lunes, 16 de septiembre de 2013

En la biblioteca


Ilustración de Dave Cutler



El hombre corpulento se paró en la puerta y titubeó ante el cartel “Se ruega silencio”. Asomó la cabeza y vio las numerosas estanterías llenas de libros que formaban pasillos dividiendo la sala. Detrás del mostrador una empleada con guardapolvo celeste, revisaba un fichero. El hombre sostenía algo entre sus dedos gruesos y oscuros. Por fin dio unos pasos y se acercó al mostrador.
—Buenas tardes ¿en qué lo puedo ayudar? —murmuró la empleada, casi sin mover los labios.
El hombre, miró el cartel, se aclaró la garganta con un sonido que parecía un trueno, y dijo:
—Vengo a…
—¡Shhh!
—Perdón, yo no… —se disculpó el hombre y su voz retumbó en el silencio de la sala, multiplicándose.
—Por favor, no grite —la empleada lo amonestó con un índice torcido por el reuma.
—Bué… ejem… ejem… —carraspeó el hombre roncamente.
—Silencio, un poco de respeto —la voz tajante provenía de unas mesas de fórmica, cercanas al mostrador. La cabeza de un hombre con anteojos emergía de una alta pila de libros y miraba al grandote con el ceño fruncido.
—¿Es que no puede hablar más bajo? Dígame qué necesita —musitó la bibliotecaria.
El hombre grandote negó con la cabeza y se tocó la nuez de Adán. Puso un libro sobre el mostrador.
—¿Viene a devolverlo? ¿A nombre de quién? —preguntó la empleada en un susurro.
Por el pasillo más próximo apareció una mujer con una melena de un rojo deslumbrante. Usaba un vestido suelto y largo y unas sandalias franciscanas. Se detuvo junto al mostrador. Traía un libro de un tamaño considerable.
—Hoy me castigo con el Eneagrama —le dijo a la bibliotecaria, con una voz delicada, apenas audible.
El grandote había sacado del bolsillo una boleta doblada, la estiró y, trabajosamente, empezó a escribir algo en la parte de atrás. Le dio el papel a la bibliotecaria que, dándole la espalda, se inclinó hacia la colorada.
—“Mi nene se llama Juancito Peña y está enfermo —leyó entre dientes—, y bine a debolber el libro que sacó. Quiero llebarle otro”. —con un gesto despectivo acotó—: Ni escribir sabe.       
—Qué le pasa ¿es mudo? —preguntó la colorada.
—Nada que ver, tiene una voz de bulldog  y con dos palabras me alborotó el lugar. No me acuerdo del mocoso, pero eligió bien: Wilde, El príncipe feliz. Quién sabe si lo terminó de leer —dijo y colocó el libro en un carrito, encima de otros. Y volviéndose al hombre—: El sector de literatura infantil está al fondo, por el pasillo central.
Él asintió y fue hacia el sitio que le indicaba la empleada, con unos pasitos raros como si caminara en puntas de pie.
—Por fin me lo saqué de encima. Parece King Kong en una cristalería —dijo la bibliotecaria, casi en la oreja de la otra mujer. Suspiró y miró el reloj—. Todavía tengo para una hora más. Esta tarde es interminable, cada vez viene menos gente.
La colorada sonrió con la sonrisa de quien piensa en otra cosa.
—Claro. Si querés te espero, tomamos un café y te cuento la última de Alberto, ese hijo de mala madre —habló con la mano arqueada formando una especie de pantalla sobre la boca y miró en dirección al de anteojos, inmerso en los libros.
