viernes, 6 de julio de 2018

Estatua de sal



Voy caminando hacia el punto donde el sol inicia su descenso, como si tuviera la certeza de que es la dirección correcta hacia el mar. O, simplemente, quiero darle la espalda a lo que pasó.

Mis pies se hunden en el suelo blando. La mochila pesa, contiene la botella con agua, un puñado de dátiles, media docena de higos y un chaleco que, quizás, me sirva para la noche si el desierto no termina antes conmigo. Nunca pensé que tendría un instinto de supervivencia tan poderoso que me permitiría seguir sola, sin él. Me miro las manos: en las uñas todavía quedaron atrapados granitos de arena.

Cavar y cavar, sin permiso para las lágrimas; el sudor que gotea en el hoyo las reemplaza. La sequedad del aire se me ha metido adentro y se chupó todo, hasta el dolor. No pude hacer un hueco profundo, debía ahorrar fuerzas. Lo hice rodar despacio y le tapé la cara con la bandana de algodón que le protegía la cabeza. Sus labios estaban entreabiertos y me horrorizaba la idea de que se le llenara la boca de arena. No recé ninguna plegaria, no sabía a quién dirigirla. Apenas dije por qué claudicaste, amor.

Empecé a bajar por la duna. Un punto plateado se movió en el cielo: un avión. Desapareció sin sonido, el calor y la luz deslumbrante se tragan la vida y vomitan silencio. Fue en ese momento que decidí seguir el rumbo del avión, que se dirigía hacia el oeste, hacia el crepúsculo.

¿Qué animales habitan en esta soledad, alacranes, zorros, antílopes? Algún buitre vendrá desde un oasis lejano, ellos saben esperar, por eso viven. Pero peores son los carroñeros que están en las ciudades, de esos hay que desconfiar: nosotros no lo hicimos. Nos sedujeron con su lenguaje áspero, sus turbantes de fuego y las túnicas claras. Éramos dos extranjeros y anoche, después de despojarnos, nos abandonaron. Amanecimos en un campamento tan yermo como la inmensidad que nos rodeaba. 

Caminamos sin rumbo. Él, con toda su fuerza y su coraje, cayó primero. Abrazó el aire y se deslizó lentamente, como si la densidad de la atmósfera lo sostuviera. No hubo ni un quejido de aviso, dejó de respirar, el calor le quemó los pulmones o le licuó el corazón.

Decido resbalar como si estuviera en un tobogán. No te des vuelta a buscar con la mirada lo que dejaste atrás o te convertirás en una estatua de sal como la mujer de Lot. La voz sale de mi cabeza. Me paso los dedos por la frente húmeda y sin hablar contesto: ya me estoy convirtiendo en una estatua de sal, que de a poco se va a derretir y la arena, golosamente, me absorberá hasta la linfa y nadie sabrá que estuve aquí. Las dunas tienen vida propia, se mueven, cambian, desorientan, forman olas, son otra especie de mar, centellean como si contuvieran polvo de diamantes o de estrellas caídas. Si me diera vuelta comprobaría que mis huellas ya no están, que por aquí no pasó nadie.

El horizonte tiembla en una bruma que desdibuja las sinuosidades. Bajar y ascender ¿hasta cuándo, hasta dónde? Me doy cuenta de que algo me  golpea el pecho. Es la cámara de fotos, que como un relicario, cuelga de un cordoncito. Estoy por sacármela y tirarla, pero me acuerdo que tiene registrada la alegría de Casablanca, la medina de Marrakech, su sonrisa abierta en la cara bronceada.

Ahora puedo percibir que el silencio no es absoluto. Hay una casi inaudible nota sin variaciones que vibra en el aire. La canción del desierto. El roce de millones y millones de partículas que se susurran sus orígenes de piedras erosionadas por el dios Eolo en sus infinitos ataques de furia. 

Las líneas ondulantes se multiplican y he agotado el último sorbo de agua, sin embargo, con el sol que declina el aire es más respirable y un leve viento frontal trae lo que me parece el olor salobre del océano. ¿Acaso no son aves las manchas que vuelan alrededor de la naranja desmedida que cae aceleradamente del cielo? Tal vez un par de hileras más de dunas y veré el agua espumosa que lame la orilla. Tal vez sea el delirio de un espejismo y solo estén los buitres esperando.



©  Mirella S.   — 2013 —



Es un relato que publiqué al poco tiempo de abrir el blog.  Aquí va de nuevo. 
¡Gracias y abrazos, amigos!





martes, 12 de junio de 2018

Emperador Augusto




El infarto había sido un aviso, pero Augusto no le llevó el apunte. Apenas le dieron el alta retomó el trabajo con el ritmo de siempre y soltando su risa de cañería tapada, se burló de las recomendaciones de Marina. Se creía invulnerable a la decadencia del cuerpo. Los sesenta años los vivía como el inicio de la plenitud.

