jueves, 9 de mayo de 2013

Espejos







¿Es posible que me mire al espejo y casi no me reconozca?
Los cambios no se produjeron de un día para el otro. Fue un paulatino rodar hacia algo diferente, hacia algo —o alguien— que no soy.
¿El vejamen impiadoso de los años? Observo en el botiquín del baño el óvalo de la cara que ha perdido contundencia. Mi mano, más frágil y huesuda, aparta de la frente el pelo húmedo después de la ducha. Tampoco es eso. El saqueo del tiempo es lo que menos me alarma. Es otra cosa, imperceptible, perturbadora.
Le adjudiqué la culpa a mi vista, fui al oftalmólogo: nada había empeorado. Después pensé en esa medicación para la taquicardia, volví al cardiólogo. También pedí un turno con el clínico, esta extraña ansiedad me empuja seguido hacia cualquier espejo para confrontar el avance de esas variaciones.
No puedo definir qué me pasa, como si debajo de mi cara hubiese una que se está formando y no se parece a la mía. Y cuando me concedo un vistazo de reojo al cuerpo entero, también veo líneas que se diluyen para dar paso a otra figura. La batalla entre lo que muere y lo que quiere vivir… tal vez.


Mientras se depila las cejas Sandra tiene un sobresalto. Ese lunar en el borde del ojo es nuevo. ¿Desde cuándo está ahí? No lo había visto antes. Lo toca apenas: es redondo, nítido, color café y sin relieve. Una peca, nada para asustarse, sin embargo, porqué esa crispación en el estómago.
Tomó mucho sol, es verdad, y está nerviosa por los exámenes, sí, pero esto es distinto. Acerca más su cara al espejo, con el cepillo de la máscara para pestañas suspendido en el aire.
Entonces las ve: un par de profundas arrugas. Dos surcos paralelos en la piel lisa y bronceada se extienden hasta la sien. La sensación en el estómago crece: el horror de envejecer a los veinte años. Tengo que dejar de tumbarme al sol como un lagarto, le dice Sandra a esa cara, a su reflejo.


Hoy resistí la tentación de mirarme en el espejo para comprobar si mis ojos seguían oscureciéndose. El celeste pálido se ha tornado de un gris tormentoso, casi negro, y el lunar junto al ojo se borró.
Alguien de la oficina me dijo: Ana, estás muy linda, te quedan fantásticos los lentes de contacto de ese color. Cómo adelgazaste… a que estás enamorada.
¿A mi edad?, quise contestar, pero me callé. Se está notando y no puedo explicarlo.
Detrás del miedo hay un estupor alegre que, por momentos, canta en una risa que no es mía. Cuál infierno o cuál faceta ignorada, cuál paraíso perdido quiere tomar la supremacía. 


El cansancio la agobia, le pesan las piernas, le duelen las articulaciones. Sandra dejó Pilates, el gym, aumentó de peso y se recluyó en su cuarto.
No se presentó al parcial, mira detrás de los vidrios de la ventana cómo el ocre del otoño avanza desmesuradamente sobre los árboles de la calle, cómo seca las hojas y las derriba en remolinos crocantes. Cada tanto toma el espejo de mango largo con dedos que tiemblan y observa los progresivos estragos.
Ya no le echa la culpa al agujero en la capa de ozono, a las mutaciones provocadas por los rayos ultravioleta, a su obsesión por verse lustrada como un mueble de caoba. Hay una cosa grotesca que, impunemente, la destruye.
Su último recurso es apelar a un sarcasmo que no le es propio. Se dirige a la superficie plateada del espejo y dice: espejito, espejito… dime: quién es la más bella.
La desconcierta el gesto amargo y extranjero que se le forma en la boca. Los ojos —antes dos grandes moras húmedas— están brumosos, como el sol de junio, como los plátanos desvestidos, las veredas llenas de hojas muertas, donde ya nada es inocente.
Su madre la mira en silencio, no le exige más que salga, que vaya a la Facultad. Ella también tiene miedo. Ahora trae a la casa a especialistas, que la revisan y se van sacudiendo la cabeza.


