Acuarela de Doris Joa
Terminar el libro o preparar
el relleno de las empanadas. Siempre la misma disyuntiva: el mundo de las ideas
versus el prosaico del estómago. Ella no logra que coexistan, sus prioridades no
coinciden con lo cotidiano. Después viene la culpa que le arruina el momento
posterior a la lectura. Con el libro abierto está a salvo, entra en otro
tiempo, las necesidades materiales se vuelven irrelevantes. El conflicto comienza
al cerrar sus tapas, cuando lo devuelve al estante y tiene que desprenderse de
ese encantamiento de sirena que ha ejercido en ella.
Anda a los topetazos en ese
continente de todos los días, con su geografía de dolores y olores, de días de humedad
y pelo que se encrespa, de tintorerías y supermercados (el del chino es más
barato, sugiere la vecina, con la practicidad de la experiencia); y ella
siempre subida a su nube particular, que la transporta a territorios fértiles
de pensamientos y emociones.
Después termina aterrizando de golpe —como ahora— queda aturdida y hay que reubicarse en la cocina y comprobar que se le ha quemado la carne, la cebolla está cruda, que se olvidó de agregarle las pasas de uva, descarozar las aceitunas y que de un momento a otro vendrán los invitados.
Después termina aterrizando de golpe —como ahora— queda aturdida y hay que reubicarse en la cocina y comprobar que se le ha quemado la carne, la cebolla está cruda, que se olvidó de agregarle las pasas de uva, descarozar las aceitunas y que de un momento a otro vendrán los invitados.


