miércoles, 5 de junio de 2013

El momento de escribir





Cinco grandes escritores cuentan en entrevistas qué los empuja a escribir, cómo lo hacen y qué momentos eligen. Hay coincidencias y también discrepancias, porque escribir es un acto personal, el método es lo de menos, lo importante es el resultado.




Jorge Luis Borges


Entrevista del año 1978. La pregunta es cómo nace un cuento para Borges.

 "Suelen nacer por una suerte de revelación y esa revelación es gradual. Desde luego que cuando uno escribe un cuento -y eso es imprescindible- debe saber de antemano el principio y el fin. Yo no concibo que una persona comience a escribir un cuento sin saber cómo va a concluir. Luego, lo que sucede entre el principio y el fin uno tiene que imaginarlo. Es una suerte de sueño voluntario.”

(Extracto de "BORGES - Dos palabras antes de morir y otras entrevistas")




Raymond Carver


 “Hacia mediados de los años sesenta descubrí que tenía dificultad para concentrarme en la narrativa larga. Durante un tiempo tuve tropiezos tanto para leerla como para escribirla. Mi capacidad de atención me había abandonado; ya no tenía paciencia para tratar de escribir novelas (…). Sé que tiene mucho que ver con el porqué escribo poemas y cuentos cortos.
En un ensayo titulado “Sobre escribir cuentos” Flanery O’Connor habla de la escritura como un acto de descubrimiento. O’Connor dice que casi nunca sabía para dónde iba cuando se sentaba a escribir un cuento. Dice que duda que muchos escritores supieran a dónde iban cuando comenzaban algo (...).
Cuando leí esto me turbó que ella escribiera cuentos de esa manera. Pensaba que éste era mi difícil secreto, y me sentía incómodo con él. Pensaba que esa manera de escribir un cuento de cierta forma revelaba mis propias limitaciones. Recuerdo que me sentí enormemente alentado al leer lo que ella decía sobre el tema.”

(“Escribir” del libro “La vida de mi padre”)




Antonio Tabucchi


“Soy perfectamente consciente de que también se puede escribir por oficio, por placer e incluso por deber: cuando se ha adquirido cierto bagaje de experiencia e instrumentos, puede hacerse. Pero a mí me gusta escribir por inspiración. Yo creo profundamente en la inspiración y en ese sentido decía que me siento muy apegado a mi concepción romántica de la escritura. La modernidad ha prescindido de las musas (…). Yo quiero creer que existe una musa a la que llamo inspiración. Y por ello no quiero escribir cuando la musa calla o está de vacaciones. Espero a que retorne.
Creo que escribiendo, en el fondo, no hago más que una especie de autoanálisis; desde este punto de vista, mis libros serían otras tantas etapas de una reflexión sobre mí mismo que, naturalmente, se oculta hablando de otras cosas (…).
Creo que la literatura constituye siempre una forma de autoanálisis, incluso cuando se habla del mundo exterior o de otras personas, porque no es más que otra manera de buscarnos a nosotros mismos en los demás (...).
La literatura es en gran parte memoria y, claro está, también memoria colectiva, cuya perduración depende totalmente de la transmisión escrita. ¿Qué quedaría del pasado del hombre sin la escritura?
 ("Conversaciones con Antonio Tabucchi" por Carlos Gumpert -1991/1992)




Julio Cortázar


Me cuesta mucho empezar a escribir. Mucho, porque la preparación de un cuento o de una novela corre subterránea dentro y a su manera; pero cuando arranco de veras me parezco a Fangio, viejo, y no paro hasta que el texto mismo me para la bandera.
Una buena parte de mis cuentos han nacido de estados neuróticos, obsesiones, fobias, pesadillas. Nunca se me ocurrió ir al psicoanalista; mis tormentas personales las fui resolviendo a mi manera, es decir, con mi máquina de escribir y ese sentido del humor que me reprochan las personas serias. Entonces, más que un cuento o una novela, es el escribir mismo mi acto de exorcismo.
Siempre seré un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y en el mezzo del camino se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo. Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una diferencia.
Escribo por falencia o descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme... Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo.

