Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de mayo de 2017

Abelardo Castillo: un gran escritor


Murió un excelente escritor argentino: Abelardo Castillo.
Lo conocí personalmente en un taller literario que él coordinaba. Mi pequeño homenaje es publicar uno de sus cuentos, para que quienes no lo conocieron lo lean 
y los que sí lo leyeron, lo recuerden.




El hacha pequeña de los indios


Después, ella hizo un alocado paso de baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial, mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si realmente se hubiera vuelto loco de alegría. Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año, haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación, evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa, riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa –linda como una estampa de la Virgen, dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero–, y de pronto estaban riéndose y casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones. "Vamos a tener un hijo", había dicho. Simplemente. Después, hizo un paso de baile y una reverencia.

Del libro "Las panteras y el templo"




Los iré visitando en la medida de mis posibilidades.
Por el  momento no contestaré a los comentarios que dejen, pero los leeré atentamente.

Abrazos para todos.



lunes, 9 de enero de 2017

Una reseña del libro "Apuntes..."

Foto: Mirella S.
Gavrí Akhenazi, 
un escritor amigo de gran talento, escribió esta magnífica reseña que les comparto. 
Me emocionó y fue un obsequio grato e inesperado 
en el cierre de un año particularmente duro.

Esta presentación, hecha desde una mirada experta y 
profunda, me hizo sentir que valió la pena todo el esfuerzo, las interminables correcciones, las dudas...

Todo mi agradecimiento, Gavrí.


*****


Como su autora, su libro.

Esa sería la frase inicial de un análisis sobre esta experiencia literaria que Mirella Santoro ha hecho llegar a mis manos.

Mientras leía sus relatos, imaginaba yo haber recibido uno de esos pájaros con los que ella define sus palabras.

Conforme se avanza en las diferentes propuestas que Santoro vuelca bajo el sugerente significante de “hojas perdidas”, ese pájaro, un hornerito fiel en un comienzo, trabaja sobre la mutación de su propio canto.

Como un pájaro, el libro posee la delicadeza inusual de su autora para elaborar lo poético y lo cotidiano como un tejido en el que una hebra lleva a la otra casi como una necesidad y de repente, en ese camino de trama, casi como un descuido, aparece cosida una perla, un instante de poesía pura y dura, estratégicamente impuesto al lector como un destello de luz que no se espera pero que está ahí, él sí, esperando por ese lector, con un disimulo avasallante.

Ya que lo verdaderamente valioso del libro es su contenido, la estética es sencilla aunque cuidadosa, con una elección de imágenes que insinúan subliminalmente el contenido del relato que encabezan, sin competir con él. Las imágenes son parte del relato y complementan la lectura desde un punto de vista visual que elabora lo afectivo, sin ruidos anexos ni explosiones de poder que aturdan la letra.

El equilibrio entre levedad y contundencia es una característica natural de la autora.

Las frases definen las situaciones sin ampulosidad, con absoluta ausencia de ese “horror vacui” tan distractivo como frondoso, que tantas veces termina por aniquilar la idea que intenta explicar.

En Mirella Santoro, vemos la ecuación opuesta: precisas y medidas palabras crean ideas complejas y llenas de riqueza conceptual y emotiva que producen un impacto estético notable. Hay un cuidadoso estudio de los sentimientos y sus reflejos en las construcciones semánticas, tan lejanas del grito y tan cercanas al susurro como puede ser un aroma, que, repentinamente, llega desde el aire a la memoria y nos regresa a un mundo insospechado.

La prosa de Santoro tiene, además de esa carga ineludible en la expresión de su yo femenino, una relación natural con el entorno que refleja.

No es un estilo que intente forzarse a sí mismo en la lucha por derrotar al lector, desafiándolo. Por el contrario, hay una suavidad que determina al lector a asumir la complicidad con lo que lee, a reflejarse en lo que lee, a sentirse en lo que lee.

Según dije al comienzo, a mis manos ha llegado un pájaro, un hornerito fiel.

Al cerrar el libro, en mis manos duerme un ave del paraíso. 




