darío, convencida  de que no estaba. Me di vuelta para irme y al verlo con el hombro apoyado en el marco de la puerta, con su pipa colgándole de un costado de la boca, las manos en los bolsillos, mirándome serio, agotadas las propuestas, algo se me ablandó por dentro. Lo saludé con un nos vemos y esquivé sus ojos cuando pasé a su lado.

Arriba del follaje de los plátanos un atardecer de miel va suavizando las formas y también me apacigua. Para mí es la hora de la serenidad, de la reflexión, que me conduce a estados más benignos. Los pájaros hacen sus últimos alborotos antes de acomodarse en las ramas. En este instante, previo a la quietud nocturna, comprendo lo que siempre negué.

Quizás Francisco no estuvo tan errado en sus sospechas. Aquella vez hace veinte años, en New York, para la primera exposición importante en el exterior, Darío quiso que fuera con él. Después del vernissage en el Soho, me pidió que camináramos un rato. La conmoción de la muestra perduraba; recuerdo una grata sensación de intimidad que se prolongó durante la cena en un restorán japonés por Mercer Street. Volvimos a pie hasta el hotel, se había levantado una brisa con olor a lluvia y corrimos el último trecho, riendo como adolescentes, dos cuarentones que recuperaron una alegría cómplice bajo el chubasco. Él me sujetó la cintura para saltar un charco con mis tacos aguja y terminamos tomando el desabrido café neoyorquino en el bar del hotel. Darío sacó un pañuelo, lo pasó por mis hombros, por el pelo y después se lo llevó a los labios. No en ese momento, sino más tarde, en mi cama, insomne, parapetada detrás de mi ojo censor, pensé, Darío, qué cursi sos.

Estuvimos varias horas en la cafetería, afuera la lluvia goteaba desde las marquesinas y él, con las manos sujetando las mías, me envolvió en el vórtice de sus palabras y me sentí partícipe de su éxito.

Francisco nos fue a buscar a Ezeiza. Darío, aún exultante, había rodeado mis hombros con su brazo. Sonreíamos. Cuando lo encontramos en el hall del aeropuerto vi que tenía el ceño fruncido. A partir de entonces siguió mirándome con esas dos arrugas verticales entre las cejas. Al poco tiempo empezaron el recelo y los reproches.

Con Darío nunca hablamos de ese primer viaje a New York, de la cercanía de aquella noche de lluvia. Los viajes siguientes fueron distintos, él parecía ocupado en saborear cómo crecía su éxito.

Sin embargo, muchas veces lo sorprendí mirándome del mismo modo que lo hiciera en el bar. Eran instantes en los que a nuestro alrededor se hacía el silencio y por unos minutos quedábamos solo nosotros dos.

Tiene razón Lili, no vale la pena aferrarse a la añoranza de lo que no fue, de algo incipiente que no maduró. Son etapas que terminan, como esta tarde que, muy a pesar mío, es casi noche y camino para cerrar el pasado.



©  Mirella S.   — 2011 —




Es un relato viejito, lo acorté bastante, pero igual quedó largo.
Gracias y tómenlo con calma.




martes, 9 de octubre de 2018

Loba



Mira la hiedra esmeraldina, que despaciosa pero persistentemente, trepa por el muro descascarado, casi infame de la casa. La hiedra se vuelve tupida, alberga entre sus hojas diminutas arañas, que con sus telas, contribuyen a fortalecer la cobertura. Ella también quiere un manto para cubrir sus zonas rotas, la carne carcomida hasta los huesos, así ve su vulnerabilidad.

Hubo un tiempo en que abandonó el vestido de caperucita, hecho jirones por el uso prolongado. A pesar de aferrarse a esos harapos, no se identificaba más con ellos ni la representaban. Al menor descuido aparecían los mechones de pelaje áspero o los colmillos ansiosos de la sangre de los que la vejaron.

Hubo un  tiempo que desconocía su parte loba y los hincaba sin piedad en sus brazos y piernas, como si todo hubiera sido culpa suya.

