La mujer que iba
al mismo café a escribir delante de una taza humeante, que de a poco se iba
enfriando cuando las palabras se empujaban unas a otras por salir, ahora lo
hace de un modo esporádico. Automáticamente saca el cuaderno que vive en su
bolso, la birome, los apoya junto al pocillo y se toma el café bien caliente.
Ni siquiera abre
el cuaderno, lo deja sobre la mesa, como un testigo mudo de algo que fue y ya
no es. Antes estaba lleno de voces, los renglones y las páginas se sombreaban con
su letra redonda. Desde hace un tiempo en él anida el silencio.
Ha vuelto a ese
espacio que todavía le atrae y se ubica en el lugar preferido. Mientras bebe,
en las volutas de vapor que emana el líquido, le parece descubrir formas
indefinidas que la alertan. Espera que sean la punta del ovillo que la
conduzcan a ideas nuevas, pero se disipan con rapidez y ella regresa al estado
de inercia.
Le sobreviene una
repentina sensación de desdoblamiento, como si algo se desprendiera de su
cuerpo y la contemplase desde una posición ubicada por encima de su cabeza.
La que queda sentada
mira por el gran ventanal que le permite acceder a un ángulo de la calle. A
veces el viento agita el follaje de los árboles en una danza cimbreante. Hoy el
aire está quieto y las ramas permanecen inmóviles, como a la expectativa, igual que la
mujer.
La que observa
tiene una amplia visión del local, el ir y venir de las camareras, los clientes
y escucha la música de fondo que se pierde en el murmullo de las
conversaciones.
Sin embargo, el
interés de la observadora está puesto en la que ocupa la mesa del ventanal. Es
una curiosidad más que un interés y acaso ni llegue a esa categoría.
Últimamente, la otra
lleva a cabo el mismo ritual monótono, como congelado en el tiempo: bebe el café,
dirige los ojos hacia el exterior un largo rato, guarda cuaderno y birome, paga
y se levanta.
Llega ese
momento y la que observa cae como un avioncito de papel y siente que vuelve a formar
parte del antiguo cuerpo.
Está en la calle
y a través de los ojos, de la piel de la mujer se nutre del sol, ve las nubes, huele
el levísimo aroma del tilo de la esquina y nota que las veredas empiezan a
tapizarse de hojas.
Afuera el tiempo no se ha congelado.
© Mirella S.
— 2020 —
Este texto es anterior a
la disposición de la cuarentena.
Ahora la mujer se toma su café asomada al balcón,
mirando un
cielo de peltre y una calle solitaria.
Gracias a todos y abrazos.

















