lunes, 29 de agosto de 2016

Viaje iniciático




Qué podés hacer si tenés por delante una hora de viaje antes de llegar al colegio. A lo sumo cabecear un rato, si la suerte te acompaña y viajás sentado; leer o repasar alguna materia si sos medio traga; mirar por la ventanilla los paisajes que te sabés de memoria o bostezar quimeras.
Esa larga hora constituía mi pasaje a regiones que surgían de la efervescencia de mi imaginación. Pero mis ensoñaciones empezaron a extenderse fuera del trayecto del colectivo.

Una mañana de julio bajé en la parada habitual, caminé las cuatro cuadras hasta el colegio y tuve la impresión de que me había equivocado, distraído en mis fantasías. Enseguida sonaron en mi cabeza las palabras de mi madre: “siempre en la Luna, vos...”
La calle no me resultaba familiar, estaba desierta, no había a quién preguntar información. Los edificios eran unos cubos altísimos, casi no se veía el cielo, todos blancos, sin ventanas, las paredes estriadas con lo que parecían jeroglíficos, cada tanto interrumpidas por festones de gárgolas, no como las que había estudiado en Historia del Arte. Representaban animales (si es que lo eran) de especies extrañas. Al mirarlos me sumí en una paradoja: su fealdad contenía una belleza que fascinaba.
La intuición me decía que estaba en nuestro planeta, que no había hecho un viaje al futuro, tampoco cruzado el portal de un mundo paralelo. Ni saliste de Buenos Aires, me dije, caminando por esa calle carente de vida, de personas. Yo solo.
Me aproximé a una pared y estudié las inscripciones: reconocí mi letra. No pude descifrar nada, el escrito estaba cabeza abajo, como si lo hubiese garabateado colgando de ese cielo desangrado de color.
Caminaba sin llegar a ninguna parte por un país abstracto. Si yo era el arquitecto de semejante desolación ¿dónde habían quedado mis ansias de aventura? Penetrar en selvas; excavar tierras primitivas que me mostrarían los tesoros de los orígenes; desentrañar los misterios de los mares. En cambio mi creación se limitaba a un páramo de cemento.
Al fin apareció una esquina. Me detuve y observé. La calle transversal, hacia la izquierda, terminaba en unas rocas; hacia la derecha se divisaba un bosque fosilizado. Me apreté la frente, debía pensar algo más vital. Era el hacedor de ese delirio y podía cambiarlo. Proyecté una opulencia de árboles, flores, cascadas de agua que humedecieran tanta aridez, sol, pájaros.
Nada se modificó. Caí en la cuenta de que ese sitio estaba muy alejado de mis fabulaciones, traspasaba los confines de mi conciencia: era una representación de símbolos que no podía entender. Presentí que estaba allí para recorrer ese territorio y explorarlo, aunque se me cerrara la garganta y a cada paso me temblaran las piernas.
Doblé a la izquierda, llegué a las rocas y vi que bordeaban una planicie de lava sólida, que se extendía hasta el horizonte. Mis ojos se cansaron de su chatura. Giré, desandando la calleja transversal y me dirigí hacia el bosque muerto. Puro esqueleto, las ramas como huesos descarnados, avanzaban en una geografía esteparia que me erizó la piel.
De vuelta a la calle principal, tuve una revelación: era una prueba, como los exámenes finales que nos habilitan —o no— a pasar al año siguiente. Aquí, sin embargo, había otra cosa. Era una iniciación que demostraría mi capacidad para adentrarme en los mundos mitológicos que pugnaban en mi interior. Un impulso aceleró mis piernas y levanté la cabeza hacia los muros escritos por mi mano: ahí estaban volcadas mis futuras hazañas, los sueños del héroe, las historias —aún en clave— que irían confluyendo con mi propia historia. Antes debía soportar la soledad del iniciado.
La calle terminaba abruptamente en un portón. Cuando lo abrí me encontré en el patio del colegio.


 ©  Mirella S.   — 2011 —



Un texto viejito, para que no me olviden.




