lunes, 18 de julio de 2016

Memoria al 22º atentado a la AMIA




El atentado a la AMIA fue un ataque terrorista con coche bomba que sufrió la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de Buenos Aires el 18 de julio de 1994. Se trató de uno de los mayores ataques terroristas ocurridos en Argentina, con un saldo de 85 personas muertas y 300 heridas.

Al cumplirse el 22º aniversario, artistas y músicos argentinos se reunieron para hacer este video, en conmemoración a las víctimas. 


Todavía no se ha hecho justicia.





miércoles, 13 de julio de 2016

Damascos en almíbar



Una silueta ensombrece la luz que entra por el panel de vidrio. Paula se entrega mansamente. Unos segundos antes de ingresar en los paisajes borrosos del sueño artificial, los fantasmas de momentos ya muertos aparecen en una sucesión arbitraria, acelerada.

El baile de los quince, su vestido en tonos pastel, la pulsera con los dijes que tintinean en el hombro de Juan, se esfuman cuando la señorita Emilia le pone esa fea nota roja en el cuaderno por mala conducta, por incitar en clase a la insubordinación, en esos años donde todavía no sabe qué es la docilidad. De inmediato el recuerdo se confunde con la tarde en que no hay bizcochuelo con Nesquik porque mamá es internada de urgencia. Paula revive el desgarro del miedo en el vientre que, sin transición, se convierte en alegría y se ve a sí misma refulgir como un lucero. Ella está con el vestido de seda blanca, aún oye el eco del “sí, quiero”, siente el oro que le ciñe el dedo anular, “para toda la vida, mi amor”, sellado con el roce de los labios de César.

Ya no está en la iglesia, vuelve a sus once años, conoce a la Segunda, como la ha bautizado, la nueva mujer de su padre, almuerzan sin mirarse. A los postres la otra hará su entrada triunfal sosteniendo la bandeja con los damascos en almíbar, con un copito de queso mascarpone y escamas de chocolate, que Paula odiará haber comido tan gozosamente. Y el arrebol de los damascos se perderá en la palidez del quirófano, en el no llanto tan esperado, en el silencio que, de pronto, se llena con el bullicio de un aeropuerto, no recuerda cuál, fueron tantos.

La memoria, selectiva y caprichosa, la devuelve a la casa del limonero, al maullido leve de Mimosa, la gata blanca y gris, la de la mirada como dos hojas de menta, aquella que apareció un día en el jardín de atrás, saltando la pared medianera y nunca más se fue. Cuántas caricias en la pelusa de su cogotito, cuánto ronroneo agradecido. Ese fue un amor que abarcó toda la vida que vivió Mimosa. Los otros no, duraron lo que duran los amores humanos. Le parece escuchar el ruido de la puerta al cerrarse tras la valija, después solo el vacío alargando la noche, sus ojos moteados de sol, desaparecidos para siempre.

Se ve caminado en una tierra de nadie, la piel translúcida como la lluvia. La memoria tiene su propia geografía y ahora la lleva por los carriles desencantados de los anhelos que no se cumplieron.

Se enciende una luz que baja del cielorraso y, como si proviniera de allí, una voz sin boca dice algo que suena como el siseo del viento en el follaje.

Quiere sonreír pero no encuentra los labios, el cuerpo ha dejado de pertenecerle, es un conjunto de órganos insensibles atiborrados de químicos.


© Mirella S.  - Enero 2016 -









jueves, 7 de julio de 2016

El amor por un hombre




Cuando las horas se acumulan sin deseos y los días son pegajosos como las babas del diablo, cuando se han perdido creencias y el miedo álgido es su único compinche, quedan pocas cosas que extrañar.

Ni siquiera el amor por un hombre.

Ya no espera encontrar las llaves que ocultó, tampoco romper los candados del encierro ni buscar un cuchillo de obsidiana que haga sangrar otra vez su pecho de vida.

Permanece de pie en el balcón. Es un árbol yermo e invernal y mira en el ocaso que desciende, cómo los pájaros, en un racimo de uvas voladoras, se pierden en el celaje sin detenerse, ni descansar en alguna de las ramas.

