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martes, 17 de marzo de 2020

Año bisiesto



La noche avanza y creo que es hora de astillar el silencio. Debo hablar, necesito salir del engaño. ¿Acaso la vida no es un juego rítmico entre la verdad y la falacia? En esa continua oscilación, ahora estoy detenida en la mentira y es preciso librarme de ella.
Dentro de mi boca la lengua crece y empuja la barrera de los dientes, que se aprietan solidarios ante ese resto de culpa o vergüenza. Como si se hubiera partido en dos, igual a la de una cobra, asoma con cautela sus extremos, lubrica los labios secos y vuelve a esconderse en su cueva.
La lucha se está definiendo: mis músculos se debilitan, parpadeo y los dedos inquietos hacen rotar el anillo. La boca se abre y la bífida se ubica para desempeñar su parte. Pero todavía hay renuencia, cierta indecisión.
Digo:
—¿Por qué sostenés la botella de esa manera, por el cogote? Da la impresión que tenés ganas de estrangular a alguien. —Mi voz suena agria y lo que manifiesto está fuera de sitio.
Él llena su copa de vino, deja la botella sobre el mantel, me mira y no dice nada, aunque en sus ojos leo que está pensando “perra estúpida”.
Sigo:
-La ropa termina por tomar la forma del cuerpo, por eso tu pulóver está tan estirado en la parte de adelante.
Su expresión indica desprecio, su respuesta es, como siempre, el silencio. Estos comentarios absurdos no son propios de mí, la amargura es la que habla. La bifurcada se mueve, inquieta, no la voy a poder controlar.
Anuncio:
—Leí una estadística que afirma que en los años bisiestos es cuando se producen más divorcios. Parece que son favorables para volver a enamorarse. El año que viene es un año bisiesto.
Esta vez ni siquiera se molesta en mirarme o demostrar su arrogancia. Se inclina y toma el diario. Giro la cabeza, a mi alrededor el restorán está completo y el murmullo de las voces me envuelve como una frazada caliente.
Comprendo que no puedo postergar más la revelación; ya no hay nada que honrar o respetar. Lo que antes era verdad hace tiempo que se parapetó detrás de las páginas del diario y solo muestra su coronilla con remolinos ariscos.
Llegó el momento, la lengua se dispara como una flecha envenenada. La dejo que alcance su blanco.
—Sin embargo, quedé fuera de las estadísticas: me enamoré este año. Te dejo.
Noto que mi voz es un eco que retumba por encima de las conversaciones ajenas. El silencio, que está sentado frente a mí, se extiende al resto de la sala. Las páginas del diario se mueven como un telón que se abre para un último acto. No alcanzo a verle los ojos porque una línea de luz cae en el vidrio de los lentes, convirtiéndolos en espejos que me reflejan.
Veo mi sonrisa y cómo las bifurcaciones de la lengua vuelven a unirse. Siento que recupera su tamaño y se acurruca contra el paladar, degustando el sabor a cicuta de la victoria. 


©  Mirella S.   — 2012 —


Muchas gracias a todos por los comentarios que me dejaron en el post anterior.
Este relato es viejito, lo vuelvo a publicar porque estamos en un año bisiesto.
Abrazos para todos.





