Llegó puntual al
bar donde Bruno la había citado. Él le hizo señas desde una mesa en el fondo
del local. Piera se ubicó en la silla de enfrente y permanecieron en silencio,
sin saludos ni miradas.
Observó que a su
derecha había una pared de vidrio por la que se veía un patio, radiante de plantas
y flores. Se abismó en sus formas y matices para olvidar que estaba allí.
—Te quería
avisar que me voy del país… —la voz astringente de Bruno la sobresaltó y volvió
al interior del bar, a la mesa, a su cara en un contraluz que le bordaba
sombras. Ante su mudez, él continuó—: Sé que cometí errores, sobre todo con vos
y también con la Rusa. No entiendo por qué el viejo se casó con ella pero
admito que se ocupó de todo, de él y no por la plata que ni estaba enterada de que
había. Yo se la administraba a babbo.
—¿A dónde te
vas? —lo interrumpió, deseaba irse pronto.
—A Miami. Un
banco suizo abrió una sucursal allí y me dieron una gerencia.
—Felicitaciones,
esconder el dinero fue siempre lo tuyo.
—Estuve mal y te
pido perdón, Piera —la voz le salió enronquecida, apenas audible.
Todos los
reproches que tenía a flor de labios se los tragó como a un bocado amargo. Lo miró
a los ojos, esos ojos de brea caliente como los del padre y dijo:
—Hace poco
comprendí el motivo por el que babbo se casó con Sonia. Fue para asegurarse de
que alguien me cuidara, él no se sentía capacitado. Nuestra familia estaba
formada por duplas en el afecto: Renzo amaba a Luciana, que también lo amaba
pero menos o de otra manera. Para ella su hijo preferido era Elio, vos querías
más a babbo y él te correspondía. Yo a Elio y él a mí.
—¡No lo
menciones! —exclamó Bruno con vehemencia—. Él es un traidor, menos mal que nuestra
madre se salvó de ese disgusto.
—Supe lo ocurrido,
es innecesario remover mierda vieja.
Bruno apretó el
puño que tenía apoyado en la mesa y se le marcaron los nudillos.
—Somos hermanos
y somos dos extraños. No sabés nada de mí. —Su mirada estaba hecha de tormentas.
—Es mutuo
—contestó ella con una calma glacial.
—Aunque no lo
creas, de chico también sufrí. Era inseguro, lleno de anhelos, todo giraba
alrededor de él. Mamá lo adoraba;
babbo, dentro de su parquedad, se sentía orgulloso de su inteligencia, del
magnetismo —levantó la mano y llamó al mozo—. Tráigame otro whisky doble.
Piera permaneció
muda, sentada en el borde de la silla y pensó que el silencio es una forma de
violencia.
—Mientras ése obtenía todo lo que quería, yo me
quedaba con las ganas. Me hubiera gustado ser músico, guitarrista como Eric
Clapton, formar una banda. No se lo comenté a babbo porque a él de la ópera no
lo sacabas. Hablé con ella que me gritó ¡estás
loco, eso cuesta plata y no la tenemos! Cuando babbo se enteró dijo que
podía pedir un préstamo a los abuelos en Italia, con la condición de que me
dedicara a la música clásica. Empecé a trabajar a los
nueve años en lo que fuera,
repartiendo diarios o mercadería a domicilio. Cuando los viejos se enteraron de
que esos ahorros serían para pagarme las clases de guitarra, me los sacaron y
tenía que darles cada centavo que ganaba.
Se llevó el vaso
facetado a los labios y su cara se contrajo. Un último rayo de sol que entraba
por el ventanal dibujó una cimitarra de luz en su frente. Piera no hallaba
frases de consuelo, la distancia entre ellos había sido tan grande que
demandaba más que las palabras confesionales de su hermano para acortarla.
Le apoyó la mano
sobre el puño todavía cerrado y recordó el gesto similar que había hecho para
despedir a su padre muerto. Bruno abrió el puño pero no retiró la mano y el
frío que desprendía su piel se fue entibiando en contacto con la palma de
Piera. Ella se preguntó si podría perdonarlo, no desde lo racional, sino desde
el fondo de la sangre que los unía.
Bruno intentó
una sonrisa; su boca era una cicatriz abierta.
—Micaela fue la
única a la que amé y él no tuvo
reparos en enroscarla con sus seducciones para arrancármela. A pesar de mi mal
genio ella me quería y me apoyaba. Apareció él, un héroe que regresa después
del exilio, la deslumbró y todo se fue al carajo. El mayor dolor fue la
traición, los encuentros furtivos a mis espaldas. —Bruno, echando la cabeza
hacia atrás, bebió lo que quedaba en el vaso. Siguió—: después no quise más a
nadie y las minas* van y vienen, sin que me dejen ningún sentimiento una
vez que pasó la calentura.
—Yo no tenía
nada que ver en esa historia. Tampoco me quisiste.
—La diferencia
de edad, no te tuve paciencia, me centré en la guita*, en cómo aumentarla para
concretar mi proyecto, una actividad que se volvió obsesión y me hizo olvidar el verdadero objetivo. Por un lado fue mi salvavidas, pero también me llevó a la
soledad más absoluta —calló y miró por el ventanal las plantas que se
impregnaban con la débil luminosidad del crepúsculo—. Además te tuve celos y
bronca. Vos, la pulguita por la que nadie daba dos mangos*, te saliste con la
tuya y sos artista plástica… Y muy buena.
—Si babbo me
permitió entrar al Bellas Artes fue porque en su depresión no podía participar
de mi futuro. César me estimuló a que siguiera los estudios superiores.
Hubo silencios, en los cuales cada uno se
encerró en ese cuartito escondido que se guarda para ampararse de las
situaciones en las que se acaban las palabras y permanecen aquellas que no
deben pronunciarse. También lograron rescatar momentos que les arrancaron
sonrisas viejas y cuyo eje era el amor que se tenían sus padres.
—Me tengo que
ir, Piera, mañana viajo. Te deseo lo mejor.
Pagó la cuenta;
el café de Piera, intacto, era una fría mancha marrón dentro del pocillo. Se
dirigieron hacia la puerta del bar, se miraron a los ojos y él, con el mentón
tembloroso, la rodeó fuertemente en un abrazo callado.
—Suerte en tu
nueva vida, gracias por despedirte y cuando tengas ganas comunicate —dijo Piera
y él asintió mientras se alejaba algo tambaleante.
Caminó sin
rumbo, repasando cada frase, cada confidencia. Como hologramas, en su mente surgieron imágenes inconexas que, al llegar
a su casa, agruparía en el cuaderno: palabras que contenían las lágrimas
que no había vertido. O las pintaría en una tela, con los colores de esa tarde, de sus
emociones, para sellar la despedida.
Glosario:
Mina: mujer, muchacha.
Guita: dinero.
Mangos: pesos.
La próxima semana publicaré el último capítulo.
Queridos
amigos, no voy a poder contestar los comentarios,
estoy con
un grave problema familiar.
Gracias a todos y abrazos.
Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. También hace trampas con el testamento. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella. Piera encara a su hermano y obtiene su parte de la herencia y la de Sonia.