martes, 5 de mayo de 2015

Latiendo como el sol



Se mudó al departamento de al lado hace ya unos meses, pero nunca la he visto. Su baño está pegado a mi living, así supe que canta temas de Shakira cuando se ducha. Siempre las mismas estrofas, empieza despacito para calentar la garganta, después larga unos alaridos a todo pulmón que perforan las paredes endebles que nos separan. Mi vecina se ríe mucho, con unas carcajadas afónicas que destemplan la tranquilidad de vivir casi en una nube: piso 26, mirando al Jardín Botánico y detrás un exiguo segmento del río.
A su regreso, en cuanto abre la puerta, se acaba el silencio. Habla por teléfono, silba, y se oyen golpes como si tropezara con los muebles o se le cayeran objetos al piso. Creo que vive sola igual que yo y, sin entrar en detalles porque soy un caballero, están los sonidos de los fines de semana por la tarde. El dormitorio de Shakira da a mi cocina, y un domingo a eso de las cinco, fui para prepararme un té, cuando en la quietud irrumpió una catarata de gemidos, que fueron in crescendo hasta terminar en un grito estentóreo, cuyo eco vibró en el aire largos segundos. Al echar el agua en la taza, mi mano temblaba ostensiblemente.
Lo desaforado de la situación me hizo acordar la escena de una película en la que la actriz hace una demostración pública de un simulacro de goce, tan bien actuado que deja boquiabiertos a los presentes. Con las mujeres nunca se puede estar seguro. Sin embargo la ceremonia de los fines de semana se perfeccionó en calidad y cantidad y no me quedó duda de que lo que allí ocurría era auténtico. Por más que pusiera el compact de Aída y subiera el volumen del equipo al máximo, el virtuosismo de las trompetas en la Marcha triunfal era opacado por el clímax de Shakira.
No soy un puritano, en mi juventud, allá por los años 50’, fui un calavera*, como se decía entonces. Quizás en mis tiempos había más mesura y discreción, aunque esa época es tan remota que no sé si es cierto. Sí afirmo que las paredes de las casas eran mucho más gruesas.


Aprendí de memoria los estribillos de Shakira. Mi melomanía se circunscribe a la ópera, pero con el correr de los días encontré que ponían una nota alegre y estimulante a la asepsia de mi vida silenciosa de viejo solterón. En mi fantasía su figura creció en una mezcla de Sophia Loren y Anita Ekberg. Mi vecina se convirtió en un personaje exuberante de alguna película de Fellini que imitaba a Shakira. Pasé del fastidio a cierto grado de animación; cuando ella volvía, aportaba una oleada joven, viva, grotesca y entrañable a la vez. Me hubiera gustado conocerla, intercambiar frases banales, de vecinos, pero no nos cruzábamos en el palier. En oposición a mis rutinas, sus horarios eran caóticos. Una tarde que salía de mi departamento, solo alcancé a ver la fugacidad de una sombra tragada por el ascensor.  En otra oportunidad, mientras lo esperaba en el palier, escuché que hablaba por teléfono. La voz se acercaba y se alejaba, su tono era entrecortado, sin gritos ni risas.
Como es común que pierda la noción del tiempo, no sé si transcurrieron días o semanas hasta que me di cuenta de que había vuelto el silencio. No hubo más sonidos a la hora de la siesta, tampoco el canto en la ducha, sólo quedaron los ruidos de la puerta cerrada de un golpe o una silla que choca contra las patas de la mesa.  El júbilo había cesado, un aire triste se esparció como cenizas en el piso 26.
A pesar de mi habitual prudencia no pude aguantar y le pregunté a Luis, el portero, si conocía a la chica del 26 C. Él, franeleando los vidrios del hall, me dijo:
—Sí, hace cerca de un año que compró el departamento. —Me miró con sus ojos oblicuos y preguntó—: ¿No la vio nunca?
—No, todavía no nos encontramos.
—Con razón, porque no es ninguna piba, debe pasar los cincuenta.
—Ah… —no pude agregar nada más debido al desconcierto.
—Vive sola, es contadora, muy amable —Luis siguió por su cuenta aportando información—. Es viuda, pero creo que tiene algún tipo de relación con un señor distinguido, lo vi varias veces, hace tiempo que no viene.
—Ella, cómo es, físicamente quiero decir —la pregunta me salió sin que pudiera controlarme.
—Y… qué le voy a decir, no es gran cosa: petisita, flacucha —dijo Luis, que por suerte se había agachado para frotar la parte baja de los vidrios y no vio que mi cara se tornaba granate.
—Antes era más conversadora, se reía, hacía bromas —continuó—, ahora saluda, algún comentario sobre el tiempo y de ahí no pasa.
—Claro, claro ¿Y la vio últimamente?
—Justo anteayer me preguntó si conocía a alguien del edificio interesado en comprar el departamento. Me parece que se traslada a Córdoba.
Esa mañana fui a caminar por el Botánico y en contra de mis costumbres me senté a tomar un café. Estábamos en primavera y el verde de las plantas era un agasajo para la vista, pero ese despliegue de la naturaleza me llegaba empañado, como si hubiera sufrido una desilusión o una pérdida.


