jueves, 29 de junio de 2017

1. Hoy





Despierta despacio, se resiste a dejar los sueños, las aventuras que abundan en sus madrugadas. Permanece unos minutos sin abrir los ojos: es una holgazana que se estira disfrutando del calorcito que le ofrece el acolchado.

Hoy es su cumpleaños. En este día, Piera quiere renovar sus votos con la vida. Sabe que hacia afuera será un día como tantos, que pocos se acordarán de la fecha y menos la llamarán. Solo los incondicionales de siempre.

Hoy no le importan los saludos, las frases repetidas año tras año.

Hoy quiere ser feliz, a su estilo, hacia adentro, sin alboroto. Sonriéndose. No aceptará invitaciones a cenar, si es que habrá alguna. Será ella con ella.

Ya se regaló un bouquet de junquillos que vio en el puesto de flores de la esquina. Recordó los que bordeaban los canteros en la casa de la infancia y que siempre florecían en esta época. Su palidez y la fragilidad de su aroma, junto al del café con leche, le desearán el primer feliz cumple. 

El desayuno de cada mañana, mientras mira el descolorido cielo de junio, tendrá el sabor que ella quiera darle. Un sabor nuevo, como este nuevo año que le empieza.

Por un día se olvidará del pasado, de aquellos que se fueron y no regresaron, de los que la olvidaron o que ella olvidó. Tampoco necesita trazar proyectos para el futuro. Este hoy es todo lo que le cabe.

Piera quiere vaciarse de lo superfluo, de lo improductivo, de las películas dramáticas que su mente urde en cada situación incierta.

Se pregunta si se puede planear ser feliz. No, —se responde— la felicidad te llega, inesperada como un soplo de brisa que agita las cortinas tiesas de un cuarto. Como la aparición de un amor en el que aún no se ha instalado la monotonía. Como el nacimiento de un hijo, como tantas cosas grandes y pequeñas que te tocan el alma.

No, la felicidad no se planea, te roza, te obsequia momentos únicos, diamantes en bruto que hay que pulir por dentro para que brillen externamente y los demás disfruten de la luz clara que te envuelve como un aura.

Piera se lo dice y sabe que es así porque lo ha vivenciado. Ella no es una máquina que produce dicha, por eso la valora cuando la siente, cuando la irradia.

Se levanta, va a la cocina, prepara el café con leche y las tostadas con la mermelada casera de naranjas, el queso blanco untable. Igual que todas las mañanas.

No puede proponerse ser feliz desde un mandato mental. Sí puede preparar el terreno, disponer el ánimo para que la vida florezca serena. Piera cree que es un ingrediente indispensable de la felicidad.


©  Mirella S.   — 2017 —


Retomé la escritura de las Historias de Piera, una idea que empecé hace un par de años y quedó en el tintero. 
No es una novela, tampoco es autobiográfica, si bien la primera publicación, Angelito de hollín, se basa en una experiencia personal.
No soy Piera… pero en ciertos aspectos lo soy. Su mundo interior refleja algunas emociones con las que me identifico.

Hoy reinauguro sus vivencias, recuerdos, estados de ánimo. Empecé a diseñarle una vida, donde aparecerán nuevos personajes y, a medida que surjan, dejaré un breve resumen recordatorio de lo más importante.
Son escenas sueltas, sin un orden cronológico, sobre una mujer que recuerda, reflexiona, siente.

Espero les guste. Abrazos para todos.






miércoles, 14 de junio de 2017

Cadena alimenticia





Para mí, matar al gato fue en vano. Es cierto, no cazaba a los ratones, en cambio se comía los pájaros, que se comían los gusanos que hacen agujeros en el césped del jardín. ¿Qué comen los ratones, aparte de las hormas de queso apiladas en el sótano? Ellos también deben comerse algún bicho. Si por lo menos se dieran un atracón con las cucarachas, que lo más panchas se adueñaron de la cocina. El gato inclusive se despachó al pez rojo, que le costó un ojo de la cara a la tía Maru, y al que encima debíamos alimentar, ya que no podía comerse a nadie, encerrado como estaba en una pecera.

Las cucarachas comen lo que dejamos y empieza a pudrirse. Qué alivio si esas inmundas se bajaran a las hormigas saqueadoras del jardín. Laboriosamente nos pelan los rosales, los geranios, las fresias, ayudadas por las gatas peludas y los bichos canasto, tan repugnantes que creo no se los come nadie. A lo mejor  se animaría una araña bien grande, una tarántula, lástima que no hay por estos lados, aunque sería un peligro para nosotros los chicos.

