martes, 19 de septiembre de 2017

7. Principios y finales

Foto: Anna O



Cuántos finales iniciaron principios y viceversa. Cuánto aprendió de ellos, incluso de los aparentemente menos significativos. Fueron tantos que no podría contabilizarlos.

La vida es cíclica, cada una de sus etapas encierra una deconstrucción para fundar un orden nuevo, que no siempre es mejor o más cómodo. El tiempo dirá si las decisiones tomadas resultaron correctas.

Al separarse de César no quiso aceptar la parte de sus bienes, ella no había hecho ningún aporte. Quería empezar de cero, valiéndose por sí misma, con sus  clases de arte en el Instituto y con la intención de abrir su propio taller de pintura y escultura.

Él era realista y fue generoso. La llamó a la pensión donde se había alojado y le pidió que tomara el monoambiente del barrio de Almagro. Con su sueldo de docente nunca podría irse de ese lugar, los pasillos infectados con olor a sopa y orina de gato, y menos llevar a cabo su proyecto.

La otra opción habría sido volver a la casa del viejo, con la frente marchita, como dice el tango, sumergirse nuevamente en el clima opresivo que le provocaban sus tres habitantes, una alternativa que consideraba el peor de los retrocesos.

Cuando se mudó al departamentito de Almagro, rescató sus sueños adolescentes de libertad. Esperaba un inicio digno, con su estilo sin artificios, asentado en lo esencial.

La expansión alegre de desbrozar malezas para encontrar su camino duró unas semanas. Ese principio se quebró por un final abrupto: la muerte de su padre. 

Se lo comunicó la Segunda, en un breve llamado telefónico.

—Lo fui a despertar para llevarle el café… no me contestó, lo toqué y estaba tan frío.

Recordó que su padre y la Segunda ya no compartían el mismo cuarto, ella había trasladado sus cosas al de Piera, pero mantuvieron el ritual del café matutino en la cama.

Morir durante el sueño, dejar furtivamente un mundo del que se había retirado con la muerte de la esposa. De Renzo apenas había quedado un pellejo seco y silencioso que se arrastraba a lo largo de los días sostenido por rutinas y recuerdos.

Piera no sintió un gran dolor ante la noticia, solo una pena extenuada, que se parapetaba en las comisuras de los ojos, bebiéndole las lágrimas.

Corrió hasta la casa antes de que se lo llevaran. Hacía casi un año que no lo visitaba y al verlo, le pareció aún más viejo y consumido, como si una voracidad interna le hubiera devorado la carne. No le pudo dar un beso, no lo había hecho en vida y ahora carecía de sentido besar un cadáver. Apoyó una mano sobre las del padre unidas sobre el pecho, cerró los ojos y le dijo addio, babbo*, como le habían enseñado a llamarlo. 

La Segunda daba vueltas y vueltas alrededor de la cama donde yacía Renzo, la cara contraída igual que un ancho melón que empieza a marchitarse. Oyó la voz de Bruno que hablaba por teléfono en la que había sido la habitación de Elio, convertida en escritorio. Cuando entró se masajeaba los párpados y ella, en un impulso genuino, lo abrazó. Bruno le puso una mano en el hombro para alejarla.

—Una buena muerte, sin darse cuenta, sin dolor. Ahora hay que ocuparse de los trámites.

Sus ojos, negrísimos como los de Renzo, parecían agrisados por una niebla. Sabía que Bruno y su padre tenían una conexión profunda y extraña, un entendimiento sin palabras. Comprendió que nunca le diría que descubrió el secreto ni que había visto a Micaela. Él la ignoraba, seguía tratándola como a esa mocosa metida e impertinente pegada a los talones de Elio.

Bruno se inclinó para abrir uno de los cajones y sacó una carpeta gruesa. En el frente, con letras de imprenta en tinta negra, leyó: Escritura y Testamento.

—Voy a vender la casa en seguida, no hay que hacer sucesión, babbo ya la había puesto a nuestro nombre.



*Babbo: modo familiar de decir papá en algunas regiones de Italia.



