jueves, 19 de abril de 2018

La silla vacía

Imagen: Claudia Méndez Cordero


El luto se ha afincado detrás de sus ojos quitándole la luz que los caracterizaba. A ella, la llorona, no se le cae siquiera una lágrima escuálida. Ya no sabe llorar.

El dolor que la tritura por dentro —por fin puede comprenderlo— no se debe a la falta física, sino a algo más profundo y complejo.

Pararse junto a una silla vacía donde nadie se ha sentado es percibir el vacío en toda su completitud. Eso fue su familia: un asiento desocupado, un manual de normas indiscutibles o de reproches y después un grupo de fantasmas, de aquellos que se llevan adentro de por vida.

Vuelve sobre el mismo pensamiento: su duelo no es porque no están más y se quedó sola, sino por la carencia del afecto y su manifestación en los minúsculos gestos cotidianos. Saberse apreciada y valorada por lo que es y no por lo que hubiera debido ser.

Achicó su mundo; tomó el tamaño de una naranja y cabía en su bolso. Pero cómo pesaba. Cuánto tiempo herido y sin cauterizar.

En el aliento titubeante de las horas, que reptan como gusanos perdidos, mira la silla vacía: una imagen gestáltica* muy adecuada.

Se le ocurre que quizás ella deba sentarse y así librarse de las figuras espectrales que siempre la asedian, incluso cuando cree haberlas olvidado.

Sentarse y ocupar su lugar y no ponerse en el lugar de los otros, como hizo en tantas oportunidades con escasos resultados. Ocupar el lugar que, a su vez, dejó vacío. El lugar  que cedió por esa vocación pacifista y que ahora le suena a cobardía, aunque sabe que cualquier confrontación hubiera sido inútil. En esa casa todo era blanco o negro. Los sentimientos y necesidades humanos, en cambio, tienen miles de matices.

Por eso se fue en cuanto pudo, sin embargo, se llevó a cuestas la silla vacía. De pie la miraba y le dolía su vacuidad, probablemente desde su matiz de niña ignorada o de mujer orgullosa que se creía autosuficiente.

Ahora va a doblar sus rodillas y se sentará. Llegó el momento de apaciguar nostalgias de algo que nunca hubo.





* Gestalt: es una corriente psicológica humanista que trabaja mucho con la "silla vacía", una técnica terapéutica para aliviar y cerrar etapas de duelo.



©  Mirella S.   — 2018 —




lunes, 22 de enero de 2018

A sus espaldas



Trata de ablandar con el tenedor de plástico los grumos del puré para hacerlo más comible. La mujer que ella cuida escupe todo lo que no sea homogéneamente cremoso, ya no quiere masticar. En los hospitales públicos no se pueden pedir delicadezas: la precariedad  y la inoperancia gobiernan.

En el que la enviaron todo se derrumba sin remedio, se oxida, descascara y emana un olor envilecido que ni los desinfectantes logran disimular. Se encuentran en la terapia de la guardia, en la que hay una docena de camas desvencijadas que ya no cumplen con sus funciones originales. La antesala de la muerte para muchos —piensa— y para los más afortunados, el paso previo a la sala común, en el caso de que dispongan de sitio.

Sigue con su tarea cuando detrás de ella algo la alerta. No se da vuelta. Procura, en vano, que la mujer abra grande la boca para introducirle la cuchara con el puré. Es una lucha cotidiana que la deja sin fuerzas y con dolor de cintura por la posición inclinada.

Sin embargo, y a pesar del calor apenas removido por los ventiladores de techo, un largo estremecimiento le tensa los omóplatos. Apoya la palma de la mano en su nuca: está fría.

Intuye la presencia de la indeseada, la temida. ¿Se acerca? La mujer a la que cuida está desahuciada y en sus cada vez más escasos momentos de lucidez, lo sabe. Hace como que no le importa, probablemente no sea así, una parte de ella se aferra con tenacidad a algún borde de este lado. Puro instinto de supervivencia.

La que la cuida, en cambio, el abismo de lo desconocido no le produce temor, sí la lenta agonía, la avidez del dolor que se encarniza y se expande por los cuerpos enfermos convertidos en materia que se desintegra, aún antes de que la sombra helada se apodere de cada una de sus células.

La presiente a sus espaldas con una particular sensibilidad.

