domingo, 17 de marzo de 2013

Tu caja de Pandora


Ilustración: Anna Dittmann




Es ella. Después de diez años la reconocí al toque.
Está sentada en un escalón del shopping y teclea en el celular. Me acerco con cuidado para cerciorarme, no quiero que me vea.
Tiene puestos unos anteojos de sol tipo antifaz, y con la cabeza gacha teclea mensajitos concentradamente.
La gente entra y sale, es como un telón que se descorre y se vuelve a cerrar, tapando y destapando su figura curva de gárgola, que desagota en el teléfono las palabras que su boca calla. 
Esa cortina humana me sirve de protección.
Pego la vuelta para irme y no puedo. Quiero verla de nuevo, estar seguro. Sé que es ella y a la vez deseo equivocarme. El perfil es el suyo, con el pelo mucho más claro y corto. Las minas cuando pasan los cincuenta se vuelven todas rubias. Hace diez años era de un hermoso color chocolate y olía a canela. Teníamos un chiste nuestro con eso.
Mejor me desplazo, así la veo de tres cuartos. Ojo, está metiendo el celular en una cartera cuadrada, una especie de caja de Pandora en la que debe guardar todos sus enigmas. Por las dudas me escondo detrás de un stand. Espero que se levante y se vaya, pero no, se queda sentada, cruza las piernas y apoya una mano en el mentón. Parece la estatua del pensador.
Tenía esa costumbre y uno nunca sabía dónde carajos se había ido, en qué lugar se resguardaba. Era distinta de todas las otras, las de antes y las de después, que me las busqué cada vez más pendejas, como si quisiera hacerle un agravio, aunque supiera que no se iba a enterar. Fue una revancha secreta. Nunca más nos vimos.
Me cogí a cuanta minita se me puso a tiro y escuchaba sus gemidos de placer y les permitía que hicieran conmigo lo que quisieran y yo a ellas. Todo con una ferocidad que me posibilitaba echarme un polvo tras otro. Era un salvaje, un fauno que se volteaba ninfas ninfómanas en un bosque púrpura de lujuria, pero jamás volví a tener lo que me había dado ella.
Ni siquiera era tan hembra en la cama. Cuando la tomaba no sentía que cogíamos, sino que estábamos haciéndonos el amor. No gritaba ni me arañaba, sólo eran pequeños suspiros, como a quien le falta el aire y apoyaba su boca en mi cuello, con los brazos enroscados suavemente en mi espalda, los ojos resplandecientes de lágrimas, que en seguida trataba de ocultar ladeando la cabeza sobre la almohada.
No era un minón, tenía quince años más que yo, un tipo que no dejaba títere con cabeza. Hasta que me la encontré. No la engañé, no tuve esa necesidad. Había otra cosa, era distinta. Tenía pudores y su mundo infranqueable. Así y todo me hizo feliz.
Un día me dijo: no quiero que me veas vieja. Y se fue. 
Para sacármela de la cabeza entré en la maratón de levantarme a minitas bien pendejas. No fui feliz.
La miro de frente, sé que no me ve, ingresó al paraíso personal y colgó el cartel de “prohibida la entrada”.
No lo puedo creer: está igual. A mí, al langa, se me están volando las chapas y ella diez años después, está igual. Fausta ¿vendiste tu alma al diablo? ¿Lo fuiste a ver al cirujano que recauchuta a Susana Giménez y a las grandes divas?
Paso a su lado y mientras subo los escalones, deliberadamente, choco con mi pie la punta de su botita. Pandora, en la caja no dejaste ni la esperanza, digo a media voz. Miro para adelante. Sigo. No siento nada.
©  Mirella S.   — 2013 —










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