jueves, 26 de marzo de 2020

Cielos nublados



Queridos amigos, a los problemas propios de estos momentos difíciles, se agregaron algunos de índole personal. Mi estado de estrés me impide visitarlos, en el momento de comentar es como si tuviera que releer lo publicado porque mi mente ya no consigue concentrarse.

Además Internet está lentísimo, a vece se corta y para colmo muchas de mis entradas fueron bombardeadas por la publicidad de un hacker que ofrece sus servicios (¿?)…

Cuídense todos, cumplan con las restricciones establecidas, es lo único que podemos hacer ¡hagámoslo!

¡Hasta pronto! Les dejo mi afecto y un abrazo enorme.



Ya vendrán los crepúsculos de fuego.



martes, 17 de marzo de 2020

Año bisiesto



La noche avanza y creo que es hora de astillar el silencio. Debo hablar, necesito salir del engaño. ¿Acaso la vida no es un juego rítmico entre la verdad y la falacia? En esa continua oscilación, ahora estoy detenida en la mentira y es preciso librarme de ella.
Dentro de mi boca la lengua crece y empuja la barrera de los dientes, que se aprietan solidarios ante ese resto de culpa o vergüenza. Como si se hubiera partido en dos, igual a la de una cobra, asoma con cautela sus extremos, lubrica los labios secos y vuelve a esconderse en su cueva.
La lucha se está definiendo: mis músculos se debilitan, parpadeo y los dedos inquietos hacen rotar el anillo. La boca se abre y la bífida se ubica para desempeñar su parte. Pero todavía hay renuencia, cierta indecisión.
Digo:
—¿Por qué sostenés la botella de esa manera, por el cogote? Da la impresión que tenés ganas de estrangular a alguien. —Mi voz suena agria y lo que manifiesto está fuera de sitio.
Él llena su copa de vino, deja la botella sobre el mantel, me mira y no dice nada, aunque en sus ojos leo que está pensando “perra estúpida”.
Sigo:
-La ropa termina por tomar la forma del cuerpo, por eso tu pulóver está tan estirado en la parte de adelante.
Su expresión indica desprecio, su respuesta es, como siempre, el silencio. Estos comentarios absurdos no son propios de mí, la amargura es la que habla. La bifurcada se mueve, inquieta, no la voy a poder controlar.
Anuncio:
—Leí una estadística que afirma que en los años bisiestos es cuando se producen más divorcios. Parece que son favorables para volver a enamorarse. El año que viene es un año bisiesto.
Esta vez ni siquiera se molesta en mirarme o demostrar su arrogancia. Se inclina y toma el diario. Giro la cabeza, a mi alrededor el restorán está completo y el murmullo de las voces me envuelve como una frazada caliente.
Comprendo que no puedo postergar más la revelación; ya no hay nada que honrar o respetar. Lo que antes era verdad hace tiempo que se parapetó detrás de las páginas del diario y solo muestra su coronilla con remolinos ariscos.
Llegó el momento, la lengua se dispara como una flecha envenenada. La dejo que alcance su blanco.
—Sin embargo, quedé fuera de las estadísticas: me enamoré este año. Te dejo.
Noto que mi voz es un eco que retumba por encima de las conversaciones ajenas. El silencio, que está sentado frente a mí, se extiende al resto de la sala. Las páginas del diario se mueven como un telón que se abre para un último acto. No alcanzo a verle los ojos porque una línea de luz cae en el vidrio de los lentes, convirtiéndolos en espejos que me reflejan.
Veo mi sonrisa y cómo las bifurcaciones de la lengua vuelven a unirse. Siento que recupera su tamaño y se acurruca contra el paladar, degustando el sabor a cicuta de la victoria. 


©  Mirella S.   — 2012 —


Muchas gracias a todos por los comentarios que me dejaron en el post anterior.
Este relato es viejito, lo vuelvo a publicar porque estamos en un año bisiesto.
Abrazos para todos.





jueves, 5 de marzo de 2020

Tiempos sin sentido




La ciudad desgasta las ganas de vivir, y al doblar una esquina, te mata. Robos, palizas, asesinatos, motochorros impunes que son capaces de pegarte un tiro o acuchillarte para obtener el celular. Ni hablemos de las violaciones y femicidios.

