Mostrando entradas con la etiqueta realidades. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta realidades. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de marzo de 2020

Tiempos sin sentido




La ciudad desgasta las ganas de vivir, y al doblar una esquina, te mata. Robos, palizas, asesinatos, motochorros impunes que son capaces de pegarte un tiro o acuchillarte para obtener el celular. Ni hablemos de las violaciones y femicidios.

La última moda por estas latitudes son los ataques en manada. Matar a golpes porque sí, porque se les canta, porque en grupo se sienten poderosos. Porque son unos cobardes, vacíos por dentro. Después del ataque alardean por whatsapp, con una frialdad apabullante, que el pibe caducó y se van a festejar en una hamburguesería.

Miedo, impotencia, ira, un desasosiego pegajoso del que no puedo desprenderme, son los sentimientos preponderantes de este domingo. Hay una escena que vuelve una y otra vez.

Estaba llegando a la entrada del edificio donde vivo cuando una moto, que circulaba a contramano, se detuvo frente al portón del garaje, en ese momento abierto, e intentó entrar.

El aire de ese atardecer de enero se cargó de bocinazos y sirenas de patrulleros que coparon la cuadra. El delincuente, acorralado, bajó de la moto y empezó a correr en mi dirección. Sin saber qué hacer, aplasté la espalda contra la pared como si esperara que los ladrillos me succionaran. El perseguido pasó tan cerca de mí que el casco, que colgaba de su brazo, golpeó en mi costado. En la mano sostenía un cuchillo.

En esos segundos vislumbré unas facciones adolescentes, las mandíbulas y los labios contraídos y la fijeza de unos ojos predadores que me miraron sesgadamente. Contuve la respiración, como si ya estuviera muerta. Pero él no se detuvo, corrió hacia la esquina dejando una estela de sudor agrio. Allí lo atraparon varios policías y lo subieron al patrullero.

Al día siguiente habrá quedado en libertad.

En mis sueños todavía se materializan las suposiciones que cruzaron por mi cabeza en aquellos instantes.



©  Mirella S.   — 2020 —



Hola amigos, quería avisarles que a partir de ahora no responderé más a los comentarios. 
Los leeré atentamente y con el cariño de siempre.
Un abrazo para todos.


jueves, 19 de septiembre de 2019

Aprendizaje



Telma, la vecina de la pensión en la que se alojaba Natalia, desesperada, le pidió que cuidara a su hijo Simón unos días. Debía viajar urgente a Salta por la muerte de su padre y en Buenos Aires no tenía familiares con quienes dejarlo. Natalia aceptó, con el temor incomprensible de no estar capacitada, no era suelta con los niños y a Simón lo había tratado poco.

Lo vio triste, cabizbajo y pensó que sería por la ausencia de la madre. Para colmo acababa de empezar el colegio primario: un chico tímido, callado, igual que ella. En la primera noche lo oyó llorar en la camita improvisada en la estrechez del cuarto. Era casi un quejido, como el del viento que se filtra por una ventana sin burletes.

Prendió la luz del velador. Simón se acurrucó debajo de la frazada, ella la deslizó apenas para preguntarle si se sentía bien. El niño no contestó. Pudo percibir que temblaba. Lo único que supo hacer fue abrazarlo y quedarse a su lado hasta que la respiración se le fue normalizando y se adormeció.

El día siguiente era sábado. Desayunaron en silencio, Simón siempre con la mirada fija en el mantel. Bebía la leche con desgano y solo le dio un mordisco a la rodaja de pan con dulce de damascos que Telma le dejó, por ser su mermelada favorita.

—¿Vamos a la plaza? —propuso, tratando de sonar entusiasmada.

Simón se encogió de hombros y no levantó la vista.

—Hay sol, te va a hacer bien y así me contás por qué llorabas anoche.

La miró y ella percibió por primera vez la honda soledad en sus ojos de brea espesa, levemente sesgados.

—Soy un cabecita negra*, un chinito ¿no? —dijo como si masticara cada palabra, en lugar del pan.

—De dónde sacaste eso.

—Los chicos del grado. Se reían.

Natalia trató de aliviarlo, pero sus frases le sonaron convencionales. Después del almuerzo, mientras él jugaba distraídamente con un autito, pensó que debía encontrar una metáfora o una forma didáctica para explicarle aquello que lo perturbaba.

Inspeccionó dentro de la heladera, sacó dos cajas de huevos, una con los blancos y otra con los de color. Sobre la mesa empezó a mezclarlos, a formar diseños que cambiaba continuamente.

Simón soltó el juguete y fue directo a la mesa a observar los movimientos de Natalia.

—Qué hace el huevo blanco fuera de la caja —preguntó. Siguió mirando y con el índice señaló la tapa de la caja. —Ese huevo colorado tiene que estar con los demás colorados, no con los blancos.

—Al contrario, hizo bien en pasarse al otro sector.

