Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de julio de 2018

Estatua de sal



Voy caminando hacia el punto donde el sol inicia su descenso, como si tuviera la certeza de que es la dirección correcta hacia el mar. O, simplemente, quiero darle la espalda a lo que pasó.

Mis pies se hunden en el suelo blando. La mochila pesa, contiene la botella con agua, un puñado de dátiles, media docena de higos y un chaleco que, quizás, me sirva para la noche si el desierto no termina antes conmigo. Nunca pensé que tendría un instinto de supervivencia tan poderoso que me permitiría seguir sola, sin él. Me miro las manos: en las uñas todavía quedaron atrapados granitos de arena.

Cavar y cavar, sin permiso para las lágrimas; el sudor que gotea en el hoyo las reemplaza. La sequedad del aire se me ha metido adentro y se chupó todo, hasta el dolor. No pude hacer un hueco profundo, debía ahorrar fuerzas. Lo hice rodar despacio y le tapé la cara con la bandana de algodón que le protegía la cabeza. Sus labios estaban entreabiertos y me horrorizaba la idea de que se le llenara la boca de arena. No recé ninguna plegaria, no sabía a quién dirigirla. Apenas dije por qué claudicaste, amor.

Empecé a bajar por la duna. Un punto plateado se movió en el cielo: un avión. Desapareció sin sonido, el calor y la luz deslumbrante se tragan la vida y vomitan silencio. Fue en ese momento que decidí seguir el rumbo del avión, que se dirigía hacia el oeste, hacia el crepúsculo.

¿Qué animales habitan en esta soledad, alacranes, zorros, antílopes? Algún buitre vendrá desde un oasis lejano, ellos saben esperar, por eso viven. Pero peores son los carroñeros que están en las ciudades, de esos hay que desconfiar: nosotros no lo hicimos. Nos sedujeron con su lenguaje áspero, sus turbantes de fuego y las túnicas claras. Éramos dos extranjeros y anoche, después de despojarnos, nos abandonaron. Amanecimos en un campamento tan yermo como la inmensidad que nos rodeaba. 

Caminamos sin rumbo. Él, con toda su fuerza y su coraje, cayó primero. Abrazó el aire y se deslizó lentamente, como si la densidad de la atmósfera lo sostuviera. No hubo ni un quejido de aviso, dejó de respirar, el calor le quemó los pulmones o le licuó el corazón.

Decido resbalar como si estuviera en un tobogán. No te des vuelta a buscar con la mirada lo que dejaste atrás o te convertirás en una estatua de sal como la mujer de Lot. La voz sale de mi cabeza. Me paso los dedos por la frente húmeda y sin hablar contesto: ya me estoy convirtiendo en una estatua de sal, que de a poco se va a derretir y la arena, golosamente, me absorberá hasta la linfa y nadie sabrá que estuve aquí. Las dunas tienen vida propia, se mueven, cambian, desorientan, forman olas, son otra especie de mar, centellean como si contuvieran polvo de diamantes o de estrellas caídas. Si me diera vuelta comprobaría que mis huellas ya no están, que por aquí no pasó nadie.

El horizonte tiembla en una bruma que desdibuja las sinuosidades. Bajar y ascender ¿hasta cuándo, hasta dónde? Me doy cuenta de que algo me  golpea el pecho. Es la cámara de fotos, que como un relicario, cuelga de un cordoncito. Estoy por sacármela y tirarla, pero me acuerdo que tiene registrada la alegría de Casablanca, la medina de Marrakech, su sonrisa abierta en la cara bronceada.

Ahora puedo percibir que el silencio no es absoluto. Hay una casi inaudible nota sin variaciones que vibra en el aire. La canción del desierto. El roce de millones y millones de partículas que se susurran sus orígenes de piedras erosionadas por el dios Eolo en sus infinitos ataques de furia. 

Las líneas ondulantes se multiplican y he agotado el último sorbo de agua, sin embargo, con el sol que declina el aire es más respirable y un leve viento frontal trae lo que me parece el olor salobre del océano. ¿Acaso no son aves las manchas que vuelan alrededor de la naranja desmedida que cae aceleradamente del cielo? Tal vez un par de hileras más de dunas y veré el agua espumosa que lame la orilla. Tal vez sea el delirio de un espejismo y solo estén los buitres esperando.



©  Mirella S.   — 2013 —





miércoles, 2 de mayo de 2018

Little man




De vez en cuando recuerda alguno de sus viajes, ahora les perdió el gusto, el interés y los recursos. Su mente  convoca una escena que le quedó grabada de uno de los últimos que hizo sola.

Había ocupado una mesa junto a la ventana con vista al boulevard de esa avenida elegante. Todavía era temprano y las calles estaban tan frías que Clara necesitó dejar de recorrerlas con sus pies doloridos y la garganta irritada.

En el vidrio vio un tenue reflejo de sol que quería y no quería aparecer. Igual que ella, siempre queriendo y no queriendo mostrarse. O no pudiendo surgir, como un sol vencido por las nubes.

El café estaba en la planta baja de la librería más prestigiosa de la ciudad; en ese viaje se había convertido en su lugar de asilo. Ya había comprado dos libros y tenía su café, podría permanecer horas allí, era mucho mejor que regresar al deprimente cuartucho del hotel, oscuro y angosto como una celda.

