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jueves, 5 de marzo de 2020

Tiempos sin sentido




La ciudad desgasta las ganas de vivir, y al doblar una esquina, te mata. Robos, palizas, asesinatos, motochorros impunes que son capaces de pegarte un tiro o acuchillarte para obtener el celular. Ni hablemos de las violaciones y femicidios.

La última moda por estas latitudes son los ataques en manada. Matar a golpes porque sí, porque se les canta, porque en grupo se sienten poderosos. Porque son unos cobardes, vacíos por dentro. Después del ataque alardean por whatsapp, con una frialdad apabullante, que el pibe caducó y se van a festejar en una hamburguesería.

Miedo, impotencia, ira, un desasosiego pegajoso del que no puedo desprenderme, son los sentimientos preponderantes de este domingo. Hay una escena que vuelve una y otra vez.

Estaba llegando a la entrada del edificio donde vivo cuando una moto, que circulaba a contramano, se detuvo frente al portón del garaje, en ese momento abierto, e intentó entrar.

El aire de ese atardecer de enero se cargó de bocinazos y sirenas de patrulleros que coparon la cuadra. El delincuente, acorralado, bajó de la moto y empezó a correr en mi dirección. Sin saber qué hacer, aplasté la espalda contra la pared como si esperara que los ladrillos me succionaran. El perseguido pasó tan cerca de mí que el casco, que colgaba de su brazo, golpeó en mi costado. En la mano sostenía un cuchillo.

En esos segundos vislumbré unas facciones adolescentes, las mandíbulas y los labios contraídos y la fijeza de unos ojos predadores que me miraron sesgadamente. Contuve la respiración, como si ya estuviera muerta. Pero él no se detuvo, corrió hacia la esquina dejando una estela de sudor agrio. Allí lo atraparon varios policías y lo subieron al patrullero.

Al día siguiente habrá quedado en libertad.

En mis sueños todavía se materializan las suposiciones que cruzaron por mi cabeza en aquellos instantes.



©  Mirella S.   — 2020 —



Hola amigos, quería avisarles que a partir de ahora no responderé más a los comentarios. 
Los leeré atentamente y con el cariño de siempre.
Un abrazo para todos.


martes, 6 de noviembre de 2018

Cruz de papel



—Buenas, doña, disculpe si la molesto.

La mujer se detiene y mira al hombre que la interpela. Es mayor, flaco, con aspecto cansado, las facciones morenas se desvirtúan en una maraña de arrugas. Seguramente es del interior y está desorientado.

—Hola, dígame.

—¡Uy diosito! Es la primera persona que me contesta desde esta mañana. Qué brava se ha puesto la capital… por las calles parece que la gente no puede ocuparse más que de su propia prisa. Vengo de los alrededores de Curuzú Cuatiá ¿conoce?

—Sí, en la provincia de Corrientes.

—Es una ciudad bonita, su nombre en guaraní quiere decir Cruz de papel —hace una pausa—, pero no hay trabajo y todo se ha vuelto difícil.

La mujer reconoce la cadencia melodiosa del habla correntina. Observa que el hombre viste un pantalón de lona desteñido, una vieja camisa a cuadros que también ha perdido el color original. Su aspecto es prolijo, el pelo negrísimo, húmedo y peinado para atrás. Emana un suave olor a limón. Él sigue hablando sobre Buenos Aires: es como un monstruo hambriento, le da miedo recorrerla.

Están parados en la mitad de la vereda, los transeúntes apurados se arremolinan a su alrededor y uno los empuja con su mochila. Ella le indica que se corran para dejar el paso libre.

—Perdonemé, no me di cuenta ¿siempre andan así? Nosotros, en cambio, somos lentos, la calor, sabe.

—Es el ritmo de la ciudad —dice la  mujer y le sonríe—. Dígame en qué puedo ayudarlo.

—Bué, hace tres días que llegué y me alojo en lo del primo, solo pa’ dormir. Ellos tienen montones de problemas y yo no les voy a agregar los míos.

Se ubicaron cerca del borde de la vereda, junto al tronco grueso y jaspeado de un plátano, él apoya su espalda y se acomoda para una larga conversación, igual que si estuviera en la plaza de su pueblo. La mujer mira con disimulo el reloj y traslada el peso del cuerpo de una pierna a la otra. El hombre le está contando del nietito, internado en Curuzú Cuatiá. Qué pena que su hijo no le haya salido derecho, es como una planta que en vez de mirar al cielo se tuerce y mira los sótanos de la vida.

