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lunes, 20 de mayo de 2019

Reportaje




—Quisiera hacerte unas preguntas íntimas ¿me permitís?

—No tengo demasiadas respuestas.

—¿A qué se debe?

—Dejé de investigarme. Empezó a ser aburrido, rondar sobre los mismos pensamientos, los temas de siempre.

—Mencioname algunos.

—El dolor, el fracaso, la soledad, la muerte.

—La muerte ¿qué pensás de ella?

—Una gran salvadora, el cierre digno de una vida plagada de miserias. Para mí es un ángel bondadoso y liberador.

—¿De qué te libraría?

—Ante todo de mí mismo, el peor enemigo. Afuera hay crueldad, injusticia, camuflajes. Pude amortiguarlos con la armadura blindada que me fabriqué. En cambio, no pude blindarme de mí.

—¿Con el amor también te acorazaste?

—No, cuando llegó estaba aún desprotegido.

—¿Fuiste feliz?

—Mucho, al principio.

—Tu voz tiembla, no te endureciste totalmente.

—Con ella, no. Jamás lo logré. Nací con un alma procelosa y cuando nos encontramos la miraba como alguien que desde las sombras descubre un muro blanco, inundado de luz.

—¿Y qué pasó?

—Sabés perfectamente qué pasó ¿para qué me lo preguntás?

—Quiero oírlo, sin divagues tortuosos, sin que lo falsees con tu autocompasión. Quiero oírte, ubicándome en la vereda de enfrente, con la poca objetividad que nos queda. ¿Por qué te derrumbaste en este abismo?

—Se nos murió o te olvidaste. Estás contento ahora, hijodep…

—No te alteres, no tuvimos la culpa. Acaso no acabás de decir que la muerte es un ángel liberador.

—Para mí, que ya soy un zombi. Ella era la imagen de lo vital, mi jubileo privado.

—¿Considerás que lo fue únicamente para vos? Yo, desde tu otra faceta que despreciás, también la amé.

—Sí, esa posición tuya que nunca logré desactivar: todo pasa por algo, hay que aceptar y seguir, atesorar lo positivo… bla bla bla.

—Si me dieras cabida no te sentirías tan mal. Tus horas (nuestras horas) no serían tan irrelevantes, tratando de existir lo menos posible y mirar la vida como uno que desde un tren ve pasar el paisaje. Me dejaste abajo, en la última estación.

—¿Querés subirte a este tren rumbo a la nada?

—Buscaríamos objetivos, proyectos, un sentido. Tal vez, nos abriríamos al amor nuevamente y...

—Cerrá ese pico de loro, sos un cobarde que esgrime el optimismo como un escudo porque le teme a su propia oscuridad. Y aunque no te guste yo soy esa oscuridad. Aquí terminamos este reportaje absurdo.

—No me doy por vencido. Al menos conseguí removerte de la inercia, que la sangre vuelva a circular, volcánica, que tus ojos se incendien con el fuego de lo vivo. No sabés mostrar la furia, te la guardás tras tu máscara de indiferencia y de una sonrisa vitriólica. Aunque no te guste, seguiré aquí, acicateándote.





©  Mirella S.   — 2019 —





lunes, 14 de enero de 2019

Medusa

Ilustración: Daria Hlazatova



Cuando él es capturado por sus viajes, la cama parece abarcar toda la habitación y soy una minúscula isla en el centro de tanta soledad. El desvelo germina en mis párpados y convoco al sueño relatándome historias, en las que siempre hay un hombre y una mujer que se acechan.
El hombre no es él ni la mujer soy yo. Para que duela menos les diseño caras que modifico cada noche. A veces las veo imprecisas, otras identificables. Las necesito, sin esas compañías no logro adormecerme. Invento situaciones, diálogos, los pronuncio en voz baja, como parlamentos de una novela de la tarde que la almohada irá absorbiendo.
Entrecierro los ojos e ingreso en la dimensión de los sueños, donde él y yo nos perseguimos por callejones sinuosos.
Es en esa realidad que recobramos nuestro aspecto: él, oscuro y sarcástico, con manos de halcón y una boca que muerde besos; yo, con el cuerpo firme por el hierro de mi voluntad, persisto en hallarlo en ese dédalo por el que deambulamos.
Sin embargo, he notado que mi apariencia ha ido mutando, tanto en mis fantasías como en mis sueños. Ella ahora se muestra siempre con la misma cara de ojos abismales, el pelo de Medusa, que culebrea en el aire nocturno. Y es él quien busca, mientras ella-yo nos ocultamos.
Dice —decimos— frases que no pertenecen a las historias que solía contarme. Noche tras noche ella es sol y yo una luna sin luz propia, apenas consigo el reflejo que su condescendencia quiera darme. 
Él también cambió, ha perdido su vuelo majestuoso y es un gorrión que pía sin hallar el nido. 
Su último viaje se prolonga, y en una comunicación plagada de interferencias, me avisa que las negociaciones se complicaron y no llegará a tiempo para nuestro aniversario.
Es entonces que la mujer nocturna se instala también en mis días. En flashes la veo que me observa desde una esquina o su cara aparece y desaparece en la multitud. Aparto los ojos para no convertirme en piedra.
Una mañana la presentí a mis espaldas. Giré imprudentemente y nuestras miradas se cruzaron.


