martes, 23 de octubre de 2018

Una noche de lluvia




Aplastada como un gusano, así me siento. Un pie gigantesco se cierne sobre mí, me cubre con su sombra, da inicio a un zapateo y quedo hecha un puré verde en la suela del bailarín. No es nueva esta sensación; ahora que se calmaron las aguas percibo que hay indigencia de deseos, solo un remolino de pensamientos que pastan en tierra infértil. A Liliana se lo resumo así:

—Estoy repodrida.

—Debe ser la post menopausia —dice ella, pegándole un generoso mordisco a la medialuna. Agrega—: Vienen las añoranzas, los balances de lo que hiciste o dejaste de hacer. Yo no los hago más, me volví una mujer frívola y primero pienso en mí.

Siempre pensamos primero en nosotros, también cuando estamos preocupados o pendientes de los demás. La miro. Le quedó una partícula del croissant, como le dice ella, en la boca embadurnada con ese labial rojo amapola. Detesto mi mirada de censura que pone en primer plano las mínimas imperfecciones. Con fastidio alejo el pocillo a medio tomar, el café está tibio.

—Me siento vacía, pelada, despojada —anuncio secamente.

—Fedora, en tu caso no es para menos: acabás de terminar un divorcio controvertido y además te jubilaste. No es poca cosa.

Liliana se lleva la taza con té de jazmín a los labios. Cuando vuelve a dejarla en el platito, un rastro bermellón mancilla el borde de loza blanca y me acuerdo de la época en que me pintaba y Francisco ponía la misma expresión que debo tener yo. Entonces, de puro complaciente, frotaba la mancha con la servilleta de papel.

—… no entiendo por qué te jubilaste —decía Liliana—, Darío no te lo pidió. Hiciste demasiados cambios al mismo tiempo. Cómo no vas a sentirte así ahora que te salió la jubilación y la sentencia de divorcio.

—Es cierto, a Darío le compliqué la vida, ninguna reemplazante lo conforma. Después de veinticinco años de solucionarle los problemas prácticos, acompañarlo en sus muestras, era como tener un segundo marido, tan hincha pelotas como el oficial. Estaba harta y aburrida.

—Fedora, en algo vas a tener que ocupar toda tu energía…

No escucho lo que sigue diciendo Lili, también esta conversación me aburre. La confesión es falsa, no espero consuelo, soy tan soberbia que nada de lo que diga Lili va a conmoverme y la miro desde un pedestal, congelada como una estatua. Si tuviera que llorar, de mis ojos caerían cubitos de hielo. No recuerdo la última vez que lloré, ni  siquiera cuando le pedí a Francisco que se fuera de casa, ya no toleraba su desconfianza.

Me llegan residuos del parloteo de Lili, cómo se me ocurrió sacar el tema justo con ella, que en dos patadas te quiere arreglar la vida.

—… yo, en tu lugar, con lo que te costó obtener una equitativa división de bienes, pasaría horas en un Spa, renovaría el vestuario, proyectaría un crucerito, donde te dan todo servido, conocés gente y quién te dice que…

Le agradezco la sugerencia y llamo al mozo, quiero irme, necesito ingresar en callecitas arboladas, dejarme llevar, sin rumbo.

Escapo del movimiento de la avenida, camino hacia el lado del río y me interno en los vagos territorios de la memoria, consciente de que estoy metiéndome en tembladerales. Allí prima lo incierto y si permanezco demasiado corro el riesgo de no distinguir el ambiguo tránsito entre los recuerdos y la realidad.

Desde hace un tiempo recurro más al pasado, como si quisiera acomodar fichas, organizar el caos, armar una especie de grilla y que Francisco, Darío, lo que espero de mí, ocupen el lugar exacto. Francisco y Darío: ese es el comienzo para indagar. Los alejé, me alejé por motivos distintos: la mirada escrutadora de Francisco buscando evidencias y la devocional de Darío, el exitoso artista plástico a quien debía elegirle hasta la ropa para cada exposición. Francisco no lo soportaba, le resultaba algo impropio y tenía la convicción de que éramos amantes o que en algún momento lo seríamos. Ante mi escueta explicación soy su asistente, nada más, sonreía, no con la ternura de antes: su sonrisa parecía el doloroso tajo de un bisturí. Y largaba frases vulgares: cómo podés trabajar con alguien que te quiere coger, que te ronda todo el tiempo.

Estaba en las últimas instancias del divorcio cuando le informé a Darío lo de la jubilación y que me iba. Parecía un perrito abandonado, se quejaba lastimosamente. Ahí los tenés a los dos, me dije, el bóxer ladrador y el caniche temeroso. Pero el caniche salió de su situación de desamparo y se convirtió en un gato espléndido y seductor que maulló aterciopeladamente: casémonos, miauuuu… La risa me brotó instantánea: lo que vos necesitás es una secretaria, esposas ya tuviste demasiadas.

Abro la cartera y busco los cigarrillos. Qué despistada, si dejé de fumar. Hice todo junto: largué un matrimonio desintegrado, un empleo cautivador, pero complejo y los puchos. Ahora me dedico a las pastillas de anís, a escuchar consejos que no quiero, a caminar sola los domingos por la tarde.

Anoche fui a buscar el resto de mis cosas al atelier de Darío, convencida  de que no estaba. Me di vuelta para irme y al verlo con el hombro apoyado en el marco de la puerta, con su pipa colgándole de un costado de la boca, las manos en los bolsillos, mirándome serio, agotadas las propuestas, algo se me ablandó por dentro. Lo saludé con un nos vemos y esquivé sus ojos cuando pasé a su lado.

