miércoles, 26 de septiembre de 2018

Imaginativa-mente

Pintura: Mariska Szollosi

Desde que los recuerdos se modelaron en imágenes y después en palabras, Alexia evoca que siempre quiso ser otra. No con dotes extraordinarias como una belleza deslumbrante o una mente privilegiada. Solo distinta. Quizás sí con más inteligencia y un pensamiento más lógico y objetivo. En cuanto al aspecto, se conformaba con una cara y un cuerpo armónicos, nada especial, pero que sintiera suyos.

No es que fuera tonta o fea, simplemente no se reconocía en sus facciones agradables ni en el físico menudo y esbelto, como tampoco en la forma de pensar ni en su cosmovisión.

Algo en ella no aceptaba esa identidad y, cada tanto, se lo hacía saber mediante sensaciones de extrañamiento o la angustia helada de no saber quién era, de no pertenecer a ese envase ni a ese contenido que algún dios, ángel o demonio, le había designado.

Nació un primero de enero, a la medianoche exacta. En las calles estallaban los cohetes y los fuegos artificiales desmigajaban sus colores en la noche ardiente. De niña se hacía una pregunta absurda: ¿y si en medio del alboroto de los festejos la hubieran intercambiado con la bebé de la cuna vecina, venida al mundo a la misma hora?

Tanto la familia como los maestros pensaron que era una mitómana o padecía el trastorno de personalidad múltiple. Se presentaba con nombres diferentes, arquitectaba historias que nada tenían que ver con la propia. La llevaron a médicos y psiquiatras que no concordaron en un diagnóstico unánime. Los más optimistas opinaban que Alexia poseía una imaginación prodigiosa y sugirieron a los padres que la canalizara en clases de teatro o actuación.

En un principio sirvieron, pero al tiempo Alexia se dio cuenta de que representaba escenas que otros habían inventado. Necesitaba su trama personal que, conjeturaba, la acercaría a su esencia, permitiéndole conocer su auténtico yo. Y esa búsqueda la llevó a escribir. En cada personaje podía encontrar aquello que suponía le faltaba.

Dejó de ficcionar sobre sí y sus días entraron en cauces casi normales para el afuera; ordinarios y comunes para Alexia. En sus historias, cientos y cientos de ellas, labraba vidas, situaciones reales o inverosímiles en una exploración que se convirtió en el combustible que la impulsaba.

La personalidad que se construía era un holograma que giraba como un carrusel y le mostraba facetas desconocidas, que Alexia podía incorporar o descartar sin culpa. Una personalidad versátil, secreta, íntima. Externamente parecía una chica insulsa, cobijada tras su sonrisa líquida.

Con una pulsión casi animal, se le renovaba la sangre cuando tomaba papel y lápiz y daba inicio a la fabulación. Solía escribir a la hora de los gatos persiguiéndose en los techos vecinos, colmando la noche con sus maullidos.

Borraba y rehacía gestos, actitudes, anécdotas, protagonistas. La vocación de narrar le otorgó un sentido a su vida y el resultado fue un extenso libro sobre la naturaleza humana.





©  Mirella S.   — 2018 —




lunes, 10 de septiembre de 2018

La fuerza amansadora de lo pequeño

Foto de Zarif Bir Kalem


El monitor me mira con su ojo de cíclope ciego. Mientras aguardo la llegada de una idea prefiero volver al cuaderno, donde puedo hacer garabatos en el margen. Triángulos, espirales, algún asterisco. La memoria fibrila emociones y me estanco en el desasosiego, un acólito habitual de mis horas.

Automáticamente, trazo un símbolo del I Ching: en la base tres líneas paralelas enteras, una cortada y las dos superiores también enteras. Busco el libro. Las hojas tienen el olor polvoriento y la fragilidad seca de lo antiguo.

Permanezco unos instantes en suspenso ¿la consulta servirá igual a partir de un bosquejo distraído, sin la tirada de monedas? Por qué no, cuando dibujé el hexagrama lo que menos pensaba era en oráculos. Dejé de creer en lo que podían decirme hace muchos años.

Hoy, quizás, vuelva a necesitar esos mensajes impenetrables, que probablemente, ya ni sepa descifrar. Soy una mujer atada a la incertidumbre de las palabras. Mi inconsciente me ha arrojado un cuchillo: voy a provecharlo.

Es el hexagrama número 9: La fuerza amansadora de lo pequeño. El trigrama inferior, compuesto por las líneas enteras, representa lo fuerte, lo creativo, el padre. Su imagen es el cielo.

El superior simboliza lo suave, lo penetrante: el viento en el cielo. Es lo inmaterial, son las ideas que viven en la mente y que nos tienden trampas. Según el gran libro oscuro, anuncia que no hay mucho que se pueda hacer, porque lo pequeño es la fuerza que detiene, amansa y refrena. Significa una prueba para el carácter, afrontar la frustración de no obtener lo que deseamos.

Indica que el viento trae nubes, que todavía no están dadas las condiciones y no está en nuestras manos usar el poder que tenemos, no por ahora. Todo llegará, amablemente, en pequeñas dosis.

Es la historia de mi vida, como si fuera un inacabable hexagrama nueve. ¿Cómo terminé aquí? Por un insignificante dibujo que ejecuté mientras el viento barría las palabras.

No quiero ser domesticada, no sé entregarme sin luchar, a mi modo y que la mayoría no entiende. Sin embargo, esta tarde las fuerzas merman y un cansancio indiferente gana la batalla.

Debo permitírmelo.




©  Mirella S.   — 2018 —