La última moda por estas latitudes son los ataques en manada. Matar a golpes porque sí, porque se les canta, porque en grupo se sienten poderosos. Porque son unos cobardes, vacíos por dentro. Después del ataque alardean por whatsapp, con una frialdad apabullante, que el pibe caducó y se van a festejar en una hamburguesería.

Miedo, impotencia, ira, un desasosiego pegajoso del que no puedo desprenderme, son los sentimientos preponderantes de este domingo. Hay una escena que vuelve una y otra vez.

Estaba llegando a la entrada del edificio donde vivo cuando una moto, que circulaba a contramano, se detuvo frente al portón del garaje, en ese momento abierto, e intentó entrar.

El aire de ese atardecer de enero se cargó de bocinazos y sirenas de patrulleros que coparon la cuadra. El delincuente, acorralado, bajó de la moto y empezó a correr en mi dirección. Sin saber qué hacer, aplasté la espalda contra la pared como si esperara que los ladrillos me succionaran. El perseguido pasó tan cerca de mí que el casco, que colgaba de su brazo, golpeó en mi costado. En la mano sostenía un cuchillo.

En esos segundos vislumbré unas facciones adolescentes, las mandíbulas y los labios contraídos y la fijeza de unos ojos predadores que me miraron sesgadamente. Contuve la respiración, como si ya estuviera muerta. Pero él no se detuvo, corrió hacia la esquina dejando una estela de sudor agrio. Allí lo atraparon varios policías y lo subieron al patrullero.

Al día siguiente habrá quedado en libertad.

En mis sueños todavía se materializan las suposiciones que cruzaron por mi cabeza en aquellos instantes.



©  Mirella S.   — 2020 —



Hola amigos, quería avisarles que a partir de ahora no responderé más a los comentarios. 
Los leeré atentamente y con el cariño de siempre.
Un abrazo para todos.


lunes, 3 de febrero de 2020

Encarcelada




Intento atrapar el infinito detrás de los barrotes, pero el azul es escaso, cubierto por nubarrones oscuros. La ciudad me confina entre sus muros bestiales.

La imagen refleja mi estado actual.

Este blog, que fue un rincón lleno de alas y trinos, se encuentra silencioso, melancólico. Todavía no me decido a soltarlo, aquí recibí mucho afecto, compañía y mi agradecimiento es enorme hacia todos los que pasaron -y pasan- dejándome sus cálidas palabras de estímulo.

Sin embargo, una voz interior me dice que se acabó, perdí el placer de escribir hace ya un tiempo. 

Me alejaré de a poco, porque me va a ser difícil. Fue mi nido, mi refugio, y como los pájaros, lo construí laboriosamente, con alegría. No quiero mantenerlo por obligación, a desgano. Cuando realmente sienta el impulso de publicar una foto, un texto, viejo o nuevo que surja espontáneo, no por la presión de mi autoexigencia, lo haré.

Mi espíritu y mi cuerpo están pasando malos momentos, necesito descansar. Más adelante los visitaré, nunca los voy a olvidar.

Gracias a todos y un abrazo inmenso, queridos amigos.


©  Mirella S.   (texto y fotos)  2020 




                  

lunes, 27 de enero de 2020

Una pepita de oro

Arte digital de Amandine Van Ray




Lo que siento por él visita mi vacuidad, y como una linterna, me ofrece un hilo de luz para aclarar mis penumbras. Con otros fui sinuosa o vehemente, si bien, detrás de la desnudez de mi espalda, agrietaba la boca en un gesto de ironía.

Él es solo observador en vez de partícipe y me presté a ese juego de ambigüedades. Temo que si nos acercamos esas sensaciones se apaguen en el hastío de los gestos repetidos, en la rutina de los bóxers tirados en el piso, la toalla húmeda sobre la cama, el silencio que taladra todo lo dicho y conduce a un estado incoloro. O que sus ojos lisérgicos se abismen en las cataratas de la indiferencia.

