lunes, 28 de noviembre de 2016

Una leyenda china



Hace un tiempo que estoy cuestionando mi falta de imaginación, es como si se hubiese evaporado de a poco. Cuando me ocurren este tipo de preocupaciones, a la corta o a la larga, algo puntual aparece para sacudirme.
En este caso fue un libro: La loca de la casa, de Rosa Montero. “La imaginación es la loca de la casa”, frase de Santa Teresa de Jesús.
Les voy a compartir un segmento. Montero dice:

Hay un cuento-emblema, un cuento metáfora que me gusta muchísimo sobre la capacidad salvadora de la imaginación. Trata de la pintura y no de la narrativa, pero en el fondo es lo mismo Es un relato de Marguerite Yourcenar titulado “Cómo se salvó Wang-Fô” y está inspirado en una antigua leyenda china.
El pintor Wang-Fô y su discípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han. El viejo maestro era un artista excepcional; había enseñado a Ling a ver la auténtica realidad, la belleza del mundo. Porque  todo arte es la búsqueda de esa belleza capaz de agrandar la condición humana.
Un día Wang y Ling llegaron a la ciudad imperial y fueron detenidos por los guardias, que los condujeron ante el emperador. El Hijo del Cielo era joven y bello, pero estaba lleno de una cólera fría. Explicó a Wang que había pasado su infancia encerrado dentro del palacio y que, durante diez años, solo había conocido la realidad exterior a través de los cuadros del pintor. “A los dieciséis años vi abrirse las puertas que me separaban del mundo; subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos (…) Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el emperador. El único imperio donde vale la pena reinar es aquel en donde tú penetras”.
Por este desengaño, por este amargo descubrimiento de un universo que, sin la ayuda del arte y la belleza, resulta caótico e insensato, el emperador decidió sacarle los ojos y cortar las manos de Wang-Fô. Al escuchar la condena, el fiel Ling intentó defender a su maestro, pero fue interceptado por los guardias y degollado al instante. En cuanto a Wang-Fô, el Hijo del Cielo le ordenó que, antes de ser cegado y mutilado, terminase un cuadro inacabado suyo que había en el palacio. Trajeron la pintura al salón del trono: era un bello paisaje de la época de juventud del artista.
El anciano maestro tomó los pinceles y empezó a retocar el lago que aparecía en primer término. Y muy pronto comenzó a humedecerse el pavimento de jade del salón. Ahora el maestro dibujaba una barca, y a lo lejos se escuchó un batir de remos. En la barca venía Ling, perfectamente vivo y con su cabeza bien pegada al cuello. La estancia del trono se había llenado de agua:
“Las trenzas de los cortesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del emperador flotaba como un loto”
Ling llegó al borde de la pintura; dejó los remos, saludó a su maestro y le ayudó a subir a la embarcación. Y ambos se alejaron dulcemente, desapareciendo para siempre “en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar”.

No crean que después de la lectura, mágicamente, volví a imaginar historias, pero me dio qué pensar. Algo más de Montero:

“Dejar de escribir puede ser la locura, el caos, el sufrimiento; pero dejar de leer es la muerte instantánea. Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte”.


Si quieren leer entero el relato de Yourcenar, aquí les dejo el link.


https://proyectandoleyendo.files.wordpress.com/2010/09/como-se-salvo-wang-fo-marguerite-yourcenar1.pdf




Mis disculpas por no visitarlos, me urge un descanso.
Los saludo y abrazo ¡hasta prontito!





martes, 22 de noviembre de 2016

Golpeando a las puertas del cielo



No lo escuché por la radio ni puse el CD, pero hoy, de a ratos, mi cabeza fue taladrada por un tema de Bob Dylan que, con su voz nasal, se arrastra a lo largo de las notas y repite letánicamente el estribillo: Knockin’ on Heaven’s Door. Salvo algunas estrofas más, ésa es toda la letra, pero fue un himno para varias generaciones, la cantaron muchos de los grandes y tiene incontables versiones.

La escuché por primera vez cuando fuimos al viejo cine, donde pasaban las películas de “culto”, a ver Pat Garret & Billy the Kid, de Sam Peckinpah, un western, —género que nunca me interesó— y que, además, consideré larga y aburrida.

Él estaba contento de que la hubieran repuesto, ya la había visto y la juzgaba una gran película. En efecto, no parecía la típica película de pistoleros del far west: lenta, contada en un tono melancólico, el director se regodeaba en tomas no convencionales y la fotografía era espectacular. No me enganché con la historia y no me dormí gracias a la banda de sonido. En una escena clave, en la que un viejo sheriff va a morir a la orilla del río, la voz opaca, monótona, desafinada de Dylan, canta:

Momma take this badge off of me
I can’t use it anymore
it’s getting dark, too dark to see
feel I’m knockin’ on heaven’s door…

Años después encontramos el CD de la banda sonora de “Pat Garret…” en una enorme disquería por Broadway. Creo que lo gastamos de tanto escucharlo, con el imponente tema final cantado por Kris Kristofferson, el “Billy the Kid” de la película.