Hay una mujer que me sigue, como si tuviéramos una cita impostergable. La encuentro en lugares a los que llego por pura casualidad. Está en el colectivo, en un café en la otra punta de la ciudad, en la fila del banco.
Tiene un aspecto luctuoso y las mejillas transparentes como pétalos de hielo. Esconde los ojos, los entorna cuando la descubro. No le doy importancia, estoy ocupada en los preparativos del viaje. Él me rogó que fuera, no sabe cuánto va a demorar y quiere que vaya. Dice que le falto, me prometió que no se irá más. Me da lo mismo, igual voy a dejarlo, pero no pienso perderme ese mar ni los paseos por las grutas con los ecos.
Hoy sucedió algo extraño, por primera vez la mujer fantasma me miró a la cara con ojos que empezaban a morir. También la miré y quedó petrificada, como una estatua.



©  Mirella S.   — 2014 —




martes, 4 de diciembre de 2018

El desarraigo de los tulipanes




El cuaderno, clausurado por telarañas y polvo, cayó al piso mientras Emiliano removía el estante alto del placar del dormitorio. Lo alejó con el pie, su atención puesta en destrabar la tabla. La cabaña estaba en peores condiciones de lo que le había parecido cuando la vio por primera vez. Él se las ingeniaría en convertirla para Lola en su hogar soñado.
Era habilidoso y rápido. Lola llegaría en tres semanas. Iba a sorprenderla, sabía sus gustos: mucho color marfil. A las puertas, las contraventanas y al exterior de troncos les lavaría la cara con una buena capa de barniz. Y dignificar la madera de los pisos con una pulida a fondo.
Dos habitaciones, una cocina angosta y una esquirla de baño: es todo lo que te permite tu presupuesto, por algo se empieza, se dijo. El moño del regalo va a ser el panorama, las montañas verde azul de la precordillera y el bosque, con la luz de la tarde que se estanca en los pinos. Hasta conseguiste un laburo y pronto vendrá Lola, qué más podés desear.
La primera semana fue de rasqueteo, lijar mugre y pintura, que de tan vieja se caía como una cáscara, desnudando las piedras angulosas que revestían las paredes del comedor.
A quién se le habría ocurrido pintar esas lajas, le daban un toque rústico al interior. Pero a medida que las limpiaba vio las grietas que atravesaban las piedras. Emiliano las recorrió con los dedos y sus yemas temblaron ante el contacto, como si percibieran la vibración de algo vivo que salía de ellas.
A la noche, con la fatiga estrujándole los músculos, se metió en la bolsa de dormir. Los ojos no querían cerrarse, vueltos hacia la negrura infranqueable del cielo patagónico.

Se olvidó del cuaderno, hasta que las pajas de la escoba golpearon algo duro y Emiliano se agachó para ver: a las telarañas se le habían pegado escamas de pintura, formando un nido. Lo sacudió y asomaron unas tapas arqueadas por la humedad. Les pasó un trapo y abrió el cuaderno.
Las hojas tenían el color y la consistencia del cuero; de las rayas brotaba una letra desvanecida en el tiempo. Había algunas fechas, como si fuese un diario, pero sin el año. Lo apoyó en el cajón de manzanas que le servía de silla y lo hojeó a la hora del sándwich. Lo que leyó le resultó misterioso.
No pudo darse cuenta si lo escribía un hombre o una mujer. Seguramente una mujer, los hombres en el mundo de Emiliano no se dedican a escribir diarios, acá hay que laburar, este palabrerío no sirve para llenar la olla.
Esa tarde hizo varios recreos; permanecía junto a la ventana del oeste y miraba, sin ver, la silueta de los pinos contra un cielo violento de nubes. Después de la cena austera, recorrió varias veces los escasos cuarenta metros cuadrados de la vivienda y trató de descifrar la inquietud que lo llevaba a esa inercia. Voy a ponerme las pilas, mañana lo dedicaré a las rajaduras y si no quedan bien, no habrá más remedio que pintar. Tonos marfil, para Lola.
Por fin se acostó, acercó el sol de noche y abrió el cuaderno:

 “17 de mayo. Sigo en el intento de descubrir aquello que está en mí y digo que no soy. Que me constituye pero al que no tengo acceso, como si estuviera prohibido (¿por mí?).
Si lo logro cabe la posibilidad de que las verdades que diseñé minuciosamente se derrumben, entonces quedaré suspendida en el aire, sabiendo que en cuanto pierda concentración o abandone el control caeré en un limbo, permaneciendo en un estado como el del sueño, donde todo es permitido porque se olvida…”

Era una mujer nomás, una de esas colifatas tragalibros a quien el aire de la montaña había trastornado. Emiliano apartó el cuaderno igual que si fuera una alimaña peligrosa.
Qué embromar, a mí me importan las cosas de todos los días, no me hago preguntas que no sé contestar, soy práctico, un flaco común, sin pajaritos en la cabeza, como polenta y arroz para ofrecer a Lola lo mejor que esté a mi alcance y quiero transformar esta casucha vieja y solitaria en algo tibio. Mi única preocupación es cómo voy a pagar el préstamo. Soy lo que soy y no me interesa saber lo que no sé que soy.  No tengo tiempo.
Emiliano sintió un furor ardiente, desconocido en él, siempre tan manso. Miró el cuaderno que yacía en las sombras, no le pudo echar la culpa de su rabia.

Avanzó poco en el trabajo. La demora provenía de las fisuras: se habían agrandado y por más que les metía la mezcla, que empujaba con la punta de la cuchara para llegar hasta el fondo, el relleno parecía ser absorbido por una boca ávida y no conseguía llevarlo al nivel de la pared. Hasta que la mezcla se le acabó y las grietas siguieron expuestas. Heridas que no cicatrizaban. Las entrañas de las rajaduras están vacías, tienen hambre y yo les doy mi comida. Empezó con la pintura en el comedor. Al blanco de la lata le agregó un chorrito de ocre. Mientras lo revolvía vio que iba a quedar muy oscuro. Un asqueroso color mierda. ¡Sobre llovido, mojado! gritó con voz ronca. Pintó furiosamente tres paredes, lo voy a aclarar con la segunda mano, dijo. Abandonó antes de lo previsto y fue a sentarse en un tronco en la parte de atrás de la casa. Sostenía el cuaderno, no recordaba haberlo tomado. Leyó:

 “8 de junio. No hay verdades sino microscópicas construcciones mentales, ladrillos apilados de un muro que me preserva y le da sentido a cada acto, a cada afirmación (o negación). ¿Qué pasa si los ladrillos se desmoronan?
Tengo pánico por todo lo que pueda destruirse, pero también por lo inmutable. Habría un abismo negro que me tragaría, quedando a merced del vacío (vuelve la extorsión del vacío). Esporádicamente tiro algunos ladrillitos, los reemplazo por otros, y después del dolor que me dejó el pico o la maza al derribarlos, sobreviene esa felicidad absurda, porque me digo (y le digo al mundo): hice trizas lo que se cristalizó, me transformé, soy algo nuevo.
Otras reglas, otro orden, otras mentiras (siempre la misma estructura)...”

Emiliano, con una opresión en el diafragma, entró en la casa, miró el horror de las paredes. Si me apuro todavía lo puedo arreglar.
Sin embargo, el resto de la tarde merodeó adentro y afuera de la casa, sin tocar nada. Los bordes de los objetos por momentos se esfumaban y en otras ocasiones chocaban contra su cuerpo. La casa no me quiere, pensó, la casa pertenece a la mujer del cuaderno.
Bajó al pueblo, entró en el único locutorio y mandó un mail a Lola. “No avanzo en los arreglos, la cabaña tiene más problemas de los esperados, no sé si estará lista para la fecha que pensamos. Creo que voy a tener que trabajar en la maderera antes. No vengas por ahora. Te extraño.”
Abrió algunos de los muchos mails de Lola, con sus emoticones sonrientes y florcitas. Leyó frases sueltas, la boca apretada y el corazón frío como un molusco.
Dio una vuelta por el pueblo, hubiera querido preguntar a alguien sobre la cabaña, por la mujer que había vivido allí. Al ferretero, tal vez, un hombre viejo y conversador. Necesito más pintura blanca ¿me la fiará? Mañana voy a la maderera, trabajo unos días, pido un adelanto.
Con la cara hosca tomó el camino que subía hacia las afueras y lo arrastraba hasta la casa. Hasta el cuaderno.