El estrépito que venía desde el palier me informó que ése era el día de la mudanza. Me aposté detrás de la puerta con el ojo puesto en la mirilla. Shakira, con su voz afónica, daba instrucciones precisas a los de la mudadora para que no le arruinaran el tapizado del sillón. Les indicó que la esperaran abajo mientras hacía una última recorrida. Me puse el saco a los apurones y salí al palier. Shakira cerraba la puerta con llave. Juntos esperamos el ascensor.
—Buen día —le dije.
—Hola —respondió sin mirarme y haciendo tintinear las llaves.
Soy de altura promedio y su cabeza me llegaba al hombro, con el pelo corto, sin volumen, de un rubio lavado. Tenía puestos unos jeans y una musculosa que le descubrían unos bracitos anémicos.
Ya en el ascensor, para romper el silencio, dije:
—Después de todos estos meses nos conocemos recién el día que se va.
—Sí, la vida en Buenos Aires…
Dejó la frase inconclusa y levantó la cabeza. Vi los ojos más extraordinarios que recuerde, como aguamarinas con brillos de ámbar, pero con una mirada tan melancólica que me turbó. Llegamos a la planta baja.
—Adiós y suerte con su nueva casa —me despedí.
—Gracias, voy a extrañar las hermosas óperas que usted escuchaba —agitó la mano y se fue hacia el camión de mudanzas.
Eran las doce, hacía calor y yo con el saco puesto; en el apuro había olvidado de llevar el bastón, pero igual me encaminé hasta el shopping para comprarme un compact de Shakira, e iba tarareando “latiendo como el sol, mi corazón no tiene edad… tralala… este es un día especial, uhuh uhuh, quiero creer en otra oportunidad…”


©  Mirella S.   — 2010 —

*Calavera: expresión popular para designar al hombre trasnochador y mujeriego. 







viernes, 1 de mayo de 2015

Revista Ultraversal

Revista Ultraversal • Mensuario digital gratuito de escritores ultraversales

Los invito a que conozcan Literatura de la buena y con mayúsculas. 
Salió la edición número cero de la Revista, pueden leerla online o descargarla gratuitamente en formato PDF desde

http://revista.ultraversal.com/

No se la pierdan y si les gusta no dejen de recomendarla, por favor.


domingo, 26 de abril de 2015

Morgana de Palacios: la poética del arrebato



Otro video de cumpleños, el obsequio va para una poeta maestra de poetas, una alquimista de la palabra, una mujer que consiguió que me gustara la poesía, a la que nunca me había animado ni a leer y menos a escribir. 
Ella es Morgana de Palacios.



Yo no inventé el amor

Yo no inventé el amor. Estaba escrito
con todos sus misterios y celadas
con sus filias y fobias, sus miserias,
sus miedos, sus torturas, sus mandalas.

Yo no inventé el amor pero si amo,
si me entrego a lo oscuro de su causa,
me da lo mismo el cielo que el infierno,
suya es la voz y suya la palabra
y es en la palabra que inauguro
cada matiz con que el amor me mata.

Nunca me enamoré como otras muchas
de un espejismo azul de hielo y agua,
si conflictiva soy, por el disturbio
se decanta el amor cuando me atrapa,
pero me ofrece más que a todas ellas,
su mística del mal es sólo un arma
que me vive y desvive, me atormenta,
o me hace reír si se dispara.

Algo de predador tiene su boca
que liberta, clausura y arrebata,
algo de una constrictor sobre el cuerpo
algo de guerra química en el alma.

Yo no inventé el amor. Estaba escrito
que llegaría náufrago a mi playa
y si me hace sufrir es cosa mía
como es suya la herida que declara.

Porque también es animal de láudano
y yo no he sido nunca suave y mansa,
no lo dejo caer si se silencia
ni en el silencio deja que me caiga.

Mi enemigo tendrá las manos rotas
de golpear la vida encanallada
pero nadie acaricia como él
ni nadie dice más con la mirada.



Morgana de Palacios

http://ultraversalia.blogspot.com.ar/


martes, 21 de abril de 2015

Apuntes en hojas perdidas (V)

Arte digital de Lyse Marion



En el camino


Las cascadas reflejan la tonalidad esmeraldina que les otorga el follaje de los árboles. El lamento de un pájaro rasga la tarde y yo en la orilla me estremezco, los pies desnudos aferrados a la aspereza de las rocas.

