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lunes, 8 de mayo de 2017

Señales



Recordaste la época en que diseñabas señaladores para llegar a fin de mes, cuando, días atrás, encontraste uno en el cajón de los objetos olvidados. Te asombró la minuciosidad del dibujo y el buen estado que mantuvo a través de tantos años.

Estaban planeados hasta en sus menores detalles. Debían ser estéticamente bellos porque morarían en el interior de un libro, señalando el tramo de lectura ya recorrido.

Los pintabas con acrílicos de colores sobre una cartulina gruesa y los fijabas con un barniz en aerosol para su preservación. El paso siguiente era pegarles en el dorso una tela afelpada, con el fin de sostener la cintita de raso que indicaría la página abandonada.

Elaboraste muchos modelos (te aburría la repetición); los de mayor éxito y venta fueron aquellos con los signos del Zodíaco, que representaste según un criterio personal, diferente de los símbolos ya usados.

Qué extraño, en ese entonces no te interesaba la astrología y la elegiste como tema por pura desesperación porque nunca tuviste instinto comercial. Fue mucho tiempo después, empujada por otras circunstancias desfavorables, que empezaste a estudiarla desde un punto de vista nada tradicional, que se acercaba a la psicología junguiana. Esos señaladores expresaron una tendencia que ya estaba en vos, te ayudaron en un momento económicamente difícil, así como ocurrió más tarde con las clases, en las que aprendiste a conocer tu verdadera esencia: esa fusión de energías antagónicas que te conforman.

Hiciste lo que pudiste para salir a flote de las aguas intensas de tu emocionalidad. Mirás ese resto del pasado y sabés —ahora que tus fuerzas físicas mermaron y estás encallada en una orilla sin retorno—  cuánto vigor pusiste para insertarte en la realidad que te tocó en suerte.


©  Mirella S.   — 2017 —




lunes, 20 de junio de 2016

Fronteras

Arte digital de Federico Bebber



Tengo conciencia de que esta crisis ha cambiado mi visión de las cosas, hasta de la pequeñas y cotidianas. Es como si mirara desde la caverna de unos ojos extraños.

Y cuando ya debería saberlo, de tanto profundizar en mí misma, empiezo a preguntarme ¿quién soy?

Con la pregunta trazo una línea: soy esto y no soy aquello. Demarco. Establezco una zona familiar: es el país que he fundado.

Sin embargo, compruebo que ese límite es desplazable hacia afuera, puedo anexar regiones no transitadas y volver a cartografiar mi identidad. Las áreas nuevas, descubiertas a raíz de lo que me pasa, son estepas de desolación. Desprenden un olor a tierra calcinada. No dejo de preguntarme qué habrá más allá, si encontraré un rayo de sol desvelando el inesperado verdor de unos tréboles de la suerte.

En alguna oportunidad leí que la piel es la frontera externa que me separa de todo lo que no soy. Afuera hay objetos de mi propiedad, la casa, los libros, la computadora… pero no soy yo. Dentro del límite de la piel están los órganos que conforman mi cuerpo, al que pocas veces sentí como parte de mí, sino un territorio ajeno que pugnaba por “in-corporarse” a mi yo, el que viaja aceleradamente de mi cabeza al mundo emocional en un tour enloquecido.

Desde que recuerdo, el cuerpo es una fuente de dolor, enfermedades y preocupaciones. También me dio placer mediante los sentidos. Mirar, mirarlo todo; tocar y ser tocada en los misterios del amor; escuchar voces, palabras, música, así como los sabores y fragancias de la naturaleza.

Lo cuidé, sin quererlo totalmente, como algunos padres con un hijo no deseado o aquellos que no saben ejercer la paternidad y cumplen los deberes básicos de proveer los alimentos, de llevarlo al médico cuando le duele algo, restándole importancia a lo esencial: la nutrición del alma en el amor.

El niño, entonces, hace berrinches, se porta mal, incluso enferma, ansía ser visto en sus matices más íntimos.

Mi cuerpo se esforzó para ser admitido en mis afectos. No lo amé ni lo escuché con la atención debida. Tomé los ratos de gozo que me brindaba con devoluciones mecánicas.

La escisión que produje lo ha dejado a la sombra en el escenario de mis días. Hoy quiere ser protagonista. Porque además de los pensamientos incansables, del pozo sin fondo de mis emociones, también soy este cuerpo y sus arrebatos.

