jueves, 27 de noviembre de 2014

Lejano



Hablabas con palabras que ardían,
son rescoldos en mi nostalgia.
Tus manos de arena desintegraban gestos
si trascendían la piel.

Bajo la aspereza
inventé posibilidades de acercarme
sólo hallé una rosa congelada
que no supe derretir.

Tus deseos eran pulsiones viscerales,
buscando equívocos
para mitigar el hastío.

Antes de que te fueras, ya te esperaba
—inútilmente—
De mi boca en la tuya no quedaron rastros,
extintos por sabores nuevos.

Agotamos las noches
y la luna iluminó
nuestros pasos bifurcados.

©  Mirella S.   — 2014 —

Acrílico de Gina Higgins

Hay cambios en la organización: 
para los que no pueden ver el video o prefieren leer el poema sin música,
primero va el poema y después el video...


domingo, 23 de noviembre de 2014

Corpus



Alguien dice: el fuego hace sudar al que lo cuida. Por una asociación que aún no descifro, imagino la escena de una fogata en la playa y el lomo reluciente de un caballo de ébano que se confunde con la noche.

Pienso en el fuego, pienso en caballos y en mi cuerpo, aterido, débil. ¿No supe cuidar el fuego? Permití que se apagara o fue tan intenso que arrebató mi carne y solo dejó un esqueleto combusto, cubierto por lonjas de piel, como desgarrones de un vestido viejo.

Los músculos y los huesos duelen, siempre me duelen, hablan por lo que callo. No saben de palabras, se expresan en los latidos irregulares, acelerados; en los espasmos; en las diminutas contracciones repentinas. Gritan en las punzadas que me hacen apretar los dientes o los puños para no mostrar cobardía.

Pienso en el cuerpo y pienso en caballos salvajes que galopan en el ocaso. Las crines son cimitarras tajeando el carmín del aire. Las colas azotan las ancas, redondas, vibrantes, como si ellos mismos se fustigaran para correr más rápido y ganarle al sol, antes de que su lámpara roja se oculte en el horizonte. 

Los belfos les trepidan y veo sus siluetas contra la luna de cera, que emerge dúctil, morosa, en oposición al sol. El cuerpo es hostia profana o pan desacralizado y preferí remontarme con los pájaros almáticos.

Me doy cuenta de que se ha callado, no duele, como si no existiera. ¿Será así la muerte, un analgésico eterno?

Mis párpados se cierran, la fogata se extingue, los caballos se apartan del agua que les absorbe su vigor. El sueño llega.


©  Mirella S.   — 2014 —






lunes, 17 de noviembre de 2014

Pasos




El que vive en el departamento de arriba es adicto a las caminatas. El golpeteo de sus tacos repercute en mi monoambiente. Cada paso es como un gong que vibra en el aire o como si Robocop se paseara sobre mi cabeza.
No tengo escapatoria, soy un tipo metódico, trabajo en casa, salgo sólo a estirar las piernas o para las compras. Me mudé a este edificio hace poco, por algo el alquiler es tan barato. A la semana empezaron las idas y venidas y un polvillo leve cayó del cielorraso. Me preocupé cuando las marchas y contramarchas se extendieron hasta tarde y después durante la noche.
Mientras trabajo estoy con los auriculares puestos, escucho melodías suaves, que no me desconcentran. Pero llegó un momento en que tuve que subir el volumen, esos pasos parecían producirse en el interior de mi cráneo tapando la música.
Una noche me levanté y fui a tocarle el timbre. Nadie abrió y los paseos continuaron.
No tenemos portería ni encargado, hay una mujer que limpia los paliers y el hall de entrada dos veces por semana. Me dijo que nunca había visto al del 4º B.
El edificio da la impresión de estar deshabitado. Cuando salgo no me cruzo con ningún vecino y visto desde la acera de enfrente, las ventanas tienen las persianas siempre bajas. Conjeturo que como son departamentos de un ambiente no viven familias; debe vivir gente sola, que trabaja todo el día y vuelve recién por la noche. Menos yo y el de arriba.
Hablé con la inmobiliaria, que también es la que administra. El empleado me informó que el tipo envía puntualmente los cheques del alquiler y de las expensas. Se mudó hace años, dijo, ya no lo recuerda y sólo dejó un número de teléfono para emergencias.
En cuanto llegué a casa marqué el número, escuché los pasos y al mismo tiempo los timbrazos que progresaban en un vacío casi aterrador. Lo dejé sonar cinco minutos. La respuesta fueron los pasos ahuecándome el cerebro.
En ese momento hice mi declaración de guerra. Llamados, puñetazos en la puerta, le deslizaba papeles con las palabras más soeces que conozco, amenazas inverosímiles. Me fue venciendo la frustración y descuidé mis actividades. Estaba pendiente de los pasos, apenas dormía y cuando iba un rato a sentarme en el banco de una plaza, en medio de mi modorra, elaboraba estrategias para librarme del caminante. Imaginaba que cada una de sus pisadas se alargaba, en una procesión maléfica, hacia el camino del averno.