Sinopsis
Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana (1932-1980): su madre, mujer de carácter fuerte, en la casa todo giraba alrededor de ella. Muere cuando Piera tiene diez años.
Renzo (1928-1996): su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con la Segunda. Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana.
Elio (1952): el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse.
Bruno (1954): el segundo hermano, con el que se lleva mal y Piera lo considera el culpable de que Elio tenga que abandonar para siempre la casa paterna. Ella desconoce el motivo de la pelea entre los hermanos. Es agente financiero. 
César (1962): abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. 
Micaela (novia de Bruno) y Elio eran amantes. Piera la visita y, agresivamente, le confirma la sospecha de César.


©  Mirella S.   — 2017 —




martes, 12 de septiembre de 2017

6. Finales y principios



Tardó en contarle a César la visita a la casa de Micaela. No estaba de ánimo para su usual gesto satisfecho que significaba: viste, tenía razón. Sin embargo, en esa oportunidad, él escuchó el relato con interés, sin interrupciones y cuando terminó le tomó la mano y dijo:

—Lástima que no me avisaste, te hubiera llevado en el auto. El regreso en compañía no habría sido tan duro —hizo una pausa y preguntó—: ¿Qué vas a hacer con Bruno ahora que sabés la verdad?

—No sé, todavía lo estoy procesando. A él no creo que le importe mucho mi opinión.

Agradeció la actitud de César. Por encima de sus aires de sabelotodo que la inhibían y fastidiaban, era un buen tipo. Tenían una convivencia formal, plagada de objetos de valor, comodidades y apariencias que excedían el gusto sencillo de Piera.

Así como a los quince años se preguntó qué había visto Mica en Bruno, ahora, en esta rememoración, se pregunta qué le atrajo de César. Probablemente la deslumbró su savoir faire, el hecho de que se hubiera fijado en ella y la eligiera alguien con tanto futuro.

En los cinco años de matrimonio aprendió a cuidar su aspecto, a ser más comunicativa. Pero no lo suficiente, había defraudado a César, que en su rol de Pigmalión, esperaba transformarla de simple margarita en una orquídea de lujo. Necesitaba a una mujer fulgurante que lo acompañara en el ascenso laboral, que destacara en los eventos organizados por el estudio jurídico prestigioso del que anhelaba ser socio antes de los treinta y cinco.

Lo logró por su capacidad y obstinación y sin la presencia de ella, a quien no le interesaba salir de su condición de flor silvestre que, trabajosamente, se asomaba por entre los hierbajos de una realidad en la que no sabía desenvolverse.

César, además de ofrecerle confort material, la inició en la exploración de su cuerpo, del placer que podía proporcionar y proporcionarse en la unión con otro cuerpo. La pericia de sus manos y sus labios le extrajeron de cada poro espasmos de deleite, despabilándola de su timidez.

En los primeros tiempos Piera pensó que eso era el amor y que buscaba algo más que no existía. Para ese hueco, esa carencia inexplicable, tenía una imagen que la rondaba a menudo. Visualizaba el cuidado y bello jardín de su casa natal, pero al que le faltaba el cobijo del limonero tan querido.

¿Y César, la había amado? Seguramente, a su manera, donde lo externo prevalecía por encima de la interioridad. No se conocieron, no traspasaron el límite de la piel, solo habían compartido cenas, fiestas, viajes y los entretelones de su carrera promisoria.

Quizás el amor sea una suma  de misterios, de pliegues y dobleces entre la carne y el alma, un entrar y salir por puertas giratorias, desnudos y encorvados por el peso de dioses y demonios, personales y ajenos.


Meses más tarde, cuando ella le dijo que se iba, leyó la decepción en la hondura de su mirada. Pensó que, probablemente, por la pérdida de esos años en alguien que no valía la pena o por no haber sido él quien tomara la iniciativa. No debía ser fácil para uno como César que lo dejaran.

Desde la nueva óptica que le ha dado la experiencia, Piera no está tan segura de que haya sido así, en aquel entonces vivía a la defensiva, creyendo que el mundo menospreciaba el más insignificante de sus actos.