Igual que se perdió su deseo por el amor de un hombre.



©  Mirella S.   — Diciembre 2015 —





jueves, 30 de junio de 2016

Tejerse mujer





Un cinco de enero por la noche, cuando tenía once años, la luna de sangre comenzó a visitarme cada 28 días. Contradictoriamente, mi madre dijo que era un premio de los Reyes y en seguida agregó: ya sos mujer.

A la semana me entregó un costurero de mimbre, la tapa decorada con rosas de tela. En su interior me espiaban agujas, dedal, tijera, hilos de colores. También recibí el equipo para tejer y madejas de lana. Debía seguir la tradición ancestral de toda niña que se convierte en mujer.

Solo por curiosidad empecé mi aprendizaje con el tejido, que me llamaba en ecos misteriosos. La lectura de la versión infantil de La Odisea —y la imagen de Penélope— habían quedado impresas en mí. Razonaba que si en alguna ocasión tuviera la necesidad de destejer, para hacerlo apropiadamente, primero tendría que haber aprendido el oficio. Una nunca sabe lo que le deparará el futuro.

Tozuda, arremetí con el punto arroz, el más simple. La labor progresaba en forma desigual: apretada en un tramo, floja en el siguiente. La niña que intenta ser hacendosa y teje como un marinero. En esa etapa ejercía el pensamiento positivo: acaso el gran Ulises, el héroe de mi infancia ¿no habrá urdido redes o las habrá remendado en sus largas navegaciones?

Un punto al derecho, un punto al revés. Con cada lazada el ansia de rebelión se doblegaba en la obediencia sin réplicas. Esa docilidad iba más allá de las estrictas reglas asimiladas, se originaba en el temor de cómo se debía comportar una mujer en un ambiente arbitrario, incomprensible. Y ocurría porque la norma máxima de la familia era el tributo al silencio. Nadie con quien hablar de las lunas rojas, qué significaban esos ciclos, sus consecuencias, los cambios en mi cuerpo, en mi sustancia íntima.

Al regreso de la escuela tejía mi aburrimiento, mi soledad de hija de la vejez, de niña sin juegos ni amigos. Practicaba el arte de ser una tejedora de cuentos, mientras se los relataba a la muñeca de plástico, mi callada compañera.

Procedía con interminables bufandas, con el fin de proteger los cuellos de cientos de doncellas acechadas por vampiros. O para calentar a los pequeños huérfanos vagabundos en las calles nevadas de Dickens.

Alternaba los colores con audacia, como si el cielo se hubiera estrellado en un prado de amapolas y el gris de las piedras enrojeciese con el ardor de un incendio.

En las tardes de primavera solía distraerme; las agujas, en su ir y venir, herían la lana azul que se teñía de púrpura.

A los doce años enrollé todo, guardé los elementos en un estante alto del armario. Algún día volvería a usarlos para seguir investigando mi femineidad.

En ese momento mi preocupación era otra: me había enamorado.






©  Mirella S.   — Diciembre 2015 —




lunes, 20 de junio de 2016

Fronteras

Arte digital de Federico Bebber



Tengo conciencia de que esta crisis ha cambiado mi visión de las cosas, hasta de la pequeñas y cotidianas. Es como si mirara desde la caverna de unos ojos extraños.

Y cuando ya debería saberlo, de tanto profundizar en mí misma, empiezo a preguntarme ¿quién soy?

Con la pregunta trazo una línea: soy esto y no soy aquello. Demarco. Establezco una zona familiar: es el país que he fundado.

Sin embargo, compruebo que ese límite es desplazable hacia afuera, puedo anexar regiones no transitadas y volver a cartografiar mi identidad. Las áreas nuevas, descubiertas a raíz de lo que me pasa, son estepas de desolación. Desprenden un olor a tierra calcinada. No dejo de preguntarme qué habrá más allá, si encontraré un rayo de sol desvelando el inesperado verdor de unos tréboles de la suerte.

