martes, 30 de mayo de 2017

Budapest


Foto de André Kertész: "Budapest, 1914"




Mi sombra me precede, como si quisiera mostrarme el camino. La veo, delante de mí, más baja (o está encorvada). Esa proyección tenebrosa en la pared soy yo, con mi sombrero y mi gabán, los puños ocultos en los bolsillos. Sigo sus pasos atormentados; hay una luz que ciñe mis espaldas, una luz escrupulosa para definir la miseria del lugar.
Me pregunto por qué mi propia sombra me arrastró hacia esta casa cuarteada por el tiempo y la pobreza, que termina en una encrucijada furtiva.
Nuestros pasos son tan lentos que nunca vamos a llegar hasta las ventanas, casi a ras del suelo, con cortinas que velan el interior y pueden guardar tibiezas o atrocidades.
Este transitar pausado siguiendo a mi sombra me desconcierta y me veo envuelto en un juego de sombras chinescas y de pronto soy una sombra que sigue a otra sombra, dos siluetas espectrales proyectadas en la pared vieja de un barrio lejano.
Y si en algún momento llegamos a la esquina, donde los edificios se borronean sin identidad, allí seremos uno solo: yo sin mi sombra o la sombra sin mí, vagando por Budapest.


Hay un hombre que me sigue por una calle miserable que desconozco. Es una noche nublada, con un único farol que, a nuestras espaldas, alumbra lo necesario. La luz da de lleno en la pared cenicienta de una casa, sobre la que destacamos el hombre y yo, como si fuera una pantalla.
Él es más alto (o quizás estoy encorvado) y nuestras figuras se revelan en esa pared tosca, con manchas de humedad que suben desde los cimientos.
Los pies nos pesan y nos resulta difícil despegarlos de la vereda sucia, con el borde pespunteado de adoquines.
En mi nuca percibo la respiración anhelante del hombre que me buscó por toda la ciudad hasta encontrarme en este escenario absurdo. Y ahora se pega detrás de mí con su aliento frío, de muerto en vida.
Cuando pasemos por los ventanucos y doblemos en la esquina, el farol ya no iluminará y la oscuridad de este suburbio extranjero nos tragará ávidamente.


©  Mirella S.   — 2011 —


Este texto es uno de los primeros que publiqué en el blog.
Está basado en la foto de André Kertész.

Les agradezco mucho los afectuosos mensajes 
que me dejaron en la publicación anterior.
Abrazos.





lunes, 22 de mayo de 2017

Sin alas

Imagen: Laura Makabresku


Se acabaron las historias, la excitación de sentir el cuerpo facetado de la birome entre los dedos y su punta recorriendo los renglones, mientras una taza de café espumoso se entibia, olvidada, delante del cuaderno.

Se han muerto sus personajes internos, a veces enmascarados tras alguna cirugía para que no la reconozcan. O esos otros, tan antagónicos a ella que, probablemente, aparecían para complementarla.

Ya no hay anotadores o libretas llenos de frases que eran el puntapié inicial de futuros relatos. Ha quedado una anemia absoluta de ideas, las palabras han perdido tantos glóbulos rojos que no tienen la fuerza necesaria para reunirse y honrar un texto.

Aún peor, ella escapa ante cualquier oportunidad de sentarse y permitir que salgan y se expresen como sea. Ha cerrado esa puerta porque detrás intuye el abismo de que no hay más nada que contar. Y lo que surge es oscuro, como si ya hubiera entrado en la noche eterna del alma. Elige guardarlo para ella, la realidad es lo suficientemente lóbrega como para agregarle su cuota.

Tiene miedo, un miedo que aparece de golpe y la estrecha en un abrazo que la deja sin oxígeno. Cierra los ojos, inhala profundo e invoca alguna imagen amada para que la acompañe. No evade el arañazo de la angustia, aprendió a sostenerlo, sabe que pasará y volverá a vestirse con el traje gris de la monotonía.

Sí, se acabaron las historias, los deseos de buscar personajes, metáforas, corregir lo escrito.

El nido está vacío, un nido al que no llegan los pájaros que le traían un concierto de rumores recogidos en el bosque de la vida. Lo más probable es que sea ella la que se ha quedado sin alas y no consiga alcanzar esos mundos que se alejan y desvanecen.



©  Mirella S.   — 2017 —




lunes, 8 de mayo de 2017

Señales



Recordaste la época en que diseñabas señaladores para llegar a fin de mes, cuando, días atrás, encontraste uno en el cajón de los objetos olvidados. Te asombró la minuciosidad del dibujo y el buen estado que mantuvo a través de tantos años.

Estaban planeados hasta en sus menores detalles. Debían ser estéticamente bellos porque morarían en el interior de un libro, señalando el tramo de lectura ya recorrido.

Los pintabas con acrílicos de colores sobre una cartulina gruesa y los fijabas con un barniz en aerosol para su preservación. El paso siguiente era pegarles en el dorso una tela afelpada, con el fin de sostener la cintita de raso que indicaría la página abandonada.

Elaboraste muchos modelos (te aburría la repetición); los de mayor éxito y venta fueron aquellos con los signos del Zodíaco, que representaste según un criterio personal, diferente de los símbolos ya usados.

Qué extraño, en ese entonces no te interesaba la astrología y la elegiste como tema por pura desesperación porque nunca tuviste instinto comercial. Fue mucho tiempo después, empujada por otras circunstancias desfavorables, que empezaste a estudiarla desde un punto de vista nada tradicional, que se acercaba a la psicología junguiana. Esos señaladores expresaron una tendencia que ya estaba en vos, te ayudaron en un momento económicamente difícil, así como ocurrió más tarde con las clases, en las que aprendiste a conocer tu verdadera esencia: esa fusión de energías antagónicas que te conforman.

Hiciste lo que pudiste para salir a flote de las aguas intensas de tu emocionalidad. Mirás ese resto del pasado y sabés —ahora que tus fuerzas físicas mermaron y estás encallada en una orilla sin retorno—  cuánto vigor pusiste para insertarte en la realidad que te tocó en suerte.


©  Mirella S.   — 2017 —




miércoles, 3 de mayo de 2017

Abelardo Castillo: un gran escritor


Murió un excelente escritor argentino: Abelardo Castillo.
Lo conocí personalmente en un taller literario que él coordinaba. Mi pequeño homenaje es publicar uno de sus cuentos, para que quienes no lo conocieron lo lean 
y los que sí lo leyeron, lo recuerden.




El hacha pequeña de los indios


Después, ella hizo un alocado paso de baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial, mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si realmente se hubiera vuelto loco de alegría. Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año, haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación, evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa, riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa –linda como una estampa de la Virgen, dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero–, y de pronto estaban riéndose y casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones. "Vamos a tener un hijo", había dicho. Simplemente. Después, hizo un paso de baile y una reverencia.

Del libro "Las panteras y el templo"




Los iré visitando en la medida de mis posibilidades.
Por el  momento no contestaré a los comentarios que dejen, pero los leeré atentamente.

Abrazos para todos.