—Qué, de nuevo te dejó plantada.
—Ojalá fuera eso. Después hablamos. Mientras te espero voy a curiosear otro poco en el sector de la New Age.
—Acá estaré —contestó la otra, en un murmullo resignado.
La colorada pasó junto al hombre grandote que, con aire inseguro, miraba los libros infantiles. Se acercó, pasó revista a algunos títulos y con una uña larga y roja como el pelo, dio golpecitos en el lomo de uno.
—Si a su hijo le gustó Oscar Wilde, le puede interesar este otro —dijo con su voz leve.
El hombre la miró con cara de no entender. Tomó el libro que ella le ofrecía y lo sostuvo entre los dedos con cutículas bordeadas de negro.
—Es mecánico ¿no? —dijo la colorada—.  Mi papá tenía las manos igual. Ni con cepillo y lavandina se las podía limpiar…
Hizo una pausa y agregó:
—Si quiere hojear el libro, allá tiene para sentarse.
El hombre movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo y sonrió como un chico ante un regalo. La mujer lo saludó agitando la mano y desapareció en el pasillo siguiente.
El hombre se sentó en un silloncito, con el cuero ajado. Apenas cabía. Abrió el libro y leyó el título: Cuentos de Oriente para niños de Occidente, Antología sufi. Hizo correr las hojas, no tenía dibujos. La expresión agradecida de a poco se convirtió en decepción. Se levantó, dejó el libro sobre el asiento y volvió a acercarse a la estantería. Del otro lado se oyó un cuchicheo.
—Y qué hiciste —era una voz masculina.
—Nada, me quedé paralizado —dijo otra voz masculina, más opaca.
—Ellos, qué te dijeron.
—Me acribillaron a preguntas.
—Y ahora, qué piensan a hacer.
—No lo sé. Espero que me crean.
El hombre grandote se agachó para mirar a través del hueco que había entre dos estantes, pero las voces ya se estaban alejando. Sus ojos quedaron a la altura de una fila de libros todos del mismo tamaño, con lomos amarillos y letras negras. Sacó uno al azar: tenía una llamativa ilustración en la tapa. Una sonrisa soleada le amansó la cara.
Se quedó un buen rato pasando las hojas; miraba los dibujos hechos con tinta negra, leía algunos párrafos. Con el libro debajo del brazo regresó al mostrador.
Eran las siete menos cinco, la bibliotecaria se había sacado el guardapolvo y conversaba con la colorada.
—Me lo llevo. El Corsario Negro, lo leí cuando tenía diez años, la misma edad que el Juancito. La colección Robin Hood… todavía se consigue…
La voz del hombre rebotó en las paredes y las palabras cayeron como una lluvia de piedras, pero esta vez nadie chistó. La mesa que ocupara el hombre de anteojos estaba vacía y algunas luces ya habían sido apagadas.
La bibliotecaria, en un tono monocorde preguntó:
—A nombre de.
—Juan Peña. Lo voy a leer con él —del vozarrón se desprendía orgullo.
Ella anotó los datos en una ficha y le entregó el libro.
—Tiene que devolverlo en una semana. Buenas tardes.
—Buenas tardes.
—Se fue contento —comentó la colorada—. Me hizo acordar a mi viejo.
—Ajá —bostezó la otra y apagó las últimas luces.

