jueves, 19 de septiembre de 2013

Jueves en el parque






Qué distinto era volver a casa los jueves por la tarde, después de haber estado en el parque. Eloísa comprobaba que sus pasos eran más rápidos, siempre arrastrando un poco los pies y con sus rodillas que crujían como ramitas a punto de quebrarse, sin embargo había una energía renovada en su andar tambaleante. Y sí, tenía unos quilos de más, a pesar de que comía como un pajarito. Los jueves ni notaba los achaques, porque había muchas cosas en qué pensar, tantas palabras dichas. Los relatos eran el hilo que la unía a las demás, como en el bordado: una puntada seguía a otra y se formaba una flor. Palabra tras palabra, se componían historias jubilosas o dramáticas, según el dibujo de la vida de cada una.
Neli era una mujer alegre, con mil anécdotas a flor de labios y una risa franca. Fedora, recién jubilada, tenía la voz grave de tanto fumar y un aire enigmático, así la describía Neli. Eloísa era la más vieja del grupo, con sus ochenta y cinco años, el tejido constante y el orgullo de no usar anteojos. Hablaba poco Eloísa… y con lo burra que sos qué podés contar, qué les voy a decir con las cosas interesantes que les pasan a ellas. 
Hasta los momentos trágicos, si los vivís con dignidad, tienen su colorido —palabras de Fedora—, yo no sé bien qué quiere decir, pero suena lindo. Lo había dicho en voz alta, mientras encendía la luz de la cocina y abría la heladera. Hoy por suerte dejé la cena lista, con el frío que hace la sopa de verduras te sentará de maravillas.
Eloísa, mientras calentaba la sopa, hizo sus comentarios sobre la reunión de la tarde, costumbre adquirida desde que iba al parque y se encontraba con las otras. Hablar sola, consecuencias de la chochera o de alguien que no fue escuchada. Ni se te ocurra llorar sobre leche derramada, arruinando lo bueno de la tarde, no seas aguafiestas.
Bajó la tabla de la mesa empotrada y sirvió la sopa humeante y espesa. Le puse de todo, calabaza, acelga, cebolla, apio, morrones y los daditos de panceta, que le da ese saborcito ahumado… Hoy Fedora contó algo sobre su divorcio, qué mujer culta, sabe hablar, cómo no va a saber si por más de veinte años fue la secretaria de ese artista plástico muy conocido, del que nunca me acuerdo el apellido.
Buscó una servilleta y se sentó en un banco sin respaldo; la cocina era un pañuelito, ella prefería comer allí y no en la mesa del comedor, repleto de los muebles oscuros de cuando se casó y vivía en la casa grande, y ahora amontonados en este departamentito de morondanga… Fedora, qué nombre especial. Ella sí que es una mujer fuerte, se le plantó al marido y le dijo a mí con la división de bienes no me vas a joder, no te olvides que los escorpianos somos estrategas. Qué linda palabra “estratega”, la voy a escribir antes de que se me olvide.
Eloísa dejó el plato vacío sobre la mesada, se dirigió hasta el bargueño del comedor y sacó un cofre de madera. Adentro estaba revestido con una felpa que alguna vez fue roja y contenía varias hojitas de anotador. La última palabra que había escrito era “enigmática” y —entre paréntesis— Neli. Que también se luce, fue maestra, pero ni comparación con Fedora, que viajó por casi todo el mundo acompañando al artista en sus exposiciones. Según Neli, el marido de Fedora estaba muerto de celos y lo llamó Otelo, para mí se equivocó, Fedora le dice Pancho, Pancho esto, Pancho lo otro… en fin, la cosa es que junto con el divorcio, la jubilación, y Fedora quedó triste y amargada, todas le dieron ánimo, a mí no me salía ni una palabra, entonces me acerqué con la bandeja de los bizcochitos y le cebé un mate. Menos mal que en el parque encontramos siempre alguna de las mesas de cemento desocupada; yo me encargo de llevar el termo con el agua caliente y la yerba y las demás se turnan con las facturas o los bizcochos de grasa.
Eloísa releyó algunas palabras de la lista y al final agregó: estratega (Fedora) y cerró el cofre. Cuántas palabras había en ese cofre, formaban parte de vidas ajenas compartidas, y cada palabra de la lista había sido un momento precioso de compañía. 

