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martes, 14 de abril de 2020

Renglones vacíos





La mujer que iba al mismo café a escribir delante de una taza humeante, que de a poco se iba enfriando cuando las palabras se empujaban unas a otras por salir, ahora lo hace de un modo esporádico. Automáticamente saca el cuaderno que vive en su bolso, la birome, los apoya junto al pocillo y se toma el café bien caliente.

Ni siquiera abre el cuaderno, lo deja sobre la mesa, como un testigo mudo de algo que fue y ya no es. Antes estaba lleno de voces, los renglones y las páginas se sombreaban con su letra redonda. Desde hace un tiempo en él anida el silencio.

Ha vuelto a ese espacio que todavía le atrae y se ubica en el lugar preferido. Mientras bebe, en las volutas de vapor que emana el líquido, le parece descubrir formas indefinidas que la alertan. Espera que sean la punta del ovillo que la conduzcan a ideas nuevas, pero se disipan con rapidez y ella regresa al estado de inercia.

Le sobreviene una repentina sensación de desdoblamiento, como si algo se desprendiera de su cuerpo y la contemplase desde una posición ubicada por encima de su cabeza.

La que queda sentada mira por el gran ventanal que le permite acceder a un ángulo de la calle. A veces el viento agita el follaje de los árboles en una danza cimbreante. Hoy el aire está quieto y las ramas permanecen inmóviles, como a la expectativa, igual que la mujer.

La que observa tiene una amplia visión del local, el ir y venir de las camareras, los clientes y escucha la música de fondo que se pierde en el murmullo de las conversaciones.

Sin embargo, el interés de la observadora está puesto en la que ocupa la mesa del ventanal. Es una curiosidad más que un interés y acaso ni llegue a esa categoría.

Últimamente, la otra lleva a cabo el mismo ritual monótono, como congelado en el tiempo: bebe el café, dirige los ojos hacia el exterior un largo rato, guarda cuaderno y birome, paga y se levanta.

Llega ese momento y la que observa cae como un avioncito de papel y siente que vuelve a formar parte del antiguo cuerpo.

Está en la calle y a través de los ojos, de la piel de la mujer se nutre del sol, ve las nubes, huele el levísimo aroma del tilo de la esquina y nota que las veredas empiezan a tapizarse de hojas. 

Afuera el tiempo no se ha congelado.



 ©  Mirella S.   — 2020 —


Este texto es anterior a  la disposición de la cuarentena.
Ahora la mujer se toma su café asomada al balcón, 
mirando un cielo de peltre y una calle solitaria.

Gracias a todos y abrazos. 




lunes, 27 de enero de 2020

Una pepita de oro

Arte digital de Amandine Van Ray




Lo que siento por él visita mi vacuidad, y como una linterna, me ofrece un hilo de luz para aclarar mis penumbras. Con otros fui sinuosa o vehemente, si bien, detrás de la desnudez de mi espalda, agrietaba la boca en un gesto de ironía.

Él es solo observador en vez de partícipe y me presté a ese juego de ambigüedades. Temo que si nos acercamos esas sensaciones se apaguen en el hastío de los gestos repetidos, en la rutina de los bóxers tirados en el piso, la toalla húmeda sobre la cama, el silencio que taladra todo lo dicho y conduce a un estado incoloro. O que sus ojos lisérgicos se abismen en las cataratas de la indiferencia.

Los que aparecen y se van sin dejar ni una pelusa de nostalgia son como las golondrinas, que en su éxodo aletean junto a los vidrios, sueltan trinos de despedida y parten hacia otras ventanas.

Ese sentimiento, ahora innombrable, oculto, siempre deseado y buscado en sus distintas formas desde la infancia, lo experimenté brevemente, con finales dolorosos que me encerraron en una ostra hecha de añoranzas.

Cuando él también se aleje, me quedaré con el carozo bien limpio sin haber comido la pulpa. Lo voy a guardar como un placer incontaminado, que yo me inventé. Como una minúscula pepita de oro.



©  Mirella S.   — 2020 —





lunes, 11 de febrero de 2019

Divagues

Arte digital de Catrin Welz-Stein

¿Hola, estás aquí? No responde a esa voz que proviene de ella. Hay ratos prolongados en los que se va lejos. Su cuerpo queda donde lo dejó: en la cama, en el sillón del escritorio, en el colectivo, igual que una caja vacía.