En alguna oportunidad leí que la piel es la frontera externa que me separa de todo lo que no soy. Afuera hay objetos de mi propiedad, la casa, los libros, la computadora… pero no soy yo. Dentro del límite de la piel están los órganos que conforman mi cuerpo, al que pocas veces sentí como parte de mí, sino un territorio ajeno que pugnaba por “in-corporarse” a mi yo, el que viaja aceleradamente de mi cabeza al mundo emocional en un tour enloquecido.

Desde que recuerdo, el cuerpo es una fuente de dolor, enfermedades y preocupaciones. También me dio placer mediante los sentidos. Mirar, mirarlo todo; tocar y ser tocada en los misterios del amor; escuchar voces, palabras, música, así como los sabores y fragancias de la naturaleza.

Lo cuidé, sin quererlo totalmente, como algunos padres con un hijo no deseado o aquellos que no saben ejercer la paternidad y cumplen los deberes básicos de proveer los alimentos, de llevarlo al médico cuando le duele algo, restándole importancia a lo esencial: la nutrición del alma en el amor.

El niño, entonces, hace berrinches, se porta mal, incluso enferma, ansía ser visto en sus matices más íntimos.

Mi cuerpo se esforzó para ser admitido en mis afectos. No lo amé ni lo escuché con la atención debida. Tomé los ratos de gozo que me brindaba con devoluciones mecánicas.

La escisión que produje lo ha dejado a la sombra en el escenario de mis días. Hoy quiere ser protagonista. Porque además de los pensamientos incansables, del pozo sin fondo de mis emociones, también soy este cuerpo y sus arrebatos.

©  Mirella S.   — Diciembre 2015 —



Algunos de ustedes ya habrán leído este texto que publiqué en otro blog,
que abrí en diciembre pasado y al que solo podían acceder los que tuvieran Google+.  Como he decidido cerrarlo, traigo aquí parte del material. 
Lo hago para no dejar tan abandonado y vacío el nido de los pájaros.






jueves, 12 de mayo de 2016

Desarticuladas




Hay dolor en estas manos de madera que ni acarician para no abrir llagas.

Manos que eran de arcilla y cimbraban como pájaros briosos, modelando esculturas en el pecho de un hombre.

Hay dolor en los dedos de cartón piedra. Se les extravió la gestualidad del gozo, el sentido del tacto incandescente, no aún la belleza delicada de sus formas.

Las falanges están inertes como estalactitas y gotean la fría soledad de unas manos que fueron fecundas.

En otro tiempo, en las líneas de sus palmas, navegaban ríos en busca del sentido de la existencia. Se agitaron en bienvenidas, sostuvieron carteles de protesta. Rotos los convenios del silencio, arquitectaron el arte del acuerdo.

Ahora se posan con temor en el teclado, se sienten inválidas, ociosas.



©  Mirella S.   — 2016 —                                                                                             Imagen de Lauren Treece







jueves, 17 de marzo de 2016

Dibujar un gato




En primer año prevaleció el dibujo de formas geométricas, cubos, pirámides de yeso, jarrones con flores, frutas, naturalezas muertas. A lápiz, carbonilla, pastel, sanguina, acuarela, témpera. Eso le correspondía a la materia Dibujo al natural. En Composición había que disponerlos según cánones de equilibrio y armonía; tener en cuenta la expresividad en la ordenación del espacio de los elementos, sus tensiones, ritmos, blablablá.

Durante el segundo año le dimos duro y parejo a los animales. Empezamos con el gato viejo que vivía en la escuela. Lo subieron a una mesita alta y angosta, la misma que el año anterior había servido para armar los bodegones. Debajo le colocaron un almohadón que en algún momento fue rojo y que el tiempo le otorgó un mustio color ladrillo. Supongo que el efecto que querían lograr era de contraste: gato gris ceniza sobre fondo escarlata. Sin embargo, el conjunto era totalmente desvaído, con la vejez el gato había tomado el tono otoñal de la estopa.

Los 50 minutos que duraba la clase, dormía, enroscado sobre sí mismo. A medida que terminábamos un croquis íbamos girando a su alrededor, para tener una perspectiva diferente.

Lo bautizamos Marmota.

