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viernes, 18 de septiembre de 2020

Bestialmente libre... (relato de despedida)

Arte digital de Noell Oszvald



Desde mi llegada al pueblito, cada día el cielo bajaba a la tierra como si descendiera por una escalera de peldaños azules. Esa tarde me acerqué a la costa, ocre y rocosa. En las colinas a mis espaldas se despeñaban las casas seculares. Ante mí el mar, glauco y prepotente, balanceaba su solidez contra los acantilados. Hacia la izquierda estaba el puerto y los barcos de pescadores; a la derecha, lo que parecía perderse en el infinito, terminaba en el norte de África.

No era mi lugar en el mundo, pero lo hubiera elegido con gusto. Mi padre había nacido en la isla y me emocionaba escuchar por las callecitas clivosas el dialecto cerrado, del que captaba algunas de las expresiones que él habitualmente decía.

Estaba de pie sobre un peñasco elevado y divisé una silueta menuda. Corría como un animalito temeroso que, cada tanto en su escape, voltea la cabeza para comprobar si lo persiguen. Era una sombra diminuta que por momentos se confundía con las rocas por las que trepaba. Un sendero, como una serpiente inmóvil, hacía más fácil subir o bajar, pero él no lo usaba.

Cuando el niño me descubrió, se detuvo. Leí el miedo en sus ojos moros. Le hablé en un tono calmo, acompañando mis palabras con gestos que querían expresar confianza. Me di cuenta, por la negación espasmódica de su cabeza, que no entendía el idioma.

Unas voces, distorsionadas por el viento, se acercaban. El niño parecía paralizado, hice señas para que llegara hasta mí, le indiqué el sendero. Él prefirió ascender por las piedras. Sostenía algo indefinido en una mano, un paquete, tal vez. Con la otra se apoyaba en los peñascos.

Las voces se corporizaron en varios hombres con uniforme. El chico debía ser un migrante ilegal, llegado en alguna barcaza precaria. 

No sé por qué huía. Después supe que había también un comercio oscuro con los niños.

Empecé a bajar con lentitud, mis sandalias no eran adecuadas para ese terreno irregular. Pude ver el color caoba de su piel, los ojos, como gotones de tinta china, enormes de miedo. Nos miramos y percibí que mis latidos arrebatados se acompasaban con los suyos.

Estiré los brazos, pero los ignoró. Se fue agachando para tomar impulso y saltó. Un salto perfecto que, como un arcoíris ominoso, unió el borde de la escollera con el mar. Las aguas verde azul se abrieron para recibirlo. Los de uniforme ya habían llegado y hablaban entre sí con amplias gesticulaciones.

Con cuidado me asomé: el mar estaba liso, imperturbable. Me sentí impotente, no sé nadar.  Bajé hasta donde el chico se había detenido y vi el objeto que sostenía. Era un trozo de madera tallado rústicamente con forma de pájaro. En una de las alas tenía grabada una inscripción.

En el hotel la tradujeron: libertad.


©  Mirella S.   — 2020 —



¡Hola amigos! No me gusta irme sin agradecer el haberlos conocido, por el afecto y la compañía que me brindaron a lo largo de casi ocho años.

Estos últimos meses fueron (y son) muy duros y tengo un alto grado de estrés que no consigo disminuir. En el estado de hermitaña en el que me encuentro pude tomar conciencia de que el ciclo del blog y de la escritura llegó a su término. Siento que ya no tengo más nada que contar, que la pasión por la palabra se ha disipado y no sé si volverá algún día. Hasta me cuesta escribir esta despedida. 

Por el momento no prometo visitarlos, lo haré cuando sienta que no es por compromiso sino por ganas.

Para todos los que pasaron por el nido les envío los mejores augurios, un gracias enorme y fuertes abrazos.


Como cierre les dejo una puesta del sol desde mi balcón.






jueves, 23 de abril de 2020

Tierra árida

Arte digital by Enzzo Barrena

Hace ya más de un año que atravesé las fronteras de este país que perdió los deseos. Recorro su territorio devastado por la indiferencia; camino sobre su tierra grisácea como el cemento; observo las ciudades, los edificios sin una fisonomía propia. Planos abstractos de un mapa mal diseñado.

Lo que queda a mis espaldas es igual a aquello que tengo por delante. Es un espejo de mi paisaje interior.

No hay colores ni variantes o diferencias. Tampoco hay vegetación, flores o árboles, solo unas líneas verticales más oscuras que despliegan ramajes fosilizados. De la palidez del cielo se desprende una bruma que emboza las formas.