*****

Gavrí Akhenazi    http://lamaldadaparente.blogspot.com 


Foto: Mirella S.







lunes, 28 de noviembre de 2016

Una leyenda china



Hace un tiempo que estoy cuestionando mi falta de imaginación, es como si se hubiese evaporado de a poco. Cuando me ocurren este tipo de preocupaciones, a la corta o a la larga, algo puntual aparece para sacudirme.
En este caso fue un libro: La loca de la casa, de Rosa Montero. “La imaginación es la loca de la casa”, frase de Santa Teresa de Jesús.
Les voy a compartir un segmento. Montero dice:

Hay un cuento-emblema, un cuento metáfora que me gusta muchísimo sobre la capacidad salvadora de la imaginación. Trata de la pintura y no de la narrativa, pero en el fondo es lo mismo Es un relato de Marguerite Yourcenar titulado “Cómo se salvó Wang-Fô” y está inspirado en una antigua leyenda china.
El pintor Wang-Fô y su discípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han. El viejo maestro era un artista excepcional; había enseñado a Ling a ver la auténtica realidad, la belleza del mundo. Porque  todo arte es la búsqueda de esa belleza capaz de agrandar la condición humana.
Un día Wang y Ling llegaron a la ciudad imperial y fueron detenidos por los guardias, que los condujeron ante el emperador. El Hijo del Cielo era joven y bello, pero estaba lleno de una cólera fría. Explicó a Wang que había pasado su infancia encerrado dentro del palacio y que, durante diez años, solo había conocido la realidad exterior a través de los cuadros del pintor. “A los dieciséis años vi abrirse las puertas que me separaban del mundo; subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos (…) Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el emperador. El único imperio donde vale la pena reinar es aquel en donde tú penetras”.
Por este desengaño, por este amargo descubrimiento de un universo que, sin la ayuda del arte y la belleza, resulta caótico e insensato, el emperador decidió sacarle los ojos y cortar las manos de Wang-Fô. Al escuchar la condena, el fiel Ling intentó defender a su maestro, pero fue interceptado por los guardias y degollado al instante. En cuanto a Wang-Fô, el Hijo del Cielo le ordenó que, antes de ser cegado y mutilado, terminase un cuadro inacabado suyo que había en el palacio. Trajeron la pintura al salón del trono: era un bello paisaje de la época de juventud del artista.
El anciano maestro tomó los pinceles y empezó a retocar el lago que aparecía en primer término. Y muy pronto comenzó a humedecerse el pavimento de jade del salón. Ahora el maestro dibujaba una barca, y a lo lejos se escuchó un batir de remos. En la barca venía Ling, perfectamente vivo y con su cabeza bien pegada al cuello. La estancia del trono se había llenado de agua:
“Las trenzas de los cortesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del emperador flotaba como un loto”
Ling llegó al borde de la pintura; dejó los remos, saludó a su maestro y le ayudó a subir a la embarcación. Y ambos se alejaron dulcemente, desapareciendo para siempre “en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar”.

No crean que después de la lectura, mágicamente, volví a imaginar historias, pero me dio qué pensar. Algo más de Montero:

“Dejar de escribir puede ser la locura, el caos, el sufrimiento; pero dejar de leer es la muerte instantánea. Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte”.


Si quieren leer entero el relato de Yourcenar, aquí les dejo el link.


https://proyectandoleyendo.files.wordpress.com/2010/09/como-se-salvo-wang-fo-marguerite-yourcenar1.pdf




Mis disculpas por no visitarlos, me urge un descanso.
Los saludo y abrazo ¡hasta prontito!





jueves, 20 de marzo de 2014

Día literario: Claudio Magris



Ilustración de Jonathan Wolstenholme



“Creo que el único modo de hablar, de contar algo de la experiencia de uno, es hablar de otros. Por eso elegí como lema de mi libro Microcosmos una parábola de Borges.
Borges habla de un pintor que describe paisajes —montañas, ríos, árboles— y finalmente se da cuenta de que pintó su autorretrato, y no porque haya deformado con prepotencia subjetiva la realidad, sino porque su ser consiste precisamente en el modo en que él mira la realidad, en que vive la experiencia de los otros.
Nuestra identidad es nuestro modo de ver las cosas. Si me pidiesen que hable de mí mismo, instintivamente empezaría a hablar de otras personas: de mis padres, mi compañera de vida, mis hijos, de personas amadas, mis amigos, mis amigas, maestros, paisajes, lugares, acaso también de animales; desde luego, no de mí; incluso de historias que le sucedieron a otros pero en cierto modo se integran a la mía.
Y a partir del modo en que yo hablaría de otras cosas, otras personas, tal vez pueda entenderse algo de mi capacidad o incapacidad de amar, de mi valentía, de mis miedos, de mis obsesiones, de mis fidelidades, de mis desengaños”.




