miércoles, 11 de septiembre de 2019

Eterna, efímera belleza

Liliums para "Retrato de Emilie Flöge" de Gustav Klimt

Los inicios

En 1999 hice un curso de fotografía. Empecé con cielos (como ahora), fotos callejeras (pocas) y me dediqué a fotografiar objetos en mi casa, tipo naturalezas muertas, en blanco y negro. En algunas combinaba los elementos de un modo bastante surrealista y metafórico. Lo más importante era la composición, el ángulo de enfoque (compré un trípode) y la luz. 

Después vino la etapa de las flores, siempre en casa. Clic clic clic la vieja cámara Canon echaba humo. Un día encontré unas láminas con retratos de mujeres pintadas por artistas famosos. Se me prendió la lamparita: servirían de fondo para las flores en vez de telas o papeles texturados.

Flor de iris para "Virgen con el niño" de Miguel Ángel

La serie

Explorando esa idea saqué más de cien fotos en color y en blanco y negro. El profe estaba contento, yo, para no perder mi consabida exigencia, bastante menos.

Las vio un pintor amigo, se entusiasmó: ¡tenés que hacer una muestra! Me reí para mis adentros, qué fácil es decirlo. Pero él tenía conexiones con una florería recién inaugurada en Puerto Madero, que en esa época no era lo que es hoy.

Llevé las fotos al local, minimalista y moderno. ¡Oh, las aceptaron!

Así nació la serie Eterna, efímera belleza. Me apropié de la perfección petrificada de mujeres inmortales y les agregué el encanto vital y efímero de flores que, según mi criterio, armonizaban con cada retrato.

Tuve que seleccionar veinte. Mis ahorros quedaron diezmados cuando llegó el momento de encargar el catálogo (con un diseño satisfactorio) y de enmarcarlas.


Margaritas para "Giovanna Tornabuoni" de Domenico Ghirlandaio

La exposición


La apertura se fijó para el 23 de noviembre del 2000, a las 19 horas. Las fotos habían quedado muy bien con el marco blanco y resaltaban en la pared rústica de ladrillos.

Los nervios me consumían. Además de ser mi primera exposición, estaban las circunstancias externas. Los sindicatos se habían puesto de acuerdo y decretaron un paro general para el jueves 23, con marcha y concentración en Plaza de Mayo. También adhería el transporte público.

La reunión en la Plaza no se llevó a cabo: al mediodía se produjo el desbande total de los manifestantes debido a la tormenta más tormentosa que recuerdo. Rayos, truenos y un diluvio diabólico cayó toda la tarde. Alrededor de las 18 horas, menguó.

Hubo otra mala noticia: media Buenos Aires se había inundado de tal manera que solo pudieron llegar unas pocas de las 150 personas invitadas por los dueños del negocio.

A fines de enero del 2001 desmonté la muestra. En ese entonces la florería estaba mal ubicada y no iba nadie. Cerró un año después. Hoy hubiera estado en el lugar más estratégico de Puerto Madero.

No era mi tiempo.  

¿Los cuadros con las fotos? Me quedé con cuatro, los otros los fui regalando.


Claveles para "La joven de la perla" de Jan Vermeer


©  Mirella S.   (texto y fotos)    





lunes, 2 de septiembre de 2019

Duplicado



Antes de abrir la puerta, ella titubea, no le gusta lo que va a hacer. Es un acto lícito, le aseguró el abogado, solo debía colocar el papel en el expediente.

Su garganta está seca, las manos temblorosas y un pum pum desacompasado le bailotea en el pecho: se ha convertido en la concentración de todos los miedos.

Saca el duplicado de la llave, la introduce en la cerradura. Antes de hacerla girar mira el pasillo tenuemente iluminado que se aleja, lúgubre, hacia las escaleras. A esa hora no hay nadie en las otras oficinas.

El documento incriminador, que él con su vileza habitual había hecho “desaparecer” del expediente, inclinará la balanza de la justicia a su favor. Es una fotocopia del original, que tuvo la precaución de guardar. Una copia desteñida, como ella misma de lo que una vez fue, como la llave, como el lugar en que él la había puesto y ella permitió.