Mis pies avanzan desprovistos de energía y levantan un polvo corrompido. Nada de lo que veo repercute en mí. Cuando abandono las ciudades el páramo me rodea.

Provengo de un lugar lleno de matices que deslumbran, de movimientos y de ruidos, de una ciudad colmada de deseos, tantos que la desbordan, la resquebrajan. Sus habitantes viven de —y para— sus anhelos. En una época, yo también.

Era una buscadora de sentido. Lo buscaba debajo de las piedras, en las nubes evanescentes, en el amor. Cuando “eso” que creía haber encontrado dejaba de ser verdadero para mí, me recluía en la cuevita que hay en mi interior, reparaba fuerzas y emprendía  una búsqueda nueva.

Hace demasiados meses que perdí el entusiasmo por esa pesquisa y viajo por la región del desinterés. Sin embargo, cuando consigo dormir, tengo sueños en los que afloran una multiplicidad de colores cautivantes, bosques de árboles frondosos que alojan nidos en los que desbordan las palabras que traen pájaros nómades.

Son deseos inconscientes, espero que en algún momento irrumpan en mi realidad.


©  Mirella S.   — 2020 —





lunes, 3 de febrero de 2020

Encarcelada




Intento atrapar el infinito detrás de los barrotes, pero el azul es escaso, cubierto por nubarrones oscuros. La ciudad me confina entre sus muros bestiales.

La imagen refleja mi estado actual.

Este blog, que fue un rincón lleno de alas y trinos, se encuentra silencioso, melancólico. Todavía no me decido a soltarlo, aquí recibí mucho afecto, compañía y mi agradecimiento es enorme hacia todos los que pasaron -y pasan- dejándome sus cálidas palabras de estímulo.

Sin embargo, una voz interior me dice que se acabó, perdí el placer de escribir hace ya un tiempo. 

Me alejaré de a poco, porque me va a ser difícil. Fue mi nido, mi refugio, y como los pájaros, lo construí laboriosamente, con alegría. No quiero mantenerlo por obligación, a desgano. Cuando realmente sienta el impulso de publicar una foto, un texto, viejo o nuevo que surja espontáneo, no por la presión de mi autoexigencia, lo haré.

Mi espíritu y mi cuerpo están pasando malos momentos, necesito descansar. Más adelante los visitaré, nunca los voy a olvidar.

Gracias a todos y un abrazo inmenso, queridos amigos.


©  Mirella S.   (texto y fotos)  2020 




                  

lunes, 13 de enero de 2020

Deseos

Imagen de Aneta Ivanova



Son las doce en punto y todos levantan las copas. Ella formula palabras de buenos augurios y felicidades; sin embargo, sus pensamientos son peces que nadan contra la corriente. ¿Para qué brindar, cuál es el anhelo de este nuevo año? No sabe, se impacienta. Los demás beben de sus copas, ríen y hablan al mismo tiempo sin escucharse. Se aparta, asoma la cabeza a la negrura interrumpida por estrellas falsas que estallan y se queman en su propia luz.
Considera su vida una sucesión de fuegos artificiales: breves chispazos en una noche de inquietudes. Siempre cumplía con la ceremonia de pedir un deseo cuando el reloj daba la última campanada. Elevaba la copa y lo pedía con todo el vigor de su ilusión, esperando que la magia de esas fechas se lo concediera.
A los veinte exhortó a las fuerzas del universo que le enviaran el amor. En cambio, la despidieron de la empresa. Al siguiente, aún desocupada, suplicó por un empleo. Entonces conoció a Atilio. La petición de ese fin de año fue ¡matrimonio! En marzo le ofrecieron un puesto de última categoría con un sueldo avaro y Atilio desapareció.
Sucesivamente, pidió irse de la casa paterna, independizarse, no compartir más la habitación con sus hermanas. Las que se casaron y formaron su propio hogar fueron ellas
Clamó por un viaje, recorrer el mundo, de mochilera, haciendo dedo, de cualquier modo. A los pocos meses volvió Atilio y le propuso el esperado casamiento. Con él iría a tantos lugares... 
Resultó que Atilio era sedentario. Armaron un bolso, subieron al colectivo 60 y se alojaron en la posada de una isla en el Tigre. Así transcurrió la luna de miel.
Para qué ir más lejos —argumentó él ante su cara ensombrecida—, acá tenés la vegetación como a vos te gusta y el movimiento de las lanchas en el río te va a entretener. Mientras, yo me echo una siestita.
Al otro 31 ansió morirse y Atilio contrajo una larga enfermedad. Imploró que se curara: él sanó y se fue con la médica. Con el dinero del divorcio aspiró a tener su propia empresa. Le presentaron a Lucas y se enamoró.
Su sistema nervioso se había vuelto frágil y aliviaba la ansiedad comiendo. Rogó adelgazar: quedó embarazada. Por su profesión, Lucas debía trasladarse continuamente a países remotos. Viajaron por regiones áridas, sucias, empobrecidas. 
El hijo crecía, el marido acumulaba dinero con sus especulaciones. Ella ya no reclamaba trabajo, viajes, tampoco amor o divorcio. Solo volver a casa, a su tierra, a la familia, a su barrio preferido.
El reloj marca las 12,10’ y ella, en un país que no es el suyo, rodeada de gente extraña y mirando el ardor de la noche, todavía no ha expresado lo que quiere.
Se dice que es una ingrata que, al fin de cuentas, obtuvo mucho de lo que había pedido. A destiempo, no cuando lo deseaba. ¿Acaso la vida  tiene un movimiento lineal? Es una sucesión de curvas y espirales que vuelven sobre sí mismas, se superponen, retroceden para tomar impulso y, así enroscadas, avanzan.
Bebe un sorbo del champán que se ha calentado en su copa y decide que esta vez no va a desear nada. Dejará que alguna deidad, el planeta Urano, el azar, la providencia o lo que sea, la sorprendan. Para bien o para mal.