César no la disuadió ni intentó prolongar el matrimonio, fue cortés y recurrió a frases convencionales sobre la diversidad de intereses y afinidades. 

Cerraba la etapa de su matrimonio ¿qué habría para ella afuera? Después de vivir entre algodones, en un mundo al que no pertenecía, solo deseaba encontrar el propio, aquel que le colmara ese hueco.



Sinopsis
Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar más su viaje al pasado.
Luciana (1932-1980): su madre, mujer de carácter fuerte, en la casa todo giraba alrededor de ella. Muere cuando Piera tiene diez años.
Renzo (1928-1996): su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con la Segunda. Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana.
Elio (1952): el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse.
Bruno (1954): el segundo hermano, con el que se lleva mal y Piera lo considera el culpable de que Elio tenga que abandonar para siempre la casa paterna. Ella desconoce el motivo de la pelea entre los hermanos. Es agente financiero. 
César (1962): abogado, Piera se casa con él a los veintiún años y se separa cinco años después. Es César quien le da indicios sobre el secreto familiar. 
Micaela (novia de Bruno) y Elio eran amantes. Piera la visita y, agresivamente, le confirma la sospecha de César.


©  Mirella S.   — 2017 —



martes, 5 de septiembre de 2017

5. Pintando palabras



Aquí estoy, empuñando un lápiz igual que si fuera una espada, ante un cuaderno que me desafía con sus páginas blancas. No quiero escribir con un bolígrafo, detesto las tachaduras, por eso, en este reto, me acompaña una goma nueva y un sacapuntas reluciente.

Hay emociones que no consigo pintar y busco otro recurso para hablarme de Elio, para desenterrar el secreto. Puedo pintar su figura, las facciones, las que conozco de cuando todavía no había cumplido los treinta y cuatro años. Era alto, flaco, el pelo siempre revuelto, los ojos claros como los de nuestra madre, aunque con un matiz glauco y sin su severidad. Sí, me sería fácil pintar el agua nítida de su mirada, como si en ella se reflejara el follaje de mi amado limonero, el de la casa vieja donde nací y viví veinte años.

El embrión de idea que pugna por salir y derramarse en mi caligrafía alargada es una mixtura de palabras e imágenes que mi mente dibuja con fatiga. Es arduo seguir y me hundo en este cuadro hecho de letras.

Quiero hablarme de cuando fui a ver a Micaela, después que César me planteara su teoría y antes de tomar la decisión de cerrar esa puerta de mi historia y esconder la llave. Fui, más que nada, para refutar la hipótesis de César.

Micaela nos visitaba con frecuencia en la casa del limonero. Me trataba con un afecto distante, tal vez porque era unos once, doce años mayor que yo. Me costaba entender que le gustara Bruno, tan seco y poco demostrativo. Vino para mi fiestita de los quince de la que no recuerdo demasiado, estaba pendiente de Juan, quería que fuese él quien me diera el primer beso, pero no ocurrió esa noche. Sé que en algún momento Bruno se tuvo que ir y Mica, como la llamaban, se quedó charlando con Elio.

César, con los contactos del estudio jurídico donde trabajaba, me ayudó a encontrar su dirección al cabo de todos esos años sin saber de ella. Vivía en un barrio apartado, en una casa antigua, modesta, con rejas en las ventanas que daban a la calle. 

Era un sábado de otoño por la tarde, el escaso follaje de los árboles formaba un caligrama parduzco, indescifrable. Toqué el timbre y Mica abrió la puerta. No me reconoció en seguida. Mis manos  transpiraban a pesar del aire fresco. Con voz no muy segura le dije “hola, Mica, tanto tiempo…”

La cara, que había envejecido más que su edad, se craqueló, como una pieza de porcelana golpeada, en una red de arrugas. Con tono agrio me preguntó por qué la molestaba, no tenía derecho a… La interrumpí y con la rebeldía renacida, le contesté que sí, tenía el derecho de saber qué había pasado con Bruno y si era cierto que ella y Elio…

Escupiendo las palabras, me contestó que era cierto, se habían amado y las explicaciones las dio en su momento a quien correspondía. Me miró con la superioridad que yo creía me miraban todos y, en voz baja, me pidió que no fuera más a verla. Antes que cerrara la puerta de un golpe, escuché a sus espaldas unas risas infantiles.