En un almuerzo la miró con sus ojos amarillos de búho, volcó el agua mineral de su vaso en la fuente con verduras hervidas y le dijo que se dejara de joder con esa basura para pobres de espíritu y le sirviera comida y bebida adecuada a gente con cojones.

Marina obedecía. La obediencia fue el único recurso que había encontrado para aplacar al general Villalba, su padre, que consideraba a la familia como una prolongación del cuartel.  Conoció a Augusto Fonseca cuando estaba en quinto año del bachillerato. Ni bien cumplió los dieciocho se casó con él, un tipo elegante y atractivo que andaba por los cuarenta, abogado del general, quien afirmaba que el doctor Augusto Fonseca era todo un hombre, que las tenía bien puestas. El general acompañaba la aseveración deslizando los dedos por la bragueta y terminaba el gesto con la mano abierta abarcando sus partes viriles. Y solía subrayar que el nombre le calzaba a la perfección: Augusto poseía el poder y la dignidad de un emperador.

El despotismo de Augusto, durante los primeros años de vida en común, fue más sutil que el del general. Disimulaba la impaciencia y las órdenes arbitrarias venían envueltas en papel dorado con moños de colores. La trataba como a una muñequita de porcelana. Se anticipaba a sus deseos, comprando su amor con regalos y Marina, deslumbrada, no reconocía si realmente esos objetos suntuosos eran deseos suyos. 
Ella creyó que con el matrimonio lograría florecer, algo impensado en la casa del general y que, por ósmosis, absorbería la “augustidad” que derrochaba su marido. Sin embargo, cuando no fue más la novedad ocupó el lugar periférico de una luna sin luz propia que gira alrededor del planeta primario. Y no hubo diferencias notables entre Augusto y el general Villalba.

El ACV lo tuvo un año después del infarto. Augusto, de emperador, pasó a ser un vejete hemipléjico con la boca oblicua y el ojo derecho entrecerrado en un guiño permanente. Marina empezó a perderle el miedo, que por veinte años había pretendido neutralizar con una mansedumbre lánguida.

La energía de Augusto se concentró en el ojo sano, fijo y alerta. Casi no podía hablar, igualmente se las ingenió para que entendiera que la quería en la clínica día y noche. A veces, cansada, iba hasta la puerta de la habitación para caminar por el pasillo. Sentía un pinchazo en la nuca, se daba vuelta y ese medio cadáver la amenazaba desde el índice levantado. Conseguía emitir algunos sonidos, abriendo mucho la boca torcida, como si entre la lengua y el paladar tuviera una papa caliente.

Cuando volvieron a la casa, si se quedaba solo, emitía unos ruidos roncos para expresar su furia, hasta que Luisa o ella aparecían corriendo. El poder aún lo ejercía con su mirada de perro guardián.

Durante los años inertes transcurridos antes de la apoplejía, Marina buscó ciertas compensaciones y soñó que era Anna Karenina o Lady Chatterley. Luisa hacía los trabajos domésticos; oscura y callada, sentía adoración por Augusto y era notorio que la vigilaba. Sin embargo ¿qué chismes hubiese podido contarle al imperial patrón? ¿Que la señora Marina pasaba las horas leyendo o mirando viejas películas por televisión? La alcahueta ignoraba que había convertido al augusto emperador en un cornudo de categoría porque sus amantes eran todos tipos célebres. Igual que  la Maga, había hecho el amor con Horacio Oliveira y se había subido al tranvía del deseo con un hombre brutal llamado Kowalski, idéntico a un Marlon Brando joven. Su insípida revancha fue imaginar que los cuernos de Augusto crecían y se enroscaban alrededor de su cabeza, en una suerte de corona áurea.

Marina preguntó al médico si Augusto se recuperaría. Él le contestó: de rehabilitación funcional muy pocas, pero es fuerte como un toro. Si no tiene preocupaciones y estrés, antes nos enterrarán a usted o a mí. “Yerba mala, nunca muere” —pensó ella— y ese dicho le pareció amargamente cierto.

Con la papa caliente en la boca Augusto gritaba algo que llegó a descifrar como A-i-na y Lu-ia y esos llamados resultaron una forma nueva de atadura, de obligarla a la obediencia. Lo más insoportable era dormir a su lado, meterse entre esas sábanas con olor a viejo y también con olor a hombre, porque su parte viva no se rendía y su deseo la alcanzaba con toda la rabia de la frustración. Marina se levantaba para tomar agua o a mirar por la ventana del living las luces en la noche. Incapaz de volver al dormitorio, se recostaba en el sofá y amanecía despierta y con los pies ateridos.

La salvación llegó con Germán Dátola. Su cara fue lo primero que le atrajo. La calificó de chocante, quizás por lo contradictoria: sus ojos grises parecían de acero líquido, mientras que en su boca había cierta obsecuencia y blandura. Un flequillo sedicioso, que él rastrillaba con sus dedos para apartarlo de la frente, le daba un calculado aire inofensivo. Acompañaba a los socios del estudio jurídico para concretar la compra de la parte de Augusto.