Abrió uno de los libros, leía bastante bien en inglés, pero aquella mañana no lograba concentrarse. Sus ojos fluctuaban desde las letras hasta el exterior y vagaban por el ambiente cálido. Se acercaba el mediodía y las mesas se iban ocupando. En la más próxima una mujer anciana bebía a cucharadas una sopa roja y espesa.

Cuando no quedaron mesas vacías, los que entraban compartían con las que aún disponían de una silla libre. Un hombre canoso, de aspecto distinguido, se sentó enfrente de una chica asiática portadora de un buen surtido de piercings que, pensativamente, cortaba un waffle con frutillas.

Clara disfrutaba de su rol de observadora. Vio a un hombre flacucho, de muy baja estatura que deambulaba por el local con su bandeja extendida como una mano pidiendo limosna. Se acercaba en su dirección y ella, con cierto asombro por su iniciativa, le indicó el asiento de enfrente sin ocupar. El hombrecito quedó en suspenso unos segundos y agradeció mientras apoyaba la bandeja sobre la mesa.

Estaba muy bien vestido, era tan menudo que hubiera jurado que sus pies no llegaban a tocar el piso. Tenía la cara de un niño viejo y un problema un tanto escalofriante en la vista. Usaba lentes y el ojo izquierdo aparecía desmesuradamente agrandado, como si el vidrio fuera una lupa. El derecho era normal, de un azul tímido. Sintió una emoción exagerada, una ternura que le pareció fuera de lugar.

Somos dos marginados, dos que no tienen demasiado que ver con el entorno, raros, torpes. Mentalmente se rió: qué flor de proyección te mandaste, Clara. El hombrecito avanzaba sobre su porción de tarta de verduras con bocados enérgicos.

Él debió sentir su mirada y le preguntó si no almorzaba. Ella, en su pésimo inglés, le contestó que no tenía hambre, había desayunado tarde. Iniciaron un breve diálogo insubstancial, Clara no entendía del todo las frases pronunciadas por el ocasional compañero de mesa y estaba más pendiente de lo que le provocaba su presencia.

Le hubiera gustado contarle el encuentro a Pablo. Ese viaje lo había planeado y hecho sola, en una de sus tantas escapadas que, como un maremoto, la asaltaban de vez en cuando en la imperiosa urgencia de alejarse. Pablo le habría prestado poca atención, ocupado en chequear los mensajes que lo apuraban a anticipar la entrega del guión. Se habría limitado a decir, con un sarcasmo recientemente adquirido: qué galán te echaste. Clara comprendió, mientras miraba al hombrecito, que hay sensaciones y hechos que no se pueden compartir, que son para uno, que deben preservarse como pequeños objetos frágiles que, si son exhibidos, se distorsionan.

El hombrecito se quitó unas migas de las comisuras con la servilleta y le sonrió. Clara sintió que esa sonrisa era todo lo que necesitaba en ese momento. Una sonrisa triste, parecida a la de ella. La sonrisa de un alma irremediablemente melancólica.

Él miró su reloj, que parecía bailarle en la muñeca diminuta. Suspiró y dijo algo incomprensible, metió la mano en un bolsillo interior del saco y le tendió un cartoncito blanco. Ella lo tomó sin leerlo y trató de descifrar lo que le decía esa voz quebradiza y lo único que comprendió fue que quería volver a verla, tomorrow, misma hora, mismo lugar. Misma sonrisa triste.

Clara, como si otra lo hiciera por ella, movió la cabeza en un gesto de asentimiento. El hombrecito se levantó, se puso el abrigo, le estrechó la mano y se perdió entre las mesas.

El sol le ganó la partida a las nubes y su luz ambarina perfiló los rascacielos. Clara leyó la tarjeta: Edward Gibson, councelor y debajo un par de números de teléfono.

No se preguntó por qué había asentido ante la invitación. Mañana a esa hora estaría en el aeropuerto.



©  Mirella S.   — 2017 —





lunes, 29 de agosto de 2016

Viaje iniciático




Qué podés hacer si tenés por delante una hora de viaje antes de llegar al colegio. A lo sumo cabecear un rato, si la suerte te acompaña y viajás sentado; leer o repasar alguna materia si sos medio traga; mirar por la ventanilla los paisajes que te sabés de memoria o bostezar quimeras.
Esa larga hora constituía mi pasaje a regiones que surgían de la efervescencia de mi imaginación. Pero mis ensoñaciones empezaron a extenderse fuera del trayecto del colectivo.