En esos momentos es el vestigio de un aroma que transporta ciertos recuerdos prontos a diluirse en el aire. O una vibración casi inaudible. O un estremecimiento de sensaciones confusas.

Con el tiempo va captando que los olores provienen de la infancia, algunos de la cocina, de la comida casera sazonada con especias, en un intento de su madre por realzar la modestia de los platos. Otros aromas son reminiscencias del pequeño huerto y exudan del pasto húmedo, de las formas espesas, maduras de los frutos.

En cuanto a las vibraciones son remanentes de pensamientos, que se arremolinan como hojarasca, en un fru fru espasmódico. Están tan encimados que apenas puede reconocer los suyos de los ajenos. Al salir de ese estado se pregunta si tiene pensamientos propios, si su mente consigue elaborarlos o son, como las comidas de la madre, “ropa vieja”, sobras que se transforman porque es un pecado tirar alimentos y más si hay escasez.

Entonces es cuando cree que las carencias de todo tipo, vividas en los años más tiernos, se apoderaron también de sus ideas. Las que considera suyas no son más que formas reactivas a las rígidas reglas estipuladas, solo mecanismos de defensa. Durante la adolescencia tomó una pizca de aquí (granitos de pimienta), otro poco de allá (unas hojas de cilantro) de ideas encontradas en libros, en conversaciones inteligentes y así condimentó lo que después consideraría su visión personal del mundo.

Lo más interesante fue descubrir que los estremecimientos involucraban la corporalidad. Restos de caricias, el modo furtivo de conocer percepciones adheridas a la piel. Sus manos, expedicionarias en el inicio —y las de otros más tarde—, sirvieron para extraer placeres y entrar en la dimensión de lo carnal, de la materia temida y deseada.

Cómo armonizar y conectar lo anímico, la mente, el cuerpo cuando vivieron en permanente desequilibrio. A veces se refugia en la razón, pero en seguida es inundada por las aguas emocionales y el físico sufre las consecuencias: malestares imprevistos, dolores que aparecen y desaparecen, un cansancio que le estruja los músculos.  

Abstraerse de la propia realidad no le ayuda a que los engranajes de su maquinaria se ensamblen en este atardecer del alma. Sin embargo, durante los divagues, al anidar en sus repliegues íntimos, se siente más viva que nunca.





©  Mirella S.   — 2019 —





miércoles, 17 de enero de 2018

Halcones




Después de días inestables, de lluvias persistentes y nubes alquitranadas que jugaban carreras con el viento, ellas volvieron. El pecho gris perla, las alas como pintadas con carbón. Ellas: las golondrinas.

También reaparecieron los halcones. El gobierno de la ciudad los había traído, años atrás, para espantar a las palomas, convertidas en plaga.

Por el barrio de Clara había dos halcones, ahora son cuatro. Sobrevuelan los edificios, oscuros, temibles. Sin embargo, las palomas se han habituado a su presencia y conviven con el enemigo en relativa paz. Es que ellas son tantas que la pérdida de algunas no se percibe. Cuatro contra miles.

Hubo una época en que los halcones se fueron o tal vez incursionaron en otras zonas. Clara piensa que su regreso se debe a que las golondrinas les resultan un bocado más apetecible. Ellos acechan desde las cúspides de parabólicas; son estatuas de plumas tiesas, con aspecto inquisitivo, la cabeza girada en un perfil cortante de pico y ojo de acero.

Clara, temporada tras temporada, celebra el regreso de las golondrinas. Este noviembre, en sus escasos ratos libres, mira más el comportamiento de los halcones. Nunca los vio atacar. Se mantienen apartados en las atalayas de las antenas. No vuelan juntos como las golondrinas, que dibujan arabescos en el aire, incansables, ruidosas, cuchicheando trinos secretos o gritándose mensajes en código.

Los halcones observan, callan. Cuando se desplazan lo hacen lento, planean majestuosos, las alas extendidas y se pierden entre los vericuetos de las torres. No se comunican entre sí, no dejan oír la aspereza de su voz. Los han desterrado para que cumplan una misión lejos de su elemento y el nuevo territorio está formado por compactas hileras de concreto llenas de ojos por donde los espían.