Lo que está agazapado cobró fuerza, pugna por salir con total descaro. Lo comprendí ayer, cuando por primera vez me miré al espejo con una felicidad casi feroz, a pesar del secreto remordimiento de estar robándole el alma —o el cuerpo— a alguien.
Me mudé, cambié de trabajo. Un día me impidieron entrar: no me conocían.
El mundo tiene un tinte lila, igual a los amaneceres de verano. No sé cuánto puede durar la sensación hipnótica de ser joven. El tiempo es un pergamino antiguo que se desenrolla y vuelve a enrollarse, lenta o vertiginosamente. No sé en qué fase estoy, pero me intuyo como una Nosferatu que le devora la vida a otro.
¿Dónde se habrá refugiado la vieja Ana? Quien sabe porqué la imagino lejos, marchitándose detrás de unos vidrios, mientras contempla cómo el otoño se convierte en invierno.

©  Mirella S.   — 2010 —










En todo corazón invernal
existe una vibrante primavera;
y detrás del manto de cada noche
hay una sonriente aurora.

Khalil Gibran 


domingo, 5 de mayo de 2013

Los bordes del silencio






Hubo días en que peleaba con él en mi cabeza. Peleas estériles: cómo te podés pelear con el silencio. Pero yo insistía, le ponía palabras a su boca, aunque sabía que él nunca las hubiera dicho. Era querer penetrar lo impenetrable. Soy terca, en eso salí a él. Terca y charlatana; él, terco y mudo.

Te hablaba con la mirada, con gestos mínimos. El dedo índice en alto era peor que si esgrimiera las tablas de la ley. Hasta el perro bajaba la cola y se acurrucaba en su cucha. Había elaborado un eficaz y práctico código de señas. Si alguna comida resultaba insípida, cerraba los dedos como si estuviera sosteniendo un recipiente invisible y agitaba la mano repetidas veces sobre el plato, hasta que alguno de nosotros le alcanzaba el salero.

No consigo establecer en qué momento dejó de hablar. Cuando yo iba al colegio primario me ayudaba con las tareas de matemáticas y ciencias naturales. Siempre parco, si no entendía, él apelaba a gráficos o dibujos. Yo parloteaba sin parar, quizás para incitarlo con mis preguntas o a través de mis anécdotas escolares. Al cabo de un rato cruzaba el índice sobre los labios. ¡Ni que estuviéramos en un hospital o en un templo!


En mi época del secundario ya había enmudecido. El índice hablaba por él. Se ve que de tanto usarlo se le había estirado, porque era el dedo más largo de la mano derecha. En ocasiones también recurría al pulgar para hacernos saber que le llenáramos el vaso o, en casos de máxima desaprobación, lo curvaba hacia abajo, como un emperador que decreta la muerte de un derrotado. Ahí sí que me sentía una gladiadora a merced de un retiarius a punto de ser ensartada por el tridente.

Si movía el dedo índice de izquierda a derecha, era menos grave; todo dependía si el desplazamiento era enérgico o no. Si lo hacía con más lentitud, había alguna chance de negociación. Entonces, lo mejor era observarle los ojos. Si se le encendían dos destellos en el centro de su negrura, estaba aflojando, había posibilidades.

Cuando cumplí los quince pude tener mi fiestita, con una serie de pautas a obedecer, escritas a máquina en una hoja que encontré clavada con una chinche en la puerta de mi dormitorio. Tuvo la cortesía de no mostrarse ante mis amigos y las veces que fui a la cocina a buscar bebidas, escuché el tecleo de la Olivetti que provenía de la piecita en la terraza.

Mamá tampoco era conversadora y cuando hablaba había que estar atenta, su voz era un susurro, casi un suspiro. En la adolescencia mis cuestionamientos se habían multiplicado y le pregunté cómo se las arreglaba el viejo en la oficina, quién podía tolerar un hablante mudo. Ella se encogió de hombros con delicadeza y dijo: papá no es necesario que hable, trabaja en un archivo, solo, en el sótano; por un montacargas pequeño le bajan los expedientes.


