lunes, 9 de diciembre de 2019

Lo que no se dice

Pintura de Kim Nelson

La casa donde vivo no me gusta, tampoco sus habitantes, los miembros de mi familia: los Vitali. Ciertas confesiones hay que guardarlas para una, padecerlas en silencio. No está bien visto declarar que no te gustan tus parientes cercanos. Les agradezco la educación, las necesidades básicas cubiertas, pero siguen sin gustarme, lo cual no significa que no los quiera. No a todos.
El afecto, o esa turbulencia que siento, está entramada con las más opuestas y oscuras emociones: desde la rabia, el fastidio, hasta la compasión y la ternura. Por algunos de ellos mi disposición es inclemente y tormentosa, por otros prevalecen más los sentimientos benévolos.
La casa es centenaria, pertenecía a mis bisabuelos. Es fea, detesto el olor de las bolitas de naftalina que la abuela pone para disimular el de la humedad que brota de las paredes. Con los sahumerios de mamá, la combinación es nauseabunda. Las habitaciones dan a una galería. Allí nos desencontramos mis padres, mis dos hermanos menores, mis abuelos paternos, los actuales dueños y la tía Mónica, hermana de papá, viuda, sin hijos.
No es por presunción que digo que la casa no me gusta, así como tampoco los Vitali. No los elegí, aunque hay quien sostiene que nada es fortuito y que al encarnar nos toca una familia ya determinada que nos ayudará para la evolución personal. No me consta, ellos suelen conectarme con lo peor de mí. Algo que no soporto es su falsedad. A la hora de la cena, también en la comida puede saborearse la hipocresía que flota en el ambiente.
Con los abuelos y la tía Mónica siempre tuve un trato mínimo; ahora que curso Bellas Artes por la noche los veo apenas. Mamá y papá, juntos, crean un clima tenso, sofocante, pero si estoy con ellos por separado es tolerable. Mamá a veces se me queda mirando y es como si los ojos se le metiesen para adentro, se fuera a otra parte, hacia atrás en el tiempo. Solo ella apoyó mi decisión de entrar en Bellas Artes. El vínculo con papá es más complejo. No coincidimos en nada, reconozco que él se esfuerza y yo hago lo que puedo; que no siguiera una carrera tradicional fue un gran desencanto para él y no mejoró nuestra precaria relación.
La tía Mónica es un capítulo aparte. Sin remordimientos puedo decir que la desprecio y ella siente lo mismo. Es evidente que mamá le tiene miedo y Mónica la aborrece y la envidia. Mamá es delgada, elegante, aún vestida así nomás. Mónica se mata en el gimnasio, vive a dieta y su cuerpo es irrevocablemente cuadrado. 
La ventaja de las casas tipo chorizo como la nuestra es que Mónica y los abuelos están en los cuartos de adelante, a continuación del comedor que da a la calle, mientras que el mío es el último y me aparta un poco de esa atmósfera de disimulo. Ocupo también un rincón en la piecita de arriba, donde guardan todo lo que deberían tirar. Allí hago las artesanías que intento vender los fines de semana en Plaza Francia.
Los abuelos me ignoran con diplomacia, en cambio, tienen debilidad por mis hermanos que, por su parte, se pelean con estocadas sibilinas, típicas del estilo Vitali, de las cuales a menudo ligo una porción.
En mi familia hay muchas cosas ocultas, no dichas, por eso los mayores procuran asumir un aire de “somos una familia bien avenida”, frase frecuente de la abuela, cuando en realidad se puede percibir la ebullición de un caldo espeso, que cocina a fuego lento sus ingredientes letales. Si se destapara la olla, el frágil equilibrio que ostentan, se haría trizas.
Intuyo que estoy involucrada en ese secreto y que la tía Mónica es la más propensa a vomitarlo, de allí que los demás la traten con guantes de seda y le permitan que destile su veneno en pequeñas dosis, para que no se intoxique ella misma.
Aprendí a moverme en ese espacio usando la misma falsedad que ellos, como un torero, esquivando los ataques encubiertos con sutiles movimientos de capa. Mi refugio es el cuartito de arriba. A veces dejo la arcilla que modelo, mis ojos atraviesan los vidrios y se van lejos, buscando los de mamá, en una dimensión amorosa, sin ocultamientos ni simulacros. Allí la encuentro, con la sonrisa limpia de tristezas, la piel distendida de los surcos de culpas pretéritas que está pagando y seguirá debiendo mientras viva con los Vitali.
Sin embargo, lo que no se dice se irá ordenando geométricamente en un gesto, en la ira que sombrea los ojos, la palabra que se escapa hoy, a la que se añadirá otra, susurrada mañana, una mueca de desprecio o la lágrima cautelosa. La simulación es como una máscara de cera que se ablanda, se deforma y gotea el odio acumulado.
Un día Mónica estallará. En su crueldad, seremos humilladas, mamá y yo. Ella agachará la cabeza, los Vitali, ya sin disimulos, me mirarán como la extraña que siempre fui para ellos. Papá con el horror de un antiguo presentimiento que se confirma.