Ella está corta de tiempo, consiguió un turno con un especialista por el que esperó tres meses. Siente miedo. Sin embargo, quiere escuchar al hombre, conocer su historia.

—Enviudé hace poco y vine a buscar laburo. Soy albañil, sabe. La macana es que acá me consideran demasiado viejo. Buscan sangre joven y no se dan cuenta del valor de la experiencia… —deja la frase inconclusa y mira hacia un punto del otro lado de la avenida.

—En eso no puedo ayudarlo.

—No, doña, lo que quería pedirle es una ayuda chiquita. Hoy no desayuné ni almorcé. Fui a la panadería de enfrente para comprarme un pancito, está muy caro y no me alcanza. Si usté es tan buena que me acompaña y me compra uno… disculpe la molestia, pa’ que no crea que le estoy mintiendo. Solo un pancito.

La mujer le mira las mejillas hundidas, el carbón apagado de los ojos. Abre el bolso y le da un billete.

—Doña, no tengo pa’ darle el vuelto. Con un pancito me arreglo.

—Vaya al bar de la esquina y tómese un café con leche y un buen sándwich.

—¡Gracias, gracias por todo, la vida y diosito la van a recompensar! Gracias por pararse  y escucharme. Eso no tiene precio.

Se aleja, se da vuelta y la saluda con la mano en alto. Su boca se abre en una sonrisa amplia y la cara es como un paisaje diezmado sobre el que se asoma el sol. 

La mujer no se siente mejor por su acción, nunca le sucede, suele quedar atrapada en una melancólica impotencia. Se ha hecho tarde, abre la billetera y controla si con los escasos billetes que le quedan puede tomar un taxi y no perder el turno.




©  Mirella S.   — 2018 —






viernes, 28 de octubre de 2016

Desde el balcón




Es mayo, los días se acortan, el aire se afina, cierro los vidrios. Por las noches ver las ventanas que se encienden me reconforta. Desde mi balcón veo la ciudad vertical que estira sus dedos hacia el cielo oscuro de los dioses, queriendo alcanzarlos con sus torres y antenas, en el afán de ser un ínfimo dios más. El cemento alberga secretos, culpas, protege a los recién nacidos o los desampara, a las que amamantan o aquellas con los pechos vacíos. Protege; también abandona, sacrifica.
La ciudad: con tantas historias como tantos ojos abiertos o cerrados contenga. A solas, en el balcón, las conjeturo para distraerme y no pensar en la mía. Sin embargo, alguna vez cierta tecla se dispara, el corazón late veloz, la garganta se obstruye y pienso que la vejez por fin vendrá, entonces estaré a salvo de las nostalgias que todavía no pude desterrar. Los años me cubrirán con su manto de cenizas y lo que me reste por vivir se deslizará sin ansias.
Tampoco es seguro que eso ocurra. He tenido demasiados deseos en estos treinta y cinco años. Ignorarlos es una mala táctica, resurgen en los sueños, en momentos impredecibles: chispas que se escapan de una esperanza aún indómita.
Para olvidar mi historia, absorbo las que mis alumnos me participan. Ven en mí a alguien confiable, que no juzga, escucha y no interfiere con anécdotas personales. No podría, lo único que quiero es suprimir de mi memoria aquellos tres días abominables.
Y para eso tengo que borrar mi vida, como si hubiera nacido hace un año, cuatro meses y quince días, porque al rememorar las buenas épocas, ineludiblemente, algo tenebroso se cuela en el recuerdo y caigo en el horror de lo ocurrido.
Para ciertos actos infames —ese acto infame—, hay que inventar palabras, sonidos, no se lo puede nombrar sin quedar destrozada. Si me asaltan esas imágenes improviso onomatopeyas con muchas consonantes, cuya pronunciación termina siendo un gruñido. La vez siguiente tendré que buscar nuevas porque olvido el orden de las letras. Esto ocurre después de una pesadilla, cuando las escenas vuelven a repetirse.
La ciudad quedó afuera, la miro desde el balcón, mientras espero a mis alumnos con sus historias o, por las noches, las que imagino detrás de cada ventana. 
Pía, a quien doy clases de refuerzo, una tarde me dijo: la felicidad tiene el sabor de las frambuesas, y sus ojos estaban iluminados, igual que las ventanas nocturnas. Mordí esa pequeña porción de fruta que ella me brindaba y algo se me dulcificó por dentro.
Liria es el nexo entre la ciudad y yo; me trae todo lo que necesito. Dejé de extrañar las caminatas por calles arboladas, los cafés de las librerías, los reflejos líquidos en el asfalto después de la lluvia, ir a un recital o a mis cursos de pintura. Al principio mitigaba esas nostalgias convenciéndome de que me salvaba de los empujones, las largas filas, la basura acumulada en las esquinas, los bocinazos, mirar por encima del hombro con desconfianza.
Sí, he resignado mucho, detuve un engranaje y una parte de mí funciona en automático, da clases, escucha los relatos de los alumnos, mira la ciudad, cuyas luces opacan las estrellas. No hay nada más desvaído que el cielo urbano.
Cuando me encontraron en la zanja y volví a la realidad, mi primera conexión fue con el cielo negro, regado de mercurio como solo se ve en el campo. Me sentí cubierta por ese sayo frío, impersonal, que no se espantaba por mis laceraciones internas y externas. Ese contacto, creo, me permitió seguir viviendo, me preservó de las miradas de lástima, de las preguntas torpes, del dolor por no haber muerto, por ser mujer y sentir una vergüenza que no me correspondía.
El otoño progresa y —a pesar mío— voy ingresando en la añoranza de los proyectos truncos, de un amor que llega, de las menudas alegrías cotidianas. Leí una vez que la infelicidad es la expresión del miedo.
Quizás en el recogimiento natural del invierno intente nombrar lo innombrable como una forma de purificación de lo que fue ensuciado, consiga restañar lo que ha sangrado tanto  y —definitivamente— logre pronunciar esas palabras en voz alta. Por las que sufrieron lo mismo, por mis estudiantes. Sobre todo por mí.