La mujer come con los ojos cerrados, apenas entreabre los labios y el puré chorrea por una de las comisuras. Con la servilleta la limpia, mientras escucha movimientos alrededor de la cama vecina, pasos que se acercan y se alejan, susurros.

Espera unos instantes más y gira la cabeza para observar. El hombre de la cama contigua yace boca arriba, le han subido la sábana para cubrirle la cara.

No se equivocó, la ominosa ha hecho su visita y se fue con su trofeo. Por ahora siguió de largo, todavía no es tiempo de la siega.

Ellas son dos mujeres solas que esperan.



©  Mirella S.   — 2018 —



Este texto lo escribí hace un par de semanas y no pensaba publicarlo.
La escena ocurrió en noviembre, poco después de que mi hermana fuera internada.
La visitante nefasta le concedió dos meses más de sufrimiento.
Apareció el jueves pasado y se la llevó.

Hasta cuando me sienta mejor. Un abrazo enorme para todos.



miércoles, 17 de enero de 2018

Halcones




Después de días inestables, de lluvias persistentes y nubes alquitranadas que jugaban carreras con el viento, ellas volvieron. El pecho gris perla, las alas como pintadas con carbón. Ellas: las golondrinas.

También reaparecieron los halcones. El gobierno de la ciudad los había traído, años atrás, para espantar a las palomas, convertidas en plaga.

Por el barrio de Clara había dos halcones, ahora son cuatro. Sobrevuelan los edificios, oscuros, temibles. Sin embargo, las palomas se han habituado a su presencia y conviven con el enemigo en relativa paz. Es que ellas son tantas que la pérdida de algunas no se percibe. Cuatro contra miles.

Hubo una época en que los halcones se fueron o tal vez incursionaron en otras zonas. Clara piensa que su regreso se debe a que las golondrinas les resultan un bocado más apetecible. Ellos acechan desde las cúspides de parabólicas; son estatuas de plumas tiesas, con aspecto inquisitivo, la cabeza girada en un perfil cortante de pico y ojo de acero.

Clara, temporada tras temporada, celebra el regreso de las golondrinas. Este noviembre, en sus escasos ratos libres, mira más el comportamiento de los halcones. Nunca los vio atacar. Se mantienen apartados en las atalayas de las antenas. No vuelan juntos como las golondrinas, que dibujan arabescos en el aire, incansables, ruidosas, cuchicheando trinos secretos o gritándose mensajes en código.

Los halcones observan, callan. Cuando se desplazan lo hacen lento, planean majestuosos, las alas extendidas y se pierden entre los vericuetos de las torres. No se comunican entre sí, no dejan oír la aspereza de su voz. Los han desterrado para que cumplan una misión lejos de su elemento y el nuevo territorio está formado por compactas hileras de concreto llenas de ojos por donde los espían.

Las golondrinas son el movimiento inherente a lo vital; los halcones son los guardianes de la muerte.

Clara, este año, se siente atraída por esas siluetas impávidas apostadas en una antena próxima a su balcón, se identifica con los halcones, como si mediante su presencia altanera hubiese descubierto algo que antes despreció en ella y que también le pertenece. Hoy más que nunca.




 ©  Mirella S.   — 2017 —






sábado, 6 de enero de 2018

Blancaluna



Los Reyes del Prado Esmeralda eran queridos por su pueblo, pero tenían una enemiga terrible: la Marquesa Manos Negras, que practicaba la magia. La llamaban así porque un día, preparando una de sus pociones, se le derramó sobre las manos que tomaron el color del carbón.

Cuando la Reina tuvo una hija buscaron una madrina. En esa región se acostumbraba que fuese un hada. Eligieron a una bellísima, llamada Estrella Fugaz. El Hada Mayor no estaba de acuerdo con la elección, era demasiado joven y sumamente despistada. Sin embargo, ante la insistencia de los Reyes, accedió.

En cuanto la Marquesa supo a quién habían designado como madrina de la princesita, se frotó la negrura de sus manos: había llegado el momento de la venganza.

El Hada Mayor le hizo a Estrella Fugaz mil recomendaciones antes de su partida. Ella, apenas dejó la Nube de Oro donde vivían las hadas, olvidó los consejos y se distrajo siguiendo un pájaro de alas azules. El Hada Mayor, que era precavida, envió también a Luciana, la supervisora de las hadas jóvenes, para solucionar posibles inconvenientes.

