lunes, 22 de mayo de 2017
lunes, 8 de mayo de 2017
Señales
Recordaste la
época en que diseñabas señaladores para llegar a fin de mes, cuando, días
atrás, encontraste uno en el cajón de los objetos olvidados. Te asombró la
minuciosidad del dibujo y el buen estado que mantuvo a través de tantos años.
Estaban planeados
hasta en sus menores detalles. Debían ser estéticamente bellos porque morarían
en el interior de un libro, señalando el tramo de lectura ya recorrido.
Los pintabas con
acrílicos de colores sobre una cartulina gruesa y los fijabas con un barniz en
aerosol para su preservación. El paso siguiente era pegarles en el dorso una tela afelpada, con el fin de sostener la cintita de raso que indicaría la página
abandonada.
Elaboraste muchos modelos (te aburría la repetición); los de mayor éxito y venta fueron aquellos con
los signos del Zodíaco, que representaste según un criterio personal, diferente
de los símbolos ya usados.
Qué extraño, en
ese entonces no te interesaba la astrología y la elegiste como tema por pura desesperación porque nunca tuviste instinto comercial. Fue mucho tiempo después, empujada por otras
circunstancias desfavorables, que empezaste a estudiarla desde un punto de
vista nada tradicional, que se acercaba a la psicología junguiana. Esos
señaladores expresaron una tendencia que ya estaba en vos, te ayudaron en un momento
económicamente difícil, así como ocurrió más tarde con las clases, en las que
aprendiste a conocer tu verdadera esencia: esa fusión de energías antagónicas
que te conforman.
Hiciste lo que
pudiste para salir a flote de las aguas intensas de tu emocionalidad. Mirás ese
resto del pasado y sabés —ahora que tus fuerzas físicas mermaron y estás
encallada en una orilla sin retorno— cuánto vigor pusiste para insertarte en la
realidad que te tocó en suerte.
© Mirella S.
— 2017 —
miércoles, 3 de mayo de 2017
Abelardo Castillo: un gran escritor
Murió un excelente escritor argentino: Abelardo Castillo.
Lo conocí personalmente en un taller literario que él coordinaba. Mi pequeño homenaje es publicar uno de sus cuentos, para que quienes no lo conocieron lo lean
y los que sí lo leyeron, lo recuerden.
El hacha pequeña de los indios
Después, ella hizo un alocado paso de
baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial,
mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo
parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la
muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y
cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el
hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como
si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si
realmente se hubiera vuelto loco de alegría. Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo
que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto
al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en
realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie
utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año,
haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una
especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios
cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha
parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal
brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación,
evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se
casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la
noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa,
riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en
el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que
cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un
país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo
ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada
pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito
napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en
dos días porque la muchacha era hermosa –linda como una estampa de la Virgen,
dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin
embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero–, y de pronto estaban riéndose y
casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella
quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos
artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la
veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar
atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y
manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y
asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el
hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero
la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había
matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín
tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes
por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo
porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como
pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que
pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono
intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso
el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de
los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la
grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo
que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de
las grandes revelaciones. "Vamos a tener un hijo", había dicho. Simplemente.
Después, hizo un paso de baile y una reverencia.
Del libro "Las panteras y el templo"
Los iré visitando en la medida de mis posibilidades.
Por el momento no contestaré a los comentarios que dejen, pero los leeré atentamente.
Abrazos para todos.
miércoles, 5 de abril de 2017
La valija rota y un mazo de Tarot
Candela Astorga prepara el equipaje sin nostalgias.
Tiene cuarenta y dos años y es la última vez que recorrerá a solas la casa
donde ha vivido desde su niñez.
Descubre que el cierre de la valija está descosido en
un extremo; no hay tiempo para cambios y la asegura con una tira de elástico.
Un hecho, trivial en apariencia, que la conecta con otro lejano: el relato —que
había escuchado tantas veces y que imaginara otras tantas— de cuando su abuela
materna Dolores vino de España con una valija de cartón sujeta con hilo sisal.
La semejanza le parece propicia para la clausura de un ciclo.
La abuela había viajado en un barco lento y atascado
de fardos, baúles y familias que escapaban de la Guerra Civil. Antes de partir
se había casado con Pedro Astorga, su gran amor. La historia se la contó
innumerables veces, siempre con su voz similar al roce del papel de seda. El
largo trayecto en barco fue su luna de miel. Desembarcaron en Buenos Aires,
ella con diecinueve años, él con veintidós; luego de los trámites en
Inmigraciones, subieron a un traqueteante tren a vapor que tardó ocho horas
hasta Rosario. Allí los esperaba el tío de Pedro, un hombre considerable en su
estructura física, aunque desconsiderado en sus modales.