Los jueves eran tediosos: dibujo de gato acostado. Entraba la portera, con el almohadón pulgoso bajo la axila y sosteniendo al micifuz por el pellejo del cogote. Lo plantaba, igual que a un florero, sobre la mesita en el centro del aula.

La señora de Lemme, la profe, estaba a punto de jubilarse e impartía las clases desganadamente. Mientras dibujábamos al gato, ella leía novelas de Agatha Christie.

Los varones iniciaron una especie de confabulación contra Marmota. Los más crueles y drásticos propusieron su envenenamiento. Los moderados, raptarlo y llevarlo lejos. Yo sugerí que había que incentivarlo para que posara sentado.

El jueves siguiente alguien vino provisto con una honda y cantos rodados pequeños. Tac tac tac. El pibe tenía puntería y cada piedrita daba en el blanco. En la zona afectada se producía una palpitación, un breve sismo, pero Marmota continuaba inmóvil, en su sempiterna posición.

La señora de Lemme era bastante sorda y enfrascada en su lectura ni se enteró del procedimiento para despertar al gato que, finalmente, lo hizo cuando uno de los guijarros le dio en la frente. Le temblaron los bigotes y por primera vez abrió los ojos: dos lagunas de oro fundido que relumbraron en la opacidad de su piel. Fui de los pocos que pude apreciar esa mirada porque estaba sentada justo enfrente.

Marmota terminó su protesta con un solemne maullido. Giró la cabeza de izquierda a derecha y volvió a apoyarla sobre sus patas delanteras. Los ojos volvieron a ser dos ranuras herméticas. El extremo de la cola, que colgaba de la estrecha mesita, manifestó su descontento trazando rulos en el aire.

Esa fue la última vez que lo vimos. El jueves siguiente apareció la portera solo con el almohadón. El gato había desaparecido, informó a la profe. La señora de Lemme no se inmutó, indicó a la portera que lo pusiera sobre la mesita y nos dijo que ya habíamos observado al gato el tiempo suficiente para dibujarlo de memoria. Y sacó su novela.



©  Mirella S.   — Febrero 2016 —


        dibujo de Belinda Elliott




jueves, 3 de marzo de 2016

Crónica de una caída

Acrílico de José De la Barra


Tropezaste con algo en la vereda y te caés, te derrumbás como un edificio vencido. Caés hacia adelante, sin amortiguar el golpe debido a la bolsa cargada que llevás. Todo el peso de tu cuerpo lo soporta el codo, la cadera y la pierna izquierda.

Desde el suelo ves muchas zapatillas, sandalias, que pasan a tu lado y siguen de largo.

Estás atontada, los huesos estremecidos, los músculos sin fuerzas para levantarte. Despacio, te arrastrás hacia el refugio de la pared, sintiendo la miseria de un gusano que repta por el cemento en busca de una brizna de hierba que lo proteja en su acolchada humedad.

Allí tirada, te acordás del final de una vieja película en la que un hombre, que no quiere morir solo, logra llegar hasta la calle, cae, y su última visión de este mundo es un bosque de zapatos presurosos que lo esquivan, para no perder tiempo en su marcha.

Alguien te tironea del brazo derecho, de un modo brusco, torpe. Hay un par de adolescentes inclinadas sobre vos. Tratás de incorporarte aferrándote a eso que te tironea. Conseguís ponerte de rodillas, apoyás la otra palma en el piso, tomás impulso y quedás en posición vertical.

Todo parece girar a tu alrededor, como si la vereda fuera el cielo. Agradecés al vacío, las chicas ya se fueron sin mediar palabra.

Respirás profundo, aún aturdida das unos pasos: la próxima hazaña será agacharte para recoger la bolsa pesada. La gente sigue su desfile, impertérrita. Los más curiosos se dan vuelta y miran.

La llamarada del dolor recorre cada uno de tus huesos. Una tristeza conocida se instala en tu garganta. Acariciás la pared que te brinda sostén y empezás a caminar lentamente. Cada movimiento es un sismo que te sacude el esqueleto.

Tuve suerte, pensás, no me quebré nada y estoy a una cuadra de casa.