©  Mirella S.   — 2019 —





miércoles, 27 de noviembre de 2019

Puzzle




Recorría esa cuadra asiduamente y nunca había reparado en la casa decrépita, con la ventana ojival de palacio gótico.
Esa mañana, capté la silueta de una mujer detrás de los vidrios. Vi solo el cuello  pálido y unos flashes de pelo endrino. El resto del cuerpo se esfumaba entre las sombras del ambiente.

  
La segunda ocasión fue un mediodía. Al llegar a la altura de la casa aminoré el paso de modo inconsciente y giré la cabeza justo cuando llegaba a la ventana.
Debía de estar agachada y me mostró su frente orgullosa, el dibujo enérgico de las cejas, los ojos del color de la hierba silvestre. Estos ojos tienen el aroma de la menta, pensé, aspirando un olor fresco, inaudito, que prevalecía por encima del escape de los autos. Quedé cautivado y sumé esa porción a la anterior. Me gustan los acertijos, sería excitante armarla una pieza a la vez, igual que un puzzle.


La tercera es en una noche sin luna, extrañamente solitaria de transeúntes y coches. La vereda parece que me llevara, como las cintas móviles de los aeropuertos.
No fumo, pero hubiera sido el instante perfecto para detenerme bajo la luz de la esquina y encender un cigarrillo. Me atrapan los misterios, quiero descifrar quién es ella, la que se presenta por partes. Leí demasiadas novelas negras.
Estoy llegando a la ventana. Apago mi cigarrillo imaginario en el piso, con un movimiento circular del pie.
Me acerco y ahora me engolosina con su boca. Los orificios de la nariz se le ensanchan en la respiración. Percibo el deseo. Sigue ofreciéndose en fragmentos, como si la totalidad de ella me estuviera vedada.
Ya formo parte de la oscuridad del interior. Sus labios se abren, desnudando el marfil afilado de sus dientes hambrientos de mí. Y entonces sonríe.



(300 palabras)


©  Mirella S.   — 2019 —





jueves, 21 de noviembre de 2019

En mi cielo



Tu voz era inmensa, como este cielo que ahora es mi amante 
de las mil caras. Cuando está rabioso me habla con sus truenos, 
cuando se calma me sisea en el viento palabras anónimas.


A veces, en algún crepúsculo de cobre, veo tus ojos pardos 
como el río que se perfila hacia el este.


Te recuerdo como se recuerda un fantasma, o la silueta 
de aquel caballero errante que me fascinó en la adolescencia.




©  Mirella S.  (texto y fotos) 2019 




miércoles, 13 de noviembre de 2019

Hilitos





Un hilito cuelga de la cortina. Trato de sacarlo, arruina la simetría impecable del paño. El tirón es demasiado brusco y la tela se frunce. Sigo tironeando y el hilo resalta en la trama, igual que la vena hinchada y rugosa de un viejo. He estropeado la cortina, lo mismo que hice con tantas situaciones de mi vida.

