martes, 28 de julio de 2015

Peregrinatio

“Quid solutis est beatus curis cum mens unus reponit ac peregrino labore fessi venimus larem
ad nostrum desideratosque acquiescimus lecto”
 Catulo


                                                                                                                                                                                                                
                                                         
Fue en su vagabundeo por Italia cuando empezó a captar el lenguaje de las ciudades. La ciudad visitada le proporcionaba respuestas a preguntas que no se hacía, a deseos no conscientes.
Milán le dijo que no era un sitio para ella, que las calles le serían hostiles. Estuvo a punto de ser atropellada por un auto. Apenas si vio de lejos el Duomo, construido con la piel y sangre de tantas generaciones. Sus altas agujas góticas parecían tocar un cielo de peltre en el intento de perforarlo y encontrar un rayo de sol.
Escapó a Venecia. Llegó un día de niebla y llovizna, que le mostró su propia grisura cuando se acorazaba dentro de sus sombras.
Pronto observó que las ciudades más turísticas e importantes callaban o sus voces se hacían confusas, contradictorias, perdidas entre bocinazos, motos desenfrenadas que se le atravesaban sin respetar semáforos.
A Verona fue un domingo. Todo era lento, cálido y estaba cerrado. Caminó por calles vacías, tan vacías como su indiferencia por aquello que la rodeaba. Un golpe de viento poco cordial susurró que le faltaba romanticismo. ¡Chocolate por la noticia! contestó casi en un grito. El viento se llevó su eco.
Florencia fue salteada sin remordimientos. En cambio se alojó en Cortona, etrusca y medieval que, erguida, coronaba una colina. Trepó por callejuelas escarpadas y profanó iglesias sentándose en el banco más oculto para comer un panino. Las estatuas de los santos la miraron con piedad desde sus ojos huecos y alguno le aconsejó que ahorrara fuerzas, su salud se fragilizaba.
A Roma, la eterna, no la evitaría. Algo intangible las había unido desde viajes anteriores y de estar allí Clara, la astróloga, le hubiera dicho que ese sentimiento provenía de vidas pasadas.  Su respuesta habría sido una sonrisa escéptica.
Eludió las zonas conflictivas. El color damasco maduro de los edificios le transmitió la seguridad de que tendría sexo con un extraño. Aguardó alegremente el momento orgásmico y no quedó defraudada por Valerio, el del nombre de emperador.
Supo que debía dirigirse hacia el sur, lo más al sur posible, hacia el último confín de esa tierra, donde  es acotada por el mar.
Hizo un alto en Ravello, en la cima de los acantilados. Con el panorama del golfo visto desde la Terraza del infinito, tuvo una intuición metafísica y en el aire sintió la respiración del universo.
Pasó delante de la hilera de bustos ignotos que se apoyaban sobre el parapeto, las facciones desgastadas por las caricias de los siglos, algunos sin nariz, otros con los rasgos esfumados en perfiles andróginos.
La vida era un escultor nada compasivo, ella había obtenido instantes fugaces de una felicidad moldeada a martillazos.
Durante un crepúsculo vehemente, de vino oporto derramado, comprendió que no llegaría hasta el sur del sur. El mar, allá abajo, golpeando las piedras en una letanía fúnebre, así se lo informaba. Ella permaneció atenta, pero el mensaje había terminado, igual que su viaje.
Se estaba bien en el templete de Dionisio, leyó la inscripción en latín del poeta Catulo grabada en el friso, que afirmaba o preguntaba, si había algo mejor —después de haber hecho el propio trabajo, ya con la mente libre de preocupaciones y cansado por las labores— que volver a casa y descansar en el lecho tan deseado.
Esa frase también era para ella. Se apoyó en la balaustrada y vio como la noche, con su belleza fraguada de misterios, poseía pausadamente al mundo.

©  Mirella S.   — 2015 —




De la comedia musical "Rugantino", voces de Lando Fiorini y Ornella Vanoni 

jueves, 16 de julio de 2015

Toro Salvaje: He visto tantas cosas


¡Feliz cumpleaños, Xavi!
Hice este video con tu poema, que me ha llegado mucho, como un pequeño regalo y también como expresión de afecto y agradecimiento 
por tu constante presencia en este nido.
Mi deseo es que tengas un hermoso y prolífico año personal.
Un fuerte abrazo, con tirón de orejas.

  Intenté arreglar el desbarajuste con la aparición de los Likwithin  interrumpiendo la transcripción del poema, pero no pude hacerlo.
Veo que tampoco aparece la posibilidad de dejar comentarios y en la plantilla no me permite arreglarlo. Disculpas.   

   
He visto tantas cosas
             He visto pasar el tiempo 
a mi alrededor
a veces rápido
a veces lento
rozándome cada vez más
con sus garras de adiós
he visto sonreír
a la luna caprichosa
en las hermosas órbitas
de noches inolvidables
he visto nacer gente
como si eso fuera
lo más normal del mundo
he visto morir a otros
dejándome lleno de interrogantes
y de heridas sin cicatrizar
he visto dulces emociones
cantando en mi corazón
hasta que desaparecieron
y de ellas nunca más supe nada
he visto tristezas invencibles
armadas con espadas de lágrimas
hiriéndome sin piedad
en cada una de mis horas
he visto amigos que parecían eternos
desaparecer en las fauces de la nada
como si jamás hubieran exististido
he visto familias perfectas
que saltaban por los aires 
en apenas un par de generaciones
he visto nacer amores
como soles imperiales
que ruborizaban el firmamento
y que luego se diluyeron
en pozos de hastío incomprensible
he visto sueños que me elevaban
pudrirse poco después
en la demencial vorágine
del caos que reina en la vida
he visto como todo lo que fui
se ha convertido en soledad
sin apenas darme cuenta
he visto tantas cosas
he visto tanto tiempo
que ya no me sirven las palabras
pues solo me sirven los latidos
para expresar fielmente lo que siento.