©  Mirella S.   — Noviembre 2012 —




jueves, 22 de septiembre de 2016

Crónica urbana



Había hecho su casa en la esquina de dos avenidas, entre una entidad bancaria y una pizzería. Sus pertenencias eran un colchón cubierto por una sábana que tomó el matiz de la intemperie, un par de frazadas, un cajón de manzanas, vacío, sobre el que descansaba un televisor en blanco y negro, siempre encendido. Sabrina nunca supo si eran los del banco o los del bar quienes le proveían la conexión. Algo secundario, así lo constató con el correr del tiempo: todos lo querían, estaba integrado a la geografía del barrio como una isla risueña en medio del transitar espasmódico de peatones y de vehículos.
Él, Alejandro Ferreiro, Ale para los vecinos, tenía una sonrisa permanente que le estiraba los labios y le achinaba la mirada. Reía a menudo, palmeando el lomo de su último compañero, un perro de raza que desentonaba con su dueño por su pelaje lustroso y unos ojos increíblemente acaramelados.
Cuando Sabrina se mudó al barrio, Alejandro ya vivía en su esquina. En ese entonces los perros que lo acompañaban eran tres y compartían colchón y televisor con él. En los últimos años sólo había quedado el de los ojos color miel.
No pedía limosna, tampoco era disminuido mental, como ella había pensado en un principio. Su edad era indefinible, pero después de la desaparición, en una noche helada de julio, el nombre trascendió completo y que tenía cuarenta y dos años. Los vecinos y los de la pizzería hicieron la denuncia, hasta se publicó su foto en algunos diarios. Y no sólo faltaba Ale, tampoco estaban su colchón, el televisor ni el perro. La esquina se veía desoladamente vacía, como si manos rapaces le hubieran robado algo vital.
Por sus actividades ella pasaba seguido por el lugar y en los primeros tiempos le daba cierto pudor mirarlo, sensación que le ocurría con aquellos que viven en la calle. Sentía un malestar que era una mezcla de tristeza, culpa, por su costumbre de arrogarse responsabilidades que no podría asumir. Como ser humano ¿no le correspondería ayudar a otro abandonado? Claro, se contestaba, pero son tantos los que proliferan, rodeados de cartones, con sus carritos cargados con lo poco que les queda, mientras sus cuerpos se cubren con estratos de suciedad y se desmoronan aceleradamente como edificios fantasmas.
Alejandro no era así, el vecindario lo había adoptado, él sonreía y acariciaba a su perro. A Sabrina le miraba las piernas si usaba pollera y el trasero si estaba con jeans. Quería silbar para demostrar su admiración, pero no sabía hacerlo, apenas lograba un salivoso shi-i shiiii. Su mirada no era ofensiva y la gente, incluso Sabrina, reían por su torpeza silbatoria.
Estaba tan mimetizado con el rincón de la ciudad que había elegido, que terminó pasando desapercibido como el quiosco de diarios o el semáforo. Los consuetudinarios daban por descontada su presencia allí.
El asombro de no verlo dejó a todos tan fríos como ese amanecer de invierno. Y empezaron las búsquedas, las investigaciones, su imagen en los medios de comunicación.
Sabrina lamentó no haber cruzado palabras con Ale, apenas sonrisas ocasionales. Una semana más tarde se enteró de que había muerto de neumonía en un hospital porteño; los del Gobierno de la Ciudad se lo habían llevado esa noche de hielo en que sacaron a los sin techo que pudieron de las calles debido a las bajas temperaturas. Nadie lo creyó, la ciudad se había vuelto desconfiada, escéptica.
A los pocos días de saberse la noticia de la muerte de Alejandro, la esquina se llenó de flores, de velas encendidas, notas adheridas en la pared del banco. La gente al pasar se persignaba ante el improvisado altarcito, como si algo sagrado hubiese permanecido en esos metros de vereda. El ritual duró varios meses, las flores se renovaban y Sabrina pensó que el barrio había convertido el sitio en un santuario.
Los improvisados floreros hechos con latas y botellas gradualmente fueron desapareciendo. Los vecinos hicieron una colecta y se colocó en el piso una placa conmemorativa con los datos de Alejandro. El banco autorizó que en su pared de mármol algún artista pintara, como si fuese un sello, la cara de Ale en una gigantografía que sonríe para siempre.
Sabrina sigue transitando esa esquina y cada vez que lo hace tiene la precaución de desviarse unos pasos para no pisar la placa.