Cuando nos dejamos y él se fue, olvidó algunos de sus libros y CD, que todavía conservo en memoria de los buenos tiempos compartidos. De vez en cuando escucho el de Dylan susurrando esas baladas morosas, donde prima el sonido lánguido de la armónica, casi una voz más entre los otros instrumentos. Al llegar a la parte final, le hago coro a Bob, a pesar de que mi entonación es pésima:

Momma put my guns in the ground
I can't shoot them anymore
that cold black cloud is comin' down
feels like I'm knockin' on heaven's door…
knock-knock-knockin’ on heaven’s door…

Arriesgo un paso de baile y cada vez que escucho el tema percibo que yo también, desde hace un largo tiempo, intento deponer las armas conocidas para buscar nuevas, que hieran menos, especialmente a mí misma, y que estoy golpeando a las puertas del cielo, el cielo de adentro, el propio, el que me pertenece desde que nací y que voy desenterrando con el cuidado de un arqueólogo.

©  Mirella S.   — 2011 —




El texto es antiguo, sin pretensiones, apenas unos apuntes que no 
pensaba publicar. Me decidí después de que a Dylan 
le dieran el Premio Nobel de Literatura, algo con lo que no concuerdo demasiado: aparte de las letras de sus canciones, escribió solo dos libros. 
Aclaro que sí me ha gustado siempre como músico. Pero don Nobel no dejó en su testamento la orden de incluir un premio para la Música.

  
Es la mejor versión con buen sonido que encontré del tema.
No lo interpreta Dylan, tampoco sé el nombre del cantante o de la banda.
  

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Mario




Aterricé con la cara contra el piso, como una torta caída boca abajo. Quince escalones y el cuerpo invicto, apenas un hilito flojo.

La vida puede cambiar totalmente debido a un hilito a punto de soltarse. Dicen que el libre albedrío no existe, por eso los hilos. Estoy condicionado, sin embargo, quiero volar, correr y de solo pensarlo me da vértigo.

¿Me habrá quedado bien la cara? ¿Por qué estoy constantemente triste? Me gusta jugar, no que me usen de juguete. Creo que no inspiro afecto, aunque los chiquilines me digan qué divertido, qué genial es Mario

Siento algo tibio que baja por la mejilla, la acaricia ¿será la tristeza que se licúa? Me doy cuenta de que piernas y brazos adquirieron autonomía de movimientos. En la rigidez de mi boca quiero que aparezca el dibujo germinal de una sonrisa.

Como colgada de una nube veo la escalera por la que resbalé. ¿Podré terminar de bajarla e irme? Dejarte sosteniendo los hilos, ahora que se cortaron. Que te quedes solo, en lo oscuro, como un dios sin creyentes, cada vez más lejano, pequeñito, con tu voz falsa, tus tirones bruscos, las reverencias forzadas, los saltos acrobáticos que me imponías y terminaban en torpes tropiezos. 

Si consigo levantarme ya no seré una marioneta.


©  Mirella S.   — 2016 —



jueves, 10 de noviembre de 2016

Ama(n)sar recuerdos



Le surge la necesidad de tomar algo caliente. Siente frío. Entra en la cocina y pone agua a calentar. ¿Té o café? Café, sin sombra de duda: una cucharadita del soluble. Vuelca el agua a punto de hervir en el jarrito y aspira, pero del líquido no se desprende ningún olor. No es como el que preparaba su madre en la cafetera express: el aroma se expandía por toda la casa.

Piera envuelve con sus dedos la loza entibiada del jarro y bebe un sorbo amargo. Se acostumbró a no endulzarlo. Mira el cielo sin sol, la aglomeración de nubes gélidas, arrastradas por un viento lleno de cansancio.

En medio de ese gris se ve correr, con sus flacas patitas de tero, por la casa de la infancia. Su madre la llama, le grita que se apure, hay que preparar las zéppole, es 19 de marzo, el día de San José. Una costumbre transmitida de generación en generación.

A ella no le gusta cocinar, no ha heredado el talento materno. Sin embargo, en esas ocasiones la ayudaba con la ilusión desesperada de que al compartir una tarea algo cambiase entre ellas, que no la viera como una mocosa problemática, como solía decirle. No tenían nada en común, su comunicación rengueaba entre baches y silencios. Piera le hablaba de los libros que había leído o que deseaba le compraran; preguntaba con ansiedad si le había gustado el dibujo a la acuarela del cuaderno. Ella, con expresión abstraída, manifestaba su fastidio por el aumento de la merluza o del pan.