Apenas el mundo giró para mi lado y me abrió una puerta, escapé del círculo de silencio y gestos. Desparramé mi cháchara por donde anduviera, indiscriminadamente, y entablé esos simulacros mentales en los que yo formulaba preguntas, acusaciones, reproches, que él contestaba con lo que yo hubiera querido que contestase. Muy a mi pesar, también aparecía la mímica. Si necesitaba una aprobación, él unía el índice y el pulgar en un redondel que luego bajaba verticalmente, la boca sesgada por la improbabilidad de una sonrisa.

Yo viajaba mucho en esos tiempos. Daba conferencias de lo que fuera: había encontrado un canal para mi verborragia. De la familia casi no tenía noticias. Ocasionalmente llamaba a mamá, pero su voz se había vuelto tan tenue que la conversación era un puro qué dijiste… cómo… no te entendí, me repetís… entonces prefería hablar con la tía Magda, una chismosa que le sobraban palabras.

Por ella supe que el viejo estaba internado. Tomé el primer avión y durante el vuelo me dediqué a esos coloquios inventados, incapaz de perdonarle que no hubiera más tiempo para escucharlo y conocerlo.

Mamá me abrazó y, sin hablarme, salió de la habitación. Magda me dijo que se había quedado afónica, de repente, ni la voz finita le salía.

Me acerqué a la cama. Debió percibir el calor de mi cuerpo y abrió los ojos, en los que ya cabalgaba la muerte. Movió un poco los labios, me incliné y él dijo: viniste, mi chiquita. La voz le vibró como las cuerdas de un violín desafinado. Cerró los ojos y se fue hacia el territorio del silencio definitivo.


Después del funeral mamá se recostó y yo, sin motivo alguno, subí las escaleras hacia la pieza de los cachivaches. La encontré limpia, vacía de los trastos que solían abarrotarla.

Debajo de la ventana había una mesita, sobre ella la máquina Olivetti, como un escarabajo prehistórico. Completaban el escenario una silla incómoda en su austeridad y varias estanterías de metal, que guardaban cajas etiquetadas. Tomé la que correspondía al año 1998, fecha en la que me había ido de casa. Contenía esas carpetas marrones, de archivo, una para cada mes del año, deformadas por la cantidad de papeles, que habían empezado a tomar el color de las hojas en otoño.

Leí al azar. Encontré todas las palabras que él no me había dicho, las había guardado en esas cajas. Quedé anclada en la ribera de su ausencia.



©  Mirella S.   — 2013 — 








jueves, 2 de mayo de 2013

Pájaros blancos, pájaros negros



Óleo de Vladimir Volegov



Te siento como la caverna en la que se derrochan horas de amor, de reposo, otras de sufrimiento. Y la cavidad que alberga mis secretos. Cuántas polaridades se conjugan en tu interior: desde pensar que estoy dentro de un ataúd, hasta verme suspendida en la epifanía de una nube.

Tus paredes cambian de textura de acuerdo a mis caprichos: ahora te convertiste en un bosque de abedules. También te regalé el sol, que cuando oscurece se enciende en lo alto y esta  alfombra de pétalos trenzados, de la que —en algunas estaciones de mi alma— emergen espinas que se clavan en mis pies descalzos.

Fuiste y serás mi refugio metafísico; el resguardo de los pájaros blancos o ese nido en el que irrumpen cuervos, que en amaneceres sin rocío, huyen atravesando los ojos de la ventana. A veces regresan y se comen a los blancos. Cada noche es diferente, según me visiten los pajarracos o los sueños sean de mirlos y de alondras.

