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viernes, 1 de mayo de 2020

Transformaciones



La muñeca es extranjera y no entiende lo que se habla en la casa. La mujer vive sola, con la radio encendida todo el día.
La muñeca proviene de un sitio sucio y caliente, una cárcel antigua convertida en mercado. Las celdas pasaron a ser locales dispuestos en una planta cuadrada, con un patio interior en el que crecía un único árbol de aspecto amargo. Las paredes de los pasillos desaparecían cubiertas por los objetos típicos de ese país.
Ella colgaba de un clavo en la puerta del negocio, semioculta por un mantel y unas carteras de rafia. Solo se le veía la parte derecha de su cuerpo. Estuvo allí mucho tiempo; pasaron innumerables contingentes de turistas, escuchó idiomas diferentes inquiriendo los precios de las mercaderías. Nadie se tomó el trabajo de verla entera o preguntó cuánto costaba.
Hasta que un día alguien se detuvo en la lobreguez del pasillo y una mano, suavemente, apartó el mantel. Su cara quedó al descubierto y el movimiento de la tela al retirarse removió la  atmósfera abrasadora, como una caricia. Con los ojos ya libres, pudo distinguir a la mujer que la observaba. 

Viajó dentro de un bolso con aroma a eucalipto y en su nuevo destino fue cepillada a conciencia, aunque con escasos efectos. La parte que había permanecido expuesta perdió las motas de polvo, sin embargo no recuperó el color original. La mujer la puso en un estante alto, cerca de un ventanal. Ubicó su cuerpo de trapo en un ángulo preciso, de modo que una tenue sombra cayera sobre el lado marchito.
La luz que entra le confiere fulgores a las gotas oscuras de sus ojos, que la mujer ha frotado vigorosamente con papel tisú para desarraigar posibles restos de un tiempo de abandono. La muñeca está sentada en el estante, las gordas piernas de paño cuelgan en el aire.
 Desde esa posición ve un río a través de la ventana. Ella no sabe que esa franja de tonalidades que cambian en el transcurso de las horas, es un río. Simplemente lo mira y disfruta de sus variaciones. Le asombra que lo mismo sea a la vez tan distinto.
El sol de la mañana hace que le nazcan dos cerezas en los cachetes. Ha dejado de ser un objeto anónimo, tiene un nombre propio: Lisa, también aprendió que la mujer se llama Eugenia. Es alta, frágil, sonríe poco, aunque las veces que la sonrisa aflora se le contagia a la mirada, habitualmente triste. La muñeca no podría afirmar si es linda, su cerebro de aserrín no le permite distinguir lo bello de lo que no lo es. Pero dentro de su pecho estallan fuegos artificiales (igualitos a los de su país en los días de fiesta) cuando Eugenia le cambia la ropa, le arregla los volados de la pollera, le acaricia las pecas incipientes, consecuencias de las travesuras de un sol benévolo. 
Aunque parezca ajena a lo que ocurre en la casa, su corazoncito de algodón va percibiendo transformaciones. Ella y Eugenia estrenaron vestidos con los colores gozosos de un atardecer de verano. El tono monocorde de la radio es reemplazado por una música que incita a moverse. Le gusta, columpia una pierna y admira su zapato de raso púrpura. Escucha el inédito tarareo de Eugenia, siguiendo la vehemencia  de un saxo. Y Lisa también siente que la música le penetra el cuerpo, le da vida, y se salva por un pelo de caer de la estantería.
Hay detalles que revelan novedades, y ella participa desde lo alto de su puesto. Se deleita con la risa de Eugenia, con esa otra voz, grave y tibia que ya no viene de la radio. Y, sobre todo, con la actual consistencia de su cuerpo, como si no estuviera más relleno de estopa. Una piel delicada se extiende por sus brazos y piernas, que se tornan de ámbar en el instante del crepúsculo.
Por la noche, antes de que Eugenia apague las luces, comprueba en el vidrio del ventanal que su pelo no es más una maraña de lana, sino una cascada de rulos y enmarcan una cara diferente. La anterior, chata como luna llena, con sus rasgos burdos, pertenece a un lugar sombrío y a otra época. 
Sí, hubo cambios, Lisa ya sabe muchas cosas y espera más novedades, apenas insinuadas en los aún débiles movimientos de los dedos y del cuello o en la oscilación de las piernas, que un día tendrán la fuerza suficiente para permitirle saltar de la repisa y surcar el espacio con la agilidad de un gato.



©  Mirella S.   