En el palacio los Reyes y sus invitados estaban nerviosos por la tardanza de la madrina. La Marquesa, desde su escondite, espiaba lo que ocurría en el salón. Con un disfraz de hada, se había puesto guantes blancos y portaba una varita de su fabricación. Se dirigió a la cuna y dio inicio a la ceremonia:

—Te llamarás Blancaluna y serás la Princesa de la Noche. Exangüe y fría, luminosa como un faro encendido en las tinieblas del cielo, todos te amarán, aunque permanecerás siempre sola, lejana e inalcanzable. Tendrás por compañeros al viento y a las nubes; no podrás hablar con ellos porque eres muda y las nubes sordas y cambiantes: van donde las lleva el viento. Del color de la crema batida y redonda igual que una esfera, vendrá el tiempo en que te irás encogiendo y te convertirás en un gajo cada vez más fino hasta desaparecer por completo. Pasados unos días crecerás de nuevo, recuperando de a poco el volumen de tu cuerpo, para declinar una y otra vez. Así será mientras el universo exista.

Y la tocó con su varita.

El hada Luciana había reconocido a la Marquesa. De inmediato se volvió invisible, se aproximó a la cuna de la pequeña y la cubrió con su cuerpo transparente. En el apuro de servirle de escudo se le cayó la varita protectora.

Enseguida que la Marquesa terminó el maleficio, pareció que la princesita se cubría de una extraña palidez e irradiaba un halo plateado. Los presentes vieron con horror como una claridad circular salía por la ventana. Estrella Fugaz, que acababa de llegar, al comprender lo ocurrido, asustadísima, se ocultó detrás de una columna. A los pocos segundos estaba pendiente del ir y venir de un enorme escarabajo azabache.

El Rey llamó a los soldados de la guardia para que detuvieran a la falsa madrina, pero la Marquesa había desaparecido y nunca más supieron de ella.

La Reina corrió hasta el balcón y comenzó a llorar inconteniblemente. Era una noche ventosa de invierno. Las lágrimas de la Reina se deslizaban por la baranda del balcón y en el aire frío se congelaron en el acto, transformándose en gotas de cristal. El ventarrón las elevó, las diseminó como una llovizna de brillantes y rodearon a Blancaluna que, en su plenitud, refulgía en  la oscuridad.

El silencio triste del salón fue interrumpido por un llanto suave proveniente de la cuna. Todos se acercaron a mirar y allí estaba la princesa, agitando sus manitas. Hubo abrazos y exclamaciones de regocijo y los presentes se preguntaron quién había ocupado el lugar de la niña, quién era Blancaluna.
El Hada Mayor, que había observado los acontecimientos sin moverse de la Nube de Oro, compareció ante los Reyes.

—Es Luciana, que para salvar a la princesita, demostró su valor y nobleza. Ella es Blancaluna y será de gran ayuda para los caminantes, iluminará los senderos para que no se pierdan y continuará ofrendando su generosidad y hermosura. Tampoco estará sola, las lágrimas vertidas por el amor de una madre la acompañarán siempre.

A Estrella Fugaz, debido a su irresponsabilidad, la echaron del reino de las hadas y desde entonces vaga en el cielo, sin rumbo fijo.



©  Mirella S.   


Este es un relato de la época remota en que escribía cuentos infantiles. 
Lo publico para recordar y rescatar a la niña que fui. 
Los abrazo y les agradezco la compañía y el afecto.




martes, 28 de noviembre de 2017

17. Domadora de tristezas



Querido Elio, en el vacío que se forjó con tu ausencia, cuántas historias pude haberte contado. Quiero pensar que las habrías absorbido con interés desde tus ojos hechos de cielo y mar, ofrendándome esa sonrisa en la que soñé ver tu alma.

Se transita la vida a la sombra de los recuerdos que dejan las experiencias de la niñez. No se olvida el dolor, los temores, con el tiempo cambian de cara. Lo que todavía persiste en mis evocaciones es el mutismo que se expandió en la familia después de la muerte de mamá. El mutismo que fue mi acompañante solitario.  

A los trece años hice una prueba, una especie de voto de silencio, eliminando hasta los monosílabos o las frases mínimas de la comunicación cotidiana. Ninguno preguntó qué me pasaba y cada cual siguió en lo suyo. Nuestro padre, al volver de sus clases de latín e italiano, refugiaba su opacidad en el dormitorio. Sonia, tímida, poco valorada, comentaba únicamente los problemas domésticos. Vos aún estabas en el exilio y Bruno ni me veía, ocupado en acumular la fortuna que se había propuesto conseguir.

