domingo, 28 de abril de 2013
lunes, 15 de abril de 2013
Grito rojo
Correr.
Correr en la noche, tomados de las manos sudorosas por el miedo. Correr en la
geografía abstracta del suburbio de esta ciudad que no parece la nuestra.
Correr y
de pronto, en una bifurcación, Ramiro me suelta y se lanza hacia las sombras de
una calle transversal. Ante el desconcierto no atino a seguirlo, pero los pasos
a mis espaldas se acercan, golpean en los adoquines, levantan ecos de
escarcha, de risas obscenas, brutales.
Inspiro
profundo el frío que duele y corro en línea recta, quizás Ramiro se salve,
quizás no lo hayan visto desviarse. Sí: todos vienen tras de mí.
Nos
estábamos besando apoyados en el tronco de un árbol. Nos besábamos ahí porque no
teníamos un lugar adonde ir y no nos importaba. Cuando escuchamos las voces,
borrachas de desprecio, de insultos, Ramiro puso su palma en la mitad de mi
espalda, me empujó y dijo vamos,
éstos tienen ganas de joder. Caminábamos rápido, sin saber bien el rumbo,
las voces turbias nos alcanzaban. Empezamos a correr, mi mano prisionera en la
de Ramiro que me arrastraba, volábamos y en el aire había estalactitas que se
clavaron dentro de mi nariz.
La noche
esfumaba las aristas de las casas, bajas, modestas, cada vez más espaciadas por
ligustros y baldíos, él me llevaba hacia el viento, pero estábamos juntos. De
reojo apenas pude ver el jeroglífico de su perfil en la penumbra que nos
protegía. Al llegar a la esquina nos delató la luz fláccida de un farol. El corazón
batía como un tambor loco, la adrenalina nos hacía avanzar, tomados de la mano.
Inesperadamente
Ramiro me suelta convirtiéndose en un fantasma que se disuelve en la oscuridad.
Quisiera entender esta claudicación, el abandono.
La soledad
nocturna por la que transito es el espejo de mi páramo interior. Creí que
teníamos algo diferente que nos redimía, creer, creer (en qué, en quién),
correr sin alternativas porque la vida es una rata roedora de desperdicios,
mejor digo: mi vida, siempre en la búsqueda de lo imposible que nunca tendré ni
por dentro ni por fuera. Después llegó Ramiro y ese tajo que me partía en dos,
incurable como una herida que no se cierra, empezó a restañarse y la rata que
se revolcaba en la cloaca tuvo esperanzas, cultivó la ilusión de transformarse
en un cisne o, tal vez, en una gaviota que vuela libre sobre el agua, que vuela
como recién volábamos Ramiro y yo, únicos, indisolubles, hasta que él me soltó,
se fue por otro camino y la rata asomó nuevamente el hocico y de un bocado se
engulló el sueño de la gaviota.
Corro, pero es inútil, me van a alcanzar, quiero que me alcancen para terminar esta continua fuga de lo que soy, de lo que no seré, por más Ramiros que encuentre cada tanto, como solcitos efímeros del invierno.
Las
piernas casi no me responden, se mueven deformadas por el cansancio, como si
quisieran salirse de las botas; los pulmones arden, el aire frío que inhalo a
borbotones los quema. Ya están aquí, me rodean, miro las caras abyectas, no les
muestro la máscara de la rata acorralada, los desafío y les digo soy quien soy aunque no les guste. Se ríen, me putean con el orgullo y el
poder de los machos cuando están juntos, acicateándose entre sí. Me encierran
en un círculo. Con los puños apretados me machacan a golpes y de mi boca chorrea
un grito rojo que salpica las baldosas, un grito que contiene la tristeza y la
alegría de un último acto, mientras ellos, triunfales, braman como toros morite trolo de mierda,
morite…
©
Mirella S. — 2011 —
viernes, 12 de abril de 2013
Palabras extraviadas
Amor, no sé a qué zona entre el cielo y la tierra te condujo la aventura de
vivir. Tampoco, si te llegarán estas palabras ni si pertenecés todavía a este
mundo.