Me matriculé de arruinadora profesional en esa búsqueda tenaz de excelencias que no existen. Los placeres terminan por empañarse ante mis ojos.

Lo que llaman felicidad no se pega a mis dedos, ni embadurnándolos con Poxipol. Desearía que durara algo más y no resulte una expectativa frangible, que cuando empieza a modelarse, acaba rota en pedacitos insignificantes. Siempre ansiando absolutos, cosas que se cierren con la pureza de un círculo.

Hay privilegiados a los que ciertas felicidades les llegan fácilmente. Las guardan en cajitas llenas de compartimientos y clasifican las horas de dicha, que subsisten en un orden escrupuloso.

Yo también quise amarrar esos instantes. Les he destinado un cajón de la cómoda y acumulo en él vestigios del ayer: la rosa seca, fotos, la alianza, el libro que me suavizara el espíritu, ese botón dorado que levanté de la acera y fue una gota de sol en el charco fangoso de los días. Y otros restos de puntillas que habían adornado mis buenas rachas.

Cuando hago un recuento de mi pequeña fortuna, confirmo que ha perdido el valor original. La rosa es sólo un manojo de pétalos momificados que no me remiten a una evocación precisa. El anillo se vistió de luto y las palabras del libro —ahora— se volvieron estériles.

Son objetos sin conexión con el presente. Nunca los pude ordenar: están enmarañados en la urdimbre de todos aquellos hilos que he ido arrancando de cortinas, dobladillos, mangas, manteles en mi insistencia de perfección.

Pobres dosis de dicha que perviven, desordenadamente, en el recoveco de las quimeras insensatas.




©  Mirella S.   — 2013 —



Un texto viejito, que forma parte del libro virtual
"Apuntes en hojas perdidas".





miércoles, 6 de noviembre de 2019

El eco




— ¿A dónde vamos?
— A las Cumbres Serenas.
— ¿Para qué?
— Quiero escuchar el eco.
— ¿Y eso?
— Nacho, si no querés, no vengas.
— Te acompaño, pero explícame lo del eco.
— Mi abuelo me dijo que cuando necesitara hacer una pregunta viniera hasta las Cumbres y recibiría una respuesta. No pongas esa cara, me lo pidió muchas veces y el abuelo no mentía.
—Te lo dijo cuando eras un nene. Ahora tenés catorce años, boludo*.
— Me lo recordó justo el día antes de morir y aclaró que él iba a ser la voz del eco.
— Perdoname que me ría, no puedo entender que creas en eso.
— Con probar no pierdo nada.
— ¿Cuál es la pregunta?
— Es sobre mi madre.
— Todavía no lo superaste, ya pasaron cuatro años.
— Así pasen cien, tengo que saber por qué se fue. Al abuelo no le pude preguntar, murió al poco tiempo. Su partida le quebró el corazón.
— ¿Y a tu viejo?
— Larga solo veneno.
— Llegamos ¿Y ahora?
—Debo formular la pregunta correctamente, esa es la clave, recalcaba el abuelo. Primero saludo: ¡Hola!
… ooolaaaaa… aaa… aa…
— ¡Boludo, cómo resuena!
— Hace frío y me transpiran las manos.
— Tranqui ¿ya la pensaste?
— Son dos preguntas.
—¡Dale!
—Abu ¿mi madre me quería?
… queeeeriaaaa…aaa… aa…
— ¡Contestó que sí, Nacho!
— No quedó claro. Si el que contesta es tu abuelo tendría que haber dicho te quería”.
— Quizás escuchamos mal. Se levantó viento.
— Hacé la otra.
—Abu ¿mamá volverá?
… maaamaaaa… nooo… volveeeeeraaaaaa… aaa… aa…





 *Es muy usado entre los adolescentes como vocativo, no como un insulto.