Marina entró en posesión de un dinero que no sabía cómo administrar. Llamó a Germán y le pidió que la asesorara. Él se tomó muy en serio lo del asesoramiento; con asiduidad iba hasta la casa para informarle sobre la cotización de la Bolsa, la conveniencia de fraccionar el portfolio de las acciones, las falsas alarmas de una abrupta devaluación, la suba del dólar.
      
Una tarde la había besado y en el beso no hubo ni blandura ni obsecuencia. Cuando él se fue, Marina se metió en el baño y cerró la puerta. Dejó que el agua le corriera por la cara y decidió ser una protagonista de carne y hueso. Despidió a Luisa. Ella sacudía la cabeza, los ojos como dos grietas de tierra. Antes de irse le dijo: al señor terminará matándolo de un disgusto.

Al atardecer fue a caminar con Germán y casi pudo olvidarse de Augusto. Volvió a tiempo para alcanzarle la bandeja con la cena. Tenía una expresión crispada, de su boca surgía un ruidito burbujeante, como si hiciera gárgaras. Y de entre la maraña áspera de sonidos, obsesivamente, repetía Lu-ia. Marina acercó los labios a su oído y escandiendo cada sílaba le informó que Luisa se había ido. El barboteo subió unos decibeles y se produjo una variación de consonantes. Estaba segura que le dijo puta.

Germán había desplegado una estrategia, inédita para ella. La cortejó, la sedujo lentamente, la apartó de amores de papel y celuloide, de imágenes anacrónicas de Marlon Brando en jeans y musculosa.

Se mudó al cuarto de Luisa; no volvería a acostarse en la cama con Augusto. La vejez y la enfermedad no habían menguado su vocación de macho. Lo había visto espiarla con la complicidad del espejo. Se estaba secando después de la ducha, había dejado la puerta entreabierta y vio la cabeza de Augusto reflejada en el espejo del baño, observándola lúbricamente desde la cama.

Augusto ya no gritaba, de tanto en tanto balbuceaba un u-ta y en su ojo el miedo y el odio eran una sola cosa. Marina lo lavaba, le daba de comer, lo atendía como corresponde a una esposa abnegada. Pero por dentro algo se estaba gestando, como si fuera la reparación de una afrenta secreta a la que se había sometido por demasiado tiempo.

Acomodó a Augusto en la silla de ruedas para cambiar las sábanas. Eligió unas sedosas, con pájaros azules. Mientras las estiraba presintió la mirada de Augusto resbalándole por la espalda. Lo condujo hasta el baño y fue a buscar a Germán que la esperaba en el living.

Entraron al dormitorio. Él la sostenía por la cintura. Pausadamente empezó a desvestirla, ya desnudos se dejaron caer sobre la cama. Los brazos y piernas de Marina estaban rígidos, quizás tendría que adoptar una postura más voluptuosa, como había visto en tantas películas, arquear la espalda o aprisionarlo con las rodillas. Los labios de Germán recorrían su piel como sanguijuelas ávidas, extrayéndole estremecimientos de placer que la sacaron de esas especulaciones y de la pasividad con que había aceptado el poderoso bombeo mecánico del emperador.

Se dejó llevar, compartiendo una risa íntima con Germán. Al final gritó y su grito se superpuso al estertor de Augusto que, probablemente, había intentado incorporarse, porque después lo encontraron tumbado en el piso del baño.



©  Mirella S.   — 2011 —




martes, 15 de mayo de 2018

La búsqueda

Imagen: Mustafa Dedeoglu



Recorre las calles y observa con atención. Aún no encontró esas palabras, las palabras que exclusivamente le hablan a él. 

Muros, portones, incluso las cortinas metálicas de los negocios solo ofrecen su desnudez, el polvo chorreado por las lluvias, a lo sumo jeroglíficos incomprensibles, iniciales y firuletes hechos con aerosol o aquellos graffitis escritos con fibras, que terminan por diluirse junto a la mugre. 

De tanto en tanto aparece el contorno de un corazón solitario, sin la flecha que lo parta en dos. Vamos, eso se dibujaba en otras épocas, cuando el amor dolía más; pero él sabe que es una afirmación falsa: el amor siempre duele en algún momento. Qué absurdo, cómo puede opinar si nunca estuvo enamorado, ni siquiera está seguro de que esos desgarros internos que sintió tengan que ver con el amor. El amor verdadero —se lo dice como quien repite el texto de una lección— si es verdadero no duele, al contrario, da alegría y ensancha por dentro. 

No debe perderse en digresiones, únicamente quiere encontrar la frase destinada para él. Si no la encuentra seguirá arrebujándose en la cueva de la incertidumbre en la que vive desde que tiene memoria.

Una vez, en un sueño sigiloso, él iba por una calle escasamente alumbrada y se arrastraba —como uno se arrastra en ciertos sueños, con lentitud y desgano— cerca de un paredón lleno de inscripciones y dibujos. Sus ojos semi entornados no conseguían ver lo que estaba escrito. Avanzaba como una oruga cansada.