La solución la encontró la inmobiliaria. Me llamaron para ofrecerme un departamento, que se acababa de desocupar en el 6º piso del mismo edificio. Aunque era más caro, acepté. Con el espíritu alivianado guardé en cajas mis escasas pertenencias. En esos días, tal vez por la euforia de irme, los pasos parecían haber menguado su potencia.
Me sentí afortunado con la mudanza, el ambiente era más amplio, daba a un lateral luminoso, donde también quedaría a resguardo de los ruidos de la calle.
Después del traslado hubo un período de serenidad, incluso estaba a gusto conmigo mismo. Tardé más de lo necesario en acomodar los pocos muebles. Consulté un libro de Feng Shui, corrí el sofá cama y el escritorio numerosas veces, quería encontrar el ángulo óptimo, la luz y la orientación acertada.
Espacié mis idas al supermercado, terminé por hacer el pedido por teléfono. Tampoco volví a salir a caminar, hacía footing dentro del ambiente espacioso, casi monástico. Entre esas cuatro paredes estaba todo lo que podía desear. Desde la ventana seguía el cambio de las horas, del clima. Veía alas de nubes que navegaban por el cielo como velas pálidas, o la noche rota por la luna.
La paz terminó cuando empezaron los timbrazos y la estridencia del teléfono, hasta que lo desconecté. Más tarde vinieron los insultos, escritos con letras de imprenta y rodeados de puntos de exclamación, que me pasaban por debajo de la puerta.

©  Mirella S.   — 2014 —
Imagen sacada de la Web




lunes, 10 de noviembre de 2014

Video: Un modo de mí


Va otro video que hice con un texto viejo 
que se llamaba "Collar de lágrimas", pero por un problema en Youtube, 
lo tuve que subir con otro título.




miércoles, 5 de noviembre de 2014

Ojos de serpiente (II)