Hola amigos, es un cuento viejo que nunca publiqué.
Es un poco largo, pero ahora hay más tiempo ¿no?
Un abrazo para todos y gracias.




martes, 17 de diciembre de 2019

Príncipe de Nochebuena


Arte digital de Sarolta Ban

El señor Palma mira el reloj: faltan quince minutos para que suenen las campanas de la iglesia y exploten los petardos anunciando la Navidad.

La luna vulnera el cielo con un resplandor de nieve; en la tierra el calor licúa las formas.

El señor Palma hace sesenta años que no piensa en papá Noel, sin embargo, este año algo lo impulsa a revivir las Nochebuenas de cuando era niño. En la vejez la memoria camina hacia atrás, nota demasiados huecos oscuros e inventa, se dice.

Sentado en el patio de su casita en los suburbios, no logra visualizar la de su infancia. Quizás se parecía a la actual. La única imagen que se le presenta es la espesura de un jardín, allí se ocultaba para sorprender al hombre gordo vestido de rojo que había visto en las películas y que nunca cumplió con ninguno de los juguetes que él había pedido. Solo le dejaba libros.

Durante las primeras lecturas, se sentía una especie de náufrago que remaba en medio de oleajes de palabras incomprensibles. Al crecer, esos libros que tanto lo habían fastidiado, terminaron por atraparlo. Se hizo íntimo de los personajes y quiso compartirlos con sus compañeros. Ellos reían y le daban la espalda para seguir jugando con las figuritas o al metegol.

El señor Palma, Nico en aquel entonces, regresaba a su cuarto con el libro bajo el brazo y releía los párrafos más potentes de las aventuras de Huckleberry y Tom, ellos sí eran valientes, osados, como el principito que venía del asteroide B 612, quien, igual que Nico, buscaba un amigo. Se habían encontrado.

Después conoció a Sandokán, intrépido en sus maniobras para recuperar el reino que le fuera arrebatado. Con su personalidad tan vengativa, Nico solo podía temerlo.

Huck y Tom lo acompañaron un tiempo, luego se alejó de las continuas travesuras que tramaban. Él era un pibe tranquilo, se apoyaba más en sus ideas utópicas que en acciones. Entonces volvía al principito, a tal punto que el libro terminó descuajeringado, con hojas sueltas. Un día su madre hizo limpieza y desapareció.

Las semillas de sus palabras se asentaron en el planeta sin nombre de Nico, al cual viajaba en los momentos solitarios. Un mundo que construía lentamente y que, de tanto en tanto, se desmoronaba. Estaba hecho de sueños, ilusiones que poco tenían que ver con la realidad. Memorizó pensamientos del libro, que florecieron en la humedad de sus cuidados y consiguió afianzarlos en esa patria privada.

Él también tuvo su rosa, con la vanidad y el orgullo de saberse amada, importante. Ya no está, se ha marchitado antes que él y en los atardeceres la busca en su planeta, ahora convertido en desierto. La rosa le dio pimpollos, que crecen y prosperan en tierras más fértiles.

El señor Palma sacude la cabeza y recuerda que es Nochebuena, que los vecinos de la izquierda se fueron al mar y los de la derecha están en pleno festejo con sus numerosos hijos que hacen estallar cohetes y cañitas voladoras. A él no le permitían quedarse a esperar las doce. Aunque estaba medio dormido, su curiosidad era un sensor que lo alertaba ante el mínimo ruidito, pero nunca había descubierto a Papá Noel.

En la casa de al lado, los chicos ríen, los escucha correr, llamarse unos a otros. De pronto, cuando la última campanada de la iglesia se fusiona con el clamor de los fuegos artificiales, algo oscuro, como un pájaro herido, traza un arco por encima de la pared medianera y cae en su jardín.

El señor Palma se levanta y se acerca al rosal estéril que se empecina en mantener. El objeto volador quedó atrapado entre sus ramas. Es un libro. Lo toma y comprueba que es viejo, con muchos subrayados. Lo cierra y con el índice dibuja cada letra del título. El principito.