Yo era una mancha desvaída, como un personaje de película fuera de foco, en un plano secundario. Pensé que no era real, quizás me soñaba a mí misma.

Ahora se acabó la familia y no tengo nostalgias de nadie, ni siquiera de vos. Solo queda tu nombre, la cara atemporal de una fotografía en mi biblioteca y la certeza de que te idealicé tanto que me sería imposible reconocerte ahora, un hombre ya mayor.

Bruno vive en Miami y nos hablamos por teléfono con mucha más frecuencia de la que me hubiera imaginado. La larga conversación que mantuvimos en un café antes de irse, con el tiempo llevó a cabo su labor: mitigó resentimientos, deshizo algunos nudos que parecían indisolubles.

Con Sonia la relación se consolidó y ahora somos madre e hija del alma; disfruto que en su vida haya placidez y pequeños proyectos. En nuestras sesiones de recuerdos siempre me habla bien de vos. Dice que la trataste con respeto y hasta le trajiste un regalo al regreso de uno de tus viajes. Me lo mostró: ese delicado cofrecito de madera labrada, que aún guarda en su interior el aroma del naranjo con el que fue hecho.

En cuanto a mi vida, si la miro con el ojo exitista de esta época, es un completo fracaso. Hace veinte años que enseño en el mismo Instituto y sigo instalada en el monoambiente que me dio César, un buen hombre al que no conociste. Pude armar un taller de arte, no tengo muchos alumnos, me gusta elegir a los que les veo una vocación auténtica, no busco más.

Traté de hacer exposiciones con mis obras, presenté books con fotos de mis trabajos en varias galerías de arte. Los rechazaron, ninguno cuadraba con el “estilo” que ellos requerían. Comprendí que al rechazo también contribuía mi falta de interés por exponer. Había escuchado más las sugerencias de las voces externas que a las internas: ellas me decían que no necesitaba grandes exhibiciones.

Dejé de ocuparme en esa tarea estéril y volví a lo mío: pintar. En mi mente empezó a surgir un murmullo leve que pugnaba por modelar una idea. Cuando el mensaje fue claro lo concreté, se ajustaba a “mi” estilo.

Un diciembre, con el apoyo de Iván, el dueño del café al que voy seguido a escribir, organicé una muestra con los trabajos de los alumnos y agregué algunas de mis pinturas. A la gente del barrio le gustó la movida cultural y ahora la hacemos cada dos o tres meses. Estos eventos sencillos me proporcionan entusiasmo, ganas y tuve la satisfacción de que me compraran varios cuadros.

Fui una mujer urdida sobre un sedimento de melancolía y por un tiempo demasiado largo caminé con la tristeza cosida a los ojos y una sonrisa amable para enmascararla. Continúo batallando con esta languidez endémica y me siento como una domadora de tristezas.

 Después del divorcio con César, me afirmé en la creencia de que no me enamoraría. Hubo otras relaciones equivocadas y me vi como un animalito cerril que no se adaptaba ni entregaba a nadie, atrincherada detrás de la débil sonrisa cortés. En mi corazón se habían silenciado los sentimientos y deseos por un hombre, solo era una masa de fibras palpitantes del grosor de un puño.

Hasta que conocí a Iván y entré en un puro tembladeral de emociones en las que me hundía y elevaba, flotando en mi deshielo. Sé que también le atraigo, lo percibo en su mirada y cuando sus manos rozan las mías. Supongo que los dos tenemos miedo y no queremos herirnos, él también arrastra experiencias dolorosas.

Con esta carta sin destino te suelto, te dejo libre, querido Elio.

No investigué tu posible paradero, si estabas todavía en esta dimensión o te habías ido a alguno de los planos infinitos de los que se compone la eternidad.

Preferí inventarme una historia, imaginarte una vida calma, lejos de guerras y odios, sin demasiadas zozobras, escribiendo un libro sanador que catalizara errores, para perdonarte y perdonar a los que te desterraron..