Claudio Magris nació en Trieste en 1939. 
Licenciado y doctorado en Filología Germánica ha sido profesor de Lengua y Literatura Germánicas; actualmente es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de su Trieste natal.
Publicó su primer libro a los 22 años, “El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna", que le hizo famoso y marcó su obra.
Es creador del concepto político Mitteleuropa, que consiste en una Europa central con predominio alemán . Su obra se inspira en el mito de la frontera para explicar los más urgentes problemas de la identidad contemporánea.
De sus relatos, frecuentemente de factura mixta e indefinida entre lo narrativo, lo ensayístico y el libro de viajes. El Danubio (1986), es considerada su obra maestra. ha sido calificado como "un maravilloso viaje en el tiempo y el espacio". 
En palabras de su autor, el libro es "una especie de novela sumergida: escribo sobre la civilización danubiana, pero también del ojo que la contempla, y fue redactado 'con la sensación de escribir mi propia autobiografía. Paisajes, pasiones, encuentros, reflexiones..."
Fue galardonado internacionalmente con numerosos premios importantes. 







"Se escribe por muchas cosas, pero yo escribo principalmente para luchar contra el olvido, en señal de protesta. Escribiendo, a veces se tiene la sensación de perderse y, otras, las de encontrarse. Para mí escribir es, a menudo, contar historias verdaderas de lugares reales, porque la historias verdaderas y las personas que las han vivido me interesan más, muchísimo más, que las de mi imaginación. Creo que escribir es “transcribir” cualquier cosa que sea más grande que nosotros." 

Claudio Magris


jueves, 7 de noviembre de 2013

Día literario: Articuentos






El libro
"Articuentos" de Juan José Millás

El libro se parece a un agujero negro cuya atracción es tal que absorbe y distorsiona todo lo que sucede cerca de él, incluidos el tiempo y el espacio. De manera que a lo mejor son las ocho de la mañana y tú vas en el autobús a la oficina, pero de súbito, eres arrebatado por esa masa gravitatoria llamada libro, que llevabas en la mano o en el bolso, y apareces en un escenario diferente, identificado, por ejemplo, con un individuo que se lava las manos llenas de sangre en la pila de una cocina francesa, mientras en el dormitorio de esa misma casa ha empezado a enfriarse un cadáver. Y no son las ocho de la mañana, sino las diez de la noche. Y no es primavera, sino invierno. Y tú no eres ese sujeto sin pasado que ahora se baja del autobús, sino este otro que, después de borrar las huellas dactilares de las copas de coñac, se pone un abrigo oscuro y huye escaleras abajo.
Al cerrar la novela cesa la atracción, y es, una vez más, la hora de fichar, así que fichas y entras en la oficina, donde mueves papeles de un lado a otro o atiendes el teléfono con la eficacia o la pereza de siempre. Has vuelto a tu dimensión, en fin, sin que nadie se diera cuenta de que te habías ido. Si tus compañeros supieran que en lugar de venir de casa, como procede, vienes de una cocina francesa en cuya pila te has lavado las manos llenas de sangre, se quedarían espantados. De hecho, quizá no seas el mismo ahora que antes de haber leído el libro. Por tu sangre discurre el argumento desdichado o feliz que estaba en la novela, del mismo modo que los exploradores vuelven con malaria de África o de Molokai con lepra.
Hay más libros que playas, y en ellos está contenida la materia oscura que los físicos buscan en las estrellas. Si has leído la novela del individuo que se quita la sangre de las manos, ya siempre serás ese individuo, siempre, sin dejar de ser tú y, lo que es más sorprendente todavía, sin dejar de ser al mismo tiempo el cadáver que comenzaba a enfriarse cuando descendiste del autobús. Pura materia  oscura, pues, invisible, como la conciencia, pero real como tu jefe.




Juan José Millás, escritor y periodista nacido en 1946 en Valencia, España.
En su numerosa obra, de introspección psicológica en su mayoría, cualquier hecho cotidiano se puede convertir en un suceso fantástico. Para ello creó un género literario personal, el articuento, en el que una historia cotidiana se transforma por obra de la fantasía en un punto de vista para mirar la realidad de forma crítica. Sus columnas de los viernes en El País han alcanzado un gran número de seguidores por la sutileza y originalidad de mirada para tratar los temas de la actualidad, así como por su gran compromiso social y la calidad de su estilo.







Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.

Jorge Luis Borges

jueves, 26 de septiembre de 2013

Tres poemas de amor...