©  Mirella S.   — 2012 —



Es de los primeros relatos que publiqué apenas abrí el blog.
Como no lo leyó nadie, aquí va de nuevo.

Que tengamos un buen 2020 en lo personal y a nivel mundial. 
¿Eso es pedir demasiado?



miércoles, 13 de noviembre de 2019

Hilitos





Un hilito cuelga de la cortina. Trato de sacarlo, arruina la simetría impecable del paño. El tirón es demasiado brusco y la tela se frunce. Sigo tironeando y el hilo resalta en la trama, igual que la vena hinchada y rugosa de un viejo. He estropeado la cortina, lo mismo que hice con tantas situaciones de mi vida.

Me matriculé de arruinadora profesional en esa búsqueda tenaz de excelencias que no existen. Los placeres terminan por empañarse ante mis ojos.

Lo que llaman felicidad no se pega a mis dedos, ni embadurnándolos con Poxipol. Desearía que durara algo más y no resulte una expectativa frangible, que cuando empieza a modelarse, acaba rota en pedacitos insignificantes. Siempre ansiando absolutos, cosas que se cierren con la pureza de un círculo.

Hay privilegiados a los que ciertas felicidades les llegan fácilmente. Las guardan en cajitas llenas de compartimientos y clasifican las horas de dicha, que subsisten en un orden escrupuloso.

Yo también quise amarrar esos instantes. Les he destinado un cajón de la cómoda y acumulo en él vestigios del ayer: la rosa seca, fotos, la alianza, el libro que me suavizara el espíritu, ese botón dorado que levanté de la acera y fue una gota de sol en el charco fangoso de los días. Y otros restos de puntillas que habían adornado mis buenas rachas.

Cuando hago un recuento de mi pequeña fortuna, confirmo que ha perdido el valor original. La rosa es sólo un manojo de pétalos momificados que no me remiten a una evocación precisa. El anillo se vistió de luto y las palabras del libro —ahora— se volvieron estériles.

Son objetos sin conexión con el presente. Nunca los pude ordenar: están enmarañados en la urdimbre de todos aquellos hilos que he ido arrancando de cortinas, dobladillos, mangas, manteles en mi insistencia de perfección.

Pobres dosis de dicha que perviven, desordenadamente, en el recoveco de las quimeras insensatas.




©  Mirella S.   — 2013 —



Un texto viejito, que forma parte del libro virtual
"Apuntes en hojas perdidas".





miércoles, 16 de noviembre de 2016

Mario




Aterricé con la cara contra el piso, como una torta caída boca abajo. Quince escalones y el cuerpo invicto, apenas un hilito flojo.

La vida puede cambiar totalmente debido a un hilito a punto de soltarse. Dicen que el libre albedrío no existe, por eso los hilos. Estoy condicionado, sin embargo, quiero volar, correr y de solo pensarlo me da vértigo.