lunes, 9 de diciembre de 2019

Lo que no se dice

Pintura de Kim Nelson

La casa donde vivo no me gusta, tampoco sus habitantes, los miembros de mi familia: los Vitali. Ciertas confesiones hay que guardarlas para una, padecerlas en silencio. No está bien visto declarar que no te gustan tus parientes cercanos. Les agradezco la educación, las necesidades básicas cubiertas, pero siguen sin gustarme, lo cual no significa que no los quiera. No a todos.
El afecto, o esa turbulencia que siento, está entramada con las más opuestas y oscuras emociones: desde la rabia, el fastidio, hasta la compasión y la ternura. Por algunos de ellos mi disposición es inclemente y tormentosa, por otros prevalecen más los sentimientos benévolos.
La casa es centenaria, pertenecía a mis bisabuelos. Es fea, detesto el olor de las bolitas de naftalina que la abuela pone para disimular el de la humedad que brota de las paredes. Con los sahumerios de mamá, la combinación es nauseabunda. Las habitaciones dan a una galería. Allí nos desencontramos mis padres, mis dos hermanos menores, mis abuelos paternos, los actuales dueños y la tía Mónica, hermana de papá, viuda, sin hijos.
No es por presunción que digo que la casa no me gusta, así como tampoco los Vitali. No los elegí, aunque hay quien sostiene que nada es fortuito y que al encarnar nos toca una familia ya determinada que nos ayudará para la evolución personal. No me consta, ellos suelen conectarme con lo peor de mí. Algo que no soporto es su falsedad. A la hora de la cena, también en la comida puede saborearse la hipocresía que flota en el ambiente.
Con los abuelos y la tía Mónica siempre tuve un trato mínimo; ahora que curso Bellas Artes por la noche los veo apenas. Mamá y papá, juntos, crean un clima tenso, sofocante, pero si estoy con ellos por separado es tolerable. Mamá a veces se me queda mirando y es como si los ojos se le metiesen para adentro, se fuera a otra parte, hacia atrás en el tiempo. Solo ella apoyó mi decisión de entrar en Bellas Artes. El vínculo con papá es más complejo. No coincidimos en nada, reconozco que él se esfuerza y yo hago lo que puedo; que no siguiera una carrera tradicional fue un gran desencanto para él y no mejoró nuestra precaria relación.
La tía Mónica es un capítulo aparte. Sin remordimientos puedo decir que la desprecio y ella siente lo mismo. Es evidente que mamá le tiene miedo y Mónica la aborrece y la envidia. Mamá es delgada, elegante, aún vestida así nomás. Mónica se mata en el gimnasio, vive a dieta y su cuerpo es irrevocablemente cuadrado. 
La ventaja de las casas tipo chorizo como la nuestra es que Mónica y los abuelos están en los cuartos de adelante, a continuación del comedor que da a la calle, mientras que el mío es el último y me aparta un poco de esa atmósfera de disimulo. Ocupo también un rincón en la piecita de arriba, donde guardan todo lo que deberían tirar. Allí hago las artesanías que intento vender los fines de semana en Plaza Francia.
Los abuelos me ignoran con diplomacia, en cambio, tienen debilidad por mis hermanos que, por su parte, se pelean con estocadas sibilinas, típicas del estilo Vitali, de las cuales a menudo ligo una porción.
En mi familia hay muchas cosas ocultas, no dichas, por eso los mayores procuran asumir un aire de “somos una familia bien avenida”, frase frecuente de la abuela, cuando en realidad se puede percibir la ebullición de un caldo espeso, que cocina a fuego lento sus ingredientes letales. Si se destapara la olla, el frágil equilibrio que ostentan, se haría trizas.
Intuyo que estoy involucrada en ese secreto y que la tía Mónica es la más propensa a vomitarlo, de allí que los demás la traten con guantes de seda y le permitan que destile su veneno en pequeñas dosis, para que no se intoxique ella misma.
Aprendí a moverme en ese espacio usando la misma falsedad que ellos, como un torero, esquivando los ataques encubiertos con sutiles movimientos de capa. Mi refugio es el cuartito de arriba. A veces dejo la arcilla que modelo, mis ojos atraviesan los vidrios y se van lejos, buscando los de mamá, en una dimensión amorosa, sin ocultamientos ni simulacros. Allí la encuentro, con la sonrisa limpia de tristezas, la piel distendida de los surcos de culpas pretéritas que está pagando y seguirá debiendo mientras viva con los Vitali.
Sin embargo, lo que no se dice se irá ordenando geométricamente en un gesto, en la ira que sombrea los ojos, la palabra que se escapa hoy, a la que se añadirá otra, susurrada mañana, una mueca de desprecio o la lágrima cautelosa. La simulación es como una máscara de cera que se ablanda, se deforma y gotea el odio acumulado.
Un día Mónica estallará. En su crueldad, seremos humilladas, mamá y yo. Ella agachará la cabeza, los Vitali, ya sin disimulos, me mirarán como la extraña que siempre fui para ellos. Papá con el horror de un antiguo presentimiento que se confirma.




©  Mirella S.   — 2019 —





miércoles, 27 de noviembre de 2019

Puzzle




Recorría esa cuadra asiduamente y nunca había reparado en la casa decrépita, con la ventana ojival de palacio gótico.
Esa mañana, capté la silueta de una mujer detrás de los vidrios. Vi solo el cuello  pálido y unos flashes de pelo endrino. El resto del cuerpo se esfumaba entre las sombras del ambiente.