©  Mirella S.   —2014—




El relato está basado en una historia real que me contaron.



jueves, 3 de marzo de 2016

Crónica de una caída

Acrílico de José De la Barra


Tropezaste con algo en la vereda y te caés, te derrumbás como un edificio vencido. Caés hacia adelante, sin amortiguar el golpe debido a la bolsa cargada que llevás. Todo el peso de tu cuerpo lo soporta el codo, la cadera y la pierna izquierda.

Desde el suelo ves muchas zapatillas, sandalias, que pasan a tu lado y siguen de largo.

Estás atontada, los huesos estremecidos, los músculos sin fuerzas para levantarte. Despacio, te arrastrás hacia el refugio de la pared, sintiendo la miseria de un gusano que repta por el cemento en busca de una brizna de hierba que lo proteja en su acolchada humedad.

Allí tirada, te acordás del final de una vieja película en la que un hombre, que no quiere morir solo, logra llegar hasta la calle, cae, y su última visión de este mundo es un bosque de zapatos presurosos que lo esquivan, para no perder tiempo en su marcha.

Alguien te tironea del brazo derecho, de un modo brusco, torpe. Hay un par de adolescentes inclinadas sobre vos. Tratás de incorporarte aferrándote a eso que te tironea. Conseguís ponerte de rodillas, apoyás la otra palma en el piso, tomás impulso y quedás en posición vertical.

Todo parece girar a tu alrededor, como si la vereda fuera el cielo. Agradecés al vacío, las chicas ya se fueron sin mediar palabra.

Respirás profundo, aún aturdida das unos pasos: la próxima hazaña será agacharte para recoger la bolsa pesada. La gente sigue su desfile, impertérrita. Los más curiosos se dan vuelta y miran.

La llamarada del dolor recorre cada uno de tus huesos. Una tristeza conocida se instala en tu garganta. Acariciás la pared que te brinda sostén y empezás a caminar lentamente. Cada movimiento es un sismo que te sacude el esqueleto.

Tuve suerte, pensás, no me quebré nada y estoy a una cuadra de casa.

 ©  Mirella S.   — 2016 —








miércoles, 3 de junio de 2015

La felicidad del palo borracho




Esa mañana desperté con una energía inusual pugnando filtrarse de entre mis labios craquelados por la desidia. Tuve el presentimiento de que algo extraordinario estaba dispuesto para mí.

Era otoño avanzado y el palo borracho de la esquina había florecido imprevistamente.

Cuando la amargura me inocula su hiel en la sangre, el mínimo evento amable es un indicio que me habla. Un árbol que brota en pleno mayo puede encerrar la simbología que yo quiera atribuirle. Y necesitaba aferrarme a un símbolo, como si fuera la llave de una puerta que se abre a instancias más benévolas.

Con temperaturas impropias de la estación, el palo borracho habrá creído que era setiembre, que el otoño se había puesto a jugar a la rayuela y, al brincar sobre el invierno, se le cayó la bufanda y se transformó en primavera. O el palo borracho estaba tan ebrio de flores que le cosquilleaban los brazos nervudos, que las soltó en un esplendor rosa púrpura.

Lo consideré un guiño dirigido a mí, porque el resto de la naturaleza siguió su curso, respetando la memoria que guardaban sus células, a pesar de que el termómetro marcara 30º. Las hojas de los demás árboles, en lluvias de monedas de cobre y oro, se apropiaban de las calles.