Los ratones se han vuelto un problema, son angurrientos, roen maderas, cañerías, además de darle a los quesos. Una solución serían las serpientes, que los encantan con la vista, los dejan inmóviles y se los mandan de un bocado, eso lo vi en el Animal Planet. Pero pasa igual que con las tarántulas, no es una buena idea meterlas en la casa. Otra alternativa es contratar los servicios del restorán chino de la vuelta. Según mamá, hubo una época en que corría el rumor que la carne de los tenedores libres chinos era de ratas y gatos, sin discriminación.  No sé por qué tanto escándalo si en los lugares de categoría ofrecen caracoles, ranas, tortugas. ¿No es un asco comerse los chinchulines de la vaca o sus tetas o, peor aún, las bolas del toro? Se ponen de moda hábitos horribles: zamparse grillos, cigarras, víboras, para qué voy a seguir enumerando.

Mamá siempre nos recuerda que el hombre, como especie, es el peor de todos, tiene una gula retorcida, prepara los animales más repulsivos con salsitas rebuscadas, los condimenta con especias y finas hierbas. Por suerte no entramos en esa categoría de depredadores, como los llama ella, en casa somos vegetarianos, a excepción del abuelo, quien fue el que mató al gato. Como no lo pudimos convencer de seguir una dieta a base de verduras, cereales y legumbres, tiene el instinto asesino más desarrollado. Para despachar a Agustín, el gato, colaboró la tía Maru, que es una veleta: un día se engulle a escondidas un bife de chorizo y al otro, con la culpa que se le derrama por los ojos, hace penitencia con unas hojitas de lechuga.

El abuelo venía juntando bronca porque ama los pájaros. La gota que rebalsó el vaso fue cuando encontramos la pecera en el suelo y Agustín, acurrucado debajo de la mesa, trataba de hacer desaparecer el cuerpo del delito, pero lo delató la cola rubia que le asomaba por entre los bigotes. El pez era propiedad de la tía Maru y en ese momento le saltó la parte carnívora, salió de la indecisión y lo apoyó al abuelo. Entre los dos acorralaron a Agustín, el abuelo revoleando un cuchillo como si fuera el hacha del último de los mohicanos y con cara de loco gritaba: “¡los pájaros son sagrados, ni fuiste capaz de morfarte a los ratones…”!

No quise saber los detalles de la ejecución, me fui a la casa de una compañera del cole. Mis ruegos fueron tan en vano como la muerte del pobre Agustín. Debo reconocer que era raro Agustín, con esa debilidad por los pájaros. Se embuchó una pareja de teros, dos o tres torcazas y de los gorriones perdí la cuenta. El dicho “cuando el gato no está, los ratones bailan”, no se aplicaba en este caso, porque ellos, que formaban un ejército, no se amilanaban ante la presencia de Agustín, hasta le pasaban entre las patas. Él, que debía tener el estómago delicado, los esquivaba con la cola temblorosa cuando aparecían corriendo por las habitaciones. Un gato gourmet este Agustín, decía mamá.

Cuando volví en casa había un gran alboroto. Mis primos, vegetarianos más que nada por obligación, estaban armando tramperas con abundantes trozos de queso gruyere. En el fondo, junto a la parrilla en desuso (sólo servía para almacenar cosas viejas), el abuelo despellejaba a Agustín, que era gordo y atigrado, con la idea de curtir la piel y hacerse una gorra para el invierno.

Ese mismo día hubo una buena recaudación de lauchas y ratones. Las cucarachas de la cocina comprendieron que venían tiempos malos y no salieron de sus escondites. Me di cuenta de que las cosas habían empeorado cuando vi al abuelo sacar los cachivaches de la parrilla y limpiarla prolijamente. Por si esto fuera poco, escuché a mamá que decía que el abuelo a la noche iba a invitar a unos amigos con los que juega a las bochas, para cenar unos bocaditos especiales.


©  Mirella S.   — 2012 —


Glosario:
Angurriento: hambriento, ávido.
Bronca: enojo, rabia.
Morfar: comer.
Cachivaches: objetos que no sirven o están rotos.






miércoles, 7 de junio de 2017

La del medio




Mi hermana mayor es parecida a nuestra madre, una sibarita, con un cuerpo voluptuoso, en el que se sacralizan curvas y redondeces. Mis padres —sin titubeos— se decidieron por el nombre de Alejandra, por lo magna, ya lo era de recién nacida. Los hombres se dan vuelta cuando pasa por la calle, para verificar si la abundancia de adelante se repite por detrás. No quedan defraudados. Sin embargo, algo falla: a los cuarenta sigue solita y sola.