Arriba del follaje de los plátanos un atardecer de miel va suavizando las formas y también me apacigua. Para mí es la hora de la serenidad, de la reflexión, que me conduce a estados más benignos. Los pájaros hacen sus últimos alborotos antes de acomodarse en las ramas. En este instante, previo a la quietud nocturna, comprendo lo que siempre negué.

Quizás Francisco no estuvo tan errado en sus sospechas. Aquella vez hace veinte años, en New York, para la primera exposición importante en el exterior, Darío quiso que fuera con él. Después del vernissage en el Soho, me pidió que camináramos un rato. La conmoción de la muestra perduraba; recuerdo una grata sensación de intimidad que se prolongó durante la cena en un restorán japonés por Mercer Street. Volvimos a pie hasta el hotel, se había levantado una brisa con olor a lluvia y corrimos el último trecho, riendo como adolescentes, dos cuarentones que recuperaron una alegría cómplice bajo el chubasco. Él me sujetó la cintura para saltar un charco con mis tacos aguja y terminamos tomando el desabrido café neoyorquino en el bar del hotel. Darío sacó un pañuelo, lo pasó por mis hombros, por el pelo y después se lo llevó a los labios. No en ese momento, sino más tarde, en mi cama, insomne, parapetada detrás de mi ojo censor, pensé, Darío, qué cursi sos.

Estuvimos varias horas en la cafetería, afuera la lluvia goteaba desde las marquesinas y él, con las manos sujetando las mías, me envolvió en el vórtice de sus palabras y me sentí partícipe de su éxito.

Francisco nos fue a buscar a Ezeiza. Darío, aún exultante, había rodeado mis hombros con su brazo. Sonreíamos. Cuando lo encontramos en el hall del aeropuerto vi que tenía el ceño fruncido. A partir de entonces siguió mirándome con esas dos arrugas verticales entre las cejas. Al poco tiempo empezaron el recelo y los reproches.

Con Darío nunca hablamos de ese primer viaje a New York, de la cercanía de aquella noche de lluvia. Los viajes siguientes fueron distintos, él parecía ocupado en saborear cómo crecía su éxito.

Sin embargo, muchas veces lo sorprendí mirándome del mismo modo que lo hiciera en el bar. Eran instantes en los que a nuestro alrededor se hacía el silencio y por unos minutos quedábamos solo nosotros dos.

Tiene razón Lili, no vale la pena aferrarse a la añoranza de lo que no fue, de algo incipiente que no maduró. Son etapas que terminan, como esta tarde que, muy a pesar mío, es casi noche y camino para cerrar el pasado.



©  Mirella S.   — 2011 —




Es un relato viejito, lo acorté bastante, pero igual quedó largo.
Gracias y tómenlo con calma.




martes, 9 de octubre de 2018

Loba



Mira la hiedra esmeraldina, que despaciosa pero persistentemente, trepa por el muro descascarado, casi infame de la casa. La hiedra se vuelve tupida, alberga entre sus hojas diminutas arañas, que con sus telas, contribuyen a fortalecer la cobertura. Ella también quiere un manto para cubrir sus zonas rotas, la carne carcomida hasta los huesos, así ve su vulnerabilidad.

Hubo un tiempo en que abandonó el vestido de caperucita, hecho jirones por el uso prolongado. A pesar de aferrarse a esos harapos, no se identificaba más con ellos ni la representaban. Al menor descuido aparecían los mechones de pelaje áspero o los colmillos ansiosos de la sangre de los que la vejaron.

Hubo un  tiempo que desconocía su parte loba y los hincaba sin piedad en sus brazos y piernas, como si todo hubiera sido culpa suya.

Había cerrado su alma con un candado para permanecer en un limbo ceniciento. No bastó, los otros lobos, cazadores natos por cuyas fauces goteaba su rapacidad, estaban al acecho allí afuera.

Llegó el día en que no sostuvo más el rol pasivo, rompió el candado con el poder de sus uñas y encaró a los depredadores. Eran demasiado fuertes y ella no pertenecía a la manada. Notó que sus manos nervudas, capaces de rasgar con desesperación, temblaban. Sin embargo, no retrocedió, se mantuvo hasta que la derribaron.

Ya no valía la pena levantarse, se enroscó sobre sus heridas y esperó la muerte, la liberación última que no sobrevino. La loba se había convertido en una perra apaleada y lo único que le quedaba era el orgullo. Se había arrancado los harapos de caperucita y estaba desnuda. Buscó refugio y fue cuando encontró el muro tapizado con la hiedra.

Le gusta la idea del vestido verde, húmedo de lluvia o tibio de sol: un escudo de hojas, espeso y flexible a la vez. Algo se expande en su interior con ese repentino acercamiento a la naturaleza. Se detiene a observar los matices del cielo, fantasea de cómo las nubes, incentivadas por el viento, hacen caminar a la luna.

Pero la soledad, la carencia de un gesto amigable, la fracturan en esquirlas de hielo sin destino. Solo le queda el instinto animal de la supervivencia y un brumoso sueño verde con olor a tierra salvaje.

Se mira en un charco: las mejillas son blancas como el marfil joven y los ojos están velados como un paisaje de agua. En su garganta crece un aullido, los sollozos no parecen proceder de ella sino de un ser acongojado y frágil oculto en algún lugar de la noche.



 ©  Mirella S.   — 2018 —