Los que aparecen y se van sin dejar ni una pelusa de nostalgia son como las golondrinas, que en su éxodo aletean junto a los vidrios, sueltan trinos de despedida y parten hacia otras ventanas.

Ese sentimiento, ahora innombrable, oculto, siempre deseado y buscado en sus distintas formas desde la infancia, lo experimenté brevemente, con finales dolorosos que me encerraron en una ostra hecha de añoranzas.

Cuando él también se aleje, me quedaré con el carozo bien limpio sin haber comido la pulpa. Lo voy a guardar como un placer incontaminado, que yo me inventé. Como una minúscula pepita de oro.



©  Mirella S.   — 2020 —





lunes, 13 de enero de 2020

Deseos

Imagen de Aneta Ivanova



Son las doce en punto y todos levantan las copas. Ella formula palabras de buenos augurios y felicidades; sin embargo, sus pensamientos son peces que nadan contra la corriente. ¿Para qué brindar, cuál es el anhelo de este nuevo año? No sabe, se impacienta. Los demás beben de sus copas, ríen y hablan al mismo tiempo sin escucharse. Se aparta, asoma la cabeza a la negrura interrumpida por estrellas falsas que estallan y se queman en su propia luz.
Considera su vida una sucesión de fuegos artificiales: breves chispazos en una noche de inquietudes. Siempre cumplía con la ceremonia de pedir un deseo cuando el reloj daba la última campanada. Elevaba la copa y lo pedía con todo el vigor de su ilusión, esperando que la magia de esas fechas se lo concediera.
A los veinte exhortó a las fuerzas del universo que le enviaran el amor. En cambio, la despidieron de la empresa. Al siguiente, aún desocupada, suplicó por un empleo. Entonces conoció a Atilio. La petición de ese fin de año fue ¡matrimonio! En marzo le ofrecieron un puesto de última categoría con un sueldo avaro y Atilio desapareció.
Sucesivamente, pidió irse de la casa paterna, independizarse, no compartir más la habitación con sus hermanas. Las que se casaron y formaron su propio hogar fueron ellas
Clamó por un viaje, recorrer el mundo, de mochilera, haciendo dedo, de cualquier modo. A los pocos meses volvió Atilio y le propuso el esperado casamiento. Con él iría a tantos lugares... 
Resultó que Atilio era sedentario. Armaron un bolso, subieron al colectivo 60 y se alojaron en la posada de una isla en el Tigre. Así transcurrió la luna de miel.
Para qué ir más lejos —argumentó él ante su cara ensombrecida—, acá tenés la vegetación como a vos te gusta y el movimiento de las lanchas en el río te va a entretener. Mientras, yo me echo una siestita.
Al otro 31 ansió morirse y Atilio contrajo una larga enfermedad. Imploró que se curara: él sanó y se fue con la médica. Con el dinero del divorcio aspiró a tener su propia empresa. Le presentaron a Lucas y se enamoró.
Su sistema nervioso se había vuelto frágil y aliviaba la ansiedad comiendo. Rogó adelgazar: quedó embarazada. Por su profesión, Lucas debía trasladarse continuamente a países remotos. Viajaron por regiones áridas, sucias, empobrecidas. 
El hijo crecía, el marido acumulaba dinero con sus especulaciones. Ella ya no reclamaba trabajo, viajes, tampoco amor o divorcio. Solo volver a casa, a su tierra, a la familia, a su barrio preferido.
El reloj marca las 12,10’ y ella, en un país que no es el suyo, rodeada de gente extraña y mirando el ardor de la noche, todavía no ha expresado lo que quiere.
Se dice que es una ingrata que, al fin de cuentas, obtuvo mucho de lo que había pedido. A destiempo, no cuando lo deseaba. ¿Acaso la vida  tiene un movimiento lineal? Es una sucesión de curvas y espirales que vuelven sobre sí mismas, se superponen, retroceden para tomar impulso y, así enroscadas, avanzan.
Bebe un sorbo del champán que se ha calentado en su copa y decide que esta vez no va a desear nada. Dejará que alguna deidad, el planeta Urano, el azar, la providencia o lo que sea, la sorprendan. Para bien o para mal.




