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viernes, 18 de septiembre de 2020
jueves, 23 de abril de 2020
Tierra árida
![]() |
| Arte digital by Enzzo Barrena |
Hace ya más de
un año que atravesé las fronteras de este país que perdió los deseos. Recorro
su territorio devastado por la indiferencia; camino sobre su tierra grisácea
como el cemento; observo las ciudades, los edificios sin una fisonomía propia.
Planos abstractos de un mapa mal diseñado.
Lo que queda a
mis espaldas es igual a aquello que tengo por delante. Es un espejo de mi
paisaje interior.
No hay colores
ni variantes o diferencias. Tampoco hay vegetación, flores o árboles, solo unas
líneas verticales más oscuras que despliegan ramajes fosilizados. De la palidez
del cielo se desprende una bruma que emboza las formas.
Mis pies avanzan
desprovistos de energía y levantan un polvo corrompido. Nada de lo que veo
repercute en mí. Cuando abandono las ciudades el páramo me rodea.
Provengo de un
lugar lleno de matices que deslumbran, de movimientos y de ruidos, de una
ciudad colmada de deseos, tantos que la desbordan, la resquebrajan. Sus
habitantes viven de —y para— sus anhelos. En una época, yo también.
Era una buscadora
de sentido. Lo buscaba debajo de las piedras, en las nubes evanescentes, en el
amor. Cuando “eso” que creía haber encontrado dejaba de ser verdadero para mí,
me recluía en la cuevita que hay en mi interior, reparaba fuerzas y emprendía una búsqueda nueva.
Hace demasiados
meses que perdí el entusiasmo por esa pesquisa y viajo por la región del
desinterés. Sin embargo, cuando consigo dormir, tengo sueños en los que afloran
una multiplicidad de colores cautivantes, bosques de árboles frondosos que
alojan nidos en los que desbordan las palabras que traen pájaros nómades.
Son deseos
inconscientes, espero que en algún momento irrumpan en mi realidad.
© Mirella S.
— 2020 —
lunes, 3 de febrero de 2020
Encarcelada
Intento atrapar
el infinito detrás de los barrotes, pero el azul es escaso, cubierto por
nubarrones oscuros. La ciudad me confina entre sus muros bestiales.
La imagen
refleja mi estado actual.
Este blog, que
fue un rincón lleno de alas y trinos, se encuentra silencioso, melancólico. Todavía no me
decido a soltarlo, aquí recibí mucho afecto, compañía y mi agradecimiento es enorme hacia todos los que pasaron -y pasan- dejándome sus cálidas palabras de
estímulo.
Sin embargo, una
voz interior me dice que se acabó, perdí el placer de escribir hace ya un
tiempo.
Me alejaré de a
poco, porque me va a ser difícil. Fue mi nido, mi refugio, y como los pájaros,
lo construí laboriosamente, con alegría. No quiero mantenerlo por obligación, a
desgano. Cuando realmente sienta el impulso de publicar una foto, un texto, viejo o
nuevo que surja espontáneo, no por la presión de mi autoexigencia, lo haré.
Mi espíritu y mi
cuerpo están pasando malos momentos, necesito descansar. Más adelante los
visitaré, nunca los voy a olvidar.
Gracias a todos
y un abrazo inmenso, queridos amigos.
© Mirella S. (texto y fotos) 2020
lunes, 13 de enero de 2020
Deseos
miércoles, 13 de noviembre de 2019
Hilitos
Un hilito cuelga de la cortina. Trato de sacarlo, arruina
la simetría impecable del paño. El tirón es demasiado brusco y la tela se
frunce. Sigo tironeando y el hilo resalta en la trama, igual que la vena
hinchada y rugosa de un viejo. He estropeado la cortina, lo mismo que hice con tantas
situaciones de mi vida.
Me
matriculé de arruinadora profesional en
esa búsqueda tenaz de excelencias que no existen. Los placeres
terminan por empañarse ante mis ojos.