©  Mirella S.   — 2019 —



Aquí va mi participación, me costó mucho, solo diálogos, sin incisos ni acotaciones.
Verdaderamente fue un reto.




miércoles, 23 de octubre de 2019

Un castillo de letras




Hubo una época pretérita en la que el lenguaje no existía. Lo fue construyendo el ser humano, porque le aterraba que el tiempo fuera mudo.

Laura desliza los dedos por el lomo de los libros y se le constriñe la garganta. Desde el pecho asciende una punzada de dolor.

Siempre hay que remontarse a los orígenes de cualquier actitud o propensión, por insignificante que parezca. Allí está la herencia sin testamento que se recibe de los ancestros.

Su madre le había dicho que durante el embarazo había leído continuamente y que, a los pocos meses de nacida, le relataba cuentos. Eran su canción de cuna. Más tarde, en sus primeros años, le mostraba imágenes coloreadas que le aclaraban las tramas de  aquellos “Había una vez…”

En la boca de la madre resonaban palabras magnéticas, que la seducían y también la asustaban por el enigma de su significado. Apenas supo reconocer las letras ella sola deletrearlas fue su juego favorito, lo prefería a las muñecas o a corretear por la plaza.

Con las metáforas llegó a entender lo que de otro modo hubiera sido incomprensible. Creció, amó y maduró entre el terciopelo añejo de sus páginas.

Laura se asombra de que todavía le queden reminiscencias tan lejanas. Hay días, cuando mira los estantes repletos de volúmenes, cree que son invenciones para no aceptar la realidad. ¿Cuál? ¿Fue su madre quien le inculcó el amor por la lectura? Ahora no lo puede afirmar con certeza. No la reconoce cuando la llama para comer. Quizá sea una enfermera y su madre haya muerto, igual que su padre, porque el único hombre que la visita usa un ambo azul.

Al mirarse en el espejo ve una cara sin tiempo. Así imagina a las protagonista de las miles de novelas que sus ojos devoraron para nutrir el alma. Tiene en la mirada la quietud animal de la resignación, pero en el interior de su cuerpo todavía late el anhelo de saber.

Camina a lo largo de la biblioteca que roza el techo del cuarto. Duerme en un baluarte de libros que forman un castillo de papel y polvo. Observa los títulos, los pronuncia a media voz, no recuerda las historias ni las reflexiones que contienen. Para Laura dentro de esas tapas hay hojas en blanco.

Te convertiste en la más grande coleccionista de la ciudad, así le dice su madre, o quien fuese, pero no retiene una sola línea de lo que acaba de leer.

Es probable que vayas olvidando palabras, dijo el hombre de azul, aunque ya no está segura. Tal vez todo esto sea parte del argumento de la novela que siempre quiso escribir.



 ©  Mirella S.   — 2019 —




Escultura hecha con hojas de libros de Su Blackwell




lunes, 14 de octubre de 2019

El demiurgo

Arte digital de Wojciech Grzanka


Día uno: la ropa ya está alineada sobre la cama. La valija abre su boca dispuesta a tragar lo poco que le ofrezco y se somete al mutismo del candado. Cortar el gas y la luz, bajar las persianas y empezar el sueño del viaje que, a veces, suele ser más bello que el viaje mismo.
¡Al aeropuerto! Ansiedad y trámites. Ubicación: ventanilla. La ciudad se empequeñece, el río se inclina y abraza el crepúsculo.
Llegada, más trámites. Busco un taxi. Es blanco con una franja roja. El hostal está en un pasaje que se ensancha en una plaza: un rectángulo de concreto salpicado con unas plantas anémicas.

Día dos: escapo de la habitación, huele a humedad. Un vidrio de la ventana luce un parche, como el ojo de un pirata; una de las persianas es más corta que la otra: me tocó un ventanal tuerto y rengo. El pan con almendras y pasas y la mermelada de naranjas amargas del desayuno, me reconcilian con el hostal.