En los minutos que permanecí estática observando la casa, vi una sombra detrás de una ventana y el movimiento de la cortina al descorrerse.

La escritura me cansa, no es mi dominio. En el resto de la hoja en blanco dibujo un portón antiguo, dos mujeres, una de frente, la otra de espaldas. Dos formas de dolor.




Sinopsis
Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica. También decide recurrir a la escritura para profundizar en ese viaje al pasado.
Luciana (1932-1980): su madre, mujer de carácter fuerte, en la casa todo giraba alrededor de ella. Muere cuando Piera tiene diez años.
Renzo (1928-1996): su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con la Segunda. Es profesor de francés, italiano y latín. Cae en depresión con la muerte de Luciana.
Elio (1952): el hermano dieciocho años mayor, muy querido por Piera. Es periodista. Estuvo poco en la casa, durante la dictadura militar tuvo que exiliarse.
Bruno (1954): el segundo hermano, con el que se lleva mal y lo considera el culpable de que Elio tenga que abandonar para siempre la casa paterna. Ella desconoce el motivo de la pelea entre los hermanos. Es agente financiero.
César (1962): abogado, Piera se casa con él a los veintiún años.



©  Mirella S.   — 2017 —


jueves, 20 de julio de 2017

4. Recursos




Cómo sería contar este paralelismo, cómo lo haría si tuviese que escribirlo. Afortunadamente no soy escritora —se responde Piera. El escritor de la familia era Elio, con sus agudas editoriales socio-políticas publicadas en periódicos de varios países. Los había leído gracias a César, ella se consideraba un burra total en la materia. Según las ciudades en que se publicaban, creyó armar un itinerario de los breves anclajes del hermano en una fuga que lo alejaba cada vez más.

Él ya no está para indicarle la forma de expresar una idea y ella debe hacerlo a su estilo, a través de la pintura, continuando ese cuadro.

Lo comenzó la tarde anterior, para darle cauce a la inquietud que la quebranta y oscurece desde hace días. Preparó óleos, pinceles y colocó una tela en el caballete. Trazó un bosquejo e intentó descifrar la emoción confusa que se le escapaba. Esa noche durmió mal, soñó con imágenes de piedra, caras de aristas afiladas que se superponían y voces pedregosas que la llamaban.

Los colores y las líneas son sus palabras para traducir el desasosiego y el sueño. Tengo que seguir y ver hacia dónde me conducen —murmura— y expande sobre el lienzo una capa espesa de grises y ocres. Con la espátula le insinúa texturas y de a poco se revelan facciones en la gruesa montaña de escombros del fondo.

César y Bruno. No está Elio, en quien había vuelto a pensar últimamente. Sí, César y Bruno, son ellos que le hablan, cada uno desde el lado de su historia. César desde el pedestal de su propia importancia de abogado en ascenso, mientras que Bruno grita frases ásperas, dictadas por la inquina. Cuánto se parecen, no físicamente, sino en determinadas posiciones ante la vida: el dinero, el poder, el éxito por encima de cualquier otro aspecto.

Casarse con César tan joven le sirvió para irse de la familia, eso lo comprendió rápidamente. Fue mejor que quedarse en la casa paterna, con el viejo triste en que se había convertido su padre y con la Segunda, tan sosa y sin horizontes. Elio se había ido y a Bruno, el amargo, el despectivo, no lo pudo querer, lo consideraba el culpable de la partida de Elio.

Y fue César quien descubrió el motivo de la pelea y el destierro de su hermano mayor. Eran conjeturas que, analizándolas bien, encajaban. El razonamiento inteligente de César era preciso, solo que Piera no quiso aceptarlo, extrañaba a su hermano y no consiguió imaginarse a Bruno como una víctima.

Ya se había dado cuenta de que no amaba a César y después de la revelación la lejanía emocional fue creciendo. Su marido defendía a Bruno y ella no podía culpar a Elio. Destejió la trama buscándole puntos flojos, tironeó los hilos para que formaran otro diseño y, finalmente, sepultó la historia en la tumba de los enigmas.