  
La segunda ocasión fue un mediodía. Al llegar a la altura de la casa aminoré el paso de modo inconsciente y giré la cabeza justo cuando llegaba a la ventana.
Debía de estar agachada y me mostró su frente orgullosa, el dibujo enérgico de las cejas, los ojos del color de la hierba silvestre. Estos ojos tienen el aroma de la menta, pensé, aspirando un olor fresco, inaudito, que prevalecía por encima del escape de los autos. Quedé cautivado y sumé esa porción a la anterior. Me gustan los acertijos, sería excitante armarla una pieza a la vez, igual que un puzzle.


La tercera es en una noche sin luna, extrañamente solitaria de transeúntes y coches. La vereda parece que me llevara, como las cintas móviles de los aeropuertos.
No fumo, pero hubiera sido el instante perfecto para detenerme bajo la luz de la esquina y encender un cigarrillo. Me atrapan los misterios, quiero descifrar quién es ella, la que se presenta por partes. Leí demasiadas novelas negras.
Estoy llegando a la ventana. Apago mi cigarrillo imaginario en el piso, con un movimiento circular del pie.
Me acerco y ahora me engolosina con su boca. Los orificios de la nariz se le ensanchan en la respiración. Percibo el deseo. Sigue ofreciéndose en fragmentos, como si la totalidad de ella me estuviera vedada.
Ya formo parte de la oscuridad del interior. Sus labios se abren, desnudando el marfil afilado de sus dientes hambrientos de mí. Y entonces sonríe.



(300 palabras)


©  Mirella S.   — 2019 —





martes, 18 de junio de 2019

El vestido rojo




Anabel iba con frecuencia a las ferias americanas. Toda su ropa la compraba allí. Le gustaba percibir energías desconocidas, palpar las vivencias que susurraban las telas sobre sus ex dueños.

Su amiga Mora le preguntó si no tenía miedo de que esas prendas hubieran pertenecido a mujeres amargas o con malas vibraciones. Ella le contestó que al elegir una blusa o una falda primero la recorría con sus manos y algo en la punta de sus dedos la incitaba a elegirlas o descartarlas.

Mora la miró torcido, con una sonrisa despectiva, no pudo contenerse y le dijo que su estilo carecía de personalidad. Combinaba mal los colores, estaba fuera de moda, lo que usaba la volvía insípida en vez de resaltarla y que, por otra parte, sus ideas sonaban extravagantes.

Anabel rió, echando la cabeza hacia atrás y mostrando, entre los pliegues desteñidos de la chalina, la porcelana pálida del cuello.

—Me extraña, Mora ¿todavía no me conocés? —habló con una amabilidad genuina—. Somos muy distintas, lo mío es descubrir enigmas, a vos te encanta aparentar, mostrarte en primer plano. Te gastás el sueldo en pilchas y accesorios.

*

Tiene razón Anabel, no sé cómo voy a llegar a fin de mes, piensa Mora, mientras chequea el saldo de su tarjeta de crédito. Imposible faltar al cumpleaños de su jefa, una finolis total a quien detesta. Imposible aparecerse con ropa ya usada en otras ocasiones. Recordó la feria americana y decidió ir a curiosear. No se lo dirá a Anabel, después del ácido comentario que le hizo.

Entró al local, había pocas personas y lo recorrió lentamente, revolviendo entre los percheros con la nariz fruncida, como si de ellos se desprendiera un mal olor. El único que llamó su atención fue un solero rojo de material sintético que simulaba ser de encaje, con un precio convenientemente económico.

Le quedaba pintado. Era bastante audaz, cortísimo, con breteles finitos y un escote de vértigo. A Mora no le molestaba: hay que lucir lo que la naturaleza te da, decía siempre.

Recordó el recurso de Anabel y pasó las yemas de los dedos a lo largo de la tela, en una caricia lenta. Percibió una leve electricidad que atribuyó al nailon del género. Le había ocurrido con otras prendas con un alto porcentaje de poliéster, que solía descartar, pero este vestido estaba forrado con tafeta. Ahora no podía permitirse exquisiteces y menos gastar en la arpía de su jefa, siempre lista para la palabra descalificadora, el gesto sarcástico.

*

El día de la fiesta se alisó el pelo, se vistió y se puso unos aros importantes. Al solero lo sintió más ajustado que cuando lo probara en la feria la semana anterior. No podía haber engordado con la escrupulosa dieta vegana que seguía.