Los comentarios de los vecinos eran puras alabanzas hacia esa floración a destiempo, ante la suntuosidad de las ramas que se extendían como manos cubiertas de anillos.

La sonrisa con la que miraba ese espectáculo me humectó los labios. Algo parecía ensanchárseme por dentro.

Una noche se desató un viento caliente. El palo borracho amaneció despojado y a sus pies, untando la vereda, había una especie de légamo violáceo. El tacto cálido del viento cocinó las flores y las convirtió en una mermelada barrosa.

La boca se me apretó en una línea delgada, como si quisiera replegarse ante un ultraje repetido.

Soy una rastreadora de los mensajes que me pueda enviar el entorno, empeñada en una cacería emocional en la que termino siendo la presa. Con la nueva señal no cabían errores.

La floración del palo borracho me dio una tregua; en el trayecto que nos toca vivir hay paradores para detenerse. No debía pensar en la frazadita acogedora de la habitación contigua ni en sus fauces abiertas, invitantes. De mí dependía que no volviera a cautivarme.



©  Mirella S.   — 2015 —


lunes, 25 de mayo de 2015

A través del fuego



Se lo conté, él no me creyó, ni cuando le dije que iba a mostrarle los recortes de los diarios. Están guardados, apenas me sienta mejor los voy a buscar. Tenía trece años entonces, imaginate, toda una vida. Mejor dicho: toda mi vida, qué desperdicio. Él no lo sabía. Vos tampoco, hija, nadie de acá lo sabe, los que lo saben están muertos o se quedaron en el pueblo y ni lo recuerdan. Lo callé, no quería que pensaran que me mandaba la parte.
Y los recortes también habrán tomado el color de lo viejo, así como yo me llené de arrugas y de canas. Deben estar en el bolso donde guardo tantos cachivaches, mis recuerdos, no sé para qué. Bueno, al final son pedacitos de mi vida y me da pena tirarlos. Los junto y los meto en ese bolso que traje cuando vine a Buenos Aires. Está arriba del ropero, hace un montón que no lo bajo, entre el reuma y que engordé no puedo andar subiéndome a una silla.
Espero que vos me creas si te digo que mi nombre apareció publicado en los diarios, con foto incluida: “Paulina Robles, que a los  trece años…” No me mires igual que tu padre, él puso esa misma cara, con los ojos oscurecidos por el desprecio y el alcohol, ahora que se le dio por tomar de nuevo.
Como lo estás oyendo: salí en los diarios y en un noticiero de televisión que conducía una periodista con doble apellido, de moda en esa época. Ella viajó hasta el pueblo, me hizo una entrevista y dijo que era una heroína de trece años. Nosotros no teníamos tele y no pude verme. A cada pregunta me ponía más colorada, miraba la punta de mis alpargatas y ella, para tranquilizarme, me acarició el flequillo, imposible de acomodar con este pelo duro y lacio que Dios me dio. Las palabras se me atragantaban, terminé moviendo la cabeza para decir que sí o que no y ella dijo a la cámara que era una chica muy introvertida. Fijate cómo me acuerdo de una palabra tan difícil, hoy todavía no sé bien qué quiere decir. La repetí varias veces, así no me la olvidaba.
En el colegio pasaba de grado raspando, la maestra decía que vivía en las nubes, que hubiera podido rendir más. En Lengua me esmeraba, mi sueño era ser secretaria, atender el teléfono, escribir cartas a máquina, usar trajecitos y zapatos con taco aguja, esa fue mi ilusión. Tampoco lo sabías. De mis cosas no hablo, introvertida querrá decir eso. La palabra sonó importante y me hizo creer que era distinta a la gente del pueblo. Sin la sensación de no encajar en ningún lado que tuve siempre, sólo distinta, en un sentido lindo, y por qué no, con un destino mejor.
Estoy cotorreando demasiado, lo sé, el médico dijo que no debía agitarme, sé que me van a llevar al hospital. Nadie me lo dijo. Lo sé y basta. Antes de que venga la ambulancia me gustaría contarte lo que hice a los trece años. Por lo menos que uno de mis hijos lo sepa.
De chica te parecías a mí, después cambiaste, te fuiste, hiciste tu vida. Yo también me largué del pueblo a los quince con la prima Fanny, que era mayor. Como te decía, mi sueño fue ser secretaria, hablar por teléfono, que para los que veníamos del campo era un aparato mágico, servir el café a los jefes, usar tacos altísimos, igual que las actrices de las viejas películas que vi en el cine de la parroquia. Qué hermosas: el pelo con ondas y unas increíbles cinturitas de avispa. Claro, a mí los trajes entallados no me hubieran quedado bien, ya de piba tiraba a retacona, pero los sueños, como las películas de la parroquia, eran gratis.