 ©  Mirella S.   — 2016 —








miércoles, 24 de febrero de 2016

Manchas de tinta azul


Les aviso que este cuento es de la época en que escribía relatos infantiles.
Los dibujos que lo ilustran son también míos.



En un barrio periférico de la ciudad vivía una modista llamada Jimena. Como era rápida, hábil, tenía siempre trabajo y estaba cose que te cose sin parar. A veces le dolía la espalda de tanto doblarse en la máquina de coser. Era viuda y necesitaba dinero para que su hijo fuese a la escuela.
Una de sus clientes, la mucama de una señora muy rica, la recomendó  a su empleadora —que justo estaba organizando una fiesta— quien la mandó buscar por su chofer en un lujoso auto.



Jimena, una mujer sencilla, se sintió inhibida al entrar en semejante mansión y percibió la arrogancia de su nueva cliente que, sin mirarla siquiera, le entregó un corte de seda blanca para que le confeccionara un vestido de noche en el término de dos días. 
Aceptó enseguida. Hizo cuentas: con el precio acordado cubriría ciertas deudas y le podría comprar libros y útiles a su hijo.



Trazó los moldes, cortó, hilvanó y la prueba fue a las mil maravillas. Terminó el traje la noche anterior a la entrega. Jimena lo extendió sobre la mesa para ver el efecto final. Había quedado espléndido: parecía un capullo hecho de espuma de mar y nubes. 
Estaba tan cansada que no se dio cuenta que lo había apoyado arriba del frasco de tinta de su hijo. Cuando sacó el vestido, en un amplio vuelo de palomas blancas, el frasco, mal enroscado, se volcó empapando la pollera de tinta azul.


A la pobre el mundo se le vino encima, quedó paralizada unos minutos, pero era una mujer de acción. Pensó que si lavaba el vestido de inmediato la mancha saldría. Entibió agua, le agregó unas gotas de limón y con mucho cuidado frotó la delicada tela. Con horror comprobó que lo único que había conseguido era aclarar el azul de la tinta, pero la mancha se había desparramado por toda la falda.
Con los últimos restos de esperanza, se dijo que quizás cuando se secara se notaría menos y colgó el vestido junto  la estufa. Además estaba muy arrugado ¿y si lo planchaba con vapor? Lo intentó y los resultados fueron los mismos: la mancha celeste arruinaba irremediablemente la belleza de la prenda.
Sin encontrar otra solución, imaginando el gesto agrio e  indignado de la cliente y sus consecuencias al ver el desastre, apoyó la cara sobre el vestido y comenzó a llorar. Las lágrimas bajaban por sus mejillas, incontenibles y como arroyuelos diamantinos caían en la tela. En el trocito que impregnaban, la sal de las lágrimas borraba la mancha. Cuando ya no tuvo más lágrimas para derramar, Jimena se adormeció.
Fue despertada por el canto de un gallo lejano. Miró el reloj: eran las cinco de la mañana. Dentro de unas horas tendría que llevar el vestido a la señorona. Estaba por doblarlo cuando vio con asombro  que la mancha ya no era un borrón parejo, había partes en las que aparecía la blancura prístina de la seda. Observando detenidamente esos restos de tinta, Jimena descubrió que tenían formas de mariposas, flores, pájaros.
Tal vez no estaba todo perdido. Trajo su costurero, eligió un hilo plateado y empezó a bordar. Una puntada aquí, dos más allá, completaron una rosa entreabierta. Un toquecito por acá, otro en diagonal y lo que parecía un pato se convirtió en un cisne de cuello estilizado. Gracias a la imaginación de Jimena, un grupito de salpicaduras, unidas entre sí por el hilo de plata, pasaron a ser los brotes crecientes de una rama.
El reloj dio once campanadas. Jimena dejó hilo y aguja, envolvió el vestido y marchó a la casa de la dama. Al entregarle el paquete, cerró los ojos.
— ¿Qué es esto? —preguntó la mujer con su voz altanera—. Yo no había pedido semejante trabajo. 
Desde la sala vecina aparecieron unas amigas de la dueña de casa que habían ido a visitarla y se acercaron a mirar. Lo que vieron les hizo fruncir las bocas en un ¡ooooh! incrédulo.