...de Amalia Bautista


Poeta española. Nació en Madrid, en 1962.
Licenciada en Ciencias de la Información,
alterna su trabajo como periodista y actriz de doblaje.




A dieta
Me acosté sin cenar, y aquella noche
soñé que te comía el corazón.
Supongo que sería por el hambre.
Mientras yo devoraba aquella fruta,
que era dulce y amarga al mismo tiempo,
tú me besabas con los labios fríos,
más fríos y más pálidos que nunca.
Supongo que sería por la muerte.



Ida y vuelta
Cuando nos dirigimos al amor
todos vamos ardiendo.
Llevamos amapolas en los labios
y una chispa de fuego en la mirada.
Sentimos que la sangre
nos golpea las sienes, las ingles, las muñecas.
Damos y recibimos rosas rojas
y rojo es el espejo de la alcoba en penumbra.

Cuando volvemos del amor, marchitos,
rechazados, culpables
o simplemente absurdos,
regresamos muy pálidos, muy fríos.
Con los ojos en blanco, más canas y la cifra
de leucocitos por las nubes,
somos un esqueleto y su derrota.
Pero seguimos yendo.



Sfumato
Tan áspero era el mundo, tan hiriente,
que él lo difuminó para mis ojos.
Tan profundo era el corte que me hacían
las aristas de todo lo real,
que él decidió limarlas.
Tanto daño me hacía el movimiento
de la vida voraz,
que él lo detuvo en un instante.

Un preciado regalo contra el mundo,
contra la realidad, contra la vida,
contra la lucidez
y contra mi tristeza.









1.   Óleo de Angélica Noriega
2.  Acuarela de Rodolfo Ledel 








Los juramentos de amor
son el aliento húmedo de los vientos.

Gaio Valerio Catullo





miércoles, 19 de junio de 2013

Los escritores y sus personajes







Día literario


Por obra de la literatura, un enamorado es un Romeo, pero si las familias se llevan mal son Montescos y Capuletos. William Shakespeare los creó hacia 1595, cuando los barcos cruzaban los mares cargados de esclavos. Shakespeare, sus contemporáneos, los poderosos de su época son menos que polvo. Los personajes siguen vivos. Pero claro que no cualquier personaje vive: ésa es la labor del autor.
¿Qué tienen, cómo están hechos los personajes de la literatura que se meten en nuestra vida?


Una primera respuesta la da Luigi Pirandello, el autor italiano que en 1921 dio a conocer su obra de teatro Seis personajes en busca de un autor. 
“Los personajes -dice- no deben aparecer como fantasmas sino como realidades creadas, construcciones inmutables de la fantasía: más reales y más consistentes, en definitiva, que la voluble naturalidad de los actores”.




Adolfo Bioy Casares, escritor argentino, autor de La invención de Morel; Diario de la guerra del cerdo; La trama celeste, dice: 
"Yo quisiera, y me esfuerzo para que así sea, que mis personajes sean ellos mismos y no hechos a imagen y semejanza del autor. Trato de no transmitirles cosas mías, de mi formación intelectual".




Ray Bradbury es estadounidense. Escribió Crónicas marcianas; El hombre ilustrado; Fahrenheit 451; Cuentos del futuro; Las doradas manzanas del sol.
Dice: "Yo diría que creo mis personajes para que vivan su propia vida. En realidad, no soy yo quien los creo a ellos sino que son ellos quienes me crean a mí. No tengo un plan preconcebido: quiero vivir las historias mientras las escribo. Le doy un ejemplo sobre cómo es mi relación con los personajes. Es algo que me pasó: el personaje principal de Fahrenheit -obligado a quemar libros- vino un día a mí y me dijo que no quería quemar más libros, que ya estaba harto. Yo no tenía opciones, así que le contesté: “Bueno, como quieras, deja de quemar libros y listo”.