Don Juan Astorga era soltero, andaría por los cuarenta
y los alojó en un cuartucho en los fondos de su ferretería. A su sobrino le
encargó las tareas más duras, que él llevaba a cabo con mansa aceptación. Pedro
era un espíritu sensible, nacido bajo el signo de Piscis, con ojos soñadores,
que parecían elevarlo a regiones de la realidad que trascendían los rollos de
alambre, las latas de pintura, los clavos y tornillos que lo circundaban. Que
hubiesen llegado a la
Argentina durante un eclipse total de luna había sido, según
la abuela Dolores, un pésimo auspicio. Las consecuencias se revelaron meses más
tarde: una extraña enfermedad postró a Pedro y murió a los pocos días.
Candela conserva las reflexiones de la abuela como un
legado: con el nombre que me pusieron,
Dolores, estaba predestinada a andar con el sufrimiento a cuestas; los nombres,
igual que las palabras dañinas, dejan una marca indeleble. Por eso, para sus
hijos eligió nombres optimistas: Buenaventura, Feliciano y Aurora, a la madre
de Candela.
La abuela se regía por algunos conceptos esotéricos. Decía
que el momento más bello y positivo del día es el amanecer; los matices del
cielo son diáfanos y proponen un nuevo comienzo, una actitud de esperanza hacia
el porvenir. Sin embargo con Aurora no acertó, ella fue una mujer amarga, de
ojos infranqueables, con el rencor royéndole el alma.
El destino de la abuela Dolores se cumplió primero en
Rosario, donde nacieron sus tres hijos y más tarde en Buenos Aires, en una concatenación de sucesos infaustos, que
consolidaron sus creencias de que todo está escrito. Después de la muerte de
Pedro fue como si una parte de ella hubiese pasado por el tormento del fuego,
le consumió deseos y expectativas y le forjó otro sentido de las cosas.
Aseguraba: el libre albedrío es una ilusión,
lo único que se puede hacer es no generar resistencia ante lo que la vida
dispone para cada uno. Lo que no significa resignarse.
No le quedó otra alternativa que seguir viviendo en la
casa del tío Juan, quien la usó de sirvienta. Al tiempo, se le metió en la cama
y se ahorraba de ir al lupanar —así le decía Dolores al quilombo del puerto—
hasta que por comodidad y para que otro no se la robara debido a su serena
belleza, la ató con el anillo del matrimonio. Todos los años le daba un hijo,
pero después del nacimiento de Aurora, Juan quedó impotente y reemplazó las
embestidas nocturnas por brutales palizas, una manera de descargar su
frustración de macho.
Juan era una bestia de carga; sus únicos pasatiempos
fueron las doce horas diarias en la ferretería y acumular ahorros. Odió a
Aurora porque la consideró la culpable del menoscabo a su virilidad; instruía a
los dos hijos varones en el desprecio por la mujer y el fervor hacia el
trabajo. Tuvo la piedad de morirse de un ataque cardíaco el día que Dolores
cumplió los cincuenta y tres, luego de haberla denigrado más de treinta años.
La abuela agradeció a las fuerzas del universo por el imprevisto regalo, inició
la sucesión y se deshizo lo más pronto que pudo del negocio y de la casa. Los
hijos ya se habían ido, huyendo del rigor paterno y los dos mayores prosperaron
por su cuenta. Dolores vendió los muebles y a medida que vaciaba la casa
encontró una pequeña fortuna, dispersa en varios escondites. Alquiló el negocio
y se fue a Buenos Aires a vivir con Aurora y con Candela, que recién empezaba
el colegio primario.
Se mudaron a la casita con jardín en Floresta y
Dolores hizo lo que sabía hacer mejor: criar a su nieta, mantener el hogar
impecable y esparcir el aroma de la placidez a su alrededor. Comprendió que ya
no lograría rescatar a Aurora del caparazón en el que se había guarecido; aún
estaba a tiempo con la niña, que crecía en el yermo paisaje que era su madre.
Dolores la salvó de la indiferencia de alguna vecina que la cuidaba, mientras
Aurora iba de un empleo a otro pero, fundamentalmente, la salvó del espíritu
árido de su propia madre.