El sol desciende, la temperatura también. No sé dónde estoy, tomé una carretera al azar: ¿en qué recodo me perdí? Se acerca la noche, deberé volver. A qué sitio, si acabo de escapar.

No encuentro respuesta. ¿El rumbo soy yo, con mi búsqueda? Quiero creerlo, estoy rumbeando hacia otros territorios y delineo un esquema de mis actos futuros, igual que un cartógrafo con Parkinson.

Más adelante veo el arco de una playa de piedras blancas como terrones de azúcar. La libertad es algo próximo y rutilante: es esa playita, el agua que forma un vórtice y corre lejos. Mis pupilas ensombrecidas la esquivan en el temor de enturbiarla.

Me gustaría oír a mis espaldas una voz que pronuncie mi nombre, escuchar pasos que se aproximen, unos brazos rodeándome. Que haya palabras susurradas junto a mi cuello, palabras húmedas, con gusto a nostalgia. Dedos que recorran mis omóplatos, la cintura, en el intento de rearmar las piezas de un derrumbe.

Que esas manos tiemblen. Darme vuelta y reconocer, por fin, el puerto, el muelle que albergará mi deriva. 


Para eso falta mucho, apenas salí a construir un camino.



©  Mirella S.   — 2015 —




lunes, 13 de abril de 2015

Las esquinas de Angelines


Angelines, te armé este video con todo cariño.


Fue un placer descubrir el blog de Angelines Allué Escartín y el pueblo 
de cuento de hadas en el que vive los meses menos fríos del año.
Me gusta la manera como nos comparte sus días, sus reflexiones,
 las fotos que le saca a todo cuanto le interesa, 
con los comentarios correspondientes .
Me gusta el amor que tiene por su tierra, por la naturaleza.

Algunos ya la conocen y visitan su blog. Para los que no, esta es la dirección:

http://elbosquedetrimbolera.blogspot.com.





miércoles, 8 de abril de 2015

El cuentero



Cuando Arturo dejó de venir por el bar de Fabio, no nos preocupamos demasiado. En los últimos tiempos era común que faltase durante algunas semanas. Volvía con un aire febril, vacilante, pero con el repertorio de las historias que nos contaba, renovado. Al cabo de varios meses de ausencia la esperanza de que regresara se convirtió en una costumbre más. Sin embargo, no podía desprenderme del asombro y de la rabia de que se hubiera ido así, como escapando.
La primera vez que apareció en lo de Fabio captamos en seguida que era distinto. No se recostaba en la resignación como nosotros,  algo incomprensible lo consumía. Se acodó en la barra con una copa de coñac en la mano, Fabio le preguntó si era nuevo en el barrio. Él dijo que había vuelto de un largo viaje y que su última parada fue Montevideo. Fabio, que es uruguayo, se entusiasmó y le hizo montones de preguntas. Con nuestro perpetuo aburrimiento a cuestas, empezamos a prestar atención, porque Arturo estaba relatando sobre un asunto turbio en el que se había visto envuelto en su paso por Montevideo. 
Lo invitamos a la mesa. A partir de esa noche se sentó siempre en el mismo lugar, y mientras giraba la copa entre los dedos cautelosos, nos introdujo en sus historias.
Sus gestos y algunas de sus frases, se me grabaron a fuego. Hablaba bien Arturo. Había viajado por medio mundo; su vida parecía la de un Phillipe Marlow rioplatense, siempre metido en algo oscuro, excitante. Hicimos conjeturas sobre su identidad o su trabajo, sin embargo no le preguntamos nada. Hubo un acuerdo tácito, tal vez para preservar el círculo que formábamos los cinco alrededor de la mesa del café.
Intenté rememorar la cara, el aspecto de Arturo. Pero sus facciones y su cuerpo ya se habían desdibujado. El peso de su presencia recaía en los relatos, en el tono de su voz, profunda, rica en matices y lo suficientemente sonora como para que Fabio, detrás del mostrador, no se perdiera palabra. Recuerdo sus descripciones, mínimas pero certeras; las pausas oportunas acentuaban el misterio. Arturo dominaba a la perfección el arte de narrar.  
Casi en seguida apareció con una mujer. Nora, nos dijo, mientras hacía un gesto hacia ella. Comenzó a venir a menudo; se quedaba junto a la barra, fumando interminables cigarrillos, silenciosa y distante.