—Pero le sacó el lugar al blanco, que se quedó afuera.

—Se quedó afuera porque lo eligió, lugar había, él no quiso mezclarse con los “colorados”, como vos los llamás.

—El colorado se metió junto a los blancos… —dejó la frase en suspenso unos segundos y después preguntó—: ¿por qué?

—Para terminar con la discriminación.

—¿La dris cri qué?

—Dis-cri-mi-na-ción, lo que hacen tus compañeros en el cole. Por tu color de piel más oscura. El colorado tuvo el coraje de instalarse con los blancos, en una esquina todavía, pero dio un paso. ¿Entendiste, Simón?

—¿Y si me empujan para que me vaya?

—Apenas se descuiden lo volvés a intentar, hasta que te conozcan.

Le vino a la mente su propia experiencia, cuando en la escuela las compañeras la llamaban la rusa y ella siempre las corregía: soy polaca. Tanto insistió que llegó el día en el que fue Nati para todas.

Él le tomó la mano y Natalia vio como en sus ojos se formaban estrellas de cuarzo.



©  Mirella S.   (texto y foto)   2019 



*Cabecita negra  y chinito son términos utilizados en  Argentina para denominar, despectivamente, a un sector de la población asociado a personas de pelo negro y piel de tonalidad más oscura, provenientes de zonas rurales de las provincias del interior.




lunes, 22 de enero de 2018

A sus espaldas



Trata de ablandar con el tenedor de plástico los grumos del puré para hacerlo más comible. La mujer que ella cuida escupe todo lo que no sea homogéneamente cremoso, ya no quiere masticar. En los hospitales públicos no se pueden pedir delicadezas: la precariedad  y la inoperancia gobiernan.

En el que la enviaron todo se derrumba sin remedio, se oxida, descascara y emana un olor envilecido que ni los desinfectantes logran disimular. Se encuentran en la terapia de la guardia, en la que hay una docena de camas desvencijadas que ya no cumplen con sus funciones originales. La antesala de la muerte para muchos —piensa— y para los más afortunados, el paso previo a la sala común, en el caso de que dispongan de sitio.

Sigue con su tarea cuando detrás de ella algo la alerta. No se da vuelta. Procura, en vano, que la mujer abra grande la boca para introducirle la cuchara con el puré. Es una lucha cotidiana que la deja sin fuerzas y con dolor de cintura por la posición inclinada.

Sin embargo, y a pesar del calor apenas removido por los ventiladores de techo, un largo estremecimiento le tensa los omóplatos. Apoya la palma de la mano en su nuca: está fría.

Intuye la presencia de la indeseada, la temida. ¿Se acerca? La mujer a la que cuida está desahuciada y en sus cada vez más escasos momentos de lucidez, lo sabe. Hace como que no le importa, probablemente no sea así, una parte de ella se aferra con tenacidad a algún borde de este lado. Puro instinto de supervivencia.

La que la cuida, en cambio, el abismo de lo desconocido no le produce temor, sí la lenta agonía, la avidez del dolor que se encarniza y se expande por los cuerpos enfermos convertidos en materia que se desintegra, aún antes de que la sombra helada se apodere de cada una de sus células.

La presiente a sus espaldas con una particular sensibilidad.

La mujer come con los ojos cerrados, apenas entreabre los labios y el puré chorrea por una de las comisuras. Con la servilleta la limpia, mientras escucha movimientos alrededor de la cama vecina, pasos que se acercan y se alejan, susurros.

Espera unos instantes más y gira la cabeza para observar. El hombre de la cama contigua yace boca arriba, le han subido la sábana para cubrirle la cara.

No se equivocó, la ominosa ha hecho su visita y se fue con su trofeo. Por ahora siguió de largo, todavía no es tiempo de la siega.

Ellas son dos mujeres solas que esperan.



©  Mirella S.   — 2018 —



Este texto lo escribí hace un par de semanas y no pensaba publicarlo.
La escena ocurrió en noviembre, poco después de que mi hermana fuera internada.
La visitante nefasta le concedió dos meses más de sufrimiento.
Apareció el jueves pasado y se la llevó.

Hasta cuando me sienta mejor. Un abrazo enorme para todos.