©  Mirella S.   — Diciembre 2015 —



Algunos de ustedes ya habrán leído este texto que publiqué en otro blog,
que abrí en diciembre pasado y al que solo podían acceder los que tuvieran Google+.  Como he decidido cerrarlo, traigo aquí parte del material. 
Lo hago para no dejar tan abandonado y vacío el nido de los pájaros.






viernes, 9 de octubre de 2015

Cavilaciones




Te sentís envejecida y no es solamente cuestión de años. La vida te va diluyendo en matices abstractos. Te empuja hacia adelante para terminar en el mismo punto de partida: una noche de agosto que no querés recordar ni olvidar y que flota en tu memoria como un cadáver hinchado en una ciénaga. Quedó a medio hundir, aún asoma su putrefacción, siempre a medias, no se va y emerge cuando menos lo esperás.
Leíste que la rabia es un gran consuelo. Falso. Puede servir al principio, después, si se instala, te carcome como una polilla angurrienta en un canibalismo espiritual improductivo.
Como si fuera poco, ahora se le agrega lo físico, que encaraste con un tratamiento no tradicional al que resultaste alérgica: una en un millón y te tocó a vos. Las inyecciones en el abdomen embadurnan su palidez con ronchas enormes, que viran del rosa oscuro al violáceo, duelen, pican e, impertinentes, se estiran por toda la panza.
Tu destino sería la cama, un sitio del cual escapás. Tus últimos escritos se refieren exclusivamente a hechos tristes que ocurren en dormitorios. Por eso preferís apoltronarte en el sofá, ubicado junto a la puerta ventana que da al balcón. Desde allí observás la amplitud del cielo, sentada también alcanzás a ver el fragmento del río que no ha sido ocultado por la proliferación descontrolada de torres.
Te preguntás en qué devino este blog que el mes próximo cumplirá tres años. De los relatos iniciales no quedan rastros y cada vez más se asemeja a un diario ambiguo de tus estados anímicos y corporales. Tenés la necesidad de compartir virtualmente aquello que nadie sabe de vos en la realidad, salvo esa amiga de oro.
Qué pasó con la tana reservadísima, de mirada intensa y sonrisa gentil, que ahora desviste sus emociones en un striptease sin sentido, ni siquiera literario. Expone su miedo, la incertidumbre, la decepción, la melancolía que la conduce de la mano y no la abandona, el escepticismo que nunca experimentó y que ahora la envuelve en un halo amargo. Quién es esta que aparece.
No podés escribir sobre otra cosa y te estás planteando la posibilidad de no publicar más hasta que salgas de esta jaula, encuentres temas que te saquen del ensimismamiento y que tu ombligo enronchado deje de ser tu limitada visión del mundo. Hay demasiado dolor afuera como para añadirle tus egoístas gotas de hiel.
A través del vidrio comprobás que ha regresado una especie de golondrinas -de la que desconocés el nombre-, que todos los años vienen para esta época. Son pequeñas, revoltosas e incansablemente vuelan en círculos. ¡Ojalá logres escribir algo sobre ellas!
©  Mirella S.   — 2015 —




miércoles, 30 de septiembre de 2015

Fiebre

Dibujo de Florian Nicolle

La mujer, con andar vacilante, salió al balcón y apoyó la espalda contra la pared. Hacia el oeste la ciudad se extendía igual que un cementerio, nichos y más nichos apretujados en una aglomeración de panteones decadentes. La muerte antes de la muerte.

Hacia el este el horizonte estaba delineado por el río: un león de miel reposando bajo las nubes. Un alivio en la grisura del paisaje urbano.

La mujer se tocó la frente, la fiebre no había cedido. La brisa de esa primavera inconstante le produjo un escalofrío. No se movió. He llegado a la etapa en que todo me da lo mismo. Lo que no te mata te hace más fuerte.

Un avión cruzó el cielo como un pájaro apurado. Acababa de despegar de Aeroparque, dibujó un semicírculo y fue deglutido por el celaje.

Ella estiró un brazo y con los dedos arañó el aire. En su percepción creyó que recogía nubes. No es tan mala la fiebre, te ubica en una dimensión donde lo inverosímil es posible, que este balcón se suelte del edificio, cruce el río en dirección a nuevas tierras y alcance el país de Nunca Jamás; basta que gire en la segunda estrella a la derecha y vuele hasta el amanecer. O, mejor aún, consiga aterrizar en mi pueblo natal, a los pies de los Apeninos. Entonces estaré bien, me sacaré de encima la nostalgia de aquello que no viví. 