Rosa Montero, es española. Escribió, entre otros: La hija del caníbal; Crónica del desamor; Te trataré como a una reina; El corazón del tártaro, Amado amo; Bella y oscura. Comenta:
"Los personajes aparecen en tu cabeza en primer lugar muy pequeños, reducidos a una imagen, o una frase, o un gesto, una característica, una decisión, algo... es un núcleo sustancial a partir del cual ese personaje se va construyendo. Y lo desarrollas viviéndote dentro de él, es decir, es el personaje el que te va enseñando cómo es.
El novelista debe de ser lo suficientemente humilde como para dejar de lado su voluntad, digamos, y hacer caso a lo que el personaje le va contando de sí mismo... en algún sentido, el novelista es como un médium de ese individuo. La creación de una novela es muy semejante a un sueño. Tú no escoges el sueño que vas a tener, por el contrario el sueño se te impone. Por eso, cuando el escritor tiene verdadero talento, a veces los personajes le sacan de sus propios prejuicios. Por ejemplo, Tolstoi, que era un machista terrible y un reaccionario, escribió Anna Karenina queriendo hacer un libro contra el progreso; su idea primera era contar cómo el progreso era tan malo que incluso las mujeres se hacían adúlteras. Pero luego su personaje, Anna, le arrastró hacia algo mucho más verdadero, hacia un libro que denuncia el sexismo, la doble moral burguesa, la opresión de las mujeres. Todo eso se lo contó Anna a Tolstoi".




Antonio Skarmeta, es chileno. En 2001 ganó el premio Medicis, francés, por La boda del poeta. Es el autor de El cartero de Neruda; No pasó nada; La chica del trombón.
"Lo que hace atractivo al héroe es su fluidez. Es decir, el tránsito desde lo que ese ser cree. Por lo tanto, un personaje es siempre un proyecto, que es terminado por la manera como lo ven los otros personajes. En la novela contemporánea un personaje es una relación. El personaje no debe preexistir a la novela. Son los actos los que lo moldean, las opciones que toma. Lo ideal es que el personaje entre levemente en nuestra existencia y que nos anuncie que espera un cambio, acaso de tal magnitud, que nos lleve con él hacia una metamorfosis. También es posible que el héroe se mantenga en sus posiciones y sea deteriorado por la realidad cambiante. En la construcción de la narradora y protagonista de La chica del trombón tuve que ser muy diligente. En ella se produce la situación paradójica de que es una chica huérfana sin prehistoria y obligada a buscar sus raíces en el futuro. Esto define su carácter: es alguien que está moldeándose en algo impreciso. Un personaje es una encrucijada de opciones. Los grandes personajes de la literatura están consumidos por la sensación de que habitan en un misterio que deben revelar con sus acciones. Lo que los define es el riesgo. Desde allí irán al fracaso, o a la gloria."




Abelardo Castillo, escritor argentino, publicó Crónica de un iniciado; el Evangelio según Van Hutten y varios libros de cuentos y ensayos. 
Dice: “No creo demasiado en lo autorreferencial en literatura. El “yo” de una ficción es un punto de vista, una persona que se elige para contar una determinada historia.
La palabra “yo” es un personaje. Cuando el yo de la historia se confunde demasiado con el autor no estamos en la ficción sino en las “memorias” o el diario íntimo. Claro que toda ficción es “algo así” como la autobiografía de un escritor; pero en un sentido profundo, que no pasa necesariamente por lo anecdótico.
Los relatos fantásticos de Kafka son su autobiografía, como los cuentos de terror de Poe son la autobiografía espiritual de Poe, aunque nos cuenten sucesos imposibles. Creo además que ésa es la zona donde, a veces, un escritor delata mucho más fielmente su propia historia. La prosa “confesional” es una retórica y, según mi experiencia, la manera más eficaz de mentir.


"Dickens y sus personajes", acuarela pintada por Robert William Buss






"A medida que esos personajes de novela 
van manando del espíritu de su creador, 
se van convirtiendo, por otra parte, 
en seres independientes;
 y el creador observa con sorpresa
 sus actitudes, sus sentimientos, sus ideas."

Ernesto Sabato


miércoles, 5 de junio de 2013

El momento de escribir





Cinco grandes escritores cuentan en entrevistas qué los empuja a escribir, cómo lo hacen y qué momentos eligen. Hay coincidencias y también discrepancias, porque escribir es un acto personal, el método es lo de menos, lo importante es el resultado.




Jorge Luis Borges


Entrevista del año 1978. La pregunta es cómo nace un cuento para Borges.

 "Suelen nacer por una suerte de revelación y esa revelación es gradual. Desde luego que cuando uno escribe un cuento -y eso es imprescindible- debe saber de antemano el principio y el fin. Yo no concibo que una persona comience a escribir un cuento sin saber cómo va a concluir. Luego, lo que sucede entre el principio y el fin uno tiene que imaginarlo. Es una suerte de sueño voluntario.”