©  Mirella S.   — 2019 —


¡Felices fiestas y hasta el año que viene!
Abrazos.




martes, 18 de diciembre de 2018

Chocolates para la alegría




Si no hubiera llovido torrencialmente los chicos habrían podido venir a su cumple y Rocío no se hubiese empachado comiéndose ella sola todos los bombones de la caja.
Cumplía los doce y terminaba el primario. Cada tanto, miraba el reloj y después pegaba la nariz al vidrio de la ventana. La única visión eran los latigazos del agua, que la fuerza del viento deshacía en cascadas. La ciudad se inundó y sus amigos no llegaron. La caja de felpa roja era un llamado, casi un grito. Se comió hasta los de licor, solo quedaron los papelitos marrones, igual que alvéolos de un panal vacío.
A la mañana siguiente amaneció brotada.
—Sarampión —gritó la madre.
—Varicela —la corrigió el padre.
—Viruela boba —dijo la hermana mayor, despectiva como siempre. Y agregó—: por glotona.
—Un enema, ayuno y se acabaron los chocolates. Es una reacción alérgica —afirmó el médico, con la cara de un juez que dicta sentencia a cadena perpetua.
Y el chocolate fue desterrado de sus goces, pero no de los deseos. El delicioso chocolate caliente de las tardes de invierno o el submarino después de una película se habían convertido, como la magdalena de Proust, en un recuerdo de placeres pasados.
Para Rocío, paladear un trocito de chocolate, era la incorporación de una sustancia que traía sonrisas y gotas de luz que le rellenaban el corazón con agujeritos, como el tema musical de su telenovela preferida, a fines de los 90’.
Todo era tan almibarado en esa época. Después vino la pubertad, una etapa rabiosa y ácida. A los quince se rebeló o simplemente se cansó de la docilidad forzada y se despachó una tableta entera de chocolate amargo, sin leche ni almendras, apenas un ascético choco amargo. Además de brotarse se hinchó y le tuvieron que aplicar una inyección. La alegría fue tan fugaz que ni valió la pena pasar ese susto.
Hubo otras pequeñas alegrías que sirvieron para compensar desconciertos, miedos, el disparate de ser adolescente. Pero ese divertimento íntimo, la dulce fiesta que comenzaba dentro de la boca, se expandía y era absorbida por cada una de las células, le estaba vedada.

Y hoy Nicolás se presenta con un puñado de Garotos que saca de su mochila.            
—Tres para vos y dos para mí —dice—, si los querés todos, son tuyos.
Rocío niega con la cabeza y agradece con voz ahogada por las ganas y la culpa de aceptarlos. Nicolás no sabe, no se lo dijo, como si fuera un secreto vergonzoso. Tampoco le puede hacer un desprecio. Él se engulle los suyos de un bocado. Entonces, miente. Sin mirarlo, murmura:
—Los dejo para después, así cuando los saboreo es como si estuvieras conmigo. —Y se siente la protagonista más cursi de la peor novela de la tarde.
Los guarda en el morral; en el subte, entre el calor, los apretujones y codazos, Rocío piensa que los encontrará derretidos o aplastados, lo cual no tiene importancia, si no los va a comer. El paladar destila un jugo imprevisto ante la idea de lamer los restos pegados al papel de aluminio, despaciosamente, con la punta de la lengua, rosa como las patitas de las palomas. Solo eso, un lento lengüetazo; regalarle a las papilas gustativas la memoria de su sabor preferido, recuperar ese gozo minúsculo.
Durante el trayecto imagina los posibles rellenos (¿cerezas al marrasquino, crema de pistacho o mousse de limón?) y en el modo sensual en que la lengua recorrerá el cuadrado de papel hasta levantar la última partícula de chocolate, con la avidez del oso hormiguero al que no se le escapa ninguna hormiguita.
Entra a la casa, saluda distraídamente. Ya con la boca henchida de saliva corre a su cuarto, busca en el morral.
—Se fueron para el fondo, se hacen desear —dice en voz baja. Saca el paquete de las carilinas, la billetera, el porta cosméticos, el celular. Sus dedos ansiosos hurgan en las profundidades. El índice se hunde en un vacío inesperado: la costura se había abierto para dar lugar a un agujero.
Se pasa la mano por los labios como si recogiera algún rastro delator. El borde de sus pestañas se humedece. Los destellos de la alegría se apagan, igual que los chisporroteos finales de una cañita voladora.
Esa noche, envuelta en el sueño, está nadando en mares de cacao espeso. A su alrededor, igual que en un naufragio, flotan pasas de uva, avellanas, emergen peñones de un chocolate oscuro que presiente ocultan corazones de marroc o dulce de leche. Mete la cabeza debajo de la superficie con la boca abierta, muerde, mastica y traga en un deleite voluptuoso. Repentinamente descubre a Nicolás que aparece a su lado y le ofrece una ramita de chocolate blanco. 
Al despertarse el aroma tibio, con un dejo a vainilla, todavía impregna el cuarto. En sus mejillas titilan pequeñas pulsaciones. Cuando se mira en el espejo del baño ve su cara llena de puntos rosa, como las patitas de las palomas.