Se aferró al marco de la puerta. Era una girándula chisporroteante de luces, colores y, gracias a la fiebre, volaba lejos de la cama, grande y vacía, que la aguardaba del otro lado de la pared.




©  Mirella S.   — 2015 —

Dibujo de Florian Nicolle






miércoles, 9 de septiembre de 2015

Apuntes en hojas perdidas (VIII)




Lágrimas de palabras

Lo mío era escribir relatos, hasta que un día se agotó la tinta de la lapicera. Compré otras de buenas marcas, no obstante, las letras seguían invisibles. Tiré hojas, lápices, bolígrafos y lo único que supe hacer fue llorar palabras.

Cada lágrima estaba hecha de un agua marina que no podía conjugar ciertos verbos ni adjetivar emociones. Mis ojos supuraban lagrimones atlánticos y se derramaban por mis mejillas con sus relatos intranscribibles, en un código que no logré descifrar en ese tiempo.

Luego vino una época en que los cuentos se urdían solos, repentinamente, como si hubiese una mano que trenzara la trama por mí, siguiendo indicaciones de una voz que las dictaba.

Con mi manía perfeccionista objetaba a la mano y a la voz, pero —para bien o para mal— finalmente permitía que hicieran su tarea en libertad.

Viví cada una de las narraciones como si fuesen mías. Eran parte de mi otra historia, la íntima y secreta que nadie conoce. Sentí que mi vaso, casi siempre medio vacío, se iba colmando de un vino dulce, burbujeante.

Lo bueno tiene fecha de caducidad. En algún momento surge un escollo que entorpece las palabras, quiebra el ritmo. Estoy anclada en esa piedra, como un pez que agoniza, con las escamas chamuscadas por el sol. Todavía alguna ola compasiva le moja la boca y le ofrece unos minutos más.

El pececillo se ha entregado, entrecierra los ojos, sueña con los compañeros del cardumen, con los corales y las anémonas del mar caverna que lo cobijaba y lo ha relegado.


Yo, añoro mis historias perdidas.



©  Mirella S.   — 2015 —   

Arte digital de Amandine Van Ray
                                                                            


martes, 28 de julio de 2015

Peregrinatio

“Quid solutis est beatus curis cum mens unus reponit ac peregrino labore fessi venimus larem
ad nostrum desideratosque acquiescimus lecto”
 Catulo

                                                                                                                                                                                                                
                                                         
Fue en su vagabundeo por Italia cuando empezó a captar el lenguaje de las ciudades. La ciudad visitada le proporcionaba respuestas a preguntas que no se hacía, a deseos no conscientes.

Milán le dijo que no era un sitio para ella, que las calles le serían hostiles. Estuvo a punto de ser atropellada por un auto. Apenas si vio de lejos el Duomo, construido con la piel y sangre de tantas generaciones. Sus altas agujas góticas parecían tocar un cielo de peltre en el intento de perforarlo y encontrar un rayo de sol.

Escapó a Venecia. Llegó un día de niebla y llovizna, que le mostró su propia grisura cuando se acorazaba dentro de sus sombras.

Pronto observó que las ciudades más turísticas e importantes callaban o sus voces se hacían confusas, contradictorias, perdidas entre bocinazos, motos desenfrenadas que se le atravesaban sin respetar semáforos.

A Verona fue un domingo. Todo era lento, cálido y estaba cerrado. Caminó por calles vacías, tan vacías como su indiferencia por aquello que la rodeaba. Un golpe de viento poco cordial susurró que le faltaba romanticismo. ¡Chocolate por la noticia! contestó casi en un grito. El viento se llevó su eco.

Florencia fue salteada sin remordimientos. En cambio se alojó en Cortona, etrusca y medieval que, erguida, coronaba una colina. Trepó por callejuelas escarpadas y profanó iglesias sentándose en el banco más oculto para comer un panino. Las estatuas de los santos la miraron con piedad desde sus ojos huecos y alguno le aconsejó que ahorrara fuerzas, su salud se fragilizaba.

A Roma, la eterna, no la evitaría. Algo intangible las había unido desde viajes anteriores y de estar allí Clara, la astróloga, le hubiera dicho que ese sentimiento provenía de vidas pasadas.  Su respuesta habría sido una sonrisa escéptica.