Un escrito hizo que se detuviera. Su mano se extendió durante una eternidad hasta alcanzar esas letras que lo incitaban. Las tocó, igual que si las estuviera escribiendo. El revoque del paredón era tosco y le raspaba las yemas, pero continuó en su caricia porque esas cuatro palabras iban dirigidas a él. Eran cuatro, el único recuerdo certero que le quedó.   

En la penumbra apenas podía ver esas letras negras en la calle oscura de un sueño inverosímil, como todos los sueños. Y el observador lúcido que forma parte del soñador, le sugirió que buscara el nombre de la calle para encontrarla en la vigilia. Sus pies reptaron hacia una esquina ignota, con un farol sumergido en el follaje de un árbol. Vio el cartel y solo logró leer la primera letra, una “D”. El resto desaparecía en la hondura de la noche. 

Cuatro palabras perdidas que eran para él, una “D” y un árbol alto y frondoso en una esquina. Esa ha sido su búsqueda por años, que ahora se alarga hacia suburbios cada vez más ajenos. Como un ladrón de su propio sueño, él persigue aquellas cuatro palabras para que le despierten el alma.




©  Mirella S.   — 2010 —





miércoles, 2 de mayo de 2018

Little man




De vez en cuando recuerda alguno de sus viajes, ahora les perdió el gusto, el interés y los recursos. Su mente  convoca una escena que le quedó grabada de uno de los últimos que hizo sola.

Había ocupado una mesa junto a la ventana con vista al boulevard de esa avenida elegante. Todavía era temprano y las calles estaban tan frías que Clara necesitó dejar de recorrerlas con sus pies doloridos y la garganta irritada.

En el vidrio vio un tenue reflejo de sol que quería y no quería aparecer. Igual que ella, siempre queriendo y no queriendo mostrarse. O no pudiendo surgir, como un sol vencido por las nubes.

El café estaba en la planta baja de la librería más prestigiosa de la ciudad; en ese viaje se había convertido en su lugar de asilo. Ya había comprado dos libros y tenía su café, podría permanecer horas allí, era mucho mejor que regresar al deprimente cuartucho del hotel, oscuro y angosto como una celda.

Abrió uno de los libros, leía bastante bien en inglés, pero aquella mañana no lograba concentrarse. Sus ojos fluctuaban desde las letras hasta el exterior y vagaban por el ambiente cálido. Se acercaba el mediodía y las mesas se iban ocupando. En la más próxima una mujer anciana bebía a cucharadas una sopa roja y espesa.

Cuando no quedaron mesas vacías, los que entraban compartían con las que aún disponían de una silla libre. Un hombre canoso, de aspecto distinguido, se sentó enfrente de una chica asiática portadora de un buen surtido de piercings que, pensativamente, cortaba un waffle con frutillas.

Clara disfrutaba de su rol de observadora. Vio a un hombre flacucho, de muy baja estatura que deambulaba por el local con su bandeja extendida como una mano pidiendo limosna. Se acercaba en su dirección y ella, con cierto asombro por su iniciativa, le indicó el asiento de enfrente sin ocupar. El hombrecito quedó en suspenso unos segundos y agradeció mientras apoyaba la bandeja sobre la mesa.

Estaba muy bien vestido, era tan menudo que hubiera jurado que sus pies no llegaban a tocar el piso. Tenía la cara de un niño viejo y un problema un tanto escalofriante en la vista. Usaba lentes y el ojo izquierdo aparecía desmesuradamente agrandado, como si el vidrio fuera una lupa. El derecho era normal, de un azul tímido. Sintió una emoción exagerada, una ternura que le pareció fuera de lugar.

Somos dos marginados, dos que no tienen demasiado que ver con el entorno, raros, torpes. Mentalmente se rió: qué flor de proyección te mandaste, Clara. El hombrecito avanzaba sobre su porción de tarta de verduras con bocados enérgicos.

Él debió sentir su mirada y le preguntó si no almorzaba. Ella, en su pésimo inglés, le contestó que no tenía hambre, había desayunado tarde. Iniciaron un breve diálogo insubstancial, Clara no entendía del todo las frases pronunciadas por el ocasional compañero de mesa y estaba más pendiente de lo que le provocaba su presencia.

Le hubiera gustado contarle el encuentro a Pablo. Ese viaje lo había planeado y hecho sola, en una de sus tantas escapadas que, como un maremoto, la asaltaban de vez en cuando en la imperiosa urgencia de alejarse. Pablo le habría prestado poca atención, ocupado en chequear los mensajes que lo apuraban a anticipar la entrega del guión. Se habría limitado a decir, con un sarcasmo recientemente adquirido: qué galán te echaste. Clara comprendió, mientras miraba al hombrecito, que hay sensaciones y hechos que no se pueden compartir, que son para uno, que deben preservarse como pequeños objetos frágiles que, si son exhibidos, se distorsionan.