Del libro “Peregrinos de la lengua” por Alfredo Barnechea - Lima, 1971 





Paul Auster

En una entrevista del año 1995, Auster comenta a su entrevistador, Gérard de Cortanze que escribía sin ninguna obligación, pero con dolor, como si le arrancaran una muela todos los días. Auster se ríe y agrega: 

"La mayor parte del tiempo es difícil. Escribo muy lentamente. Tengo una cabeza demasiado activa, creo. No vivo en la pasividad. Cada idea desencadena un montón de ideas más. Tengo que estarme frenando a cada rato, andar retomando siempre el hilo de la narración (...) Tengo un espíritu sumamente propenso a la digresión.
Algunas personas son capaces de pensar con un teclado. Otras, como yo, sólo lo consiguen con un lápiz o una pluma.
Eso se remonta a mi juventud, a la época en que aprendí a escribir (…). Me gusta el esfuerzo que requiere la utilización de una estilográfica.
Siempre he trabajado con cuadernos de espiral. Prefiero las libretas de hojas sueltas. Todo está ahí, reunido en un mismo lugar. El cuaderno es una especie de hogar de las palabras.

(“Dossier Paul Auster”  por Gérard de Cortanze -  octubre de 1995)






Todo escribe a nuestro alrededor,
eso es lo que hay que llegar
a percibir: todo escribe...

Marguerite Duras

viernes, 31 de mayo de 2013

Velo de Maia





El insomnio trepa por la almohada y se extiende como una telaraña. Será una noche de desvelo, una noche donde faltarán los sueños. Ellos  me hablan desde sus símbolos, que durante la vigilia voy traduciendo pacientemente al lenguaje que conozco. Como si rebobinara una película sin subtítulos y tratara de captar la trama que se oculta tras un idioma cifrado. Parece que hoy no habrá película. El celuloide se licúa en las horas inertes de esta cama deshecha por la inquietud de mi cuerpo.

Miro las manecillas fosforescentes del reloj. No prendo la luz, en el intento vano —lo sé— de atrapar las sombras que adormecen. Las tres y media. El tic-tac se expande, ocupa todo el espacio, escandiendo los versos de un poema que no tiene imágenes ni palabras.

Me concentro en la respiración. Cuento de atrás para adelante, cien, noventa y nueve… Los ojos abiertos son dos huecos sin persianas. La noche avanza y barre cada segundo, con la displicencia del viento que empuja a las nubes. Instantes perdidos para siempre, no hay retorno o devolución. No lograré conquistar mi territorio onírico y quedaré sometida a la voluntad del día.

Sin sueños ya no podré percibir a la bestia que habita en las honduras del pozo. Ni a los elfos que me regalan el amarillo y el azul en sus paletas de arcoíris. Gotas de paraíso, que al despertar me agasajan coloreando el claroscuro habitual del café con leche, la ducha, el apelmazamiento en el subte, la madera rayada del escritorio, los expedientes con su destino kafkiano.

Cuando el animal oscuro ruge en las profundidades del sueño, es indicio de que el día estará lleno de peligros. Desde su instinto primitivo sabe y se lo comunica a mi vientre, que se retuerce en reflejos de intuición. Me avisa que debo permanecer alerta y se cumplen los presentimientos, como si mis vibraciones se sincronizaran con el pulso del universo. Sé que es una fecha para marcar en el calendario con un círculo rojo. Estoy en guardia y procedo con sigilo. De esa forma me salvé de tomar el tren que descarriló; de pasar, apenas unos minutos antes, por esa esquina donde mataron a una mujer que se parecía a mí.

Si sueño con elfos o con castillos de agua que mutan su arquitectura con el movimiento del mar, es de buen augurio y todo será posible: la nieve de mis labios se derretirá y daré besos o quizás encuentre un nuevo amor.

Pero si no duermo no habrá presagios que me amparen, ni amarillos acuarelando las horas. Estaré indefensa, a la espera de señales que no sabré descifrar.

Amanece y sigo despierta, con la incertidumbre de qué me aguardará sin mi talismán una vez que traspase el umbral. 