¿Ves? Perdí el hilo, siempre me costó contar algo. Los recortes de diario, sí, allí está la historia, con fotos mías, de la familia, de lo que quedó del rancho. Hasta me pusieron en la tapa de uno con títulos en negro: “Paulina rescata a sus hermanitos de las llamas”; y en otro: “Nena de trece años arriesga su vida y salva a sus cinco hermanos”.
Mamá, en cuanto se le pasó el susto, se puso en campaña y trató de sacar alguna tajada. Lloró delante de la cámara y dijo que en pleno invierno íbamos a tener que dormir debajo de un árbol. Del rancho sólo había quedado un aro de tierra ennegrecida y de los pocos muebles, una montañita de cenizas.
Gracias a ella nos mandaron colchones, frazadas, maderas y tu abuelo pudo construir una casa decente, con una pieza para mis hermanos. “No hay mal que por bien no venga”, solía decir, con esa resignación que fue mi herencia. ¿Que si no tuve miedo? Seguro que lo tuve. Si cierro los ojos veo las llamas envolviendo el rancho, rojas, largas y afiladas como cuchillos, con la cresta oscura del humo.
Había ido al arroyo a lavar y los viejos estaban trabajando en el campo de don Cosme. Cuando me di cuenta del humo empecé a correr. Al ver que el fuego casi lamía el techo de paja, pensé que era tarde. Me pareció oír un grito y ahí fue como si un remolino de viento me empujara, era puro instinto, con todas mis fuerzas le di una patada a la puerta y entré a pesar del terror salvaje que me mordía por dentro. No sé cómo salté a través de las llamas y los saqué, salía y volvía a entrar y me acuerdo que al dejar al último sobre la tierra pisada del patio, me puse a contarlos para ver si estaban todos. A veces creo que no me pasó a mí, que quien corría a través del fuego era otra ¿de dónde podía venirme ese coraje?
En fin, la fama duró poco, pronto dejé de ser una novedad y nadie se acordó más de la pequeña heroína.
Ya estará por llegar la ambulancia, si se te hace tarde por mí no te entretengas. No te estoy echando, en eso sos igual que tu padre: yo digo una cosa y él entiende otra. La vez que nos conocimos no le di bolilla y él no paró de perseguirme. En aquel momento por mi cabeza daban vueltas muchas preocupaciones, había tenido que dejar el curso de dactilografía porque no lo podía pagar. Pero no perdí la esperanza de volver a oír el estruendo de tantas máquinas que tecleaban al mismo tiempo en el salón enorme donde estudiaba.
Después que te tuve a vos, comprendí que ese sueño no era para mí. Me conformé, como mi padre o el tuyo, me dije que algunos sólo podemos recorrer un trecho cortito de la esperanza. Así que agaché el lomo y trabajé limpiando y cocinando para otros, mientras los veía a vos y a tus hermanos crecer en los pocos ratos libres que tenía. Estaba muy cansada para disfrutarlos a ustedes, siempre con la intranquilidad de cubrir las necesidades. 
Vos sabés que tu padre tiró la toalla, se embruteció con el vino y se mandó mudar. Ahora que no tiene donde caerse muerto, volvió. Al principio estuvo hecho una seda y consiguió algunas changas. En seguida mostró la hilacha de nuevo, armando un escándalo por cualquier pavada. Aguanté por costumbre, aguanté hasta hoy, que me gritó: no servís para nada, vieja de mierda. Me gritaba, sos una inútil, ni para traer unos mangos servís. Todo porque no fui a trabajar, es el reuma que no me deja ni moverme. Entonces algo me explotó por dentro, no pude bajar la cabeza y callarme. Le conté lo del incendio, que había pasado a través del fuego. Se me rió en la cara con su voz ronca de borracho. No me importó, las palabras me salían solas y le dije que le iba a refregar los recortes por la jeta. Se puso como una fiera, revoleó una silla por el aire, me la partió en la cabeza y tirada en el piso empezó a patearme. Pero me di el gusto, se lo dije.
Llegó la ambulancia, no me quedan más fuerzas. Buscá los recortes, quisiera verlos de nuevo. Capaz que cincuenta años después vuelvo a salir en los diarios: “Mujer muerta a palos por su marido”. Por eso sería bueno que encuentres los recortes y se los des a los periodistas, así saben quién fui, qué hice. Y para que vos y tus hermanos tengan el orgullo de decir: mi madre fue una heroína.