Había cerrado su alma con un candado para permanecer en un limbo ceniciento. No bastó, los otros lobos, cazadores natos por cuyas fauces goteaba su rapacidad, estaban al acecho allí afuera.

Llegó el día en que no sostuvo más el rol pasivo, rompió el candado con el poder de sus uñas y encaró a los depredadores. Eran demasiado fuertes y ella no pertenecía a la manada. Notó que sus manos nervudas, capaces de rasgar con desesperación, temblaban. Sin embargo, no retrocedió, se mantuvo hasta que la derribaron.

Ya no valía la pena levantarse, se enroscó sobre sus heridas y esperó la muerte, la liberación última que no sobrevino. La loba se había convertido en una perra apaleada y lo único que le quedaba era el orgullo. Se había arrancado los harapos de caperucita y estaba desnuda. Buscó refugio y fue cuando encontró el muro tapizado con la hiedra.

Le gusta la idea del vestido verde, húmedo de lluvia o tibio de sol: un escudo de hojas, espeso y flexible a la vez. Algo se expande en su interior con ese repentino acercamiento a la naturaleza. Se detiene a observar los matices del cielo, fantasea de cómo las nubes, incentivadas por el viento, hacen caminar a la luna.

Pero la soledad, la carencia de un gesto amigable, la fracturan en esquirlas de hielo sin destino. Solo le queda el instinto animal de la supervivencia y un brumoso sueño verde con olor a tierra salvaje.

Se mira en un charco: las mejillas son blancas como el marfil joven y los ojos están velados como un paisaje de agua. En su garganta crece un aullido, los sollozos no parecen proceder de ella sino de un ser acongojado y frágil oculto en algún lugar de la noche.



 ©  Mirella S.   — 2018 —





miércoles, 26 de septiembre de 2018

Imaginativa-mente

Pintura: Mariska Szollosi

Desde que los recuerdos se modelaron en imágenes y después en palabras, Alexia evoca que siempre quiso ser otra. No con dotes extraordinarias como una belleza deslumbrante o una mente privilegiada. Solo distinta. Quizás sí con más inteligencia y un pensamiento más lógico y objetivo. En cuanto al aspecto, se conformaba con una cara y un cuerpo armónicos, nada especial, pero que sintiera suyos.

No es que fuera tonta o fea, simplemente no se reconocía en sus facciones agradables ni en el físico menudo y esbelto, como tampoco en la forma de pensar ni en su cosmovisión.

Algo en ella no aceptaba esa identidad y, cada tanto, se lo hacía saber mediante sensaciones de extrañamiento o la angustia helada de no saber quién era, de no pertenecer a ese envase ni a ese contenido que algún dios, ángel o demonio, le había designado.

Nació un primero de enero, a la medianoche exacta. En las calles estallaban los cohetes y los fuegos artificiales desmigajaban sus colores en la noche ardiente. De niña se hacía una pregunta absurda: ¿y si en medio del alboroto de los festejos la hubieran intercambiado con la bebé de la cuna vecina, venida al mundo a la misma hora?

Tanto la familia como los maestros pensaron que era una mitómana o padecía el trastorno de personalidad múltiple. Se presentaba con nombres diferentes, arquitectaba historias que nada tenían que ver con la propia. La llevaron a médicos y psiquiatras que no concordaron en un diagnóstico unánime. Los más optimistas opinaban que Alexia poseía una imaginación prodigiosa y sugirieron a los padres que la canalizara en clases de teatro o actuación.

En un principio sirvieron, pero al tiempo Alexia se dio cuenta de que representaba escenas que otros habían inventado. Necesitaba su trama personal que, conjeturaba, la acercaría a su esencia, permitiéndole conocer su auténtico yo. Y esa búsqueda la llevó a escribir. En cada personaje podía encontrar aquello que suponía le faltaba.

Dejó de ficcionar sobre sí y sus días entraron en cauces casi normales para el afuera; ordinarios y comunes para Alexia. En sus historias, cientos y cientos de ellas, labraba vidas, situaciones reales o inverosímiles en una exploración que se convirtió en el combustible que la impulsaba.