Una noche, idéntica a cualquier otra después de la partida de Arturo, llegué al bar de Fabio a la hora habitual. Al rato la charla se llenó de agujeros: no éramos de conversación fácil, nosotros. Sólo por decir algo, pregunté si se acordaban del lío en el que se había involucrado Arturo en el tren que iba de New York a Boston. Cada uno tenía una versión diferente del episodio. Yo tampoco lo recordaba bien, en realidad lo había sacado a relucir para matar el tedio, así hubiese dicho Arturo.
Con placer comprobé que los otros pendían de mis palabras. Mezclé anécdotas que él nos había contado y le agregué situaciones que se me ocurrían sobre la marcha. Así refloté sus historias y descubrí la embriaguez de la improvisación y me dejé arrastrar por lo que narraba, como si lo estuviese viviendo.
Al poco tiempo, tal vez por esa intuición que las mujeres tienen, Nora reapareció por el bar. Arturo también se había deslizado, igual que una sombra, fuera de su vida y de su casa. Llegó en la mitad de una historia en la que Arturo escapaba de unos traficantes en Cartagena. Interrumpí el relato. La observé de reojo, me distraje y sentí que era un ladrón de vidas ajenas. Los demás, molestos, me apuraron para que continuara.
Con una habilidad, de la que fui el primero en sorprenderme, terminé la aventura de manera tal que la empalmé con otra, más modesta, en la que el protagonista era yo. La vuelta de Nora fue un incentivo. Me dirigí exclusivamente a ella, con el fin de deslumbrarla.
No dejó de venir una sola noche. Me esmeré, seleccionando las palabras y manteniendo ciertas pausas, como había aprendido de Arturo.  Al terminar la historia, la miraba con una especie de alivio por saberla allí, y me topaba con sus ojos fenicios. Arturo los habría descripto así, por lo astutos, inescrutables.
Unas semanas después me pidió que la acompañara a su casa. Me invitó a pasar y trajo una botella y vasos. Nos unían los gestos lentos de levantar los vasos, bajarlos, estirar la mano hacia la botella. El silencio era parte de la liturgia. Nuestras miradas se cruzaron: la mía furtiva, la de Nora ardua, apremiante. Pronto la botella quedó vacía; ella se acercó, se inclinó por encima de mis hombros y me rodeó con sus brazos. 

En el bar de Fabio ocupé la silla de Arturo. Cambié la cerveza por el coñac, que el resto terminó pagándome, como antes habíamos hecho con Arturo. También heredé a Nora y una tarde mediterránea —como él definía esas tardecitas donde todo toma el color azul violeta del cielo—, me mudé a la casa de ella.
Cada noche en lo de Fabio, percibía la impaciencia con que me estaban esperando y confirmaba mi gravitación en el reducido cosmos del bar. Sin embargo, con el tiempo, empecé a despertarme con una sensación de vacío y postergaba el momento de elaborar una nueva trama. Reduje la cantidad y la calidad de las historias; se me hacía más y más difícil encontrar qué contar. Entre el fin de un relato y el inicio de otro se establecieron silencios penosos. El primer comentario desfavorable lo hizo Fabio. Mientras servía unos cafés me dijo, categórico, que el desenlace de esa aventura lo había previsto desde el inicio: era muy similar al de los estafadores de Río de Janeiro. Y si el relato se alargaba innecesariamente aparecían los gestos de decepción, los tamborileos sobre la mesa o los pobres intentos de disimular un bostezo.
Espacié mis idas al bar. Laboriosamente urdía historias que terminaba por descartar, una tras otra. Iba al puerto, miraba, los barcos, los remolinos en el agua, hasta no ver más que grandes manchas grises. Me quedé horas enteras sentado en algún cajón y traté de componer los avatares del marinero con el gorro de lana o de aquel otro con la larga cicatriz en la frente. Sólo conseguía armar segmentos de historias que no alcanzaba a redondear, porque prevalecía la impresión de que ya habían sido demasiadas, que todo era una repetición fraudulenta. Dormía poco y en mi cara se reflejó la devastación, producto de mi empecinamiento. Por dentro me creció algo áspero, que no daba tregua. Y esa impotencia me acercaba a Arturo.
Mi última historia la forjé con minuciosidad. Estábamos los de siempre, más el nuevo: hacía poco se había acercado a la mesa, ocupando mi antiguo lugar. Tímidamente, nos anticipó que tenía unas cuantas anécdotas de la época en que todavía hacía viajes con el camión.
Terminé casi de madrugada. Los otros, absortos, contemplaban el fondo de sus vasos. Nora, desde la barra, me miró y en sus ojos había como un velo de lluvia. No se dieron cuenta cuando me levanté y salí. 
Caminé sin apuro, demorándome en las huellas de la noche. Mis pies se movían por cuenta propia y se alejaban del bar de Fabio. Me condujeron fuera del barrio, en una búsqueda dolorosa que presentí interminable, hacia otros barrios, otros bares y otras caras en círculo alrededor de una mesa. 

©  Mirella S.   — 2008 —                                                                                                        


Óleos de Fabián Pérez





lunes, 6 de abril de 2015

Con la voz de Pato Furlong


http://www.eitb.eus/es/radio/radio-vitoria/programas/la-fiaca/audios/detalle/3113594/rapsodeando-lividez-agosto-mirella-s/



Pato Furlong

Es argentina, actualmente colabora en Radio Vitoria, España.
También escribe y muy bien y tiene una voz preciosa. Tuve el honor y la alegría de que leyera por la radio el texto que publiqué la semana pasada.