Eludió las zonas conflictivas. El color damasco maduro de los edificios le transmitió la seguridad de que tendría sexo con un extraño. Aguardó alegremente el momento orgásmico y no quedó defraudada por Valerio, el del nombre de emperador.

Supo que debía dirigirse hacia el sur, lo más al sur posible, hacia el último confín de esa tierra, donde  es acotada por el mar.

Hizo un alto en Ravello, en la cima de los acantilados. Con el panorama del golfo visto desde la Terraza del infinito, tuvo una intuición metafísica y en el aire sintió la respiración del universo.

Pasó delante de la hilera de bustos ignotos que se apoyaban sobre el parapeto, las facciones desgastadas por las caricias de los siglos, algunos sin nariz, otros con los rasgos esfumados en perfiles andróginos.

La vida era un escultor nada compasivo, ella había obtenido instantes fugaces de una felicidad moldeada a martillazos.

Durante un crepúsculo vehemente, de vino oporto derramado, comprendió que no llegaría hasta el sur del sur. El mar, allá abajo, golpeando las piedras en una letanía fúnebre, así se lo informaba. Ella permaneció atenta, pero el mensaje había terminado, igual que su viaje.

Se estaba bien en el templete de Dionisio, leyó la inscripción en latín del poeta Catulo grabada en el friso, que afirmaba o preguntaba, si había algo mejor —después de haber hecho el propio trabajo, ya con la mente libre de preocupaciones y cansado por las labores— que volver a casa y descansar en el lecho tan deseado.

Esa frase también era para ella. Se apoyó en la balaustrada y vio como la noche, con su belleza fraguada de misterios, poseía pausadamente al mundo.


©  Mirella S.   — 2015 —




De la comedia musical "Rugantino", voces de Lando Fiorini y Ornella Vanoni 

martes, 21 de abril de 2015

Apuntes en hojas perdidas (V)

Arte digital de Lyse Marion



En el camino


Las cascadas reflejan la tonalidad esmeraldina que les otorga el follaje de los árboles. El lamento de un pájaro rasga la tarde y yo en la orilla me estremezco, los pies desnudos aferrados a la aspereza de las rocas.

El sol desciende, la temperatura también. No sé dónde estoy, tomé una carretera al azar: ¿en qué recodo me perdí? Se acerca la noche, deberé volver. A qué sitio, si acabo de escapar.

No encuentro respuesta. ¿El rumbo soy yo, con mi búsqueda? Quiero creerlo, estoy rumbeando hacia otros territorios y delineo un esquema de mis actos futuros, igual que un cartógrafo con Parkinson.

Más adelante veo el arco de una playa de piedras blancas como terrones de azúcar. La libertad es algo próximo y rutilante: es esa playita, el agua que forma un vórtice y corre lejos. Mis pupilas ensombrecidas la esquivan en el temor de enturbiarla.

Me gustaría oír a mis espaldas una voz que pronuncie mi nombre, escuchar pasos que se aproximen, unos brazos rodeándome. Que haya palabras susurradas junto a mi cuello, palabras húmedas, con gusto a nostalgia. Dedos que recorran mis omóplatos, la cintura, en el intento de rearmar las piezas de un derrumbe.

Que esas manos tiemblen. Darme vuelta y reconocer, por fin, el puerto, el muelle que albergará mi deriva. 


Para eso falta mucho, apenas salí a construir un camino.



©  Mirella S.   — 2015 —




martes, 24 de febrero de 2015

Tempus

Foto de Dmitry Ageev


Me levanto y espero. Me siento y duermo. Voy a la cama y es el insomnio. Un tiempo orbicular de acciones, la mayoría absurdas, automáticas.

Por las mañanas me doy cuerda y duro todo el día. A la noche —los ojos abiertos a fantasmas— me percibo con una dosis vivificante de locura.

Hay que ser un poco loco y querer captar lo que está más allá de la mímica cotidiana, aquello que no se ve y apenas se intuye. Poder desligarse de lo trivial y establecer el nexo con ese espacio interno con sus propias regulaciones, muchas veces a contramano de la zona de confort.

Soy de andar por carriles raros. O diferentes. Lo escuché desde la infancia: tu sei strana, decían en casa. Yo me escondía en el rinconcito de los sapos y de las lagartijas que se entibiaban en las piedras y les construía nidos a los pájaros en las ramas del limonero para que me visitaran.