La personalidad que se construía era un holograma que giraba como un carrusel y le mostraba facetas desconocidas, que Alexia podía incorporar o descartar sin culpa. Una personalidad versátil, secreta, íntima. Externamente parecía una chica insulsa, cobijada tras su sonrisa líquida.

Con una pulsión casi animal, se le renovaba la sangre cuando tomaba papel y lápiz y daba inicio a la fabulación. Solía escribir a la hora de los gatos persiguiéndose en los techos vecinos, colmando la noche con sus maullidos.

Borraba y rehacía gestos, actitudes, anécdotas, protagonistas. La vocación de narrar le otorgó un sentido a su vida y el resultado fue un extenso libro sobre la naturaleza humana.





©  Mirella S.   — 2018 —




lunes, 10 de septiembre de 2018

La fuerza amansadora de lo pequeño

Foto de Zarif Bir Kalem


El monitor me mira con su ojo de cíclope ciego. Mientras aguardo la llegada de una idea prefiero volver al cuaderno, donde puedo hacer garabatos en el margen. Triángulos, espirales, algún asterisco. La memoria fibrila emociones y me estanco en el desasosiego, un acólito habitual de mis horas.

Automáticamente, trazo un símbolo del I Ching: en la base tres líneas paralelas enteras, una cortada y las dos superiores también enteras. Busco el libro. Las hojas tienen el olor polvoriento y la fragilidad seca de lo antiguo.

Permanezco unos instantes en suspenso ¿la consulta servirá igual a partir de un bosquejo distraído, sin la tirada de monedas? Por qué no, cuando dibujé el hexagrama lo que menos pensaba era en oráculos. Dejé de creer en lo que podían decirme hace muchos años.

Hoy, quizás, vuelva a necesitar esos mensajes impenetrables, que probablemente, ya ni sepa descifrar. Soy una mujer atada a la incertidumbre de las palabras. Mi inconsciente me ha arrojado un cuchillo: voy a provecharlo.

Es el hexagrama número 9: La fuerza amansadora de lo pequeño. El trigrama inferior, compuesto por las líneas enteras, representa lo fuerte, lo creativo, el padre. Su imagen es el cielo.

El superior simboliza lo suave, lo penetrante: el viento en el cielo. Es lo inmaterial, son las ideas que viven en la mente y que nos tienden trampas. Según el gran libro oscuro, anuncia que no hay mucho que se pueda hacer, porque lo pequeño es la fuerza que detiene, amansa y refrena. Significa una prueba para el carácter, afrontar la frustración de no obtener lo que deseamos.

Indica que el viento trae nubes, que todavía no están dadas las condiciones y no está en nuestras manos usar el poder que tenemos, no por ahora. Todo llegará, amablemente, en pequeñas dosis.

Es la historia de mi vida, como si fuera un inacabable hexagrama nueve. ¿Cómo terminé aquí? Por un insignificante dibujo que ejecuté mientras el viento barría las palabras.

No quiero ser domesticada, no sé entregarme sin luchar, a mi modo y que la mayoría no entiende. Sin embargo, esta tarde las fuerzas merman y un cansancio indiferente gana la batalla.

Debo permitírmelo.




©  Mirella S.   — 2018 —








viernes, 6 de julio de 2018

Estatua de sal



Voy caminando hacia el punto donde el sol inicia su descenso, como si tuviera la certeza de que es la dirección correcta hacia el mar. O, simplemente, quiero darle la espalda a lo que pasó.

Mis pies se hunden en el suelo blando. La mochila pesa, contiene la botella con agua, un puñado de dátiles, media docena de higos y un chaleco que, quizás, me sirva para la noche si el desierto no termina antes conmigo. Nunca pensé que tendría un instinto de supervivencia tan poderoso que me permitiría seguir sola, sin él. Me miro las manos: en las uñas todavía quedaron atrapados granitos de arena.