Las zéppole eran unos buñuelos dulces, hechos con papas, harina, manteca, huevos, azúcar, ralladura de limón y levadura. Su madre amasaba los ingredientes, y después del reposo para que la masa leudara, los estiraba en largos rollos del grosor de un dedo. Allí Piera entraba en funciones, ocupándose de darles las formas que se le antojaban: rosquitas, palitos ondulados, ochos, trenzas. Una vez logró unir la masa en cinco pétalos redondeados, igual que una flor. El paso siguiente era freírlos en abundante aceite y por último, ya espolvoreados de azúcar impalpable, los acomodaba con esmero en una gran bandeja.

Ve la escena reflejada en el vidrio, como si tuviera la luz de una pintura flamenca que le da relevancia a ciertos detalles y oscurece otros. La relevancia de pequeños actos cotidianos en los que se puso expectativas. ¿Cuántos años tendría en la época de las zeppole? Habrá sido a partir de los cinco y antes de los diez, porque para esa edad apareció la otra, la que preparaba los damascos en almíbar con un copito de mascarpone y chispas de chocolate, para conquistarla.

Esa otra ¿existió en realidad? Tal vez era la de siempre que cambió a su regreso del hospital, al cabo de una larga internación. Se quedó un tiempo y después se fue. Quiso acercarse, interesarse por sus dibujos y lecturas, pero algo en Piera se había congelado. Había puesto demasiada intensidad en ser tenida en cuenta por la de las zéppole. O porque la vio tan envejecida y débil que no la reconoció. La de los damascos en almíbar le provocaba una pena acuosa, quizás porque había aprendido a olvidar a la de las zéppole.

Con los años la memoria camina para atrás e inventa, se vuelve elástica como el cuerpo de un acróbata, como el cuerpo de un pájaro.

En esta tarde turbia de nubes, de lo único que Piera puede estar segura, mientras bebe a sorbitos su café desaromatizado y amargo, es de cuánto le gustaban esos buñuelos.


©  Mirella S.   — 2016 —




viernes, 28 de octubre de 2016

Desde el balcón




Es mayo, los días se acortan, el aire se afina, cierro los vidrios. Por las noches ver las ventanas que se encienden me reconforta. Desde mi balcón veo la ciudad vertical que estira sus dedos hacia el cielo oscuro de los dioses, queriendo alcanzarlos con sus torres y antenas, en el afán de ser un ínfimo dios más. El cemento alberga secretos, culpas, protege a los recién nacidos o los desampara, a las que amamantan o aquellas con los pechos vacíos. Protege; también abandona, sacrifica.
La ciudad: con tantas historias como tantos ojos abiertos o cerrados contenga. A solas, en el balcón, las conjeturo para distraerme y no pensar en la mía. Sin embargo, alguna vez cierta tecla se dispara, el corazón late veloz, la garganta se obstruye y pienso que la vejez por fin vendrá, entonces estaré a salvo de las nostalgias que todavía no pude desterrar. Los años me cubrirán con su manto de cenizas y lo que me reste por vivir se deslizará sin ansias.
Tampoco es seguro que eso ocurra. He tenido demasiados deseos en estos treinta y cinco años. Ignorarlos es una mala táctica, resurgen en los sueños, en momentos impredecibles: chispas que se escapan de una esperanza aún indómita.
Para olvidar mi historia, absorbo las que mis alumnos me participan. Ven en mí a alguien confiable, que no juzga, escucha y no interfiere con anécdotas personales. No podría, lo único que quiero es suprimir de mi memoria aquellos tres días abominables.
Y para eso tengo que borrar mi vida, como si hubiera nacido hace un año, cuatro meses y quince días, porque al rememorar las buenas épocas, ineludiblemente, algo tenebroso se cuela en el recuerdo y caigo en el horror de lo ocurrido.
Para ciertos actos infames —ese acto infame—, hay que inventar palabras, sonidos, no se lo puede nombrar sin quedar destrozada. Si me asaltan esas imágenes improviso onomatopeyas con muchas consonantes, cuya pronunciación termina siendo un gruñido. La vez siguiente tendré que buscar nuevas porque olvido el orden de las letras. Esto ocurre después de una pesadilla, cuando las escenas vuelven a repetirse.
La ciudad quedó afuera, la miro desde el balcón, mientras espero a mis alumnos con sus historias o, por las noches, las que imagino detrás de cada ventana. 
Pía, a quien doy clases de refuerzo, una tarde me dijo: la felicidad tiene el sabor de las frambuesas, y sus ojos estaban iluminados, igual que las ventanas nocturnas. Mordí esa pequeña porción de fruta que ella me brindaba y algo se me dulcificó por dentro.
Liria es el nexo entre la ciudad y yo; me trae todo lo que necesito. Dejé de extrañar las caminatas por calles arboladas, los cafés de las librerías, los reflejos líquidos en el asfalto después de la lluvia, ir a un recital o a mis cursos de pintura. Al principio mitigaba esas nostalgias convenciéndome de que me salvaba de los empujones, las largas filas, la basura acumulada en las esquinas, los bocinazos, mirar por encima del hombro con desconfianza.
Sí, he resignado mucho, detuve un engranaje y una parte de mí funciona en automático, da clases, escucha los relatos de los alumnos, mira la ciudad, cuyas luces opacan las estrellas. No hay nada más desvaído que el cielo urbano.
Cuando me encontraron en la zanja y volví a la realidad, mi primera conexión fue con el cielo negro, regado de mercurio como solo se ve en el campo. Me sentí cubierta por ese sayo frío, impersonal, que no se espantaba por mis laceraciones internas y externas. Ese contacto, creo, me permitió seguir viviendo, me preservó de las miradas de lástima, de las preguntas torpes, del dolor por no haber muerto, por ser mujer y sentir una vergüenza que no me correspondía.
El otoño progresa y —a pesar mío— voy ingresando en la añoranza de los proyectos truncos, de un amor que llega, de las menudas alegrías cotidianas. Leí una vez que la infelicidad es la expresión del miedo.
Quizás en el recogimiento natural del invierno intente nombrar lo innombrable como una forma de purificación de lo que fue ensuciado, consiga restañar lo que ha sangrado tanto  y —definitivamente— logre pronunciar esas palabras en voz alta. Por las que sufrieron lo mismo, por mis estudiantes. Sobre todo por mí.