 ©  Mirella S.   — 2013 —




miércoles, 26 de septiembre de 2018

Imaginativa-mente

Pintura: Mariska Szollosi

Desde que los recuerdos se modelaron en imágenes y después en palabras, Alexia evoca que siempre quiso ser otra. No con dotes extraordinarias como una belleza deslumbrante o una mente privilegiada. Solo distinta. Quizás sí con más inteligencia y un pensamiento más lógico y objetivo. En cuanto al aspecto, se conformaba con una cara y un cuerpo armónicos, nada especial, pero que sintiera suyos.

No es que fuera tonta o fea, simplemente no se reconocía en sus facciones agradables ni en el físico menudo y esbelto, como tampoco en la forma de pensar ni en su cosmovisión.

Algo en ella no aceptaba esa identidad y, cada tanto, se lo hacía saber mediante sensaciones de extrañamiento o la angustia helada de no saber quién era, de no pertenecer a ese envase ni a ese contenido que algún dios, ángel o demonio, le había designado.

Nació un primero de enero, a la medianoche exacta. En las calles estallaban los cohetes y los fuegos artificiales desmigajaban sus colores en la noche ardiente. De niña se hacía una pregunta absurda: ¿y si en medio del alboroto de los festejos la hubieran intercambiado con la bebé de la cuna vecina, venida al mundo a la misma hora?

Tanto la familia como los maestros pensaron que era una mitómana o padecía el trastorno de personalidad múltiple. Se presentaba con nombres diferentes, arquitectaba historias que nada tenían que ver con la propia. La llevaron a médicos y psiquiatras que no concordaron en un diagnóstico unánime. Los más optimistas opinaban que Alexia poseía una imaginación prodigiosa y sugirieron a los padres que la canalizara en clases de teatro o actuación.

En un principio sirvieron, pero al tiempo Alexia se dio cuenta de que representaba escenas que otros habían inventado. Necesitaba su trama personal que, conjeturaba, la acercaría a su esencia, permitiéndole conocer su auténtico yo. Y esa búsqueda la llevó a escribir. En cada personaje podía encontrar aquello que suponía le faltaba.

Dejó de ficcionar sobre sí y sus días entraron en cauces casi normales para el afuera; ordinarios y comunes para Alexia. En sus historias, cientos y cientos de ellas, labraba vidas, situaciones reales o inverosímiles en una exploración que se convirtió en el combustible que la impulsaba.

La personalidad que se construía era un holograma que giraba como un carrusel y le mostraba facetas desconocidas, que Alexia podía incorporar o descartar sin culpa. Una personalidad versátil, secreta, íntima. Externamente parecía una chica insulsa, cobijada tras su sonrisa líquida.

Con una pulsión casi animal, se le renovaba la sangre cuando tomaba papel y lápiz y daba inicio a la fabulación. Solía escribir a la hora de los gatos persiguiéndose en los techos vecinos y colmando la noche con sus maullidos.

Borraba y rehacía gestos, actitudes, anécdotas, protagonistas. La vocación de narrar le otorgó un sentido a su vida y el resultado fue un extenso libro sobre la naturaleza humana.





©  Mirella S.   — 2018 —




sábado, 6 de enero de 2018

Blancaluna



Los Reyes del Prado Esmeralda eran queridos por su pueblo, pero tenían una enemiga terrible: la Marquesa Manos Negras, que practicaba la magia. La llamaban así porque un día, preparando una de sus pociones, se le derramó sobre las manos que tomaron el color del carbón.

Cuando la Reina tuvo una hija buscaron una madrina. En esa región se acostumbraba que fuese un hada. Eligieron a una bellísima, llamada Estrella Fugaz. El Hada Mayor no estaba de acuerdo con la elección, era demasiado joven y sumamente despistada. Sin embargo, ante la insistencia de los Reyes, accedió.

En cuanto la Marquesa supo a quién habían designado como madrina de la princesita, se frotó la negrura de sus manos: había llegado el momento de la venganza.

El Hada Mayor le hizo a Estrella Fugaz mil recomendaciones antes de su partida. Ella, apenas dejó la Nube de Oro donde vivían las hadas, olvidó los consejos y se distrajo siguiendo un pájaro de alas azules. El Hada Mayor, que era precavida, envió también a Luciana, la supervisora de las hadas jóvenes, para solucionar posibles inconvenientes.