El tren pasa de largo en la estación siguiente. Poco después entra el guarda y pide los tickets. Hay movimientos rápidos y el ruido de suelas que raspan el piso. La mujer del suéter malva, apenas despabilada, busca en una cartera enorme, murmura algo y sacude la cabeza. Se oye el crujir del diario al ser doblado.
Él se incorpora y mete la mano en el bolsillo del jeans. El guarda toma los tickets, frunce el ceño, los examina y los marca con un clic enérgico. Se marcha.
Todos nos reacomodamos, cada uno vuelve a instalarse en su propia espera. El viejo abandona el diario sobre una ménsula debajo de la ventanilla. La del suéter malva bosteza y baja los párpados. La imito. En medio de la oscuridad y la oscilación tengo un atisbo de vértigo o de pánico. Abro los ojos y me encuentro con los de él, taladrándome. Reviso en la guía cuántas estaciones faltan para llegar. Me hago un masaje en la nuca y roto el cuello. Él ha metido los pulgares dentro del cinturón. Aunque sigue con las piernas abiertas recogió los pies, cautelosamente adelanto los míos.
En varias oportunidades giro los ojos en un paneo espasmódico.  Siempre me cruzo con los suyos y noto de que nunca parpadea; las pupilas son unas rayitas verticales que dan a su mirada una fijeza hechizante.
Pasan algunas estaciones, la atmósfera dentro del compartimiento parece haberse estancado, hasta que —casi en simultáneo— el viejo y la mujer de la izquierda, inician sus preparativos. Ella se pone el saco, carga un maletín y sale al pasillo antes de que lleguemos a la estación. El viejo recién se levanta cuando el tren se detiene. Espío a la mujer del suéter malva: su sueño es más profundo y exhala el aire con fuerza.
El pasillo exterior ha quedado vacío. Tengo una especie de ahogo. Él continúa escrutándome y se acentuó el gesto de la boca, o esa es mi impresión. Pienso en salir al pasillo, pero no me muevo. Mi garganta está seca, revuelvo dentro del morral para ver si encuentro alguna pastilla.
De soslayo veo una maniobra brusca: él apoya el tobillo de una pierna sobre la rodilla de la otra, formando una irreverente figura geométrica. Intento sostener su mirada, aunque no lo logro por mucho tiempo. Mis ojos revolotean como polillas en la búsqueda de un escape y siempre tropiezan con los suyos.
Trato de imaginar qué haré cuando llegue: buscar un taxi, ir al hotel en lo alto de la colina, puede ser que haya tiempo para una  recorrida por el centro histórico antes de que oscurezca. Porque el sol ha emprendido un descenso vertiginoso y la luz se consume en rojos fulgurantes. También el panorama adquiere un aire dramático. El valle quedó atrás y ahora transitamos por declives abruptos.
Alguien corre por el pasillo; me faltan dos estaciones. Podría ir al baño, quedarme en la plataforma y volver a buscar la valija antes de bajar. Guardo la guía y con el pañuelo seco mis palmas húmedas.
Él inicia una especie de tamborileo rítmico sobre su rodilla. Los golpecitos en la tela cruda restallan dentro del compartimiento. La sonrisa emana algo triunfal y le descubre los dientes. La mujer que duerme, con el mentón sobre el pecho, resopla mansamente. La percusión se acelera, se amplifica y cubre los ronquidos de la mujer y el balanceo del vagón. Comprendo que son mis propios latidos que retumban en mi cabeza y que sus dedos no hacen otra cosa que marcar el compás.
El pasillo está desierto, igual que la penúltima estación, cautelosa en el crepúsculo anticipado. El anuncio del tren al ponerse en marcha, suena como el grito doliente de un pájaro solitario. Rápidas, se alejan unas casas con muros de piedra y volvemos a bordear colinas color lavanda. Su cara es un imán: la fascinación se antepone al miedo. Cuando me abandono a esa mirada, los cuadritos, la mujer, los asientos de pana, se vuelven irreales. Sólo permanecen la sonrisa —o la burla—  y los ojos incesantes.
El tren aminora la velocidad. Estoy llegando a mi destino, las luces de la sala de espera pronostican un refugio seguro. Lo mejor será levantarme bruscamente, de un tirón bajar la valija del portaequipajes, con un salto superar su pierna extendida. Sin demoras alcanzar la plataforma y bajar al aire frío del andén, tan frío que duele inhalarlo.
La luz de los faroles contribuye a aumentar la atmósfera melancólica que envuelve a las pequeñas estaciones. Un clamor comunica la partida. En el andén un hombre con el uniforme gris de los empleados del ferrocarril, levanta un brazo en señal de autorización. Los vagones empiezan a moverse como un gordo gusano reumático. Las luces se convierten en una sucesión de manchas brillantes, cada vez más lejanas. El tren toma velocidad. 
Aparto los ojos de la ventanilla y me reencuentro con el diario mal doblado, las madonas renacentistas, el sueño cómplice de la mujer del suéter malva, los ojos de serpiente, las botas pespunteadas que avanzan, rodeando mis pies en un cerco infranqueable.