Día tres: descubro que el café del bar Armenia tiene el sabor y aroma perfectos para mi gusto.
Salgo y en la calle me recibe la aventura. Un hombre me sigue. Por encima de mi hombro, murmura frases que, como letanías, habrá repetido infinidad de veces.
En la espera roja de la esquina lo miro: es atractivo. Siento intriga ¿por qué me ha elegido, qué habrá visto en mí? Tiene el acento madrileño, algunos años menos que yo, que ando con la cara lavada, los jeans viejos, una camisola nada sexy. Una turista ilógica con quien desplegar la seducción.
Continúa hablando. Su “s” sonora le hace burbujitas en los labios, que imagino pródigos de besos. Lleva las manos metidas en los bolsillos del  pantalón y cada tanto saca una, que mueve como para apartar algún obstáculo invisible. Apenas si presto atención a lo que dice; cuando intenta tomarme del codo para cruzar la calle le echo un vistazo al perfil. Parece el espejismo de un pájaro. La voz, que escucho como si fuera un rumor más de la calle, es una voz que regala felicidad.

Día cuatro: finalmente, acepté verlo en el Armenia esta tarde a las seis.
La mañana transcurre lenta como si el reloj se hubiera vuelto perezoso. Del encuentro del día anterior solo recupero la fuerza de su presencia.
Con desgano recorro un amplio circuito. Por el Paseo de Recoletos llego al Pabellón del Espejo: una especie de gazebo de vidrio donde hay sillas y mesas antiguas.
En el otro extremo está sentada una familia. Los cerca un halo cinéreo que se expande en su silencio, en la inmutabilidad de las cuatro caras. Un grupo de estatuas expresando una postura resignada, gris como la piel de un elefante cubierta por el polvo del mundo. Hasta los niños, con los ojos ya conformes, miran un futuro establecido.
Pienso en el que regala momentos de felicidad ocasional, la vida que le vibra en el cuerpo entero y me siento igual a esa familia gris.

Día cinco: ayer, en el Armenia, él me tomó las manos y en ese contacto me traspasó su vigor. El cielo se oscureció y seguíamos allí, mis ojos tragados por los suyos, las manos en el cepo de sus dedos. Hablé como en un confesionario.
Antes de irnos, él anotó algo en una servilleta: era una dirección y una hora. Tómalo o déjalo, dijo. Altanero, se levantó y salió a la noche. Me gustó verle esa arista dura, del que parece arcilla y es roca firme.

Día seis: la servilleta descansa en mi bolso. Recostada en la cama del hostal, miro el cielorraso. Del plafón del techo cae una luz amortiguada por los insectos y polillas prisioneros en su interior. En el plano de la ciudad la dirección corresponde a un barrio viejo y bohemio.  
Imagino un edificio color azafrán en una callejuela cuesta arriba, el frente perforado por balcones con rejas de hierro. Adentro hay escaleras de peldaños trabajados por los pies del tiempo. Tendré que subir en caracol hasta el tercer piso. La puerta se abre en cuanto me paro delante del número quince.
Un fantasma empieza a materializarse. Damián desplaza al madrileño, pero no totalmente. El alma es de Damián, el cuerpo del otro. Dentro de mis ojos abiertos tengo el derecho de inventar lo que se me antoje. Encontraré el alma de Damián allí donde yo vaya.
La habitación es pálida, desnuda, el único mueble que resalta es la cama king size, con dosel de raso carmín, que hace juego con el cobertor: un baldaquino inverosímil, sostenido por columnas barrocas que parecen retorcerse en un orgasmo perpetuo. Hay cuadros sin colgar, como si el madrileño-Damián aún no hubiera decidido dónde ubicarlos. En nuestra casa en Palermo, yo me ocupé de la decoración, Damián no estaba para esas nimiedades.
La luz entra tamizada por unas cortinas de voile. Titubeando me quito el abrigo, elegí el vestido negro, escotado. Soy un ángel oscuro en medio de tanta blancura. Voy directo a la cama roja, un velero de sangre que navega en ese erial descolorido.
En el ambiente rebota la voz morosa de Nora Jones, que tanto le gustaba a Damián.
Cierro los ojos y ya no estoy ni en el hostal ni en la habitación del desconocido. Voy a la casa de Palermo, vacía de muebles y de Damián. Ese mismo día proyecté este viaje, que me costó largos meses concretar. Y ahora estoy sopesando la posibilidad de recibir mi cuota de jolgorio sin amor. ¿Me alcanzará el cuerpo del madrileño? Acaso pueda darme algo distinto. Quién sabe. Siempre esperando más de lo que hay.
Cuando le pregunté por qué yo, él me clavó esos ojos que se apoderan de todo lo que miran y contestó: porque necesitas olvidar. Bueno, pensé, me encontré con un demiurgo bienhechor de la multitud de mujeres solitarias y abandonadas que pululamos por el mundo. Después de todo, la vida no es tan insensible y manda alguna compensación.      