Te veo en aquella casa modesta, que visité hace muchos años, con el fin de desentrañar el secreto de tu pelea con Bruno. Esa casa con rejas en las ventanas que dan a la calle, donde escuché voces y risas de niños, que fueron creciendo y te dieron nietos. Quizás te desconcentren de tus reflexiones, de la escritura, te traigan a la realidad y entonces les brindes el amanecer de tu sonrisa. La vida anónima que elegiste es serena junto a Micaela, la mujer que siempre amaste. Así anhelo creerlo.



Fin



Queridos amigos, no quise dejarlos con la intriga sobre el desenlace de la historia. Mis disculpas por publicar un borrador del último capítulo, pero no estoy en condiciones de corregirlo.

Tengo a mi única hermana internada en estado grave. Por eso tampoco contestaré los comentarios y no podré visitarlos.
Leí con gran emoción los que me dejaron y también leeré los de este capítulo. 

Les agradezco enormemente que me acompañaran en
la aventura de publicar esta nouvelle.

Los abrazo a todos contra mi corazón. Gracias, gracias y hasta pronto...




Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. También hace trampas con el testamento. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella. Piera encara a su hermano y obtiene su parte de la herencia y la de Sonia.



©  Mirella S.   — 2017 —






martes, 21 de noviembre de 2017

16. Confesiones

Foto: Valeria Cammareri


Llegó puntual al bar donde Bruno la había citado. Él le hizo señas desde una mesa en el fondo del local. Piera se ubicó en la silla de enfrente y permanecieron en silencio, sin saludos ni miradas.

Observó que a su derecha había una pared de vidrio por la que se veía un patio, radiante de plantas y flores. Se abismó en sus formas y matices para olvidar que estaba allí.

—Te quería avisar que me voy del país… —la voz astringente de Bruno la sobresaltó y volvió al interior del bar, a la mesa, a su cara en un contraluz que le bordaba sombras. Ante su mudez, él continuó—: Sé que cometí errores, sobre todo con vos y también con la Rusa. No entiendo por qué el viejo se casó con ella pero admito que se ocupó de todo, de él y no por la plata que ni estaba enterada de que había. Yo se la administraba a babbo.

—¿A dónde te vas? —lo interrumpió, deseaba irse pronto.

—A Miami. Un banco suizo abrió una sucursal allí y me dieron una gerencia.

—Felicitaciones, esconder el dinero fue siempre lo tuyo.

—Estuve mal y te pido perdón, Piera —la voz le salió enronquecida, apenas audible.

Todos los reproches que tenía a flor de labios se los tragó como a un bocado amargo. Lo miró a los ojos, esos ojos de brea caliente como los del padre y dijo:

—Hace poco comprendí el motivo por el que babbo se casó con Sonia. Fue para asegurarse de que alguien me cuidara, él no se sentía capacitado. Nuestra familia estaba formada por duplas en el afecto: Renzo amaba a Luciana, que también lo amaba pero menos o de otra manera. Para ella su hijo preferido era Elio, vos querías más a babbo y él te correspondía. Yo a Elio y él a mí.

—¡No lo menciones! —exclamó Bruno con vehemencia—. Él es un traidor, menos mal que nuestra madre se salvó de ese disgusto.

—Supe lo ocurrido, es innecesario remover mierda vieja.

Bruno apretó el puño que tenía apoyado en la mesa y se le marcaron los nudillos.

—Somos hermanos y somos dos extraños. No sabés nada de mí. —Su mirada estaba hecha de tormentas.

—Es mutuo —contestó ella con una calma glacial.

—Aunque no lo creas, de chico también sufrí. Era inseguro, lleno de anhelos, todo giraba alrededor de él. Mamá lo adoraba; babbo, dentro de su parquedad, se sentía orgulloso de su inteligencia, del magnetismo —levantó la mano y llamó al mozo—. Tráigame otro whisky doble.

Piera permaneció muda, sentada en el borde de la silla y pensó que el silencio es una forma de violencia.

—Mientras ése obtenía todo lo que quería, yo me quedaba con las ganas. Me hubiera gustado ser músico, guitarrista como Eric Clapton, formar una banda. No se lo comenté a babbo porque a él de la ópera no lo sacabas. Hablé con ella que me gritó ¡estás loco, eso cuesta plata y no la tenemos! Cuando babbo se enteró dijo que podía pedir un préstamo a los abuelos en Italia, con la condición de que me dedicara a la música clásica. Empecé a trabajar a los nueve años en lo que fuera, repartiendo diarios o mercadería a domicilio. Cuando los viejos se enteraron de que esos ahorros serían para pagarme las clases de guitarra, me los sacaron y tenía que darles cada centavo que ganaba.