Una incomodidad inesperada se le instaló en el diafragma, le costaba respirar, era como estar dentro de un corsé que se ceñía cada vez más a su cuerpo. No lograba desprender el cierre en la espalda.

Tambaleante, se dirigió a la cocina y tomó un cuchillo. Intentó meterlo en el escote para rasgar la tela. No lo logró, estaba tan adherida como si fuera una segunda piel que le quitaba el aire.

De haberla tenido cerca, se lo habría clavado a su jefa ¡esa hija de puta! gritó, como si el grito le hubiese permitido romper las costuras y liberarse.

En su paroxismo asió el cuchillo con las dos manos y empezó a tajear el vestido, hundiendo la punta de acero en los arabescos del encaje, cada vez más profundo, cada vez con más furia. Volvió a repetir hija-de-puta, ahora en un murmullo entrecortado y se dio cuenta de que el insulto iba dirigido a Anabel.

El rojo del vestido se convirtió en carmín, que goteaba a lo largo de su cuerpo como una lluvia incendiada.


©  Mirella S.  —2019— 




martes, 9 de octubre de 2018

Loba



Mira la hiedra esmeraldina, que despaciosa pero persistentemente, trepa por el muro descascarado, casi infame de la casa. La hiedra se vuelve tupida, alberga entre sus hojas diminutas arañas, que con sus telas, contribuyen a fortalecer la cobertura. Ella también quiere un manto para cubrir sus zonas rotas, la carne carcomida hasta los huesos, así ve su vulnerabilidad.

Hubo un tiempo en que abandonó el vestido de caperucita, hecho jirones por el uso prolongado. A pesar de aferrarse a esos harapos, no se identificaba más con ellos ni la representaban. Al menor descuido aparecían los mechones de pelaje áspero o los colmillos ansiosos de la sangre de los que la vejaron.

Hubo un  tiempo que desconocía su parte loba y los hincaba sin piedad en sus brazos y piernas, como si todo hubiera sido culpa suya.

Había cerrado su alma con un candado para permanecer en un limbo ceniciento. No bastó, los otros lobos, cazadores natos por cuyas fauces goteaba su rapacidad, estaban al acecho allí afuera.

Llegó el día en que no sostuvo más el rol pasivo, rompió el candado con el poder de sus uñas y encaró a los depredadores. Eran demasiado fuertes y ella no pertenecía a la manada. Notó que sus manos nervudas, capaces de rasgar con desesperación, temblaban. Sin embargo, no retrocedió, se mantuvo hasta que la derribaron.

Ya no valía la pena levantarse, se enroscó sobre sus heridas y esperó la muerte, la liberación última que no sobrevino. La loba se había convertido en una perra apaleada y lo único que le quedaba era el orgullo. Se había arrancado los harapos de caperucita y estaba desnuda. Buscó refugio y fue cuando encontró el muro tapizado con la hiedra.

Le gusta la idea del vestido verde, húmedo de lluvia o tibio de sol: un escudo de hojas, espeso y flexible a la vez. Algo se expande en su interior con ese repentino acercamiento a la naturaleza. Se detiene a observar los matices del cielo, fantasea de cómo las nubes, incentivadas por el viento, hacen caminar a la luna.

Pero la soledad, la carencia de un gesto amigable, la fracturan en esquirlas de hielo sin destino. Solo le queda el instinto animal de la supervivencia y un brumoso sueño verde con olor a tierra salvaje.

Se mira en un charco: las mejillas son blancas como el marfil joven y los ojos están velados como un paisaje de agua. En su garganta crece un aullido, los sollozos no parecen proceder de ella sino de un ser acongojado y frágil oculto en algún lugar de la noche.



 ©  Mirella S.   — 2018 —





martes, 15 de mayo de 2018

La búsqueda

Imagen: Mustafa Dedeoglu



Recorre las calles y observa con atención. Aún no encontró esas palabras, las palabras que exclusivamente le hablan a él. 

Muros, portones, incluso las cortinas metálicas de los negocios solo ofrecen su desnudez, el polvo chorreado por las lluvias, a lo sumo jeroglíficos incomprensibles, iniciales y firuletes hechos con aerosol o aquellos graffitis escritos con fibras, que terminan por diluirse junto a la mugre. 