“29 de agosto. El aislamiento y el desarraigo, no sé en qué orden, labran estas frases en una lengua que no es la mía, que aprendí laboriosamente. Da lo mismo cuál use, para ciertas intuiciones no hay idioma, incluso las palabras estorban y nunca terminan de decir lo inexplicable.
 Sin darme cuenta resbalé de una ciudad a otra, bajando de un hemisferio al otro, de lo pequeño y ordenado hasta casi los confines de la tierra, que resultaron tan vastos que ahogan más que los canales de Ámsterdam.
El espacio, todo este espacio para una mujer sola, en esta casa, con mi vaca, los pollos y dos perros sarnosos. Ah, y la montaña sagrada, su cuerpo irrefutable que se acerca al cielo y establece la última frontera que deberé acatar…”

Por la mañana no se levantó al amanecer según lo había planeado para hablar con el capataz. De pronto la casa era un útero que lo cobijaba y también lo atrapaba. Nunca se había puesto a reflexionar sobre sí mismo, a verse como si estuviera mirándose desde una ventana. Es la soledad, la falta de Lola lo que te ablanda el cerebro. Entonces se dio cuenta de que hacía días que no pensaba en Lola.
Una tarde tuvo frío, no el del invierno (era un febrero tibio), otra clase de frío. Limpió la chimenea que estaba en la cuarta pared del comedor, la que había quedado sin pintar y aún exhibía las piedras mohosas. Juntó ramas y el fuego crepitante le produjo una imprevista alegría, la alegría primitiva y cándida de cuando sos un pendejo y te creés todo lo que te dicen los adultos, ellos son los que saben, los que te enseñan cómo tenés que ser. La intrincada danza de las llamas, el calor que esparcían, el grato aroma de la madera al quemarse barrieron las preocupaciones de ser grande.
Ya había ido al pueblo para enviar un mail a Lola, sin besos ni nostalgias, un escueto no vengas, estoy atrasado. Emiliano.
Leyó el cuaderno entero. Seguía sin captar su contenido, pero cosas nuevas circulaban por los intestinos de su mente.

“16 de octubre. Cuando se dice salir al mundo ¿a cuál salgo, al de los demás? Sí, pero como el caracol voy con el mío a cuestas. No salgo desde la inocencia. Y desde mi mundo miro al de los demás. Amo a los que se me parecen o escapo si están en mis antípodas. Lo diferente, lo que no entiendo, me da miedo.
¿Cómo será ver desde los ojos de los otros? No a partir de la ínfima comprensión que consigo tener, sino con la más absoluta insensibilidad, que se convierte en una sensibilidad suprema porque me aísla de la contaminación de mis emociones, de las oscuridades caóticas que me dominan…
Si esto hubiera sido factible, si no hubiese mirado desde el anhelo de mis ojos, no habría traído a estas tierras mis bulbos de tulipanes, impropios ya de tanto viajar y no los hubiera sometido al exilio que me impuse…” 

Emiliano buscó dentro de la mochila y sacó una birome. Aún había hojas sin escribir en el cuaderno. Con su letra despareja, anotó:

“12 de febrero. El desarraigo de los tulipanes me acerca a la tierra, también a esa mujer que quiso plantarlos…”                          



©  Mirella S.   — 2011 —




martes, 9 de octubre de 2018

Loba



Mira la hiedra esmeraldina, que despaciosa pero persistentemente, trepa por el muro descascarado, casi infame de la casa. La hiedra se vuelve tupida, alberga entre sus hojas diminutas arañas, que con sus telas, contribuyen a fortalecer la cobertura. Ella también quiere un manto para cubrir sus zonas rotas, la carne carcomida hasta los huesos, así ve su vulnerabilidad.

Hubo un tiempo en que abandonó el vestido de caperucita, hecho jirones por el uso prolongado. A pesar de aferrarse a esos harapos, no se identificaba más con ellos ni la representaban. Al menor descuido aparecían los mechones de pelaje áspero o los colmillos ansiosos de la sangre de los que la vejaron.

Hubo un  tiempo que desconocía su parte loba y los hincaba sin piedad en sus brazos y piernas, como si todo hubiera sido culpa suya.

Había cerrado su alma con un candado para permanecer en un limbo ceniciento. No bastó, los otros lobos, cazadores natos por cuyas fauces goteaba su rapacidad, estaban al acecho allí afuera.