Las golondrinas son el movimiento inherente a lo vital; los halcones son los guardianes de la muerte.

Clara, este año, se siente atraída por esas siluetas impávidas apostadas en una antena próxima a su balcón, se identifica con los halcones, como si mediante su presencia altanera hubiese descubierto algo que antes despreció en ella y que también le pertenece. Hoy más que nunca.




 ©  Mirella S.   — 2017 —






martes, 30 de mayo de 2017

Budapest


Foto de André Kertész: "Budapest, 1914"




Mi sombra me precede, como si quisiera mostrarme el camino. La veo, delante de mí, más baja (o está encorvada). Esa proyección tenebrosa en la pared soy yo, con mi sombrero y mi gabán, los puños ocultos en los bolsillos. Sigo sus pasos atormentados; hay una luz que ciñe mis espaldas, una luz escrupulosa para definir la miseria del lugar.
Me pregunto por qué mi propia sombra me arrastró hacia esta casa cuarteada por el tiempo y la pobreza, que termina en una encrucijada furtiva.
Nuestros pasos son tan lentos que nunca vamos a llegar hasta las ventanas, casi a ras del suelo, con cortinas que velan el interior y pueden guardar tibiezas o atrocidades.
Este transitar pausado siguiendo a mi sombra me desconcierta y me veo envuelto en un juego de sombras chinescas y de pronto soy una sombra que sigue a otra sombra, dos siluetas espectrales proyectadas en la pared vieja de un barrio lejano.
Y si en algún momento llegamos a la esquina, donde los edificios se borronean sin identidad, allí seremos uno solo: yo sin mi sombra o la sombra sin mí, vagando por Budapest.


Hay un hombre que me sigue por una calle miserable que desconozco. Es una noche nublada, con un único farol que, a nuestras espaldas, alumbra lo necesario. La luz da de lleno en la pared cenicienta de una casa, sobre la que destacamos el hombre y yo, como si fuera una pantalla.
Él es más alto (o quizás estoy encorvado) y nuestras figuras se revelan en esa pared tosca, con manchas de humedad que suben desde los cimientos.
Los pies nos pesan y nos resulta difícil despegarlos de la vereda sucia, con el borde pespunteado de adoquines.
En mi nuca percibo la respiración anhelante del hombre que me buscó por toda la ciudad hasta encontrarme en este escenario absurdo. Y ahora se pega detrás de mí con su aliento frío, de muerto en vida.
Cuando pasemos por los ventanucos y doblemos en la esquina, el farol ya no iluminará y la oscuridad de este suburbio extranjero nos tragará ávidamente.


©  Mirella S.   — 2011 —




miércoles, 22 de marzo de 2017

Desjuiciada

Imagen Benoit Courti


Obedientemente, al llegar a su casa y como le indicaran, la mujer se cambió el tapón de gasas que presionaba la herida. Salió un manojo empapado de un carmín brillante. Un río tibio y dulce fluyó por su boca. Ya tenía listo otro montoncito de compresas que aplicó con cuidado y sostuvo apretando las mandíbulas. Dejó pasar media hora y repitió la operación con el mismo resultado.

Cada tanto separaba los labios y el espejo le devolvía unos dientes de vampiro que acababan de morder a su víctima. Con un hisopo intentó inútilmente limpiarlos sin abrir demasiado la boca. Un hilito ya se le escapaba por una comisura. No debía ni escupir ni agacharse ni hacerse enjuagues o buches.

El riachuelo manaba suave y sin pausa, encharcando la cavidad bucal. Inclinó apenas la cabeza y un surtidor, de un rojo impertinente, desbarató la blancura del lavatorio. No hubo merienda ni cena, solo algunos sorbitos de agua corrompida por el gusto de la sangre.

Casi había agotado el stock de gasas que, famélicas, absorbían el rico jugo que brotaba de lo que parecía un cráter. El festín de Drácula seguía.

Llamó por teléfono para pedir instrucciones. Oyó el ring-ring que se prolongaba hasta un corte brusco. Ni el contestador salta, pensó ella, que se había acomodado el enorme tapón para emitir algún sonido coherente.

Y así hasta que llegó la noche.