La abuela tenía un inagotable repertorio de cuentos,
inventados sobre la marcha, que eran el reflejo de su infancia y adolescencia
valenciana, a través de los cuales mitigaba la nostalgia en la evocación del
Mediterráneo y sus aguas color zafiro. De a poco introdujo a la nieta en el
mundo secreto del Tarot, y desde sus arquetipos parecía convocar para sus niñas la comprensión y la benevolencia,
tan escasas en sus vidas. El tío Juan —así llamó siempre a su segundo marido—,
le decía bruja negra o diablesa cada vez que la sorprendía consultando las
barajas que trajera de España. Y con sorna le preguntaba cómo era que no
había podido predecir su temprana viudez ni lo aciago que sería su exilio de la
patria. El viejo le decía —quizás no tanto porque lo creyera, sino con el fin
de mortificarla— que con sus malas artes había eliminado a Pedro para quedarse
con él y sus posesiones; que lo había embrujado hasta que consiguió la libreta,
pero él, Juan Astorga, era más poderoso que ella, se libró del hechizo y la
mantuvo a raya con las palizas.
Candela le preguntó si realmente podía predecir que algo malo fuera a suceder. La abuela desviando los ojos como si buscase la respuesta
en memorias pretéritas, le contestó que las predicciones eran armas de doble
filo. Lo que las cartas le habían transmitido antes de partir fue la intuición
de futura infelicidad y que debía disfrutar al máximo cada momento con Pedro,
lo que por suerte había hecho. Al nacer Aurora hizo una tirada y en la lectura supo que su hija le depararía
pesar, pero también un júbilo enorme. Lo dijo con su sonrisa apacible y
acarició la mejilla de Candela.
La abuela Dolores había muerto unos meses atrás de
esta noche plena de recuerdos de valijas míseras e historias irrevocables. Se
durmió para siempre a la edad de noventa años, en un atardecer azulino de
niebla, recostada en su mecedora.
En cambio la muerte de Aurora, la hija rebelde y
áspera, había ocurrido muchos años antes, cuando Candela tenía quince. Aurora
fue una madre soltera. Apenas terminó el secundario se escapó a Buenos Aires;
de esa época hasta que tuvo a Candela nunca habló, ni siquiera con su madre.
Reapareció en Rosario con un embarazo de siete meses, se quedó unos días, los
suficientes para que el viejo Juan desplegase su desprecio y armara alborotos
tirando platos y cubiertos contra las paredes.
Dolores, a espaldas de su marido, que recién aparecía
a la hora de la cena, se había formado una clientela como tarotista. Compró un
pasaje y fue a Buenos Aires en cuanto Aurora le avisó que le faltaban días para
el nacimiento. La acompañó durante un mes en la sórdida pensión donde Aurora
vivía. A su regreso a Rosario, se atuvo a las consecuencias de su partida.
De su padre Candela no supo ni el nombre ni quién era:
se había esfumado de la vida de Aurora y fue para ella un fantasma imposible de
olvidar. Su madre ejercía trabajos misteriosos y cambiantes. Decía: voy a hacer horas extras, no vengo a cenar.
O: ahora estoy en otra empresa y vuelvo
temprano. Pero la mayoría de las veces no daba explicaciones. No era ni
linda ni fea, tampoco le importaba su aspecto, vestía casi siempre de negro y
había heredado el mutismo y la dureza del padre. Un solo interés manifestó en
su corta vida: el amor por la música, especialmente el violín. Dolores le había
regalado uno antes de que abandonara Rosario: lo tocaba con una sensibilidad
que no correspondía con su carácter agrio.
Su muerte fue tan enigmática como su vida. Nunca se
conoció la causa, si fue un crimen, suicidio o si un día algo en ella dijo
basta y decidió morirse en el banco de una plaza. La autopsia no reveló drogas,
venenos o golpes. Dolores, con la congoja latente en su voz, dijo que jamás se
sabría la verdad porque era luna nueva, momento de tinieblas, donde no puede
verse nada y todo queda oculto.
Para Candela no significó una gran diferencia no tener
más en su vida a esa figura distante, esa ilusión de madre, que se proyectaba
como una sombra chinesca en el telón de sus días.
Comenzó su propio camino de aciertos y errores, de
elecciones y rechazos, siempre bajo el ala protectora de la abuela y junto a
ella se sumió en la añoranza de la tierra de los antepasados, en la Valencia que el
Mediterráneo acariciaba con labios pálidos de espuma. Se olvidó del presente,
de ser fiel a una vocación, de entregarse al amor que le ofrecieron y formar su
propio hogar. Siempre estaban la abuela, las cartas de Tarot y los sueños.