Se llevó el vaso facetado a los labios y su cara se contrajo. Un último rayo de sol que entraba por el ventanal dibujó una cimitarra de luz en su frente. Piera no hallaba frases de consuelo, la distancia entre ellos había sido tan grande que demandaba más que las palabras confesionales de su hermano para acortarla.

Le apoyó la mano sobre el puño todavía cerrado y recordó el gesto similar que había hecho para despedir a su padre muerto. Bruno abrió el puño pero no retiró la mano y el frío que desprendía su piel se fue entibiando en contacto con la palma de Piera. Ella se preguntó si podría perdonarlo, no desde lo racional, sino desde el fondo de la sangre que los unía.

Bruno intentó una sonrisa; su boca era una cicatriz abierta.

—Micaela fue la única a la que amé y él no tuvo reparos en enroscarla con sus seducciones para arrancármela. A pesar de mi mal genio ella me quería y me apoyaba. Apareció él, un héroe que regresa después del exilio, la deslumbró y todo se fue al carajo. El mayor dolor fue la traición, los encuentros furtivos a mis espaldas. —Bruno, echando la cabeza hacia atrás, bebió lo que quedaba en el vaso. Siguió—: después no quise más a nadie y las minas* van y vienen, sin que me dejen ningún sentimiento una vez que pasó la calentura.

—Yo no tenía nada que ver en esa historia. Tampoco me quisiste.

—La diferencia de edad, no te tuve paciencia, me centré en la guita*, en cómo aumentarla para concretar mi proyecto, una actividad que se volvió obsesión y me hizo olvidar el verdadero objetivo. Por un lado fue mi salvavidas, pero también me llevó a la soledad más absoluta  —calló y miró por el ventanal las plantas que se impregnaban con la débil luminosidad del crepúsculo—. Además te tuve celos y bronca. Vos, la pulguita por la que nadie daba dos mangos*, te saliste con la tuya y sos artista plástica… Y muy buena.

—Si babbo me permitió entrar al Bellas Artes fue porque en su depresión no podía participar de mi futuro. César me estimuló a que siguiera los estudios superiores.

 Hubo silencios, en los cuales cada uno se encerró en ese cuartito escondido que se guarda para ampararse de las situaciones en las que se acaban las palabras y permanecen aquellas que no deben pronunciarse. También lograron rescatar momentos que les arrancaron sonrisas viejas y cuyo eje era el amor que se tenían sus padres.

—Me tengo que ir, Piera, mañana viajo. Te deseo lo mejor.

Pagó la cuenta; el café de Piera, intacto, era una fría mancha marrón dentro del pocillo. Se dirigieron hacia la puerta del bar, se miraron a los ojos y él, con el mentón tembloroso, la rodeó fuertemente en un abrazo callado.

—Suerte en tu nueva vida, gracias por despedirte y cuando tengas ganas comunicate —dijo Piera y él asintió mientras se alejaba algo tambaleante.

Caminó sin rumbo, repasando cada frase, cada confidencia. Como hologramas, en su mente surgieron imágenes inconexas que, al llegar a su casa, agruparía en el cuaderno: palabras que contenían las lágrimas que no había vertido. O las pintaría en una tela, con los colores de esa tarde, de sus emociones, para sellar la despedida.



Glosario:

Mina: mujer, muchacha.
Guita: dinero.
Mangos: pesos.


La próxima semana publicaré el último capítulo.


Queridos amigos, no voy a poder contestar los comentarios,
estoy con un grave problema familiar. 
Gracias a todos y abrazos.


Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. También hace trampas con el testamento. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella. Piera encara a su hermano y obtiene su parte de la herencia y la de Sonia.



©  Mirella S.   — 2017 —







martes, 14 de noviembre de 2017

15. Reunir recuerdos



Sonia me mostró la única foto de su juventud. Se la sacaron a los dieciocho años, en una fiesta de la colectividad ucraniana. Era de una belleza clásica, casi perfecta, con unos ojos que no tenían la expresión bovina que yo le había adjudicado en mi adolescencia. La mirada de entonces, entre firme y desafiante, quedó fija en ese rectángulo de cartón. La vida, de a poco, se encargó de borrársela. La fineza de sus facciones se había desdibujado y los ojos de cuarzo se le ahumaron con el desaliento.