©  Mirella S.   — 2009 —

Foto de Raphael Guarino



jueves, 19 de febrero de 2015

La marcha del silencio


La marcha de los paraguas en 1994,
en repudio por el atentado a la AMIA


La marcha del silencio el 18 F 2015, 
un homenaje de sus colegas por la muerte del fiscal Alberto Nisman, 
también fue bajo una lluvia intensa que no acobardó a un pueblo cansado 
de mentiras, corrupción y la más cruel indiferencia.


Sin consignas políticas, sólo el reclamo
de una Justicia independiente que pueda esclarecer 
un hecho cada vez más enturbiado y contaminado.

Más de medio millón de personas caminaron hacia La Plaza de Mayo bajo sus paraguas. También hubo marchas en casi todas las ciudades del país. 
En silencio, pero un silencio muy distinto a la mudez del gobierno y sus funcionarios, que parecen vivir en la estratósfera.




martes, 9 de diciembre de 2014

Reina de Lata

Reina de Lata es una alusión al tango "Buenos Aires, la reina del Plata"
 (el Río de la Plata) que popularizó Carlos Gardel.


En el cemento quedó cautiva  
la voz penumbrosa y flébil 
de un sueño. 
Los sueños de cemento o cementerio 
pesan como lápidas de hormigón. 

Deconstruir los muros, 
y sólo queden las ventanas
escurriendo las luces y oscuridades  
de esta ciudad agónica de miedo. 

La destronada Reina de Lata   
se recuesta en el río disfrazado de mar, 
le ausculta el espinazo 
y la erosiona con su lengua turbia. 

El visitante la descubre en el café de un viejo bar 
en el sushi de Palermo Soho 
o en la perplejidad del asfalto 
humedecido por la lluvia. 

La noche arrastra sombras.  
Hombres de cartón la escarban fatigadamente,
se cruzan con los de corbata y maletín 
que regresan de la City. 

La Reina los ve desde millones de ojos 
miopes de indiferencia, 
se arrebuja en las torres de Puerto Madero 
y dormita el largo eclipse de justicia. 

 ©  Mirella S.   — 2014 —


Y el videíto...