viernes, 28 de octubre de 2016

Desde el balcón




Es mayo, los días se acortan, el aire se afina, cierro los vidrios. Por las noches ver las ventanas que se encienden me reconforta. Desde mi balcón veo la ciudad vertical que estira sus dedos hacia el cielo oscuro de los dioses, queriendo alcanzarlos con sus torres y antenas, en el afán de ser un ínfimo dios más. El cemento alberga secretos, culpas, protege a los recién nacidos o los desampara, a las que amamantan o aquellas con los pechos vacíos. Protege; también abandona, sacrifica.
La ciudad: con tantas historias como tantos ojos abiertos o cerrados contenga. A solas, en el balcón, las conjeturo para distraerme y no pensar en la mía. Sin embargo, alguna vez cierta tecla se dispara, el corazón late veloz, la garganta se obstruye y pienso que la vejez por fin vendrá, entonces estaré a salvo de las nostalgias que todavía no pude desterrar. Los años me cubrirán con su manto de cenizas y lo que me reste por vivir se deslizará sin ansias.
Tampoco es seguro que eso ocurra. He tenido demasiados deseos en estos treinta y cinco años. Ignorarlos es una mala táctica, resurgen en los sueños, en momentos impredecibles: chispas que se escapan de una esperanza aún indómita.
Para olvidar mi historia, absorbo las que mis alumnos me participan. Ven en mí a alguien confiable, que no juzga, escucha y no interfiere con anécdotas personales. No podría, lo único que quiero es suprimir de mi memoria aquellos tres días abominables.
Y para eso tengo que borrar mi vida, como si hubiera nacido hace un año, cuatro meses y quince días, porque al rememorar las buenas épocas, ineludiblemente, algo tenebroso se cuela en el recuerdo y caigo en el horror de lo ocurrido.
Para ciertos actos infames —ese acto infame—, hay que inventar palabras, sonidos, no se lo puede nombrar sin quedar destrozada. Si me asaltan esas imágenes improviso onomatopeyas con muchas consonantes, cuya pronunciación termina siendo un gruñido. La vez siguiente tendré que buscar nuevas porque olvido el orden de las letras. Esto ocurre después de una pesadilla, cuando las escenas vuelven a repetirse.
La ciudad quedó afuera, la miro desde el balcón, mientras espero a mis alumnos con sus historias o, por las noches, las que imagino detrás de cada ventana. 
Pía, a quien doy clases de refuerzo, una tarde me dijo: la felicidad tiene el sabor de las frambuesas, y sus ojos estaban iluminados, igual que las ventanas nocturnas. Mordí esa pequeña porción de fruta que ella me brindaba y algo se me dulcificó por dentro.
Liria es el nexo entre la ciudad y yo; me trae todo lo que necesito. Dejé de extrañar las caminatas por calles arboladas, los cafés de las librerías, los reflejos líquidos en el asfalto después de la lluvia, ir a un recital o a mis cursos de pintura. Al principio mitigaba esas nostalgias convenciéndome de que me salvaba de los empujones, las largas filas, la basura acumulada en las esquinas, los bocinazos, mirar por encima del hombro con desconfianza.
Sí, he resignado mucho, detuve un engranaje y una parte de mí funciona en automático, da clases, escucha los relatos de los alumnos, mira la ciudad, cuyas luces opacan las estrellas. No hay nada más desvaído que el cielo urbano.
Cuando me encontraron en la zanja y volví a la realidad, mi primera conexión fue con el cielo negro, regado de mercurio como solo se ve en el campo. Me sentí cubierta por ese sayo frío, impersonal, que no se espantaba por mis laceraciones internas y externas. Ese contacto, creo, me permitió seguir viviendo, me preservó de las miradas de lástima, de las preguntas torpes, del dolor por no haber muerto, por ser mujer y sentir una vergüenza que no me correspondía.
El otoño progresa y —a pesar mío— voy ingresando en la añoranza de los proyectos truncos, de un amor que llega, de las menudas alegrías cotidianas. Leí una vez que la infelicidad es la expresión del miedo.
Quizás en el recogimiento natural del invierno intente nombrar lo innombrable como una forma de purificación de lo que fue ensuciado, consiga restañar lo que ha sangrado tanto  y —definitivamente— logre pronunciar esas palabras en voz alta. Por las que sufrieron lo mismo, por mis estudiantes. Sobre todo por mí.