martes, 9 de agosto de 2016

Casas alquiladas



Los cuartos de hotel por los que pasó tenían demasiadas historias, se entreveraban unas con otras y era imposible decodificarlas. Eran historias efímeras, de horas o de pocas noches, cuyos residuos resultaban absorbidos por las aspiradoras de las mucamas, la renovación diaria de las sábanas, los detergentes y cloros.
Todo lo opuesto a los departamentos o las casas que los dueños alquilan durante las vacaciones. En ellos queda impregnada su energía, la de los objetos que les pertenecen y dejan para que sean usados por extraños. La atmósfera en los cuartos de hotel es neutra, aséptica. En los hogares alquilados se respira cierta tensión.
Piera la percibía y no era algo que tuviese que ver con relatos de espectros ni de casas embrujadas. Así se lo aclaraba a Iván; él la miraba frunciendo la nariz, y con expresión incrédula anunciaba —en el tono de voz inapelable que esgrimía para algunos temas— que eran elucubraciones de su mente híper fantasiosa y su dificultad para amoldarse a los cambios de ambiente.
Ella sabía —aunque ya no lo manifestaba— que tenía una captación más aguda sobre las vibraciones positivas o negativas de personas o lugares. En cuanto a las casas alquiladas, Piera consideraba que el inquilino cae intempestivamente en la vida de otra familia y empieza a insertarse en sus circunstancias. Allí ha quedado la presencia emocional de los moradores habituales. Se los encuentra —Piera los descubría— en detalles insignificantes para otros ojos.
No podía dar una interpretación ni un porqué, pero en las casas de verano, a pesar de ser cuidadosos, casi siempre se les rompía algún objeto o no lo encontraban, como si el contenido de esas paredes se rebelara ante el manoseo y la intrusión de los extranjeros. Lo insólito era que los objetos perdidos reaparecían horas antes de abandonar la casa.
De esos hogares, en los que Piera se sentía una invasora, recuerda el último al que fueron, un chalet en decadencia —que en su tiempo habría sido aristocrático— ubicado estratégicamente en lo alto de un acantilado. A su alrededor se espesaba un bosque de eucaliptos, que al anochecer enrarecían el aire con el narcótico de su perfume. Desde la ventana del dormitorio, en el primer piso, llegaba el monólogo espumoso del mar con las rocas.
No conocieron a los dueños, habían gestionado el alquiler de la casa mediante una agencia. A Piera le desagradó lo que emanaba cada cuarto. Parecía que los propietarios hubieran partido en una fuga improvisada, desprolija, dejando atrás lo mínimo indispensable, llevándose lo más personal.
En el empapelado se veían rectángulos más claros, indicadores del lugar donde antes hubo cuadros. Eran manchas como pieles heridas que les fueron arrancadas las vendas protectoras. Faltaban almohadones en los divanes, de los barrales colgaban los ganchos, vacíos de cortinas. Esas carencias le otorgaban a la casa un clima de abandono, de saqueo.
Ella era de gustos frugales, simples, en cambio Iván disfrutaba de la elegancia, el confort. Después de recorrer las habitaciones, él, un hombre amable, tranquilo, gritó: ¡esto es una mierda! y, enfurecido, llamó a la agencia. La respuesta que obtuvo fue que por ese precio no podía aspirar a algo mejor en la zona, había conseguido una ganga, el real valor estaba en el panorama.
Trataron de quedarse lo menos posible en la casa. Hicieron excursiones, nadaron, bucearon. Sin embargo, una fisura en su comunicación se fue profundizando. Algo se había oscurecido o ya estaba en sombras y la permanencia en la casa se los mostraba. Iván, siempre locuaz, se volvió taciturno y si le hablaba era para retrucar todo lo que Piera decía.
Cada vez que entraba en un cuarto se acentuaba la sensación de que los objetos la miraban, antes de que ella les echara una ojeada. Dormía poco y se dedicaba a hurgar en armarios y cajones buscando pistas de los propietarios. Detrás de unas toallas, demasiado ocultos para ser recordados, o puestos allí para ser olvidados, halló dos fotos en marcos de plata. La esposa con una cara pálida de Morticia; él, exhibía una boca suavemente felina. La otra foto mostraba a dos niños, dos criaturas desvaídas de la mano, como en una mutua protección. Miraban a la cámara abriendo mucho los ojos.
A los diez días, Iván le dijo que preparara las valijas, se iban, no aguantaba más y no le importaba haber pagado por todo el mes. Piera sintió desasosiego, no quería quedarse allí pero tampoco volver a su casa en la ciudad.
Esa tarde fue al pueblo y averiguó por un hotelito blanco con balcones azules que había visto cuando llegaron. Tenían una habitación vacía. Paredes adentro el clima era distendido y al entrar al cuarto comprendió que había hecho una elección acertada.
Desde entonces nunca más casas alquiladas en vacaciones. Nunca más Iván.



Mirella S.  -Enero 2016-                                                                                       

Arte surrealista de Oleg Oprisco


lunes, 1 de agosto de 2016

Matrioskas



Algo sagrado habrás querido legarme. Seguramente, si fue así, no pude captarlo del todo. Casi no existían lazos afines que nos unieran. Los sanguíneos —la vida me lo ha demostrado—, no alcanzan.

Para vos eran sagradas cuestiones que no tenían repercusión en mí: la obediencia más absoluta hasta el sometimiento, guardar las apariencias.

Tal vez en la importancia de la casa, del hogar, en eso coincidimos. En mantenerlo limpio, ordenado, en sentir que ese espacio es nuestro amparo. Claramente, yo lo experimenté mucho después, porque el hogar primigenio no brindaba calor, libertad ni comprensión y menos el cobijo emocional que necesité en la infancia.

Estaba hecho con paredes de nieves eternas que no daban reparo a los sueños, los congelaban. Sin embargo, en ese interior levanté el andamiaje necesario para construir mi propia casa. Un mundo dentro de otro mundo, una serie de matrioskas que albergaban otras en su interior, los escondites perfectos según fueran las circunstancias externas: cuanto más destempladas, más adentro me instalaba.

Es probable que haya sabido hacer ese hogar porque vos me enseñaste a colocar los ladrillos, a levantar los muros.


Mirella S.  -Julio 2016-                                                                         

  Ilustración de Martina Troise