El hombrecito se quitó unas migas de las comisuras con la servilleta y le sonrió. Clara sintió que esa sonrisa era todo lo que necesitaba en ese momento. Una sonrisa triste, parecida a la de ella. La sonrisa de un alma irremediablemente melancólica.

Él miró su reloj, que parecía bailarle en la muñeca diminuta. Suspiró y dijo algo incomprensible, metió la mano en un bolsillo interior del saco y le tendió un cartoncito blanco. Ella lo tomó sin leerlo y trató de descifrar lo que le decía esa voz quebradiza y lo único que comprendió fue que quería volver a verla, tomorrow, misma hora, mismo lugar. Misma sonrisa triste.

Clara, como si otra lo hiciera por ella, movió la cabeza en un gesto de asentimiento. El hombrecito se levantó, se puso el abrigo, le estrechó la mano y se perdió entre las mesas.

El sol le ganó la partida a las nubes y su luz ambarina perfiló los rascacielos. Clara leyó la tarjeta: Edward Gibson, councelor y debajo un par de números de teléfono.

No se preguntó por qué había asentido ante la invitación. Mañana a esa hora estaría en el aeropuerto.



©  Mirella S.   — 2017 —



Hola amigos, vengo bastante complicada con trámites y tratamientos, 
así que los visitaré dentro de mis posibilidades. 
Cada tanto publicaré algo viejito para no dejar tan vacío el nido.


Un fuerte abrazo para todos.



jueves, 19 de abril de 2018

La silla vacía

Imagen: Claudia Méndez Cordero


El luto se ha afincado detrás de sus ojos quitándole la luz que los caracterizaba. A ella, la llorona, no se le cae siquiera una lágrima escuálida. Ya no sabe llorar.

El dolor que la tritura por dentro —por fin puede comprenderlo— no se debe a la falta física, sino a algo más profundo y complejo.

Pararse junto a una silla vacía donde nadie se ha sentado es percibir el vacío en toda su completitud. Eso fue su familia: un asiento desocupado, un manual de normas indiscutibles o de reproches y después un grupo de fantasmas, de aquellos que se llevan adentro de por vida.

Vuelve sobre el mismo pensamiento: su duelo no es porque no están más y se quedó sola, sino por la carencia del afecto y su manifestación en los minúsculos gestos cotidianos. Saberse apreciada y valorada por lo que es y no por lo que hubiera debido ser.

Achicó su mundo; tomó el tamaño de una naranja y cabía en su bolso. Pero cómo pesaba. Cuánto tiempo herido y sin cauterizar.

En el aliento titubeante de las horas, que reptan como gusanos perdidos, mira la silla vacía: una imagen gestáltica* muy adecuada.

Se le ocurre que quizás ella deba sentarse y así librarse de las figuras espectrales que siempre la asedian, incluso cuando cree haberlas olvidado.

Sentarse y ocupar su lugar y no ponerse en el lugar de los otros, como hizo en tantas oportunidades con escasos resultados. Ocupar el lugar que, a su vez, dejó vacío. El lugar  que cedió por esa vocación pacifista y que ahora le suena a cobardía, aunque sabe que cualquier confrontación hubiera sido inútil. En esa casa todo era blanco o negro. Los sentimientos y necesidades humanos, en cambio, tienen miles de matices.

Por eso se fue en cuanto pudo, sin embargo, se llevó a cuestas la silla vacía. De pie la miraba y le dolía su vacuidad, probablemente desde su matiz de niña ignorada o de mujer orgullosa que se creía autosuficiente.

Ahora va a doblar sus rodillas y se sentará. Llegó el momento de apaciguar nostalgias de algo que nunca hubo.





* Gestalt: es una corriente psicológica humanista que trabaja mucho con la "silla vacía", una técnica terapéutica para aliviar y cerrar etapas de duelo.



©  Mirella S.   — 2018 —




lunes, 22 de enero de 2018

A sus espaldas



Trata de ablandar con el tenedor de plástico los grumos del puré para hacerlo más comible. La mujer que ella cuida escupe todo lo que no sea homogéneamente cremoso, ya no quiere masticar. En los hospitales públicos no se pueden pedir delicadezas: la precariedad  y la inoperancia gobiernan.

En el que la enviaron todo se derrumba sin remedio, se oxida, descascara y emana un olor envilecido que ni los desinfectantes logran disimular. Se encuentran en la terapia de la guardia, en la que hay una docena de camas desvencijadas que ya no cumplen con sus funciones originales. La antesala de la muerte para muchos —piensa— y para los más afortunados, el paso previo a la sala común, en el caso de que dispongan de sitio.

Sigue con su tarea cuando detrás de ella algo la alerta. No se da vuelta. Procura, en vano, que la mujer abra grande la boca para introducirle la cuchara con el puré. Es una lucha cotidiana que la deja sin fuerzas y con dolor de cintura por la posición inclinada.

Sin embargo, y a pesar del calor apenas removido por los ventiladores de techo, un largo estremecimiento le tensa los omóplatos. Apoya la palma de la mano en su nuca: está fría.