©  Mirella S.  —2011—


Imágenes sacadas de la Web



lunes, 3 de noviembre de 2014

Ojos de serpiente (I)




Entra cuando el tren empieza a rodar entre silbatos y vaivenes. Se instala en el asiento frente al mío. Acabamos de partir de la Stazione Termini de Roma. Es un compartimiento para seis personas, los otros pasajeros son dos mujeres y un hombre mayor. Estoy sentada entre una de las mujeres y el viejo, ubicado junto a la ventanilla.
Él deja una mochila andrajosa en el portaequipajes. El espacio que nos separa es angosto; cuando se sienta y extiende las piernas largas y flacas, sus pies chocan con los míos. No se disculpa,  mecánicamente recojo mis pies. Mientras maniobro para sacar la guía del morral, veo que calza unas botas negras, con pespuntes y puntera de metal.
El tren sale de la estación y aumenta la velocidad. El hombre viejo se pone los lentes y con gestos torpes trata de desdoblar un diario. Una de las mujeres, la que está enfrente del viejo, cierra los ojos y reclina la cabeza en el respaldo de pana azul.
Abro la guía y busco en la ‘P’. Estudio el plano de la región, con las zonas sombreadas que indican las colinas. Leo unos párrafos sobre la parte histórica. En la mitad de una frase, como si escuchara un llamado, levanto la cabeza. Él está mirándome. Debe tener unos treinta años, facciones angulosas, sus mejillas son un despliegue de cráteres y montículos. El pelo, de un rubio nórdico, le cae detrás de las orejas en mechones lacios.
La primera impresión que transmiten sus ojos es de vacío, igual que los de una esfinge o los de un ciego. Después percibo en ellos una luz incierta, como la que se refleja en el fondo de un pozo. Con una sensación de malestar desvío la vista hacia la ventanilla: un paisaje rutilante y escarpado aparece y desaparece detrás de los vidrios.
El viejo a mi derecha tose y produce unos sonidos con la nariz. La mujer a mi izquierda cruza las piernas; admiro sus zapatos de piel de lagarto. Se inclina hacia adelante y una cascada de ondas caoba le oculta el perfil. Vuelvo nuevamente la cabeza hacia la ventanilla, ahora sobre la ladera pedregosa pastan unas cabras.
Antes de retomar la lectura, compruebo que el desconocido sigue observándome. El viejo hace crujir el diario al sacudirlo. Leo un algo sobre el período etrusco. No me concentro. Controlo la hora: tengo todavía unos cincuenta minutos de viaje. Coloco el boleto a modo de señalador y cierro el libro. Las botas asoman dentro de mi campo visual. Él se ha despatarrado en el asiento con las piernas abiertas. Los ojos son estalactitas que se clavan en los míos.
El tren emite una especie de bufido y entra en un túnel. La oscuridad dura apenas unos segundos, sin embargo me toma por sorpresa y suelto el libro, que cae cerca de su bota. Él no intenta levantarlo. Al agacharme advierto el borde deshilachado y sucio de sus jeans. Me enderezo y su mirada me produce una sensación de frío.
Se me acalambraron las piernas por la posición, las estiro un poco y trato de no rozar las botas pespunteadas. Él hace un movimiento de tenaza y acerca sus pies a los míos. Quizás deba decirle algo, pero no sé qué. Me mira, insolentemente, la cabeza hundida entre los hombros y las manos en los bolsillos de la campera. Bajo la vista y con la uña rasco una pelusa en la manga. 
El tren se detiene en una estación. La mujer a mi izquierda se mueve un poco, aunque no se levanta, la cara siempre dirigida hacia el pasillo exterior. De reojo veo que él sacó las manos de los bolsillos y las apoya sobre los muslos. En el compartimiento se oye de a ratos el crujir del diario y la respiración monocorde de la otra mujer, que se ha dormido. Es de edad mediana y usa un suéter color malva. 
De tanto en tanto compruebo que él no me quita los ojos de encima. La inexpresividad de su cara es engañosa. Un gesto, que quiere simular una sonrisa, comienza a bordearle la boca y los ojos sesgados son desconcertantes. Primero me parecieron del color del agua turbia; después le descubrí tonalidades amarillo verdosas, como las de un ofidio.  Cada vez que lo miro me debilito.
Recorro detenidamente los carteles y avisos que hay en el compartimiento. Analizo los cuadritos que cuelgan en la pared: reproducciones de piadosas madonas renacentistas. Él se mantiene en la misma posición, sólo sus manos se han desplazado por sus muslos hacia arriba.
Quisiera beber una taza de café bien fuerte, pero no atino a levantarme y permanezco con los ojos erráticos, esquivando los suyos en complejos rodeos. Ya no hace falta que lo mire, lo percibo como si me tocara.