¿Me habrá quedado bien la cara? ¿Por qué estoy constantemente triste? Me gusta jugar, no que me usen de juguete. Creo que no inspiro afecto, aunque los chiquilines me digan qué divertido, qué genial es Mario…

Siento algo tibio que baja por la mejilla, la acaricia ¿será la tristeza que se licúa? Me doy cuenta de que piernas y brazos adquirieron autonomía de movimientos. En la rigidez de mi boca quiero que aparezca el dibujo germinal de una sonrisa.

Como colgada de una nube veo la escalera por la que resbalé. ¿Podré terminar de bajarla e irme? Dejarte sosteniendo los hilos, ahora que se cortaron. Que te quedes solo, en lo oscuro, como un dios sin creyentes, cada vez más lejano, pequeñito, con tu voz falsa, tus tirones bruscos, las reverencias forzadas, los saltos acrobáticos que me imponías y terminaban en torpes tropiezos. 

Si consigo levantarme ya no seré una marioneta.


©  Mirella S.   — 2016 —



miércoles, 13 de julio de 2016

Damascos en almíbar



Una silueta ensombrece la luz que entra por el panel de vidrio. Paula se entrega mansamente. Unos segundos antes de ingresar en los paisajes borrosos del sueño artificial, los fantasmas de momentos ya muertos aparecen en una sucesión arbitraria, acelerada.

El baile de los quince, su vestido en tonos pastel, la pulsera con los dijes que tintinean en el hombro de Juan, se esfuman cuando la señorita Emilia le pone esa fea nota roja en el cuaderno por mala conducta, por incitar en clase a la insubordinación, en esos años donde todavía no sabe qué es la docilidad. De inmediato el recuerdo se confunde con la tarde en que no hay bizcochuelo con Nesquik porque mamá es internada de urgencia. Paula revive el desgarro del miedo en el vientre que, sin transición, se convierte en alegría y se ve a sí misma refulgir como un lucero. Ella está con el vestido de seda blanca, aún oye el eco del “sí, quiero”, siente el oro que le ciñe el dedo anular, “para toda la vida, mi amor”, sellado con el roce de los labios de César.

Ya no está en la iglesia, vuelve a sus once años, conoce a la Segunda, como la ha bautizado, la nueva mujer de su padre, almuerzan sin mirarse. A los postres la otra hará su entrada triunfal sosteniendo la bandeja con los damascos en almíbar, con un copito de queso mascarpone y escamas de chocolate, que Paula odiará haber comido tan gozosamente. Y el arrebol de los damascos se perderá en la palidez del quirófano, en el no llanto tan esperado, en el silencio que, de pronto, se llena con el bullicio de un aeropuerto, no recuerda cuál, fueron tantos.

La memoria, selectiva y caprichosa, la devuelve a la casa del limonero, al maullido leve de Mimosa, la gata blanca y gris, la de la mirada como dos hojas de menta, aquella que apareció un día en el jardín de atrás, saltando la pared medianera y nunca más se fue. Cuántas caricias en la pelusa de su cogotito, cuánto ronroneo agradecido. Ese fue un amor que abarcó toda la vida que vivió Mimosa. Los otros no, duraron lo que duran los amores humanos. Le parece escuchar el ruido de la puerta al cerrarse tras la valija, después solo el vacío alargando la noche, sus ojos moteados de sol, desaparecidos para siempre.

Se ve caminado en una tierra de nadie, la piel translúcida como la lluvia. La memoria tiene su propia geografía y ahora la lleva por los carriles desencantados de los anhelos que no se cumplieron.

Se enciende una luz que baja del cielorraso y, como si proviniera de allí, una voz sin boca dice algo que suena como el siseo del viento en el follaje.

Quiere sonreír pero no encuentra los labios, el cuerpo ha dejado de pertenecerle, es un conjunto de órganos insensibles atiborrados de químicos.


© Mirella S.  - Enero 2016 -









viernes, 16 de octubre de 2015

Apuntes en hojas perdidas (IX)



Si el cuerpo es frágil y la voluntad poderosa, es inevitable que el cuerpo termine derrotado.

Los huesos, la carne, la piel de leche, las venas como telarañas azules, se debilitan, se convierten en un hotel decadente que aloja a pensionistas perniciosos que invaden cada una de las habitaciones con sus pestes y miserias.