©  Mirella S.   — Noviembre 2012 —



Este fue el primer post que publiqué cuando abrí el blog, hace cuatro años. 
Casi no tenía lectores en ese tiempo. Con motivo de la marcha del Miércoles Negro del 19 de octubre, pidiendo “Ni una menos”, lo vuelvo a subir para los que no lo leyeron.




martes, 25 de octubre de 2016

Un mimo para Arantza




Hice este video con un poema de mi querida amiga Arantza Gonzalo Mondragón, como una acaricia al alma para estos momentos problemáticos que está atravesando.




Buscando el azul



Hay gente que pasea el cuerpo
y gente que pasea el alma.
Unos corren por los andenes
para no perder el tren de la primavera
mientras otros esperan a que el invierno les estalle.
Hay corazones que guardan billetes caducados
en el fondo de un violín de tiempo,
buscando un amor
que les robe la memoria
y así olvidar la soledad
que borró días en el calendario.

Quizás debamos restar a las estaciones
los minutos en que las flores salen,
arañar los perfumes y los colores
dentro de un universo imaginario,
esperar que regrese del baúl escondido
el impulso definitivo hacia azules más intensos.

Puedo perdonarlo todo,
excepto que no me quieran.



©   Aranzta Gonzalo Mondragón
©  Mirella S.   — 2016 —







miércoles, 19 de octubre de 2016

Los sonidos del silencio



Clac clac clac, el goteo de la canilla y el pulso del reloj son isócronos a mi ritmo cardíaco. En la quietud de la habitación escucho los crujidos de un mueble, las gárgaras de la cañería del vecino de arriba, el roce satinado que mi mano provoca sobre el papel. El silencio absoluto no existe.

Sin embargo, lo persigo y entro con cautela en el feudo de mi mente para que no se distraiga con el desplazarse del minutero ni se detenga en la sutil llovizna de mi inercia, en el suspiro por la limitación que me imponen las palabras.

Tampoco lo encontraré en medio de un campo, en el desierto, en lo que imagine como la nada misma. Se producirán sonidos casi inaudibles pero existentes, que mi oído siempre alerta, captará. El aleteo de una libélula, el deslizamiento de un granito de arena, el arrastrarse furtivo de un alacrán, el aire que tose en un soplo repentino de céfiro.

La vida brota por entre los resquicios del silencio, lo desgarra con sus rumores, se aloja en los cuerpos, en el cerebro con su run run incesante de ideas, imágenes. Yo nunca pude vaciarlo como hago con la papelera, dejarlo en blanco. Cuando lo intenté, aparecieron matices fulgurantes, flashes de escenas como de películas, incluso ecos de canciones.

No puedo esperar que todos los sonidos se apaguen para no dispersarme y rastrear el camino que me conduce a las palabras. Aunque no las encuentre, ellas están ocultas en el acto del amor, en el interior de los latidos, en una risa que se eleva como un pájaro de plata. Surgen en el germinar de una semilla o enmudecen ante el pavor lisérgico de una mirada. 

El silencio absoluto es la muerte.