Fue en una tarde tibia, a fines de febrero, que ella tuvo ganas de ir al parque con su tejido, el termo y el mate. Se acomodó en una de esas columnas mochas de cemento que rodeaban la mesita y miró a los chiquilines que corrían por el sendero de piedras. A sus espaldas la voz ronca de Fedora preguntó si podía sentarse, los bancos estaban todos ocupados.
Cómo no va poder, es un lugar público. Eloísa se asombró al escuchar su voz en un tono firme y alto. Pero esto era ahora, allí, en su comedor abarrotado, en el parque simplemente había asentido con un movimiento de cabeza.
Le impresionó la mujer alta, con una onda que le caía sobre la frente, la mirada de pájaro herido, los labios aún parecían los de una muchacha. Hice lo único que sé hacer, le ofrecí un mate y Fedora me miró con sus ojos alargados, sonrió, su boca fue todavía más hermosa, y tomó el mate. Seguí con mi tejido, ella fumaba, esa tarde no hablamos. Días después vino con una amiga, me la presentó: ella es Clara y yo soy Fedora.
Conversaban, como si Eloísa no estuviera, aunque no sintió la sensación de ser inexistente, como le ocurría ante los extraños. Saben mi nombre, que soy viuda, nunca les hablé del difunto, que en paz descanse, total para qué, mucho para contar no tengo, a lo sumo que cada tanto me llevaba al cine o a caminar por el centro, eso fue en los primeros tiempos de casados, después como no le pude dar hijos, ya ni eso, y entré a ser un mueble más en la casa enorme y vacía de risas.
Apoyó las palmas sobre la mesa cubierta con una de sus carpetas tejidas al crochet y acarició distraídamente la tapa combada del cofre. Cuando apareció Neli, con su risa contagiosa, corriendo detrás de su nieta, decidieron juntarse todos los jueves. Siempre hay temas: el lío del divorcio de Fedora; Clara es astróloga, tiene un programa en la radio y saca de la manga historias increíbles; o la familia enorme de Neli, con tantos yernos y nueras me los confundo a todos.
Los jueves lluviosos eran una decepción, esa semana se hacía interminable. Las invitaría acá, pero el comedor con los muebles viejos, las sillas que tienen el asiento medio hundido… ellas son tan finas, estarán acostumbradas a ciertas comodidades, a ambientes elegantes.
Este jueves tuvo un regalo extra. Fedora se quedó un rato más después que Neli y Clara se fueron. Me di cuenta de que me miraba. Estás pálida como la luna, me dijo. Le contesté que era un poco de cansancio, nada importante. Ella metió la mano en el bolso y me dio una tarjeta: por cualquier cosa que necesites no dudes en llamarme. Y al irse me dio un beso.
Eloísa guardó cuidadosamente el rectangulito blanco en el cofre, un obsequio inesperado de los astros, diría Clara. O una alegre sorpresa de la vida y, tras la frase de Neli, su carcajada resonando en el aire manso del parque.