Quisiera que fuese el séptimo día de este viaje y leer lo que escribí sobre el apartamento número quince. Saber si atravesé el umbral de lo consuetudinario. Si conseguí sacudirme el gris, ese mismo gris que cubría a la familia del Pabellón del Espejo. Si me desprendí del alma de Damián, para que algún día sea solo un nombre dentro de una casa deshabitada, que también dejó de existir. 


©  Mirella S.   — 2013 —



Es un relato que publiqué a los pocos meses de abrir el blog,
era más largo y le hice unas cuantas correcciones. 
Lectores de esa época quedan pocos, así que
aquí va nuevamente, como si fuera un estreno.




jueves, 3 de octubre de 2019

La voz del violín




Está inquieta, duerme de un modo entrecortado y cuando abre los ojos cree ingresar en una realidad de sueños.

La figura alta, con la delgadez de un álamo, aparece en medio de brumas. Ámbar no discierne si es un recuerdo o una alucinación. Dejó de verlo cuando era niña, hace ya demasiado tiempo.

Él, su padre, un día tomó el violín y caminó en busca de la música, su único amor. Esa fue la historia que le contó la madre: las frases caían de sus labios filosos cargadas de rencor. Comenzaron a odiarlo juntas.

La mujer amarga, que enroscada en su resentimiento se ocupó de criarla con desgano, ya ha muerto. Ámbar vive sola en la casa seca y vacía, como lo fueron sus moradoras. No le encuentra sentido pensar en él después de tantos años, tampoco comprende la tenacidad del desasosiego.

De pronto escucha una vibración abrupta, como si proviniera del cielorraso. Es recurrente, se asemeja a un llamado.

Persigue la ruta del sonido que la conduce al ático. Abre la puerta, el olor a moho y a encierro la golpea como una cachetada. El sonido se ha hecho música exquisita, llena de variaciones. Es el de un violín.

Camina hasta un estuche polvoriento. Allí está, el arco se mueve sobre las cuerdas. La música le habla, el violín le cuenta una historia, otra historia: la de su padre. Intuye que ha muerto recientemente, cuando empezó el insomnio, la perturbación. El violín es la voz del padre.

Cada nota ejecutada por el instrumento es una palabra que se enlaza con otra y le dice que él nunca la olvidó. Había partido no por amor a la música, sino por amor a una mujer. El violín quedó en el altillo, custodiado por el rencor de su esposa, que no le permitió llevárselo ni ver más a Ámbar.

El arco frota las cuerdas y exhala un trémolo, como el de un sollozo. Luego se eleva, pausado, en agudos que tienden una línea certera en el aire, un puente para unirla al hombre alto. Un puente compasivo que pide y da perdón, una absolución final donde cada uno ocupa el lugar que le corresponde.

La música se enreda en los desperdicios que yacen en el cuarto, bajo capas de cenizas de años mal vividos. Ámbar cruza las manos sobre el pecho, el corazón palpita, suave, dócil. Percibe que el odio se desvanece.

El violín no se detiene, hay algo más que quiere decirle, es sobre su madre. Las notas construyen otro puente, otro perdón, para que Ámbar sea, por fin, libre.