Apoyada en
el andador, me arrastro hasta una ventana para estar más cerca de un espacio
abierto que me conecte con tu libertad. El verano se acaba y las estrellas se
ahúman en la niebla. No las veo, sin embargo están. Como vos y yo.
Nunca te
sujeté a mis sábanas. Tal vez por eso volvías. En la vacuidad de mi existencia,
con los días apelmazados en un tejido monótono de meses y años sin gloria,
fuiste la última dádiva que el misterio de la vida tenía destinada para mí.
Ahora mi
cuerpo es un mapa devastado y recuerdo el tuyo privada de nostalgias, porque me
permitiste disfrutarlo sin retaceos. Y algo de tu piel, quemada por los soles
de cinco continentes, de tu olor a especias orientales y tus ojos de pájaro
alucinado, se quedó conmigo y me pertenece. Igual al avaro que guarda sus
tesoros, yo juntaba las partículas que ibas dejando por la casa y cuando
partías me indicaban la verdad de tu existencia. No eras algo soñado en noches
solitarias.
Así como
llegaste, te fuiste. La ausencia era una marea implacable que me fue socavando.
No hice reclamos, dónde hacerlos. A quién culpar si no estábamos unidos por
ningún contrato.
Fuimos dos
aves de fuego que se cruzaron en una tarde de tormenta y dignificaron la pasión
de ser libres. Quizás, después de ese vuelo, la noción de libertad cambió para
mí y quedé apresada en una jaula que construí yo misma.
Estas
palabras zumban en mi cabeza como avispas prisioneras. Se deshacen dentro de
los alvéolos que pronto quedarán vacíos. Pero son palabras que se extraviarán
en el espacio sin tiempo. Mis manos se han vuelto de una materia arbitraria e
independiente a mi voluntad y hablarte me sosiega.
Creo que te las debo. En mi voracidad absorbí las tuyas, las hice sangre y
lágrimas y te devolví mi silencio habitual.
Acaso vos también las necesitabas.
Se ha
hecho tarde, amor. Ya falta poco. Espero encontrarte en algún giro de
eternidad, en una astilla de luz que flote perdida en el universo, para que
volvamos a ser uno siendo dos. Como cuando venías a mí.
©
Mirella S. — 2013 —
domingo, 7 de abril de 2013
Sin azúcar
![]() |
Foto de Alberto Cabero |
Acorralada
en la penumbra, pienso en el cuaderno que dejé sobre la mesa, abierto en el
círculo de luz que proyecta la lámpara. Hasta hace unos minutos volcaba en sus
páginas despojos de mi fantasía. Estaba escribiendo acerca de un lugar
inexistente, un país imaginario gobernado por un demonio. El escritor convoca a
sus espíritus sacrílegos, acaso para exorcizarlos —me decía—, es una forma de
purificación. Con estas justificaciones, yo destilaba en el cuaderno la hiel de
mi decepción, describía la cara más abyecta de la maldad, proyectándola en mi
personaje.
De pronto
tuve la urgencia de beber algo caliente, como si mis palabras fuesen agujas
frías que me penetraran hasta los huesos.
Fui a la
cocina y puse a calentar agua.
Saqué un
tazón grande de loza blanca y azul, el café soluble y fui generosa en la
cantidad vertida. Debía tener los pensamientos claros para terminar el relato.
Antes de que el agua hirviera apagué la hornalla, llené el tazón y retomé la
ineludible tarea de poblar el cuaderno con esas palabras que, en mí, dolían
como animales rasgándome la entraña.
Soy
de las que todavía escriben a mano, en un cuaderno. Terminé la frase: “…él, elevándose desde su infamia,
clamó venganza”.
Mis
dientes castañetearon de un modo imprevisto contra el borde del tazón y tragué
un sorbo ardiente y amargo. No le había echado mis tres habituales cucharaditas
de azúcar. Antes de levantarme vacilé: una idea promisoria, pero aún
indefinida, se estaba formando en mi mente y no quería perderla con
distracciones. Prevaleció la necesidad del café caliente y dulzón y volví a la
cocina.