De tanto en tanto aparece el contorno de un corazón solitario, sin la flecha que lo parta en dos. Vamos, eso se dibujaba en otras épocas, cuando el amor dolía más; pero él sabe que es una afirmación falsa: el amor siempre duele en algún momento. Qué absurdo, cómo puede opinar si nunca estuvo enamorado, ni siquiera está seguro de que esos desgarros internos que sintió tengan que ver con el amor. El amor verdadero —se lo dice como quien repite el texto de una lección— si es verdadero no duele, al contrario, da alegría y ensancha por dentro. 

No debe perderse en digresiones, únicamente quiere encontrar la frase destinada para él. Si no la encuentra seguirá arrebujándose en la cueva de la incertidumbre en la que vive desde que tiene memoria.

Una vez, en un sueño sigiloso, él iba por una calle escasamente alumbrada y se arrastraba —como uno se arrastra en ciertos sueños, con lentitud y desgano— cerca de un paredón lleno de inscripciones y dibujos. Sus ojos semi entornados no conseguían ver lo que estaba escrito. Avanzaba como una oruga cansada.

Un escrito hizo que se detuviera. Su mano se extendió durante una eternidad hasta alcanzar esas letras que lo incitaban. Las tocó, igual que si las estuviera escribiendo. El revoque del paredón era tosco y le raspaba las yemas, pero continuó en su caricia porque esas cuatro palabras iban dirigidas a él. Eran cuatro, el único recuerdo certero que le quedó.   

En la penumbra apenas podía ver esas letras negras en la calle oscura de un sueño inverosímil, como todos los sueños. Y el observador lúcido que forma parte del soñador, le sugirió que buscara el nombre de la calle para encontrarla en la vigilia. Sus pies reptaron hacia una esquina ignota, con un farol sumergido en el follaje de un árbol. Vio el cartel y solo logró leer la primera letra, una “D”. El resto desaparecía en la hondura de la noche. 

Cuatro palabras perdidas que eran para él, una “D” y un árbol alto y frondoso en una esquina. Esa ha sido su búsqueda por años, que ahora se alarga hacia suburbios cada vez más ajenos. Como un ladrón de su propio sueño, él persigue aquellas cuatro palabras para que le despierten el alma.




©  Mirella S.   — 2010 —





lunes, 22 de enero de 2018

A sus espaldas



Trata de ablandar con el tenedor de plástico los grumos del puré para hacerlo más comible. La mujer que ella cuida escupe todo lo que no sea homogéneamente cremoso, ya no quiere masticar. En los hospitales públicos no se pueden pedir delicadezas: la precariedad  y la inoperancia gobiernan.

En el que la enviaron todo se derrumba sin remedio, se oxida, descascara y emana un olor envilecido que ni los desinfectantes logran disimular. Se encuentran en la terapia de la guardia, en la que hay una docena de camas desvencijadas que ya no cumplen con sus funciones originales. La antesala de la muerte para muchos —piensa— y para los más afortunados, el paso previo a la sala común, en el caso de que dispongan de sitio.

Sigue con su tarea cuando detrás de ella algo la alerta. No se da vuelta. Procura, en vano, que la mujer abra grande la boca para introducirle la cuchara con el puré. Es una lucha cotidiana que la deja sin fuerzas y con dolor de cintura por la posición inclinada.

Sin embargo, y a pesar del calor apenas removido por los ventiladores de techo, un largo estremecimiento le tensa los omóplatos. Apoya la palma de la mano en su nuca: está fría.

Intuye la presencia de la indeseada, la temida. ¿Se acerca? La mujer a la que cuida está desahuciada y en sus cada vez más escasos momentos de lucidez, lo sabe. Hace como que no le importa, probablemente no sea así, una parte de ella se aferra con tenacidad a algún borde de este lado. Puro instinto de supervivencia.

La que la cuida, en cambio, el abismo de lo desconocido no le produce temor, sí la lenta agonía, la avidez del dolor que se encarniza y se expande por los cuerpos enfermos convertidos en materia que se desintegra, aún antes de que la sombra helada se apodere de cada una de sus células.

La presiente a sus espaldas con una particular sensibilidad.

La mujer come con los ojos cerrados, apenas entreabre los labios y el puré chorrea por una de las comisuras. Con la servilleta la limpia, mientras escucha movimientos alrededor de la cama vecina, pasos que se acercan y se alejan, susurros.