Ahora debe ponerle un
broche a los recuerdos, como le ha puesto el elástico a la valija.
Mañana partirá para España a cumplir un sueño o a destruirlo definitivamente; a
hacer algo por sí misma y por las mujeres de su familia; cerrará un ciclo y le
dará un sentido a más de setenta años de sufrimientos.
Un nuevo inicio, otra aurora simbólica, sola, con su
valija desahuciada y las cartas de Tarot, a los cuarenta y dos años, justo en
la crisis de la mitad de la vida. La abuela Dolores le hubiera dicho: cuando se mira hacia atrás y se ven
únicamente ruinas, es hora de cambiar el rumbo.
© Mirella S.
— 2010 —
miércoles, 29 de marzo de 2017
Un no-poema de Gavrí Akhenazi
¡Que tengas un muy feliz cumpleaños, Gavrí!
Aquí va mi regalito y un abrazo.
Aquí va mi regalito y un abrazo.
Story by silence
Sólo intento que hables,
que no pierdas tu vocación de casa,
tu vocación de albergue con ventanas al sol.
A veces,
estás sellada lo mismo que una tumba a la que nadie atiende
(ya te veo los cabellos en llamas por el verbo que uso)
¿a la que nadie acude ni escucha
ni le llora sobre su corazón?
Sólo intento que hables
que no pierdas tu vocación de casa albergadora,
tu dimensión que canta,
tu multiplicación de horror vacui sobrepoblada de esencia y adjetivo,
tu realidad virtual que depende de los cortes de luz
- no de tu luz, aunque tu luz titila -
¿qué le pasa a tu luz?
Sólo intento que hables aunque sea, de vez en vez, a veces,
de vez en cuando
de cuando en cuando a veces
intento que no pierdas tu vocación de casa
que vuelvas a tu mundo
que no te pierdas en el largo viaje en el que todos nos perdemos siempre
porque es penoso y largo el universo
que no tiene palabras.
Sólo intento que hables desde el silencio escrito
que escribir el silencio es todo un arte,
un arte que difiere del silencio que todos conocemos por silencio.
Yo ya no quiero ser un guardián de faro
que espera por un barco que no llega.
Quiero verte encallada en las palabras como un coral despierto,
como un idioma insólito,
como un hecho de la profundidad del alma humana.
Sólo intento que hables de tu larga vocación de albergue
para que vuelvan las botellas al mar de este silencio.
Esas botellas de tiempos de vacío
donde coleccionaste las palabras.
que no pierdas tu vocación de casa,
tu vocación de albergue con ventanas al sol.
A veces,
estás sellada lo mismo que una tumba a la que nadie atiende
(ya te veo los cabellos en llamas por el verbo que uso)
¿a la que nadie acude ni escucha
ni le llora sobre su corazón?
Sólo intento que hables
que no pierdas tu vocación de casa albergadora,
tu dimensión que canta,
tu multiplicación de horror vacui sobrepoblada de esencia y adjetivo,
tu realidad virtual que depende de los cortes de luz
- no de tu luz, aunque tu luz titila -
¿qué le pasa a tu luz?
Sólo intento que hables aunque sea, de vez en vez, a veces,
de vez en cuando
de cuando en cuando a veces
intento que no pierdas tu vocación de casa
que vuelvas a tu mundo
que no te pierdas en el largo viaje en el que todos nos perdemos siempre
porque es penoso y largo el universo
que no tiene palabras.
Sólo intento que hables desde el silencio escrito
que escribir el silencio es todo un arte,
un arte que difiere del silencio que todos conocemos por silencio.
Yo ya no quiero ser un guardián de faro
que espera por un barco que no llega.
Quiero verte encallada en las palabras como un coral despierto,
como un idioma insólito,
como un hecho de la profundidad del alma humana.
Sólo intento que hables de tu larga vocación de albergue
para que vuelvan las botellas al mar de este silencio.
Esas botellas de tiempos de vacío
donde coleccionaste las palabras.