(429 palabras)




©  Mirella S.   — 2019 —









jueves, 19 de septiembre de 2019

Aprendizaje



Telma, la vecina de la pensión en la que se alojaba Natalia, desesperada, le pidió que cuidara a su hijo Simón unos días. Debía viajar urgente a Salta por la muerte de su padre y en Buenos Aires no tenía familiares con quienes dejarlo. Natalia aceptó, con el temor incomprensible de no estar capacitada, no era suelta con los niños y a Simón lo había tratado poco.

Lo vio triste, cabizbajo y pensó que sería por la ausencia de la madre. Para colmo acababa de empezar el colegio primario: un chico tímido, callado, igual que ella. En la primera noche lo oyó llorar en la camita improvisada en la estrechez del cuarto. Era casi un quejido, como el del viento que se filtra por una ventana sin burletes.

Prendió la luz del velador. Simón se acurrucó debajo de la frazada, ella la deslizó apenas para preguntarle si se sentía bien. El niño no contestó. Pudo percibir que temblaba. Lo único que supo hacer fue abrazarlo y quedarse a su lado hasta que la respiración se le fue normalizando y se adormeció.

El día siguiente era sábado. Desayunaron en silencio, Simón siempre con la mirada fija en el mantel. Bebía la leche con desgano y solo le dio un mordisco a la rodaja de pan con dulce de damascos que Telma le dejó, por ser su mermelada favorita.

—¿Vamos a la plaza? —propuso, tratando de sonar entusiasmada.

Simón se encogió de hombros y no levantó la vista.

—Hay sol, te va a hacer bien y así me contás por qué llorabas anoche.

La miró y ella percibió por primera vez la honda soledad en sus ojos de brea espesa, levemente sesgados.

—Soy un cabecita negra*, un chinito ¿no? —dijo como si masticara cada palabra, en lugar del pan.

—De dónde sacaste eso.

—Los chicos del grado. Se reían.

Natalia trató de aliviarlo, pero sus frases le sonaron convencionales. Después del almuerzo, mientras él jugaba distraídamente con un autito, pensó que debía encontrar una metáfora o una forma didáctica para explicarle aquello que lo perturbaba.

Inspeccionó dentro de la heladera, sacó dos cajas de huevos, una con los blancos y otra con los de color. Sobre la mesa empezó a mezclarlos, a formar diseños que cambiaba continuamente.

Simón soltó el juguete y fue directo a la mesa a observar los movimientos de Natalia.

—Qué hace el huevo blanco fuera de la caja —preguntó. Siguió mirando y con el índice señaló la tapa de la caja. —Ese huevo colorado tiene que estar con los demás colorados, no con los blancos.

—Al contrario, hizo bien en pasarse al otro sector.

—Pero le sacó el lugar al blanco, que se quedó afuera.

—Se quedó afuera porque lo eligió, lugar había, él no quiso mezclarse con los “colorados”, como vos los llamás.

—El colorado se metió junto a los blancos… —dejó la frase en suspenso unos segundos y después preguntó—: ¿por qué?

—Para terminar con la discriminación.

—¿La dris cri qué?

—Dis-cri-mi-na-ción, lo que hacen tus compañeros en el cole. Por tu color de piel más oscura. El colorado tuvo el coraje de instalarse con los blancos, en una esquina todavía, pero dio un paso. ¿Entendiste, Simón?

—¿Y si me empujan para que me vaya?

—Apenas se descuiden lo volvés a intentar, hasta que te conozcan.

Le vino a la mente su propia experiencia, cuando en la escuela las compañeras la llamaban la rusa y ella siempre las corregía: soy polaca. Tanto insistió que llegó el día en el que fue Nati para todas.

Él le tomó la mano y Natalia vio como en sus ojos se formaban estrellas de cuarzo.



©  Mirella S.   (texto y foto)   2019 



*Cabecita negra  y chinito son términos utilizados en  Argentina para denominar, despectivamente, a un sector de la población asociado a personas de pelo negro y piel de tonalidad más oscura, provenientes de zonas rurales de las provincias del interior.