©  Mirella S.   — Noviembre 2012 —




jueves, 22 de septiembre de 2016

Crónica urbana



Había hecho su casa en la esquina de dos avenidas, entre una entidad bancaria y una pizzería. Sus pertenencias eran un colchón cubierto por una sábana que tomó el matiz de la intemperie, un par de frazadas, un cajón de manzanas, vacío, sobre el que descansaba un televisor en blanco y negro, siempre encendido. Sabrina nunca supo si eran los del banco o los del bar quienes le proveían la conexión. Algo secundario, así lo constató con el correr del tiempo: todos lo querían, estaba integrado a la geografía del barrio como una isla risueña en medio del transitar espasmódico de peatones y de vehículos.
Él, Alejandro Ferreiro, Ale para los vecinos, tenía una sonrisa permanente que le estiraba los labios y le achinaba la mirada. Reía a menudo, palmeando el lomo de su último compañero, un perro de raza que desentonaba con su dueño por su pelaje lustroso y unos ojos increíblemente acaramelados.
Cuando Sabrina se mudó al barrio, Alejandro ya vivía en su esquina. En ese entonces los perros que lo acompañaban eran tres y compartían colchón y televisor con él. En los últimos años sólo había quedado el de los ojos color miel.
No pedía limosna, tampoco era disminuido mental, como ella había pensado en un principio. Su edad era indefinible, pero después de la desaparición, en una noche helada de julio, el nombre trascendió completo y que tenía cuarenta y dos años. Los vecinos y los de la pizzería hicieron la denuncia, hasta se publicó su foto en algunos diarios. Y no sólo faltaba Ale, tampoco estaban su colchón, el televisor ni el perro. La esquina se veía desoladamente vacía, como si manos rapaces le hubieran robado algo vital.
Por sus actividades ella pasaba seguido por el lugar y en los primeros tiempos le daba cierto pudor mirarlo, sensación que le ocurría con aquellos que viven en la calle. Sentía un malestar que era una mezcla de tristeza, culpa, por su costumbre de arrogarse responsabilidades que no podría asumir. Como ser humano ¿no le correspondería ayudar a otro abandonado? Claro, se contestaba, pero son tantos los que proliferan, rodeados de cartones, con sus carritos cargados con lo poco que les queda, mientras sus cuerpos se cubren con estratos de suciedad y se desmoronan aceleradamente como edificios fantasmas.
Alejandro no era así, el vecindario lo había adoptado, él sonreía y acariciaba a su perro. A Sabrina le miraba las piernas si usaba pollera y el trasero si estaba con jeans. Quería silbar para demostrar su admiración, pero no sabía hacerlo, apenas lograba un salivoso shi-i shiiii. Su mirada no era ofensiva y la gente, incluso Sabrina, reían por su torpeza silbatoria.
Estaba tan mimetizado con el rincón de la ciudad que había elegido, que terminó pasando desapercibido como el quiosco de diarios o el semáforo. Los consuetudinarios daban por descontada su presencia allí.
El asombro de no verlo dejó a todos tan fríos como ese amanecer de invierno. Y empezaron las búsquedas, las investigaciones, su imagen en los medios de comunicación.
Sabrina lamentó no haber cruzado palabras con Ale, apenas sonrisas ocasionales. Una semana más tarde se enteró de que había muerto de neumonía en un hospital porteño; los del Gobierno de la Ciudad se lo habían llevado esa noche de hielo en que sacaron a los sin techo que pudieron de las calles debido a las bajas temperaturas. Nadie lo creyó, la ciudad se había vuelto desconfiada, escéptica.
A los pocos días de saberse la noticia de la muerte de Alejandro, la esquina se llenó de flores, de velas encendidas, notas adheridas en la pared del banco. La gente al pasar se persignaba ante el improvisado altarcito, como si algo sagrado hubiese permanecido en esos metros de vereda. El ritual duró varios meses, las flores se renovaban y Sabrina pensó que el barrio había convertido el sitio en un santuario.
Los improvisados floreros hechos con latas y botellas gradualmente fueron desapareciendo. Los vecinos hicieron una colecta y se colocó en el piso una placa conmemorativa con los datos de Alejandro. El banco autorizó que en su pared de mármol algún artista pintara, como si fuese un sello, la cara de Ale en una gigantografía que sonríe para siempre.
Sabrina sigue transitando esa esquina y cada vez que lo hace tiene la precaución de desviarse unos pasos para no pisar la placa.


©  Mirella S.   —2014—




El relato está basado en una historia real que me contaron.



lunes, 18 de julio de 2016

Memoria al 22º atentado a la AMIA




El atentado a la AMIA fue un ataque terrorista con coche bomba que sufrió la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de Buenos Aires el 18 de julio de 1994. Se trató de uno de los mayores ataques terroristas ocurridos en Argentina, con un saldo de 85 personas muertas y 300 heridas.

Al cumplirse el 22º aniversario, artistas y músicos argentinos se reunieron para hacer este video, en conmemoración a las víctimas. 


Todavía no se ha hecho justicia.





jueves, 12 de mayo de 2016

Desarticuladas




Hay dolor en estas manos de madera que ni acarician para no abrir llagas.

Manos que eran de arcilla y cimbraban como pájaros briosos, modelando esculturas en el pecho de un hombre.

Hay dolor en los dedos de cartón piedra. Se les extravió la gestualidad del gozo, el sentido del tacto incandescente, no aún la belleza delicada de sus formas.

Las falanges están inertes como estalactitas y gotean la fría soledad de unas manos que fueron fecundas.

En otro tiempo, en las líneas de sus palmas, navegaban ríos en busca del sentido de la existencia. Se agitaron en bienvenidas, sostuvieron carteles de protesta. Rotos los convenios del silencio, arquitectaron el arte del acuerdo.

Ahora se posan con temor en el teclado, se sienten inválidas, ociosas.