También la trama marital comenzó a torcerse, César le recordaba demasiado a Bruno, un Bruno amable, pero igualmente aferrado a sus convicciones materiales.

En esa época escapaba y como había huido de la casa familiar, también se fue de esta otra, rica, de categoría, que le sobraba por todos los costados. Y se sintió como se debía sentir Elio, sin un lugar en el mundo, él resguardado detrás de sus palabras escritas, ella embadurnando lienzos para sacarse el frío que le salía de adentro.

Pasaron veinte años, Piera ha cambiado. Necesita depurar rencores, cerrar heridas y sabe que primero debe componer los pedazos rotos de su historia. La pintura  será un medio y si no es suficiente, recurrirá a las palabras. Un nuevo desafío.



Sinopsis
Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica.
Luciana (1932-1980): su madre, mujer de carácter fuerte, en la casa todo giraba alrededor de ella. Muere cuando Piera tiene diez años.
Renzo (1928-1996): su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con la Segunda. Es profesor de italiano y de latín.
Elio (1952): el hermano mayor, le lleva dieciocho años, muy querido por ella. Es periodista. 
Bruno (1954): el otro hermano, con el que tiene una mala relación, lo considera culpable de que Elio tenga que abandonar para siempre la casa paterna. Piera desconoce el motivo de la pelea entre los ellos. Es agente financiero.
César (1963): abogado, Piera se casa con él a los veintiún años.


©  Mirella S.   — 2017 —


Continuará... en setiembre...
Abrazos para todos.





jueves, 13 de julio de 2017

3. Secreta mente




Con la partida de Elio, en la casa se instaló un clima aún más sombrío que el producido por la muerte de la madre.

Según Bruno, Piera a los dieciséis años tenía una ingenuidad rayana en la estupidez, incapaz de darse cuenta de nada. Se lo dijo cuando ella le preguntó el motivo de la pelea y la ausencia de Elio.

La respuesta de su padre fue fruncir el ceño y decirle que era muy chica para entender y se encerró en su cuarto.

La Segunda iba y venía de la cocina al comedor, como perdida, con una franela inútil entre las manos, que temblaban ostensiblemente. Se hace la nerviosa —pensó Piera—, estaba en el momento de la discusión, sabe qué pasó. No le hizo preguntas, no la consideraba de la familia, a pesar de que a los pocos meses de su llegada, el padre se casó con ella y consiguió la seguridad que nunca había tenido. Al viejo el matrimonio también le convino, era un cómodo y no quería ocuparse de nadie, recostado en su papel de viudo inconsolable.

En esa época Piera buscaba ampararse en el resentimiento y el desprecio para sentir que era alguien y estaba viva. Se fabricó una identidad ficticia que la ayudara a respirar. Había días que se asfixiaba, como si el aire de la casa estuviera contaminado. Entonces empezaron sus ataques de asma.

Una tarde en que Bruno le lanzó uno de sus dardos sarcásticos, algo le explotó por dentro. Sin poder contenerse, gritó:

¿Por qué no te vas de acá? Un boludo de treinta y dos años, lleno de plata que vive en la casa del viejo, sos un tacaño de mier…

Esperaba, casi deseaba, un cachetazo de su hermano para mantener activo el rencor, pero no pudo terminar de decir lo que tenía atragantado porque el acceso de tos fue intenso y la respiración tan sibilante que hasta Bruno se asustó.

Recuerda que estaban en la cocina, el amplio ventanal abierto al jardín de atrás. Se asomó para inhalar aire y le pareció que el limonero, su amado rincón de confidencias, inclinaba sus ramas para enviarle oxígeno.

A partir de esa escena, con Bruno se evitaron mutuamente. Cuando él llegaba de la oficina, Piera desaparecía, se llevaba unas frutas a su cuarto a modo de cena o se iba a estudiar a la casa de una compañera y se quedaba a dormir allí.