Respiró su propio miedo, se vio pálida, puro ojos, los labios salpicados con grumos que se iban secando. Se recostó en varios almohadones, la cabeza erguida, rodeada de pañuelos de papel, las gasas restantes y un tazón como receptáculo de su líquido esencial. No apagó el velador; la soledad le dio un mordisco y le expandió la sensación de que era la única sobreviviente de un mundo en ruinas. Pronto también el dormitorio se derrumbaría.

Imaginó sus venas cada vez más finitas y se preguntó qué color toman las venas vacías. Le costaba mantener las mandíbulas tensas, le dolía el cuello, pero si las aflojaba y entreabría los labios se le meterían esos moscardones que rondaban cerca de su cara. Intentó formar una barrera con las manos. De dónde vendrían si todos los vidrios estaban cerrados. Emitían un zumbido monótono, adormecedor y ella luchó para que sus párpados no se bajaran como persianas vencidas.

Cuando volvió a abrirlos el sol doraba las paredes. Tenía la boca seca, amarga, quitó las gasas amarronadas, con la lengua tanteó en la encía superior el hueco que había quedado después de la extracción de la muela del juicio. No dolía y la hemorragia había cesado. Volvió la mirada hacia la mesita de luz: allí estaba el tazón con la sangre y unos moscardones flotaban entre islotes de coágulos.




©  Mirella S.   — 2016 —







miércoles, 16 de noviembre de 2016

Mario




Aterricé con la cara contra el piso, como una torta caída boca abajo. Quince escalones y el cuerpo invicto, apenas un hilito flojo.

La vida puede cambiar totalmente debido a un hilito a punto de soltarse. Dicen que el libre albedrío no existe, por eso los hilos. Estoy condicionado, sin embargo, quiero volar, correr y de solo pensarlo me da vértigo.

¿Me habrá quedado bien la cara? ¿Por qué estoy constantemente triste? Me gusta jugar, no que me usen de juguete. Creo que no inspiro afecto, aunque los chiquilines me digan qué divertido, qué genial es Mario…

Siento algo tibio que baja por la mejilla, la acaricia ¿será la tristeza que se licúa? Me doy cuenta de que piernas y brazos adquirieron autonomía de movimientos. En la rigidez de mi boca quiero que aparezca el dibujo germinal de una sonrisa.

Como colgada de una nube veo la escalera por la que resbalé. ¿Podré terminar de bajarla e irme? Dejarte sosteniendo los hilos, ahora que se cortaron. Que te quedes solo, en lo oscuro, como un dios sin creyentes, cada vez más lejano, pequeñito, con tu voz falsa, tus tirones bruscos, las reverencias forzadas, los saltos acrobáticos que me imponías y terminaban en torpes tropiezos. 

Si consigo levantarme ya no seré una marioneta.


©  Mirella S.   — 2016 —



miércoles, 6 de agosto de 2014

La sombra






Bailo. A mis espaldas la sombra me acompaña bajo un sol desaforado.

La música tañe su ritmo, impregna la atmósfera oleosa y gotas saladas se escurren por mi piel. La sombra, en cambio, está seca y danza conmigo, ensayando movimientos sigilosos de marioneta.

Bailo con los pies descalzos que azotan el suelo y buscan el frescor de las baldosas. Ella se me arrima, copia la coreografía que improviso. Quiero que se vaya, pero medra con el sol que declina, se estira y me precede, en el deseo de liderar el baile.

Levanto un pie y la aplasto con fuerza, aprovechando el tam-tam de un tamboril candombero. Cuando intento despegar el talón del piso, no puedo: dedos largos, penumbrosos, trepan por mi empeine.

Con el pie libre procuro soltarme. Sin embargo, ella ha desarrollado rizomas que, como grilletes, me sujetan los tobillos.


Debo balancearme según sus designios, me dirige, zarandea. En la música que enlentece, soy tan sombra como ella.