©  Mirella S.   — 2016 —                                                                                             Imagen de Lauren Treece







jueves, 3 de marzo de 2016

Crónica de una caída

Acrílico de José De la Barra


Tropezaste con algo en la vereda y te caés, te derrumbás como un edificio vencido. Caés hacia adelante, sin amortiguar el golpe debido a la bolsa cargada que llevás. Todo el peso de tu cuerpo lo soporta el codo, la cadera y la pierna izquierda.

Desde el suelo ves muchas zapatillas, sandalias, que pasan a tu lado y siguen de largo.

Estás atontada, los huesos estremecidos, los músculos sin fuerzas para levantarte. Despacio, te arrastrás hacia el refugio de la pared, sintiendo la miseria de un gusano que repta por el cemento en busca de una brizna de hierba que lo proteja en su acolchada humedad.

Allí tirada, te acordás del final de una vieja película en la que un hombre, que no quiere morir solo, logra llegar hasta la calle, cae, y su última visión de este mundo es un bosque de zapatos presurosos que lo esquivan, para no perder tiempo en su marcha.

Alguien te tironea del brazo derecho, de un modo brusco, torpe. Hay un par de adolescentes inclinadas sobre vos. Tratás de incorporarte aferrándote a eso que te tironea. Conseguís ponerte de rodillas, apoyás la otra palma en el piso, tomás impulso y quedás en posición vertical.

Todo parece girar a tu alrededor, como si la vereda fuera el cielo. Agradecés al vacío, las chicas ya se fueron sin mediar palabra.

Respirás profundo, aún aturdida das unos pasos: la próxima hazaña será agacharte para recoger la bolsa pesada. La gente sigue su desfile, impertérrita. Los más curiosos se dan vuelta y miran.

La llamarada del dolor recorre cada uno de tus huesos. Una tristeza conocida se instala en tu garganta. Acariciás la pared que te brinda sostén y empezás a caminar lentamente. Cada movimiento es un sismo que te sacude el esqueleto.

Tuve suerte, pensás, no me quebré nada y estoy a una cuadra de casa.

 ©  Mirella S.   — 2016 —








miércoles, 3 de junio de 2015

La felicidad del palo borracho




Esa mañana desperté con una energía inusual pugnando filtrarse de entre mis labios craquelados por la desidia. Tuve el presentimiento de que algo extraordinario estaba dispuesto para mí.

Era otoño avanzado y el palo borracho de la esquina había florecido imprevistamente.

Cuando la amargura me inocula su hiel en la sangre, el mínimo evento amable es un indicio que me habla. Un árbol que brota en pleno mayo puede encerrar la simbología que yo quiera atribuirle. Y necesitaba aferrarme a un símbolo, como si fuera la llave de una puerta que se abre a instancias más benévolas.

Con temperaturas impropias de la estación, el palo borracho habrá creído que era setiembre, que el otoño se había puesto a jugar a la rayuela y, al brincar sobre el invierno, se le cayó la bufanda y se transformó en primavera. O el palo borracho estaba tan ebrio de flores que le cosquilleaban los brazos nervudos, que las soltó en un esplendor rosa púrpura.

Lo consideré un guiño dirigido a mí, porque el resto de la naturaleza siguió su curso, respetando la memoria que guardaban sus células, a pesar de que el termómetro marcara 30º. Las hojas de los demás árboles, en lluvias de monedas de cobre y oro, se apropiaban de las calles.

Los comentarios de los vecinos eran puras alabanzas hacia esa floración a destiempo, ante la suntuosidad de las ramas que se extendían como manos cubiertas de anillos.

La sonrisa con la que miraba ese espectáculo me humectó los labios. Algo parecía ensanchárseme por dentro.

Una noche se desató un viento caliente. El palo borracho amaneció despojado y a sus pies, untando la vereda, había una especie de légamo violáceo. El tacto cálido del viento cocinó las flores y las convirtió en una mermelada barrosa.

La boca se me apretó en una línea delgada, como si quisiera replegarse ante un ultraje repetido.

Soy una rastreadora de los mensajes que me pueda enviar el entorno, empeñada en una cacería emocional en la que termino siendo la presa. Con la nueva señal no cabían errores.

La floración del palo borracho me dio una tregua; en el trayecto que nos toca vivir hay paradores para detenerse. No debía pensar en la frazadita acogedora de la habitación contigua ni en sus fauces abiertas, invitantes. De mí dependía que no volviera a cautivarme.