Espera unos instantes más y gira la cabeza para observar. El hombre de la cama contigua yace boca arriba, le han subido la sábana para cubrirle la cara.

No se equivocó, la ominosa ha hecho su visita y se fue con su trofeo. Por ahora siguió de largo, todavía no es tiempo de la siega.

Ellas son dos mujeres solas que esperan.



©  Mirella S.   — 2018 —



Este texto lo escribí hace un par de semanas y no pensaba publicarlo.
La escena ocurrió en noviembre, poco después de que mi hermana fuera internada.
La visitante nefasta le concedió dos meses más de sufrimiento.
Apareció el jueves pasado y se la llevó.

Hasta cuando me sienta mejor. Un abrazo enorme para todos.



lunes, 6 de marzo de 2017

Hálito de viento oscuro




El leitmotiv de un tiempo sin horas es doblar por algunos de los múltiples ángulos y enfrentar un túnel. Ella es un tizne más que se confunde con otros que se ignoran. En las primeras épocas captaba formas, a veces ojos en los que aún vibraba alguna llama o ya, irremediablemente, vueltos cenizas. De a poco, la fisonomía particular de cada uno, fue diluyéndose en deformaciones de materia muerta.

Sabe que también se desintegrará, es el destino de todos los que habitan el país subterráneo. Apenas si queda un punto, un rastro brumoso, una nostalgia de lo que han sido. Aquello que subsiste es el dolor, sus nervaduras no se alisan, al contrario, se engrosan e impulsan al desplazamiento por los túneles. El agobio del dolor marca la hoja de ruta a ninguna parte.

Moverse resulta mejor que estarse quietos en un rincón. En ese mundo se borran los deseos, pero en ella habita uno que le otorga un halo que en muchos se ha extinguido. Ella irradia una tenue aureola de esperanza, como una constelación turbia que se resiste  a desaparecer en la profundidad de la nada.

Por momentos se detiene para escuchar si le llega el eco redentor de su risa o el ritmo de sus canciones. Antes de que ella cerrara los ojos definitivamente, lo último que oyó fue su voz, como de vidrio quebrado, que le prometía remover cielo y tierra hasta encontrarla y llevarla de nuevo a la luz. Él utilizará su talento, cautivará a quien fuera con su música, extrayendo las notas más exquisitas que le abrirán todas las puertas.

En su deambular, ha encontrado una claridad impura que, trabajosamente, interrumpe la penumbra que ya la constituye. Aunque nadie hable hay reglas, advertencias que se conocen como si estuvieran escritas dentro de las sombras que son. Ella sabe que es un umbral por el que ingresan los nuevos y lo ronda con asiduidad.

En cuanto oiga las notas órficas del saxo, la melancolía de un blues, ella reunirá los retazos de niebla de la que está hecha y lo esperará del otro lado de la entrada.

Pero no hay relojes para medir el tiempo, es un segmento ininterrumpido, siempre igual a sí mismo.

Y antes nunca nadie ha salido.

Cuando en ese presente infinito comprende esa ley, decide apartarse del portal. Aún perduran en ella los restos de la posesión. Ya no lo ama, su único anhelo es irse y él, con su promesa la ha mantenido en un plano imposible de seguir sosteniendo.

No lo ama, no puede, no tiene con qué. No desde la agonía del recuerdo  —cada vez menos nítido— de su cuerpo, de su música que le extasiaba el alma.

Comienza a apartarse del hueco rojizo, busca los túneles más lejanos. Si él viene a rescatarla no la debe encontrar. Es solo un hálito helado de viento oscuro.



©  Mirella S.   — 2017 —





miércoles, 22 de febrero de 2017

El tiempo perdido

Foto de Loomis Dean


El libro, como una cosa viva, cae de las manos del hombre y se desmiembra en rígidas láminas amarillas. Al agacharse para recogerlas sus rodillas crujen en un acto de protesta. Mira el título en la tapa: En busca del tiempo perdido 1. Su garganta produce el eco de una risa, no lo había leído.

Al dar vuelta la primera hoja descubre la dedicatoria, larga, escrita con una letra menuda, femenina. Necesita los anteojos.