©  Mirella S.   — 2014 —







martes, 17 de junio de 2014

Seducción




Atado al mástil, imposibilitado de moverme, escucho su canto y me abandono al hechizo. Solo logro sostener entre el índice y el pulgar un trozo de carbón y escribo en mi muslo desnudo las sensaciones que me provocan.
Veo a esas mujeres-pájaros que se agazapan entre las rocas, rodeadas por los cadáveres de mis predecesores y comprendo que no puedo renunciar a escucharlas. Soy un hombre que quiere saber, incluso lo que no debe.
El dios del viento retiene su soplo, es como si nos estancáramos en el silencio del agua, que permite apreciar cómo ellas, musas de las evocaciones, cantan las hazañas de los héroes y mi propia gloria.
El canto no tiene palabras, no las necesita, las voces emiten sonidos límpidos que me envuelven en anillos de luz. En su musicalidad percibo las olas del mar, el modo en que se aceleraban en los tiempos del desembarco. Hablan —sin hablar— de la sangre vertida en las batallas, del chasquido de las espadas rotas contra las costillas, del fervor en las venas. Vuelvo a oír el grito líder que azuza a los soldados, el estertor de los moribundos y huelo el miedo, que se pega viscoso bajo nuestros pies.
Ellas cantan la astucia de la estrategia final, la victoria, los que fueron ejecutados y los prisioneros. Cantan el regreso, este anhelo de hogar, el reencuentro y el preludio del amor.
También relatan el futuro, el lugar que ocuparé en la historia de los hombres cuando ya esté muerto. Estoy suspendido entre dos mundos. A pesar de las precauciones, me seducen, erotizan y percibo en la carne el despliegue de la virilidad.
Inútilmente grito para que aflojen las cuerdas y me liberen. Músculos y nervios pugnan por alcanzarlas y mitigar sus soledades —o la mía— con mi cuerpo, del que rápidamente no quedará más que huesos anónimos, mezclados al de tantos navegantes desprevenidos, muertos por osar seguirlas.
A medida que me entrego, pierdo la identidad de hombre libre de la que siempre he presumido. Quisiera pertenecerles y que no me abandonen jamás. Ya no importan los que esperan mi regreso, ni el cetro ni la cordura, solo tengo este anhelo que proviene del inframundo.
Cuando vuelva no seré el mismo —escribo con dedos que tiemblan—, no después de haberlas escuchado. Aunque recobre todo lo que me pertenece, algo en mí quedará vacío, aquello que arrebataron con su canto.




©  Mirella S.   —Mayo 2014—







jueves, 27 de marzo de 2014

Microficciones






La mancha voraz

La mancha de humedad en la pared frente a la cama era insignificante. Tenía el color del musgo.  Se fue expandiendo paulatinamente hacia arriba, hacia abajo, después hacia los costados y se adueñó del dormitorio.
Ella la miraba desde la cama y le pareció descubrir que del interior de las encías mohosas nacían dientes. Empezó a preocuparse, pero ya era tarde: los colmillos acometían contra el revoque y los ladrillos como si fueran tostadas con dulce de leche. El ruido era crocante y le producía una especie de hechizo. 
Las paredes se desmenuzaron en miguitas. El aire del invierno y la palidez de las estrellas fueron los límites de la habitación. 







Palabras


A las palabras se las llevó el viento, se toparon con una tormenta y cayeron hechas una sopa de letras.










Fuego económico

Utilizaba al dragón que había heredado de su requetatarabuela para prender la hornalla y el calefón. Estaba contenta porque no tenía que comprar fósforos o un magiclick.
Una mañana lo vio con las fauces apagadas y comprendió que él también era a pila.


©  Mirella S.  -2012-




Estos micros son el fruto de un seminario 
breve que hice
sobre microficciones. Me gustó la experimentación,
pero me di cuenta de que este género no es lo mío...



Imágenes sacadas de la Web



lunes, 21 de octubre de 2013

Oblicuidad

Ilustración: Matina Terauds


Su vida era un amable desastre. Ella caminaba con la melancolía asida a su mano izquierda, mientras que la decisión la empujaba con la derecha. Iba con el cuerpo ladeado por la tiranía de la mano que mandara en cada ocasión.

Había ocasiones en las que se olvidaba de la tristeza o de la determinación. Se subía a un pájaro de alas desmesuradas que la transportaba a una comarca donde la tierra era lila, el cielo ámbar y se entregaba a esa autonomía sin responder a la imprecisión que le venía de adentro.

Tomaba la forma de un hipocampo traslúcido o de una cigarra soñolienta que le cantaba al verano y las manos convivían sin exasperaciones. 