En el palacio los Reyes y sus invitados estaban nerviosos por la tardanza de la madrina. La Marquesa, desde su escondite, espiaba lo que ocurría en el salón. Con un disfraz de hada, se había puesto guantes blancos y portaba una varita de su fabricación. Se dirigió a la cuna y dio inicio a la ceremonia:

—Te llamarás Blancaluna y serás la Princesa de la Noche. Exangüe y fría, luminosa como un faro encendido en las tinieblas del cielo, todos te amarán, aunque permanecerás siempre sola, lejana e inalcanzable. Tendrás por compañeros al viento y a las nubes; no podrás hablar con ellos porque eres muda y las nubes sordas y cambiantes: van donde las lleva el viento. Del color de la crema batida y redonda igual que una esfera, vendrá el tiempo en que te irás encogiendo y te convertirás en un gajo cada vez más fino hasta desaparecer por completo. Pasados unos días crecerás de nuevo, recuperando de a poco el volumen de tu cuerpo, para declinar una y otra vez. Así será mientras el universo exista.

Y la tocó con su varita.

El hada Luciana había reconocido a la Marquesa. De inmediato se volvió invisible, se aproximó a la cuna de la pequeña y la cubrió con su cuerpo transparente. En el apuro de servirle de escudo se le cayó la varita protectora.

Enseguida que la Marquesa terminó el maleficio, pareció que la princesita se cubría de una extraña palidez e irradiaba un halo plateado. Los presentes vieron con horror como una claridad circular salía por la ventana. Estrella Fugaz, que acababa de llegar, al comprender lo ocurrido, asustadísima, se ocultó detrás de una columna. A los pocos segundos estaba pendiente del ir y venir de un enorme escarabajo azabache.

El Rey llamó a los soldados de la guardia para que detuvieran a la falsa madrina, pero la Marquesa había desaparecido y nunca más supieron de ella.

La Reina corrió hasta el balcón y comenzó a llorar inconteniblemente. Era una noche ventosa de invierno. Las lágrimas de la Reina se deslizaban por la baranda del balcón y en el aire frío se congelaron en el acto, transformándose en gotas de cristal. El ventarrón las elevó, las diseminó como una llovizna de brillantes y rodearon a Blancaluna que, en su plenitud, refulgía en  la oscuridad.

El silencio triste del salón fue interrumpido por un llanto suave proveniente de la cuna. Todos se acercaron a mirar y allí estaba la princesa, agitando sus manitas. Hubo abrazos y exclamaciones de regocijo y los presentes se preguntaron quién había ocupado el lugar de la niña, quién era Blancaluna.
El Hada Mayor, que había observado los acontecimientos sin moverse de la Nube de Oro, compareció ante los Reyes.

—Es Luciana, que para salvar a la princesita, demostró su valor y nobleza. Ella es Blancaluna y será de gran ayuda para los caminantes, iluminará los senderos para que no se pierdan y continuará ofrendando su generosidad y hermosura. Tampoco estará sola, las lágrimas vertidas por el amor de una madre la acompañarán siempre.

A Estrella Fugaz, debido a su irresponsabilidad, la echaron del reino de las hadas y desde entonces vaga en el cielo, sin rumbo fijo.



©  Mirella S.   




miércoles, 14 de junio de 2017

Cadena alimenticia





Para mí, matar al gato fue en vano. Es cierto, no cazaba a los ratones, en cambio se comía los pájaros, que se comían los gusanos que hacen agujeros en el césped del jardín. ¿Qué comen los ratones, aparte de las hormas de queso apiladas en el sótano? Ellos también deben comerse algún bicho. Si por lo menos se dieran un atracón con las cucarachas, que lo más panchas se adueñaron de la cocina. El gato inclusive se despachó al pez rojo, que le costó un ojo de la cara a la tía Maru, y al que encima debíamos alimentar, ya que no podía comerse a nadie, encerrado como estaba en una pecera.

Las cucarachas comen lo que dejamos y empieza a pudrirse. Qué alivio si esas inmundas se bajaran a las hormigas saqueadoras del jardín. Laboriosamente nos pelan los rosales, los geranios, las fresias, ayudadas por las gatas peludas y los bichos canasto, tan repugnantes que creo no se los come nadie. A lo mejor  se animaría una araña bien grande, una tarántula, lástima que no hay por estos lados, aunque sería un peligro para nosotros los chicos.