©  Mirella S.  — 2010 —



Imágenes sacadasde la Web






lunes, 16 de septiembre de 2013

En la biblioteca


Ilustración de Dave Cutler



El hombre corpulento se paró en la puerta y titubeó ante el cartel “Se ruega silencio”. Asomó la cabeza y vio las numerosas estanterías llenas de libros que formaban pasillos dividiendo la sala. Detrás del mostrador una empleada con guardapolvo celeste, revisaba un fichero. El hombre sostenía algo entre sus dedos gruesos y oscuros. Por fin dio unos pasos y se acercó al mostrador.
—Buenas tardes ¿en qué lo puedo ayudar? —murmuró la empleada, casi sin mover los labios.
El hombre, miró el cartel, se aclaró la garganta con un sonido que parecía un trueno, y dijo:
—Vengo a…
—¡Shhh!
—Perdón, yo no… —se disculpó el hombre y su voz retumbó en el silencio de la sala, multiplicándose.
—Por favor, no grite —la empleada lo amonestó con un índice torcido por el reuma.
—Bué… ejem… ejem… —carraspeó el hombre roncamente.
—Silencio, un poco de respeto —la voz tajante provenía de unas mesas de fórmica, cercanas al mostrador. La cabeza de un hombre con anteojos emergía de una alta pila de libros y miraba al grandote con el ceño fruncido.
—¿Es que no puede hablar más bajo? Dígame qué necesita —musitó la bibliotecaria.
El hombre grandote negó con la cabeza y se tocó la nuez de Adán. Puso un libro sobre el mostrador.
—¿Viene a devolverlo? ¿A nombre de quién? —preguntó la empleada en un susurro.
Por el pasillo más próximo apareció una mujer con una melena de un rojo deslumbrante. Usaba un vestido suelto y largo y unas sandalias franciscanas. Se detuvo junto al mostrador. Traía un libro de un tamaño considerable.
—Hoy me castigo con el Eneagrama —le dijo a la bibliotecaria, con una voz delicada, apenas audible.
El grandote había sacado del bolsillo una boleta doblada, la estiró y, trabajosamente, empezó a escribir algo en la parte de atrás. Le dio el papel a la bibliotecaria que, dándole la espalda, se inclinó hacia la colorada.
—“Mi nene se llama Juancito Peña y está enfermo —leyó entre dientes—, y bine a debolber el libro que sacó. Quiero llebarle otro”. —con un gesto despectivo acotó—: Ni escribir sabe.       
—Qué le pasa ¿es mudo? —preguntó la colorada.
—Nada que ver, tiene una voz de bulldog  y con dos palabras me alborotó el lugar. No me acuerdo del mocoso, pero eligió bien: Wilde, El príncipe feliz. Quién sabe si lo terminó de leer —dijo y colocó el libro en un carrito, encima de otros. Y volviéndose al hombre—: El sector de literatura infantil está al fondo, por el pasillo central.
Él asintió y fue hacia el sitio que le indicaba la empleada, con unos pasitos raros como si caminara en puntas de pie.
—Por fin me lo saqué de encima. Parece King Kong en una cristalería —dijo la bibliotecaria, casi en la oreja de la otra mujer. Suspiró y miró el reloj—. Todavía tengo para una hora más. Esta tarde es interminable, cada vez viene menos gente.
La colorada sonrió con la sonrisa de quien piensa en otra cosa.
—Claro. Si querés te espero, tomamos un café y te cuento la última de Alberto, ese hijo de mala madre —habló con la mano arqueada formando una especie de pantalla sobre la boca y miró en dirección al de anteojos, inmerso en los libros.
—Qué, de nuevo te dejó plantada.
—Ojalá fuera eso. Después hablamos. Mientras te espero voy a curiosear otro poco en el sector de la New Age.
—Acá estaré —contestó la otra, en un murmullo resignado.
La colorada pasó junto al hombre grandote que, con aire inseguro, miraba los libros infantiles. Se acercó, pasó revista a algunos títulos y con una uña larga y roja como el pelo, dio golpecitos en el lomo de uno.
—Si a su hijo le gustó Oscar Wilde, le puede interesar este otro —dijo con su voz leve.
El hombre la miró con cara de no entender. Tomó el libro que ella le ofrecía y lo sostuvo entre los dedos con cutículas bordeadas de negro.
—Es mecánico ¿no? —dijo la colorada—.  Mi papá tenía las manos igual. Ni con cepillo y lavandina se las podía limpiar…
Hizo una pausa y agregó:
—Si quiere hojear el libro, allá tiene para sentarse.
El hombre movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo y sonrió como un chico ante un regalo. La mujer lo saludó agitando la mano y desapareció en el pasillo siguiente.
El hombre se sentó en un silloncito, con el cuero ajado. Apenas cabía. Abrió el libro y leyó el título: Cuentos de Oriente para niños de Occidente, Antología sufi. Hizo correr las hojas, no tenía dibujos. La expresión agradecida de a poco se convirtió en decepción. Se levantó, dejó el libro sobre el asiento y volvió a acercarse a la estantería. Del otro lado se oyó un cuchicheo.
—Y qué hiciste —era una voz masculina.
—Nada, me quedé paralizado —dijo otra voz masculina, más opaca.
—Ellos, qué te dijeron.
—Me acribillaron a preguntas.
—Y ahora, qué piensan a hacer.
—No lo sé. Espero que me crean.
El hombre grandote se agachó para mirar a través del hueco que había entre dos estantes, pero las voces ya se estaban alejando. Sus ojos quedaron a la altura de una fila de libros todos del mismo tamaño, con lomos amarillos y letras negras. Sacó uno al azar: tenía una llamativa ilustración en la tapa. Una sonrisa soleada le amansó la cara.
Se quedó un buen rato pasando las hojas; miraba los dibujos hechos con tinta negra, leía algunos párrafos. Con el libro debajo del brazo regresó al mostrador.
Eran las siete menos cinco, la bibliotecaria se había sacado el guardapolvo y conversaba con la colorada.
—Me lo llevo. El Corsario Negro, lo leí cuando tenía diez años, la misma edad que el Juancito. La colección Robin Hood… todavía se consigue…
La voz del hombre rebotó en las paredes y las palabras cayeron como una lluvia de piedras, pero esta vez nadie chistó. La mesa que ocupara el hombre de anteojos estaba vacía y algunas luces ya habían sido apagadas.
La bibliotecaria, en un tono monocorde preguntó:
—A nombre de.
—Juan Peña. Lo voy a leer con él —del vozarrón se desprendía orgullo.
Ella anotó los datos en una ficha y le entregó el libro.
—Tiene que devolverlo en una semana. Buenas tardes.
—Buenas tardes.
—Se fue contento —comentó la colorada—. Me hizo acordar a mi viejo.
—Ajá —bostezó la otra y apagó las últimas luces.

