martes, 7 de julio de 2015

Angelito de hollín



Descubrió en su madre la faceta discriminadora el día de su comunión, un 8 de diciembre cálido, tan poco propicio para los guantes blancos, el velo y la falda hasta los tobillos. El comentario que hizo la madre después de la ceremonia religiosa, le provocó ira y congoja en un día en el que debía prevalecer la serenidad, el gozo. Y como Piera solía hacer en esa época, se adjudicó la culpa, tanto por su enojo como por las palabras de su madre. Acababa de recibir a Jesús y se sintió una pecadora.

Al despertar lo primero que vio fue el vestido sobre una silla, deslumbrante en su blancura, esperándola. No le gustaba, demasiadas alforzas, cintas de raso, la vaporosidad del organdí.
Antes tuvo que ponerse una enagua larga de tafeta. Su sensación era la de estar cautiva en una cárcel inmaculada, suave, que, sin embargo, la mantenía prisionera en lo que más detestaba: las apariencias, justo ella, que buscaba ser la niña invisible. Hubiese preferido el vestidito rosa de algodón, destinado para las grandes ocasiones que nunca iban a llegar, la familia vivía en el nuevo país como en un destierro.
Los catequistas congregaron a todos en el patio del colegio, contiguo a la iglesia. Allí estaban las demás compañeras vestidas como novias, en un festín de tules, organzas y gestos de protagonistas de un desfile de modas. En un costado se amontonaban los varones, rígidos en sus trajes oscuros y con el moño blanco en el brazo.
Los formaron por estatura y de a dos. A Piera le tocó Yael de pareja, el único chico negro del grupo y del barrio. Entraron por la nave central de la iglesia y se fueron desplegando, como alas blancas y azules a medida que ocupaban los bancos: las nenas en los de la izquierda, los varones en los de la derecha.
Padres y parientes se aglomeraban en los pasillos laterales y hacían gestos discretos para ser identificados. Piera distinguió a su madre. Del cuarzo celeste de los ojos parecía brotar una sombra, como si fuese humo. Se preguntó si se habría ensuciado el vestido o si tenía el velo torcido.
Después de recibir a Jesús (para Piera no era ni Cristo ni Dios, era Jesús, el buen pastor, el que decía dejad que los niños vengan a mí) y terminada la misa, volvieron a salir en fila, Piera junto a Yael, en una coreografía perfectamente sincronizada.
Su madre apenas la rozó con un beso y le dijo, como si mordiera cada palabra, justo al negrito te fueron a poner de compañero, qué mala suerte. El padre, como si no estuviese presente, permaneció amurallado en su silencio.
Durante el almuerzo Piera sintió que la alegría del festejo se había escondido debajo del mantel, avergonzada. Los invitados, escasos y todos mayores, hablaban de otros tiempos, otros lugares. La penitencia que se impuso fue no probar ni una migaja de su postre favorito, ir a la cocina, y mientras los adultos tomaban café, lavó la vajilla. Desde el comedor venían risas y la voz de la madre recordando la entrada a la iglesia. Decía que nunca había visto en el barrio a un negro africano, la mayoría eran morochitos con cara de indios y venían del interior. Uno de los presentes dijo, no entendió bien qué cosa, sobre Brasil y lo último que oyó de su madre fue lo mal que se habrá sentido Pierina.
Salió al patio y barrió con furia las baldosas impecables. Mientras lo hacía, Piera pensó en Nidia, la hermana mayor de Yael, que debía tener unos veinte años y era catequista. Yael exhibía la fragilidad de alguien con huesos de vidrio, apenas cubiertos por la magritud de una piel que parecía hecha de hollín. Desprendía algo irreal, como si fuera más espíritu que materia. En cambio Nidia ostentaba una gordura maciza, que la asemejaba a una elefanta preñada.
Piera estaba en el grupo del padre Hans y le costaba entender su castellano germanizado. Cuando el cura le aconsejó que repasara con Nidia los puntos del Catecismo que no entendía, Piera se asustó. De inmediato descubrió que el cuerpo enorme y oscuro albergaba una paloma. Cada vez que se despedían la abrazaba con delicadeza contra su panza y le decía: viste, no es tan difícil. Piera sentía que Jesús le hablaba por la boca de Nidia.
Guardó la escoba; por la puerta abierta vio a la madrina y a otro invitado poner unos billetes en la bolsita de organdí que hacía juego con el vestido y colgaba de una silla.
Se fue hacia el jardín del fondo a charlar con Jesús. En ese entonces era su costumbre, con el paso de los años el dogma religioso se volvió un cuento de hadas y la iglesia otra de las formas del poder. Jesús no se alejó por completo, se quedó sin su parte divina, solo como un hombre que quiso cambiar algo en el mundo mediante el amor y había muerto por sus convicciones.
Esa tarde del 8 de diciembre Piera se sentó bajo el limonero, lugar de sus confidencias, le pidió perdón por la ira de ella, la soberbia de su madre y sonrió al recordar que cuando vio que sería la compañera de Yael, lo había tomado de la mano y así, unidos, habían entrado a la iglesia.