Los ratones se han vuelto un problema, son angurrientos, roen maderas, cañerías, además de darle a los quesos. Una solución serían las serpientes, que los encantan con la vista, los dejan inmóviles y se los mandan de un bocado, eso lo vi en el Animal Planet. Pero pasa igual que con las tarántulas, no es una buena idea meterlas en la casa. Otra alternativa es contratar los servicios del restorán chino de la vuelta. Según mamá, hubo una época en que se rumoreaba que la carne de los tenedores libres chinos era de ratas y gatos, sin discriminación. No sé por qué tanto escándalo si en los lugares de categoría ofrecen caracoles, ranas, tortugas. ¿No es un asco comerse los chinchulines de la vaca o sus tetas o, peor aún, las bolas del toro? Se ponen de moda hábitos horribles: zamparse grillos, cigarras, víboras, para qué voy a seguir enumerando.

Mamá siempre nos recuerda que el hombre, como especie, es el peor de todos, tiene una gula retorcida, prepara los animales más repulsivos con salsitas rebuscadas, los condimenta con especias y finas hierbas. Por suerte no entramos en esa categoría de depredadores, como los llama ella, en casa somos vegetarianos, a excepción del abuelo, quien fue el que mató al gato. Como no lo pudimos convencer de seguir una dieta a base de verduras, cereales y legumbres, tiene el instinto asesino más desarrollado. Para despachar a Agustín, el gato, colaboró la tía Maru, que es una veleta: un día se engulle a escondidas un bife de chorizo y al otro, con la culpa que se le derrama por los ojos, hace penitencia con unas hojitas de lechuga.

El abuelo venía juntando bronca porque ama los pájaros. La gota que rebalsó el vaso fue cuando encontramos la pecera en el suelo y Agustín, acurrucado debajo de la mesa, trataba de hacer desaparecer el cuerpo del delito, pero lo delató la cola rubia que le asomaba por entre los bigotes. El pez era propiedad de la tía Maru y en ese momento le surgió la parte carnívora, salió de la indecisión y lo apoyó al abuelo. Entre los dos acorralaron a Agustín, el abuelo revoleando un cuchillo como si fuera el hacha del último de los mohicanos y con cara de loco gritaba: “¡los pájaros son sagrados, ni fuiste capaz de morfarte a los ratones…”!

No quise saber los detalles de la ejecución, me fui a la casa de una compañera del cole. Mis ruegos fueron tan en vano como la muerte del pobre Agustín. Debo reconocer que era raro Agustín, con esa debilidad por los pájaros. Se embuchó una pareja de teros, dos o tres torcazas y de los gorriones perdí la cuenta. El dicho “cuando el gato no está, los ratones bailan”, no se aplicaba en este caso, porque ellos, que formaban un ejército, no se amilanaban ante la presencia de Agustín, hasta le pasaban entre las patas. Él, que debía tener el estómago delicado, los esquivaba con la cola temblorosa cuando aparecían corriendo por las habitaciones. Un gato gourmet este Agustín, decía mamá.

Cuando volví en casa había un gran alboroto. Mis primos, vegetarianos más que nada por obligación, estaban armando tramperas con abundantes trozos de queso gruyere. En el fondo, junto a la parrilla en desuso (sólo servía para almacenar cosas viejas), el abuelo despellejaba a Agustín, que era gordo y atigrado, con la idea de curtir la piel y hacerse una gorra para el invierno.

Ese mismo día hubo una buena recaudación de lauchas y ratones. Las cucarachas de la cocina comprendieron que venían tiempos malos y no salieron de sus escondites. Me di cuenta de que las cosas habían empeorado cuando vi al abuelo sacar los cachivaches de la parrilla y limpiarla prolijamente. Por si esto fuera poco, escuché a mamá que decía que el abuelo a la noche iba a invitar a unos amigos con los que juega a las bochas, para cenar unos bocaditos especiales.


©  Mirella S.   — 2012 —


Glosario:
Angurriento: hambriento, ávido.
Bronca: enojo, rabia.
Morfar: comer.
Cachivaches: objetos que no sirven o están rotos.






martes, 30 de mayo de 2017

Budapest


Foto de André Kertész: "Budapest, 1914"




Mi sombra me precede, como si quisiera mostrarme el camino. La veo, delante de mí, más baja (o está encorvada). Esa proyección tenebrosa en la pared soy yo, con mi sombrero y mi gabán, los puños ocultos en los bolsillos. Sigo sus pasos atormentados; hay una luz que ciñe mis espaldas, una luz escrupulosa para definir la miseria del lugar.
Me pregunto por qué mi propia sombra me arrastró hacia esta casa cuarteada por el tiempo y la pobreza, que termina en una encrucijada furtiva.
Nuestros pasos son tan lentos que nunca vamos a llegar hasta las ventanas, casi a ras del suelo, con cortinas que velan el interior y pueden guardar tibiezas o atrocidades.
Este transitar pausado siguiendo a mi sombra me desconcierta y me veo envuelto en un juego de sombras chinescas y de pronto soy una sombra que sigue a otra sombra, dos siluetas espectrales proyectadas en la pared vieja de un barrio lejano.
Y si en algún momento llegamos a la esquina, donde los edificios se borronean sin identidad, allí seremos uno solo: yo sin mi sombra o la sombra sin mí, vagando por Budapest.