© Gavrí Akhenazi (No-poemas, así los define Gavrí)
© Mirella S.
miércoles, 22 de marzo de 2017
Desjuiciada
Imagen Benoit Courti
Obedientemente,
al llegar a su casa y como le indicaran, la mujer se cambió el tapón de gasas
que presionaba la herida. Salió un manojo empapado de un carmín brillante. Un
río tibio y dulce fluyó por su boca. Ya tenía listo otro montoncito de
compresas que aplicó con cuidado y sostuvo apretando las mandíbulas. Dejó pasar
media hora y repitió la operación con el mismo resultado.
Cada tanto separaba los labios y el
espejo le devolvía unos dientes de vampiro que acababan de morder a su víctima.
Con un hisopo intentó inútilmente limpiarlos sin abrir demasiado la boca. Un
hilito ya se le escapaba por una comisura. No debía ni escupir ni agacharse ni
hacerse enjuagues o buches.
El
riachuelo manaba suave y sin pausa, encharcando la cavidad bucal. Inclinó
apenas la cabeza y un surtidor, de un rojo impertinente, desbarató la blancura
del lavatorio. No hubo merienda ni cena, solo algunos sorbitos de agua
corrompida por el gusto de la sangre.
Casi había
agotado el stock de gasas que, famélicas, absorbían el rico jugo que brotaba de
lo que parecía un cráter. El festín de Drácula seguía.
Llamó por
teléfono para pedir instrucciones. Oyó el ring-ring que se prolongaba hasta un
corte brusco. Ni el
contestador salta, pensó ella, que se había acomodado el enorme tapón para
emitir algún sonido coherente.
Y así
hasta que llegó la noche.
Respiró su
propio miedo, se vio pálida, puro ojos, los labios salpicados con grumos que se
iban secando. Se recostó en varios almohadones, la cabeza erguida, rodeada de
pañuelos de papel, las gasas restantes y un tazón como receptáculo de su
líquido esencial. No apagó el velador; la soledad le dio un mordisco y le
expandió la sensación de que era la única sobreviviente de un mundo en ruinas.
Pronto también el dormitorio se derrumbaría.
Imaginó
sus venas cada vez más finitas y se preguntó qué color toman las venas vacías.
Le costaba mantener las mandíbulas tensas, le dolía el cuello, pero si las
aflojaba y entreabría los labios se le meterían esos moscardones que rondaban
cerca de su cara. Intentó formar una barrera con las manos. De dónde vendrían si
todos los vidrios estaban cerrados. Emitían un zumbido monótono, adormecedor y
ella luchó para que sus párpados no se bajaran como persianas vencidas.
Cuando volvió a abrirlos el sol doraba
las paredes. Tenía la boca seca, amarga, quitó las gasas amarronadas, con la
lengua tanteó en la encía superior el hueco que había quedado después
de la extracción de la muela del juicio. No dolía y la hemorragia había cesado.
Volvió la mirada hacia la mesita de luz: allí estaba el tazón con la sangre y
unos moscardones flotaban entre islotes de coágulos.
© Mirella S.
— 2016 —
miércoles, 15 de marzo de 2017
Las sandalias de oro y los guantes de seda
a Amadî
El príncipe Orlando por decisión de su madre, la reina
Alba, vivía en un palacio en el interior de una rosa. Siempre había sido un
niño con una salud muy frágil y Alba consultó al hada protectora de esa
comarca, quien le dijo que debía conducirlo al palacio de mármol blanco,
construido en el centro de un capullo de rosa.
Si permanecía allí, el príncipe viviría sano y joven
para siempre y también aquellos que lo acompañaran. Alba temía envejecer, por
lo tanto estuvo de acuerdo con las indicaciones del hada. Pidió a su esposo, el
rey, que ordenara trasladar la corte entera al palacio de la rosa. Él, con gran
tristeza, le dijo que no podía traicionar la palabra dada a sus súbditos el día
que fue coronado. Debía quedarse.
Alba siguió adelante con la propuesta del hada.
Preparó a Orlando, eligió la comitiva que los acompañaría y el hada los condujo
a su nuevo destino.
Los años pasaron, el príncipe crecía fuerte y hermoso
y Alba estaba contenta porque no había perdido su belleza ni su juventud. El
niño le hacía muchas preguntas sobre qué había fuera del palacio. Alba le
contestaba siempre que era mejor no saberlo, allá todo era horrible y cruel.
Orlando no podía imaginarse ese mundo desgraciado que le describía la madre, él
solo conocía la belleza, los juegos, las fiestas y la comodidad.
Sin embargo, esa vida empezó a resultarle monótona.