Una mañana de julio bajé en la parada habitual, caminé las cuatro cuadras hasta el colegio y tuve la impresión de que me había equivocado, distraído en mis fantasías. Enseguida sonaron en mi cabeza las palabras de mi madre: “siempre en la Luna, vos...”
La calle no me resultaba familiar, estaba desierta, no había a quién preguntar información. Los edificios eran unos cubos altísimos, casi no se veía el cielo, todos blancos, sin ventanas, las paredes estriadas con lo que parecían jeroglíficos, cada tanto interrumpidas por festones de gárgolas, no como las que había estudiado en Historia del Arte. Representaban animales (si es que lo eran) de especies extrañas. Al mirarlos me sumí en una paradoja: su fealdad contenía una belleza que fascinaba.
La intuición me decía que estaba en nuestro planeta, que no había hecho un viaje al futuro, tampoco cruzado el portal de un mundo paralelo. Ni saliste de Buenos Aires, me dije, caminando por esa calle carente de vida, de personas. Yo solo.
Me aproximé a una pared y estudié las inscripciones: reconocí mi letra. No pude descifrar nada, el escrito estaba cabeza abajo, como si lo hubiese garabateado colgando de ese cielo desangrado de color.
Caminaba sin llegar a ninguna parte por un país abstracto. Si yo era el arquitecto de semejante desolación ¿dónde habían quedado mis ansias de aventura? Penetrar en selvas; excavar tierras primitivas que me mostrarían los tesoros de los orígenes; desentrañar los misterios de los mares. En cambio mi creación se limitaba a un páramo de cemento.
Al fin apareció una esquina. Me detuve y observé. La calle transversal, hacia la izquierda, terminaba en unas rocas; hacia la derecha se divisaba un bosque fosilizado. Me apreté la frente, debía pensar algo más vital. Era el hacedor de ese delirio y podía cambiarlo. Proyecté una opulencia de árboles, flores, cascadas de agua que humedecieran tanta aridez, sol, pájaros.
Nada se modificó. Caí en la cuenta de que ese sitio estaba muy alejado de mis fabulaciones, traspasaba los confines de mi conciencia: era una representación de símbolos que no podía entender. Presentí que estaba allí para recorrer ese territorio y explorarlo, aunque se me cerrara la garganta y a cada paso me temblaran las piernas.
Doblé a la izquierda, llegué a las rocas y vi que bordeaban una planicie de lava sólida, que se extendía hasta el horizonte. Mis ojos se cansaron de su chatura. Giré, desandando la calleja transversal y me dirigí hacia el bosque muerto. Puro esqueleto, las ramas como huesos descarnados, avanzaban en una geografía esteparia que me erizó la piel.
De vuelta a la calle principal, tuve una revelación: era una prueba, como los exámenes finales que nos habilitan —o no— a pasar al año siguiente. Aquí, sin embargo, había otra cosa. Era una iniciación que demostraría mi capacidad para adentrarme en los mundos mitológicos que pugnaban en mi interior. Un impulso aceleró mis piernas y levanté la cabeza hacia los muros escritos por mi mano: ahí estaban volcadas mis futuras hazañas, los sueños del héroe, las historias —aún en clave— que irían confluyendo con mi propia historia. Antes debía soportar la soledad del iniciado.
La calle terminaba abruptamente en un portón. Cuando lo abrí me encontré en el patio del colegio.


 ©  Mirella S.   — 2011 —



Un texto viejito, para que no me olviden.




martes, 9 de agosto de 2016

Casas alquiladas



Los cuartos de hotel por los que pasó tenían demasiadas historias, se entreveraban unas con otras y era imposible decodificarlas. Eran historias efímeras, de horas o de pocas noches, cuyos residuos resultaban absorbidos por las aspiradoras de las mucamas, la renovación diaria de las sábanas, los detergentes y cloros.
Todo lo opuesto a los departamentos o las casas que los dueños alquilan durante las vacaciones. En ellos queda impregnada su energía, la de los objetos que les pertenecen y dejan para que sean usados por extraños. La atmósfera en los cuartos de hotel es neutra, aséptica. En los hogares alquilados se respira cierta tensión.
Piera la percibía y no era algo que tuviese que ver con relatos de espectros ni de casas embrujadas. Así se lo aclaraba a César; él la miraba frunciendo la nariz, y con expresión incrédula anunciaba —en el tono de voz inapelable que esgrimía para algunos temas— que eran elucubraciones de su mente híper fantasiosa y su dificultad para amoldarse a los cambios de ambiente.
Ella sabía —aunque ya no lo manifestaba— que tenía una captación más aguda sobre las vibraciones positivas o negativas de personas o lugares. En cuanto a las casas alquiladas, Piera consideraba que el inquilino cae intempestivamente en la vida de otra familia y empieza a insertarse en sus circunstancias. Allí ha quedado la presencia emocional de los moradores habituales. Se los encuentra —Piera los descubría— en detalles insignificantes para otros ojos.
No podía dar una interpretación ni un porqué, pero en las casas de verano, a pesar de ser cuidadosos, casi siempre se les rompía algún objeto o no lo encontraban, como si el contenido de esas paredes se rebelara ante el manoseo y la intrusión de los extranjeros. Lo insólito era que los objetos perdidos reaparecían horas antes de abandonar la casa.
De esos hogares, en los que Piera se sentía una invasora, recuerda el último al que fueron, un chalet en decadencia —que en su tiempo habría sido aristocrático— ubicado estratégicamente en lo alto de un acantilado. A su alrededor se espesaba un bosque de eucaliptos, que al anochecer enrarecían el aire con el narcótico de su perfume. Desde la ventana del dormitorio, en el primer piso, llegaba el monólogo espumoso del mar con las rocas.
No conocieron a los dueños, habían gestionado el alquiler de la casa mediante una agencia. A Piera le desagradó lo que emanaba cada cuarto. Parecía que los propietarios hubieran partido en una fuga improvisada, desprolija, dejando atrás lo mínimo indispensable, llevándose lo más personal.
En el empapelado se veían rectángulos más claros, indicadores del lugar donde antes hubo cuadros. Eran manchas como pieles heridas que les fueron arrancadas las vendas protectoras. Faltaban almohadones en los divanes, de los barrales colgaban los ganchos, vacíos de cortinas. Esas carencias le otorgaban a la casa un clima de abandono, de saqueo.
Ella era de gustos frugales, simples, en cambio César disfrutaba de la elegancia, el confort. Después de recorrer las habitaciones, él, un hombre amable, tranquilo, gritó: ¡esto es una mierda! y, enfurecido, llamó a la agencia. La respuesta que obtuvo fue que por ese precio no podía aspirar a algo mejor en la zona, había conseguido una ganga, el real valor estaba en el panorama.
Trataron de quedarse lo menos posible en la casa. Hicieron excursiones, nadaron, bucearon. Sin embargo, una fisura en su comunicación se fue profundizando. Algo se había oscurecido o ya estaba en sombras y la permanencia en la casa se los mostraba. César, siempre locuaz, se volvió taciturno y si le hablaba era para retrucar todo lo que Piera decía.
Cada vez que entraba en un cuarto se acentuaba la sensación de que los objetos la miraban, antes de que ella les echara una ojeada. Dormía poco y se dedicaba a hurgar en armarios y cajones buscando pistas de los propietarios. Detrás de unas toallas, demasiado ocultos para ser recordados, o puestos allí para ser olvidados, halló dos fotos en marcos de plata. La esposa con una cara pálida de Morticia; él, exhibía una boca suavemente felina. La otra foto mostraba a dos niños, dos criaturas desvaídas de la mano, como en una mutua protección. Miraban a la cámara abriendo mucho los ojos.
A los diez días, César le dijo que preparara las valijas, se iban, no aguantaba más y no le importaba haber pagado por todo el mes. Piera sintió desasosiego, no quería quedarse allí pero tampoco volver a su casa en la ciudad.
Esa tarde fue al pueblo y averiguó por un hotelito blanco con balcones azules que había visto cuando llegaron. Tenían una habitación vacía. Paredes adentro el clima era distendido y al entrar al cuarto comprendió que había hecho una elección acertada.
Desde entonces nunca más casas alquiladas en vacaciones. Nunca más César.