Empuja la puerta, que chirría ásperamente. Se acerca al escritorio: su cara es una coalición de sudor y maquillaje. El aire le resulta irrespirable, como si hubieran esparcido esporas venenosas. La toxicidad que él emana ha impregnado la habitación.

La carpeta con su nombre la espera en el centro del escritorio. Tiene que abrochar el documento en el interior.

A sus espaldas oye cómo crujen los goznes oxidados de la puerta. Percibe la vibración de los listones del viejo parqué bajo los pasos demoledores que se aproximan.


243  palabras            



©  Mirella S.   — 2019 —



Este es mi aporte a la propuesta del compañero David







lunes, 12 de agosto de 2019

Crepúsculos de hadas y dioses



Soñé que era pintora y tenía un pincel demencial, 
que ignorando mis dedos, embadurnaba el cielo 
con trazos violentamente púrpura.


Soñé que el sol era un ojo de oro blanco y cerraba 
su párpado dispuesto a dormir detrás de las torres. 
Se despedía con reflejos ígneos, como si hubiera 
encendido un fuego entre las nubes.


Soñé con el hada que inventé en la soledad de mi infancia. 
Ingrávida, se escabullía en el cielo, 
aleteando los pliegues de su túnica.
Regresó a mí hecha un pájaro de luz e irrumpió 
en el esplendor del crepúsculo igual que un milagro anhelado.


Soñé con dioses en guerra, enardecidos en batallas definitivas, cada uno quería afianzar el poder. 
Su sangre se derramaba detrás del horizonte en ríos escarlata.



 ©  Mirella S.  (texto y fotos)  2019 




martes, 30 de julio de 2019

Pechos




Cuando su madre usaba vestidos escotados, Noelia le miraba los pechos. Quería tocarlos, eran suaves, opulentos, daban ganas de lamerlos.

Dentro de su cabecita una voz le decía que no estaba bien, a los cuatro años ya no podía tomar la teta. Pero le era imposible evitarlo, buscaba estrategias para no perder oportunidades y que todo contacto pareciera casual. Tenía que ser de un modo delicado, como si se tratase de un jarrón de porcelana demasiado frágil, valioso, igual al de la abuela y que solamente debía mirar de lejos.

Iba al jardín de infantes, todavía no había empezado el colegio y soñaba que de grande también sería dueña de esa potencia blanca y femenina rebalsando los corpiños de encaje, para seducir al mundo de la manera como le seducía la proximidad de los senos maternos, así llamaba su madre a esas dos cúpulas de crema chantilly coronadas por cerezas.

Durante las horas calientes de la siesta, después de haber limpiado la cocina, se acostaba a descansar y si no había nadie que se ocupara de ella, le daba palmaditas a la colcha, invitándola a treparse a la cama. Se acomodaba sobre un costado, su posición favorita y se dormía rápidamente. Por el escote asomaba la línea del nacimiento y la tela del vestido parecía explotar en una generosidad de piel como seda y leche.

Con los ojos relucientes, Noelia extendía su manito y con sumo cuidado se aferraba del borde del escote, auscultaba la tibieza y la tersura de ese rincón anhelado. Se sentía nuevamente protegida, era otra vez parte de mamá.



©  Mirella S.        De mi libro virtual "Apuntes en hojas perdidas".





lunes, 22 de julio de 2019

Pensamientos nubosos



Las nubes se deslizan aceleradas, quiero retenerlas, que me soplen algunas ideas, pero huyen en silencio hacia el río.




Otras, más pausadas, clementes, las relevan y se instalan en el azul. También son mudas y sordas a mis súplicas, deseo que se pierdan y languidezcan como olas absorbidas por la arena.



Un enjambre tumultuoso parte en dos al sol y su silueta se destaca nítida en un crepúsculo de oro.  
O tal vez sea un pájaro mítico que regresa a su patria.


El Universo gira, danza, nos mece en su ritmo inexplicable, nos dirige, nos cambia, ignora nuestras pequeñas rebeliones que no tienen el menor sentido dentro de su infinitud.