En ese entonces tenía un lugar real. Entre la hierba y los canteros aprendí de la vida y la muerte. La vida se abría tímida y la muerte me golpeaba en las alas tiesas de un gorrión o en el gatito de pocos días, ciego, helado.

Cuando ese jardín dejó de existir, diseñé uno exclusivamente mío, donde me instalo las veces que lo necesito. No siempre está verde; como en el de Marosa*, también crecen las mandrágoras. En las épocas luminosas planto margaritas: su ojo de sol y sus dedos de luna, en su simpleza, me conectan con la majestuosidad de la creación.

Allí olvido darle cuerda a mi reloj anacrónico, olvido los dramas de aquellos que me golpean la puerta como si fuera el Oráculo. Mis respuestas se han vuelto inútiles, huecas. Nadie quiere oír el verbo cambiar. Hay días que yo tampoco y cada acto pierde significado.


Me siento y ya no espero. Descanso de un cansancio que llevo como polvo en los huesos. Rememoro lo que perdí y gané. No suelo hacer balances, darían en rojo. Miro las flores que se marchitaron, digo: levantate, estás viva, tenés un huerto que cultivar.


©  Mirella S.   — 2015 —


*Marosa di Giorgio, poeta uruguaya (1932-2004)                                                                                 

                                                                
                                                                                  


domingo, 23 de noviembre de 2014

Corpus



Alguien dice: el fuego hace sudar al que lo cuida. Por una asociación que aún no descifro, imagino la escena de una fogata en la playa y el lomo reluciente de un caballo de ébano que se confunde con la noche.

Pienso en el fuego, pienso en caballos y en mi cuerpo, aterido, débil. ¿No supe cuidar el fuego? Permití que se apagara o fue tan intenso que arrebató mi carne y solo dejó un esqueleto combusto, cubierto por lonjas de piel, como desgarrones de un vestido viejo.

Los músculos y los huesos duelen, siempre me duelen, hablan por lo que callo. No saben de palabras, se expresan en los latidos irregulares, acelerados; en los espasmos; en las diminutas contracciones repentinas. Gritan en las punzadas que me hacen apretar los dientes o los puños para no mostrar cobardía.

Pienso en el cuerpo y pienso en caballos salvajes que galopan en el ocaso. Las crines son cimitarras tajeando el carmín del aire. Las colas azotan las ancas, redondas, vibrantes, como si ellos mismos se fustigaran para correr más rápido y ganarle al sol, antes de que su lámpara roja se oculte en el horizonte. 

Los belfos les trepidan y veo sus siluetas contra la luna de cera, que emerge dúctil, morosa, en oposición al sol. El cuerpo es hostia profana o pan desacralizado y preferí remontarme con los pájaros almáticos.

Me doy cuenta de que se ha callado, no duele, como si no existiera. ¿Será así la muerte, un analgésico eterno?

Mis párpados se cierran, la fogata se extingue, los caballos se apartan del agua que les absorbe su vigor. El sueño llega.


©  Mirella S.   — 2014 —






martes, 15 de abril de 2014

La piedra y el río






Cada mañana emerjo del sueño con indolencia, el pecho oprimido por el peso de una piedra que me sofoca. Giro sobre mi costado izquierdo y miro el reloj igual que a un enemigo al acecho. Él no me espía ni prepara ninguna escaramuza: está allí, imperturbable, para señalarme el inicio de otro día.

Esto que me pasa ya no es remoloneo o tratar de desprenderme de hilachas de sueños sin sentido y tampoco sacudir la pereza lentamente. Con ningún bostezo se alivia la opresión de la piedra. Sólo atino a envolverme en las sábanas y estiro hasta lo imposible el momento de enderezarme y salir de la cama.

Cada mañana demoro más, cada noche adelanto unos minutos la hora del despertador. Finalmente, algún resto de voluntad y el temor a las consecuencias de llegar tarde, me hacen pegar el salto y me levanto, pero es como si me llevara la cama a cuestas, sin lograr desprenderme de la piedra.

Durante la jornada las actividades me arrastran y empujan en vorágines de risas con dientes ocultos, de parlamentos persuasivos o manos que vuelan sobre el teclado. Sin embargo, en el mínimo silencio o intervalo, percibo la obstrucción en el pecho y debo inspirar y expirar con fuerza para que el aire llegue a los pulmones y el pulso recupere su ritmo normal.