©  Mirella S.   — 2015 —


lunes, 25 de mayo de 2015

A través del fuego



Se lo conté, él no me creyó, ni cuando le dije que iba a mostrarle los recortes de los diarios. Están guardados, apenas me sienta mejor los voy a buscar. Tenía trece años entonces, imaginate, toda una vida. Mejor dicho: toda mi vida, qué desperdicio. Él no lo sabía. Vos tampoco, hija, nadie de acá lo sabe, los que lo saben están muertos o se quedaron en el pueblo y ni lo recuerdan. Lo callé, no quería que pensaran que me mandaba la parte.
Y los recortes también habrán tomado el color de lo viejo, así como yo me llené de arrugas y de canas. Deben estar en el bolso donde guardo tantos cachivaches, mis recuerdos, no sé para qué. Bueno, al final son pedacitos de mi vida y me da pena tirarlos. Los junto y los meto en ese bolso que traje cuando vine a Buenos Aires. Está arriba del ropero, hace un montón que no lo bajo, entre el reuma y que engordé no puedo andar subiéndome a una silla.
Espero que vos me creas si te digo que mi nombre apareció publicado en los diarios, con foto incluida: “Paulina Robles, que a los  trece años…” No me mires igual que tu padre, él puso esa misma cara, con los ojos oscurecidos por el desprecio y el alcohol, ahora que se le dio por tomar de nuevo.
Como lo estás oyendo: salí en los diarios y en un noticiero de televisión que conducía una periodista con doble apellido, de moda en esa época. Ella viajó hasta el pueblo, me hizo una entrevista y dijo que era una heroína de trece años. Nosotros no teníamos tele y no pude verme. A cada pregunta me ponía más colorada, miraba la punta de mis alpargatas y ella, para tranquilizarme, me acarició el flequillo, imposible de acomodar con este pelo duro y lacio que Dios me dio. Las palabras se me atragantaban, terminé moviendo la cabeza para decir que sí o que no y ella dijo a la cámara que era una chica muy introvertida. Fijate cómo me acuerdo de una palabra tan difícil, hoy todavía no sé bien qué quiere decir. La repetí varias veces, así no me la olvidaba.
En el colegio pasaba de grado raspando, la maestra decía que vivía en las nubes, que hubiera podido rendir más. En Lengua me esmeraba, mi sueño era ser secretaria, atender el teléfono, escribir cartas a máquina, usar trajecitos y zapatos con taco aguja, esa fue mi ilusión. Tampoco lo sabías. De mis cosas no hablo, introvertida querrá decir eso. La palabra sonó importante y me hizo creer que era distinta a la gente del pueblo. Sin la sensación de no encajar en ningún lado que tuve siempre, sólo distinta, en un sentido lindo, y por qué no, con un destino mejor.
Estoy cotorreando demasiado, lo sé, el médico dijo que no debía agitarme, sé que me van a llevar al hospital. Nadie me lo dijo. Lo sé y basta. Antes de que venga la ambulancia me gustaría contarte lo que hice a los trece años. Por lo menos que uno de mis hijos lo sepa.
De chica te parecías a mí, después cambiaste, te fuiste, hiciste tu vida. Yo también me largué del pueblo a los quince con la prima Fanny, que era mayor. Como te decía, mi sueño fue ser secretaria, hablar por teléfono, que para los que veníamos del campo era un aparato mágico, servir el café a los jefes, usar tacos altísimos, igual que las actrices de las viejas películas que vi en el cine de la parroquia. Qué hermosas: el pelo con ondas y unas increíbles cinturitas de avispa. Claro, a mí los trajes entallados no me hubieran quedado bien, ya de piba tiraba a retacona, pero los sueños, como las películas de la parroquia, eran gratis.
¿Ves? Perdí el hilo, siempre me costó contar algo. Los recortes de diario, sí, allí está la historia, con fotos mías, de la familia, de lo que quedó del rancho. Hasta me pusieron en la tapa de uno con títulos en negro: “Paulina rescata a sus hermanitos de las llamas”; y en otro: “Nena de trece años arriesga su vida y salva a sus cinco hermanos”.
Mamá, en cuanto se le pasó el susto, se puso en campaña y trató de sacar alguna tajada. Lloró delante de la cámara y dijo que en pleno invierno íbamos a tener que dormir debajo de un árbol. Del rancho sólo había quedado un aro de tierra ennegrecida y de los pocos muebles, una montañita de cenizas.
Gracias a ella nos mandaron colchones, frazadas, maderas y tu abuelo pudo construir una casa decente, con una pieza para mis hermanos. “No hay mal que por bien no venga”, solía decir, con esa resignación que fue mi herencia. ¿Que si no tuve miedo? Seguro que lo tuve. Si cierro los ojos veo las llamas envolviendo el rancho, rojas, largas y afiladas como cuchillos, con la cresta oscura del humo.
Había ido al arroyo a lavar y los viejos estaban trabajando en el campo de don Cosme. Cuando me di cuenta del humo empecé a correr. Al ver que el fuego casi lamía el techo de paja, pensé que era tarde. Me pareció oír un grito y ahí fue como si un remolino de viento me empujara, era puro instinto, con todas mis fuerzas le di una patada a la puerta y entré a pesar del terror salvaje que me mordía por dentro. No sé cómo salté a través de las llamas y los saqué, salía y volvía a entrar y me acuerdo que al dejar al último sobre la tierra pisada del patio, me puse a contarlos para ver si estaban todos. A veces creo que no me pasó a mí, que quien corría a través del fuego era otra ¿de dónde podía venirme ese coraje?
En fin, la fama duró poco, pronto dejé de ser una novedad y nadie se acordó más de la pequeña heroína.
Ya estará por llegar la ambulancia, si se te hace tarde por mí no te entretengas. No te estoy echando, en eso sos igual que tu padre: yo digo una cosa y él entiende otra. La vez que nos conocimos no le di bolilla y él no paró de perseguirme. En aquel momento por mi cabeza daban vueltas muchas preocupaciones, había tenido que dejar el curso de dactilografía porque no lo podía pagar. Pero no perdí la esperanza de volver a oír el estruendo de tantas máquinas que tecleaban al mismo tiempo en el salón enorme donde estudiaba.
Después que te tuve a vos, comprendí que ese sueño no era para mí. Me conformé, como mi padre o el tuyo, me dije que algunos sólo podemos recorrer un trecho cortito de la esperanza. Así que agaché el lomo y trabajé limpiando y cocinando para otros, mientras los veía a vos y a tus hermanos crecer en los pocos ratos libres que tenía. Estaba muy cansada para disfrutarlos a ustedes, siempre con la intranquilidad de cubrir las necesidades. 
Vos sabés que tu padre tiró la toalla, se embruteció con el vino y se mandó mudar. Ahora que no tiene donde caerse muerto, volvió. Al principio estuvo hecho una seda y consiguió algunas changas. En seguida mostró la hilacha de nuevo, armando un escándalo por cualquier pavada. Aguanté por costumbre, aguanté hasta hoy, que me gritó: no servís para nada, vieja de mierda. Me gritaba, sos una inútil, ni para traer unos mangos servís. Todo porque no fui a trabajar, es el reuma que no me deja ni moverme. Entonces algo me explotó por dentro, no pude bajar la cabeza y callarme. Le conté lo del incendio, que había pasado a través del fuego. Se me rió en la cara con su voz ronca de borracho. No me importó, las palabras me salían solas y le dije que le iba a refregar los recortes por la jeta. Se puso como una fiera, revoleó una silla por el aire, me la partió en la cabeza y tirada en el piso empezó a patearme. Pero me di el gusto, se lo dije.
Llegó la ambulancia, no me quedan más fuerzas. Buscá los recortes, quisiera verlos de nuevo. Capaz que cincuenta años después vuelvo a salir en los diarios: “Mujer muerta a palos por su marido”. Por eso sería bueno que encuentres los recortes y se los des a los periodistas, así saben quién fui, qué hice. Y para que vos y tus hermanos tengan el orgullo de decir: mi madre fue una heroína.