©  Mirella S.   — 2019 —




Si tienen tiempo vean el video. Imperdible para los cinéfilos como Miguel 
que hizo una estupenda reseña de la película.

viernes, 5 de julio de 2019

Línea de fuga





Un cuerpo débil y un alma solitaria pueden aún encontrar en sus fibras sanas un poco de gozo. Algún suceso fortuito que diseñe una línea de fuga, un punto de luz por donde escapar de la congoja. Momentos breves, inefables, como los de esta mañana, en los que me hamaco en el aroma de los árboles de tilo.

Quisiera retener el tiempo de este domingo para que durase hasta el próximo. Me siento atravesada por una pequeña epifanía mientras bebo mi café en la vereda del bar al que voy con frecuencia y miro el lento fluir dominguero de transeúntes y autos.

Cierro el libro, no tengo deseos de leer, no me concentro. Desde alguna ventana abierta llega la música alegre de una guajira, muy adecuada para mi estado anímico actual.

En la duración de este tiempo, que será irrepetible, solo quiero ser parte de las oleadas aromáticas de los tilos, que mis ojos mercuriales apresen la claridad de la calle empolvada por el sol y que, desde la silla, mis caderas acompañen el ritmo cadencioso en un vaivén festivo.

Hoy no traje el cuaderno ni los ocasionales papelitos que suelo amontonar en mi bolso y en los que escribo del lado no impreso. Para estos apuntes alcanzarán unas pocas servilletas.

Son apenas grumos de pensamientos y sensaciones que no logro amalgamar, como los de un puré de papas mal pisado. Son ensueños de una conciencia que va en rescate de microscópicas hebras que no hayan sido todavía contaminadas por la tristeza.


©  Mirella S.   — 2019 —


Hola amigos, les tengo una linda novedad.
Hoy me publicaron un relato en Lado Berlin, una revista virtual editada 
por latinoamericanos que viven en Alemania.
Es muy completa y no solo habla de literatura, sino también de cine, música, teatro
 y otras disciplinas interesantes. Seguramente les gustará.

Un abrazo grande para todos y otro especial para Dana 
que me puso en contacto con el editor.






miércoles, 26 de junio de 2019

Ovejitas en el cielo


Desde muy chica le pedía a mi madre que me contara historias. Se las pedía a cada rato, no solo antes de dormir. Recuerdo lo obstinada que era.
Ella no tenía el don de improvisar una trama ni de relatar los cuentos tradicionales, solía olvidar cómo terminaban. Vivíamos un presente lleno de incertidumbres y su mente vagaba en otras orillas, en busca de soluciones.



Una vez, acuciada por mi insistencia, miró por la ventana. Sus ojos azules revoloteaban como pájaros esquivos, levantó el índice y señaló el cielo.
Ves —me dijo—, esas nubes, parecen un rebaño de ovejitas. 
Y agregó: Cielo a pecorelle, pioggia a catinelle. Un dicho popular italiano, que significa que cuando las nubes toman la forma de lanas de ovejas es indicio que lloverá a cántaros.
Pero mi imaginación necesitaba un relato menos meteorológico, algo con sucesos, personajes, con magia.


A solas me preguntaba cómo el rebaño podía volar tan alto o quién le habría robado a las ovejas su lana. Tal vez una reina hechicera para hacerse un manto. O las mismas ovejitas se habían desprendido de sus pompones, dejándolos caer en alguna aldea pobre, así las mujeres tejerían abrigos a los niños. ¿Y si fueran  un montón de Caperucitas blancas que escapaban por los bosques del cielo de lobos hambrientos?
Cuando aprendí a leer no encontré respuestas a esas preguntas, pero pude rellenar los baches de los cuentos fragmentados que contaba mi madre. 
Si la notaba triste, se los leía.

Saqué las tres fotos durante un atardecer en el verano, con un breve intervalo entre una y otra. Esas nubes me transportaron a la infancia.



©  Mirella S.   — 2019 —





martes, 18 de junio de 2019

El vestido rojo




Anabel iba con frecuencia a las ferias americanas. Toda su ropa la compraba allí. Le gustaba percibir energías desconocidas, palpar las vivencias que susurraban las telas sobre sus ex dueños.