Mirella S.  -Enero 2016-                                                                                       

Arte surrealista de Oleg Oprisco


martes, 28 de julio de 2015

Peregrinatio

“Quid solutis est beatus curis cum mens unus reponit ac peregrino labore fessi venimus larem
ad nostrum desideratosque acquiescimus lecto”
 Catulo

                                                                                                                                                                                                                
                                                         
Fue en su vagabundeo por Italia cuando empezó a captar el lenguaje de las ciudades. La ciudad visitada le proporcionaba respuestas a preguntas que no se hacía, a deseos no conscientes.

Milán le dijo que no era un sitio para ella, que las calles le serían hostiles. Estuvo a punto de ser atropellada por un auto. Apenas si vio de lejos el Duomo, construido con la piel y sangre de tantas generaciones. Sus altas agujas góticas parecían tocar un cielo de peltre en el intento de perforarlo y encontrar un rayo de sol.

Escapó a Venecia. Llegó un día de niebla y llovizna, que le mostró su propia grisura cuando se acorazaba dentro de sus sombras.

Pronto observó que las ciudades más turísticas e importantes callaban o sus voces se hacían confusas, contradictorias, perdidas entre bocinazos, motos desenfrenadas que se le atravesaban sin respetar semáforos.

A Verona fue un domingo. Todo era lento, cálido y estaba cerrado. Caminó por calles vacías, tan vacías como su indiferencia por aquello que la rodeaba. Un golpe de viento poco cordial susurró que le faltaba romanticismo. ¡Chocolate por la noticia! contestó casi en un grito. El viento se llevó su eco.

Florencia fue salteada sin remordimientos. En cambio se alojó en Cortona, etrusca y medieval que, erguida, coronaba una colina. Trepó por callejuelas escarpadas y profanó iglesias sentándose en el banco más oculto para comer un panino. Las estatuas de los santos la miraron con piedad desde sus ojos huecos y alguno le aconsejó que ahorrara fuerzas, su salud se fragilizaba.

A Roma, la eterna, no la evitaría. Algo intangible las había unido desde viajes anteriores y de estar allí Clara, la astróloga, le hubiera dicho que ese sentimiento provenía de vidas pasadas.  Su respuesta habría sido una sonrisa escéptica.

Eludió las zonas conflictivas. El color damasco maduro de los edificios le transmitió la seguridad de que tendría sexo con un extraño. Aguardó alegremente el momento orgásmico y no quedó defraudada por Valerio, el del nombre de emperador.

Supo que debía dirigirse hacia el sur, lo más al sur posible, hacia el último confín de esa tierra, donde  es acotada por el mar.

Hizo un alto en Ravello, en la cima de los acantilados. Con el panorama del golfo visto desde la Terraza del infinito, tuvo una intuición metafísica y en el aire sintió la respiración del universo.

Pasó delante de la hilera de bustos ignotos que se apoyaban sobre el parapeto, las facciones desgastadas por las caricias de los siglos, algunos sin nariz, otros con los rasgos esfumados en perfiles andróginos.