Intuye la presencia de la indeseada, la temida. ¿Se acerca? La mujer a la que cuida está desahuciada y en sus cada vez más escasos momentos de lucidez, lo sabe. Hace como que no le importa, probablemente no sea así, una parte de ella se aferra con tenacidad a algún borde de este lado. Puro instinto de supervivencia.

La que la cuida, en cambio, el abismo de lo desconocido no le produce temor, sí la lenta agonía, la avidez del dolor que se encarniza y se expande por los cuerpos enfermos convertidos en materia que se desintegra, aún antes de que la sombra helada se apodere de cada una de sus células.

La presiente a sus espaldas con una particular sensibilidad.

La mujer come con los ojos cerrados, apenas entreabre los labios y el puré chorrea por una de las comisuras. Con la servilleta la limpia, mientras escucha movimientos alrededor de la cama vecina, pasos que se acercan y se alejan, susurros.

Espera unos instantes más y gira la cabeza para observar. El hombre de la cama contigua yace boca arriba, le han subido la sábana para cubrirle la cara.

No se equivocó, la ominosa ha hecho su visita y se fue con su trofeo. Por ahora siguió de largo, todavía no es tiempo de la siega.

Ellas son dos mujeres solas que esperan.



©  Mirella S.   — 2018 —



Este texto lo escribí hace un par de semanas y no pensaba publicarlo.
La escena ocurrió en noviembre, poco después de que mi hermana fuera internada.
La visitante nefasta le concedió dos meses más de sufrimiento.
Apareció el jueves pasado y se la llevó.

Hasta cuando me sienta mejor. Un abrazo enorme para todos.



miércoles, 17 de enero de 2018

Halcones




Después de días inestables, de lluvias persistentes y nubes alquitranadas que jugaban carreras con el viento, ellas volvieron. El pecho gris perla, las alas como pintadas con carbón. Ellas: las golondrinas.

También reaparecieron los halcones. El gobierno de la ciudad los había traído, años atrás, para espantar a las palomas, convertidas en plaga.

Por el barrio de Clara había dos halcones, ahora son cuatro. Sobrevuelan los edificios, oscuros, temibles. Sin embargo, las palomas se han habituado a su presencia y conviven con el enemigo en relativa paz. Es que ellas son tantas que la pérdida de algunas no se percibe. Cuatro contra miles.

Hubo una época en que los halcones se fueron o tal vez incursionaron en otras zonas. Clara piensa que su regreso se debe a que las golondrinas les resultan un bocado más apetecible. Ellos acechan desde las cúspides de parabólicas; son estatuas de plumas tiesas, con aspecto inquisitivo, la cabeza girada en un perfil cortante de pico y ojo de acero.

Clara, temporada tras temporada, celebra el regreso de las golondrinas. Este noviembre, en sus escasos ratos libres, mira más el comportamiento de los halcones. Nunca los vio atacar. Se mantienen apartados en las atalayas de las antenas. No vuelan juntos como las golondrinas, que dibujan arabescos en el aire, incansables, ruidosas, cuchicheando trinos secretos o gritándose mensajes en código.

Los halcones observan, callan. Cuando se desplazan lo hacen lento, planean majestuosos, las alas extendidas y se pierden entre los vericuetos de las torres. No se comunican entre sí, no dejan oír la aspereza de su voz. Los han desterrado para que cumplan una misión lejos de su elemento y el nuevo territorio está formado por compactas hileras de concreto llenas de ojos por donde los espían.

Las golondrinas son el movimiento inherente a lo vital; los halcones son los guardianes de la muerte.

Clara, este año, se siente atraída por esas siluetas impávidas apostadas en una antena próxima a su balcón, se identifica con los halcones, como si mediante su presencia altanera hubiese descubierto algo que antes despreció en ella y que también le pertenece. Hoy más que nunca.




 ©  Mirella S.   — 2017 —






sábado, 6 de enero de 2018

Blancaluna



Los Reyes del Prado Esmeralda eran queridos por su pueblo, pero tenían una enemiga terrible: la Marquesa Manos Negras, que practicaba la magia. La llamaban así porque un día, preparando una de sus pociones, se le derramó sobre las manos que tomaron el color del carbón.

Cuando la Reina tuvo una hija buscaron una madrina. En esa región se acostumbraba que fuese un hada. Eligieron a una bellísima, llamada Estrella Fugaz. El Hada Mayor no estaba de acuerdo con la elección, era demasiado joven y sumamente despistada. Sin embargo, ante la insistencia de los Reyes, accedió.

En cuanto la Marquesa supo a quién habían designado como madrina de la princesita, se frotó la negrura de sus manos: había llegado el momento de la venganza.

El Hada Mayor le hizo a Estrella Fugaz mil recomendaciones antes de su partida. Ella, apenas dejó la Nube de Oro donde vivían las hadas, olvidó los consejos y se distrajo siguiendo un pájaro de alas azules. El Hada Mayor, que era precavida, envió también a Luciana, la supervisora de las hadas jóvenes, para solucionar posibles inconvenientes.