lunes, 16 de septiembre de 2013

En la biblioteca


Ilustración de Dave Cutler



El hombre corpulento se paró en la puerta y titubeó ante el cartel “Se ruega silencio”. Asomó la cabeza y vio las numerosas estanterías llenas de libros que formaban pasillos dividiendo la sala. Detrás del mostrador una empleada con guardapolvo celeste, revisaba un fichero. El hombre sostenía algo entre sus dedos gruesos y oscuros. Por fin dio unos pasos y se acercó al mostrador.
—Buenas tardes ¿en qué lo puedo ayudar? —murmuró la empleada, casi sin mover los labios.
El hombre, miró el cartel, se aclaró la garganta con un sonido que parecía un trueno, y dijo:
—Vengo a…
—¡Shhh!
—Perdón, yo no… —se disculpó el hombre y su voz retumbó en el silencio de la sala, multiplicándose.
—Por favor, no grite —la empleada lo amonestó con un índice torcido por el reuma.
—Bué… ejem… ejem… —carraspeó el hombre roncamente.
—Silencio, un poco de respeto —la voz tajante provenía de unas mesas de fórmica, cercanas al mostrador. La cabeza de un hombre con anteojos emergía de una alta pila de libros y miraba al grandote con el ceño fruncido.
—¿Es que no puede hablar más bajo? Dígame qué necesita —musitó la bibliotecaria.
El hombre grandote negó con la cabeza y se tocó la nuez de Adán. Puso un libro sobre el mostrador.
—¿Viene a devolverlo? ¿A nombre de quién? —preguntó la empleada en un susurro.
Por el pasillo más próximo apareció una mujer con una melena de un rojo deslumbrante. Usaba un vestido suelto y largo y unas sandalias franciscanas. Se detuvo junto al mostrador. Traía un libro de un tamaño considerable.
—Hoy me castigo con el Eneagrama —le dijo a la bibliotecaria, con una voz delicada, apenas audible.
El grandote había sacado del bolsillo una boleta doblada, la estiró y, trabajosamente, empezó a escribir algo en la parte de atrás. Le dio el papel a la bibliotecaria que, dándole la espalda, se inclinó hacia la colorada.
—“Mi nene se llama Juancito Peña y está enfermo —leyó entre dientes—, y bine a debolber el libro que sacó. Quiero llebarle otro”. —con un gesto despectivo acotó—: Ni escribir sabe.       
—Qué le pasa ¿es mudo? —preguntó la colorada.
—Nada que ver, tiene una voz de bulldog  y con dos palabras me alborotó el lugar. No me acuerdo del mocoso, pero eligió bien: Wilde, El príncipe feliz. Quién sabe si lo terminó de leer —dijo y colocó el libro en un carrito, encima de otros. Y volviéndose al hombre—: El sector de literatura infantil está al fondo, por el pasillo central.
Él asintió y fue hacia el sitio que le indicaba la empleada, con unos pasitos raros como si caminara en puntas de pie.
—Por fin me lo saqué de encima. Parece King Kong en una cristalería —dijo la bibliotecaria, casi en la oreja de la otra mujer. Suspiró y miró el reloj—. Todavía tengo para una hora más. Esta tarde es interminable, cada vez viene menos gente.
La colorada sonrió con la sonrisa de quien piensa en otra cosa.
—Claro. Si querés te espero, tomamos un café y te cuento la última de Alberto, ese hijo de mala madre —habló con la mano arqueada formando una especie de pantalla sobre la boca y miró en dirección al de anteojos, inmerso en los libros.
—Qué, de nuevo te dejó plantada.
—Ojalá fuera eso. Después hablamos. Mientras te espero voy a curiosear otro poco en el sector de la New Age.
—Acá estaré —contestó la otra, en un murmullo resignado.
La colorada pasó junto al hombre grandote que, con aire inseguro, miraba los libros infantiles. Se acercó, pasó revista a algunos títulos y con una uña larga y roja como el pelo, dio golpecitos en el lomo de uno.
—Si a su hijo le gustó Oscar Wilde, le puede interesar este otro —dijo con su voz leve.
El hombre la miró con cara de no entender. Tomó el libro que ella le ofrecía y lo sostuvo entre los dedos con cutículas bordeadas de negro.
—Es mecánico ¿no? —dijo la colorada—.  Mi papá tenía las manos igual. Ni con cepillo y lavandina se las podía limpiar…
Hizo una pausa y agregó:
—Si quiere hojear el libro, allá tiene para sentarse.
El hombre movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo y sonrió como un chico ante un regalo. La mujer lo saludó agitando la mano y desapareció en el pasillo siguiente.
El hombre se sentó en un silloncito, con el cuero ajado. Apenas cabía. Abrió el libro y leyó el título: Cuentos de Oriente para niños de Occidente, Antología sufi. Hizo correr las hojas, no tenía dibujos. La expresión agradecida de a poco se convirtió en decepción. Se levantó, dejó el libro sobre el asiento y volvió a acercarse a la estantería. Del otro lado se oyó un cuchicheo.
—Y qué hiciste —era una voz masculina.
—Nada, me quedé paralizado —dijo otra voz masculina, más opaca.
—Ellos, qué te dijeron.
—Me acribillaron a preguntas.
—Y ahora, qué piensan a hacer.
—No lo sé. Espero que me crean.
El hombre grandote se agachó para mirar a través del hueco que había entre dos estantes, pero las voces ya se estaban alejando. Sus ojos quedaron a la altura de una fila de libros todos del mismo tamaño, con lomos amarillos y letras negras. Sacó uno al azar: tenía una llamativa ilustración en la tapa. Una sonrisa soleada le amansó la cara.
Se quedó un buen rato pasando las hojas; miraba los dibujos hechos con tinta negra, leía algunos párrafos. Con el libro debajo del brazo regresó al mostrador.
Eran las siete menos cinco, la bibliotecaria se había sacado el guardapolvo y conversaba con la colorada.
—Me lo llevo. El Corsario Negro, lo leí cuando tenía diez años, la misma edad que el Juancito. La colección Robin Hood… todavía se consigue…
La voz del hombre rebotó en las paredes y las palabras cayeron como una lluvia de piedras, pero esta vez nadie chistó. La mesa que ocupara el hombre de anteojos estaba vacía y algunas luces ya habían sido apagadas.
La bibliotecaria, en un tono monocorde preguntó:
—A nombre de.
—Juan Peña. Lo voy a leer con él —del vozarrón se desprendía orgullo.
Ella anotó los datos en una ficha y le entregó el libro.
—Tiene que devolverlo en una semana. Buenas tardes.
—Buenas tardes.
—Se fue contento —comentó la colorada—. Me hizo acordar a mi viejo.
—Ajá —bostezó la otra y apagó las últimas luces.

©  Mirella S.   — 2010 —