Bruno era como su nombre, oscuro, hosco, soberbio. Detrás de la fachada impenetrable, cada tanto le asomaba una veta violenta en los ojos, en los puños apretados, prontos a entrar en acción. De aspecto era más atractivo que Elio, más bajo y musculoso, trigueño, con un elegante perfil como repujado en bronce.

El único afecto y preocupación que demostraba era hacia el dinero. Le conoció una novia, Micaela, la única que trajo a la casa. Un día no vino más, debió quedar absorbida en los pliegues umbrosos de la vida de Bruno, tal vez guardada dentro de su maletín contenedor de transacciones bursátiles, ganancias abundantes y verdades que no revelaría ni siquiera para defenderse.

Las paredes de la casa custodiaron lo ocurrido entre sus hermanos, enrarecieron el aire, le provocaron el asma, que mermó en cuanto se fue para casarse con César.




   

Sinopsis
Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica.
Luciana (1932-1980): su madre, mujer de carácter fuerte, en la casa todo giraba alrededor de ella. Muere cuando Piera tiene diez años.
Renzo (1925-1996): su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con la Segunda. Es profesor de italiano y de latín.
Elio (1952): el hermano mayor, le lleva dieciocho años, muy querido por ella. Es periodista. 
Bruno (1954): el otro hermano, con el que tiene una mala relación, lo considera culpable de que Elio tenga que abandonar para siempre la casa paterna. Piera desconoce el motivo de la pelea entre los ellos. Es agente financiero.
César (1963): abogado, Piera se casa con él a los veintiún años.


©  Mirella S.   — 2017 —





jueves, 6 de julio de 2017

2. Like a rolling stone



Clara, la astróloga a la que Piera consulta en cada cumpleaños para que le haga la carta de la Revolución Solar, le explica que en la de este año la posición de Plutón, nuestro Hades simbólico, el que revuelve las basuras subterráneas para sacarlas a la superficie, está ubicado en el área que muestra las relaciones con los hermanos. Es el momento de limpiar viejos rencores, sugiere.

Su hermano Elio era un acuariano casi de manual —diría Clara—, le llevaba 18 años y era el mayor. Bruno nació dos años después y, al cabo de 15 años, Piera cayó como peludo de regalo. Los hermanos no se pusieron celosos, ya se habían convertido en hombres y no iban a tener celos de una cosita feúcha y llorona, como dijeron que había sido ella.

Piera quería a Elio, un tipo carismático, de respuestas inmediatas y agudas. La sonrisa se le iniciaba primero en los ojos, en chispas risueñas. Ella recibía ese guiño cómplice como un gajo de cielo que asomaba entre las nubes aburridas de un mundo de adultos, para los que se sentía invisible.

Era hermoso Elio, tal vez sin serlo, aunque así lo veía ella. Estaba poco en la casa, debido a su trabajo de periodista. Cuando llegaba, Piera lo seguía por todos los cuartos para no perderse un minuto de su compañía, atesorando cada una de sus palabras, aún sin entenderlas. Por lo general eran discusiones políticas con Bruno, quien, mirándola torcido, le decía salí de acá, mocosa. Elio, para compensar la habitual brusquedad de Bruno, le revolvía los rulos y la acariciaba con la tibieza de su mirada.

Mientras vivió la madre, a pesar de su carácter imponente y crítico, hubo canciones y risas. El padre ejercía el rol de diplomático mediador, siempre neutral en los conflictos.

Sin embargo, con la aparición de la otra, la Segunda, así la llamaba Piera para sus adentros —la mujer contratada por su padre para que se ocupara de ella y de la casa—, el ambiente familiar se tornó mustio, gris. Tenía once años y la Segunda intentó congraciarse preparándole damascos en almíbar con mascarpone y escamas de chocolate, pero no lo logró. Nadie tuvo la culpa, hay vínculos que no se dan.

Elio viajaba mucho y en el ’77, con la dictadura militar, se fue del país y no pudo venir cuando murió la madre, en el ’80. Piera devoraba sus cartas, tan bien escritas, tan íntimas, igual a su sonrisa.