Resaltando en la palidez de la seda se extendía un dibujo de una delicadeza y originalidad incomparables.
La señora se acercó a Jimena que se había mantenido apartada en un rincón. Sonreía al decirle:
—Es el bordado más exquisito que vi en mi vida. Tuviste una idea genial.
A partir de entonces la gran dama y sus amigas encargaron sus ropas a Jimena, quien no daba abasto y tuvo que contratar a una ayudante. Su hijo pudo ingresar a un buen colegio, fue a la universidad y se recibió de médico con honores. 
Jimena aún conserva dentro de su costurero el frasco de tinta azul. Ya vacío, claro.


©  Mirella S.



domingo, 14 de febrero de 2016

Cronos




Habito una clepsidra despoblada de quimeras,
parto el tiempo con el filo de una lágrima
y dormito en el tálamo desnudo de los días.
El temblor de los minutos desciende sobre mí
en un vuelo de nubes antiguas como el miedo.

Se suceden lunaciones y eclipses,
solsticios, equinoccios, años bisiestos
y el reloj es un rítmico amante
que no se detiene dos veces en la misma cama,
impávido, prosigue su infinito viaje.

Cronos observa desde su cúpula sideral
sin ojos en su alma inexorable,
es un engranaje entrenado en la espera.
Soy una de sus hijas,
él me devorará saturninamente.

Aún perduro,

como una vela que se encendió a destiempo.



© Mirella S.   — Diciembre 2015 —




lunes, 8 de febrero de 2016

Apenas un esbozo




No era rubio ni de ojos azules. Sí era alto y sus manos como aspas movían el aire en ráfagas briosas.

Imprevisible, desconcertante, un verdadero príncipe para arremeter contra las convenciones románticas. A ella, con su concepto bizarro del romanticismo, le atraía precisamente por eso.

Cuando acariciaba su piel, del color de un grabado antiguo, sentía que el galope de su sangre se unía a la de él. Y al mirarlo se acercaba al borde de una incógnita.

Estar a su lado no era como acostarse a orillas de un remanso, ella tenía la sensación de vértigo que da el asomarse al hueco de un precipicio y la soledad de caminar por un territorio yermo de palabras. Pero a la soledad estaba acostumbrada, era una constante en su vida.

En las pocas palabras que le dijo, no hubo las promesas infaltables de las primeras épocas del amor, cuando el ansia se cree eterna. Ella, dentro de su propio silencio, lo agradeció.

Él reía más de lo que hablaba, con una risa galvánica. Su voz dotaba a ciertas consonantes de un ritmo sonoro, como el del granizo que cae sobre un tejado.

Llegó el otoño, que organiza el tiempo de los días sin sol. Él guardó el verano en su morral y se fue, dejándole un residuo de su alegre hosquedad. Ella lo preservó bajo su almohada, igual que un talismán de la suerte.



©  Mirella S.   — Enero 2016 —




martes, 12 de enero de 2016

Deshacer






Mirar hacia adentro —una costumbre que trae en su esencia— sirve para alejarlo del dormitorio, tapiado con cortinas gruesas que atajan la claridad del amanecer y desdibujan lo que está enroscado en la cama revuelta.

Aunque no pueda verse, sabe que sus mejillas tomaron el color de la cera, los ojos inaccesibles, como de niebla. Entre los dedos todavía sostiene la sedosidad del lazo de la bata.

¿Será suficiente con cerrar los párpados, igual a persianas que se bajan al horror, para deshacerlo todo?

La penumbra lo acuna, permanece inmóvil, espera que los fragmentos pulverizados de la luz decanten, que no comience el día, que el mundo se congele en ese momento. Hasta surge la ilusión de que, tal vez, consiga recomenzar o, simplemente, estar en calma como si nada hubiera pasado.

Después las cortinas ya no detendrán la potencia del sol y cuando abra los ojos la luminosidad no penetrará en sus pupilas como hebras de vida, no lo calentará, asumirá que lo que hizo no puede ser deshecho.

Ha quedado allí, en esa cama, a su lado, enfriándose.


©  Mirella S.   — 2015 —