 Espero saber subirlo y  que puedan escucharlo.

A Pato mi agradecimiento emocionado.


Lo lamento no sé cómo se puede entrar directamente.




miércoles, 1 de abril de 2015

Lividez de agosto




Me cumplo en cada elección, en cada idea que pienso, digo o escribo. En ese dios demonio que me habita y murmura directivas antagónicas. Hasta me cumplo en el no movimiento, retraída en las profundidades sinuosas de mi esencia.

Y tejo mi vestido, que a veces es largo, en otras con el ruedo asimétrico. El destino le agrega a la trama agujeros imprevistos, desdibuja el diseño programado y no tengo la facultad de modificarlo durante las noches en las que solo aguardo el alba. 

Me responsabilizo de mis actos, de mis palabras, de mis silencios. Generalmente soy consciente de lo que pueden desencadenar. Pero hay veces que me toman por sorpresa las reacciones dañinas que generan.

Qué tengo que ver yo con el terremoto que provocó mi sonrisa o mis manos andariegas en sus gestos de paloma. O que mis ojos ausentes, en sus habituales fugas interiores, hayan sido interpretados como un desprecio.

Entonces, en ese otro estalla algún núcleo insano, secreto, incluso ignorado. Todo se vuelve inverosímil y me hundo en ciénagas que me convierten en barro.

Después de la lividez de ese día de agosto, nada será lo mismo. Es como si deambulara por un laberinto de panteras, con mi mascarón de arcilla, al que le moldeo expresiones según las circunstancias. Sin embargo, debajo está la esfinge muda de estupor, que se quedó ciega de horizontes.


Me corté el pelo igual que un soldado, pinté mis labios y mis uñas de negro, en un luto tan desafiante como inservible.


©  Mirella S.   — Febrero 2015 — 

                                                                                   

  Fotos de Dmitry Bulgakov





domingo, 29 de marzo de 2015

Gavrí Akhenazi: Pájaros de Ionit




Este video lo hice con un poema de Gavrí Akhenazi,
un escritor extraordinario que conocí en la Web.
Es mi regalito para su cumpleaños.

Les recomiendo que lean todo el poemario de Pájaros de Ionit:

http://lamaldadaparente.blogspot.com.ar/p/normal-0-21-false-false-false-es-x-none.html



Pájaros de Ionit

1. 

Los dos sabemos que en tu cuarto hay un pájaro.
Los dos sabemos que un pájaro aletea en todos los rincones de tu cuarto
y que zurea a veces como un eco.

Vamos y regresamos de tu pájaro

de tu pájaro de alas extenuadas y de pico hecho a la historia
de enarbolar idiomas sin recursos.

En tu cuarto de niña que no fue consentida, habita un pájaro.

Hay un pájaro noble entre las paredes y en esa levedad que tiene la pelusa
que olvidaste barrer
y se esconde sin pánico ni alas debajo de tu cama voladora.

En tu cuarto hay un pájaro que debería enseñarme a volar sobre las tardes
donde el clima es una fruta seca
y esparce el jugo rancio de mis cansadas historias perpendiculares
sobre la pequeñez de este universo.

En tu cuarto
hay un pájaro tibio que solamente a veces habla en lenguas
y que habita en un pájaro que canta.

Yo no puedo acceder a ese cuarto tuyo
hecho con alas que intentan volar.
Soy
la antimateria de tu llave guadadora de pájaros.