©  Mirella S.   — 2016 —                                                                                         




miércoles, 12 de octubre de 2016

Limpieza



Imagino la cara de disgusto de Olivia cuando se entere de que Mercedes no vino y vea los vidrios del living manchados por la lluvia. Esta mañana cayó un diluvio. El viento, enardecido, tiraba el agua a baldazos en el balcón, que quedó como un pantano: una mezcla del hollín de los autos y el cemento del edifico que construyen al lado. No tuve la precaución de bajar las persianas, no quiero estar a oscuras si puedo mirar la lluvia resguardado en mi escritorio. Me produce placer, no me importa que los vidrios se mojen.
Seguí escribiendo mis artículos; alrededor de las once hice una pausa para prepararme un café. Por la hora Mercedes ya no iba a venir, vive en el culo del mundo, toma un colectivo hasta la estación del tren y el subte en Constitución. Hace bastante que trabaja en casa y me doy cuenta de que sé poco de su vida. Tiene varios chicos y el marido está enfermo de un mal raro y es él quien los cuida.
A veces me da lástima verla con esas ojeras, me levanto, le hago un café con leche y agrego una generosa porción de budín con nueces. Ella se pone colorada y siempre me dice no se hubiera molestado, señor. No me molesta; necesito un recreo de media mañana y a Mercedes algo caliente en el estómago le va dar un poco de energía, meta franelear muebles, frotar vidrios, porque no debe quedar ni la más ínfima mácula.
Si el tiempo está bueno me voy al bar de la esquina, mientras ella limpia el escritorio. No me llena la cabeza con sus problemas, que son serios, como hacía la que venía antes, de la que ya ni me acuerdo el nombre.
Olivia es una obsesiva y cuando está en casa revisa todo lo que hace Mercedes, pasa el dedo por los muebles y no perdona la mínima mota de polvo. No entiendo por qué quiere que todo reluzca como un espejo si al otro día aparece ese velo opaco que nos deja el polvillo de la construcción. Nada puede quedar fuera de sitio y a mí, honestamente, cierto desorden no me incomoda, da más sensación de hogar; cuando está tan pulcro me parece que habito en la casa de una revista de decoración.
Menos mal que ahora Olivia tiene que ir más seguido al estudio y hay mañanas en las que se va, así Mercedes puede trabajar sin la presión de los gestos de Olivia, que no es de recriminar, hay que reconocérselo, pero pone caras: ladea la cabeza, entrecierra los ojos, frunce los labios pulposos y después los mete para adentro y le queda una línea taxativa que, a mi juicio, es un gesto más demoledor que un reproche. A veces vuelve a limpiar sobre lo impecable, saca telarañas imaginarias de los cielorrasos, dobla el diario por su doblez original, le da palmadas al sofá, como si el tapizado (que cambió hace un mes) hubiera absorbido toda la tierra de la ciudad.
Olivia, te tendrías que haber llamado Olimpia, le digo en broma. Ella se ríe mientras repasa con la gamuza la mesita ratona. Conmigo no se molesta por mi desprolijidad, se me ocurre que lo agradece, porque así tiene una excusa para ir y venir, no se puede quedar quieta.
En cambio yo soy un perezoso, en cuanto termino con los escritos me tiro en la cama, escucho música, leo o dejo vagabundear la mente. También me gusta mirarla, el modo en que va y viene, levanta algo, guarda un libro, pasa la aspiradora, metida en ese universo inalcanzable, del que estoy excluido. Ya no le pregunto más, sé que tiene que ver con su familia, a la que nunca conocí, la criaron unos tíos, el padre se fue o se murió. O la que se murió fue la madre, se me confunde la historia; la única vez que conseguí abordar el asunto le tuve que sacar unas frases con tirabuzón. Sé que con los tíos terminó peleada, la tía le dijo que se fuera y no los vio más. Algo pasó que le ensombreció la vida.
Hablamos poco entre nosotros, no es que seamos personas calladas o nos falten palabras. Yo vivo de las palabras que escribo. Cuando nos juntamos con amigos somos muy sociables, siempre proponemos temas. Tampoco creo que esté mal que no nos comuniquemos cosas, me parece que tenemos otro entendimiento que está más allá de lo verbal. Pesco al vuelo si está triste o de malhumor o si le ocurrió algo grato: lo emana, su cara es un libro abierto para mí; o sus manos, si las crispa, si tamborilea en la mesa, si las deja laxas sobre las rodillas, si las ocupa para limpiar desaforadamente.
¿Qué querrá limpiar? ¿Hubo algo que la ensució? A qué se debe el ansia por mantener todo en su lugar, controlar el caos. Sí, hay muchas cosas que no sé de ella. Me atrae su enigma, no quiero quebrarlo con cosas dichas, que después no se pueden borrar y quedan ahí como un peso muerto que hay que sostener y del que no te librás más. Mejor no saber secretos destructivos, uno los intuye, forman parte de nuestra vida, para qué sacarlos a la luz, despertar a la bestia que dormita en el fondo.
Estamos bien así, nos miramos a los ojos y sabemos de ese sedimento oscuro, aunque no esté explicitado en palabras, nos sonreímos, el amor es dulce o salvaje, según los ánimos. Y cuando ella no está, dejo el toallón en cualquier parte, el espejo salpicado, la colcha con arrugas, el escritorio que hierve en el desorden de carpetas, en el revoltijo de papeles, libros apilados, que crecen como árboles desde el suelo. Siento que tengo dos casas, dos historias, la propia y la compartida.
Ya es la una, paró de llover, quedó un cielo gris, aburrido de lluvia. Mercedes no vino. El balcón está todo enchastrado y detrás de los vidrios el panorama se desvanece como un tul. Esta tarde, cuando Olivia regrese, va a tener mucho para limpiar. Percibo que cuando limpia es como si rezara, la cara se le distiende, se siente segura, protegida de recuerdos que duelen.