Cavar y cavar, sin permiso para las lágrimas; el sudor que gotea en el hoyo las reemplaza. La sequedad del aire se me ha metido adentro y se chupó todo, hasta el dolor. No pude hacer un hueco profundo, debía ahorrar fuerzas. Lo hice rodar despacio y le tapé la cara con la bandana de algodón que le protegía la cabeza. Sus labios estaban entreabiertos y me horrorizaba la idea de que se le llenara la boca de arena. No recé ninguna plegaria, no sabía a quién dirigirla. Apenas dije por qué claudicaste, amor.

Empecé a bajar por la duna. Un punto plateado se movió en el cielo: un avión. Desapareció sin sonido, el calor y la luz deslumbrante se tragan la vida y vomitan silencio. Fue en ese momento que decidí seguir el rumbo del avión, que se dirigía hacia el oeste, hacia el crepúsculo.

¿Qué animales habitan en esta soledad, alacranes, zorros, antílopes? Algún buitre vendrá desde un oasis lejano, ellos saben esperar, por eso viven. Pero peores son los carroñeros que están en las ciudades, de esos hay que desconfiar: nosotros no lo hicimos. Nos sedujeron con su lenguaje áspero, sus turbantes de fuego y las túnicas claras. Éramos dos extranjeros y anoche, después de despojarnos, nos abandonaron. Amanecimos en un campamento tan yermo como la inmensidad que nos rodeaba. 

Caminamos sin rumbo. Él, con toda su fuerza y su coraje, cayó primero. Abrazó el aire y se deslizó lentamente, como si la densidad de la atmósfera lo sostuviera. No hubo ni un quejido de aviso, dejó de respirar, el calor le quemó los pulmones o le licuó el corazón.

Decido resbalar como si estuviera en un tobogán. No te des vuelta a buscar con la mirada lo que dejaste atrás o te convertirás en una estatua de sal como la mujer de Lot. La voz sale de mi cabeza. Me paso los dedos por la frente húmeda y sin hablar contesto: ya me estoy convirtiendo en una estatua de sal, que de a poco se va a derretir y la arena, golosamente, me absorberá hasta la linfa y nadie sabrá que estuve aquí. Las dunas tienen vida propia, se mueven, cambian, desorientan, forman olas, son otra especie de mar, centellean como si contuvieran polvo de diamantes o de estrellas caídas. Si me diera vuelta comprobaría que mis huellas ya no están, que por aquí no pasó nadie.

El horizonte tiembla en una bruma que desdibuja las sinuosidades. Bajar y ascender ¿hasta cuándo, hasta dónde? Me doy cuenta de que algo me  golpea el pecho. Es la cámara de fotos, que como un relicario, cuelga de un cordoncito. Estoy por sacármela y tirarla, pero me acuerdo que tiene registrada la alegría de Casablanca, la medina de Marrakech, su sonrisa abierta en la cara bronceada.

Ahora puedo percibir que el silencio no es absoluto. Hay una casi inaudible nota sin variaciones que vibra en el aire. La canción del desierto. El roce de millones y millones de partículas que se susurran sus orígenes de piedras erosionadas por el dios Eolo en sus infinitos ataques de furia. 

Las líneas ondulantes se multiplican y he agotado el último sorbo de agua, sin embargo, con el sol que declina el aire es más respirable y un leve viento frontal trae lo que me parece el olor salobre del océano. ¿Acaso no son aves las manchas que vuelan alrededor de la naranja desmedida que cae aceleradamente del cielo? Tal vez un par de hileras más de dunas y veré el agua espumosa que lame la orilla. Tal vez sea el delirio de un espejismo y solo estén los buitres esperando.



©  Mirella S.   — 2013 —



Es un relato que publiqué al poco tiempo de abrir el blog.  Aquí va de nuevo. 
¡Gracias y abrazos, amigos!





martes, 12 de junio de 2018

Emperador Augusto




El infarto había sido un aviso, pero Augusto no le llevó el apunte. Apenas le dieron el alta retomó el trabajo con el ritmo de siempre y soltando su risa de cañería tapada, se burló de las recomendaciones de Marina. Se creía invulnerable a la decadencia del cuerpo. Los sesenta años los vivía como el inicio de la plenitud.