Estaba
revolviéndolo, cuando a mis espaldas escuché un ruido leve. Giré la cabeza y me
pareció ver líneas de sombra que despuntaban de la mesa, como si fragmentos de
la noche se hubieran colado en el interior del círculo de luz.
Entorné
con un pie la puerta y con la mano izquierda alcancé el interruptor. La cocina
quedó a oscuras.
Sosteniendo
el tazón me deslicé hacia el piso y quedé resguardada entre la heladera y la
puerta entreabierta. Apliqué el ojo en el resquicio que había entre las
bisagras y sólo conseguí ver el extremo de la mesa, apenas insinuado por el
reflejo de la lámpara.
El ruido
se había vuelto más preciso, como de quien arranca una hoja de papel. Mi pecho
se cuarteó en palpitaciones espasmódicas.
Estaba
sola en mi departamento, la puerta con los pasadores cerrados. Las ventanas se
asoman a un vacío de diez pisos. Pero alguien —o algo— seguía desgarrando las
hojas del cuaderno. Con las manos rodeé la taza para contagiarme el calor del
líquido humeante.
Recordé la
última palabra escrita: venganza. Lo que estaba del otro lado de la
puerta no hacía más que celebrarla —pensé. Había fabricado una monstruosidad,
una amalgama de palabras crueles, amargas como el café que no quise beber.
Irrevocables, ya.
Aquello en la otra habitación, oscureció por unos
instantes el hilo de luz por el que yo espiaba.
Las hojas
escritas caían sobre la alfombra en tiras, como cortadas por un cuchillo. Y mi
mente recolectó los adjetivos feroces que había usado para el retrato. Supe lo
que acababa de propiciar.
El
engendro ha crecido igual que un Golem gigantesco y escucho detrás de esta
puerta que me sirve de reparo provisorio, los cortes netos de las hojas que ya
acometen también a las tapas.
El café se
enfría en el tazón, lo mismo que mi cuerpo. Hasta la médula. Si no me hubiese
levantado para endulzarlo, si hubiese perseguido esa nueva posibilidad que
quería abrirse camino en mi mente, tal vez con palabras redentoras que
pronunciaran una salvación, si hubiera tomado el café sin azúcar…
Pero la
historia ya está escrita.
©
Mirella S. — 2011 —
miércoles, 3 de abril de 2013
Los talleres literarios
La pasión por aprender a escribir
(Mis desventuras como tallerista)
A Guadalupe Wernicke
Desde muy
jovencita tuve el anhelo, casi obsesión, de escribir
correctamente, perfeccionarme en el uso y en la combinación de las
palabras, saber estructurar las ideas
En cuanto
pude, decidí que lo mejor era ir a un taller literario. No a cualquiera, al que
estuviese coordinado por alguien con experiencia y oficio: un escritor.
Busqué uno
a quien yo admirara por su obra y que dirigiera un taller de escritura.
Estas
fueron mis peripecias.
Escritor
1: cuentista
prestigioso, en ese entonces estaba por publicar su primera novela. Petiso,
gruñón, de mal carácter. El taller siempre empezaba una hora más tarde, cuando
él estuviera dispuesto a concedernos su tiempo.
Fumaba en
pipa, una tras otra, el ambiente era irrespirable. Yo, con mi almita anhelante
de saber, aguantaba, mientras él nos leía capítulos de esa novela y pedía
nuestras opiniones.
Los
talleristas éramos alrededor de diez (la mayoría mujeres, obvio). Todos
chupamedias del Maestro, por lo tanto los elogios —por la que sería su obra cumbre— eran como
los pétalos que se arrojan al paso del Emperador.
Yo
esperaba el turno para leer mi cuentito, acontecimiento que se produjo varias
semanas después de haberme integrado al grupo.
Mi voz
temblaba un poco, pero inicié con entusiasmo. Cuando terminé la respuesta del
Maestro fue contundente: "No podía estar peor escrito, arruinaste la
idea".
Al poco
tiempo, dejé de concurrir.
Escritor
2: seguí
buscando y di con otro cuentista destacado. Alto, bigotudo, con un sentido del
humor agridulce, fumaba unos puros malolientes que me producían accesos de tos.