©  Mirella S.  —2011—

La segunda y última parte sigue el próximo jueves.





martes, 21 de octubre de 2014

Corazón tachado




Durante el viaje que fue su salida al mundo —que Abril imaginara como los pasos de un tango surrealista—, justamente en ese viaje, unos ojos le tacharon el corazón con su tinta azul.
Entonces ella dibujó dos signos de interrogación, rojos y algo chuecos, que no la llevaron a ninguna respuesta o certeza. En el medio de esos signos se extendía un vacío, era una pregunta huérfana de palabras: no supo cuáles ponerle.
Puedo inventar una fábula como la cultura de este mundo me ha enseñado. O empezar un diario:
“Querido  diario,  hoy  es  el día  en  que  a mi  corazón  lo  tacharon  sin  lástima…”
O anotarse en corazonesdespreciados.com. Otra opción sería decorar su dormitorio en tonos celeste, pintar en el cielorraso  nubecitas blancas, acostarse boca arriba con el vestido de la fiesta de los quince y quedarse observando las mutaciones de las nubes, a la espera que los años la momifiquen o, simplemente, que el caballero de la muerte le proponga matrimonio y la lleve a su palacio de sombras. O (por qué no) arriesgarse a un nuevo viaje, provista de una fibra bien gruesa y ser ella la que se dedique a tachar corazones.
Tengo varias posibilidades, no es necesario que me apure, es preferible permanecer quieta, total es la vida que se encarga de mover las fichas y pegarte el sacudón.
Un día, en alguna esquina metafísica, ocurrirá el topetazo con lo inesperado y las piezas del ajedrez caerán de golpe, reubicándose para una nueva partida. Quizás vivir consista en no albergar expectativas, borrar las tachaduras que se acumulan en el corazón y dejarse sorprender por el próximo juego, con la libertad y la ingravidez de una libélula.
El signo de interrogación vuelve a formarse ¿pero cómo se logra eso? Ahora contiene una pregunta concreta, que tampoco le da respuestas. ¿Se me revelará alguna vez?
Quizás en un sueño, que probablemente Abril olvide en cuanto despierte y que nunca terminará de descifrar. O si abriera sus oídos en una tarde rasgada de cigarras y pudiese captar el mensaje en la monotonía de sus voces. Quizás en el tintineo de la lluvia que gotea en el balcón. O si entendiera el idioma de las hojas secas al ser quebradas por sus pies y que, con el último suspiro crujiente, le dieran un indicio.
Deberá estar atenta a cualquier señal, organizar un estado de sitio de sí misma.
De inmediato le surge una duda: ¿pero si estoy tan pendiente de pescar la revelación no desatenderé otras circunstancias? ¿Y si no veo los carteles que me pueden conducir a una calle fulgurante de actividad y acontecimientos prodigiosos, mientras me quedo embobada en una única pregunta y en potenciales “y si… o… quizás…” que podrían suceder, pero aún no han sucedido?
Abril piensa que todo este asunto es como pretender atrapar burbujas: son meras ilusiones que de pronto estallan, dejan en el aire un leve rocío y un desencanto enorme, porque ella creyó que había alcanzado su verdad.
¿Cuál verdad? Ya no se acuerda, se extravió en un laberinto de pensamientos que la arrastraron hacia el incierto territorio de los interrogantes. 
Le parece recordar que ese torbellino de disquisiciones comenzó porque, en algún viaje remoto, la tinta azul de unos ojos le había tachado el corazón.

©  Mirella S.   — 2011 — 



Imágenes sacadas de la Web




lunes, 13 de octubre de 2014

Marasmo


Sobre una historia real que me contaron...


Naciste antigua, sin candor,
de un acto sacrílego,
 tu cabeza asomó carente de esperanzas
bajo la luz sucia de telarañas.

Una noche húmeda de octubre
te dejaron en el banco de una plaza
y el rocío lamió tu cuerpo desnutrido.