En un almuerzo la miró con sus ojos amarillos de búho, volcó el agua mineral de su vaso en la fuente con verduras hervidas y le dijo que se dejara de joder con esa basura para pobres de espíritu y le sirviera comida y bebida adecuada a gente con cojones.

Marina obedecía. La obediencia fue el único recurso que había encontrado para aplacar al general Villalba, su padre, que consideraba a la familia como una prolongación del cuartel.  Conoció a Augusto Fonseca cuando estaba en quinto año del bachillerato. Ni bien cumplió los dieciocho se casó con él, un tipo elegante y atractivo que andaba por los cuarenta, abogado del general, quien afirmaba que el doctor Augusto Fonseca era todo un hombre, que las tenía bien puestas. El general acompañaba la aseveración deslizando los dedos por la bragueta y terminaba el gesto con la mano abierta abarcando sus partes viriles. Y solía subrayar que el nombre le calzaba a la perfección: Augusto poseía el poder y la dignidad de un emperador.

El despotismo de Augusto, durante los primeros años de vida en común, fue más sutil que el del general. Disimulaba la impaciencia y las órdenes arbitrarias venían envueltas en papel dorado con moños de colores. La trataba como a una muñequita de porcelana. Se anticipaba a sus deseos, comprando su amor con regalos y Marina, deslumbrada, no reconocía si realmente esos objetos suntuosos eran deseos suyos. 
Ella creyó que con el matrimonio lograría florecer, algo impensado en la casa del general y que, por ósmosis, absorbería la “augustidad” que derrochaba su marido. Sin embargo, cuando no fue más la novedad ocupó el lugar periférico de una luna sin luz propia que gira alrededor del planeta primario. Y no hubo diferencias notables entre Augusto y el general Villalba.

El ACV lo tuvo un año después del infarto. Augusto, de emperador, pasó a ser un vejete hemipléjico con la boca oblicua y el ojo derecho entrecerrado en un guiño permanente. Marina empezó a perderle el miedo, que por veinte años había pretendido neutralizar con una mansedumbre lánguida.

La energía de Augusto se concentró en el ojo sano, fijo y alerta. Casi no podía hablar, igualmente se las ingenió para que entendiera que la quería en la clínica día y noche. A veces, cansada, iba hasta la puerta de la habitación para caminar por el pasillo. Sentía un pinchazo en la nuca, se daba vuelta y ese medio cadáver la amenazaba desde el índice levantado. Conseguía emitir algunos sonidos, abriendo mucho la boca torcida, como si entre la lengua y el paladar tuviera una papa caliente.

Cuando volvieron a la casa, si se quedaba solo, emitía unos ruidos roncos para expresar su furia, hasta que Luisa o ella aparecían corriendo. El poder aún lo ejercía con su mirada de perro guardián.

Durante los años inertes transcurridos antes de la apoplejía, Marina buscó ciertas compensaciones y soñó que era Anna Karenina o Lady Chatterley. Luisa hacía los trabajos domésticos; oscura y callada, sentía adoración por Augusto y era notorio que la vigilaba. Sin embargo ¿qué chismes hubiese podido contarle al imperial patrón? ¿Que la señora Marina pasaba las horas leyendo o mirando viejas películas por televisión? La alcahueta ignoraba que había convertido al augusto emperador en un cornudo de categoría porque sus amantes eran todos tipos célebres. Igual que  la Maga, había hecho el amor con Horacio Oliveira y se había subido al tranvía del deseo con un hombre brutal llamado Kowalski, idéntico a un Marlon Brando joven. Su insípida revancha fue imaginar que los cuernos de Augusto crecían y se enroscaban alrededor de su cabeza, en una suerte de corona áurea.

Marina preguntó al médico si Augusto se recuperaría. Él le contestó: de rehabilitación funcional muy pocas, pero es fuerte como un toro. Si no tiene preocupaciones y estrés, antes nos enterrarán a usted o a mí. “Yerba mala, nunca muere” —pensó ella— y ese dicho le pareció amargamente cierto.