©  Mirella S.   — 2010 —









miércoles, 11 de septiembre de 2013

Preguntas



Ilustración de Minjae Lee


Esa noche, quién dijo la primera palabra ¿él o yo? Habrá sido él, porque no suelo ser la que rompe el hielo. ¿Y qué dijo, cuál fue la primera palabra, no la primera frase sino, absurdamente, la primera palabra? Tal vez fue un saludo: “hola”. También pudo empezar con un artículo: “la noche está espléndida”, si hubiese querido entrar en conversación a través del clima, algo improbable en él.
De haber dicho: “espléndido cielo” (estábamos en la terraza de un piso alto), hubiese arrancado con un adjetivo, a los que dudo sea muy propenso. Con un sustantivo imposible, a menos que vaya precedido por un pronombre exclamativo: “qué cielo” o “qué noche”.
Pensándolo bien, se puede empezar con un sustantivo: “noche espectacular ¿no?”. Si descarto la apreciación meteorológica, lo más probable es que se haya presentado. Entonces la primera palabra fue un pronombre, “yo soy Horacio”; tal vez omitió el “yo” y dijo “soy Horacio” y la palabra inicial fue la conjugación de la primera persona en presente indicativo del verbo ser. Y si dijo sólo Horacio, fue con un nombre propio.
Un “Horacio”, cualquier Horacio, inmediatamente me remite al Horacio Oliveira de Rayuela, uno de mis personajes favoritos y me siento un poco la Maga cuando se topa con Oliveira en la puerta de un café de la rue du Cherche-Midi y se hablan por primera vez. Quizás por eso le llevé el apunte o porque tenía ojos como océanos turbulentos que contrastaban con la sonrisa melancólica.
Me quiero acordar del primer momento porque define cómo arranca una relación, si tiene futuro o no. Siempre le doy importancia a ciertas cosas tontas, como a la primera palabra y a la última de un libro y verifico si unidas forman un sentido y, si lo tienen, creo que ese libro me va a dejar una impronta, aunque no sea bueno. Si esas palabras combinan trato de descifrar cuál es el mensaje para mí.
Reconozco que a veces hago trampa y me permito incorporar un artículo, como en el caso de Rayuela, libro que me indujo a escrupulosas reflexiones y cuya primera palabra era “encontraría” y las dos últimas “el pitillo”, aunque no pude captar el trasfondo de esas tres palabras ya que ni siquiera fumo. En cambio, el “hoy odio” de El extranjero, constituyó una puerta que me introdujo en los repliegues de mi inconsciente. En el momento de la lectura me alertó sobre emociones nada benévolas que mi mente trataba de mitigar con respuestas intelectuales.
Tampoco me acuerdo de la última palabra de esa noche en la terraza. Me pidió el número de teléfono y supongo que se habrá despedido. ¿Dijo algo después de “te llamo”? Tal vez “chau” ¿le agregó mi nombre: “chau Clara?”
Si la primera palabra fue “noche” y la última fue “Clara,” no está mal. Lo mismo si dijo “soy” o si empezó con “que” o si usó un adjetivo: “bella”, “hermosa” o “espléndida” (noche) y la última fue mi nombre, “Clara”.
No recuerdo si le dije Clara, que es mi segundo nombre; el de pila suelo evitarlo cuando no tengo ganas de corregir cómo se pronuncia ni de andar explicando su origen nórdico o resignarme a que al rato lo cambien por otro parecido o se lo olviden y empezar todo de nuevo. 
Esa noche en que me sentí agasajada más por su sonrisa que por sus ojos, de cajón que fui Clara. Aunque también me surge la duda, con alguien que destila cierto misterio como Horacio, pude haber querido mostrarme diferente, con un toque de extravagancia y haberle largado mi nombre impronunciable para que se interese, para que pregunte.
Lo que me lleva a otro punto ¿cuál fue la primera pregunta? Porque un encuentro casual está lleno de preguntas, que es una manera de llegar al otro, de construir rápidamente el rompecabezas, y formarse una imagen que se irá ajustando o se irá diluyendo en cada respuesta y el personaje que se arma se acercará o alejará de lo que se estima “ideal”.
Horacio entra en esa categoría: me deslumbró porque era demasiado ideal, como si lo hubiese fabricado a mi gusto y piacere. Un pez pájaro que, repentinamente, irrumpe de lo insondable y me encandila con sus escamas de oro, con el movimiento de sus aletas vertiginosas que baten el aire. Al ejecutar unas cabriolas en el espacio, derrama el rocío del mar adherido a su cuerpo y vuelve a sumergirse en el enigma.
Puedo afirmar, casi con seguridad, que no hubo preguntas, no eran necesarias, estábamos unidos por una corriente sutil, más allá de la torpeza de las palabras. Esa energía de comunión se da cuanto menos sabemos del otro y es tan intensa y perfecta que dura un encuentro.
Tantas preguntas que me hago sirven para rescatar esa noche, mi única noche con Horacio, para convencerme de que no lo soñé en esa terraza solitaria, en la que me había refugiado para escapar de una fiesta a la que no pertenecía. Sin embargo, después de todos estos meses sigo preguntando al vacío: por qué Horacio Oliveira nunca me llamó.