Lo que llaman felicidad no se pega
a mis dedos, ni embadurnándolos con Poxipol. Desearía que durara algo más y no
resulte una expectativa frangible, que cuando empieza a modelarse, acaba rota en
pedacitos insignificantes. Siempre ansiando absolutos, cosas que se cierren con
la pureza de un círculo.
Hay privilegiados a los que
ciertas felicidades les llegan fácilmente. Las guardan en cajitas llenas de
compartimientos y clasifican las horas de dicha, que subsisten en un orden
escrupuloso.
Yo también quise amarrar esos
instantes. Les he destinado un cajón de la cómoda y acumulo en él vestigios del
ayer: la rosa seca, fotos, la alianza, el libro que me suavizara el espíritu,
ese botón dorado que levanté de la acera y fue una gota de sol en el charco fangoso
de los días. Y otros restos de puntillas que habían adornado mis buenas rachas.
Cuando hago un recuento de mi
pequeña fortuna, confirmo que ha perdido el valor original. La rosa es sólo un
manojo de pétalos momificados que no me remiten a una evocación precisa. El
anillo se vistió de luto y las palabras del libro —ahora— se volvieron estériles.
Son objetos sin conexión con el
presente. Nunca los pude ordenar: están enmarañados en la urdimbre de todos
aquellos hilos que he ido arrancando de cortinas, dobladillos, mangas,
manteles en mi insistencia de perfección.
Pobres dosis de dicha que
perviven, desordenadamente, en el recoveco de las quimeras insensatas.
© Mirella S.
— 2013 —
Un texto viejito, que forma parte del libro virtual
"Apuntes en hojas perdidas".
miércoles, 16 de noviembre de 2016
Mario
Aterricé con la cara contra el piso, como una torta
caída boca abajo. Quince escalones y el cuerpo invicto, apenas un hilito flojo.
La vida puede cambiar totalmente debido a un hilito a
punto de soltarse. Dicen que el libre albedrío no existe, por eso los hilos.
Estoy condicionado, sin embargo, quiero volar, correr y de solo pensarlo me da
vértigo.
¿Me habrá quedado bien la cara? ¿Por qué estoy
constantemente triste? Me gusta jugar, no que me usen de juguete. Creo que no
inspiro afecto, aunque los chiquilines me digan qué divertido, qué genial es Mario…
Siento algo tibio que baja por la mejilla, la acaricia
¿será la tristeza que se licúa? Me doy cuenta de que piernas y brazos adquirieron
autonomía de movimientos. En la rigidez de mi boca quiero que aparezca el
dibujo germinal de una sonrisa.
Como colgada de una nube veo la escalera por la que
resbalé. ¿Podré terminar de bajarla e irme? Dejarte sosteniendo los hilos,
ahora que se cortaron. Que te quedes solo, en lo oscuro, como un dios sin
creyentes, cada vez más lejano, pequeñito, con tu voz falsa, tus tirones
bruscos, las reverencias forzadas, los saltos acrobáticos que me imponías y
terminaban en torpes tropiezos.
Si consigo levantarme ya no seré una marioneta.
© Mirella S. — 2016 —
miércoles, 13 de julio de 2016
Damascos en almíbar
Una silueta ensombrece la
luz que entra por el panel de vidrio. Paula se entrega mansamente. Unos
segundos antes de ingresar en los paisajes borrosos del sueño artificial, los
fantasmas de momentos ya muertos aparecen en una sucesión arbitraria,
acelerada.
El baile de los quince, su
vestido en tonos pastel, la pulsera con los dijes que tintinean en el hombro de Juan, se esfuman cuando la señorita Emilia le pone esa fea nota roja en el
cuaderno por mala conducta, por incitar en clase a la insubordinación, en esos
años donde todavía no sabe qué es la docilidad. De inmediato el recuerdo se
confunde con la tarde en que no hay bizcochuelo con Nesquik porque mamá es
internada de urgencia. Paula revive el desgarro del miedo en el vientre que, sin
transición, se convierte en alegría y se ve a sí misma refulgir como un lucero.