Tomó la costumbre de mirar por la ventana de su
cuarto, a pesar de que veía siempre el mismo panorama: los pétalos blancos que
envolvían el palacio. Un día los pétalos se movieron, como agitados por la
brisa y Orlando pudo ver a lo lejos formas y colores desconocidos. Después la
cortina de cerró y la blancura acostumbrada rodeó el palacio.
Desde ese momento Orlando se sintió inquieto: pensaba incesantemente
en esos matices nuevos. El mundo era algo más que el corazón de la rosa donde
vivía. Y como no sabía qué era envejecer ni enfermarse, no tenía miedo a lo que
pudiera ocurrirle del otro lado.
Harto de suspirar y mirar por la ventana, no escuchó
las súplicas de su madre y cubriéndose con un manto, salió del palacio. Cruzó
varias capas de pétalos y, por fin, se encontró afuera.
Al recorrer el mundo aprendió lo que era malo y lo que
era feo. Pero también encontró belleza y bondad y cada vez que le pasaban cosas
buenas, las disfrutaba más, porque había conocido las desagradables.
De tanto viajar el manto se fue deshilachando, tuvo
que trabajar para comer y en sus manos aparecieron callosidades. Al cruzar un
arroyo de aguas límpidas, se vio por primera vez desde que había dejado el
palacio: ya no era tan hermoso y su pelo estaba salpicado de hebras blancas.
En uno de sus viajes encontró a un anciano acostado a
los pies de un árbol. Parecía muy enfermo, Orlando le dio un poco de agua y se detuvo
a cuidarlo. El viejo, de vez en cuando, abría los ojos y murmuraba una única
frase: las sandalias de oro y los guantes
de seda. Cuando murió, Orlando lo cubrió con piedras y ramas y prosiguió su
camino.
Llegó a una ciudad con edificios altos y grises. Sus
habitantes caminaban apurados, con la vista fija en los adoquines de la calle.
Los días que no trabajaban se iban al campo con linternas, lupas, picos y
palas. Se ponían a cavar y revisaban cada terroncito de tierra, una y otra vez.
Orlando pensó que con esos pozos destrozaban la hierba y las plantas.
Se acercó a un hombre y lo saludó.
—Qué maravilloso atardecer, nunca vi un cielo tan
transparente ¿no le parece?
—¡No estoy para perder el tiempo en esas tonterías! —contestó
el hombre de mala manera.
—¿Por qué cavan esos pozos, qué buscan? —preguntó
Orlando.
El hombre, sin dejar de remover el pasto, le contestó:
—Las sandalias de oro y los guantes de seda.
Orlando recordó las palabras del viejo moribundo y
siguió preguntando:
—¿Para qué sirven las sandalias de oro y los guantes
de seda?
El hombre se pasó un pañuelo por la cara húmeda de
sudor y lo miró con desconfianza.
—No soy de este país y no conozco las costumbres —le
explicó Orlando.
—Quien encuentra las sandalias de oro será poderoso y
rico para siempre y si también encuentra los guantes de seda será eternamente
joven y hermoso.
—¿Cuántos pares de sandalias y de guantes hay?
—preguntó Orlando.
—Cada uno tiene su par de guantes y de sandalias, sólo
hace falta encontrarlos.
—Pero si los encuentra ¿cómo sabe que son los suyos y
no los de otro?
—Únicamente yo podré ver mis sandalias y mis guantes,
los de los demás son invisibles para mí.
—¿Alguien los encontró? —quiso saber Orlando, cada vez
más interesado.
—Sí, sé de un hombre que encontró una sola sandalia y
de una mujer que encontró un guante.
—¿Y qué les sucedió?
—El que encontró la sandalia se volvió rico, pero no
tenía poder, tampoco la juventud ni la belleza. La que encontró el guante sería
eternamente joven, pero le faltaba la belleza y ser rica y poderosa.
—Y entonces ¿qué van a hacer?
—Continuaremos buscando hasta el último minuto de vida
o por toda la eternidad, si fuera necesario. Nadie descansará hasta no tener
completos el par de sandalias de oro y los guantes de seda.
Orlando se alejó pensativo. Recordó a su madre, que para
no envejecer, prefirió quedarse encerrada en el interior del capullo de la rosa
y se dijo que él había hecho bien en irse por el mundo. Ahora conocía el
egoísmo, la codicia, la mentira, también había hallado generosidad, amor, gente
honesta. Había disfrutado de la magnificencia de la naturaleza y descubierto la
alegría de ser libre. En muchas oportunidades tuvo que juntar coraje para
enfrentar situaciones difíciles. Había aprendido bastante de los errores
propios y ajenos.