Su amiga Mora le preguntó si no tenía miedo de que esas prendas hubieran pertenecido a mujeres amargas o con malas vibraciones. Ella le contestó que al elegir una blusa o una falda primero la recorría con sus manos y algo en la punta de sus dedos la incitaba a elegirlas o descartarlas.

Mora la miró torcido, con una sonrisa despectiva, no pudo contenerse y le dijo que su estilo carecía de personalidad. Combinaba mal los colores, estaba fuera de moda, lo que usaba la volvía insípida en vez de resaltarla y que, por otra parte, sus ideas sonaban extravagantes.

Anabel rió, echando la cabeza hacia atrás y mostrando, entre los pliegues desteñidos de la chalina, la porcelana pálida del cuello.

—Me extraña, Mora ¿todavía no me conocés? —habló con una amabilidad genuina—. Somos muy distintas, lo mío es descubrir enigmas, a vos te encanta aparentar, mostrarte en primer plano. Te gastás el sueldo en pilchas y accesorios.

*

Tiene razón Anabel, no sé cómo voy a llegar a fin de mes, piensa Mora, mientras chequea el saldo de su tarjeta de crédito. Imposible faltar al cumpleaños de su jefa, una finolis total a quien detesta. Imposible aparecerse con ropa ya usada en otras ocasiones. Recordó la feria americana y decidió ir a curiosear. No se lo dirá a Anabel, después del ácido comentario que le hizo.

Entró al local, había pocas personas y lo recorrió lentamente, revolviendo entre los percheros con la nariz fruncida, como si de ellos se desprendiera un mal olor. El único que llamó su atención fue un solero rojo de material sintético que simulaba ser de encaje, con un precio convenientemente económico.

Le quedaba pintado. Era bastante audaz, cortísimo, con breteles finitos y un escote de vértigo. A Mora no le molestaba: hay que lucir lo que la naturaleza te da, decía siempre.

Recordó el recurso de Anabel y pasó las yemas de los dedos a lo largo de la tela, en una caricia lenta. Percibió una leve electricidad que atribuyó al nailon del género. Le había ocurrido con otras prendas con un alto porcentaje de poliéster, que solía descartar, pero este vestido estaba forrado con tafeta. Ahora no podía permitirse exquisiteces y menos gastar en la arpía de su jefa, siempre lista para la palabra descalificadora, el gesto sarcástico.

*

El día de la fiesta se alisó el pelo, se vistió y se puso unos aros importantes. Al solero lo sintió más ajustado que cuando lo probara en la feria la semana anterior. No podía haber engordado con la escrupulosa dieta vegana que seguía.

Una incomodidad inesperada se le instaló en el diafragma, le costaba respirar, era como estar dentro de un corsé que se ceñía cada vez más a su cuerpo. No lograba desprender el cierre en la espalda.

Tambaleante, se dirigió a la cocina y tomó un cuchillo. Intentó meterlo en el escote para rasgar la tela. No lo logró, estaba tan adherida como si fuera una segunda piel que le quitaba el aire.

De haberla tenido cerca, se lo habría clavado a su jefa ¡esa hija de puta! gritó, como si el grito le hubiese permitido romper las costuras y liberarse.

En su paroxismo asió el cuchillo con las dos manos y empezó a tajear el vestido, hundiendo la punta de acero en los arabescos del encaje, cada vez más profundo, cada vez con más furia. Volvió a repetir hija-de-puta, ahora en un murmullo entrecortado y se dio cuenta de que el insulto iba dirigido a Anabel.

El rojo del vestido se convirtió en carmín, que goteaba a lo largo de su cuerpo como una lluvia incendiada.


©  Mirella S.  —2019— 




viernes, 7 de junio de 2019

Tormenta otoñal



El cielo me cerca. Su tonalidad sombría pinta mi piel.
También estoy repleta de cúmulos negros en furioso conflicto
 con la luminosidad que procura desgarrarlos.