Con la papa caliente en la boca Augusto gritaba algo que llegó a descifrar como A-i-na y Lu-ia y esos llamados resultaron una forma nueva de atadura, de obligarla a la obediencia. Lo más insoportable era dormir a su lado, meterse entre esas sábanas con olor a viejo y también con olor a hombre, porque su parte viva no se rendía y su deseo la alcanzaba con toda la rabia de la frustración. Marina se levantaba para tomar agua o a mirar por la ventana del living las luces en la noche. Incapaz de volver al dormitorio, se recostaba en el sofá y amanecía despierta y con los pies ateridos.

La salvación llegó con Germán Dátola. Su cara fue lo primero que le atrajo. La calificó de chocante, quizás por lo contradictoria: sus ojos grises parecían de acero líquido, mientras que en su boca había cierta obsecuencia y blandura. Un flequillo sedicioso, que él rastrillaba con sus dedos para apartarlo de la frente, le daba un calculado aire inofensivo. Acompañaba a los socios del estudio jurídico para concretar la compra de la parte de Augusto.

Marina entró en posesión de un dinero que no sabía cómo administrar. Llamó a Germán y le pidió que la asesorara. Él se tomó muy en serio lo del asesoramiento; con asiduidad iba hasta la casa para informarle sobre la cotización de la Bolsa, la conveniencia de fraccionar el portfolio de las acciones, las falsas alarmas de una abrupta devaluación, la suba del dólar.
      
Una tarde la había besado y en el beso no hubo ni blandura ni obsecuencia. Cuando él se fue, Marina se metió en el baño y cerró la puerta. Dejó que el agua le corriera por la cara y decidió ser una protagonista de carne y hueso. Despidió a Luisa. Ella sacudía la cabeza, los ojos como dos grietas de tierra. Antes de irse le dijo: al señor terminará matándolo de un disgusto.

Al atardecer fue a caminar con Germán y casi pudo olvidarse de Augusto. Volvió a tiempo para alcanzarle la bandeja con la cena. Tenía una expresión crispada, de su boca surgía un ruidito burbujeante, como si hiciera gárgaras. Y de entre la maraña áspera de sonidos, obsesivamente, repetía Lu-ia. Marina acercó los labios a su oído y escandiendo cada sílaba le informó que Luisa se había ido. El barboteo subió unos decibeles y se produjo una variación de consonantes. Estaba segura que le dijo puta.

Germán había desplegado una estrategia, inédita para ella. La cortejó, la sedujo lentamente, la apartó de amores de papel y celuloide, de imágenes anacrónicas de Marlon Brando en jeans y musculosa.

Se mudó al cuarto de Luisa; no volvería a acostarse en la cama con Augusto. La vejez y la enfermedad no habían menguado su vocación de macho. Lo había visto espiarla con la complicidad del espejo. Se estaba secando después de la ducha, había dejado la puerta entreabierta y vio la cabeza de Augusto reflejada en el espejo del baño, observándola lúbricamente desde la cama.

Augusto ya no gritaba, de tanto en tanto balbuceaba un u-ta y en su ojo el miedo y el odio eran una sola cosa. Marina lo lavaba, le daba de comer, lo atendía como corresponde a una esposa abnegada. Pero por dentro algo se estaba gestando, como si fuera la reparación de una afrenta secreta a la que se había sometido por demasiado tiempo.

Acomodó a Augusto en la silla de ruedas para cambiar las sábanas. Eligió unas sedosas, con pájaros azules. Mientras las estiraba presintió la mirada de Augusto resbalándole por la espalda. Lo condujo hasta el baño y fue a buscar a Germán que la esperaba en el living.

Entraron al dormitorio. Él la sostenía por la cintura. Pausadamente empezó a desvestirla, ya desnudos se dejaron caer sobre la cama. Los brazos y piernas de Marina estaban rígidos, quizás tendría que adoptar una postura más voluptuosa, como había visto en tantas películas, arquear la espalda o aprisionarlo con las rodillas. Los labios de Germán recorrían su piel como sanguijuelas ávidas, extrayéndole estremecimientos de placer que la sacaron de esas especulaciones y de la pasividad con que había aceptado el poderoso bombeo mecánico del emperador.