Tenías la piel rencorosa
de quien no recibió caricias,
ante el menor contacto se erizaba
en un resguardo de alambre de púa.

Las aguas abúlicas de un río color arcilla
declinaban por tus ojos,
llorabas tenuemente
con gemidos de gatita guacha.

Los días te modelaron en un material lánguido
 que se deshacía en las manos
de las mujeres de blanco.

Ellas trataron de cobijarte
pero ninguna pudo alcanzar tu alma
guarecida en la boca sin teta.

Nunca tendrás un nombre
no dirás madre
ni la risa te desarrugará la cara.



©  Mirella S.   — 2014 — 




Marasmo: es un síndrome que se manifiesta con perturbaciones físicas, psíquicas y emocionales en niños recién nacidos que fueron abandonados por su madre y entregados a hospitales o instituciones. Reciben muy poca o ninguna afectividad y ya en el tercer mes manifiestan rechazo al contacto, insomnio, pérdida de peso, tienden a contraer enfermedades, retraso motor y rigidez en la expresión facial.
El porcentaje de mortalidad es alto, el deterioro es progresivo en proporción a la cantidad de tiempo de carencia.

                                                                                  
Foto de Esteban Leyto





martes, 7 de octubre de 2014

El hada mariposa




Habitualmente el clima en casa era similar al de un miércoles de cenizas: cada uno parecía que llevaba una cruz gris marcada en la frente. Las fiestas, los cumpleaños, pasaban desapercibidos. Si por alguna razón contra natura de nuestras costumbres se festejaban, una hecatombe —interna o externa— desbarataba el escaso entusiasmo puesto en el acontecimiento.
Las fiestas de Navidad y Año Nuevo eran las más catastróficas. Algún duende cruel y malhumorado debía filtrarse en la casa y propiciaba malentendidos, discusiones estériles y terminábamos siendo títeres de su malicia.
Pero yo de chica tenía ilusiones a prueba de tempestades y terremotos. Esperaba con el alma titilante que ese año en vez de medias y bombachitas, Papá Noel o los Reyes me trajeran la muñeca deseada o los bloques para construir edificios. También creía que en algún momento mi padre iría a cambiar su expresión adusta, que se le borrarían las sombras de la cara, diría palabras que irrumpieran en la hosquedad de sus silencios y pudiera mostrarse feliz por un rato. O que mi hermana mayor no me viera como una molestia o una pelusa que se le adhirió al vestido.
Por eso cuando dijo que me iba a llevar al centro para ver a los Reyes Magos, sentí que ese enero sería inolvidable. Vivíamos en el barrio de Liniers, tomamos el colectivo y después el subte de la línea “A” para ir a Gatichaves, un modesto anticipo de los actuales shoppings. Yo tendría a lo sumo cinco años, una salida al centro significaba una excursión extraordinaria y esa vez pude conocer el lugar poco antes de que lo cerraran.
A mi hermana no la veía mucho, trabajaba en una fábrica en Morón y tenía que levantarse a las cinco de la mañana. Sin embargo ese sábado pintaba distinto, a pesar de la sensación de ahogo que me daba caminar por la calle Florida, desacostumbrada a estar en medio de tanta gente de la que sólo veía zapatos, ruedos de polleras, pantalones. Si miraba para arriba todo ese remolino me daba vértigo.
En Gatichaves hicimos una cola larguísima hasta llegar, en medio de una atmósfera de misterio, a unos pasillos interiores penumbrosos que desembocarían en la gran gruta donde los tres Reyes iban a recibir a los niños. Los corredores estaban decorados como si fueran desfiladeros rocosos flanqueados por árboles. Cada tanto un señor con turbante y barba nos alentaba a preparar nuestros pedidos.
Yo ansiaba la muñeca que hacía pis, la había descubierto en la revista Billiken, venía en un kit con mamadera y un juego de pañales. No sé si la quería en esa particular ocasión, sí recuerdo que por esos años mi deseo sólo apuntaba a esa muñeca.