©  Mirella S.   — 2012 —




miércoles, 5 de octubre de 2016

Divagues sobre un objeto no identificado



Puede ser una infinidad de cosas, algo inútil para nuestro mundo utilitario o un objeto imprescindible, con una función que desconozco. Cayó en la palma de mi mano desde el enigma de una bolsa de papel madera que dejaron en la puerta del departamento.
Debo confesar mi perplejidad y desilusión. Lo miré desde todos los ángulos, lo abandoné en una repisa y continué con mis ocupaciones habituales. Al otro día lo metí en el bolsillo de la campera y lo llevé a pasear. Cada tanto lo miraba, pero seguía sin transmitirme nada.
—Me estás complicando la vida —le dije. 
—Tampoco es para tanto —me contesté—, empezá a describirlo, a vos te gusta y te sale fácil desvariar —volví a decirme.
Era un artilugio pequeño, de metal oscuro, con forma de pera, soldado a una base redonda y plana, en cuyo centro se incrustaba un anillito de hierro.
Por la semejanza se me ocurrió que podía ser el chupete de un mini robot japonés, al que intentaban fomentarle las emociones de un infante. Le ponían el adminículo para calmar el hambre de contacto, la ansiedad de no tener madre.
—No pienses más tonterías —me dije—. Sin embargo, me pareció que gracias a ese disparate se me abría una nueva dimensión: el chirimbolo* podía ser lo que yo quisiera. Y eso me estimuló. Tenía carta blanca para imaginarle una procedencia, una historia, hasta una finalidad.
Me arremangué, miré hacia el techo, mordí concienzudamente la punta de la birome, estuve relojeando* un rato al pendorcho* y esperé. 
Al observarlo de frente tuve la impresión de un ojo negro, pongamos un ojo de ébano, con una pupila plateada, tal vez de zirconio o de un material aún no descubierto, con propiedades curativas. Si se frota ese punto, como si fuera la lámpara de Aladino, se separará en dos partes y saldrá una antenita para medir el aura, detectando turbiezas, poca energía vital, enfermedades. Ya con el diagnóstico hecho, se vuelve a guardar la antena, se sostiene el artefacto por el aro, se lo deslizaa lo largo del cuerpo del sufriente y, como si fuese una goma, se le borran las malas ondas.
Su forma también me sugería la de un anillo, con una gran piedra abovedada, imposible de usar en nuestros medios de transporte sin dejar tuerto a alguien. Por lo chico del diámetro de su aro, entraría solo en el meñique de un niño. Le adjudiqué un origen inmemorial, no del mundo tangible, sino ligado a ciertos seres mitológicos, con manos de dedos tan finos como barritas de incienso. El engarce contenía un trozo de obsidiana proveniente de un volcán extinguido por las aguas del océano en eras primitivas. Lo forjaron magos orfebres, con la condición de que no traspasara el umbral del mundo habitado por aquellos seres longilíneos y espirituales. Si eso ocurría, el anillo perdería sus virtudes convirtiéndose en el cachivache* anodino que encontré.
Podría seguir y atribuirle los antecedentes que se me ocurran, aplicarle usos elevados o nefastos, construir toda clase de anécdotas delirantes, pero, al fin de cuentas, siempre me quedará la pregunta existencial: ¿para qué carajo sirve? Además de la enorme curiosidad de saber quién lo dejó en mi puerta y porqué.


Mirella S.  —2011—                                                                                Imagen de Ilya Rashap


Glosario

Chirimbolo o pendorcho: objeto de forma extraña o complicada que no se sabe cómo nombrar. 

Relojear: mirar, observar.

Cachivache: objeto, generalmente de escasa utilidad, al que se concede poco valor.