©  Mirella S.   — 2012 —



Es de los primeros relatos que publiqué apenas abrí el blog.
Como no lo leyó nadie, aquí va de nuevo.

Que tengamos un buen 2020 en lo personal y a nivel mundial. 
¿Eso es pedir demasiado?



martes, 17 de diciembre de 2019

Príncipe de Nochebuena


Arte digital de Sarolta Ban

El señor Palma mira el reloj: faltan quince minutos para que suenen las campanas de la iglesia y exploten los petardos anunciando la Navidad.

La luna vulnera el cielo con un resplandor de nieve; en la tierra el calor licúa las formas.

El señor Palma hace sesenta años que no piensa en papá Noel, sin embargo, este año algo lo impulsa a revivir las Nochebuenas de cuando era niño. En la vejez la memoria camina hacia atrás, nota demasiados huecos oscuros e inventa, se dice.

Sentado en el patio de su casita en los suburbios, no logra visualizar la de su infancia. Quizás se parecía a la actual. La única imagen que se le presenta es la espesura de un jardín, allí se ocultaba para sorprender al hombre gordo vestido de rojo que había visto en las películas y que nunca cumplió con ninguno de los juguetes que él había pedido. Solo le dejaba libros.

Durante las primeras lecturas, se sentía una especie de náufrago que remaba en medio de oleajes de palabras incomprensibles. Al crecer, esos libros que tanto lo habían fastidiado, terminaron por atraparlo. Se hizo íntimo de los personajes y quiso compartirlos con sus compañeros. Ellos reían y le daban la espalda para seguir jugando con las figuritas o al metegol.

El señor Palma, Nico en aquel entonces, regresaba a su cuarto con el libro bajo el brazo y releía los párrafos más potentes de las aventuras de Huckleberry y Tom, ellos sí eran valientes, osados, como el principito que venía del asteroide B 612, quien, igual que Nico, buscaba un amigo. Se habían encontrado.

Después conoció a Sandokán, intrépido en sus maniobras para recuperar el reino que le fuera arrebatado. Con su personalidad tan vengativa, Nico solo podía temerlo.

Huck y Tom lo acompañaron un tiempo, luego se alejó de las continuas travesuras que tramaban. Él era un pibe tranquilo, se apoyaba más en sus ideas utópicas que en acciones. Entonces volvía al principito, a tal punto que el libro terminó descuajeringado, con hojas sueltas. Un día su madre hizo limpieza y desapareció.

Las semillas de sus palabras se asentaron en el planeta sin nombre de Nico, al cual viajaba en los momentos solitarios. Un mundo que construía lentamente y que, de tanto en tanto, se desmoronaba. Estaba hecho de sueños, ilusiones que poco tenían que ver con la realidad. Memorizó pensamientos del libro, que florecieron en la humedad de sus cuidados y consiguió afianzarlos en esa patria privada.

Él también tuvo su rosa, con la vanidad y el orgullo de saberse amada, importante. Ya no está, se ha marchitado antes que él y en los atardeceres la busca en su planeta, ahora convertido en desierto. La rosa le dio pimpollos, que crecen y prosperan en tierras más fértiles.

El señor Palma sacude la cabeza y recuerda que es Nochebuena, que los vecinos de la izquierda se fueron al mar y los de la derecha están en pleno festejo con sus numerosos hijos que hacen estallar cohetes y cañitas voladoras. A él no le permitían quedarse a esperar las doce. Aunque estaba medio dormido, su curiosidad era un sensor que lo alertaba ante el mínimo ruidito, pero nunca había descubierto a Papá Noel.

En la casa de al lado, los chicos ríen, los escucha correr, llamarse unos a otros. De pronto, cuando la última campanada de la iglesia se fusiona con el clamor de los fuegos artificiales, algo oscuro, como un pájaro herido, traza un arco por encima de la pared medianera y cae en su jardín.