©  Mirella S.   — 2015 —


40 comentarios:

  1. Precioso relato, que describe algo muy triste... Pobre Piera...

    Muchos besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Misterio, por dejar tu impresión. Es algo muy real y más común de lo que se cree.
      Besos y bienvenida.

      Eliminar
  2. LO MEJOR ES QUE ELLA SE SIENTE FELIZ. GRAN RELATO.
    ABRAZOS

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sobre todo por no tener la misma opinión de la madre y entender la igualdad de pieles y razas.
      Gracias, Adolfo, con un abrazo.

      Eliminar
  3. Qué bella historia Mire, me creerás que me identifiqué con la madre; no yo con la madre, la madre con mi madre, jajaja. No sé cuántas veces me he sentido tan mal al ver y atestiguar el comportamiento altanero y majadero de mi madre. Pero bueno, todos tenemos nuestros defectos.

    Pasando a otra cosa, al principio en "el comentario que hizo la madre", pienso que tendría más fuerza si dijera "su madre".

    Abrazote y beeeeso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno, Gildo, es un relato autobiográfico y esa escena me pasó el día de mi primera comunión. Así que nuestras madres tienen un punto en común.
      Alegrémonos de no haber heredado esa actitud.
      Gracias por la sugerencia, tenés razón y ya la corregí.
      Beeeeeesos (siempre me vieron como la oveja "negra" de la familia... qué ironía ¿no?)

      Eliminar
    2. Pues qué querías, con esas amistades =D
      Es bueno saber eso del relato. Gracias.
      Abrazo.

      Eliminar
    3. Y soy más blanca que la leche... jajaja...
      Gracias, Gildo.

      Eliminar
  4. Los he visto como si estuviera allí.
    Eres genial.
    Cada post tuyo es un premio.
    Gracias.

    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es un gusto tener un lector como vos, Xavi, siempre te vas muy entusiasmado.
      Me alegro mucho y gracias.
      Besos.

      Eliminar
  5. la diferencia entre los adultos y los niños es maravillosa, lo malo es que nos empeñamos en educarlos a nuestra imagen y semejanza. Un relato estupendo. Abrazos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es así, Ester, los adultos nos empeñamos tanto en querer educarlos, muchas veces al revés.
      Un gusto que te fueras contenta.
      Abrazote.

      Eliminar
  6. Triste y para muchos niños, estas cosas les pueden marcar de por vida. Los padres y las madres, creen estar siempre en posesión de la verdad respecto a los hijos, y muchas veces no es así. Se da uno cuanta de ciertas cosas, cuando envejece, y cuando esos hijos son padres. Genial como siempre Mirella, y espero que todo te marche, bien, por aquello que comentabas, del problemilla.

    Abrazos y besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Este relato es muy personal, hablo de mi madre. En un punto, también traté de entenderla, ya falleció. De jovencita tuvo que sufrir la guerra, venir de Italia y encontrarse con un mundo tan diferente...
      Con mi salud estoy a la espera de los resultados de los estudios, que van a tardar todavía algunas semanas. Me siento muy cansada y sin energía.
      Gracias por todo, Rafa, sos un amor de persona.

      Eliminar
  7. discriminación hubo, hay y habrá mientras los humanos piensen que hay humanos de primer segundo o tercer orden

    la naturaleza humana sea la época que sea siempre toca fondo en la misma tecla


    abrazos y energías Mirella

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Elisa, parece que los humanos en las relaciones siempre estamos atrasados.
      Un beso grande.

      Eliminar
  8. La discriminación siempre esta presente o por el color, o la nacionalidad o cualquier otra majadería, pero siempre está en los mayores, los que tendrían que dar el ejemplo.
    Bello relato Mirella, es la vida y son las sensaciones que sentimos los siendo pequeños y quedan en nuestra memoria.

    mariarosa

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tenemos tecnología de avanzada, pero en cosas básicas nos alejamos mucho de ser "humanos".
      Gracias y me alegro que te gustara.
      Besos.

      Eliminar
  9. Muy bonito y emocionante, Mirella. Besicos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Angelines, es un gusto que te vayas contenta y emocionada.
      Un abrazo.

      Eliminar
  10. Que bonito Mirella !!!
    Es una de las historias mas bonitas que he leido, que bien narrada ...
    Me encanta leerte!!

    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Nieves, me da gusto que así sea.
      Besos, guapa.