La vida era un escultor nada compasivo, ella había obtenido instantes fugaces de una felicidad moldeada a martillazos.

Durante un crepúsculo vehemente, de vino oporto derramado, comprendió que no llegaría hasta el sur del sur. El mar, allá abajo, golpeando las piedras en una letanía fúnebre, así se lo informaba. Ella permaneció atenta, pero el mensaje había terminado, igual que su viaje.

Se estaba bien en el templete de Dionisio, leyó la inscripción en latín del poeta Catulo grabada en el friso, que afirmaba o preguntaba, si había algo mejor —después de haber hecho el propio trabajo, ya con la mente libre de preocupaciones y cansado por las labores— que volver a casa y descansar en el lecho tan deseado.

Esa frase también era para ella. Se apoyó en la balaustrada y vio como la noche, con su belleza fraguada de misterios, poseía pausadamente al mundo.


©  Mirella S.   — 2015 —




De la comedia musical "Rugantino", voces de Lando Fiorini y Ornella Vanoni 

martes, 3 de marzo de 2015

El retrato del abuelo (II)



Lo del retrato fue mi secreto; los adultos tenían sus propias preocupaciones. A papá cuando se le metía en la cabeza que un lugar no le iba a ofrecer ni fortuna ni fama, se ponía a buscar otro, siempre a la pesca de algún pez gordo que le diera una mano. Y mamá lo acompañaba con la candidez de su optimismo.
La abuela Bianca, tan remota y majestuosa, pasaba buena parte del día controlando a Giovanna, la sirvienta. Lo poco que supe del abuelo me lo dijo ella, que cuando la abuela no la vigilaba, era muy conversadora. Me contó que el señor Enzo había muerto por la época en que yo nací. Un hombre tan vital, fue un verdadero desperdicio que muriera a los cincuenta años, decía Giovanna. Se había enfermado durante un viaje de negocios al extranjero, ella no sabía si a Libia o a Argelia. No se explicaba que lo sepultaran allá ni por qué la señora no hizo traer sus restos a Roma, en vez de dejarlo en esas tierras bárbaras, en medio de los beduinos.
Bianca nos alojó un año. Después viajamos de una ciudad a otra, paréntesis fugaces en la carrera insensata de mi padre. Nunca regresé a Roma ni volví a ver a la abuela. Crecí a los apurones, siempre lista para hacer y deshacer valijas, subir y bajar de trenes. Por mi parte hice todo lo posible para cumplir la promesa. En la casa de Via Cavour la obediencia significaba continuas inmolaciones para apaciguar al ángel de los ojos de fuego. El retrato del abuelo se fue diluyendo en mi memoria y me dejó una constante sensación de vergüenza, una docilidad obtenida trabajosamente.
A papá Italia le quedó chica y cuando cumplí los catorce años, desembarcamos en Buenos Aires. Él tenía un primo que había emigrado después de la guerra y que resultó ser dueño de una tienda en el barrio de Floresta. Ya no íbamos de ciudad en ciudad, pero nos mudábamos de una pensión a otra. Mamá hacía trabajos de bordado y yo entré de aprendiza en un taller de costura. El futuro de prestigio al que aspiraba papá se esfumó definitivamente cuando no tuvo otra opción que trabajar en el negocio del primo. Papá murió derrotado por el estrecho horizonte de las estanterías de la tienda.       
Por aquellos años el deseo más fuerte era el de establecerme en un lugar definitivo, vivir en el mismo barrio y que sus calles se me hicieran familiares, al punto de saber de memoria las baldosas flojas de mi cuadra o el dibujo de la corteza de los árboles. Al tiempo de la muerte de papá, con mi sueldo y el de mamá, alquilamos esta casita. La habitaba sin ningún sentimiento de pertenencia, era algo que nunca había experimentado.
Creo que lo más difícil fue no poder enamorarme. Los hombres, desalentados, terminaron pasando de largo y cuando logré que nadie reparara en mí, supe que ya había pocas cosas a las que renunciar.
Envejecí sin darme cuenta, acunada por las canciones de mamá, con su voz que se iba haciendo más tenue y en las que recobraba un residuo del sol mediterráneo.

En el silencio de su dormitorio miré los muebles modestos, las cortinas tejidas al crochet. Abrí los cajones de la cómoda, encontré ramitos de lavanda entre los pañuelos de lino y las sábanas bordadas, ya amarillentas, y en un rincón un montoncito de cartas, sujetas con un elástico. Eran de la abuela Bianca. Las primeras tenían la fecha del año en el que yo nací, cuando murió el abuelo Enzo.
Las manos me temblaban al guardarlas en los sobres. Al cabo de cincuenta años me enteraba, finalmente, de la verdadera historia: el abuelo no había muerto en la tierra de los beduinos. La abuela había escrito a mamá: Tu padre acaba de escaparse a Niza con una putita de dieciocho años, llevándose todo el dinero que pudo juntar y las joyas de la familia… 
Se había ido hacia un futuro más estimulante y aventurero. Así decía en su esquela de despedida.