Se dejó llevar, compartiendo una risa íntima con Germán. Al final gritó y su grito se superpuso al estertor de Augusto que, probablemente, había intentado incorporarse, porque después lo encontraron tumbado en el piso del baño.



©  Mirella S.   — 2011 —




martes, 15 de mayo de 2018

La búsqueda

Imagen: Mustafa Dedeoglu



Recorre las calles y observa con atención. Aún no encontró esas palabras, las palabras que exclusivamente le hablan a él. 

Muros, portones, incluso las cortinas metálicas de los negocios solo ofrecen su desnudez, el polvo chorreado por las lluvias, a lo sumo jeroglíficos incomprensibles, iniciales y firuletes hechos con aerosol o aquellos graffitis escritos con fibras, que terminan por diluirse junto a la mugre. 

De tanto en tanto aparece el contorno de un corazón solitario, sin la flecha que lo parta en dos. Vamos, eso se dibujaba en otras épocas, cuando el amor dolía más; pero él sabe que es una afirmación falsa: el amor siempre duele en algún momento. Qué absurdo, cómo puede opinar si nunca estuvo enamorado, ni siquiera está seguro de que esos desgarros internos que sintió tengan que ver con el amor. El amor verdadero —se lo dice como quien repite el texto de una lección— si es verdadero no duele, al contrario, da alegría y ensancha por dentro. 

No debe perderse en digresiones, únicamente quiere encontrar la frase destinada para él. Si no la encuentra seguirá arrebujándose en la cueva de la incertidumbre en la que vive desde que tiene memoria.

Una vez, en un sueño sigiloso, él iba por una calle escasamente alumbrada y se arrastraba —como uno se arrastra en ciertos sueños, con lentitud y desgano— cerca de un paredón lleno de inscripciones y dibujos. Sus ojos semi entornados no conseguían ver lo que estaba escrito. Avanzaba como una oruga cansada.

Un escrito hizo que se detuviera. Su mano se extendió durante una eternidad hasta alcanzar esas letras que lo incitaban. Las tocó, igual que si las estuviera escribiendo. El revoque del paredón era tosco y le raspaba las yemas, pero continuó en su caricia porque esas cuatro palabras iban dirigidas a él. Eran cuatro, el único recuerdo certero que le quedó.   

En la penumbra apenas podía ver esas letras negras en la calle oscura de un sueño inverosímil, como todos los sueños. Y el observador lúcido que forma parte del soñador, le sugirió que buscara el nombre de la calle para encontrarla en la vigilia. Sus pies reptaron hacia una esquina ignota, con un farol sumergido en el follaje de un árbol. Vio el cartel y solo logró leer la primera letra, una “D”. El resto desaparecía en la hondura de la noche. 

Cuatro palabras perdidas que eran para él, una “D” y un árbol alto y frondoso en una esquina. Esa ha sido su búsqueda por años, que ahora se alarga hacia suburbios cada vez más ajenos. Como un ladrón de su propio sueño, él persigue aquellas cuatro palabras para que le despierten el alma.




©  Mirella S.   — 2010 —





miércoles, 2 de mayo de 2018

Little man




De vez en cuando recuerda alguno de sus viajes, ahora les perdió el gusto, el interés y los recursos. Su mente  convoca una escena que le quedó grabada de uno de los últimos que hizo sola.

Había ocupado una mesa junto a la ventana con vista al boulevard de esa avenida elegante. Todavía era temprano y las calles estaban tan frías que Clara necesitó dejar de recorrerlas con sus pies doloridos y la garganta irritada.

En el vidrio vio un tenue reflejo de sol que quería y no quería aparecer. Igual que ella, siempre queriendo y no queriendo mostrarse. O no pudiendo surgir, como un sol vencido por las nubes.

El café estaba en la planta baja de la librería más prestigiosa de la ciudad; en ese viaje se había convertido en su lugar de asilo. Ya había comprado dos libros y tenía su café, podría permanecer horas allí, era mucho mejor que regresar al deprimente cuartucho del hotel, oscuro y angosto como una celda.