 ©  Mirella S.   — 2011 —

 
Óleo de Alex Alemany





No toda pregunta merece respuesta.

Publio Siro


viernes, 6 de septiembre de 2013

Tic-Tac



Ilustración en tinta china y aguada de Mirella S.



A raíz del post anterior, en el que compartí mis primeras experiencias con el dibujo y la escritura, tuve ganas de cumplir un sueño de mi adolescencia. 
Como el que avisa no es traidor —para que no se claven y pierdan el tiempo igual que los personajes del relato— les informo que este cuentito lo escribí a los quince años. Lo encontré hace poco dentro de una carpeta, un día en que se me dio por tirar papeles viejos.
También perduraba el dibujo con el que lo había ilustrado años más tarde, cuando intenté armar un libro de cuentos para niños.
Aquí va: historia y dibujo... Al texto no le hice correcciones, lo hubiese tenido que reescribir. Muchas gracias a los lectores corajudos... 


Al viejo relojero del pueblo siempre lo habían llamado Tic-Tac, nadie recordaba su verdadero nombre. Le pusieron ese apodo porque entrando en su taller, el tic-tac tic-tac de todos los relojes en reparación era ensordecedor. Además el viejito hablaba como si fuese un reloj y cada tanto emitía un tic-tac o ¡din don! como si estuviera a punto de dar la hora.
Para los niños escucharlo era una verdadera fiesta. Cuando los padres mandaban a alguno a su taller, obedecían sin chistar y se lo decían a los amigos para compartir la diversión.
—Buen día señor Tic-Tac —saludaba el niño que traía el reloj.
—Día, tic-tac, tic-tac —contestaba el relojero.
—Este reloj funciona mal, atrasa a la mañana y adelanta por la tarde —seguía el niño.
—Ajá, veré ¡dan-dan-dan!
Los niños, fascinados con esas campanadas y repiqueteos, trataban de que hablara lo más posible.
—Señor Tic-Tac, si el reloj es un invento de los hombres, por qué dicen a cada rato: “no tengo tiempo”.
Ellos sabían que ese era el tema preferido del viejo.
—Uh ¡don-don! El tiempo es anterior al hombre, tic-tac. El hombre, tic, le tiene miedo al tiempo, tac, porque vuela, no se para nunca ¡din-dan!
—Y los relojes ¿para qué sirven? —preguntaba otro.
—Ah, para ordenar el tiempo, tic-tac.
—Y cuando el reloj se descompone ¿el tiempo se detiene?
—No, tac-tic, el tiempo no se puede parar ¡tac-tic!
—¿Y por qué los grandes miran siempre la hora?
—Je je ¡tic-tac-tic! Para no perder el control. ¡Din don dan! Necesitan saber cuánto tiempo ha pasado, tic-tac y cuánto tiempo les queda. ¡Don don! El hombre inventó el reloj, pero se volvió su esclavo.  
Y los niños, contentos, volvían a sus hogares y contaban los difíciles discursos de Tic-Tac. Nadie sabía su edad; debía ser muy anciano porque Vicente, el más viejo del pueblo, decía que cuando él era chico, Tic-Tac ya estaba arreglando relojes.
Un día, misteriosamente, se pararon los relojes. La gente le preguntaba al vecino la hora y comprobaron que todos los relojes se habían detenido a las cuatro de la tarde. ¡Din don din don! cantaban los chicos imitando a Tic-Tac. Los del pueblo se pusieron nerviosos y trataron de calcular qué hora era mirando la posición del sol en el cielo, pero cada uno decía una hora distinta. Entonces fueron en fila hasta el taller de Tic-Tac, todos con sus respectivos relojes.
Un silencio desacostumbrado hizo vacilar a los primeros que entraron: allí también los relojes se habían parado. Pascual, el intendente, llamó al relojero. No obtuvo respuesta. Lo encontró sentado detrás de una pila de relojes, con la cabeza blanca como una nube de algodón, apoyada sobre la mesa. De inmediato supo que Tic-Tac estaba muerto.
Al día siguiente la gente del pueblo se reunió en el cementerio alrededor de la tumba de Tic-Tac. Terminada la breve ceremonia, cuando todos se disponían a irse, el aire se llenó de aleteos delicados, como el batir de las alas de cientos de pájaros. Eran los relojes que habían empezado a funcionar, pero lo hacían de un modo desordenado: algunos adelantaban, otros atrasaban, muchas agujas se movían en los cuadrantes como si hubiesen enloquecido.
En los primeros días la gente no supo qué hacer. Muchos iban hasta el pueblo más cercano para saber la hora exacta. Ese sistema les llevaba demasiado tiempo y cuando volvían a sus casas la hora había dejado de ser exacta. En los otros pueblos los empezaron a llamar “los que perdieron el tiempo”.
Poco a poco aprendieron a vivir sin reloj, guiándose sólo por la luz solar. Dividieron el día en mañana, tarde y noche. Se despertaban con el canto de los gallos y era la naturaleza, a través de sus cambios, que les iba mostrando el paso del tiempo. Vivían relajados, menos pendientes de la hora y rendían más en sus tareas.
Cuando se cumplió un año de la muerte de Tic-Tac, la gente fue al cementerio. Cada uno traía su despertador, reloj pulsera, cucú o a péndulo, objetos que se habían vuelto inservibles, y que apilaron sobre la tumba de Tic-Tac, como flores de acero y cristal.
Actualmente si alguien visita el pueblo de los “Sin hora” (así prefieren ser llamados) y ese visitante pregunta a un lugareño la hora, lo más posible es que no entienda por qué le contestan con una sonrisa radiante: “la que más le guste” o “la que le venga mejor”.
El que no conozca la historia, sin duda pensará que en ese pueblo están bastante chiflados.