Hay un hombre que me sigue por una calle miserable que desconozco. Es una noche nublada, con un único farol que, a nuestras espaldas, alumbra lo necesario. La luz da de lleno en la pared cenicienta de una casa, sobre la que destacamos el hombre y yo, como si fuera una pantalla.
Él es más alto (o quizás estoy encorvado) y nuestras figuras se revelan en esa pared tosca, con manchas de humedad que suben desde los cimientos.
Los pies nos pesan y nos resulta difícil despegarlos de la vereda sucia, con el borde pespunteado de adoquines.
En mi nuca percibo la respiración anhelante del hombre que me buscó por toda la ciudad hasta encontrarme en este escenario absurdo. Y ahora se pega detrás de mí con su aliento frío, de muerto en vida.
Cuando pasemos por los ventanucos y doblemos en la esquina, el farol ya no iluminará y la oscuridad de este suburbio extranjero nos tragará ávidamente.


©  Mirella S.   — 2011 —




miércoles, 5 de octubre de 2016

Divagues sobre un objeto no identificado

Imagen de Ilya Rashap


Puede ser una infinidad de cosas, algo inútil para nuestro mundo utilitario o un objeto imprescindible, con una función que desconozco. Cayó en la palma de mi mano desde el enigma de una bolsa de papel madera que dejaron en la puerta del departamento.
Debo confesar mi perplejidad y desilusión. Lo miré desde todos los ángulos, lo abandoné en una repisa y continué con mis ocupaciones habituales. Al otro día lo metí en el bolsillo de la campera y lo llevé a pasear. Cada tanto lo miraba, pero seguía sin transmitirme nada.
—Me estás complicando la vida —le dije. 
—Tampoco es para tanto —me contesté—, empezá a describirlo, a vos te gusta y te sale fácil desvariar —volví a decirme.
Era un artilugio pequeño, de metal oscuro, con forma de pera, soldado a una base redonda y plana, en cuyo centro se incrustaba un anillito de hierro.
Por la semejanza se me ocurrió que podía ser el chupete de un mini robot japonés, al que intentaban fomentarle las emociones de un infante. Le ponían el adminículo para calmar el hambre de contacto, la ansiedad de no tener madre.
—No pienses más tonterías —me dije—. Sin embargo, me pareció que gracias a ese disparate se me abría una nueva dimensión: el chirimbolo* podía ser lo que yo quisiera. Y eso me estimuló. Tenía carta blanca para imaginarle una procedencia, una historia, hasta una finalidad.
Me arremangué, miré hacia el techo, mordí concienzudamente la punta de la birome, estuve relojeando* un rato al pendorcho* y esperé. 
Al observarlo de frente tuve la impresión de un ojo negro, pongamos un ojo de ébano, con una pupila plateada, tal vez de zirconio o de un material aún no descubierto, con propiedades curativas. Si se frota ese punto, como si fuera la lámpara de Aladino, se separará en dos partes y saldrá una antenita para medir el aura, detectando turbiezas, poca energía vital, enfermedades. Ya con el diagnóstico hecho, se vuelve a guardar la antena, se sostiene el artefacto por el aro, se lo desliza a lo largo del cuerpo del sufriente y, como si fuese una goma, se le borran las malas ondas.
Su forma también me sugería la de un anillo, con una gran piedra abovedada, imposible de usar en nuestros medios de transporte sin dejar tuerto a alguien. Por lo chico del diámetro de su aro, entraría solo en el meñique de un niño. Le adjudiqué un origen inmemorial, no del mundo tangible, sino ligado a ciertos seres mitológicos, con manos de dedos tan finos como barritas de incienso. El engarce contenía un trozo de obsidiana proveniente de un volcán extinguido por las aguas del océano en eras primitivas. Lo forjaron magos orfebres, con la condición de que no traspasara el umbral del mundo habitado por aquellos seres longilíneos y espirituales. Si eso ocurría, el anillo perdería sus virtudes convirtiéndose en el cachivache* anodino que encontré.
Podría seguir y atribuirle los antecedentes que se me ocurran, aplicarle usos elevados o nefastos, construir toda clase de anécdotas delirantes, pero, al fin de cuentas, siempre me quedará la pregunta existencial: ¿para qué carajo sirve? Además de la enorme curiosidad de saber quién lo dejó en mi puerta y porqué.


