miércoles, 13 de julio de 2016

Damascos en almíbar



Una silueta ensombrece la luz que entra por el panel de vidrio. Piera se entrega mansamente. Unos segundos antes de ingresar en los paisajes borrosos del sueño artificial, los fantasmas de momentos ya muertos aparecen en una sucesión arbitraria, acelerada.

El baile de los quince, su vestido en tonos pastel, la pulsera con los dijes que tintinean en el hombro de Juan, se esfuman cuando la señorita Emilia le pone esa fea nota roja en el cuaderno por mala conducta, por incitar en clase a la insubordinación, en esos años donde todavía no sabe qué es la docilidad. De inmediato el recuerdo se confunde con la tarde en que no hay bizcochuelo con Nesquik porque mamá es internada de urgencia. Piera revive el desgarro del miedo en el vientre que, sin transición, se convierte en alegría y se ve a sí misma refulgir como un lucero. Ella está con el vestido de seda blanca, aún oye el eco del “sí, quiero”, siente el oro que le ciñe el dedo anular, “para toda la vida, mi amor”, sellado con el roce de los labios de César.

Ya no está en la iglesia, vuelve a sus once años, conoce a la Segunda, como la ha bautizado, la nueva mujer de su padre, almuerzan sin mirarse. A los postres la otra hará su entrada triunfal sosteniendo la bandeja con los damascos en almíbar, con un copito de queso mascarpone y escamas de chocolate, que Piera odiará haber comido tan gozosamente. Y el arrebol de los damascos se perderá en la palidez del quirófano, en el no llanto tan esperado, en el silencio que, de pronto, se llena con el bullicio de un aeropuerto, no recuerda cuál, fueron tantos.

La memoria, selectiva y caprichosa, la devuelve a la casa del limonero, al maullido leve de Mimosa, la gata blanca y gris, la de la mirada como dos hojas de menta, aquella que apareció un día en el jardín de atrás, saltando la pared medianera y nunca más se fue. Cuántas caricias en la pelusa de su cogotito, cuánto ronroneo agradecido. Ese fue un amor que abarcó toda la vida que vivió Mimosa. Los otros no, duraron lo que duran los amores humanos. Le parece escuchar el ruido de la puerta al cerrarse tras la valija, después solo el vacío alargando la noche, sus ojos moteados de sol, desaparecidos para siempre.

Se ve caminado en una tierra de nadie, la piel translúcida como la lluvia. La memoria tiene su propia geografía y ahora la lleva por los carriles desencantados de los anhelos que no se cumplieron.

Se enciende una luz que baja del cielorraso y, como si proviniera de allí, una voz sin boca dice algo que suena como el siseo del viento en el follaje.

Quiere sonreír pero no encuentra los labios, el cuerpo ha dejado de pertenecerle, es un conjunto de órganos insensibles atiborrados de químicos.


© Mirella S.  - Enero 2016 -









28 comentarios:

  1. Todo se pierde o recupera en un instante

    Hay que buscar justamente eso: el instante

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sabia conclusión, profe.
      Te dejo un gran abrazo.

      Eliminar
  2. Bueno parece que cuando te vas definitivamente toda la historia de tu vida pasa ante ti a toda velocidad y como si fuera una pelicula, Igual es como lo describes.
    Me encantó la narración.
    besotesssssss

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En este caso no fui tan drástica, no se está muriendo, sino que son los efectos de la anestesia. Probablemente no queda muy claro.
      Muchas gracias, Yoik, contenta de que te gustara.
      Besos.

      Eliminar
  3. Mirella, tengo Internet loco, he puesto dos veces un comentario y justo al enviarlo se corta ...
    Quiero decirte que tus letras son como visillos al viento, suaves y delicadas haciendo entrever las situaciones duras. Besetes.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me ha ocurrido también a mí y sé que da un gran fastidio, porque no volvemos a escribir aquello que se nos ocurrió al inicio.
      Gracias por reintentarlo, Angelines. Mis textos, salvo raras excepciones, suelen mostrar las penas del alma y del cuerpo.
      Un abrazote, guapa.

      Eliminar
  4. Mirella, como en un sueño, es muy interesante el relato. Me atrapó. Y me dió ganas de probar esos damascos.
    saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No te prives de los damascos, Karin. En cuanto al texto es una especie de sueño, se refiere al instante en que le están inyectando la anestesia.
      Gracias por tu presencia y por tus palabras.
      Besos.