A medida que avanza en la lectura, debe detenerse para desechar imágenes que se interponen, nublando las palabras. El libro forma parte de un pasado tan remoto, que los recuerdos surgen descuartizados, igual que sus páginas. No logra precisar en qué año ella se lo había dado y una ola de ira le pulsa en las sienes cuando ve que le auguraba un feliz año nuevo sin mencionar cuál. Acaso no se suele poner siempre una fecha debajo de la dedicatoria, claro, ella en todo fue distinta, no entraba dentro de los cánones esperables.

Apoya una mano en el pecho como para apaciguar la repentina opresión que se extiende y le corta el aliento. Me fijo en la fecha para escapar al contenido del mensaje, dice, mientras con el pulgar y el índice presiona sus párpados. Aunque no quiere plegarse a recuerdos, ellos vienen solos, el escrito les ha abierto la puerta. Allí están con su olor rancio.

Cuando ella le dejó el libro en el buzón, ni siquiera lo había abierto. Lo guardó en un estante alto de la biblioteca para que las telarañas lo vistieran con las babas del olvido. Tuvo que haber sido ese año nuevo, el primero que no pasaron juntos. El texto menciona la “crisis”, recién se entera que la consideraba una crisis. Él había sido bien explícito al decirle que no aguantaba más la situación. Las mujeres encarajinan todo. Ese tipo de mujeres, las inalcanzables, tortuosas, que levantan muros de silencio, de miradas evanescentes y comunicaciones lacónicas. Son resbalosas como anguilas y uno se queda con las manos deshabitadas, dice en voz alta.

Se acerca a una intimidad antigua, que duda haya existido. Antes de la ruptura, la había asediado como a una fortaleza inexpugnable, se sintió un invasor bárbaro, que con sus armas precarias, pretendía conquistar la ciudadela. Una y otra vez se había topado con un témpano imposible de derretir. Y a mí se me terminó helando el deseo, murmuró turbiamente.

No siempre había sido así, pero del período previo no guarda registro. ¿Cuántos años pasaron? Más de treinta, si la memoria no le falla. Hoy se entera de que él fue su gran amor, que no podrá olvidarlo jamás.

Jamás, que palabra presuntuosa, inexistente. Él tardó en disipar la delicadeza de sus facciones, devoradas por los ojos irrefutables. Una mañana, al despertarse, se presintió libre y se instaló en la gris y ordenada apariencia de las cosas. Esporádicamente iba de cacería de conejitas tiernas y superfluas.

Pasa la punta de los dedos por la página escrita. Ella, con su ambigua intensidad, le había arrebatado un largo tiempo. Cómo luciría hoy ¿con las mejillas craqueladas, el pelo color estopa, la espalda gibosa?

Qué importa, si ya está muerta para mí, exclama con esa vocación que ha adquirido de hacerse comentarios en voz alta. Mentira, de alguna manera se las ingenió para quedarse en mí. No se olvida ni se borra a quien se amó como se borra un nombre del pizarrón. En vano se intenta taparlo con otros.

Camina unos pasos hacia la ventana abierta de noviembre. Se asoma, con un gesto brusco, imprevisto, como si el brazo no le perteneciera, tira el libro al vacío.