Llegó el día en que no sostuvo más el rol pasivo, rompió el candado con el poder de sus uñas y encaró a los depredadores. Eran demasiado fuertes y ella no pertenecía a la manada. Notó que sus manos nervudas, capaces de rasgar con desesperación, temblaban. Sin embargo, no retrocedió, se mantuvo hasta que la derribaron.

Ya no valía la pena levantarse, se enroscó sobre sus heridas y esperó la muerte, la liberación última que no sobrevino. La loba se había convertido en una perra apaleada y lo único que le quedaba era el orgullo. Se había arrancado los harapos de caperucita y estaba desnuda. Buscó refugio y fue cuando encontró el muro tapizado con la hiedra.

Le gusta la idea del vestido verde, húmedo de lluvia o tibio de sol: un escudo de hojas, espeso y flexible a la vez. Algo se expande en su interior con ese repentino acercamiento a la naturaleza. Se detiene a observar los matices del cielo, fantasea de cómo las nubes, incentivadas por el viento, hacen caminar a la luna.

Pero la soledad, la carencia de un gesto amigable, la fracturan en esquirlas de hielo sin destino. Solo le queda el instinto animal de la supervivencia y un brumoso sueño verde con olor a tierra salvaje.

Se mira en un charco: las mejillas son blancas como el marfil joven y los ojos están velados como un paisaje de agua. En su garganta crece un aullido, los sollozos no parecen proceder de ella sino de un ser acongojado y frágil oculto en algún lugar de la noche.



 ©  Mirella S.   — 2018 —





miércoles, 22 de marzo de 2017

Desjuiciada

Imagen Benoit Courti


Obedientemente, al llegar a su casa y como le indicaran, la mujer se cambió el tapón de gasas que presionaba la herida. Salió un manojo empapado de un carmín brillante. Un río tibio y dulce fluyó por su boca. Ya tenía listo otro montoncito de compresas que aplicó con cuidado y sostuvo apretando las mandíbulas. Dejó pasar media hora y repitió la operación con el mismo resultado.

Cada tanto separaba los labios y el espejo le devolvía unos dientes de vampiro que acababan de morder a su víctima. Con un hisopo intentó inútilmente limpiarlos sin abrir demasiado la boca. Un hilito ya se le escapaba por una comisura. No debía ni escupir ni agacharse ni hacerse enjuagues o buches.

El riachuelo manaba suave y sin pausa, encharcando la cavidad bucal. Inclinó apenas la cabeza y un surtidor, de un rojo impertinente, desbarató la blancura del lavatorio. No hubo merienda ni cena, solo algunos sorbitos de agua corrompida por el gusto de la sangre.

Casi había agotado el stock de gasas que, famélicas, absorbían el rico jugo que brotaba de lo que parecía un cráter. El festín de Drácula seguía.

Llamó por teléfono para pedir instrucciones. Oyó el ring-ring que se prolongaba hasta un corte brusco. Ni el contestador salta, pensó ella, que se había acomodado el enorme tapón para emitir algún sonido coherente.

Y así hasta que llegó la noche.

Respiró su propio miedo, se vio pálida, puro ojos, los labios salpicados con grumos que se iban secando. Se recostó en varios almohadones, la cabeza erguida, rodeada de pañuelos de papel, las gasas restantes y un tazón como receptáculo de su líquido esencial. No apagó el velador; la soledad le dio un mordisco y le expandió la sensación de que era la única sobreviviente de un mundo en ruinas. Pronto también el dormitorio se derrumbaría.

Imaginó sus venas cada vez más finitas y se preguntó qué color toman las venas vacías. Le costaba mantener las mandíbulas tensas, le dolía el cuello, pero si las aflojaba y entreabría los labios se le meterían esos moscardones que rondaban cerca de su cara. Intentó formar una barrera con las manos. De dónde vendrían si todos los vidrios estaban cerrados. Emitían un zumbido monótono, adormecedor y ella luchó para que sus párpados no se bajaran como persianas vencidas.

Cuando volvió a abrirlos el sol doraba las paredes. Tenía la boca seca, amarga, quitó las gasas amarronadas, con la lengua tanteó en la encía superior el hueco que había quedado después de la extracción de la muela del juicio. No dolía y la hemorragia había cesado. Volvió la mirada hacia la mesita de luz: allí estaba el tazón con la sangre y unos moscardones flotaban entre islotes de coágulos.




©  Mirella S.   — 2016 —







jueves, 27 de agosto de 2015

Umbrófila



El dormitorio está en penumbras y yo, como si colgara de la araña o flotara cerca del techo, me examino. 

Resulta perturbador verme dormir, no conozco mis expresiones y posturas habituales. Compruebo que mis rasgos están contraídos. Solo dejo ver el perfil. La mejilla derecha se hunde en la almohada, debajo del párpado el ojo se mueve inquieto, una de mis manos se crispa, espasmódicamente.