©  Mirella S.  
   
Imagen sacada de la Web






miércoles, 4 de septiembre de 2013

El impulso de escribir



Óleo de Henriette Browne



El impulso de escribir ¿qué lo provoca, de dónde nace? Tal vez surja como una necesidad catártica o de la soledad; para conjurar el miedo, la locura; también puede ser una forma de reflexión; por el placer de inventar historias, de meterse en la piel de los personajes y vivir con ellos situaciones lejanas a la propia realidad. O a la inversa: para fijar la memoria, dejar testimonio de experiencias que reflejan momentos históricos o dimensiones de la condición humana…

Empecé a escribir alrededor de los diez años. Antes dibujaba historietas en el cuaderno de clase, para asombro y horror de mis maestras. 
No me fue bien durante los primeros grados del primario, sentía demasiado mi extranjeridad. Ya no recuerdo cómo aprendí el castellano, en mi casa nadie lo hablaba y mi padre tenía que recurrir continuamente el diccionario bilingüe.
Al poco tiempo de llegados a Buenos Aires hubo una situación traumática, que nos afectó a todos. Un silencio de piedra se instaló en el ámbito familiar y yo crecí en esa escasez de palabras. 
La solución la encontré construyendo un universo personal. Los dibujos y los mínimos textos que acompañaban a las historietas fueron la manera de comunicarme, el modo de salir del aislamiento y del estado de mudez.
A medida que aprendía, cualquier papel, aun el más estrujado, quedaba cubierto de guiones de historias y dibujos que las ilustraban.
Escribir fue el medio que encontré para expresarme y romper el silencio, manifestar sentimientos, puntos de vista, hablar —y hablarme— a través de los personajes, evadirme y soñar.
Más tarde, junto con la lectura, vino la devoción por las palabras...

Este es un espacio de intercambio y enriquecimiento mutuo, ya saben qué hacer…


Óleo de  Jahaziel  Minor




Clarice Lispector


Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en el mundo de los hombres.
Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

David Mamet

Soy dramaturgo, lo que quiere decir que lo que he hecho con la mayor parte de mi tiempo durante la mayor parte de mi vida adulta ha sido sentarme a solas, charlar conmigo mismo y tomar nota de la conversación.

Albert Camus

A mi ver, escribir no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. 

Gustave Flaubert
Escribir es una manera de vivir.





lunes, 26 de agosto de 2013

Aves de paso



Acuarela de Alessandro Andreucetti


Iba caminando por esa ciudad a la que me condujo una decisión desesperada. Caminaba buscando una calle sin hallarla, tan desorientada por dentro como por fuera.

Estaba completamente perdida y él desbordaba furia, parecía un animal rabioso, pronto a desmenuzar con sus colmillos a la vida misma. Él venía en sentido contrario, la cabeza gacha, mientras que yo miraba un cielo propio. El topetazo me aturdió, perdí el equilibrio y me habría derrumbado si su mano, como una garra, no me hubiese sostenido.