Esos episodios duraban un suspiro. Con paciencia aprendió a alargar sus perímetros en espirales demoradas y eludir el dolor de las uñas que se clavaban en la palma de la mano izquierda o en la derecha, dependiendo de cuál fuese la conductora.

Y era el perfume del césped recién cortado; el viento de mayo que desvestía los plátanos; un barrilete —redondo como el sol— que se remontaba bien alto; una hoja crujiente que, con el gemido de un animal mítico, moría en el empedrado. 

Deseaba que las manos encontraran la convergencia para guiarla en una dirección unánime. Con la práctica, dejaría de sentirse una mujer al bies.



©  Mirella S.  -   2013 -








miércoles, 22 de mayo de 2013

Los microrrelatos



A lo largo de todos los tiempos han aparecido textos orales y escritos de corta extensión. El microrrelato no es un fenómeno nuevo, sienta sus bases por el siglo XII en los llamados bestiarios medievales, donde se describen las características y hábitos de animales, para terminar con una lección moral. Entre 1330 y 1335 también aparecerán las sentencias del Conde Lucanor, escritas por el Infante Don Juan Manuel.
Pero es en la época moderna, al nacer el cuento como género literario, cuando el microrrelato se populariza en la literatura en español, gracias a la concurrencia de dos fenómenos de distinta índole: la explosión de las vanguardias con su renovación expresiva y la proliferación de revistas que exigían textos breves ilustrados para llenar sus páginas culturales.
En general se entiende por microrrelatos o microficciones a textos cuyo límite de palabras se ubican entre las 300 y las 500. Sin embargo los hay de apenas una línea. 
Aquí van algunos ejemplos: 



Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí.
(Augusto Monterroso)

Vendo zapatos de bebé, sin usar.
(Ernest Hemingway)

El último hombre sobre la Tierra está sentado en una habitación. Llaman a la puerta.
(Fredric Brown)



Un microrrelato debe sorprender, la escasez de palabras colabora para que el lector piense, imagine, sueñe; en ese punto este género se puede asemejar al poético, por esa capacidad de asombrar al lector y llevarlo bruscamente a mundos desconocidos, con pocas palabras.

Grandes escritores como Jorge Luis Borges, también se dedicaron a explorar este género.



Un sueño
En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá jamás leer lo que los prisioneros escriben.



Julio Cortázar
Historia
Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.
(de "Historias de Cronopios y de famas")





 Gabriel García Márquez
 El drama del desencantado

El drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa, valía la pena ser vivida.





Se suele apelar a ciertos recursos 
para que el microrrelato sea más efectivo:


*Sorprender al lector con una lógica inesperada.

La fuerza del destino   (Julia Otxoa)
El perro riñe al gato, el gato al ratón, el ratón a la musaraña, la musaraña a la araña, la araña a la mosca, la mosca a la hormiga, la hormiga a la pulga, pero la pulga como es tan pequeña, no tiene nadie más pequeño a quien reñir, así que indignada, prepara la revolución para derrocar al perro.

 ***

*Utilizar un formato popular, no literario.
Un formato moderno al que recurre el microrrelato con frecuencia es el anuncio clasificado.

Clases de gimnasia   (Ana María Shua)
Para aumentar la flexibildad del tronco y ramas, evitando así quebraduras provocadas por ráfagas intempestivas, clases de gimnasia para árboles se ofrecen, individuales y a domicilio. Precios especiales para bosques. 


***


*Hacer uso de la ironía

Libertad    (Juan José Arreola)
Hoy proclamé la independencia de mis actos. A la ceremonia sólo concurrieron unos cuantos deseos insatisfechos, dos o tres actitudes desmedradas. Un propósito grandioso que había ofrecido venir envió a última hora su excusa humilde.



***


Estos dos microrrelatos son mi autoría:



Ojos biónicos


Tenía una mirada que se te metía adentro, hacía una recorrida indiscreta y salía llevándose todos tus secretos.








Dorar la píldora

Quiso paliar la mala noticia de que iba a  dejarla.
Fue al botiquín del baño, vació los frascos con las cápsulas de aceite de tiburón, los comprimidos anticelulitis, aquellos con las pastillas para dormir y los pintó con un pigmento dorado, los roció con esencia de mentol y los selló con un fijador acrílico.
A la semana la internaron de urgencia. No tuvo necesidad de darle la noticia.
Mirella S.