©  Mirella S.   — 2009 —

Foto de Raphael Guarino



martes, 5 de mayo de 2015

Latiendo como el sol



Se mudó al departamento de al lado hace ya unos meses, pero nunca la he visto. Su baño está pegado a mi living, así supe que canta temas de Shakira cuando se ducha. Siempre las mismas estrofas, empieza despacito para calentar la garganta, después larga unos alaridos a todo pulmón que perforan las paredes endebles que nos separan. Mi vecina se ríe mucho, con unas carcajadas afónicas que destemplan la tranquilidad de vivir casi en una nube: piso 26, mirando al Jardín Botánico y detrás un exiguo segmento del río.
A su regreso, en cuanto abre la puerta, se acaba el silencio. Habla por teléfono, silba, y se oyen golpes como si tropezara con los muebles o se le cayeran objetos al piso. Creo que vive sola igual que yo y, sin entrar en detalles porque soy un caballero, están los sonidos de los fines de semana por la tarde. El dormitorio de Shakira da a mi cocina, y un domingo a eso de las cinco, fui para prepararme un té, cuando en la quietud irrumpió una catarata de gemidos, que fueron in crescendo hasta terminar en un grito estentóreo, cuyo eco vibró en el aire largos segundos. Al echar el agua en la taza, mi mano temblaba ostensiblemente.
Lo desaforado de la situación me hizo acordar la escena de una película en la que la actriz hace una demostración pública de un simulacro de goce, tan bien actuado que deja boquiabiertos a los presentes. Con las mujeres nunca se puede estar seguro. Sin embargo la ceremonia de los fines de semana se perfeccionó en calidad y cantidad y no me quedó duda de que lo que allí ocurría era auténtico. Por más que pusiera el compact de Aída y subiera el volumen del equipo al máximo, el virtuosismo de las trompetas en la Marcha triunfal era opacado por el clímax de Shakira.
No soy un puritano, en mi juventud, allá por los años 50’, fui un calavera*, como se decía entonces. Quizás en mis tiempos había más mesura y discreción, aunque esa época es tan remota que no sé si es cierto. Sí afirmo que las paredes de las casas eran mucho más gruesas.