El sueño no es tranquilo. Desde mi ubicación noto algo que se materializa y se desploma sobre mi espalda. O la de ella, porque advierto una liviandad: eso que se ha apoderado de la otra, se desprendió de mí.

Me he convertido en una espectadora, una conciencia alerta que contempla un proceso.
La que duerme —y que unos minutos atrás era yo— se retuerce entre las sábanas en una lucha que terminará en un fracaso. Su boca es una llaga abierta, roja. Emite unos gruñidos roncos, de fiera acorralada.

Las manecillas del reloj despertador marcan las 5:00 AM. Pronto amanecerá y lo que soy ahora se fusionará con el resplandor que entrará por la ventana.

La que creía ser yo habitará en la zona oscura, dentro del cono de silencio que, progresivamente, se irá estirando por su cuerpo.


                   
©  Mirella S.   — 2015 —


martes, 16 de junio de 2015

La manta de los sueños


Óleo de Soledad Fernández



Muy a mi pesar, la cama está ocupando un rol predominante en estos meses. Al rehacerla, siento una pérdida: la de los sueños que todavía se demoran en los pliegues de las sábanas. No volveré a recuperarlos. Sé que vendrán otros, soy una soñadora prolífica.

Los que recuerdo son escasos, de ellos permanece una sensación indefinida y en cuanto me despabilo se diluye en el trajín diurno.

Debido a los estados de ánimo por los que fluctúo, empecé a unir los retazos persistentes que, por algún motivo, se habían anclado en mí como supérstites inclaudicables. Se ha transformado en una ceremonia y obtengo narraciones surrealistas, complejas de interpretar. Coso los fragmentos con la sutura de las palabras que me inspiran y he armado una especie de manta, con la que me abrigo durante los inviernos del alma.

Se lo conté a él; levantó los ojos del libro y me miró. Dos líneas le partían el entrecejo y edificó, músculo por músculo, una sonrisa que manifestaba la fatiga de su indiferencia.

Cuál es la finalidad, preguntó. Me arrepentí de habérselo compartido. No le di explicaciones, solo me encogí de hombros. Ya no teníamos ese lazo sutil que nos había acercado y que en el presente nos sujeta en una trampa.

Sigo acopiando lo que no olvido al despertar. Noche a noche la manta se alarga con su dibujo críptico. En la realidad me considero una loba solitaria que mira recelosa por encima de su hombro. En el ámbito onírico me expongo sin titubeos, con el protagonismo de una emperatriz. Voy y vengo por intrigas que se disipan al despertarme. Lo que perdura es la sensación de haberlas atravesado y de salir indemne, victoriosa.

Rara vez amanezco angustiada como me ocurría antes, sí con la percepción de enriquecimiento de quien descubre el reverso de la medalla que, de tanto ocultarlo, se ha adherido de tal modo al pecho que no lo puede dar vuelta.
Él —y otros que conozco—, buscan la felicidad con desesperación, casi con rabia, mientras yo hurgo apaciblemente en la tristeza y pienso que se logra ser feliz sin renunciar a la tristeza.

El tipo de dicha que ellos ansían es la fuente de mi congoja. Veo en los ojos de muchos —también en los suyos— la presunción de que en mí anida cierta insania.

Los sueños me liberan, vago por sus meandros sin temores, salgo fortalecida y dispuesta a ignorar las miradas reales, tan de carne voraz. 


A él, he dejado de soñarlo.