Se fue rápido de esa ciudad tan triste, donde sus
habitantes desperdiciaban la vida detrás de una obsesión.
Siguió viajando por el mundo con la mente abierta, serena,
dispuesto a descubrir cada día algo nuevo que floreciera en su alma.
Es de cuando escribía cuentos infantiles... en el siglo pasado.
Espero no se aburran.
Abrazos para todos.
lunes, 6 de marzo de 2017
Hálito de viento oscuro
El leitmotiv de
un tiempo sin horas es doblar por algunos de los múltiples ángulos y enfrentar
un túnel. Ella es un tizne más que se confunde con otros que se ignoran. En las
primeras épocas captaba formas, a veces ojos en los que aún vibraba alguna
llama o ya, irremediablemente, vueltos cenizas. De a poco, la fisonomía
particular de cada uno, fue diluyéndose en deformaciones de materia muerta.
Sabe que también
se desintegrará, es el destino de todos los que habitan el país subterráneo.
Apenas si queda un punto, un rastro brumoso, una nostalgia de lo que han sido.
Aquello que subsiste es el dolor, sus nervaduras no se alisan, al contrario, se
engrosan e impulsan al desplazamiento por los túneles. El agobio del dolor marca
la hoja de ruta a ninguna parte.
Moverse resulta
mejor que estarse quietos en un rincón. En ese mundo se borran los deseos, pero
en ella habita uno que le otorga un halo que en muchos se ha extinguido. Ella
irradia una tenue aureola de esperanza, como una constelación turbia que se
resiste a desaparecer en la profundidad
de la nada.
Por momentos se
detiene para escuchar si le llega el eco redentor de su risa o el ritmo de sus
canciones. Antes de que ella cerrara los ojos definitivamente, lo último que
oyó fue su voz, como de vidrio quebrado, que le prometía remover cielo y tierra
hasta encontrarla y llevarla de nuevo a la luz. Él utilizará su talento,
cautivará a quien fuera con su música, extrayendo las notas más exquisitas que
le abrirán todas las puertas.
En su deambular,
ha encontrado una claridad impura que, trabajosamente, interrumpe la penumbra
que ya la constituye. Aunque nadie hable hay reglas, advertencias que se
conocen como si estuvieran escritas dentro de las sombras que son. Ella sabe que
es un umbral por el que ingresan los nuevos y lo ronda con asiduidad.
En cuanto oiga
las notas órficas del saxo, la melancolía de un blues, ella reunirá los retazos
de niebla de la que está hecha y lo esperará del otro lado de la entrada.
Pero no hay relojes
para medir el tiempo, es un segmento ininterrumpido, siempre igual a sí mismo.
Y antes nunca
nadie ha salido.
Cuando en ese
presente infinito comprende esa ley, decide apartarse del portal. Aún perduran
en ella los restos de la posesión. Ya no lo ama, su único anhelo es irse y él,
con su promesa la ha mantenido en un plano imposible de seguir sosteniendo.
No lo ama, no
puede, no tiene con qué. No desde la agonía del recuerdo —cada vez menos nítido— de su cuerpo, de su
música que le extasiaba el alma.
Comienza a apartarse
del hueco rojizo, busca los túneles más lejanos. Si él viene a rescatarla no la
debe encontrar. Es solo un hálito helado de viento oscuro.
© Mirella S.
— 2017 —
miércoles, 1 de marzo de 2017
Vicente Antón Vives: poeta
Hice el montaje de este video
con el poema que Vicente Antón Vives (Tin) le dedica a otro amigo poeta, Manuel
Martínez Barcia, fallecido hace dos años.
Un abrazo querido
Tin.
en el reposo de los años bisiestos,
en las hojas y en las letras y en los libros
que inspiraban el amor imposible.
Te auguro como un comienzo
naciéndonos entre finales inertes,
minúsculo de versos y oraciones
brotando a ciegas de la nada.
Vuelves a todas horas y repito
el deseo imparable de parecerme a ti
en los ojos que lloraban por las lágrimas
de los más inocentes.
Eras de pájaros espesos y olvidados
y de golondrinas eran tus pies, y tu boca
era una jaula abierta al mar de los que creen
y enredada de orillas.
Una gruta de estalactitas escondiéndose del aire,
procurando alzarse entre las grietas del hombre.
Una gruta enrarecida y blanca como una neblina de cal
y de ensoñaciones.