Seguimos caminando lentamente hasta que el pasillo se ensanchó en un área bien iluminada, con una pared blanca en la que se movía algo. Se produjo un desorden y hubo grititos de asombro por parte de los chicos y sus acompañantes.
La cola apenas avanzaba, por fin me tocó el turno y pude apreciar el objeto de tanto jolgorio: era una mariposa gigantesca apoyada en la pared, con reflectores resaltando sus alas que abanicaban el aire viciado. Cuando estuve delante de ella un espasmo de terror me estrujó la panza. De la pared, y por entre las alas, asomaba la cabeza de una mujer, que se movía de un lado para otro con los labios rojos sonrientes.
No tenía cuerpo. Me paré en seco y grité (olvidada de mi habitual timidez, el espanto era más fuerte): le cortaron la cabeza y se la pegaron en la pared. Mis gritos, mis pataleos, el hipo, consecuencia de querer hablar a través de las lágrimas, hicieron que la cabeza girase hacia mí con su sonrisa roja y me dijera algo así como que no me asustara, que ella era el hada de las mariposas.
Eso fue peor: además de no tener cuerpo, también hablaba. Incrementé los aullidos y el zapateo. Mi hermana, muy nerviosa, me tironeaba del brazo, asegurándome de que todo estaba bien, pero a mí no me convencían así nomás. De modo que apareció el barbudo de turbante que, severamente, indicó que debíamos continuar, estábamos causando un alboroto que demoraba la circulación.
La cabeza me seguía hablando y me pareció que las alas habían acelerado su vaivén, como si quisieran despegarse de la pared para perseguir a esa aguafiestas, caprichosa y cagona, que no entendía nada del espíritu mariposil ni de la magia de su reina.
La cuestión es que con mi escándalo fui el centro de las miradas de reprobación de los presentes. Entre el barbudo y mi hermana me arrastraron del lugar y me metieron otra vez por el pasillo oscuro que conducía a la gruta de los Reyes.
Mis pataleos y chillidos no cesaron: quería irme. Prefería el bosque de zapatos y piernas urgentes de acción de la calle Florida —por lo menos arriba estaba el sol— que este tenebroso pasaje de pesadilla. Pero no podíamos salir de la fila, el pasillo era demasiado angosto y retroceder hubiera provocado un caos mayor. Así que continuamos, yo llorando a moco tendido y mi hermana tratando de calmarme, con escaso éxito, con la promesa de que pronto vería a los Reyes Magos. Qué Reyes ni que ocho cuartos, mi único deseo era salir de allí y que mi hermana me comprara un helado de chocolate y limón.
La cueva de los Reyes era enorme; en ese entonces todo era desmesuradamente grande para mí; había un caminito por el que podían ir dos chicos a la vez y en el fondo estaban los tres soberanos en sus respectivos tronos, emperifollados en capas con brillos y sudando la gota gorda, sin un mísero ventilador. Le pegué un tirón a la pollera de mi hermana y le dije que no tenía nada que pedirles y que nos fuéramos rápido. Los miré de lejos: el que más me gustó era totalmente negro; otro, con una barba blanca, era gordo y se parecía a Papá Noel.
Por fin salimos de allí. Bajamos por unas escaleras y llegamos al sector infantil, con mesas y vitrinas colmadas de juguetes y ropa. Mi hermana me pidió que me quedara mirando unos animalitos de felpa mientras ella iba a comprar algo.
Me enamoré de la jirafa amarilla y marrón, hasta me animé a acariciarla. No había nadie vigilando y le conté en voz baja mi desafortunada experiencia con el hada mariposa. La dejé en su lugar, junto a un oso panda barrigón, cuando vi que mi hermana estaba yendo hacia la caja a pagar. También noté que en la mano llevaba una bombachita rosa, con puntillas.

©  Mirella S.   — 2012 —



Fragmento  de  una   pintura  de  Igor  Belkovsky







lunes, 29 de septiembre de 2014

Confirmación


Texto basado en un hikikomori* porteño...