Abrió uno de los libros, leía bastante bien en inglés, pero aquella mañana no lograba concentrarse. Sus ojos fluctuaban desde las letras hasta el exterior y vagaban por el ambiente cálido. Se acercaba el mediodía y las mesas se iban ocupando. En la más próxima una mujer anciana bebía a cucharadas una sopa roja y espesa.

Cuando no quedaron mesas vacías, los que entraban compartían con las que aún disponían de una silla libre. Un hombre canoso, de aspecto distinguido, se sentó enfrente de una chica asiática portadora de un buen surtido de piercings que, pensativamente, cortaba un waffle con frutillas.

Clara disfrutaba de su rol de observadora. Vio a un hombre flacucho, de muy baja estatura que deambulaba por el local con su bandeja extendida como una mano pidiendo limosna. Se acercaba en su dirección y ella, con cierto asombro por su iniciativa, le indicó el asiento de enfrente sin ocupar. El hombrecito quedó en suspenso unos segundos y agradeció mientras apoyaba la bandeja sobre la mesa.

Estaba muy bien vestido, era tan menudo que hubiera jurado que sus pies no llegaban a tocar el piso. Tenía la cara de un niño viejo y un problema un tanto escalofriante en la vista. Usaba lentes y el ojo izquierdo aparecía desmesuradamente agrandado, como si el vidrio fuera una lupa. El derecho era normal, de un azul tímido. Sintió una emoción exagerada, una ternura que le pareció fuera de lugar.

Somos dos marginados, dos que no tienen demasiado que ver con el entorno, raros, torpes. Mentalmente se rió: qué flor de proyección te mandaste, Clara. El hombrecito avanzaba sobre su porción de tarta de verduras con bocados enérgicos.

Él debió sentir su mirada y le preguntó si no almorzaba. Ella, en su pésimo inglés, le contestó que no tenía hambre, había desayunado tarde. Iniciaron un breve diálogo insubstancial, Clara no entendía del todo las frases pronunciadas por el ocasional compañero de mesa y estaba más pendiente de lo que le provocaba su presencia.

Le hubiera gustado contarle el encuentro a Pablo. Ese viaje lo había planeado y hecho sola, en una de sus tantas escapadas que, como un maremoto, la asaltaban de vez en cuando en la imperiosa urgencia de alejarse. Pablo le habría prestado poca atención, ocupado en chequear los mensajes que lo apuraban a anticipar la entrega del guión. Se habría limitado a decir, con un sarcasmo recientemente adquirido: qué galán te echaste. Clara comprendió, mientras miraba al hombrecito, que hay sensaciones y hechos que no se pueden compartir, que son para uno, que deben preservarse como pequeños objetos frágiles que, si son exhibidos, se distorsionan.

El hombrecito se quitó unas migas de las comisuras con la servilleta y le sonrió. Clara sintió que esa sonrisa era todo lo que necesitaba en ese momento. Una sonrisa triste, parecida a la de ella. La sonrisa de un alma irremediablemente melancólica.

Él miró su reloj, que parecía bailarle en la muñeca diminuta. Suspiró y dijo algo incomprensible, metió la mano en un bolsillo interior del saco y le tendió un cartoncito blanco. Ella lo tomó sin leerlo y trató de descifrar lo que le decía esa voz quebradiza y lo único que comprendió fue que quería volver a verla, tomorrow, misma hora, mismo lugar. Misma sonrisa triste.

Clara, como si otra lo hiciera por ella, movió la cabeza en un gesto de asentimiento. El hombrecito se levantó, se puso el abrigo, le estrechó la mano y se perdió entre las mesas.

El sol le ganó la partida a las nubes y su luz ambarina perfiló los rascacielos. Clara leyó la tarjeta: Edward Gibson, councelor y debajo un par de números de teléfono.

No se preguntó por qué había asentido ante la invitación. Mañana a esa hora estaría en el aeropuerto.



©  Mirella S.   — 2017 —



Hola amigos, vengo bastante complicada con trámites y tratamientos, 
así que los visitaré dentro de mis posibilidades. 
Cada tanto publicaré algo viejito para no dejar tan vacío el nido.


Un fuerte abrazo para todos.