El señor Palma se levanta y se acerca al rosal estéril que se empecina en mantener. El objeto volador quedó atrapado entre sus ramas. Es un libro. Lo toma y comprueba que es viejo, con muchos subrayados. Lo cierra y con el índice dibuja cada letra del título. El principito.


©  Mirella S.   — 2019 —


¡Felices fiestas y hasta el año que viene!
Abrazos.




lunes, 9 de diciembre de 2019

Lo que no se dice

Pintura de Kim Nelson

La casa donde vivo no me gusta, tampoco sus habitantes, los miembros de mi familia: los Vitali. Ciertas confesiones hay que guardarlas para una, padecerlas en silencio. No está bien visto declarar que no te gustan tus parientes cercanos. Les agradezco la educación, las necesidades básicas cubiertas, pero siguen sin gustarme, lo cual no significa que no los quiera. No a todos.
El afecto, o esa turbulencia que siento, está entramada con las más opuestas y oscuras emociones: desde la rabia, el fastidio, hasta la compasión y la ternura. Por algunos de ellos mi disposición es inclemente y tormentosa, por otros prevalecen más los sentimientos benévolos.
La casa es centenaria, pertenecía a mis bisabuelos. Es fea, detesto el olor de las bolitas de naftalina que la abuela pone para disimular el de la humedad que brota de las paredes. Con los sahumerios de mamá, la combinación es nauseabunda. Las habitaciones dan a una galería. Allí nos desencontramos mis padres, mis dos hermanos menores, mis abuelos paternos, los actuales dueños y la tía Mónica, hermana de papá, viuda, sin hijos.
No es por presunción que digo que la casa no me gusta, así como tampoco los Vitali. No los elegí, aunque hay quien sostiene que nada es fortuito y que al encarnar nos toca una familia ya determinada que nos ayudará para la evolución personal. No me consta, ellos suelen conectarme con lo peor de mí. Algo que no soporto es su falsedad. A la hora de la cena, también en la comida puede saborearse la hipocresía que flota en el ambiente.
Con los abuelos y la tía Mónica siempre tuve un trato mínimo; ahora que curso Bellas Artes por la noche los veo apenas. Mamá y papá, juntos, crean un clima tenso, sofocante, pero si estoy con ellos por separado es tolerable. Mamá a veces se me queda mirando y es como si los ojos se le metiesen para adentro, se fuera a otra parte, hacia atrás en el tiempo. Solo ella apoyó mi decisión de entrar en Bellas Artes. El vínculo con papá es más complejo. No coincidimos en nada, reconozco que él se esfuerza y yo hago lo que puedo; que no siguiera una carrera tradicional fue un gran desencanto para él y no mejoró nuestra precaria relación.
La tía Mónica es un capítulo aparte. Sin remordimientos puedo decir que la desprecio y ella siente lo mismo. Es evidente que mamá le tiene miedo y Mónica la aborrece y la envidia. Mamá es delgada, elegante, aún vestida así nomás. Mónica se mata en el gimnasio, vive a dieta y su cuerpo es irrevocablemente cuadrado. 
La ventaja de las casas tipo chorizo como la nuestra es que Mónica y los abuelos están en los cuartos de adelante, a continuación del comedor que da a la calle, mientras que el mío es el último y me aparta un poco de esa atmósfera de disimulo. Ocupo también un rincón en la piecita de arriba, donde guardan todo lo que deberían tirar. Allí hago las artesanías que intento vender los fines de semana en Plaza Francia.
Los abuelos me ignoran con diplomacia, en cambio, tienen debilidad por mis hermanos que, por su parte, se pelean con estocadas sibilinas, típicas del estilo Vitali, de las cuales a menudo ligo una porción.
En mi familia hay muchas cosas ocultas, no dichas, por eso los mayores procuran asumir un aire de “somos una familia bien avenida”, frase frecuente de la abuela, cuando en realidad se puede percibir la ebullición de un caldo espeso, que cocina a fuego lento sus ingredientes letales. Si se destapara la olla, el frágil equilibrio que ostentan, se haría trizas.
Intuyo que estoy involucrada en ese secreto y que la tía Mónica es la más propensa a vomitarlo, de allí que los demás la traten con guantes de seda y le permitan que destile su veneno en pequeñas dosis, para que no se intoxique ella misma.
Aprendí a moverme en ese espacio usando la misma falsedad que ellos, como un torero, esquivando los ataques encubiertos con sutiles movimientos de capa. Mi refugio es el cuartito de arriba. A veces dejo la arcilla que modelo, mis ojos atraviesan los vidrios y se van lejos, buscando los de mamá, en una dimensión amorosa, sin ocultamientos ni simulacros. Allí la encuentro, con la sonrisa limpia de tristezas, la piel distendida de los surcos de culpas pretéritas que está pagando y seguirá debiendo mientras viva con los Vitali.
Sin embargo, lo que no se dice se irá ordenando geométricamente en un gesto, en la ira que sombrea los ojos, la palabra que se escapa hoy, a la que se añadirá otra, susurrada mañana, una mueca de desprecio o la lágrima cautelosa. La simulación es como una máscara de cera que se ablanda, se deforma y gotea el odio acumulado.
Un día Mónica estallará. En su crueldad, seremos humilladas, mamá y yo. Ella agachará la cabeza, los Vitali, ya sin disimulos, me mirarán como la extraña que siempre fui para ellos. Papá con el horror de un antiguo presentimiento que se confirma.