Acabo de recibir tu mail.
Me cuesta creer que alguien pueda usar todavía el correo electrónico, una forma de comunicarse del siglo pasado. Dejé de revisar si tenía mensajes, además puse un filtro que manda los correos de todos mis conocidos a la carpeta de Spam. Recurso inútil: nadie me escribe.
Vine a mirar por pura casualidad o fue una especie de alerta o intuición, llamalo como quieras, Samanta. Hasta me costó recordar la contraseña, eso te dará una idea de cuánto hace que no abro el correo.
No sé por qué me acuerdo de la peli de Meg Ryan, You’ve got mail, que la pasaban a cada rato en el canal que miran los dinosaurios y le gustaba tanto a mi vieja. Yo no tengo ninguna ansiedad ni espero nada, pero el tuyo me da un poco de asombro y curiosidad, emociones de las que había olvidado la sensación.
El asunto dice Confirmar; el interés ambiguo que me despierta le gana a la apatía y al aburrimiento con los que convivo. Decido echarle una ojeada antes de borrarlo.
Lo enviaste vos, una tal Samanta —a quien no conozco— y se me manifiesta el impulso de contestar. Lo firmás despidiéndote con un beso. La efusividad del mensaje me descoloca ¿un tipo responde los mensajes mandando un beso o es cosa de gays?
El correo es muy breve, sólo pide la confirmación de haberlo recibido. Quedo en blanco.
Voy hasta la heladera, que la vieja por fin instaló en mi cuarto, y husmeo la crisis existencial que emana de los estantes pelados: una pera con manchas marrones y fofa al tacto, unas salchichas de viena cubiertas por un verdor sospechoso, medio limón ya exprimido. Pronto vendrá a recargarla, aunque preferiría que dejase las cosas en el pasillo, junto a la puerta. Saco la última lata de cerveza, mientras la bebo pienso qué te respondo.
Escribo decenas de borradores, cuando la respuesta es bien simple. Inclusive puedo obviarla, le doy responder al remitente y asunto concluido. Pero algo se apodera de mí, como si la vida volviese a circular en todo mi sistema y la sangre se entibiara nuevamente, con un cosquilleo amable bajo la piel.
Las horas entumecidas por la pereza se descontracturan, el reloj avanza tan veloz que me preocupa la lentitud de la respuesta que no surge.
Hago sonar los nudillos y masajeo mis dedos. Vos, una desconocida, pide una confirmación de algo que no sé y me manda un beso. No puedo improvisar, mis comunicaciones con el mundo exterior son tan esporádicas que cuando aparece una oportunidad no debo dejarla escapar. Tengo que expresarme a fondo, decir todo lo que callo, metido en mi aislamiento voluntario, rodeado por mis chiches electrónicos y la pila de libros que compro por Internet. 
Es necesario que encuentre las palabras adecuadas para enunciar los pensamientos que rondan por mi mente, esas falacias que son mi refugio. Aunque no le interese a nadie, es mi legado para este mundo de mierda.
Pero el anhelo se enrarece, los preceptos que son mi constitución —que a veces se amparan en bastiones y terminan rezumando un olor putrefacto, porque están ya muertos—, esas convicciones, te decía, han volado como cenizas al viento. Ahora soy un hueco en el aire. Necesito volver a construirme, diseñar nuevas ideas.
Quizás sea el momento para que se me caiga alguna lágrima desnutrida de mi ojo derecho, el único que todavía tiene la capacidad de secretar cierta humedad. Agacho la cabeza y me concentro, pero el estupor pálido que me produjo tu correo desapareció.

Te saludo, Samanta, confirmo que recibí tu mail.

Federico



©  Mirella S.   — 2014 —


Hikikomori: literalmente "apartarse, estar recluido”, es un término japonés para referirse a personas que han elegido aislarse y abandonar la vida social.
La mayoría de los hikikomori son varones entre los quince y veinticinco años, mantienen contacto con el mundo exterior solamente por la computadora, la televisión y los videojuegos en línea. Sin embargo, en casos extremos, el hikikomori puede cerrarse incluso a esto y permanecer horas y horas sin realizar actividades de interacción social. Algunos viven en medio del caos más absoluto, otros, en cambio, son obsesivos en el orden de todo lo que acumulan en su habitación
Este fenómeno comenzó en Japón, aproximadamente en el 2004, pero se ha ido extendiendo a otros países.


Por si les interesa, este videito ilustra muy bien cómo viven