©  Mirella S.   — 2015 —





martes, 10 de marzo de 2015

Simplificaciones



Primero fue la rigidez en la nuca y sentir los párpados como dos piedras. Después algunos objetos se alejaron, perdieron consistencia y los sonidos se fueron atenuando. Demasiadas presiones en el trabajo. La vida transcurre por los carriles de la responsabilidad, los compromisos y un desconocimiento total de las necesidades íntimas. En la agencia estábamos en un momento clave de la campaña y no les podía fallar, imposible aminorar el ritmo. Recién era martes y el domingo me pareció una isla inalcanzable.
Salir a la calle, enfrentarme a un carrusel de colores y ruidos estridentes, me resultó casi un atentado a la cordura. Llego tarde, pensé. Atolondrada, corrí esquivando a los transeúntes que ocupaban las veredas. Me afirmé con fuerza en la correa de la cartera para restablecer el equilibrio. Lo extraño era ese impacto de irrealidad, cómo me afectaban caras, manos y piernas en movimiento. Los quioscos y sus hileras de revistas, desplegadas igual que las colas de pavos reales, el desperdicio de luces aun en pleno día, los cables entrelazados en tramas oscuras encima de las cabezas: todo carecía de sentido.
Tuve la sensación de haber caído en un paisaje surrealista, desmesurado e incomprensible. Cuando subí al auto no entendí para qué servía: era una máquina absurda que esperaba algo de mí. Sin que la mente participara, mis dedos, dueños de una memoria propia, pusieron el motor en marcha y se apoyaron en el volante.
Esa noche en lugar de uno, tomé dos somníferos. La alarma del despertador penetró a través de capas algodonosas y siguió con su obstinado canto de cigarra. Extendí la mano y el insecto calló. El silencio fue una invitación para que abriera los ojos. El techo blanco y liso me dio tranquilidad. Giré los ojos y el aplique de metal y vidrio facetado era un intruso que invadía la limpidez de la superficie. Lo miré fijamente y sus contornos comenzaron a esfumarse hasta que sólo fue un óvalo sin color ni  volumen.
La ducha lavó esa sensación de extrañamiento o de fuga. Bebí un café fuerte. Pensé que por momentos desconocía la realidad, como si proviniera de otro mundo. La cocina agobiaba con tantos frasquitos, tarros, artefactos y al living lo vi sobrecargado de formas.
El lanzamiento del nuevo producto no me dejó muchos resquicios. A veces volvía el peso en los ojos y entonces una taza de café, otro cigarrillo, aspirinas y adelante con los llamados telefónicos, los conciliábulos con el equipo, la revisión de las pruebas fotográficas.
Durante una reunión, repentinamente, las caras asumieron el aspecto de lunas cubiertas por una topografía irregular. Casi no tuve que concentrarme para transformarlas en esferas tersas, desembarazarlas de cuellos y solapas, convertir los hombros en una línea recta, limpia y categórica. Percibí la belleza de lo simple, depurada del caos. Fue sedante ver cómo esos cuerpos se volvían geometría pura.
De regreso a casa pensé que debía ejercitarme en esa aptitud de síntesis, un método eficaz para vaciar la acumulación de tanta basura inútil. Salí del baño envuelta en la toalla y me paré delante del espejo. No estaba mal ensayar conmigo misma. La toalla se deslizó por mis caderas. Mi cuerpo solía incomodarme: redondeado en ciertas partes y con demasiadas aristas en otras. Pensar mi cabeza como una figura oblonga fue sencillo. El tórax, en cambio, requirió de un esfuerzo hasta que el espejo reflejó el estricto dibujo de un pentágono.
El timbre de la puerta me sobresaltó y en el espejo se hicieron trizas líneas y planos y mi cuerpo desnudo tembló con un pudor inexplicable. Me cubrí con una bata y miré el reloj: Omar, lo había olvidado. En la cena las fugas se reiteraron, la voz de Omar ingresaba desde áreas remotas y solo era un eco de lo real.
Decidí probar con la mesa, la despejé de la proliferación de vajilla, velas y flores. Me quedé con la blancura incorrupta del mantel. Más tarde, en la cama, con la boca de Omar trazando caminos por mi piel, tuve el ansia impostergable de descansar. Levanté la cabeza y lo miré. Siempre me había gustado el cuerpo firme de Omar, pero ahora esa masa de músculos, las venas ramificándose bajo su palidez invernal, me abrumaban. Poco a poco él se redujo a una armoniosa combinación de poliedros, que me rozaban con sus facetas, sin obligación de palabras y deseos, goces y exteriorizaciones.
Ante mi silencio Omar se marchó, con los ojos ofuscados. Recorrí los cuartos para despojarlos y ceñirlos a sus formas esenciales. Del living eliminé lo superfluo y se convirtió en una estructura serena y clara. El dormitorio, un cubo ya libre de significados perturbadores, era el sitio ideal para lo que quería hacer.
Me acosté, los ojos fijos en el techo y casi sin proponérmelo  dejé de oír las notas de un saxo lejano que, persistentes, se entrometían por la ventana. De mí misma veía, por encima del arco de mis pechos, los dedos de los pies. Los esquematicé en breves segmentos. Representar al mundo en una composición geométrica, en la que ni siquiera estuviese incluido el color, era reconfortante.
Comprendí que debía llevar la síntesis hasta sus últimas consecuencias, borrando las curvas, que entrañaban movimiento, acción. Focalicé los ojos en el ángulo formado por el plano del cielorraso y el de la pared. La esencialidad que estas líneas proponían era todo lo que mi mente podía asimilar. No necesitaba nada más.