Le vi los ojos: dos pedazos de noche sin luna. Con el ceño adusto y la voz inhóspita, gruñó un disculpame. Esa sola palabra y el acento nos unieron, proveníamos del mismo mundo; resultamos ser dos extraviados que se chocan en un país lejano.

Cuando me recuperé del impacto le pregunté si podía ayudarme con la dirección que buscaba. Él seguía sosteniendo mi brazo y sólo afirmó con la cabeza. La oscuridad de sus ojos se metió en los míos.

Era para el lado opuesto, hacia donde él se dirigía. Me acompañó casi sin palabras, sus dedos presionaban mi brazo desnudo. Hacía calor y perseguíamos la sombra de los árboles.

Quería decirle que me soltara, ya no hacía falta, había recuperado el equilibrio, pero me gustaba la sensación de sostén, en esos momentos me era necesaria, como la plantita endeble que se apoya en un tutor. Solo que no soy endeble, me hice de piedra. Sin embargo, las circunstancias de aquel día me habían ablandado por el paso que iba a dar. Cerraba puertas viejas en un intento de volver a fundarme.

Hice los trámites. Cuando salí él me estaba esperando. Preguntó si iba a quedarme mucho. Le contesté que podía durante tres meses, después el destino diría.

El destino es un invento para escapar de nuestras responsabilidades, replicó con una voz fracturada. Hablaba poco, pero cuando lo hacía soltaba ese tipo de frases. No supe qué historia traía a cuestas, yo tampoco le conté la mía. De vez en cuando se le evidenciaba la ira en el tic de las mandíbulas, en los puños apretados o en las palabras que le salían como si las mordiera.

Hubo una injusticia, de esas que no se perdonan, fue lo único que pude entender.

Escapamos del calor de la calle y nos metimos en un café. Lo miré devorando su sándwich: parecía un perro atorrante —de esos que vagan por pueblos polvorientos— al que le tiraron un hueso.

No tuvimos que apelar a nuestro origen en común para acercarnos; quizás fue la sensación de naufragio, el cruce de los ojos o sus dedos nuevamente en mi brazo, pero terminamos en el cuarto de mi hotelucho. Éramos dos respiraciones anónimas, dos soledades, dos desesperaciones, cada uno afligido por un furor distinto: el mío vuelto hielo, el suyo latente en los gestos, en la voz.

En la cama, boca arriba, miramos las paletas del ventilador de techo, que apenas desplazaban el fuego de la atmósfera. El calor chorreaba por nuestros cuerpos como una medusa líquida. Su boca era dura, voraz; las manos, en cambio, no parecían pertenecerle: suaves, nostálgicas de piel.

Se quedó dormido y hurgué en su mochila. Sólo encontré ropa gastada y sucia; en los bolsillos del jean guardaba unos pocos billetes. De él me quedó un nombre ignoto en un pasaporte oscuro de sellos. Se fue al amanecer, llevándose su ropa sucia, el silencio y eso que lo arrasaba por dentro.

Al salir me saludó con la mano en alto y murmuró gracias. No esperó el ascensor, bajó por las escaleras a los saltos. Volví al infierno del cuarto y cerré la puerta. 

A veces me arriesgo y tallo un diamante nuevo.