miércoles, 28 de septiembre de 2016

Sombras, nada más



Confluyeron en la misma esquina y el topetazo los dejó aturdidos.
—Epa —dijo él cuando se repuso del choque. Con voz profunda agregó—: dónde va como alma que lleva el diablo. Caramba, lo que hay acá es un angelito de Dios.
—¿Qué? —contestó la chica y trató de mirarlo por entre la maraña del flequillo.
—La pucha, la veo y la vida se vuelve color de rosa —replicó el hombre.       
Ella se removió el pelo con unos dedos llenos de anillos y gritó:
—Loco, salí.
—No me pare el carro*, no le estoy haciendo el verso*—dijo él y soltó una risita que le brotaba del fondo de la garganta y parecía dirigida a sí mismo.
El único ojo libre que tenía la chica, relumbró de hostilidad. Dio un paso al costado, estiró el cuerpo como hacía en las clases de Tai Chi, pero el otro había hecho el mismo movimiento y volvieron a chocar.
—Bueno, parece que el destino no quiere que me le despegue —dijo él y la miró de arriba a abajo. Sonrió y se le arqueó el bigote azabache. Se quitó el sombrero y con la palma de la mano se acarició el pelo engominado.
—Uf —bufó la chica.
Con un salto se separó y se fue taconeando fuerte. Caminó unos metros y se detuvo en la parada del colectivo. Era una calle tranquila, de casitas con jardines y los tilos en la vereda perfumaban el atardecer. Ella buscó algo en el bolso y cuando levantó la cabeza tuvo un sobresalto.
—¿Qué hacés acá, me estás siguiendo? —preguntó en un tono brusco, para disimular la inquietud.
—No mi paloma, espero el bondi*, igual que usted —contestó él haciendo una reverencia.
—Qué pegajoso —murmuró la chica entre dientes. Le echó un vistazo, mientras apartaba un mechón de pelo, que intentó sostener detrás de la oreja. La cara del tipo era un pergamino, los bigotes teñidos de negro, igual que el pelo aplastado al cráneo; vestía un traje oscuro a rayitas.
—Me estás mirando las tetas —gritó ella. Y más fuerte—: ¡viejo baboso!
—Es que en este momento quisiera ser un dios para descansar mis fatigas en esas dulces colinas del Olimpo —contestó él.
La chica pestañeó, y se llevó una mano a los labios para disimular la risa. Hablando entre los dedos, dijo:
—Qué boludo.
—Al menos le arranqué una sonrisa, parece que hemos roto el hielo —replicó él, bonachonamente.
—No me reí, calmate, loco —dijo ella, otra vez en tono despectivo.
—Con usted nunca me pasaría de la raya ni me saldría con un domingo siete. No se me enoje. Es solo un poco de chamuyo*, sin ánimo de ofender. Deformación profesional, sabe.       
—¿Sorry?
—Darle un poco a la sin hueso, hasta que venga el 109.
—Está tardando mucho —dijo la chica, sacó el celular, pulsó unas teclas.
—Parece que la esperan, con un bomboncito así como para no estar con el alma en vilo.
El mechón había vuelto a deslizarse hacia la cara, ella lo miró con el ojo derecho y siguió tecleando con el pulgar; sus uñas eran cortas y pintadas de verde. Guardó el teléfono y se asomó para ver si venía el colectivo.
—Nada —cabeceó hacia atrás para sacarse el pelo de la cara.
—No tendría que escatimar ese par de luceros del alba que el cielo le dio.
—Y dale con los clichés. Parecés de la época de Gardel y por el traje el empleado de una casa de velorios.
—Algo de eso soy, sí —musitó él—. Volví con la frente marchita y esta es mi noche triste.       
—Decime ¿trabajás en una tanguería* y te mandan así vestido para hacer alguna promo?
El hombre rió silenciosamente y tardó en contestar.
—Ya no, lo que ve es lo que me hizo el entrevero* con la vida.
—La vida no hace nada que uno no facilite —sentenció ella, petulante— es cómodo echarle la culpa a la vida.
—Vaya, vaya, a usted sí que le gusta llamar al pan pan y al vino vino. Pero no agarre para el lado de los tomates*, mi reina. Ve esto —señaló una marca que le bajaba desde la oreja y se perdía en el cuello de la camisa—. Esto, como diría Carriego*, son imborrables adornos sangrientos: caprichos de hembra que tuvo la daga.
—Así que una minita te cortó como a un salamín —dijo la chica,  burlona.
El hombre agachó la cabeza y la cara amarillenta se agrietó en arrugas sutiles, como si de pronto una gruesa capa de maquillaje se estuviera resquebrajando. La sonrisa, en medio de la catástrofe en que se había convertido su cara, era casi irreal.
—Un tropezón cualquiera da en la vida. No tengo más palabras que las de Discepolín*: uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias… aunque te quiebre la vida, aunque te muerda un dolor.
La chica, por enésima vez, se corrió el pelo y en su expresión se transparentó la sorpresa. Estaba en la mitad de la calzada desierta, cuando se encendieron los faroles de la calle, que apenas dieron algo de claridad. 
—¿Llorás? —preguntó en voz muy baja; revolvió en el bolso y le alcanzó un Kleenex.
Él negó con la cabeza, se chupó los labios y dijo:
—Te falta tomar mucha sopa todavía, la vida no es dos más dos son cuatro —era la primera vez que la tuteaba.  
Ella trasladó el peso del cuerpo de una pierna a la otra, se tironeó un aro que le colgaba hasta el hombro y volvió a fijarse en la posible llegada del colectivo. Desde el centro de la calle le preguntó:
—¿Qué onda, a qué te dedicás?
Le llegó una carcajada arenosa; él se acercó con los bigotes elevados por una sonrisa y la chica pensó que se había equivocado: no estaba llorando, había sido el efecto de la luz filtrándose entre el follaje de los árboles. Un juego de luces y sombras en la cara marchita. Después de un silencio, él contestó:
—Uh… estuve en tantas cosas. Fui un orillero*, compadrito y fanfarrón. Trabajé para peces gordos, que metían la mula* con los votos. Me tajearon —y se tocó la mandíbula—, pero también tajié. Iba a los piringundines* del Bajo con mi sombrero ladeado y el pañuelo de seda al cuello. Por las minas me metí en camisa de once varas y cuando ya no me dio el cuero ni para el cuchillo ni para tanto hembraje, empecé a laburar* en los radioteatros. Tenía voz potente, de varón, me dijeron. Entrar en el ambiente de la radio fue dar en el clavo, hice borrón y cuenta nueva y por los años cuarenta me interpreté a mí mismo, haciendo de malevo* en “Juan Barrientos, carrero del 900”*. Nunca protagonicé, siempre me llamaban para hacer de malo, porque tenía el tono justo, decían. También tuve que agarrar los libros ¡quién te ha visto y quién te ve! —de nuevo la risa ronca—. Porque las palabras se volvieron importantes, debía hablar bien. En el folletín “Fachenzo, el maldito”, en una parte había que representar a un jinete que venía por el campo, entonces un fulano se encargaba de agitar unas piedritas dentro de una cacerola, para hacer el tacatac tacatac del galope del caballo. Con los ruidos se las rebuscaban bárbaro en esa época y los radioescuchas se lo creían y se juntaban alrededor de los aparatos de radio para escucharnos. No es por alardear, pero reuníamos a las familias. Una tarde el Oscar Casco se quedó afónico, lo reemplacé. Nadie lo imitaba como yo cuando decía la frase que lo llevó a la posteridad: ¡mamarrachito mío…! A la Hilda Bernard se lo decía. No avancé más porque me dormí en los laureles y cuando vino la televisión ya era un veterano y había perdido la facha. 
—Si todo lo que contás es así, debés tener como cien años —dijo la chica, mirándolo fijo con cierta desconfianza.
—Es la pura verdad, se lo juro por lo más sagrado: la vieja. —Con el índice hizo una cruz sobre sus labios. Se rió y agregó—: soy igualito al ave Félix.
La chica iba a corregirlo, pero en ese momento sonó el celular y se alejó unos pasos, habló brevemente, cortó y se volvió hacia el hombre.
—Parece que desviaron el colectivo, hubo un accidente, llego tarde a la facu, me tomo un taxi en la avenida. Voy para el centro, si querés te acerco.
—Le agradezco, mi cielo, pero no —la voz, de repente, sonó triste.
—Por qué —preguntó ella, intrigada.
El hombre sacudió la cabeza y no contestó.
—Vení, andá a saber cuánto más tenés que esperar. Dale.
—El que nos hayamos encontrado en ese cruce de calles, no fue moco de pavo. Además, esperar es morirse de a poco… y se puede morir indefinidamente.
—Sos todo un personaje, mirá que hablás raro —la voz de la chica titubeó por primera vez cuando dijo—: me da cosa que te quedes acá, solo.
—No se preocupe m’hijita, al Cuervo Soria nadie se le atreve —hizo el gesto de meter la mano derecha adentro del saco.
—Bye bye, entonces. Cuidate —dijo ella.
Él la saludó con una mano en el pecho, hizo una especie de venia. A la chica le costaba irse, despacio se encaminó hacia la vereda de enfrente.
Desde el otro lado de la calle se volvió con la intención de sacarle una foto con el celular. No entendió por qué quería tener un recuerdo de ese galán antiguo. Pero en el poste del 109 no había nadie, sólo las sombras de las hojas de los árboles, agujereadas por las candilejas de luz que se filtraban de los faroles. Y el aroma de los tilos, celebrando la tibia noche de noviembre.