martes, 10 de marzo de 2015

Simplificaciones



Primero fue la rigidez en la nuca y sentir los párpados como dos piedras. Después algunos objetos se alejaron, perdieron consistencia y los sonidos se fueron atenuando. Demasiadas presiones en el trabajo. La vida transcurre por los carriles de la responsabilidad, los compromisos y un desconocimiento total de las necesidades íntimas. En la agencia estábamos en un momento clave de la campaña y no les podía fallar, imposible aminorar el ritmo. Recién era martes y el domingo me pareció una isla inalcanzable.
Salir a la calle, enfrentarme a un carrusel de colores y ruidos estridentes, me resultó casi un atentado a la cordura. Llego tarde, pensé. Atolondrada, corrí esquivando a los transeúntes que ocupaban las veredas. Me afirmé con fuerza en la correa de la cartera para restablecer el equilibrio. Lo extraño era ese impacto de irrealidad, cómo me afectaban caras, manos y piernas en movimiento. Los quioscos y sus hileras de revistas, desplegadas igual que las colas de pavos reales, el desperdicio de luces aun en pleno día, los cables entrelazados en tramas oscuras encima de las cabezas: todo carecía de sentido.
Tuve la sensación de haber caído en un paisaje surrealista, desmesurado e incomprensible. Cuando subí al auto no entendí para qué servía: era una máquina absurda que esperaba algo de mí. Sin que la mente participara, mis dedos, dueños de una memoria propia, pusieron el motor en marcha y se apoyaron en el volante.
Esa noche en lugar de uno, tomé dos somníferos. La alarma del despertador penetró a través de capas algodonosas y siguió con su obstinado canto de cigarra. Extendí la mano y el insecto calló. El silencio fue una invitación para que abriera los ojos. El techo blanco y liso me dio tranquilidad. Giré los ojos y el aplique de metal y vidrio facetado era un intruso que invadía la limpidez de la superficie. Lo miré fijamente y sus contornos comenzaron a esfumarse hasta que sólo fue un óvalo sin color ni  volumen.
La ducha lavó esa sensación de extrañamiento o de fuga. Bebí un café fuerte. Pensé que por momentos desconocía la realidad, como si proviniera de otro mundo. La cocina agobiaba con tantos frasquitos, tarros, artefactos y al living lo vi sobrecargado de formas.
El lanzamiento del nuevo producto no me dejó muchos resquicios. A veces volvía el peso en los ojos y entonces una taza de café, otro cigarrillo, aspirinas y adelante con los llamados telefónicos, los conciliábulos con el equipo, la revisión de las pruebas fotográficas.
Durante una reunión, repentinamente, las caras asumieron el aspecto de lunas cubiertas por una topografía irregular. Casi no tuve que concentrarme para transformarlas en esferas tersas, desembarazarlas de cuellos y solapas, convertir los hombros en una línea recta, limpia y categórica. Percibí la belleza de lo simple, depurada del caos. Fue sedante ver cómo esos cuerpos se volvían geometría pura.
De regreso a casa pensé que debía ejercitarme en esa aptitud de síntesis, un método eficaz para vaciar la acumulación de tanta basura inútil. Salí del baño envuelta en la toalla y me paré delante del espejo. No estaba mal ensayar conmigo misma. La toalla se deslizó por mis caderas. Mi cuerpo solía incomodarme: redondeado en ciertas partes y con demasiadas aristas en otras. Pensar mi cabeza como una figura oblonga fue sencillo. El tórax, en cambio, requirió de un esfuerzo hasta que el espejo reflejó el estricto dibujo de un pentágono.
El timbre de la puerta me sobresaltó y en el espejo se hicieron trizas líneas y planos y mi cuerpo desnudo tembló con un pudor inexplicable. Me cubrí con una bata y miré el reloj: Omar, lo había olvidado. En la cena las fugas se reiteraron, la voz de Omar ingresaba desde áreas remotas y solo era un eco de lo real.
Decidí probar con la mesa, la despejé de la proliferación de vajilla, velas y flores. Me quedé con la blancura incorrupta del mantel. Más tarde, en la cama, con la boca de Omar trazando caminos por mi piel, tuve el ansia impostergable de descansar. Levanté la cabeza y lo miré. Siempre me había gustado el cuerpo firme de Omar, pero ahora esa masa de músculos, las venas ramificándose bajo su palidez invernal, me abrumaban. Poco a poco él se redujo a una armoniosa combinación de poliedros, que me rozaban con sus facetas, sin obligación de palabras y deseos, goces y exteriorizaciones.
Ante mi silencio Omar se marchó, con los ojos ofuscados. Recorrí los cuartos para despojarlos y ceñirlos a sus formas esenciales. Del living eliminé lo superfluo y se convirtió en una estructura serena y clara. El dormitorio, un cubo ya libre de significados perturbadores, era el sitio ideal para lo que quería hacer.
Me acosté, los ojos fijos en el techo y casi sin proponérmelo  dejé de oír las notas de un saxo lejano que, persistentes, se entrometían por la ventana. De mí misma veía, por encima del arco de mis pechos, los dedos de los pies. Los esquematicé en breves segmentos. Representar al mundo en una composición geométrica, en la que ni siquiera estuviese incluido el color, era reconfortante.
Comprendí que debía llevar la síntesis hasta sus últimas consecuencias, borrando las curvas, que entrañaban movimiento, acción. Focalicé los ojos en el ángulo formado por el plano del cielorraso y el de la pared. La esencialidad que estas líneas proponían era todo lo que mi mente podía asimilar. No necesitaba nada más.