Se me agotaron las lágrimas y le pido prestada alguna a la lluvia, para humedecer la sequedad de mis ojos.
Las gotas caen verticales, tupidas y lo que antes era nítido,
ahora se desdibuja en un gris acuarelado.



La catarsis termina y en el cuadro del atardecer
quedan cenizas de nubes alejándose hacia el río. 
En el horizonte hay una estría de luz y un barco navega sobre ella.
¿Irá a la deriva, como yo, en la búsqueda constante de un hilo 
de esperanza al que aferrarse?




©  Mirella S.   — 2019 —




lunes, 20 de mayo de 2019

Reportaje




—Quisiera hacerte unas preguntas íntimas ¿me permitís?

—No tengo demasiadas respuestas.

—¿A qué se debe?

Dejé de investigarme. Empezó a ser aburrido, rondar sobre los mismos pensamientos, los temas de siempre.

—Mencioname algunos.

El dolor, el fracaso, la soledad, la muerte.

La muerte ¿qué pensás de ella?

—Una gran salvadora, el cierre digno de una vida plagada de miserias. Para mí es un ángel bondadoso y liberador.

—¿De qué te libraría?

—Ante todo de mí mismo, el peor enemigo. Afuera hay crueldad, injusticia, camuflajes. Pude amortiguarlos con la armadura blindada que me fabriqué. En cambio, no pude blindarme de mí.

—¿Con el amor también te acorazaste?

—No, cuando llegó estaba aún desprotegido.

—¿Fuiste feliz?

—Mucho, al principio.

—Tu voz tiembla, no te endureciste totalmente.

—Con ella, no. Jamás lo logré. Nací con un alma procelosa y cuando nos encontramos la miraba como alguien que desde las sombras descubre un muro blanco, inundado de luz.

—¿Y qué pasó?

—Sabés perfectamente qué pasó ¿para qué me lo preguntás?

—Quiero oírlo, sin divagues tortuosos, sin que lo falsees con tu autocompasión. Quiero oírte, ubicándome en la vereda de enfrente, con la poca objetividad que nos queda. ¿Por qué te derrumbaste en este abismo?

—Se nos murió o te olvidaste. Estás contento ahora, hijodep…

—No te alteres, no tuvimos la culpa. Acaso no acabás de decir que la muerte es un ángel liberador.

—Para mí, que ya soy un zombi. Ella era la imagen de lo vital, mi jubileo privado.

—¿Considerás que lo fue únicamente para vos? Yo, desde tu otra faceta que despreciás, también la amé.

—Sí, esa posición tuya que nunca logré desactivar: todo pasa por algo, hay que aceptar y seguir, atesorar lo positivo… bla bla bla.

—Si me dieras cabida no te sentirías tan mal. Tus horas (nuestras horas) no serían tan irrelevantes, tratando de existir lo menos posible y mirar la vida como uno que desde un tren ve pasar el paisaje. Me dejaste abajo, en la última estación.

—¿Querés subirte a este tren rumbo a la nada?

—Buscaríamos objetivos, proyectos, un sentido. Tal vez, nos abriríamos al amor nuevamente y...

—Cerrá ese pico de loro, sos un cobarde que esgrime el optimismo como un escudo porque le teme a su propia oscuridad. Y aunque no te guste yo soy esa oscuridad. Aquí terminamos este reportaje absurdo.

—No me doy por vencido. Al menos conseguí removerte de la inercia, que la sangre vuelva a circular, volcánica, que tus ojos se incendien con el fuego de lo vivo. No sabés mostrar la furia, te la guardás tras tu máscara de indiferencia y de una sonrisa vitriólica. Aunque no te guste, seguiré aquí, acicateándote.





©  Mirella S.   — 2019 —





jueves, 9 de mayo de 2019

El cielo desde el balcón



El crepúsculo gravitaba sobre los techos y azoteas.
El día de verano concluía en un derrame de rojos sofocantes.




Hubo un atisbo de nubes preanunciando el ansiado frescor,
pero el sol, implacable, las rasgó con sus llamas
recordándonos que era enero.




El cielo desnudo es bello en su pureza impura.
Las nubes, sin embargo, le otorgan miles de atuendos.




©  Mirella S.   —2019—