Mi hermana menor salió a nuestro padre: flaca por donde la mires, lisa como un palo de escoba. Es el cerebro de la familia; perdí la cuenta de todos sus títulos, masters y licenciaturas. Le pusieron Victoria y le hizo honor al nombre: su vida es la acumulación de un éxito tras otro. Ella sí se casó, con otro cerebro, un doctor en neuropsico… no sé cuánto y produjeron un cerebrito más, que usa los sesos para elucubrar las más increíbles maldades. Vicky y el neuro del marido, después de cada vandalismo, lo sientan y le dan unas cátedras de comportamiento llena de palabras incomprensibles, mientras el pendejo, con la cabeza gacha, pone cara de arrepentido para zafar lo antes posible de la perorata. Hay que reconocerle que es un actorazo, otra que Al Pacino.

No soy una perversa, pero no me imagino a esos dos en la cama. Toda la libido la tienen puesta en los estudios, la profesión, exhibirse en congresos y seminarios. A lo mejor se calientan hablando de la sinapsis de las neuronas. Su vida sexual y de cómo engendraron ese proyecto de Atila, que por donde pasa siembra la destrucción, es un enigma para mí.

Yo soy la del medio, triste ubicación, aunque tiene sus ventajas: nadie me da bola y no se meten en mi vida. Me llamaron María Helena (con hache) y me ilusioné pensando que fue por Helena de Troya, en cambio resultó un homenaje a una tía abuela, solterona y bien forrada, que les dejó a mis viejos una suculenta herencia. Desde chica me apodaron Mari y mis veleidades mitológicas se fueron al carajo.

No me parezco a ninguno de ellos y muchas veces dudé de mi legitimidad, lo que sería poner en tela de juicio la conducta de mi progenitora. No la podría censurar, teniendo en cuenta lo poco efusivo que es el viejo, siempre con la nariz metida en sus óleos y pinceles.

Mi piel es sospechosamente más oscura que la del resto de la familia. Nací y crecí en la casona de Floresta, rodeada por un parque impecable, con pasto inglés, hortensias, clivias, petunias, una lujuriosa Santa Rita, que un jardinero morocho y musculoso, callado y melancólico, cuidaba con ardor y escrupulosidad como si cada brizna de hierba o flor fuera el cuerpo de la mujer amada. Mientras trabajó en la casa, para mis cumpleaños, armaba un ramo con las flores más perfectas, se inclinaba para darme un beso y decía junto a mi oído con su voz ronca: feliz cumpleaños María Helena. Era el único que me llamaba por mi nombre completo.

Volviendo a la cuestión del soma familiar, no soy ni gorda ni flaca, ni linda ni fea, ni brillante ni seductora histérica, o sea “ni chicha ni limonada”. Una mina promedio, la gris hermana del medio. El relleno del sándwich. Y por más que un amigo me quiso consolar y me dijo que el relleno es lo mejor, lo más sabroso, yo, escéptica por crecimiento, le contesté que al relleno muchos lo sacan o lo descuartizan, porque el jamón no les va o el queso les da alergia o el tomate está pasado o dudan de la limpieza de la lechuga.

Tampoco entro en la categoría de casada o soltera; conviví ocho años con un hombre y nos separamos. No necesito ser objeto de adoración como Ale, la magna. Ni que me alaben los logros por las investigaciones sobre la vida íntima de ciertos insectos, originarios de una isla en el mar de Tasmania, como Vicky. La suya deja bastante que desear, desde que tuvieron al monstruito, ella y el neuro duermen en cuartos separados.

No soy centro de nadie, estoy en el medio de dos extremos que no pueden ser más opuestos: el cuerpo y la mente. Mis dos hermanas se mancomunan en una sola cosa: en ignorarme. Sé que las irrito porque digo lo que pienso, sin los eufemismos a los que recurren tanto ellas como los viejos. De algún modo se avergüenzan de mí, de mis opiniones crudas o de mi boca sucia, como dice mamá. Ale, la magna, seguramente de mi piel morena. Victoria elaborará alguna teoría respecto de la pobreza de mi cultura, carencia de ambición por triunfar o mi inteligencia mediocre.

Lo que no saben —o no les importa—, es que experimenté algo que en mi familia brilló por su ausencia. Esa palabrita de cuatro letras que jamás fue pronunciada por considerársela cursi, de culebrón de la tarde o de novelas de Danielle Steel. Se me pegó el hábito y tampoco la digo. Claro que la sentí en toda su magnitud, a diferencia del sabor insípido de sopa recalentada que fue la constante de los viejos y, supongo, de Victoria y el neuro. 

Y aunque ahora esté sola y la geografía emocional parezca una estepa deshabitada, el amor (finalmente puedo nombrarlo), ese amor me reconcilia con la vida, porque se me quedó adentro como un privilegio, un rescoldo amigo que me calienta los días. Algo que ellas nunca tuvieron.


©  Mirella S.   — 2013 —