Mirella S.  —2011—                                                                   


Glosario

Chirimbolo o pendorcho: objeto de forma extraña o complicada que no se sabe cómo nombrar. 

Relojear: mirar, observar.

Cachivache: objeto, generalmente de escasa utilidad, al que se concede poco valor.




lunes, 29 de agosto de 2016

Viaje iniciático




Qué podés hacer si tenés por delante una hora de viaje antes de llegar al colegio. A lo sumo cabecear un rato, si la suerte te acompaña y viajás sentado; leer o repasar alguna materia si sos medio traga; mirar por la ventanilla los paisajes que te sabés de memoria o bostezar quimeras.
Esa larga hora constituía mi pasaje a regiones que surgían de la efervescencia de mi imaginación. Pero mis ensoñaciones empezaron a extenderse fuera del trayecto del colectivo.

Una mañana de julio bajé en la parada habitual, caminé las cuatro cuadras hasta el colegio y tuve la impresión de que me había equivocado, distraído en mis fantasías. Enseguida sonaron en mi cabeza las palabras de mi madre: “siempre en la Luna, vos...”
La calle no me resultaba familiar, estaba desierta, no había a quién preguntar información. Los edificios eran unos cubos altísimos, casi no se veía el cielo, todos blancos, sin ventanas, las paredes estriadas con lo que parecían jeroglíficos, cada tanto interrumpidas por festones de gárgolas, no como las que había estudiado en Historia del Arte. Representaban animales (si es que lo eran) de especies extrañas. Al mirarlos me sumí en una paradoja: su fealdad contenía una belleza que fascinaba.
La intuición me decía que estaba en nuestro planeta, que no había hecho un viaje al futuro, tampoco cruzado el portal de un mundo paralelo. Ni saliste de Buenos Aires, me dije, caminando por esa calle carente de vida, de personas. Yo solo.
Me aproximé a una pared y estudié las inscripciones: reconocí mi letra. No pude descifrar nada, el escrito estaba cabeza abajo, como si lo hubiese garabateado colgando de ese cielo desangrado de color.
Caminaba sin llegar a ninguna parte por un país abstracto. Si yo era el arquitecto de semejante desolación ¿dónde habían quedado mis ansias de aventura? Penetrar en selvas; excavar tierras primitivas que me mostrarían los tesoros de los orígenes; desentrañar los misterios de los mares. En cambio mi creación se limitaba a un páramo de cemento.
Al fin apareció una esquina. Me detuve y observé. La calle transversal, hacia la izquierda, terminaba en unas rocas; hacia la derecha se divisaba un bosque fosilizado. Me apreté la frente, debía pensar algo más vital. Era el hacedor de ese delirio y podía cambiarlo. Proyecté una opulencia de árboles, flores, cascadas de agua que humedecieran tanta aridez, sol, pájaros.
Nada se modificó. Caí en la cuenta de que ese sitio estaba muy alejado de mis fabulaciones, traspasaba los confines de mi conciencia: era una representación de símbolos que no podía entender. Presentí que estaba allí para recorrer ese territorio y explorarlo, aunque se me cerrara la garganta y a cada paso me temblaran las piernas.
Doblé a la izquierda, llegué a las rocas y vi que bordeaban una planicie de lava sólida, que se extendía hasta el horizonte. Mis ojos se cansaron de su chatura. Giré, desandando la calleja transversal y me dirigí hacia el bosque muerto. Puro esqueleto, las ramas como huesos descarnados, avanzaban en una geografía esteparia que me erizó la piel.
De vuelta a la calle principal, tuve una revelación: era una prueba, como los exámenes finales que nos habilitan —o no— a pasar al año siguiente. Aquí, sin embargo, había otra cosa. Era una iniciación que demostraría mi capacidad para adentrarme en los mundos mitológicos que pugnaban en mi interior. Un impulso aceleró mis piernas y levanté la cabeza hacia los muros escritos por mi mano: ahí estaban volcadas mis futuras hazañas, los sueños del héroe, las historias —aún en clave— que irían confluyendo con mi propia historia. Antes debía soportar la soledad del iniciado.
La calle terminaba abruptamente en un portón. Cuando lo abrí me encontré en el patio del colegio.


 ©  Mirella S.   — 2011 —



Un texto viejito, para que no me olviden.