©  Mirella S.   — 2010 —



Este texto es apenas un ejercicio sin pretensiones. 
Lo escribí hace tres años, después de un largo período 
de alejamiento de la escritura. Le tengo un particular cariño
 porque me sirvió de precalentamiento, me desató el nudo
que tenía con las palabras, me empujó a diseñar personajes,
volver a contar sus historias. 





He hecho un curso de lectura veloz
y he leído "Guerra y paz" en veinte minutos.
Habla de Rusia.

Woody Allen


40 comentarios:

  1. apenas un ejercicio sin pretensiones-dices-.
    A mi me dice un montón de cosas y me ha encantado. Encierra, en su aparente sencillez, un montón de ternura. De esa ternura que pasa casi desapercibida, de puntillas...

    Un abrazolargo.

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    1. Es verdad lo que decís, Soco, cuando lo escribí varias personas me hicieron esa devolución.
      Los primeros cuentos del regreso fueron así, después me puse más densa y oscura.
      Gracias por abrazo y por tu presencia.

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  2. Pues hace tres años escribías muy bien. Es un texto que mientras ríes puedes llorar, ese hombre grande es muy tierno. Abrazos

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    1. Me gustó describir ese personaje, creo que eso se nota y por eso llega.
      Ester, abrazos y besos.

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  3. Extraordinario, me ha hecho pensar que muchas veces las personas que están al cargo de una biblioteca tienen mucho que ver con crear nuevos lectores o no.

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    1. No soy ni fui asidua de bibliotecas, pero las veces que lo hice me encontré con empleados muy poco dispuestos a ayudarte y ni hablemos de amabilidad.
      Tracy, un abrazote.

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    1. Gracias Angelines, una alegría que te haya gustado.
      Abrazo grande.

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  5. Mirella precioso relato nos dejas lleno de ternura, seguramente el hombretón del vozarrón sería el ser más feliz de este mundo leyendo junto a su hijo El Corsario Negro.

    Felicidades por la historia

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    1. Imagino que sí, simpleza llena de una sensibilidad incomprensible para otros.
      Muy agradecida por tu comentario y por tu vuelta al mundo bloguero.
      Abrazos.

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  6. Un libro de una biblioteca, es un libro feliz, como el Corsario Negro para Juancito y su padre.
    Como decía Mafalda: «¿No sería maravilloso el mundo, si las bibliotecas fueran más importantes que los bancos?...»

    abrazo

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    1. También sería maravilloso si los empleados de las bibliotecas tuvieran un alma en vez de un pergamino arrugado. Te lo digo por experiencia.
      Gracias Lucre, abrazo grande.

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  7. A mi también me ha despertado ternura. Un hombre tan rudo que intuyo o al menos así lo imagino casi no sabe leer, hace el esfuerzo de enfrentarse a un lugar totalmente ajeno a él. Incluso orgulloso comenta que lo leerán juntos.
    La buena voluntad de las personas, de los buenos padres siempre enternecen.

    Me encantó leerlo y disfruté leyéndolo.

    Besos Mirella :)

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    1. Que el grandote no tenga instrucción y no pueda adaptarse a ese Olimpo de los libros, no le impide ser un padre amoroso, que quiere compartir su propia infancia con el hijo.
      Gracias Nieves y un gran besote.
      :—)

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  8. Es verdad. Como si el contexto ideológico de este ejercicio narrativo fuese la ternura. Un abrazo.

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    1. Arranqué con personajes tiernos, pero vos que me venís leyendo desde que abrí este espacio, te habrás dado cuenta que después la cosa se puso más espesa.
      Gracias Darío, por estar siempre.
      Abrazo.

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  9. Pensé que terminaría con un giro que hiciera emblandecer el corazón de esa bibliotecaria amarga y mala onda. Pero no, termina y punto, dejando al lector con una sonrisa en el rostro. El hombre está envuelto en un aura de ternura impresionante. Me gustó mucho.
    Saludos.

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    1. Soy realista, Raúl... no es fácil ablandar gente seca. En general mis finales no son lo que se puede llamar "felices".
      Te agradezco mucho que sigas viniendo por aquí, a pesar de que lo que escribo está lejos del género de tu preferencia.
      Un abrazo.

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  10. Me parece una excelente manera de "retomar" Lograste diseñar los rasgos de los personajes y enlazar sus historias en un lugar de comunión -en este caso la biblioteca- y los dejaste caminar sus historias personales que por un momento se cruzan y nos cuentan otra, que dice mucho, diría que muchísimo. Te dejo un beso, Mirella.

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    1. La historia oculta o el sentido no dicho es lo más importante en un cuento. En eso trabajo mucho.
      Este relato lo escribí en abril del 2010, en un taller literario que había empezado. Antes de irnos la coordinadora repartió a cada uno un papelito doblado con una palabra. Me tocó "biblioteca".
      Salió este texto.
      Gracias Bee, un abrazo.