 ©  Mirella S.  —2010— 

Glosario
Parar el carro: contener a alguien que se excede de palabra o de hecho.
Hacer el verso: envolver a alguien para conseguir algún fin.
Bondi: colectivo, transporte público.
Chamuyo: hablar, conversar.
La sin hueso: la lengua.
Tanguería: local nocturno donde se baila o escucha tango.
Entrevero: lucha, pelea.
Agarrar para el lado de los tomates: desvirtuar del sentido de una conversación.
Evaristo Carriego: poeta argentino (1883-1912)
Discepolín: Enrique Santos Discépolo fue un compositor, músico, dramaturgo y cineasta argentino (1901-1951)
Orillero: habitante de los suburbios; compadrito: individuo de clase social baja, afectado en la vestimenta y pendenciero.
Meter la mula: engañar
Piringundín: bar de ínfima categoría, generalmente sucio y con mal aspecto.
Laburar: trabajar.
Malevo: malviviente, matón.
“Juan Barrientos, carrero del 900” y “Fachenzo, el maldito” fueron dos novelas transmitidas por la radio entre 1940 y 1950 (datos obtenidos en la Web)
Oscar Casco: actor considerado un símbolo del radioteatro, reconocido por su voz grave y expresiva.
Hilda Bernard: actriz argentina de radio, cine y televisión.