©  Mirella S.   — 2011 —                                                                                              

Foto de Kesler Tran






lunes, 29 de septiembre de 2014

Confirmación


Texto basado en un hikikomori* porteño...


Acabo de recibir tu mail.
Me cuesta creer que alguien pueda usar todavía el correo electrónico, una forma de comunicarse del siglo pasado. Dejé de revisar si tenía mensajes, además puse un filtro que manda los correos de todos mis conocidos a la carpeta de Spam. Recurso inútil: nadie me escribe.
Vine a mirar por pura casualidad o fue una especie de alerta o intuición, llamalo como quieras, Samanta. Hasta me costó recordar la contraseña, eso te dará una idea de cuánto hace que no abro el correo.
No sé por qué me acuerdo de la peli de Meg Ryan, You’ve got mail, que la pasaban a cada rato en el canal que miran los dinosaurios y le gustaba tanto a mi vieja. Yo no tengo ninguna ansiedad ni espero nada, pero el tuyo me da un poco de asombro y curiosidad, emociones de las que había olvidado la sensación.
El asunto dice Confirmar; el interés ambiguo que me despierta le gana a la apatía y al aburrimiento con los que convivo. Decido echarle una ojeada antes de borrarlo.
Lo enviaste vos, una tal Samanta —a quien no conozco— y se me manifiesta el impulso de contestar. Lo firmás despidiéndote con un beso. La efusividad del mensaje me descoloca ¿un tipo responde los mensajes mandando un beso o es cosa de gays?
El correo es muy breve, sólo pide la confirmación de haberlo recibido. Quedo en blanco.
Voy hasta la heladera, que la vieja por fin instaló en mi cuarto, y husmeo la crisis existencial que emana de los estantes pelados: una pera con manchas marrones y fofa al tacto, unas salchichas de viena cubiertas por un verdor sospechoso, medio limón ya exprimido. Pronto vendrá a recargarla, aunque preferiría que dejase las cosas en el pasillo, junto a la puerta. Saco la última lata de cerveza, mientras la bebo pienso qué te respondo.
Escribo decenas de borradores, cuando la respuesta es bien simple. Inclusive puedo obviarla, le doy responder al remitente y asunto concluido. Pero algo se apodera de mí, como si la vida volviese a circular en todo mi sistema y la sangre se entibiara nuevamente, con un cosquilleo amable bajo la piel.
Las horas entumecidas por la pereza se descontracturan, el reloj avanza tan veloz que me preocupa la lentitud de la respuesta que no surge.
Hago sonar los nudillos y masajeo mis dedos. Vos, una desconocida, pide una confirmación de algo que no sé y me manda un beso. No puedo improvisar, mis comunicaciones con el mundo exterior son tan esporádicas que cuando aparece una oportunidad no debo dejarla escapar. Tengo que expresarme a fondo, decir todo lo que callo, metido en mi aislamiento voluntario, rodeado por mis chiches electrónicos y la pila de libros que compro por Internet. 
Es necesario que encuentre las palabras adecuadas para enunciar los pensamientos que rondan por mi mente, esas falacias que son mi refugio. Aunque no le interese a nadie, es mi legado para este mundo de mierda.
Pero el anhelo se enrarece, los preceptos que son mi constitución —que a veces se amparan en bastiones y terminan rezumando un olor putrefacto, porque están ya muertos—, esas convicciones, te decía, han volado como cenizas al viento. Ahora soy un hueco en el aire. Necesito volver a construirme, diseñar nuevas ideas.
Quizás sea el momento para que se me caiga alguna lágrima desnutrida de mi ojo derecho, el único que todavía tiene la capacidad de secretar cierta humedad. Agacho la cabeza y me concentro, pero el estupor pálido que me produjo tu correo desapareció.

Te saludo, Samanta, confirmo que recibí tu mail.

Federico



©  Mirella S.   — 2014 —


Hikikomori: literalmente "apartarse, estar recluido”, es un término japonés para referirse a personas que han elegido aislarse y abandonar la vida social.
La mayoría de los hikikomori son varones entre los quince y veinticinco años, mantienen contacto con el mundo exterior solamente por la computadora, la televisión y los videojuegos en línea. Sin embargo, en casos extremos, el hikikomori puede cerrarse incluso a esto y permanecer horas y horas sin realizar actividades de interacción social. Algunos viven en medio del caos más absoluto, otros, en cambio, son obsesivos en el orden de todo lo que acumulan en su habitación
Este fenómeno comenzó en Japón, aproximadamente en el 2004, pero se ha ido extendiendo a otros países.


Por si les interesa, este videito ilustra muy bien cómo viven