Ella está con el vestido de seda blanca, aún oye el eco del “sí, quiero”,
siente el oro que le ciñe el dedo anular, “para toda la vida, mi amor”, sellado
con el roce de los labios de César.
Ya no está en la iglesia,
vuelve a sus once años, conoce a la Segunda, como la ha bautizado, la nueva mujer de su padre, almuerzan sin
mirarse. A los postres la otra hará su entrada triunfal sosteniendo la bandeja
con los damascos en almíbar, con un copito de queso mascarpone y escamas de
chocolate, que Paula odiará haber comido tan gozosamente. Y el arrebol de los
damascos se perderá en la palidez del quirófano, en el no llanto tan esperado,
en el silencio que, de pronto, se llena con el bullicio de un aeropuerto, no recuerda
cuál, fueron tantos.
La memoria, selectiva y
caprichosa, la devuelve a la casa del limonero, al maullido leve de Mimosa, la
gata blanca y gris, la de la mirada como dos hojas de menta, aquella que
apareció un día en el jardín de atrás, saltando la pared medianera y nunca más
se fue. Cuántas caricias en la pelusa de su cogotito, cuánto ronroneo
agradecido. Ese fue un amor que abarcó toda la vida que vivió Mimosa. Los otros no, duraron lo que duran los amores humanos. Le parece escuchar el ruido de
la puerta al cerrarse tras la valija, después solo el vacío alargando la noche,
sus ojos moteados de sol, desaparecidos para siempre.
Se ve caminado en una tierra
de nadie, la piel translúcida como la lluvia. La memoria tiene su propia
geografía y ahora la lleva por los carriles desencantados de los anhelos que no se cumplieron.
Se enciende una luz que baja
del cielorraso y, como si proviniera de allí, una voz sin boca dice algo que
suena como el siseo del viento en el follaje.
viernes, 16 de octubre de 2015
Apuntes en hojas perdidas (IX)
Si el cuerpo es frágil y la voluntad poderosa, es
inevitable que el cuerpo termine derrotado.
Los huesos, la carne, la piel de leche, las venas
como telarañas azules, se debilitan, se convierten en un hotel decadente que
aloja a pensionistas perniciosos que invaden cada una de las habitaciones con
sus pestes y miserias.
Voluntad resiste, presenta batalla, mientras el
cuerpo se deteriora, se encorva, se
arrastra, se vuelve lombriz y anhela el cobijo de la tierra, su aroma a greda
humedecida por el amanecer. Voluntad, implacable, lo sacude, le ofrece decenas
de motivos para que se levante y continúe.
Cuando ve que no lo consigue, que el cuerpo ya no
responde a ninguna directiva, que es apenas una carcasa a punto de desintegrarse, Voluntad
se desespera, se culpa por su exigencia, se congela. De a poco se resquebraja
como un muro afectado en sus cimientos. Se derrumba junto al cuerpo que, con
sus últimas fuerzas, busca atravesar los terrones, hundirse en su blandura.
Las teselas desmenuzadas de Voluntad lo cubren en
un túmulo protector. Finalmente ha comprendido, también podrá descansar
arrullada por el susurro musgoso de la lluvia, por la brisa que le trae las canciones
de ríos secretos.
©
Mirella S. — 2015 —
Arte digital de Paula Rosa
miércoles, 9 de septiembre de 2015
Apuntes en hojas perdidas (VIII)
Lo mío era escribir relatos, hasta que un día se agotó la tinta de la
lapicera. Compré otras de buenas marcas, no obstante, las letras seguían
invisibles. Tiré hojas, lápices, bolígrafos y lo único que supe hacer fue
llorar palabras.