Tampoco tenía muchas ganas de coordinar un taller. Lo dijo abiertamente: lo
hacía por razones económicas.
Veinte
mujeres y un par de hombres, nos apiñábamos en el comedor de su casa, a veces
dos compartiendo la misma silla. Hablábamos poco de literatura, él prefería
contarnos sobre sus múltiples divorcios, amores y desamores.
Teníamos
que escribir textos muy cortitos, porque si no él se desconcentraba. También
aquí los discípulos eran unos chupamedias (menos una) y cumplían con el
requisito a rajatabla. Nunca me adapto bien a las normas y escribía como si mi
tarea consistiera en contar la historia del mundo.
Para
cuando finalmente me tocó el turno (él había estipulado un sistema por orden
alfabético, para no herir susceptibilidades), había elegido un cuento
particularmente largo. En la mitad de la lectura, levanté la vista debido a un
ataque de tos por el humo y vi que el segundo gran Maestro, bostezaba detrás de
su cigarro. Empecé a leer más rápido, acometiendo el texto como si fuese una
maratonista.
La
respuesta fue: "No está mal, pero tenés que cortarle por lo menos tres
cuartas partes."
No fui
más.
Escritor
3: menos
conocido, pero varias de sus novelas fueron llevadas al cine. Tenía un estilo
algo carveriano. Petiso, gordito, pelo canoso que empezaba a ralear, amable,
reposado, nos servía café o mate. Fumaba cigarrillos, un paquete entero durante
la hora y media del taller.
Yo era la
única dama, rodeada por cinco masculinos, seis con el profe.
Me
trataban con guantes de seda, ni que fuera un frágil bibelot que se fuera a
romper ante la menor expresión de crítica. No les gustaba lo que escribía y no
sabían cómo decírmelo. Sólo uno de mis compañeros me elogiaba, pero más tarde
descubrí que sus intenciones para conmigo no eran estrictamente literarias.
Se hablaba
un poco de política y mucho de fútbol. Como era la única que llevaba material
para leer, el profe tenía unas ideas muy originales de cómo debían terminar mis
cuentos, y me explicaba detalladamente esas sugerencias. Los demás talleristas
se sumaban, para demostrar quién era el más creativo en modificar mis
historias.
Abandoné
al cabo de unos meses.
Me dije,
nunca más un escritor.
Fui
entonces a otro taller a cargo de una profesora de letras. Ella sí corregía la
forma y dejaba en paz el contenido. Nos hablaba de los modificadores
monovalentes y bivalentes. Una clase se dedicó a mostrar lo mal que usábamos
las conjunciones adversativas y consecutivas.
Duré poco.
Creo que soy una persona difícil de conformar.
Estuve
varios años donde lo único que escribí fue mi nombre y datos en algún
formulario de orden administrativo.
En el
2010, algunas palabras se despertaron de su letargo y tenían la necesidad de
enlazarse entre sí y contar historias.
Busqué por
Internet un lugar cerca de mi casa. Me interesó un Taller de escritura
creativa, coordinado por Guadalupe
Wernicke.
Fui, me
gustó y sigo yendo. Encontré respeto; comprensión de mis textos; lecturas que
me abrieron a autores nuevos, desconocidos para mí; un ambiente cálido y una
muchacha encantadora que nos estimulaba a escribir, utilizando técnicas
variadas, explorando temas, incentivando la observación y a tener activos los
cinco sentidos.
Y la
catarata de palabras, conservadas detrás de un dique de frustraciones, se
desbordó y todo lo que voy posteando en este blog es un producto de su taller.
Estas
fueron mis experiencias, que comparto con ustedes.
Cada uno
puede contar las propias —si las tuvo— o qué piensa de este fenómeno que
pulula, creo, en muchos lados del mundo, incluso en forma virtual, llamado
Taller literario...
"Las palabras, las oraciones, las ideas,
por más sutiles o ingeniosas que sean,
los vuelos más locos de la poesía,
los sueños más profundos, las visiones más alucinantes,
no son sino toscos jeroglíficos cincelados con dolor y pena
para conmemorar un acontecimiento
que es intransmisible."
Henry Miller
(Sexus - La crucificción rosada I)
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