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  11. MUY INTERESANTE ESTE "RETOMAR..."
    ME HA GUSTADO.
    ABRAZOS
    CARLOS
    POR CIERTO... ME ENCANTA LA TERNURA QUE LE DAS A TUS PERSONAJES.

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    1. A algunos de ellos, me parece que no a todos, especialmente a los de mi última producción.
      Tal vez sea una apreciación mía, no sé...
      Gracias, Carlos, con abrazo.

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  12. Ahora mismo ahorcaría a la bibliotecaria.
    Y después le pegaría fuego.

    Besos.

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    1. Torito, con ahorcarla es suficiente, el incendio destuiría los libros.
      Un abrazo

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  13. Un ejercicio delicioso que deja una sonrisa dulce tras la lectura. Cumplió su cometido, Mirella.
    Un beso.

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    1. Gracias Isabel, ya con eso me doy por satisfecha. No me resultó fácil arrancar después de tanto tiempo.
      Un abrazo.

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  14. Un buen texto Mirella... las bibliotecas parece que esconden grandes secretos.
    Un gran abrazo

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    1. En las bibliotecas hay miles de historias y secretos encerrados en tantas páginas y también entre los que recorren sus pasillos.
      Gracias por pasar, Esme.
      Un besote.

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  15. que pesada la bibliotecaria
    buen texto, aunque el final medio flojo
    como que daba para un giro entre los adultos (colorina y el mecánico)

    abrazos

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    1. El relato transcurre en alrededor de una hora y lo quise terminar sin demasiadas cosas, manteniendo el ritmo que venía llevando, donde en la superficie no ocurre casi nada.
      Un beso grandote.

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  16. Bonita historia, y es que hay que ver lo entretenidos que resultan los bares... Abrazos, compañera

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    1. Los bares son muy entretenidos, pero este relato transcurre en una biblioteca... jajaja....
      Abrazo.

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  17. No sabes bien la ternura que ha despertado en mi el grandullón. Sabes tocar las emociones Mirella.

    La frase de Allen genial!!

    Besos

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    1. Ese es el mejor elogio para el que escribe. Gracias Teresa.
      La frase de Woody es típicamente suya.
      Un abrazo.

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  18. Es una "pintura" pero realizada con la pluma. Pintaste los caracteres, pintaste el ambiente, pintaste los personajes y un "cachito" de la historia, aunque dejándonos con ganas de más. Y nos paseaste por tu "cuadro" terminado. Sos grossa. Besotes, cara amica.

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    1. Es un relato que escribí con muchas ganas porque fue el del "regreso" y quise ser sencilla y no exigirme de entrada, como suelo hacerlo. Y me permití cierta frescura que no es muy habitual en mis textos.
      Te agradezco profundamente todos los elogios que me dedicás.
      Un forte abbraccio.

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  19. Ternura es la palabra, ese hombre destila cariño y aunque apenas se sabe nada de él da la sensación de que hay algo esencialmente bueno en su corazón, algo que está sencillamente abierto, y podría dar la sensación de que el mundo gira sin escucharle, pero es sólo la biblioteca, y no toda la biblioteca. Un sabio dijo una vez: "Cuando llega el hambre, como mi arroz; cuando cierra el sueño, cierro los ojos. Los necios se ríen de mí, pero los sabios entienden". Es lo que yo he acertado a leer.
    ¡Un abrazo! ^_^

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    1. Sí, el hombretón es un tierno con las uñas oscuras de trabajo y que quiere compartir una lectura con el niño, algo que hoy se hace cada vez más difícil. Alguien que parece estar de más en ciertos lugares, que genera prejuicios en las almas áridas.
      Agradezco tu paso por aquí Jorge, un gusto tenerte entre los lectores.
      Abrazo.
      :D

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  20. He dado con este blog por casualidad y cuanto me alegro!!!! Me ha dejado sin palabras!! cuanta ternura...

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    1. Me alegro que hayas encontrado mis palabras... y que además te hayan gustado. Ya pasé por tu blog, espero que te conozcan muchos más y te visiten.
      Estela, un abrazote.

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