Cada lágrima estaba hecha de un agua marina que no podía conjugar
ciertos verbos ni adjetivar emociones. Mis ojos supuraban lagrimones atlánticos
y se derramaban por mis mejillas con sus relatos intranscribibles, en un código
que no logré descifrar en ese tiempo.
Luego vino una época en que los cuentos se urdían solos,
repentinamente, como si hubiese una mano que trenzara la trama por mí,
siguiendo indicaciones de una voz que las dictaba.
Con mi manía perfeccionista objetaba a la mano y a la voz, pero —para
bien o para mal— finalmente permitía que hicieran su tarea en libertad.
Viví cada una de las narraciones como si fuesen mías. Eran parte de mi otra
historia, la íntima y secreta que nadie conoce. Sentí que mi vaso, casi siempre
medio vacío, se iba colmando de un vino dulce, burbujeante.
Lo bueno tiene fecha de caducidad. En algún momento surge un escollo
que entorpece las palabras, quiebra el ritmo. Estoy anclada en esa piedra, como
un pez que agoniza, con las escamas chamuscadas por el sol. Todavía alguna ola
compasiva le moja la boca y le ofrece unos minutos más.
El pececillo se ha entregado, entrecierra los ojos, sueña con los
compañeros del cardumen, con los corales y las anémonas del mar caverna que lo
cobijaba y lo ha relegado.
Yo, añoro mis historias perdidas.
©
Mirella S. — 2015 —
Arte digital de Amandine Van Ray
Arte digital de Amandine Van Ray
martes, 28 de julio de 2015
Peregrinatio
![]() |
“Quid solutis est beatus curis cum mens unus reponit
ac peregrino labore fessi venimus larem
ad nostrum
desideratosque acquiescimus lecto”
Catulo
|
Fue en su vagabundeo por Italia cuando empezó a
captar el lenguaje de las ciudades. La ciudad visitada le proporcionaba
respuestas a preguntas que no se hacía, a deseos no conscientes.
Milán le dijo que no era un sitio para ella, que
las calles le serían hostiles. Estuvo a punto de ser atropellada por un auto.
Apenas si vio de lejos el Duomo, construido con la piel y sangre de tantas
generaciones. Sus altas agujas góticas parecían tocar un cielo de peltre en el
intento de perforarlo y encontrar un rayo de sol.
Escapó a Venecia. Llegó un día de niebla y
llovizna, que le mostró su propia grisura cuando se acorazaba dentro de sus
sombras.
Pronto observó que las ciudades más turísticas e
importantes callaban o sus voces se hacían confusas, contradictorias, perdidas
entre bocinazos, motos desenfrenadas que se le atravesaban sin respetar
semáforos.
A Verona fue un domingo. Todo era lento, cálido y
estaba cerrado. Caminó por calles vacías, tan vacías como su indiferencia por
aquello que la rodeaba. Un golpe de viento poco cordial susurró que le faltaba
romanticismo. ¡Chocolate por la noticia! contestó casi en un grito. El viento se llevó su eco.
Florencia fue salteada sin remordimientos. En
cambio se alojó en Cortona, etrusca y medieval que, erguida, coronaba una colina.
Trepó por callejuelas escarpadas y profanó iglesias sentándose en el banco más
oculto para comer un panino. Las
estatuas de los santos la miraron con piedad desde sus ojos huecos y alguno le
aconsejó que ahorrara fuerzas, su salud se fragilizaba.
A Roma, la eterna, no la evitaría. Algo intangible
las había unido desde viajes anteriores y de estar allí Clara, la astróloga, le
hubiera dicho que ese sentimiento provenía de vidas pasadas. Su respuesta habría sido una sonrisa
escéptica.
Eludió las zonas conflictivas. El color damasco
maduro de los edificios le transmitió la seguridad de que tendría sexo con un
extraño. Aguardó alegremente el momento orgásmico y no quedó defraudada por Valerio,
el del nombre de emperador.