Regresó en cuanto la democracia se restableció nuevamente y estuvo en la fiestita de los quince de ella, un festejo desabrido porque la Segunda era pobre de ideas y el padre vivía en su mundo de tristezas. Elio la acompañó a comprar el vestido, que le pareció demasiado corto, pero él le dijo que debía lucir la belleza de sus piernas.

Es el último acontecimiento grato que recuerda; meses después sobrevino aquello que cambió la vida de todos. Su padre gritó por primera vez, Bruno le dio un tremendo puñetazo a su hermano y se convirtió en el hombre amargo y taciturno de hoy.

 Y Elio, el querido Elio, ahora exiliado por su propia familia, partió para no volver, errando de un país a otro, como una solitaria piedra rodante sin rumbo, sin raíces.





Continuará...


©  Mirella S.   — 2017 —




jueves, 29 de junio de 2017

1. Hoy





Despierta despacio, se resiste a dejar los sueños, las aventuras que abundan en sus madrugadas. Permanece unos minutos sin abrir los ojos: es una holgazana que se estira disfrutando del calorcito que le ofrece el acolchado.

Hoy es su cumpleaños. En este día, Piera quiere renovar sus votos con la vida. Sabe que hacia afuera será un día como tantos, que pocos se acordarán de la fecha y menos la llamarán. Solo los incondicionales de siempre.

Hoy no le importan los saludos, las frases repetidas año tras año.

Hoy quiere ser feliz, a su estilo, hacia adentro, sin alboroto. Sonriéndose. No aceptará invitaciones a cenar, si es que habrá alguna. Será ella con ella.

Ya se regaló un bouquet de junquillos que vio en el puesto de flores de la esquina. Recordó los que bordeaban los canteros en la casa de la infancia y que siempre florecían en esta época. Su palidez y la fragilidad de su aroma, junto al del café con leche, le desearán el primer feliz cumple. 

El desayuno de cada mañana, mientras mira el descolorido cielo de junio, tendrá el sabor que ella quiera darle. Un sabor nuevo, como este nuevo año que le empieza.

Por un día se olvidará del pasado, de aquellos que se fueron y no regresaron, de los que la olvidaron o que ella olvidó. Tampoco necesita trazar proyectos para el futuro. Este hoy es todo lo que le cabe.

Piera quiere vaciarse de lo superfluo, de lo improductivo, de las películas dramáticas que su mente urde en cada situación incierta.

Se pregunta si se puede planear ser feliz. No, —se responde— la felicidad te llega, inesperada como un soplo de brisa que agita las cortinas tiesas de un cuarto. Como la aparición de un amor en el que aún no se ha instalado la monotonía. Como el nacimiento de un hijo, como tantas cosas grandes y pequeñas que te tocan el alma.

No, la felicidad no se planea, te roza, te obsequia momentos únicos, diamantes en bruto que hay que pulir por dentro para que brillen externamente y los demás disfruten de la luz clara que te envuelve como un aura.

Piera se lo dice y sabe que es así porque lo ha vivenciado. Ella no es una máquina que produce dicha, por eso la valora cuando la siente, cuando la irradia.

Se levanta, va a la cocina, prepara el café con leche y las tostadas con la mermelada casera de naranjas, el queso blanco untable. Igual que todas las mañanas.

No puede proponerse ser feliz desde un mandato mental. Sí puede preparar el terreno, disponer el ánimo para que la vida florezca serena. Piera cree que es un ingrediente indispensable de la felicidad.


©  Mirella S.   — 2017 —


Retomé la escritura de las Historias de Piera, una idea que empecé hace un par de años y quedó en el tintero. 
No es una novela, tampoco es autobiográfica, si bien la primera publicación, Angelito de hollín, se basa en una experiencia personal.
No soy Piera… pero en ciertos aspectos lo soy. Su mundo interior refleja algunas emociones con las que me identifico.

Hoy reinauguro sus vivencias, recuerdos, estados de ánimo. Empecé a diseñarle una vida, donde aparecerán nuevos personajes y, a medida que surjan, dejaré un breve resumen recordatorio de lo más importante.
Son escenas sueltas, sin un orden cronológico, sobre una mujer que recuerda, reflexiona, siente.

Espero les guste. Abrazos para todos.