La muñeca
es extranjera y no entiende lo que se habla en la casa. La mujer vive sola, con
la radio encendida todo el día.
La muñeca
proviene de un sitio sucio y caliente, una cárcel antigua convertida en
mercado. Las celdas pasaron a ser locales dispuestos en una planta cuadrada,
con un patio interior en el que crecía un único árbol de aspecto amargo. Las
paredes de los pasillos desaparecían cubiertas por los objetos típicos de ese
país.
Ella
colgaba de un clavo en la puerta del negocio, semioculta por un
mantel y unas carteras de rafia. Solo se le veía la parte derecha de su cuerpo.
Estuvo allí mucho tiempo; pasaron innumerables contingentes de turistas,
escuchó idiomas diferentes inquiriendo los precios de las mercaderías. Nadie se
tomó el trabajo de verla entera o preguntó cuánto costaba.
Hasta que
un día alguien se detuvo en la lobreguez del pasillo y una mano, suavemente,
apartó el mantel. Su cara quedó al descubierto y el movimiento de la tela al
retirarse removió la atmósfera abrasadora, como una caricia. Con los ojos ya libres, pudo distinguir a la mujer que la
observaba.
Viajó
dentro de un bolso con aroma a eucalipto y en su nuevo destino fue cepillada a
conciencia, aunque con escasos efectos. La parte que había permanecido expuesta
perdió las motas de polvo, sin embargo no recuperó el color original. La mujer
la puso en un estante alto, cerca de un ventanal. Ubicó su cuerpo de trapo en
un ángulo preciso, de modo que una tenue sombra cayera sobre el lado marchito.
La luz que
entra le confiere fulgores a las gotas oscuras de sus ojos, que la mujer ha
frotado vigorosamente con papel tisú para desarraigar posibles restos de un
tiempo de abandono. La muñeca está sentada en el estante, las gordas piernas de
paño cuelgan en el aire.
Desde
esa posición ve un río a través de la ventana. Ella no sabe que esa franja de
tonalidades que cambian en el transcurso de las horas, es un río. Simplemente
lo mira y disfruta de sus variaciones. Le asombra que lo mismo sea a la vez tan
distinto.
El sol de
la mañana hace que le nazcan dos cerezas en los cachetes. Ha dejado de ser un
objeto anónimo, tiene un nombre propio: Lisa, también aprendió que la mujer
se llama Eugenia. Es alta, frágil, sonríe poco, aunque las veces que la sonrisa
aflora se le contagia a la mirada, habitualmente triste. La muñeca no podría
afirmar si es linda, su cerebro de aserrín no le permite distinguir lo bello de
lo que no lo es. Pero dentro de su pecho estallan fuegos artificiales
(igualitos a los de su país en los días de fiesta) cuando Eugenia le cambia la
ropa, le arregla los volados de la pollera, le acaricia las pecas incipientes,
consecuencias de las travesuras de un sol benévolo.
Aunque
parezca ajena a lo que ocurre en la casa, su corazoncito de algodón va
percibiendo transformaciones. Ella y Eugenia estrenaron vestidos con los
colores gozosos de un atardecer de verano. El tono monocorde de la radio es
reemplazado por una música que incita a moverse. Le gusta, columpia una pierna
y admira su zapato de raso púrpura. Escucha el inédito tarareo de
Eugenia, siguiendo la vehemencia de un saxo. Y Lisa también siente
que la música le penetra el cuerpo, le da vida, y se salva por un pelo de caer
de la estantería.
Hay
detalles que revelan novedades, y ella participa desde lo alto de su puesto. Se
deleita con la risa de Eugenia, con esa otra voz, grave y tibia que ya no viene
de la radio. Y, sobre todo, con la actual consistencia de su cuerpo, como si no
estuviera más relleno de estopa. Una piel delicada se extiende por sus brazos y
piernas, que se tornan de ámbar en el instante del crepúsculo.
Por la
noche, antes de que Eugenia apague las luces, comprueba en el vidrio del
ventanal que su pelo no es más una maraña de lana, sino una cascada de rulos y
enmarcan una cara diferente. La anterior, chata como luna llena, con sus rasgos
burdos, pertenece a un lugar sombrío y a otra época.
Sí, hubo
cambios, Lisa ya sabe muchas cosas y espera más novedades, apenas insinuadas en
los aún débiles movimientos de los dedos y del cuello o en la oscilación de las
piernas, que un día tendrán la fuerza suficiente para permitirle saltar de la
repisa y surcar el espacio con la agilidad de un gato.
© Mirella S.
Hola amigos, es un cuento viejo que nunca publiqué.
Es un poco largo, pero ahora hay más tiempo ¿no?
Un abrazo para todos y gracias.












