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Pintura de Kim Nelson
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La casa donde vivo no me
gusta, tampoco sus habitantes, los miembros de mi familia: los Vitali. Ciertas
confesiones hay que guardarlas para una, padecerlas en silencio. No está bien
visto declarar que no te gustan tus parientes cercanos. Les agradezco la
educación, las necesidades básicas cubiertas, pero siguen sin gustarme, lo cual
no significa que no los quiera. No a todos.
El afecto, o esa turbulencia que
siento, está entramada con las más opuestas y oscuras emociones: desde la
rabia, el fastidio, hasta la compasión y la ternura. Por algunos de ellos mi
disposición es inclemente y tormentosa, por otros prevalecen más los sentimientos
benévolos.
La casa es centenaria,
pertenecía a mis bisabuelos. Es fea, detesto el olor de las bolitas de
naftalina que la abuela pone para disimular el de la humedad que brota de las
paredes. Con los sahumerios de mamá, la combinación es nauseabunda. Las
habitaciones dan a una galería. Allí nos desencontramos mis padres, mis dos
hermanos menores, mis abuelos paternos, los actuales dueños y la tía Mónica,
hermana de papá, viuda, sin hijos.
No es por presunción que digo
que la casa no me gusta, así como tampoco los Vitali. No los elegí, aunque hay
quien sostiene que nada es fortuito y que al encarnar nos toca una familia ya
determinada que nos ayudará para la evolución personal. No me consta, ellos suelen
conectarme con lo peor de mí. Algo que no soporto es su falsedad. A la hora de
la cena, también en la comida puede saborearse la hipocresía que flota en el
ambiente.
Con los abuelos y la tía
Mónica siempre tuve un trato mínimo; ahora que curso Bellas Artes por la noche
los veo apenas. Mamá y papá, juntos, crean un clima tenso, sofocante, pero si
estoy con ellos por separado es tolerable. Mamá a veces se me queda mirando y
es como si los ojos se le metiesen para adentro, se fuera a otra parte, hacia
atrás en el tiempo. Solo ella apoyó mi decisión de entrar en Bellas Artes. El
vínculo con papá es más complejo. No coincidimos en nada, reconozco que él se
esfuerza y yo hago lo que puedo; que no siguiera una carrera tradicional fue un
gran desencanto para él y no mejoró nuestra precaria relación.
La tía Mónica es un capítulo
aparte. Sin remordimientos puedo decir que la desprecio y ella siente lo mismo.
Es evidente que mamá le tiene miedo y Mónica la aborrece y la envidia. Mamá es
delgada, elegante, aún vestida así nomás. Mónica se mata en el gimnasio, vive a
dieta y su cuerpo es irrevocablemente cuadrado.
La ventaja de las casas tipo
chorizo como la nuestra es que Mónica y los abuelos están en los cuartos de
adelante, a continuación del comedor que da a la calle, mientras que el mío es
el último y me aparta un poco de esa atmósfera de disimulo. Ocupo también un
rincón en la piecita de arriba, donde guardan todo lo que deberían tirar. Allí
hago las artesanías que intento vender los fines de semana en Plaza Francia.
Los abuelos me ignoran con
diplomacia, en cambio, tienen debilidad por mis hermanos que, por su parte, se
pelean con estocadas sibilinas, típicas del estilo Vitali, de las cuales a
menudo ligo una porción.
En mi familia hay muchas cosas
ocultas, no dichas, por eso los mayores procuran asumir un aire de “somos una
familia bien avenida”, frase frecuente de la abuela, cuando en realidad se
puede percibir la ebullición de un caldo espeso, que cocina a fuego lento sus
ingredientes letales. Si se destapara la olla, el frágil equilibrio que
ostentan, se haría trizas.
Intuyo que estoy involucrada
en ese secreto y que la tía Mónica es la más propensa a vomitarlo, de allí que
los demás la traten con guantes de seda y le permitan que destile su veneno en
pequeñas dosis, para que no se intoxique ella misma.
Aprendí a moverme en ese
espacio usando la misma falsedad que ellos, como un torero, esquivando los
ataques encubiertos con sutiles movimientos de capa. Mi refugio es el cuartito
de arriba. A veces dejo la arcilla que modelo, mis ojos atraviesan los vidrios
y se van lejos, buscando los de mamá, en una dimensión amorosa, sin
ocultamientos ni simulacros. Allí la encuentro, con la sonrisa limpia de
tristezas, la piel distendida de los surcos de culpas pretéritas que está
pagando y seguirá debiendo mientras viva con los Vitali.
Sin embargo, lo que no se dice
se irá ordenando geométricamente en un gesto, en la ira que sombrea los ojos,
la palabra que se escapa hoy, a la que se añadirá otra, susurrada mañana, una
mueca de desprecio o la lágrima cautelosa. La simulación es como una máscara de
cera que se ablanda, se deforma y gotea el odio acumulado.
Un día Mónica estallará. En su
crueldad, seremos humilladas, mamá y yo. Ella agachará la cabeza, los Vitali,
ya sin disimulos, me mirarán como la extraña que siempre fui para ellos. Papá
con el horror de un antiguo presentimiento que se confirma.
© Mirella S.
— 2019 —