(Extracto de "BORGES - Dos palabras antes de morir y otras entrevistas")




Raymond Carver


 “Hacia mediados de los años sesenta descubrí que tenía dificultad para concentrarme en la narrativa larga. Durante un tiempo tuve tropiezos tanto para leerla como para escribirla. Mi capacidad de atención me había abandonado; ya no tenía paciencia para tratar de escribir novelas (…). Sé que tiene mucho que ver con el porqué escribo poemas y cuentos cortos.
En un ensayo titulado “Sobre escribir cuentos” Flanery O’Connor habla de la escritura como un acto de descubrimiento. O’Connor dice que casi nunca sabía para dónde iba cuando se sentaba a escribir un cuento. Dice que duda que muchos escritores supieran a dónde iban cuando comenzaban algo (...).
Cuando leí esto me turbó que ella escribiera cuentos de esa manera. Pensaba que éste era mi difícil secreto, y me sentía incómodo con él. Pensaba que esa manera de escribir un cuento de cierta forma revelaba mis propias limitaciones. Recuerdo que me sentí enormemente alentado al leer lo que ella decía sobre el tema.”

(“Escribir” del libro “La vida de mi padre”)




Antonio Tabucchi


“Soy perfectamente consciente de que también se puede escribir por oficio, por placer e incluso por deber: cuando se ha adquirido cierto bagaje de experiencia e instrumentos, puede hacerse. Pero a mí me gusta escribir por inspiración. Yo creo profundamente en la inspiración y en ese sentido decía que me siento muy apegado a mi concepción romántica de la escritura. La modernidad ha prescindido de las musas (…). Yo quiero creer que existe una musa a la que llamo inspiración. Y por ello no quiero escribir cuando la musa calla o está de vacaciones. Espero a que retorne.
Creo que escribiendo, en el fondo, no hago más que una especie de autoanálisis; desde este punto de vista, mis libros serían otras tantas etapas de una reflexión sobre mí mismo que, naturalmente, se oculta hablando de otras cosas (…).
Creo que la literatura constituye siempre una forma de autoanálisis, incluso cuando se habla del mundo exterior o de otras personas, porque no es más que otra manera de buscarnos a nosotros mismos en los demás (...).
La literatura es en gran parte memoria y, claro está, también memoria colectiva, cuya perduración depende totalmente de la transmisión escrita. ¿Qué quedaría del pasado del hombre sin la escritura?
 ("Conversaciones con Antonio Tabucchi" por Carlos Gumpert -1991/1992)




Julio Cortázar


Me cuesta mucho empezar a escribir. Mucho, porque la preparación de un cuento o de una novela corre subterránea dentro y a su manera; pero cuando arranco de veras me parezco a Fangio, viejo, y no paro hasta que el texto mismo me para la bandera.
Una buena parte de mis cuentos han nacido de estados neuróticos, obsesiones, fobias, pesadillas. Nunca se me ocurrió ir al psicoanalista; mis tormentas personales las fui resolviendo a mi manera, es decir, con mi máquina de escribir y ese sentido del humor que me reprochan las personas serias. Entonces, más que un cuento o una novela, es el escribir mismo mi acto de exorcismo.
Siempre seré un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y en el mezzo del camino se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo. Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una diferencia.
Escribo por falencia o descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme... Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo.

Del libro “Peregrinos de la lengua” por Alfredo Barnechea - Lima, 1971 





Paul Auster

En una entrevista del año 1995, Auster comenta a su entrevistador, Gérard de Cortanze que escribía sin ninguna obligación, pero con dolor, como si le arrancaran una muela todos los días. Auster se ríe y agrega: 

"La mayor parte del tiempo es difícil. Escribo muy lentamente. Tengo una cabeza demasiado activa, creo. No vivo en la pasividad. Cada idea desencadena un montón de ideas más. Tengo que estarme frenando a cada rato, andar retomando siempre el hilo de la narración (...) Tengo un espíritu sumamente propenso a la digresión.
Algunas personas son capaces de pensar con un teclado. Otras, como yo, sólo lo consiguen con un lápiz o una pluma.
Eso se remonta a mi juventud, a la época en que aprendí a escribir (…). Me gusta el esfuerzo que requiere la utilización de una estilográfica.
Siempre he trabajado con cuadernos de espiral. Prefiero las libretas de hojas sueltas. Todo está ahí, reunido en un mismo lugar. El cuaderno es una especie de hogar de las palabras.

(“Dossier Paul Auster”  por Gérard de Cortanze -  octubre de 1995)






Todo escribe a nuestro alrededor,
eso es lo que hay que llegar
a percibir: todo escribe...

Marguerite Duras