Voluntad resiste, presenta batalla, mientras el cuerpo se deteriora, se encorva, se arrastra, se vuelve lombriz y anhela el cobijo de la tierra, su aroma a greda humedecida por el amanecer. Voluntad, implacable, lo sacude, le ofrece decenas de motivos para que se levante y continúe.

Cuando ve que no lo consigue, que el cuerpo ya no responde a ninguna directiva, que es apenas una carcasa a punto de desintegrarse, Voluntad se desespera, se culpa por su exigencia, se congela. De a poco se resquebraja como un muro afectado en sus cimientos. Se derrumba junto al cuerpo que, con sus últimas fuerzas, busca atravesar los terrones, hundirse en su blandura.

Las teselas desmenuzadas de Voluntad lo cubren en un túmulo protector. Finalmente ha comprendido, también podrá descansar arrullada por el susurro musgoso de la lluvia, por la brisa que le trae las canciones de ríos secretos.



©  Mirella S.   — 2015 —

Arte digital de Paula Rosa




miércoles, 9 de septiembre de 2015

Apuntes en hojas perdidas (VIII)




Lágrimas de palabras

Lo mío era escribir relatos, hasta que un día se agotó la tinta de la lapicera. Compré otras de buenas marcas, no obstante, las letras seguían invisibles. Tiré hojas, lápices, bolígrafos y lo único que supe hacer fue llorar palabras.

Cada lágrima estaba hecha de un agua marina que no podía conjugar ciertos verbos ni adjetivar emociones. Mis ojos supuraban lagrimones atlánticos y se derramaban por mis mejillas con sus relatos intranscribibles, en un código que no logré descifrar en ese tiempo.

Luego vino una época en que los cuentos se urdían solos, repentinamente, como si hubiese una mano que trenzara la trama por mí, siguiendo indicaciones de una voz que las dictaba.

Con mi manía perfeccionista objetaba a la mano y a la voz, pero —para bien o para mal— finalmente permitía que hicieran su tarea en libertad.

Viví cada una de las narraciones como si fuesen mías. Eran parte de mi otra historia, la íntima y secreta que nadie conoce. Sentí que mi vaso, casi siempre medio vacío, se iba colmando de un vino dulce, burbujeante.

Lo bueno tiene fecha de caducidad. En algún momento surge un escollo que entorpece las palabras, quiebra el ritmo. Estoy anclada en esa piedra, como un pez que agoniza, con las escamas chamuscadas por el sol. Todavía alguna ola compasiva le moja la boca y le ofrece unos minutos más.

El pececillo se ha entregado, entrecierra los ojos, sueña con los compañeros del cardumen, con los corales y las anémonas del mar caverna que lo cobijaba y lo ha relegado.


Yo, añoro mis historias perdidas.



©  Mirella S.   — 2015 —   

Arte digital de Amandine Van Ray
                                                                            


martes, 28 de julio de 2015

Peregrinatio

“Quid solutis est beatus curis cum mens unus reponit ac peregrino labore fessi venimus larem
ad nostrum desideratosque acquiescimus lecto”
 Catulo

                                                                                                                                                                                                                
                                                         
Fue en su vagabundeo por Italia cuando empezó a captar el lenguaje de las ciudades. La ciudad visitada le proporcionaba respuestas a preguntas que no se hacía, a deseos no conscientes.

Milán le dijo que no era un sitio para ella, que las calles le serían hostiles. Estuvo a punto de ser atropellada por un auto. Apenas si vio de lejos el Duomo, construido con la piel y sangre de tantas generaciones. Sus altas agujas góticas parecían tocar un cielo de peltre en el intento de perforarlo y encontrar un rayo de sol.

Escapó a Venecia. Llegó un día de niebla y llovizna, que le mostró su propia grisura cuando se acorazaba dentro de sus sombras.

Pronto observó que las ciudades más turísticas e importantes callaban o sus voces se hacían confusas, contradictorias, perdidas entre bocinazos, motos desenfrenadas que se le atravesaban sin respetar semáforos.

A Verona fue un domingo. Todo era lento, cálido y estaba cerrado. Caminó por calles vacías, tan vacías como su indiferencia por aquello que la rodeaba. Un golpe de viento poco cordial susurró que le faltaba romanticismo. ¡Chocolate por la noticia! contestó casi en un grito. El viento se llevó su eco.

Florencia fue salteada sin remordimientos. En cambio se alojó en Cortona, etrusca y medieval que, erguida, coronaba una colina. Trepó por callejuelas escarpadas y profanó iglesias sentándose en el banco más oculto para comer un panino. Las estatuas de los santos la miraron con piedad desde sus ojos huecos y alguno le aconsejó que ahorrara fuerzas, su salud se fragilizaba.