Supo que debía dirigirse hacia el sur, lo más al
sur posible, hacia el último confín de esa tierra, donde es acotada por el mar.
Hizo un alto en Ravello, en la cima de los
acantilados. Con el panorama del golfo visto desde la Terraza del infinito,
tuvo una intuición metafísica y en el aire sintió la respiración del universo.
Pasó delante de la hilera de bustos ignotos que se
apoyaban sobre el parapeto, las facciones desgastadas por las caricias de los
siglos, algunos sin nariz, otros con los rasgos esfumados en perfiles
andróginos.
La vida era un escultor nada compasivo, ella había
obtenido instantes fugaces de una felicidad moldeada a martillazos.
Durante un crepúsculo vehemente, de vino oporto
derramado, comprendió que no llegaría hasta el sur del sur. El mar, allá abajo,
golpeando las piedras en una letanía fúnebre, así se lo informaba. Ella
permaneció atenta, pero el mensaje había terminado, igual que su viaje.
Se estaba bien en el templete de Dionisio, leyó la
inscripción en latín del poeta Catulo grabada en el friso, que afirmaba o
preguntaba, si había algo mejor —después de haber hecho el propio trabajo, ya
con la mente libre de preocupaciones y cansado por las labores— que volver a casa y
descansar en el lecho tan deseado.
Esa frase también era para ella. Se apoyó en la
balaustrada y vio como la noche, con su belleza fraguada de misterios, poseía
pausadamente al mundo.
© Mirella S. — 2015 —
De la comedia musical "Rugantino", voces de Lando Fiorini y Ornella Vanoni
martes, 24 de febrero de 2015
Tempus
Me
levanto y espero. Me siento y duermo. Voy a la cama y es el insomnio. Un tiempo
orbicular de acciones, la mayoría absurdas, automáticas.
Por las mañanas me doy
cuerda y duro todo el día. A la noche —los ojos abiertos a fantasmas— me
percibo con una dosis vivificante de locura.
Hay que ser un poco
loco y querer captar lo que está más allá de la mímica cotidiana, aquello que
no se ve y apenas se intuye. Poder desligarse de lo trivial y establecer el
nexo con ese espacio interno con sus propias regulaciones, muchas veces a
contramano de la zona de confort.
Soy de andar por
carriles raros. O diferentes. Lo escuché desde la infancia: tu sei
strana, decían en
casa. Yo me escondía en el rinconcito de los sapos y de las lagartijas que se entibiaban
en las piedras y les construía nidos a los pájaros en las ramas del limonero para
que me visitaran.
En ese entonces tenía
un lugar real. Entre la hierba y los canteros aprendí de la vida y la muerte.
La vida se abría tímida y la muerte me golpeaba en las alas tiesas de un
gorrión o en el gatito de pocos días, ciego, helado.
Cuando ese jardín dejó
de existir, diseñé uno exclusivamente mío, donde me instalo las veces que lo
necesito. No siempre está verde; como en el de Marosa*, también crecen las
mandrágoras. En las épocas luminosas planto margaritas: su ojo de sol y sus
dedos de luna, en su simpleza, me conectan con la majestuosidad de la creación.
Allí olvido darle
cuerda a mi reloj anacrónico, olvido los dramas de aquellos que me golpean la puerta
como si fuera el Oráculo. Mis respuestas se han vuelto inútiles, huecas. Nadie
quiere oír el verbo cambiar. Hay
días que yo tampoco y cada acto pierde significado.
Me siento y ya no
espero. Descanso de un cansancio que llevo como polvo en los huesos. Rememoro lo
que perdí y gané. No suelo hacer balances, darían en rojo. Miro las flores que
se marchitaron, digo: levantate, estás viva, tenés un huerto que
cultivar.
© Mirella S. — 2015 —
*Marosa di Giorgio, poeta uruguaya
(1932-2004)
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