©  Mirella S.   — 2017 —



viernes, 28 de octubre de 2016

Desde el balcón




Es mayo, los días se acortan, el aire se afina, cierro los vidrios. Por las noches ver las ventanas que se encienden me reconforta. Desde mi balcón veo la ciudad vertical que estira sus dedos hacia el cielo oscuro de los dioses, queriendo alcanzarlos con sus torres y antenas, en el afán de ser un ínfimo dios más. El cemento alberga secretos, culpas, protege a los recién nacidos o los desampara, a las que amamantan o aquellas con los pechos vacíos. Protege; también abandona, sacrifica.
La ciudad: con tantas historias como tantos ojos abiertos o cerrados contenga. A solas, en el balcón, las conjeturo para distraerme y no pensar en la mía. Sin embargo, alguna vez cierta tecla se dispara, el corazón late veloz, la garganta se obstruye y pienso que la vejez por fin vendrá, entonces estaré a salvo de las nostalgias que todavía no pude desterrar. Los años me cubrirán con su manto de cenizas y lo que me reste por vivir se deslizará sin ansias.
Tampoco es seguro que eso ocurra. He tenido demasiados deseos en estos treinta y cinco años. Ignorarlos es una mala táctica, resurgen en los sueños, en momentos impredecibles: chispas que se escapan de una esperanza aún indómita.
Para olvidar mi historia, absorbo las que mis alumnos me participan. Ven en mí a alguien confiable, que no juzga, escucha y no interfiere con anécdotas personales. No podría, lo único que quiero es suprimir de mi memoria aquellos tres días abominables.
Y para eso tengo que borrar mi vida, como si hubiera nacido hace un año, cuatro meses y quince días, porque al rememorar las buenas épocas, ineludiblemente, algo tenebroso se cuela en el recuerdo y caigo en el horror de lo ocurrido.
Para ciertos actos infames —ese acto infame—, hay que inventar palabras, sonidos, no se lo puede nombrar sin quedar destrozada. Si me asaltan esas imágenes improviso onomatopeyas con muchas consonantes, cuya pronunciación termina siendo un gruñido. La vez siguiente tendré que buscar nuevas porque olvido el orden de las letras. Esto ocurre después de una pesadilla, cuando las escenas vuelven a repetirse.
La ciudad quedó afuera, la miro desde el balcón, mientras espero a mis alumnos con sus historias o, por las noches, las que imagino detrás de cada ventana. 
Pía, a quien doy clases de refuerzo, una tarde me dijo: la felicidad tiene el sabor de las frambuesas, y sus ojos estaban iluminados, igual que las ventanas nocturnas. Mordí esa pequeña porción de fruta que ella me brindaba y algo se me dulcificó por dentro.
Liria es el nexo entre la ciudad y yo; me trae todo lo que necesito. Dejé de extrañar las caminatas por calles arboladas, los cafés de las librerías, los reflejos líquidos en el asfalto después de la lluvia, ir a un recital o a mis cursos de pintura. Al principio mitigaba esas nostalgias convenciéndome de que me salvaba de los empujones, las largas filas, la basura acumulada en las esquinas, los bocinazos, mirar por encima del hombro con desconfianza.
Sí, he resignado mucho, detuve un engranaje y una parte de mí funciona en automático, da clases, escucha los relatos de los alumnos, mira la ciudad, cuyas luces opacan las estrellas. No hay nada más desvaído que el cielo urbano.
Cuando me encontraron en la zanja y volví a la realidad, mi primera conexión fue con el cielo negro, regado de mercurio como solo se ve en el campo. Me sentí cubierta por ese sayo frío, impersonal, que no se espantaba por mis laceraciones internas y externas. Ese contacto, creo, me permitió seguir viviendo, me preservó de las miradas de lástima, de las preguntas torpes, del dolor por no haber muerto, por ser mujer y sentir una vergüenza que no me correspondía.
El otoño progresa y —a pesar mío— voy ingresando en la añoranza de los proyectos truncos, de un amor que llega, de las menudas alegrías cotidianas. Leí una vez que la infelicidad es la expresión del miedo.
Quizás en el recogimiento natural del invierno intente nombrar lo innombrable como una forma de purificación de lo que fue ensuciado, consiga restañar lo que ha sangrado tanto  y —definitivamente— logre pronunciar esas palabras en voz alta. Por las que sufrieron lo mismo, por mis estudiantes. Sobre todo por mí.



©  Mirella S.   — Noviembre 2012 —




martes, 12 de enero de 2016

Deshacer






Mirar hacia adentro —una costumbre que trae en su esencia— sirve para alejarlo del dormitorio, tapiado con cortinas gruesas que atajan la claridad del amanecer y desdibujan lo que está enroscado en la cama revuelta.

Aunque no pueda verse, sabe que sus mejillas tomaron el color de la cera, los ojos inaccesibles, como de niebla. Entre los dedos todavía sostiene la sedosidad del lazo de la bata.

¿Será suficiente con cerrar los párpados, igual a persianas que se bajan al horror, para deshacerlo todo?

La penumbra lo acuna, permanece inmóvil, espera que los fragmentos pulverizados de la luz decanten, que no comience el día, que el mundo se congele en ese momento. Hasta surge la ilusión de que, tal vez, consiga recomenzar o, simplemente, estar en calma como si nada hubiera pasado.

Después las cortinas ya no detendrán la potencia del sol y cuando abra los ojos la luminosidad no penetrará en sus pupilas como hebras de vida, no lo calentará, asumirá que lo que hizo no puede ser deshecho.

Ha quedado allí, en esa cama, a su lado, enfriándose.


©  Mirella S.   — 2015 —