Aprendí de memoria los estribillos de Shakira. Mi melomanía se circunscribe a la ópera, pero con el correr de los días encontré que ponían una nota alegre y estimulante a la asepsia de mi vida silenciosa de viejo solterón. En mi fantasía su figura creció en una mezcla de Sophia Loren y Anita Ekberg. Mi vecina se convirtió en un personaje exuberante de alguna película de Fellini que imitaba a Shakira. Pasé del fastidio a cierto grado de animación; cuando ella volvía, aportaba una oleada joven, viva, grotesca y entrañable a la vez. Me hubiera gustado conocerla, intercambiar frases banales, de vecinos, pero no nos cruzábamos en el palier. En oposición a mis rutinas, sus horarios eran caóticos. Una tarde que salía de mi departamento, solo alcancé a ver la fugacidad de una sombra tragada por el ascensor.  En otra oportunidad, mientras lo esperaba en el palier, escuché que hablaba por teléfono. La voz se acercaba y se alejaba, su tono era entrecortado, sin gritos ni risas.
Como es común que pierda la noción del tiempo, no sé si transcurrieron días o semanas hasta que me di cuenta de que había vuelto el silencio. No hubo más sonidos a la hora de la siesta, tampoco el canto en la ducha, sólo quedaron los ruidos de la puerta cerrada de un golpe o una silla que choca contra las patas de la mesa.  El júbilo había cesado, un aire triste se esparció como cenizas en el piso 26.
A pesar de mi habitual prudencia no pude aguantar y le pregunté a Luis, el portero, si conocía a la chica del 26 C. Él, franeleando los vidrios del hall, me dijo:
—Sí, hace cerca de un año que compró el departamento. —Me miró con sus ojos oblicuos y preguntó—: ¿No la vio nunca?
—No, todavía no nos encontramos.
—Con razón, porque no es ninguna piba, debe pasar los cincuenta.
—Ah… —no pude agregar nada más debido al desconcierto.
—Vive sola, es contadora, muy amable —Luis siguió por su cuenta aportando información—. Es viuda, pero creo que tiene algún tipo de relación con un señor distinguido, lo vi varias veces, hace tiempo que no viene.
—Ella, cómo es, físicamente quiero decir —la pregunta me salió sin que pudiera controlarme.
—Y… qué le voy a decir, no es gran cosa: petisita, flacucha —dijo Luis, que por suerte se había agachado para frotar la parte baja de los vidrios y no vio que mi cara se tornaba granate.
—Antes era más conversadora, se reía, hacía bromas —continuó—, ahora saluda, algún comentario sobre el tiempo y de ahí no pasa.
—Claro, claro ¿Y la vio últimamente?
—Justo anteayer me preguntó si conocía a alguien del edificio interesado en comprar el departamento. Me parece que se traslada a Córdoba.
Esa mañana fui a caminar por el Botánico y en contra de mis costumbres me senté a tomar un café. Estábamos en primavera y el verde de las plantas era un agasajo para la vista, pero ese despliegue de la naturaleza me llegaba empañado, como si hubiera sufrido una desilusión o una pérdida.


El estrépito que venía desde el palier me informó que ése era el día de la mudanza. Me aposté detrás de la puerta con el ojo puesto en la mirilla. Shakira, con su voz afónica, daba instrucciones precisas a los de la mudadora para que no le arruinaran el tapizado del sillón. Les indicó que la esperaran abajo mientras hacía una última recorrida. Me puse el saco a los apurones y salí al palier. Shakira cerraba la puerta con llave. Juntos esperamos el ascensor.
—Buen día —le dije.
—Hola —respondió sin mirarme y haciendo tintinear las llaves.
Soy de altura promedio y su cabeza me llegaba al hombro, con el pelo corto, sin volumen, de un rubio lavado. Tenía puestos unos jeans y una musculosa que le descubrían unos bracitos anémicos.
Ya en el ascensor, para romper el silencio, dije:
—Después de todos estos meses nos conocemos recién el día que se va.
—Sí, la vida en Buenos Aires…
Dejó la frase inconclusa y levantó la cabeza. Vi los ojos más extraordinarios que recuerde, como aguamarinas con brillos de ámbar, pero con una mirada tan melancólica que me turbó. Llegamos a la planta baja.
—Adiós y suerte con su nueva casa —me despedí.
—Gracias, voy a extrañar las hermosas óperas que usted escuchaba —agitó la mano y se fue hacia el camión de mudanzas.
Eran las doce, hacía calor y yo con el saco puesto; en el apuro había olvidado de llevar el bastón, pero igual me encaminé hasta el shopping para comprarme un compact de Shakira, e iba tarareando “latiendo como el sol, mi corazón no tiene edad… tralala… este es un día especial, uhuh uhuh, quiero creer en otra oportunidad…”


©  Mirella S.   — 2010 —

*Calavera: expresión popular para designar al hombre trasnochador y mujeriego.