©  Mirella S.   — 2011 —                                                                                              

Foto de Kesler Tran






martes, 3 de marzo de 2015

El retrato del abuelo (II)



Lo del retrato fue mi secreto; los adultos tenían sus propias preocupaciones. A papá cuando se le metía en la cabeza que un lugar no le iba a ofrecer ni fortuna ni fama, se ponía a buscar otro, siempre a la pesca de algún pez gordo que le diera una mano. Y mamá lo acompañaba con la candidez de su optimismo.
La abuela Bianca, tan remota y majestuosa, pasaba buena parte del día controlando a Giovanna, la sirvienta. Lo poco que supe del abuelo me lo dijo ella, que cuando la abuela no la vigilaba, era muy conversadora. Me contó que el señor Enzo había muerto por la época en que yo nací. Un hombre tan vital, fue un verdadero desperdicio que muriera a los cincuenta años, decía Giovanna. Se había enfermado durante un viaje de negocios al extranjero, ella no sabía si a Libia o a Argelia. No se explicaba que lo sepultaran allá ni por qué la señora no hizo traer sus restos a Roma, en vez de dejarlo en esas tierras bárbaras, en medio de los beduinos.
Bianca nos alojó un año. Después viajamos de una ciudad a otra, paréntesis fugaces en la carrera insensata de mi padre. Nunca regresé a Roma ni volví a ver a la abuela. Crecí a los apurones, siempre lista para hacer y deshacer valijas, subir y bajar de trenes. Por mi parte hice todo lo posible para cumplir la promesa. En la casa de Via Cavour la obediencia significaba continuas inmolaciones para apaciguar al ángel de los ojos de fuego. El retrato del abuelo se fue diluyendo en mi memoria y me dejó una constante sensación de vergüenza, una docilidad obtenida trabajosamente.
A papá Italia le quedó chica y cuando cumplí los catorce años, desembarcamos en Buenos Aires. Él tenía un primo que había emigrado después de la guerra y que resultó ser dueño de una tienda en el barrio de Floresta. Ya no íbamos de ciudad en ciudad, pero nos mudábamos de una pensión a otra. Mamá hacía trabajos de bordado y yo entré de aprendiza en un taller de costura. El futuro de prestigio al que aspiraba papá se esfumó definitivamente cuando no tuvo otra opción que trabajar en el negocio del primo. Papá murió derrotado por el estrecho horizonte de las estanterías de la tienda.       
Por aquellos años el deseo más fuerte era el de establecerme en un lugar definitivo, vivir en el mismo barrio y que sus calles se me hicieran familiares, al punto de saber de memoria las baldosas flojas de mi cuadra o el dibujo de la corteza de los árboles. Al tiempo de la muerte de papá, con mi sueldo y el de mamá, alquilamos esta casita. La habitaba sin ningún sentimiento de pertenencia, era algo que nunca había experimentado.
Creo que lo más difícil fue no poder enamorarme. Los hombres, desalentados, terminaron pasando de largo y cuando logré que nadie reparara en mí, supe que ya había pocas cosas a las que renunciar.
Envejecí sin darme cuenta, acunada por las canciones de mamá, con su voz que se iba haciendo más tenue y en las que recobraba un residuo del sol mediterráneo.

En el silencio de su dormitorio miré los muebles modestos, las cortinas tejidas al crochet. Abrí los cajones de la cómoda, encontré ramitos de lavanda entre los pañuelos de lino y las sábanas bordadas, ya amarillentas, y en un rincón un montoncito de cartas, sujetas con un elástico. Eran de la abuela Bianca. Las primeras tenían la fecha del año en el que yo nací, cuando murió el abuelo Enzo.
Las manos me temblaban al guardarlas en los sobres. Al cabo de cincuenta años me enteraba, finalmente, de la verdadera historia: el abuelo no había muerto en la tierra de los beduinos. La abuela había escrito a mamá: Tu padre acaba de escaparse a Niza con una putita de dieciocho años, llevándose todo el dinero que pudo juntar y las joyas de la familia… 
Se había ido hacia un futuro más estimulante y aventurero. Así decía en su esquela de despedida.

©  Mirella S.   — 2010 —



1.  Foto de Saleru 
2. Foto de Alexander Sennikov




lunes, 2 de marzo de 2015

El retrato del abuelo (I)




Después de la muerte de mamá, volví a pensar en el abuelo Enzo. Aunque no lo conocí, siempre lo tuve presente como un virus maligno que hubiera infectado cada una de mis células. Pasó casi medio siglo desde que dejamos la casa de Via Cavour, en Roma, y su recuerdo sigue oprimiéndome. Porque junto al recuerdo del abuelo, está la promesa que arruinó mi vida.
Quizás, sin saberlo, hoy entré en el dormitorio de mamá para cerrar el largo capítulo que empezara cuando nos trasladamos a Roma. El cuarto me pareció mudo, vacío de las viejas canciones italianas que ella cantaba con esa voz sorprendente, como un sol inesperado. Me senté a los pies de la cama, miré la cómoda, el camino de macramé cubierto por las fotos que nos habíamos sacamos en Italia. Las miré como si las descubriera en ese momento. En cada una reconocía un recorte de mi historia que, inevitablemente, me empujaba a la casa de Via  Cavour y a la cara del abuelo Enzo.