      Eliminar
  5. La memoria ojalá fuera tan selectiva como todos pretenden... al igual que tan fácil es reacomodar los recuerdos incómodos.
    Dame la receta, porque a mí las cuentas no me salen en esta pinche memoria mía, que de tan fiel, me da vértigo, incluso anestesiada...
    ;)

    Preciosa prosa que logra encandilarme siempre...
    En los buenos momentos, como en los malos, o en los peores... ya sabes;)

    Besos, mi Bella Dama.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que hay momentos en los que elegimos qué recordar, simplemente para mantener cierto equilibrio emocional. En otros el inconsciente nos manda sus andanadas y ahí hay que hamacarse. Claro que mucha gente tiene una facilidad pasmosa para la negación y logra vivir en un mundo de nubes (y con el infierno adentro y bien tapadito).
      Gracias, Zarcita, por tu compañía y tus opiniones.
      Besazos, guapísima.

      Eliminar
  6. Devastador.
    Recuerdos que se diluyen en la química que domina la sangre...
    Pérdida de la consciencia.
    El subconsciente ríe y enloquece a la vez.

    Eres una genia.

    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Torito, pensé que ya lo habías leído en el otro blog, pero veo que te ha hecho impacto.
      Sí, soy la genia de la lámpara de Aladino... podés pedir un deseo...
      Besos, amigo.

      Eliminar
  7. Nos sujetas a tus letras desde el principio, avanzamos pensando que son recuerdos infantiles que van dando saltos en el tiempo y entramos en una sala blanca donde los recuerdos de una vida están desfilando mientras el cuerpo y la mente pierden contacto con a realidad. Que bien escribes Mirella. Unos abrazos enormes

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No es fácil en un relato dar saltos en el tiempo y que el lector no se pierda o desconcierte. Parece que lo he logrado y me alegra.
      Besos y abrazos, Ester.

      Eliminar
  8. Respuestas
    1. Quedo contenta de que te fueras conforme, Chaly.
      Besos.

      Eliminar
  9. Ya lo había leído en tu otro blog, de todas maneras la relectura atrapa nuevamente, virtud de un relato magnífico, uno de los mejores que escribiste, medalla de oro Mirel, realmente, me sale de adentro!!
    Abrazote!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Edu, por tu entusiasmo y también por volver a leer el texto.
      Hace mucho que no publicás en tu blog, espero que tus cosas anden bien y te estés tomando un descanso.
      Abrazo y beso.

      Eliminar
    2. Días de zozobra (10) me empaquetan la libertad de pensar, jugar y moverme: Una ciática y la compra de un artefacto de vanguardia que me está sacando canas verdes, vino el de la garantía y otros services a joderme y están viviendo dentro del departamento hablándome con un lenguaje técnico y yo escuchándolos como si fueran marcianos ¡Quiero que se vayan!!! ¡Soy insociable!!!
      Qué suerte que tenes, Mirel, sos libre, abrazo!!

      Eliminar
    3. Eso te pasa por ser vanguardista... yo cero cosas técnicas, ni celular tengo. No creas que la estoy pasando tan libremente, chequeos médicos y más chequeos.
      Besos, Edu.

      Eliminar
  10. Disfrutado nuevamente, no dejo de pensar en qué cosas vendrán a mi mente en un momento así.
    Hermoso y triste.
    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Raúl, sos uno de los lectores de oro que se bancan dobles lecturas y con temas tristes, además.
      Abrazo.

      Eliminar
  11. Y al final solo nos queda nuestra propia esencia con poca energía...

    Como dice Raúl... Hermoso y triste.

    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En los momentos previos a entrar a un quirófano o también cuando se va saliendo de la anestesia, aflora el inconsciente con toda su fuerza.
      Siempre agradecida por tu presencia, Nieves.
      Besotes.

      Eliminar
  12. Es maravilloso. Impresionante cómo has mezclado los recuerdos de toda una vida, la decepción y el doloroso final.
    Besos y enhorabuena, Mirella.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Seamos optimistas y pensemos que sale bien de la operación. Quizás eso no quedó muy claro, no la imaginé en sus últimos minutos.
      Gracias por los elogios y un enorme abrazote, Celia.

      Eliminar
  13. La vida va pasando ante nuestros ojos con sus momentos más recordados. Aquellos que nos dejan una sonrisa y los otros, los que nos marcan de dolor. Un relato claro, con tu calidad e escritora en cada párrafo. Es el tiempo al que todos vamos llegando, tiempo de recordar y aunque no lo queramos, ellos, los recuerdos, llegan solos.


    mariarosa

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sobre todo cuando bajamos las defensas con la anestesia, en esos momentos no hay ni pasado ni presente, las vivencias aparecen como más le guste al inconsciente.
      Gracias, Mariarosa, besos.

      Eliminar