      Eliminar
  11. Es que a nuestros padres los educaron de tal forma que reaccionen muy diferente de ahora mil años despues cuando el mundo en el que vivimos nos hizo diferentes.

    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si, Chaly, hemos avanzado, pero todavía hay mucha discriminación por todo el mundo.
      Gracias y besos.

      Eliminar
  12. Por ahí en un comentario decís que el relato es autobiográfico, un poco convencional en cuanto a prejuicios, contraste muy marcado, pero satisfactorio saber que fuiste la oveja negra de la familia...la oveja de hollín!!
    Espero que te repongas rápido, te mando un gran abrazo, MIR!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No sé qué quisiste decir con convencional, ocurre que en la discriminación no hay medias tintas. Lo conté según lo que recuerdo que ocurrió.
      Un abrazo, Edu y gracias por interesarte por mi salud.

      Eliminar
  13. Te mandaste un relato bien directo y con un mensaje claro. Una historia que transmite tristesa y ternura. Me gustó mucho.
    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ocurre que con este tema no podés ir más que por el camino directo, por lo menos lo siento así. El de la raza, la religión o condición sexual, son los más evidentes, pero estamos tan llenos de discriminaciones en niveles muy sutiles, somos tan críticos, poco compasivos.
      Un gusto tu presencia, Raúl, gracias.
      Saludos.

      Eliminar
  14. Una hermosa historia Mirella, desde lo literario. Siempre existirá la discriminación, aunque a veces no sea por el color de la piel, se manifiesta en diferentes grados; “nivel social”, extranjeros (este lo conozco muy bien), laboral, etc.
    Me gustó la descripción de la ropa, podía imaginarla tal cual. Y me gusta el final, sí, eres buena con los detalles.
    Hoy no da para bromas, así que me marcho seriecita!
    Ah, casualmente nací el 8 de diciembre (Acá diría alguna “pavadita”, pero debo respetar a la Virgen porque sino no me trae un novio jaja)
    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El de extranjera también lo viví, pero no sé si fue tanto de afuera, más bien era una sensación mía de no encajar.
      No te reprimas, me gusta tu humor o tus "divagues"... jajaja... son tu marca personal.
      Sos sagitariana, ahora entiendo tu chispa.
      Mil gracias, linda y contenta de te hayan gustado los detalles y el final.
      Un gran abrazo.

      Eliminar
  15. Maravilloso, un bello relato. Eres estupenda narradora -ya te lo he dicho- y digo con Viv, eres narradora de detalles, de esos pequeños rasgos o matices que son lo que hacen mas grande y personal el relato. ( bueno, no está bien explicado lo que quiero decir, pero sé que me entiendes)

    Autobiográfico...que bueno. Me pasó algo parecido con el vestido de ese gran día, ya te contaré con tiempo... Un abrazo con solqueabrasa.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No me gusta perderme en grandes descripciones, prefiero las pequeñas pinceladas que ubican al lector en las situaciones lo suficiente como para imaginarlas.
      Claro que te entendí, Soco y agradezco tu comentario y cuando quieras contame tu anécdota con el vestido, será muy bien recibida.
      Otro abrazo, con cielo nublado y humedad del 92 %.

      Eliminar
  16. Qué maravilla de relato! Sin embargo los imaginé tan bellos entrando en la iglesia enfundados de blanco...tal vez porque nunca usé los lentes de la discriminación, ni siquiera la concibo...Que pena, para el personaje de tu relato, que el racismo germinara en su propia casa....Adoro tus historias y tu manera de contar. Forte abbraccio Mirella!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tristemente en muchos casos son cuestiones culturales, venir de otro continente, no haber visto nunca a nadie que no sea blanco... en cambio en la niñez todo se vive de un modo más puro y natural.
      Me da alegría que lo disfrutaras, Patzy. Abbraccio e bacio.

      Eliminar
  17. Lástima que los prejuicios de los mayores se transmitan a algunos niños. Por suerte, tú ya eras de niña una gran mujer.
    Me encantó esa mezcla de rabia y de ternura, de incomprehensión hacia ese mundo hostil de hipocresías, adulto.

    Besos, mi Bella Dama.

    Y cuídate mucho, lo mío va para largo...

    ResponderEliminar
  18. Muy visual esa entrada en la iglesia, casi parecía que lo estaba disfrutando desde los bancos, bueno, que puedo decir, yo que soy café con leche.
    Voy a echar mucho de menos a mi corrector de Word particular. Que todo marche bien, Mirella. Besitos de coco pa' tí, a la espera de noticias que seguro serán buenas. Abrazos en bandada.

    ResponderEliminar
  19. La inocencia de los niños debe estar libre de cualquier adulto

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Oscar, por haber leído este relato viejo, le tengo cariño y supongo que como docente intentarás educar hacia la no discriminición.
      Un abrazo.

      Eliminar