©  Mirella S.   — 2019 —





miércoles, 27 de noviembre de 2019

Puzzle




Recorría esa cuadra asiduamente y nunca había reparado en la casa decrépita, con la ventana ojival de palacio gótico.
Esa mañana, capté la silueta de una mujer detrás de los vidrios. Vi solo el cuello  pálido y unos flashes de pelo endrino. El resto del cuerpo se esfumaba entre las sombras del ambiente.

  
La segunda ocasión fue un mediodía. Al llegar a la altura de la casa aminoré el paso de modo inconsciente y giré la cabeza justo cuando llegaba a la ventana.
Debía de estar agachada y me mostró su frente orgullosa, el dibujo enérgico de las cejas, los ojos del color de la hierba silvestre. Estos ojos tienen el aroma de la menta, pensé, aspirando un olor fresco, inaudito, que prevalecía por encima del escape de los autos. Quedé cautivado y sumé esa porción a la anterior. Me gustan los acertijos, sería excitante armarla una pieza a la vez, igual que un puzzle.


La tercera es en una noche sin luna, extrañamente solitaria de transeúntes y coches. La vereda parece que me llevara, como las cintas móviles de los aeropuertos.
No fumo, pero hubiera sido el instante perfecto para detenerme bajo la luz de la esquina y encender un cigarrillo. Me atrapan los misterios, quiero descifrar quién es ella, la que se presenta por partes. Leí demasiadas novelas negras.
Estoy llegando a la ventana. Apago mi cigarrillo imaginario en el piso, con un movimiento circular del pie.
Me acerco y ahora me engolosina con su boca. Los orificios de la nariz se le ensanchan en la respiración. Percibo el deseo. Sigue ofreciéndose en fragmentos, como si la totalidad de ella me estuviera vedada.
Ya formo parte de la oscuridad del interior. Sus labios se abren, desnudando el marfil afilado de sus dientes hambrientos de mí. Y entonces sonríe.



(300 palabras)


©  Mirella S.   — 2019 —





jueves, 21 de noviembre de 2019

En mi cielo



Tu voz era inmensa, como este cielo que ahora es mi amante 
de las mil caras. Cuando está rabioso me habla con sus truenos, 
cuando se calma me sisea en el viento palabras anónimas.


A veces, en algún crepúsculo de cobre, veo tus ojos pardos 
como el río que se perfila hacia el este.


Te recuerdo como se recuerda un fantasma, o la silueta 
de aquel caballero errante que me fascinó en la adolescencia.




©  Mirella S.  (texto y fotos) 2019 




miércoles, 13 de noviembre de 2019

Hilitos





Un hilito cuelga de la cortina. Trato de sacarlo, arruina la simetría impecable del paño. El tirón es demasiado brusco y la tela se frunce. Sigo tironeando y el hilo resalta en la trama, igual que la vena hinchada y rugosa de un viejo. He estropeado la cortina, lo mismo que hice con tantas situaciones de mi vida.