La cama me sostiene entre la resistencia del colchón y la blandura sedosa de las sábanas. El respaldo se apoya en la pared que mira al sur y mis pies envueltos señalan hacia el norte, punto auspicioso de caminos que conducen al calor de los amores. Allá voy, empujada por el aire del polo, que dibuja remolinos de nieve a mis espaldas. Allá voy, la mente fría, los pies ardientes. En el medio, eso que falta, deshilachó mis anhelos.

Significaste ese cubo compasivo que ocultó mi cuerpo lacerado por dolores. Tu puerta se cerró a las miradas de lástima y quedamos a solas, yo con las marcas de los bisturíes que profanaron mi carne. La muerte se había acostado a mi derecha, esperando. Sin embargo aún no había llegado el tiempo de segarme.

Hubo una época en que también yació a mi lado el ángel del amor. El cobijo de tus paredes fue un bálsamo; en la alfombra no hubo espinas, sólo jazmines, magnolias y el aroma de los nardos, que absorbiste y guardaste para consolarme en las horas solitarias.


©  Mirella S.   — 2013 —









domingo, 28 de abril de 2013

Salvador de los rosales



 óleo de Georges Seurat




Siguió con atención el andar vacilante de la hormiga. Sus patitas arañaban la pared buscando rebordes mínimos por donde sostenerse en el ascenso. Salvador comprendió en ese momento que a lo largo de su vida se había comportado igual que una hormiguita.
En el pecho se le desgajó algo, como cuando en jardines ajenos cortaba y podaba ramas secas o las que habían tenido la osadía de crecer más de lo que el espacio les permitía.
Había combatido a las hormigas sin piedad, eran los fantasmas de los jardines. Hasta las soñaba escalando el tronco de los rosales. Formaban un ejército que avanzaba, milímetro a milímetro, en dos filas oscuras: las que iban a depredar y las otras que volvían con el botín. De tanto en tanto algunas se detenían, hacían un rápido reconocimiento, sus antenas transmitían el parte de situación, para después regresar a la misión asignada.
Salvador recordó el placer de cuando las espolvoreaba con el veneno como si fuera un azúcar impalpable; o ese otro líquido, que al derramarse sobre sus cuerpos, los calcinaba. La búsqueda del hormiguero se volvía un trabajo minucioso de investigación. El hallazgo del túmulo, con su boca camuflada entre los granitos terrosos, era la satisfacción del día. Esa noche un sueño tranquilo le bajaba los párpados. Una batalla ganada.
Los dueños de los jardines le daban un apretón de manos y le decían: usted es el salvador de los rosales. Era una época en que las rosas aún sorprendían con su perfume.
Con el paso de los años los pesticidas se volvieron más letales. Sin embargo las hormigas no se extinguían. Al cabo de un tiempo el rastro en el césped delataba su regreso y era el inicio de una nueva declaración de guerra.
Salvador decía: hay que matar a la reina. Perfeccionó sus métodos. Usaba ácido bórico de cebo, que las mismas hormigas introducían en el hormiguero. Tuvo éxitos y algunas colonias se desintegraron.


Miró absorto cómo esa obrera trepaba penosamente por la pared. Sintió un cosquilleo en los dedos y estaba por estirar la mano, pero la hormiga desapareció en una grieta. El trozo de flor que llevaba como un estandarte, quedó del lado de afuera y cayó a sus pies.
Tanto trabajo para nada —murmuró Salvador. El trofeo era demasiado grande para que entrase por la fisura.
Los dedos le temblaban y tardó en levantar ese fragmento rojo proveniente de algún rosal devastado. Se puso de rodillas y, con la dificultad de los huesos viejos, se inclinó para meter el alimento perdido en la grieta. Pronto llegaría el invierno.
Su mano oscilaba, pero él siguió empeñándose en su tarea de introducir el resto del pétalo por la grieta en la que había entrado la hormiga.
Lo intentó con tanto ardor que la partícula roja se volvió pulpa entre sus yemas, como un coágulo de sangre: tal vez el símbolo de todas aquellas que había matado, bajo el lema de salvador de los rosales.



©  Mirella S.   — 2011 —