Pintura de Vincent Giarrano




viernes, 2 de agosto de 2013

El país perdido







A la noche escribió largamente en su cuaderno de viaje. Escribió palabras que le goteaban de los ojos. Había sido un miércoles de emociones, con fantasmas de remembranzas. Un 23 de noviembre frío, como suele ser en el norte en esa época del año.
Desde el tren vio el velo blanquecino que se cernía sobre los campos, labrados con el arte de la paciencia. Al salir de la estación desembocó en un parque que en primavera debía ostentar la impudicia de sus verdes y ahora se diluía como una acuarela.
Eran las once, las callecitas estaban desiertas y buscó en la guía para orientarse. Al cabo de varios giros encontró la más ancha que, rectilínea, corría paralela a las montañas. Las transversales eran empinadas y se esfumaban en la niebla.
Se sintió cómoda en ese paisaje casi abstracto, que se insinuaba con delicadeza en el aire pálido. Todo se veía pulcro, melancólico, otoñal. Como ella.
Intuyó que había llegado y se lo confirmó la placa de la Maternidad en la esquina. La casa estaba en la misma cuadra. ¿La distinguiría? Habían pasado cuarenta años y sólo había vivido allí hasta los cinco. Se detuvo en el número 79. Los músculos del cuello se le tensaron, cerró los ojos unos segundos. Debajo del portero eléctrico vio una chapa con la inscripción Doctor Martino.
La casa, de dos pisos, exhibía una arquitectura simétrica. Observándola intentó descifrar qué sector le habrían alquilado a su padre. El estilo sugería cierta distinción, pero no combinaba con el color de la pintura, que debía ser bastante reciente. La reja y el portón de hierro habían sido olvidados y evidenciaban la corrosión del tiempo.
Nada le resultaba conocido, sin embargo, casi no podía respirar. De la Maternidad, un cálido día de principios de mayo, la habían traído hasta aquí y esas paredes, ahora de tonos escandalosos, contuvieron sus llantos y escucharon sus primeros balbuceos. 
La dueña, Ada Martino, había tenido varios hijos. ¿Quién viviría actualmente? Alguno de los hijos o nietos, quizás.
Un pasillo abierto separaba la casa del edificio contiguo. Desde allí se le presentó un ángulo diferente: un jardín descuidado, con hiedras que trepaban por las columnas de dos balconcitos y una escalera de peldaños maltrechos. En este jardín, que en su recuerdo tenía las dimensiones de una plaza, había encontrado a su gato pelirrojo, que cada tanto se escapaba y la sumía en el temor. Esa vez estaba tendido en el pasto y lo abrazó, acariciando su cuerpo color canela, del que había escapado la tibieza habitual. Quería despertarlo y volver a espejarse en sus ojos de ámbar. Entonces no lo sabía: ese había sido su primer encuentro con la muerte.
La casa de al lado era una pensión. Una mujer se asomó a la puerta y la miró. Ella le preguntó quién vivía en el número 79. El doctor Martino y su esposa —le contestó—, excelentes personas, el doctor ya cumplió los ochenta y está muy bien.
Debía ser Tonio, el hijo mayor de Ada; él había atendido a su madre durante el embarazo. Explicó quién era y de dónde venía. Su voz sonó apenas audible, como si la niebla se la hubiera absorbido. La mujer, amablemente, la acompañó hasta la puerta de los Martino para que la recibieran.
Salió una anciana de pelo blanco y expresión apacible. La dueña de la pensión la presentó y Maura exclamó ¡si es la hija del profesor! La hizo pasar a una salita en penumbras, Sentado junto a una lámpara estaba Tonio, leyendo un libro. El abrazo la hizo temblar.
Los dos viejitos hablaban simultáneamente, superponían preguntas, cómo lamentaban que el profesor y la señora Lina hubieran muerto tan jóvenes y rememoraban los años difíciles de la post guerra, evocaciones que no tenían que ver con ella.
Se sentía en un estado de irrealidad, con la impresión de estar y no estar. Y a la noche, mientras escribía, se dio cuenta de todo lo que no había preguntado y de la poca atención que pudo prestar, porque su mente se esforzaba en reconstruir imágenes, en rescatar sensaciones y compararlas con la realidad. Nada coincidía.
Maura sirvió café, después le mostraron en la planta baja las habitaciones donde se había alojado su familia, convertidas en depósitos de muebles en desuso. También fueron a una despensa sombría, en la que antes guardaban la leña; allí habían descubierto al gatito pelirrojo, que fue su juguete vivo, en una infancia sin juguetes. 
Recorrieron el jardín por el camino de lajas tapizado de hojas secas, que se quebraban con un quejido bajo sus pies. Un invierno se había acumulado la nieve en montículos esponjosos; su padre con una cuchara recogió un poco y la echó en el pocillo. Ella se había reído y cree haberle dicho que se le iba a enfriar el café. Pero esa escena ¿ocurrió en el mundo real? La mano, la cuchara, la nieve y el café ¿existieron o eran anhelos de la memoria? Esta casa es concreta, los Martino también, sólo que la dimensión de las reminiscencias está en un plano semejante al de los sueños.
La despidieron con afecto, como si hubiese sido ayer que recién nacida,  Tonio la sostuvo en sus brazos.
Afuera la tarde se cerraba con celeridad. Hasta llegar a la estación sólo se cruzó con un hombre, que la saludó con una sonrisa. En el único negocio abierto con objetos típicos del lugar, buscó algo para llevarse como suvenir. Todo era de mal gusto. En un estante encontró una pequeña clepsidra: cada grano de arena le mostraría la fuga del tiempo y de la memoria a un país inalcanzable.

Le impresionó el silencio, niebla y silencio aunados. Se sentía como alguien desintegrado, en esos momentos no se pertenecía. Cómo juntar la sombra de la niña que había amado al gato pelirrojo y había hundido sus botitas en la nieve del jardín, con esta cazadora de recuerdos perdidos, que garabateaba palabras húmedas, como hechas de bruma.

©  Mirella S.   — 2013—


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