©  Mirella S.   — 2010 —



1.  Foto de Saleru 
2. Foto de Alexander Sennikov




lunes, 2 de marzo de 2015

El retrato del abuelo (I)




Después de la muerte de mamá, volví a pensar en el abuelo Enzo. Aunque no lo conocí, siempre lo tuve presente como un virus maligno que hubiera infectado cada una de mis células. Pasó casi medio siglo desde que dejamos la casa de Via Cavour, en Roma, y su recuerdo sigue oprimiéndome. Porque junto al recuerdo del abuelo, está la promesa que arruinó mi vida.
Quizás, sin saberlo, hoy entré en el dormitorio de mamá para cerrar el largo capítulo que empezara cuando nos trasladamos a Roma. El cuarto me pareció mudo, vacío de las viejas canciones italianas que ella cantaba con esa voz sorprendente, como un sol inesperado. Me senté a los pies de la cama, miré la cómoda, el camino de macramé cubierto por las fotos que nos habíamos sacamos en Italia. Las miré como si las descubriera en ese momento. En cada una reconocía un recorte de mi historia que, inevitablemente, me empujaba a la casa de Via  Cavour y a la cara del abuelo Enzo.

Tenía cinco años cuando vi su retrato por primera vez. Mi padre acababa de pasar por otro de sus descalabros económicos; de Milán nos fuimos a Roma, a vivir un tiempo con Bianca, mi abuela materna, hasta que él encontrara un empleo acorde a sus ambiciones.
Llegamos a Via Cavour al atardecer. De la casa me quedó la imagen de cómo la vi entonces: una especie de fortaleza fantasmal, emergiendo en la bruma de la llovizna.
La abuela Bianca era más alta que papá, erguida y enérgica. Me dio un beso fugaz, tomó mi mano y con un paso que apenas podía seguir con mi trotecito, recorrimos salas en penumbra. Terminamos en un pasillo interior, de un rojo sombrío, las paredes tapadas con retratos de hombres y mujeres, tan inexpresivos y borrosos, que parecían copias de una única cara. Él era distinto, emanaba algo que me resultó amenazador.
La abuela abrió una puerta que estaba enfrente de ese retrato. Dijo que sería mi habitación y se inclinó para sacarme el abrigo. Era linda la abuela Bianca, con su cabeza de reina y también con ese gesto de águila. Intuí que allí tampoco iba a ser feliz. La casa no me gustaba y mi dormitorio era triste, oscurecido por cortinas gruesas y con un empapelado, que repetía hasta el infinito, la misma naturaleza muerta. Si creí que por lo menos tendría un hogar estable, una abuela, me equivoqué: Bianca no era el tipo de abuelita que cuenta a los nietos historias de duendes y princesas y les cocina tortas de chocolate.
Cuando salimos al pasillo me paré de golpe y me escondí detrás de ella, que me tironeó de un rulo para que siguiéramos, la cena se enfriaba. Aferrada a su pollera, levanté el índice, señalé el retrato y pregunté quién era. Contestó: tu abuelo Enzo, el papá de tu mamá. Le pregunté dónde estaba. Con los ojos vueltos hacia la lejanía del techo, dijo: se murió. Tras una pausa agregó: ahora está en el cielo. Recuerdo que su voz había cambiado.
Generalmente nos quedábamos poco tiempo en cada ciudad y me dolía partir, nunca podía afincarme en un sitio, hacer amigas. Desde el momento en que llegamos a la casa de Via Cavour, anhelé que nos fuéramos pronto.
Lo más temible era el retrato. Cada vez que abría la puerta de mi cuarto, me esperaba, vertiendo sobre mí una mirada acusadora. Por más que inventase juegos para distraerme, era inútil. Mamá me había enseñado un villancico y yo lo cantaba a todo pulmón al entrar o salir de mi dormitorio para olvidarme de su presencia, pero a último minuto, magnetizada, desviaba los ojos hacia el retrato. Era igual que si unos dedos de hielo se enroscaran en mi nuca.
Caminar por ese pasillo me producía terror. Los apliques en la pared irradiaban una luz agonizante, sin embargo, la cara del abuelo parecía resaltar más en esa penumbra. La foto era grande, en tonos sepia, dentro de un marco oval de madera. El abuelo tenía el pelo espeso, el ceño fruncido y bajo el trazo categórico de las cejas, asomaba su mirada oblicua. La boca, semioculta por unos bigotazos, parecía formular severas amonestaciones. Después de hacer alguna travesura, corría a espiar la cara del abuelo y me sometía a la crueldad de sus ojos.
Una noche que no podía dormir entré sin golpear en la habitación de mis padres. Vi el ritmo de sus cuerpos agitarse bajo las sábanas y escuché sus respiraciones aceleradas. El corazón me palpitaba con tanta fuerza que me apreté el pecho con las manos para que no retumbara. Escapé y busqué el rincón más oculto para esconderme. Creí que los ojos del abuelo me perseguían por toda la casa. Me metí en el hueco que había entre un armario y la pared y lloré como nunca más lo haría. Le pedí perdón al abuelo, una y otra vez; determiné que yo era un bicho miserable, que no merecía ser amada.
Estuve mucho tiempo en ese escondite, hasta que las lágrimas se enfriaron y quedé con las mejillas saladas y tirantes. Crucé habitaciones tenebrosas sin saber por dónde iba, hasta que me topé con el pasillo de los retratos. Antes de refugiarme en el dormitorio, me di vuelta y miré al abuelo Enzo para recibir el castigo. En un desesperado intento por borrar mi falta, le hice la promesa. Prometí ser tan buena como santa Teresita del Niño Jesús, que conocía por las lecturas de mamá. Él iba a sentirse orgulloso de mí y terminaría mirándome con un poco de afecto. Pero sus ojos no cambiaron, su presencia fue la de un ángel de la guarda de alas oscuras, que me recordaba lo imperfecta que era.

