Recordaste la
época en que diseñabas señaladores para llegar a fin de mes, cuando, días
atrás, encontraste uno en el cajón de los objetos olvidados. Te asombró la
minuciosidad del dibujo y el buen estado que mantuvo a través de tantos años.
Estaban planeados
hasta en sus menores detalles. Debían ser estéticamente bellos porque morarían
en el interior de un libro, señalando el tramo de lectura ya recorrido.
Los pintabas con
acrílicos de colores sobre una cartulina gruesa y los fijabas con un barniz en
aerosol para su preservación. El paso siguiente era pegarles en el dorso una tela afelpada, con el fin de sostener la cintita de raso que indicaría la página
abandonada.
Elaboraste muchos modelos (te aburría la repetición); los de mayor éxito y venta fueron aquellos con
los signos del Zodíaco, que representaste según un criterio personal, diferente
de los símbolos ya usados.
Qué extraño, en
ese entonces no te interesaba la astrología y la elegiste como tema por pura desesperación porque nunca tuviste instinto comercial. Fue mucho tiempo después, empujada por otras
circunstancias desfavorables, que empezaste a estudiarla desde un punto de
vista nada tradicional, que se acercaba a la psicología junguiana. Esos
señaladores expresaron una tendencia que ya estaba en vos, te ayudaron en un momento
económicamente difícil, así como ocurrió más tarde con las clases, en las que
aprendiste a conocer tu verdadera esencia: esa fusión de energías antagónicas
que te conforman.
Hiciste lo que
pudiste para salir a flote de las aguas intensas de tu emocionalidad. Mirás ese
resto del pasado y sabés —ahora que tus fuerzas físicas mermaron y estás
encallada en una orilla sin retorno— cuánto vigor pusiste para insertarte en la
realidad que te tocó en suerte.
© Mirella S.
— 2017 —