En el palacio los Reyes y sus invitados estaban nerviosos por la tardanza de la madrina. La Marquesa, desde su escondite, espiaba lo que ocurría en el salón. Con un disfraz de hada, se había puesto guantes blancos y portaba una varita de su fabricación. Se dirigió a la cuna y dio inicio a la ceremonia:

—Te llamarás Blancaluna y serás la Princesa de la Noche. Exangüe y fría, luminosa como un faro encendido en las tinieblas del cielo, todos te amarán, aunque permanecerás siempre sola, lejana e inalcanzable. Tendrás por compañeros al viento y a las nubes; no podrás hablar con ellos porque eres muda y las nubes sordas y cambiantes: van donde las lleva el viento. Del color de la crema batida y redonda igual que una esfera, vendrá el tiempo en que te irás encogiendo y te convertirás en un gajo cada vez más fino hasta desaparecer por completo. Pasados unos días crecerás de nuevo, recuperando de a poco el volumen de tu cuerpo, para declinar una y otra vez. Así será mientras el universo exista.

Y la tocó con su varita.

El hada Luciana había reconocido a la Marquesa. De inmediato se volvió invisible, se aproximó a la cuna de la pequeña y la cubrió con su cuerpo transparente. En el apuro de servirle de escudo se le cayó la varita protectora.

Enseguida que la Marquesa terminó el maleficio, pareció que la princesita se cubría de una extraña palidez e irradiaba un halo plateado. Los presentes vieron con horror como una claridad circular salía por la ventana. Estrella Fugaz, que acababa de llegar, al comprender lo ocurrido, asustadísima, se ocultó detrás de una columna. A los pocos segundos estaba pendiente del ir y venir de un enorme escarabajo azabache.

El Rey llamó a los soldados de la guardia para que detuvieran a la falsa madrina, pero la Marquesa había desaparecido y nunca más supieron de ella.

La Reina corrió hasta el balcón y comenzó a llorar inconteniblemente. Era una noche ventosa de invierno. Las lágrimas de la Reina se deslizaban por la baranda del balcón y en el aire frío se congelaron en el acto, transformándose en gotas de cristal. El ventarrón las elevó, las diseminó como una llovizna de brillantes y rodearon a Blancaluna que, en su plenitud, refulgía en  la oscuridad.

El silencio triste del salón fue interrumpido por un llanto suave proveniente de la cuna. Todos se acercaron a mirar y allí estaba la princesa, agitando sus manitas. Hubo abrazos y exclamaciones de regocijo y los presentes se preguntaron quién había ocupado el lugar de la niña, quién era Blancaluna.
El Hada Mayor, que había observado los acontecimientos sin moverse de la Nube de Oro, compareció ante los Reyes.

—Es Luciana, que para salvar a la princesita, demostró su valor y nobleza. Ella es Blancaluna y será de gran ayuda para los caminantes, iluminará los senderos para que no se pierdan y continuará ofrendando su generosidad y hermosura. Tampoco estará sola, las lágrimas vertidas por el amor de una madre la acompañarán siempre.

A Estrella Fugaz, debido a su irresponsabilidad, la echaron del reino de las hadas y desde entonces vaga en el cielo, sin rumbo fijo.



©  Mirella S.   


Este es un relato de la época remota en que escribía cuentos infantiles. 
Lo publico para recordar y rescatar a la niña que fui. 
Los abrazo y les agradezco la compañía y el afecto.




martes, 28 de noviembre de 2017

17. Domadora de tristezas



Querido Elio, en el vacío que se forjó con tu ausencia, cuántas historias pude haberte contado. Quiero pensar que las habrías absorbido con interés desde tus ojos hechos de cielo y mar, ofrendándome esa sonrisa en la que soñé ver tu alma.

Se transita la vida a la sombra de los recuerdos que dejan las experiencias de la niñez. No se olvida el dolor, los temores, con el tiempo cambian de cara. Lo que todavía persiste en mis evocaciones es el mutismo que se expandió en la familia después de la muerte de mamá. El mutismo que fue mi acompañante solitario.  

A los trece años hice una prueba, una especie de voto de silencio, eliminando hasta los monosílabos o las frases mínimas de la comunicación cotidiana. Ninguno preguntó qué me pasaba y cada cual siguió en lo suyo. Nuestro padre, al volver de sus clases de latín e italiano, refugiaba su opacidad en el dormitorio. Sonia, tímida, poco valorada, comentaba únicamente los problemas domésticos. Vos aún estabas en el exilio y Bruno ni me veía, ocupado en acumular la fortuna que se había propuesto conseguir.

Yo era una mancha desvaída, como un personaje de película fuera de foco, en un plano secundario. Pensé que no era real, quizás me soñaba a mí misma.