Hoy es sábado y me parece una estepa interminable a recorrer. Con el alma árida y los pies fríos me siento en el borde de la cama. Y en esa posición, inclinada sobre mí misma, en la espera de quien no espera, aparece la imagen de la casa junto al río, abandonada, melancólica y solitaria. Como yo.

Alcanzar el bolso de lona en la parte alta del placard, llenarlo con lo indispensable, agota la poca energía que me resta en los fines de semana.

En la terminal de micros encuentro uno que es rápido y con un asiento al lado de la ventanilla. Ver como los edificios se alejan, tragados por el verde del campo, me hace caer en un mediosueño.

La casa está en las afueras, en un recodo que hace el río; desde la ruta no es visible, tapada por la cúpula de los sauces llorones que la rodean. En el aire flota un olor a romero y cuando me acerco al muelle de madera vislumbro el río de aguas mestizas. En este tramo es más caudaloso y produce el canto de una cascada. La casa está oscura, huele a humedad. Abro las ventanas, el reflejo cobre del atardecer y el perfume del romero la devuelven a la vida.

No me apego a recuerdos, son como el agua del río, fluyen continuamente y los últimos tapan a los viejos, que forman un fondo legamoso y caminar por él me vuelve insegura. Pero no he venido a reencontrarme con el pasado. La casa tiene uno en el que yo estaba involucrada, no son más que años encanecidos por el tiempo. Creo, no estoy segura aún, que vine para estar cerca del río, hamacarme en su susurro, que repercute en mí como una canción de cuna.

La ciudad es mi mediamuerte, con su porción diaria de estridencia, hipocresía, incertidumbre y desconexión. Aquí, con las piernas colgando del muelle devastado por la intemperie, comprendo que eso que se instaló en mi pecho, la piedra, es un bloque de cemento que construí y que debo remover para que mi respiración recobre la naturalidad perdida.

Acaso mañana, cuando despierte, no tenga que obligarme a abandonar las sábanas, siga el llamado del río, la voz de los pájaros, el frufrú sedoso del viento en los sauces y escuche el campaneo de mi risa, aún por recobrar.

©  Mirella S. —Marzo 2014—





1.  Obra de Nathalie Picoulet
2.  Imagen sacada de la Web




miércoles, 4 de septiembre de 2013

El impulso de escribir



Óleo de Henriette Browne



El impulso de escribir ¿qué lo provoca, de dónde nace? Tal vez surja como una necesidad catártica o de la soledad; para conjurar el miedo, la locura; también puede ser una forma de reflexión; por el placer de inventar historias, de meterse en la piel de los personajes y vivir con ellos situaciones lejanas a la propia realidad. O a la inversa: para fijar la memoria, dejar testimonio de experiencias que reflejan momentos históricos o dimensiones de la condición humana…

Empecé a escribir alrededor de los diez años. Antes dibujaba historietas en el cuaderno de clase, para asombro y horror de mis maestras. 
No me fue bien durante los primeros grados del primario, sentía demasiado mi extranjeridad. Ya no recuerdo cómo aprendí el castellano, en mi casa nadie lo hablaba y mi padre tenía que recurrir continuamente el diccionario bilingüe.
Al poco tiempo de llegados a Buenos Aires hubo una situación traumática, que nos afectó a todos. Un silencio de piedra se instaló en el ámbito familiar y yo crecí en esa escasez de palabras. 
La solución la encontré construyendo un universo personal. Los dibujos y los mínimos textos que acompañaban a las historietas fueron la manera de comunicarme, el modo de salir del aislamiento y del estado de mudez.
A medida que aprendía, cualquier papel, aun el más estrujado, quedaba cubierto de guiones de historias y dibujos que las ilustraban.
Escribir fue el medio que encontré para expresarme y romper el silencio, manifestar sentimientos, puntos de vista, hablar —y hablarme— a través de los personajes, evadirme y soñar.
Más tarde, junto con la lectura, vino la devoción por las palabras...

Este es un espacio de intercambio y enriquecimiento mutuo, ya saben qué hacer…


Óleo de  Jahaziel  Minor




Clarice Lispector


Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en el mundo de los hombres.
Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

David Mamet

Soy dramaturgo, lo que quiere decir que lo que he hecho con la mayor parte de mi tiempo durante la mayor parte de mi vida adulta ha sido sentarme a solas, charlar conmigo mismo y tomar nota de la conversación.

Albert Camus

A mi ver, escribir no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. 

Gustave Flaubert
Escribir es una manera de vivir.