La larga e imborrable senda que camino
cuando quiero ser feliz al recordarte
entre mujeres rubias y mujeres de dientes blancos
como el beso del dolor en la mejilla,
y en la frente.
Te devuelvo al mundo de los creados
un día oscuro de Lunas y de sombras esparcidas.
Te devuelvo completamente limpio y desinfectado
y cubierto de esa capa finísima de niño bueno,
de soldadito de plomo sin guerra y sin traiciones,
para que sigas jugando conmigo a la muerte.
© Vicente Antón Vives
© Mirella S.
— 2017 —
miércoles, 22 de febrero de 2017
El tiempo perdido
Foto de Loomis Dean
El libro, como
una cosa viva, cae de las manos del hombre y se desmiembra en rígidas láminas
amarillas. Al agacharse para recogerlas sus rodillas crujen en un acto de
protesta. Mira el título en la tapa: En
busca del tiempo perdido 1. Su garganta produce el eco de una risa, no lo
había leído.
Al dar vuelta la
primera hoja descubre la dedicatoria, larga, escrita con una letra menuda,
femenina. Necesita los anteojos.
A medida que
avanza en la lectura, debe detenerse para desechar imágenes que se interponen,
nublando las palabras. El libro forma parte de un pasado tan remoto, que los
recuerdos surgen descuartizados, igual que sus páginas. No logra precisar en
qué año ella se lo había dado y una ola de ira le pulsa en las sienes cuando ve
que le auguraba un feliz año nuevo sin mencionar cuál. Acaso no se suele poner
siempre una fecha debajo de la dedicatoria, claro, ella en todo fue distinta,
no entraba dentro de los cánones esperables.
Apoya una mano
en el pecho como para apaciguar la repentina opresión que se extiende y le
corta el aliento. Me fijo en la fecha
para escapar al contenido del mensaje, dice, mientras con el pulgar y el
índice presiona sus párpados. Aunque no quiere plegarse a recuerdos, ellos
vienen solos, el escrito les ha abierto la puerta. Allí están con su olor rancio.
Cuando ella le
dejó el libro en el buzón, ni siquiera lo había abierto. Lo guardó en un
estante alto de la biblioteca para que las telarañas lo vistieran con las babas
del olvido. Tuvo que haber sido ese
año nuevo, el primero que no pasaron juntos. El texto menciona la “crisis”,
recién se entera que la consideraba una crisis. Él había sido bien explícito al
decirle que no aguantaba más la situación. Las mujeres encarajinan todo. Ese tipo de mujeres, las inalcanzables,
tortuosas, que levantan muros de silencio, de miradas evanescentes y
comunicaciones lacónicas. Son resbalosas
como anguilas y uno se queda con las manos deshabitadas, dice en voz alta.
Se acerca a una
intimidad antigua, que duda haya existido. Antes de la ruptura, la había
asediado como a una fortaleza inexpugnable, se sintió un invasor bárbaro, que
con sus armas precarias, pretendía conquistar la ciudadela. Una y otra vez se
había topado con un témpano imposible de derretir. Y a mí se me terminó helando el deseo, murmuró turbiamente.
No siempre había
sido así, pero del período previo no guarda registro. ¿Cuántos años pasaron? Más de treinta, si la memoria no le falla. Hoy se entera de que él fue su gran
amor, que no podrá olvidarlo jamás.
Jamás, que palabra presuntuosa, inexistente.
Él tardó en disipar la delicadeza de sus facciones, devoradas por los ojos
irrefutables. Una mañana, al despertarse, se presintió libre y se instaló en la
gris y ordenada apariencia de las cosas. Esporádicamente iba de cacería de
conejitas tiernas y superfluas.
Pasa la punta de
los dedos por la página escrita. Ella, con su ambigua intensidad, le había
arrebatado un largo tiempo. Cómo luciría hoy ¿con las mejillas craqueladas, el
pelo color estopa, la espalda gibosa?
Qué importa, si ya está muerta para mí, exclama con esa
vocación que ha adquirido de hacerse comentarios en voz alta. Mentira, de alguna manera se las ingenió
para quedarse en mí. No se olvida ni se borra a quien se amó como se borra un
nombre del pizarrón. En vano se intenta taparlo con otros.
Camina unos
pasos hacia la ventana abierta de noviembre. Se asoma, con un gesto brusco,
imprevisto, como si el brazo no le perteneciera, tira el libro al vacío.
© Mirella S.
— 2017 —
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