 ©  Mirella S.   — 2010 —



miércoles, 5 de noviembre de 2014

Ojos de serpiente (II)




El tren pasa de largo en la estación siguiente. Poco después entra el guarda y pide los tickets. Hay movimientos rápidos y el ruido de suelas que raspan el piso. La mujer del suéter malva, apenas despabilada, busca en una cartera enorme, murmura algo y sacude la cabeza. Se oye el crujir del diario al ser doblado.
Él se incorpora y mete la mano en el bolsillo del jeans. El guarda toma los tickets, frunce el ceño, los examina y los marca con un clic enérgico. Se marcha.
Todos nos reacomodamos, cada uno vuelve a instalarse en su propia espera. El viejo abandona el diario sobre una ménsula debajo de la ventanilla. La del suéter malva bosteza y baja los párpados. La imito. En medio de la oscuridad y la oscilación tengo un atisbo de vértigo o de pánico. Abro los ojos y me encuentro con los de él, taladrándome. Reviso en la guía cuántas estaciones faltan para llegar. Me hago un masaje en la nuca y roto el cuello. Él ha metido los pulgares dentro del cinturón. Aunque sigue con las piernas abiertas recogió los pies, cautelosamente adelanto los míos.
En varias oportunidades giro los ojos en un paneo espasmódico.  Siempre me cruzo con los suyos y noto de que nunca parpadea; las pupilas son unas rayitas verticales que dan a su mirada una fijeza hechizante.
Pasan algunas estaciones, la atmósfera dentro del compartimiento parece haberse estancado, hasta que —casi en simultáneo— el viejo y la mujer de la izquierda, inician sus preparativos. Ella se pone el saco, carga un maletín y sale al pasillo antes de que lleguemos a la estación. El viejo recién se levanta cuando el tren se detiene. Espío a la mujer del suéter malva: su sueño es más profundo y exhala el aire con fuerza.
El pasillo exterior ha quedado vacío. Tengo una especie de ahogo. Él continúa escrutándome y se acentuó el gesto de la boca, o esa es mi impresión. Pienso en salir al pasillo, pero no me muevo. Mi garganta está seca, revuelvo dentro del morral para ver si encuentro alguna pastilla.
De soslayo veo una maniobra brusca: él apoya el tobillo de una pierna sobre la rodilla de la otra, formando una irreverente figura geométrica. Intento sostener su mirada, aunque no lo logro por mucho tiempo. Mis ojos revolotean como polillas en la búsqueda de un escape y siempre tropiezan con los suyos.
Trato de imaginar qué haré cuando llegue: buscar un taxi, ir al hotel en lo alto de la colina, puede ser que haya tiempo para una  recorrida por el centro histórico antes de que oscurezca. Porque el sol ha emprendido un descenso vertiginoso y la luz se consume en rojos fulgurantes. También el panorama adquiere un aire dramático. El valle quedó atrás y ahora transitamos por declives abruptos.
Alguien corre por el pasillo; me faltan dos estaciones. Podría ir al baño, quedarme en la plataforma y volver a buscar la valija antes de bajar. Guardo la guía y con el pañuelo seco mis palmas húmedas.
Él inicia una especie de tamborileo rítmico sobre su rodilla. Los golpecitos en la tela cruda restallan dentro del compartimiento. La sonrisa emana algo triunfal y le descubre los dientes. La mujer que duerme, con el mentón sobre el pecho, resopla mansamente. La percusión se acelera, se amplifica y cubre los ronquidos de la mujer y el balanceo del vagón. Comprendo que son mis propios latidos que retumban en mi cabeza y que sus dedos no hacen otra cosa que marcar el compás.
El pasillo está desierto, igual que la penúltima estación, cautelosa en el crepúsculo anticipado. El anuncio del tren al ponerse en marcha, suena como el grito doliente de un pájaro solitario. Rápidas, se alejan unas casas con muros de piedra y volvemos a bordear colinas color lavanda. Su cara es un imán: la fascinación se antepone al miedo. Cuando me abandono a esa mirada, los cuadritos, la mujer, los asientos de pana, se vuelven irreales. Sólo permanecen la sonrisa —o la burla—  y los ojos incesantes.
El tren aminora la velocidad. Estoy llegando a mi destino, las luces de la sala de espera pronostican un refugio seguro. Lo mejor será levantarme bruscamente, de un tirón bajar la valija del portaequipajes, con un salto superar su pierna extendida. Sin demoras alcanzar la plataforma y bajar al aire frío del andén, tan frío que duele inhalarlo.
La luz de los faroles contribuye a aumentar la atmósfera melancólica que envuelve a las pequeñas estaciones. Un clamor comunica la partida. En el andén un hombre con el uniforme gris de los empleados del ferrocarril, levanta un brazo en señal de autorización. Los vagones empiezan a moverse como un gordo gusano reumático. Las luces se convierten en una sucesión de manchas brillantes, cada vez más lejanas. El tren toma velocidad. 
Aparto los ojos de la ventanilla y me reencuentro con el diario mal doblado, las madonas renacentistas, el sueño cómplice de la mujer del suéter malva, los ojos de serpiente, las botas pespunteadas que avanzan, rodeando mis pies en un cerco infranqueable.