Tenía cinco años cuando vi su retrato por primera vez. Mi padre acababa de pasar por otro de sus descalabros económicos; de Milán nos fuimos a Roma, a vivir un tiempo con Bianca, mi abuela materna, hasta que él encontrara un empleo acorde a sus ambiciones.
Llegamos a Via Cavour al atardecer. De la casa me quedó la imagen de cómo la vi entonces: una especie de fortaleza fantasmal, emergiendo en la bruma de la llovizna.
La abuela Bianca era más alta que papá, erguida y enérgica. Me dio un beso fugaz, tomó mi mano y con un paso que apenas podía seguir con mi trotecito, recorrimos salas en penumbra. Terminamos en un pasillo interior, de un rojo sombrío, las paredes tapadas con retratos de hombres y mujeres, tan inexpresivos y borrosos, que parecían copias de una única cara. Él era distinto, emanaba algo que me resultó amenazador.
La abuela abrió una puerta que estaba enfrente de ese retrato. Dijo que sería mi habitación y se inclinó para sacarme el abrigo. Era linda la abuela Bianca, con su cabeza de reina y también con ese gesto de águila. Intuí que allí tampoco iba a ser feliz. La casa no me gustaba y mi dormitorio era triste, oscurecido por cortinas gruesas y con un empapelado, que repetía hasta el infinito, la misma naturaleza muerta. Si creí que por lo menos tendría un hogar estable, una abuela, me equivoqué: Bianca no era el tipo de abuelita que cuenta a los nietos historias de duendes y princesas y les cocina tortas de chocolate.
Cuando salimos al pasillo me paré de golpe y me escondí detrás de ella, que me tironeó de un rulo para que siguiéramos, la cena se enfriaba. Aferrada a su pollera, levanté el índice, señalé el retrato y pregunté quién era. Contestó: tu abuelo Enzo, el papá de tu mamá. Le pregunté dónde estaba. Con los ojos vueltos hacia la lejanía del techo, dijo: se murió. Tras una pausa agregó: ahora está en el cielo. Recuerdo que su voz había cambiado.
Generalmente nos quedábamos poco tiempo en cada ciudad y me dolía partir, nunca podía afincarme en un sitio, hacer amigas. Desde el momento en que llegamos a la casa de Via Cavour, anhelé que nos fuéramos pronto.
Lo más temible era el retrato. Cada vez que abría la puerta de mi cuarto, me esperaba, vertiendo sobre mí una mirada acusadora. Por más que inventase juegos para distraerme, era inútil. Mamá me había enseñado un villancico y yo lo cantaba a todo pulmón al entrar o salir de mi dormitorio para olvidarme de su presencia, pero a último minuto, magnetizada, desviaba los ojos hacia el retrato. Era igual que si unos dedos de hielo se enroscaran en mi nuca.
Caminar por ese pasillo me producía terror. Los apliques en la pared irradiaban una luz agonizante, sin embargo, la cara del abuelo parecía resaltar más en esa penumbra. La foto era grande, en tonos sepia, dentro de un marco oval de madera. El abuelo tenía el pelo espeso, el ceño fruncido y bajo el trazo categórico de las cejas, asomaba su mirada oblicua. La boca, semioculta por unos bigotazos, parecía formular severas amonestaciones. Después de hacer alguna travesura, corría a espiar la cara del abuelo y me sometía a la crueldad de sus ojos.
Una noche que no podía dormir entré sin golpear en la habitación de mis padres. Vi el ritmo de sus cuerpos agitarse bajo las sábanas y escuché sus respiraciones aceleradas. El corazón me palpitaba con tanta fuerza que me apreté el pecho con las manos para que no retumbara. Escapé y busqué el rincón más oculto para esconderme. Creí que los ojos del abuelo me perseguían por toda la casa. Me metí en el hueco que había entre un armario y la pared y lloré como nunca más lo haría. Le pedí perdón al abuelo, una y otra vez; determiné que yo era un bicho miserable, que no merecía ser amada.
Estuve mucho tiempo en ese escondite, hasta que las lágrimas se enfriaron y quedé con las mejillas saladas y tirantes. Crucé habitaciones tenebrosas sin saber por dónde iba, hasta que me topé con el pasillo de los retratos. Antes de refugiarme en el dormitorio, me di vuelta y miré al abuelo Enzo para recibir el castigo. En un desesperado intento por borrar mi falta, le hice la promesa. Prometí ser tan buena como santa Teresita del Niño Jesús, que conocía por las lecturas de mamá. Él iba a sentirse orgulloso de mí y terminaría mirándome con un poco de afecto. Pero sus ojos no cambiaron, su presencia fue la de un ángel de la guarda de alas oscuras, que me recordaba lo imperfecta que era.

 ©  Mirella S.   — 2010 —