©  Mirella S.   — 2013 —





1.  óleo de Bellarmine Miranda
2.  óleo de Eric Zener






Los hombres despiertos
no tienen más que un mundo, 
pero los hombres dormidos, 
tienen cada uno su mundo.

Heráclito




lunes, 27 de mayo de 2013

Se fue una noche




Tomó la cartera y sin mirarme caminó hacia la puerta. La abrió y salió dando un portazo. Los vidrios de la ventana tintinearon durante unos segundos. Yo no me moví, quedé acostado en esa cama por horas, donde habrán pasado amores, deseos, despedidas.
Ella no se despidió, no era su estilo; se fue dando un portazo: su última palabra. La forma de hacerme sentir que yo era una lombriz que había tenido la osadía de subirme por su zapato de marca importada. Antes habló, no hubiese podido dejar quieta su lengua de hiel. Después en el baño vomitó; se ve que las palabras dichas no fueron suficientes, el hígado no había descargado toda su ira, ni escupido toda su bilis.
Dije lo mío, aunque tuviese el sabor de lo inútil. Cuando ella habló, me callé. Ya la había visto enardecerse de esa manera, no conmigo. Hasta hoy. Había sido un mero espectador de sus incandescencias cuando hablaba por teléfono, no sé bien con quien. Mencionaba mucho a sus empleados, los que trabajan para mí, decía irguiendo la cabeza y los ojos entrecerrados se volvían dos ranuras de hielo. Soy inexorable, pero justa, como las Parcas, aclaraba. Desde mi óptica nada tenían de justas, porque ellas con el trenzado de los hilos determinaban la existencia de las personas y, con un golpe de tijera, la muerte.
¿Qué nos unió? Historias nocturnas de abandonos y carencias, tal vez. No podíamos ser más diferentes: yo, un tipo común, que escucha y busca entender, con mis más y con mis menos, como cualquiera. Alguien que amó, dejó de amar, que le gustan las caminatas solitarias por la vereda del sol, con alguna vieja canción sonando en su cabeza. Que busca un bar cerca de un rincón verde que la ciudad todavía no se haya tragado y que toma su café mientras garabatea frases en una libreta que nadie leerá. Un tipo tranquilo, que adaptó los actos vitales a sus necesidades.
Cuando apareció ella, de un modo contingente, la vida se aceleró. Hubo encuentros y desencuentros; alguna carcajada amarga, ninguna sonrisa: jamás la vi sonreír. Tuvimos momentos de silencio, que parecían catástrofes repentinas; en otros, nuestras voces quedaban sepultadas bajo la llovizna de la incomunicación.
Nunca supe su nombre real, decía que era impronunciable, de origen escandinavo. Se presentaba como Scarlett, por su pelo rojo y por su personaje favorito: Scarlett O’Hara. Si olvidaba el papel que se había impuesto desempeñar hasta sus últimas consecuencias, si podía aflojarse, hasta llegábamos a querernos. Sé que se hizo como un escultor a su obra, a martillazos.
Aquellos fueron días eléctricos, tenía que cuidar mis palabras, el modo de decirlas, los gestos. Siempre estaba esperando la tormenta, que los relámpagos restallaran en el aire, como las llamas de su pelo. Desistí de apaciguarla con argumentaciones, lo reservaba para el tiempo de nuestros cuerpos entre las sábanas que, por un rato, también le entibiaban el alma.
En esos meses viví en la incertidumbre, sujeto a turbulencias alternadas con la ilusión de una calma fugaz. Llegó la noche en que hablé como ella, sólo que sin levantar la voz. Scarlett, mientras se vestía, caminaba por el cuarto, las mandíbulas contraídas en ese tic, efecto de una insatisfacción insuperable.
Con las palabras finales, rubricadas por el portazo, terminó todo y la habitación extraña pareció demasiado vacía. Yo también, con un hueco que volvería a llenar con mis paseos por calles arboladas, lejos del tránsito, buscando el aroma del café recién hecho y la libreta, con tantos pensamientos para anotar y que nunca nadie leería.

©  Mirella S.   — 2013 —






1.  óleo de Larissa Morais
2.   foto de Flickr.com





     No ser amado 
es una simple desventura.
La verdadera desgracia
es no saber amar. 

Albert Camus