domingo, 24 de marzo de 2013

Pater familias



In memoriam

Fuiste un hombre interesante.       
El perfil de bronce de un emperador, acuñado en una moneda romana. El pelo oscuro, apenas  estriado de canas. Los ojos, dos carbones que arden bajo el matorral de las cejas. Típicamente latino, no eras muy alto, pero te mantuviste delgado, inquebrantable en tu austeridad ante las tentaciones gastronómicas que mamá nos ofrecía.
Nadie se hubiera imaginado que vos, el guerrero de piedra que nos imponía las reglas del cuartel, tuviera ese toque de coquetería.
Así, te preparabas unos extraños menjunjes a base de hierbas: ortigas, granos de anís, de granadas y otras cosas. Los hacías decantar en agua destilada y, al final, agregabas unas gotas de alcohol.
Para la caída del cabello usabas uno, del que no recuerdo los ingredientes. Te empapabas el pelo con la pócima milagrosa y friccionabas vigorosamente el cuero cabelludo. Otro era una especie de loción para después de afeitar y también para masajearte la cara por las noches. Casi no tenías arrugas y nadie acertaba con tu edad.
Quisiera recodar la mezcla de yuyos que usabas (mis cremas no son tan eficaces) y revivir en mí la satisfacción que salía por la negrura de tus ojos cuando las personas se asombraban ante el número de tus años.
También hacías una máscara de clara de huevo batida a nieve, que extendías por tus pómulos y por tu frente. Insistías en compartirla conmigo. Durante el proceso de secado se tornaba una película bien tirante y nos mirábamos, yo intentado contener la risa, para que no se agrietara y vos controlando cuánto tiempo aguantábamos en el rol de estatuas. Por supuesto, me ganabas.
Exteriormente sólo heredé tu mirada; de mamá, tal vez, la forma de sonreír. Ella era todavía más blanca que yo, con los ojos claros como un mar transparente, baja, gordita, con un pelo gris prematuro, cortado a la garsón, como decía. De joven había sido muy linda. Vos le llevabas veinte años y cuando salían juntos le decías formamos el número 10. Ella no se ofendía y te dedicaba su risa, como el tintineo de campanas tubulares mecidas por el viento.
Me gustaban mucho tus manos, alargadas pero fuertes, morenas. Después de trabajar en el jardín-huerta, que cultivabas con dedicación en el fondo de casa, te las untabas con otro preparado de glicerina, limón y un poco de azúcar, para exfoliar las células muertas.
Por las mañanas hacías flexiones, de las que me escapaba con cualquier excusa. Cuidabas mucho tu aspecto y tu cuerpo. A pesar de las inclemencias pasadas en tu servicio activo en la guerra, tenías una salud excelente y te permitiste vivir hasta casi los 87 años. 
Para combatir el reuma tomabas —desnudo— baños de sol en el patio, y tu piel adquiría un envidiable color caramelo. En esas ocasiones teníamos prohibido acercarnos a esa parte de la casa.
Cuando te dolían las articulaciones te frotabas con un linimento que desprendía olor a menta y alcanfor, de cuyas bondades te enteraste en la sección “La página de la abuela” de una revista italiana a la que estabas suscripto.
Nunca salías sin saco y tenías para el verano uno clarito. 
Recuerdo la anécdota de las sandalias, tu indignación y asombro. Habías traído de Italia un par de sandalias de cuero marrón que te ponías en los días de calor. Por esos años era algo inusual que un hombre calzara sandalias. Yo escuché cuando le contabas a mamá que desde un camión te gritaron largá esas chancletas, pedazo de marchatrás.     
Como en tu diccionario bilingüe no figuraba esa palabra, le preguntaste el significado a don Manolo, el vecino español, quien se quedó muy confundido, sin saber como explicártelo y terminó diciéndote: joer, don Félix, que lo han tratao a usté de afeminado.
Igual seguiste usando las sandalias y al calzártelas, con aire digno, a veces murmurabas marchatrás, marchatrás será tu padre, sólo que en italiano utilizabas expresiones más groseras.
Hoy prefiero ver reflejado en el espejo de mi memoria tus aspectos bizarros y escapar del temor a desencadenar tu ira. 
Y, por los dos, quiero olvidar la desolación que me producían el silencio y el aislamiento que te impusiste —y nos impusiste—, que impregnaban la casa de una atmósfera glacial, en la que rondaban los atroces espectros de tus soldados muertos, tu añoranza por la patria lejana.

 ©  Mirella S.   — 2012 —






"Mándame lo que escribas", dijo mi padre.
Dije que sí, pero después no lo hice.
No estaba escribiendo nada sobre pescar,
y no creo que le hubiera interesado particularmente, 
o incluso que hubiera entendido,
lo que estaba escribiendo en esos días.
Además no era un lector. 
No el tipo de lector para el que me imaginaba  
estar escribiendo en esos días.
Luego murió. (...) No tuve la ocasión de decirle adiós o que pensaba que lo estaba haciendo bien
 en su nuevo empleo.
Que me sentía muy orgulloso de él 
por haber sido capaz de volver a empezar.

Raymond Carver
("La vida de mi padre")

 


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