©  Mirella S.  —2011—


Imágenes sacadas de la Web



lunes, 3 de noviembre de 2014

Ojos de serpiente (I)




Entra cuando el tren empieza a rodar entre silbatos y vaivenes. Se instala en el asiento frente al mío. Acabamos de partir de la Stazione Termini de Roma. Es un compartimiento para seis personas, los otros pasajeros son dos mujeres y un hombre mayor. Estoy sentada entre una de las mujeres y el viejo, ubicado junto a la ventanilla.
Él deja una mochila andrajosa en el portaequipajes. El espacio que nos separa es angosto; cuando se sienta y extiende las piernas largas y flacas, sus pies chocan con los míos. No se disculpa,  mecánicamente recojo mis pies. Mientras maniobro para sacar la guía del morral, veo que calza unas botas negras, con pespuntes y puntera de metal.
El tren sale de la estación y aumenta la velocidad. El hombre viejo se pone los lentes y con gestos torpes trata de desdoblar un diario. Una de las mujeres, la que está enfrente del viejo, cierra los ojos y reclina la cabeza en el respaldo de pana azul.
Abro la guía y busco en la ‘P’. Estudio el plano de la región, con las zonas sombreadas que indican las colinas. Leo unos párrafos sobre la parte histórica. En la mitad de una frase, como si escuchara un llamado, levanto la cabeza. Él está mirándome. Debe tener unos treinta años, facciones angulosas, sus mejillas son un despliegue de cráteres y montículos. El pelo, de un rubio nórdico, le cae detrás de las orejas en mechones lacios.
La primera impresión que transmiten sus ojos es de vacío, igual que los de una esfinge o los de un ciego. Después percibo en ellos una luz incierta, como la que se refleja en el fondo de un pozo. Con una sensación de malestar desvío la vista hacia la ventanilla: un paisaje rutilante y escarpado aparece y desaparece detrás de los vidrios.
El viejo a mi derecha tose y produce unos sonidos con la nariz. La mujer a mi izquierda cruza las piernas; admiro sus zapatos de piel de lagarto. Se inclina hacia adelante y una cascada de ondas caoba le oculta el perfil. Vuelvo nuevamente la cabeza hacia la ventanilla, ahora sobre la ladera pedregosa pastan unas cabras.
Antes de retomar la lectura, compruebo que el desconocido sigue observándome. El viejo hace crujir el diario al sacudirlo. Leo un algo sobre el período etrusco. No me concentro. Controlo la hora: tengo todavía unos cincuenta minutos de viaje. Coloco el boleto a modo de señalador y cierro el libro. Las botas asoman dentro de mi campo visual. Él se ha despatarrado en el asiento con las piernas abiertas. Los ojos son estalactitas que se clavan en los míos.
El tren emite una especie de bufido y entra en un túnel. La oscuridad dura apenas unos segundos, sin embargo me toma por sorpresa y suelto el libro, que cae cerca de su bota. Él no intenta levantarlo. Al agacharme advierto el borde deshilachado y sucio de sus jeans. Me enderezo y su mirada me produce una sensación de frío.
Se me acalambraron las piernas por la posición, las estiro un poco y trato de no rozar las botas pespunteadas. Él hace un movimiento de tenaza y acerca sus pies a los míos. Quizás deba decirle algo, pero no sé qué. Me mira, insolentemente, la cabeza hundida entre los hombros y las manos en los bolsillos de la campera. Bajo la vista y con la uña rasco una pelusa en la manga. 
El tren se detiene en una estación. La mujer a mi izquierda se mueve un poco, aunque no se levanta, la cara siempre dirigida hacia el pasillo exterior. De reojo veo que él sacó las manos de los bolsillos y las apoya sobre los muslos. En el compartimiento se oye de a ratos el crujir del diario y la respiración monocorde de la otra mujer, que se ha dormido. Es de edad mediana y usa un suéter color malva. 
De tanto en tanto compruebo que él no me quita los ojos de encima. La inexpresividad de su cara es engañosa. Un gesto, que quiere simular una sonrisa, comienza a bordearle la boca y los ojos sesgados son desconcertantes. Primero me parecieron del color del agua turbia; después le descubrí tonalidades amarillo verdosas, como las de un ofidio.  Cada vez que lo miro me debilito.
Recorro detenidamente los carteles y avisos que hay en el compartimiento. Analizo los cuadritos que cuelgan en la pared: reproducciones de piadosas madonas renacentistas. Él se mantiene en la misma posición, sólo sus manos se han desplazado por sus muslos hacia arriba.
Quisiera beber una taza de café bien fuerte, pero no atino a levantarme y permanezco con los ojos erráticos, esquivando los suyos en complejos rodeos. Ya no hace falta que lo mire, lo percibo como si me tocara.

©  Mirella S.  —2011—

La segunda y última parte sigue el próximo jueves.