A Roma, la eterna, no la evitaría. Algo intangible las había unido desde viajes anteriores y de estar allí Clara, la astróloga, le hubiera dicho que ese sentimiento provenía de vidas pasadas.  Su respuesta habría sido una sonrisa escéptica.

Eludió las zonas conflictivas. El color damasco maduro de los edificios le transmitió la seguridad de que tendría sexo con un extraño. Aguardó alegremente el momento orgásmico y no quedó defraudada por Valerio, el del nombre de emperador.

Supo que debía dirigirse hacia el sur, lo más al sur posible, hacia el último confín de esa tierra, donde  es acotada por el mar.

Hizo un alto en Ravello, en la cima de los acantilados. Con el panorama del golfo visto desde la Terraza del infinito, tuvo una intuición metafísica y en el aire sintió la respiración del universo.

Pasó delante de la hilera de bustos ignotos que se apoyaban sobre el parapeto, las facciones desgastadas por las caricias de los siglos, algunos sin nariz, otros con los rasgos esfumados en perfiles andróginos.

La vida era un escultor nada compasivo, ella había obtenido instantes fugaces de una felicidad moldeada a martillazos.

Durante un crepúsculo vehemente, de vino oporto derramado, comprendió que no llegaría hasta el sur del sur. El mar, allá abajo, golpeando las piedras en una letanía fúnebre, así se lo informaba. Ella permaneció atenta, pero el mensaje había terminado, igual que su viaje.

Se estaba bien en el templete de Dionisio, leyó la inscripción en latín del poeta Catulo grabada en el friso, que afirmaba o preguntaba, si había algo mejor —después de haber hecho el propio trabajo, ya con la mente libre de preocupaciones y cansado por las labores— que volver a casa y descansar en el lecho tan deseado.

Esa frase también era para ella. Se apoyó en la balaustrada y vio como la noche, con su belleza fraguada de misterios, poseía pausadamente al mundo.


©  Mirella S.   — 2015 —




De la comedia musical "Rugantino", voces de Lando Fiorini y Ornella Vanoni 

martes, 24 de febrero de 2015

Tempus

Foto de Dmitry Ageev


Me levanto y espero. Me siento y duermo. Voy a la cama y es el insomnio. Un tiempo orbicular de acciones, la mayoría absurdas, automáticas.

Por las mañanas me doy cuerda y duro todo el día. A la noche —los ojos abiertos a fantasmas— me percibo con una dosis vivificante de locura.

Hay que ser un poco loco y querer captar lo que está más allá de la mímica cotidiana, aquello que no se ve y apenas se intuye. Poder desligarse de lo trivial y establecer el nexo con ese espacio interno con sus propias regulaciones, muchas veces a contramano de la zona de confort.

Soy de andar por carriles raros. O diferentes. Lo escuché desde la infancia: tu sei strana, decían en casa. Yo me escondía en el rinconcito de los sapos y de las lagartijas que se entibiaban en las piedras y les construía nidos a los pájaros en las ramas del limonero para que me visitaran.

En ese entonces tenía un lugar real. Entre la hierba y los canteros aprendí de la vida y la muerte. La vida se abría tímida y la muerte me golpeaba en las alas tiesas de un gorrión o en el gatito de pocos días, ciego, helado.

Cuando ese jardín dejó de existir, diseñé uno exclusivamente mío, donde me instalo las veces que lo necesito. No siempre está verde; como en el de Marosa*, también crecen las mandrágoras. En las épocas luminosas planto margaritas: su ojo de sol y sus dedos de luna, en su simpleza, me conectan con la majestuosidad de la creación.

Allí olvido darle cuerda a mi reloj anacrónico, olvido los dramas de aquellos que me golpean la puerta como si fuera el Oráculo. Mis respuestas se han vuelto inútiles, huecas. Nadie quiere oír el verbo cambiar. Hay días que yo tampoco y cada acto pierde significado.


Me siento y ya no espero. Descanso de un cansancio que llevo como polvo en los huesos. Rememoro lo que perdí y gané. No suelo hacer balances, darían en rojo. Miro las flores que se marchitaron, digo: levantate, estás viva, tenés un huerto que cultivar.


©  Mirella S.   — 2015 —


*Marosa di Giorgio, poeta uruguaya (1932-2004)