Hice una copia, la enmarqué y la puse en una ubicación destacada en la estantería de los libros, cercana a una de Elio que había escondido después de la gran disputa familiar.

Nos juntábamos con bastante frecuencia, en mi casa, en la suya o en un bar. La conversación siempre aterrizaba en los recuerdos. Quería hacerle infinidad de preguntas, sin desbordarla.

—¿Vos Pensás que Elio está muerto como me dijo Bruno, supiste algo? —esa pregunta no la pude evitar. Sonia miró hacia abajo y con la uña rascó  un nudito del mantel.

—Una noche, hace muchos años, Bruno volvió a la casa con cara de loco. Iba y venía como una fiera enjaulada con un diario en la mano. Renzo le preguntó qué le pasaba. Él le dio el diario y gritó: “ahora esa basura se metió a corresponsal de guerra”. Tu padre se puso los anteojos y leyó la página. Dobló de nuevo el diario, se lo devolvió y dijo bajito: “la de los Balcanes”. Bruno estaba verde: “esa mierda está muerto, lo deseo tanto que este deseo será la bala que lo mate”. Nunca más se habló del asunto. Renzo empezó a comprar el diario.

—Las notas ¿las firmaba Elio? —un latido en la garganta me enrareció la voz.

—Sí, Pieri. Era un diario italiano y lo iba a buscar a un quiosco del centro. Unos meses después dejó de comprarlo, le pregunté por qué, él dijo que “ese” ya no publicaba más y como si tal cosa quiso saber si estaba lista la cena.

No hice más preguntas sobre Elio, Sonia se dio cuenta de que me dolía y también evitó hablarme de él. Me narraba pequeñas anécdotas sobre mi padre y alguna también sobre Bruno. Nunca los criticó y esas breves escenas domésticas que elegía para compartirme, los revelaba en sus aspectos menos negativos, quizás para aplacarme el gusto agrio del resentimiento. Quizás para que en mí creciera un sol benefactor que me arrancara del sótano de los recuerdos sombríos.

La imagen de Elio surgía, generalmente, cuando algo me pesaba en la mitad del pecho, igual que si el corazón se hubiera solidificado y vuelto un trozo de mármol. Entonces me acercaba a la repisa a mirar la foto. Sus rasgos y la mayor parte de los mínimos episodios que me unían a él estaban siendo barridos por el viento de la desmemoria.

Jamás lo juzgué, tampoco me sentí abandonada por no haberme contactado. Sonia, que presenció la pelea final, me contó que Elio no dijo una palabra ni para disculparse ni para aclarar la situación, se aguantó los insultos y el puñetazo de Bruno y fue la única vez que oyó gritar a Renzo, que con las manos sosteniéndose la cabeza, aullaba: “¡traditore, traditore di merda!” Después, con el índice en alto, le señaló la puerta. Elio metió unos pocos objetos personales en una mochila y salió para siempre.

Imaginé el momento como una de las tantas escenas dramáticas del neorrealismo italiano donde los protagonistas gritan, se insultan, se mesan los cabellos, hacen gestos obscenos, todo tan exagerado que resulta patético.

En Bruno casi no pensaba, se estaba diluyendo como una acuarela de mi vida, cuando una noche, dos años después de nuestro encuentro tormentoso en el hotel, escuché en el contestador un lacónico mensaje: Hola Piera, soy Bruno, necesito hablarte. Llamame.






Sinopsis

Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana, su madre, muere cuando Piera tiene diez años. Renzo, su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con Sonia (la Segunda). Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana. Elio, es el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse. Bruno es el segundo hermano -con el que Piera se lleva mal- es agente financiero y su única preocupación parece ser el dinero. Tiene una feroz pelea con Elio, que es echado de la casa por su padre. Ella desconoce lo que ocurrió entre los hermanos.
César es abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. Piera visita a Micaela (que fue la novia de Bruno) y ella le confirma la sospecha de César: que con Elio eran amantes.
Al poco tiempo de separarse de César, muere repentinamente el padre de Piera y Bruno vende la casa familiar sin consultarla. También hace trampas con el testamento. Ante la soledad de Sonia, Piera empieza a acercarse a ella. Piera encara a su hermano y obtiene su parte de la herencia y la de Sonia.



©  Mirella S.   — 2017 —