martes, 7 de julio de 2015

Angelito de hollín



Descubrió en su madre la faceta discriminadora el día de su comunión, un 8 de diciembre cálido, tan poco propicio para los guantes blancos, el velo y la falda hasta los tobillos. El comentario que hizo la madre después de la ceremonia religiosa, le provocó ira y congoja en un día en el que debía prevalecer la serenidad, el gozo. Y como Piera solía hacer en esa época, se adjudicó la culpa, tanto por su enojo como por las palabras de su madre. Acababa de recibir a Jesús y se sintió una pecadora.

Al despertar lo primero que vio fue el vestido sobre una silla, deslumbrante en su blancura, esperándola. No le gustaba, demasiadas alforzas, cintas de raso, la vaporosidad del organdí.
Antes tuvo que ponerse una enagua larga de tafeta. Su sensación era la de estar cautiva en una cárcel inmaculada, suave, que, sin embargo, la mantenía prisionera en lo que más detestaba: las apariencias, justo ella, que era la niña invisible. Hubiese preferido el vestidito rosa de algodón, destinado para las grandes ocasiones que nunca iban a llegar, la familia vivía en el nuevo país como en un destierro.
Los catequistas congregaron a todos en el patio del colegio contiguo a la iglesia. Allí estaban las demás compañeras vestidas como novias, en un festín de tules, organzas y gestos de protagonistas de un desfile de modas. En un costado se amontonaban los varones, rígidos en sus trajes oscuros y con el moño blanco en el brazo.
Los formaron por estatura y de a dos. A Piera le tocó Yael de pareja, el único chico negro del grupo y del barrio. Entraron por la nave central de la iglesia y se fueron desplegando, como alas blancas y azules a medida que ocupaban los bancos: las nenas en los de la izquierda, los varones en los de la derecha.
Padres y parientes se aglomeraban en las naves laterales y hacían gestos discretos para ser identificados; distinguió a Elio, el hermano mayor, por lo alto, y adelante a su madre. Del cuarzo celeste de los ojos de ella parecía brotarle una sombra, como si fuese humo. Se preguntó si se habría ensuciado el vestido o si tendría el velo mal puesto.
Después de recibir a Jesús (no era ni Cristo ni Dios, era Jesús, el buen pastor, el que decía dejad que los niños vengan a mí) y terminada la misa, volvieron a salir en fila, Piera junto a Yael, en una coreografía perfectamente sincronizada.
Su madre apenas la rozó con un beso y le dijo, como si mordiera cada palabra, justo al negrito te fueron a poner de compañero, qué mala suerte. El padre, como si no estuviera allí, permaneció en silencio.
Durante el almuerzo sintió que la alegría del festejo se había escondido debajo del mantel, avergonzada. Los invitados, escasos y todos mayores, hablaban de otros tiempos, otros lugares. La penitencia que se impuso fue no probar ni una migaja de su postre favorito, ir a la cocina, y mientras los adultos tomaban café, lavó la vajilla. Desde el comedor venían risas y la voz de la madre recordando la entrada a la iglesia. Decía que nunca había visto en el barrio a un negro africano, la mayoría eran morochitos con cara de indios y venían del interior. Lo último que oyó de su madre fue lo mal que se habrá sentido Pierina.
Salió al patio y barrió con furia las baldosas impecables. Mientras lo hacía, pensó en Nidia, la hermana mayor de Yael, que debía tener unos veinte años y era catequista. Yael exhibía la fragilidad de alguien con huesos de vidrio, apenas cubiertos por la magritud de una piel que parecía hecha de hollín. Desprendía algo irreal, como si fuera más espíritu que materia. En cambio Nidia ostentaba una gordura maciza, que la asemejaba a una elefanta preñada.
Piera estaba en el grupo del padre Hans y le costaba entender su castellano germanizado. Cuando el cura le aconsejó que repasara con Nidia los puntos del Catecismo que no entendía, ella se asustó. De inmediato descubrió que el cuerpo enorme y oscuro albergaba una paloma. Cada vez que se despedían la abrazaba con delicadeza contra su panza y le decía: viste, no es tan difícil. Piera sentía que Jesús le hablaba por la boca de Nidia.
Guardó la escoba; por la puerta abierta vio a la madrina y a otro invitado poner unos billetes en la bolsita de organdí que hacía juego con el vestido y colgaba de una silla.
Se fue hacia el jardín del fondo a charlar con Jesús, en ese entonces era su costumbre. Con el paso de los años el dogma religioso se volvió un cuento de hadas y la iglesia otra de las formas del poder. Jesús no se alejó por completo, se quedó sin su parte divina, solo como un hombre que quiso cambiar algo en el mundo mediante el amor y había muerto por sus convicciones.
Esa tarde del 8 de diciembre Piera se acurrucó bajo el limonero, lugar de sus confidencias, le pidió perdón por la ira de ella, la soberbia de su madre y sonrió al recordar que cuando vio que sería la compañera de Yael, lo había tomado de la mano y así, unidos, habían entrado a la iglesia.


©  Mirella S.   — 2015 —


miércoles, 1 de julio de 2015

Revista Ultraversal: nuevo número

Revista Ultraversal ed. nro. 1


Ya salió la nueva edición de la Revista Ultraversal. 

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¡No se la pierdan!