Ahora se acabó la familia y no tengo nostalgias de nadie, ni siquiera de vos. Solo queda tu nombre, la cara atemporal de una fotografía en mi biblioteca y la certeza de que te idealicé tanto que me sería imposible reconocerte ahora, un hombre ya mayor.

Bruno vive en Miami y nos hablamos por teléfono con mucha más frecuencia de la que me hubiera imaginado. La larga conversación que mantuvimos en un café antes de irse, con el tiempo llevó a cabo su labor: mitigó resentimientos, deshizo algunos nudos que parecían indisolubles.

Con Sonia la relación se consolidó y ahora somos madre e hija del alma; disfruto que en su vida haya placidez y pequeños proyectos. En nuestras sesiones de recuerdos siempre me habla bien de vos. Dice que la trataste con respeto y hasta le trajiste un regalo al regreso de uno de tus viajes. Me lo mostró: ese delicado cofrecito de madera labrada, que aún guarda en su interior el aroma del naranjo con el que fue hecho.

En cuanto a mi vida, si la miro con el ojo exitista de esta época, es un completo fracaso. Hace veinte años que enseño en el mismo Instituto y sigo instalada en el monoambiente que me dio César, un buen hombre al que no conociste. Pude armar un taller de arte, no tengo muchos alumnos, me gusta elegir a los que les veo una vocación auténtica, no busco más.

Traté de hacer exposiciones con mis obras, presenté books con fotos de mis trabajos en varias galerías de arte. Los rechazaron, ninguno cuadraba con el “estilo” que ellos requerían. Comprendí que al rechazo también contribuía mi falta de interés por exponer. Había escuchado más las sugerencias de las voces externas que a las internas: ellas me decían que no necesitaba grandes exhibiciones.

Dejé de ocuparme en esa tarea estéril y volví a lo mío: pintar. En mi mente empezó a surgir un murmullo leve que pugnaba por modelar una idea. Cuando el mensaje fue claro lo concreté, se ajustaba a “mi” estilo.

Un diciembre, con el apoyo de Iván, el dueño del café al que voy seguido a escribir, organicé una muestra con los trabajos de los alumnos y agregué algunas de mis pinturas. A la gente del barrio le gustó la movida cultural y ahora la hacemos cada dos o tres meses. Estos eventos sencillos me proporcionan entusiasmo, ganas y tuve la satisfacción de que me compraran varios cuadros.

Fui una mujer urdida sobre un sedimento de melancolía y por un tiempo demasiado largo caminé con la tristeza cosida a los ojos y una sonrisa amable para enmascararla. Continúo batallando con esta languidez endémica y me siento como una domadora de tristezas.

 Después del divorcio con César, me afirmé en la creencia de que no me enamoraría. Hubo otras relaciones equivocadas y me vi como un animalito cerril que no se adaptaba ni entregaba a nadie, atrincherada detrás de la débil sonrisa cortés. En mi corazón se habían silenciado los sentimientos y deseos por un hombre, solo era una masa de fibras palpitantes del grosor de un puño.

Hasta que conocí a Iván y entré en un puro tembladeral de emociones en las que me hundía y elevaba, flotando en mi deshielo. Sé que también le atraigo, lo percibo en su mirada y cuando sus manos rozan las mías. Supongo que los dos tenemos miedo y no queremos herirnos, él también arrastra experiencias dolorosas.

Con esta carta sin destino te suelto, te dejo libre, querido Elio.

No investigué tu posible paradero, si estabas todavía en esta dimensión o te habías ido a alguno de los planos infinitos de los que se compone la eternidad.

Preferí inventarme una historia, imaginarte una vida calma, lejos de guerras y odios, sin demasiadas zozobras, escribiendo un libro sanador que catalizara errores, para perdonarte y perdonar a los que te desterraron..

Te veo en aquella casa modesta, que visité hace muchos años, con el fin de desentrañar el secreto de tu pelea con Bruno. Esa casa con rejas en las ventanas que dan a la calle, donde escuché voces y risas de niños, que fueron creciendo y te dieron nietos. Quizás te desconcentren de tus reflexiones, de la escritura, te traigan a la realidad y entonces les brindes el amanecer de tu sonrisa. La vida anónima que elegiste es serena junto a Micaela, la mujer que siempre amaste. Así anhelo creerlo.



Fin



Queridos amigos, no quise dejarlos con la intriga sobre el desenlace de la historia. Mis disculpas por publicar un borrador del último capítulo, pero no estoy en condiciones de corregirlo.

Tengo a mi única hermana internada en estado grave. Por eso tampoco contestaré los comentarios y no podré visitarlos.
Leí con gran emoción los que me dejaron y también leeré los de este capítulo. 

Les agradezco enormemente que me acompañaran en
la aventura de publicar esta nouvelle.

Los abrazo a todos contra mi corazón. Gracias, gracias y hasta pronto...




Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. También hace trampas con el testamento. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella. Piera encara a su hermano y obtiene su parte de la herencia y la de Sonia.



©  Mirella S.   — 2017 —