Me matriculé de arruinadora profesional en esa búsqueda tenaz de excelencias que no existen. Los placeres terminan por empañarse ante mis ojos.

Lo que llaman felicidad no se pega a mis dedos, ni embadurnándolos con Poxipol. Desearía que durara algo más y no resulte una expectativa frangible, que cuando empieza a modelarse, acaba rota en pedacitos insignificantes. Siempre ansiando absolutos, cosas que se cierren con la pureza de un círculo.

Hay privilegiados a los que ciertas felicidades les llegan fácilmente. Las guardan en cajitas llenas de compartimientos y clasifican las horas de dicha, que subsisten en un orden escrupuloso.

Yo también quise amarrar esos instantes. Les he destinado un cajón de la cómoda y acumulo en él vestigios del ayer: la rosa seca, fotos, la alianza, el libro que me suavizara el espíritu, ese botón dorado que levanté de la acera y fue una gota de sol en el charco fangoso de los días. Y otros restos de puntillas que habían adornado mis buenas rachas.

Cuando hago un recuento de mi pequeña fortuna, confirmo que ha perdido el valor original. La rosa es sólo un manojo de pétalos momificados que no me remiten a una evocación precisa. El anillo se vistió de luto y las palabras del libro —ahora— se volvieron estériles.

Son objetos sin conexión con el presente. Nunca los pude ordenar: están enmarañados en la urdimbre de todos aquellos hilos que he ido arrancando de cortinas, dobladillos, mangas, manteles en mi insistencia de perfección.

Pobres dosis de dicha que perviven, desordenadamente, en el recoveco de las quimeras insensatas.




©  Mirella S.   — 2013 —



Un texto viejito, que forma parte del libro virtual
"Apuntes en hojas perdidas".





miércoles, 6 de noviembre de 2019

El eco




— ¿A dónde vamos?
— A las Cumbres Serenas.
— ¿Para qué?
— Quiero escuchar el eco.
— ¿Y eso?
— Nacho, si no querés, no vengas.
— Te acompaño, pero explícame lo del eco.
— Mi abuelo me dijo que cuando necesitara hacer una pregunta viniera hasta las Cumbres y recibiría una respuesta. No pongas esa cara, me lo pidió muchas veces y el abuelo no mentía.
—Te lo dijo cuando eras un nene. Ahora tenés catorce años, boludo*.
— Me lo recordó justo el día antes de morir y aclaró que él iba a ser la voz del eco.
— Perdoname que me ría, no puedo entender que creas en eso.
— Con probar no pierdo nada.
— ¿Cuál es la pregunta?
— Es sobre mi madre.
— Todavía no lo superaste, ya pasaron cuatro años.
— Así pasen cien, tengo que saber por qué se fue. Al abuelo no le pude preguntar, murió al poco tiempo. Su partida le quebró el corazón.
— ¿Y a tu viejo?
— Larga solo veneno.
— Llegamos ¿Y ahora?
—Debo formular la pregunta correctamente, esa es la clave, recalcaba el abuelo. Primero saludo: ¡Hola!
… ooolaaaaa… aaa… aa…
— ¡Boludo, cómo resuena!
— Hace frío y me transpiran las manos.
— Tranqui ¿ya la pensaste?
— Son dos preguntas.
—¡Dale!
—Abu ¿mi madre me quería?
… queeeeriaaaa…aaa… aa…
— ¡Contestó que sí, Nacho!
— No quedó claro. Si el que contesta es tu abuelo tendría que haber dicho te quería”.
— Quizás escuchamos mal. Se levantó viento.
— Hacé la otra.
—Abu ¿mamá volverá?
… maaamaaaa… nooo… volveeeeeraaaaaa… aaa… aa…





 *Es muy usado entre los adolescentes como vocativo, no como un insulto.



©  Mirella S.   — 2019 —



Aquí va mi participación, me costó mucho, solo diálogos, sin incisos ni acotaciones.
Verdaderamente fue un reto.