miércoles, 28 de diciembre de 2016

Un regalo y feliz 2017


Nunca sentí interés en publicar un libro. El 2016 fue un año personalmente difícil y necesité tener un proyecto. Se me ocurrió armar esta recopilación de los textos más breves que publiqué en el blog.

La idea es que se lo lleven. Sin conocer bien cómo funciona, me aventuré a subirlo desde el sistema Issuu, espero que puedan. Si quieren verlo en pantalla completa, ir al cuadradito de abajo (Fullscreen). 


https://issuu.com/mirel3/docs/apuntes__en_hojas_perdidas


Que el 2017 sea para todos un año pleno de bondades . 
Gracias y abrazos.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Aroma de jazmines, sabor de pan dulce



Se desploma en la mecedora, al lado de la ventana. Tampoco allí corre aire, pero puede entretenerse mirando un retazo de la vereda de enfrente, donde los chicos de la cuadra siempre juegan bajo las ramas del paraíso. Es su punto de reunión y hay unos cuantos agachados alrededor de algo que no alcanza a ver. Se apartan rápidamente, una luz chisporrotea y explota en la vereda. La señorita Irene se sobresalta: otra vez los cohetes, su corazón ya no está para esos ruidos. Y pensar que de chica la divertían tanto. Qué hermosa época, cuando la casa apenas podía contener a los parientes. Ahora, en cambio, se ha convertido en un cascarón vacío. Han de estar cerca de las fiestas, no hay vuelta que darle, las fechas y los meses se le van de la cabeza. Sin embargo, no debe faltar mucho, Camila su sobrina nieta predilecta armó el árbol de Navidad junto a la chimenea. Además lo huele en el aire: los jazmines floreciendo en el jardín, la pólvora de los cohetes y esa cosa impalpable que ella percibe como un perfume. El espíritu de las navidades, eso es. El pesebre, Papá Noel, el esponjoso pan dulce que preparaba la abuela genovesa. Filamentos de recuerdos toman forma en su memoria.
¿Qué día es hoy? ¿Y el año? El mes, con certeza, es diciembre. Ella es de mil novecientos dieciocho y vagamente cree recordar que hace poco le festejaron los noventa. El tiempo presente es niebla, le parece que estuviera desandando el camino, de vuelta al pasado.
El abanico va, viene y remueve el aire sofocante. La señorita Irene sacude la cabeza y sonríe. La Navidad en su infancia no era Navidad sin la cartita a Papá Noel. Ella no escribía solo pidiendo juguetes, no. Primero contaba que había pasado de grado, que de grande le gustaría ser enfermera de la Cruz Roja, porque si había otra guerra se ofrecería como voluntaria porque no se iba a casar jamás. Al final, achicando notablemente la letra, casi con pudor, agregaba el pedido.
Un veinticinco de diciembre, junto al regalo encontró un sobre que decía: A Irene. Adentro había una esquela felicitándola por ser una niñita dócil y estudiosa, pero no debía decir que no iba a casarse, qué mejor destino podía esperar una mujer que el de ser esposa y madre. Abajo estaba firmado Papá Noel. Todos leyeron la carta y Jorge, el amigo de su hermano, le dijo despacito al oído que cuando fueran grandes se casaría con ella. Irene se había puesto colorada, bajó los ojos y se le escapó una sonrisa de alegría.

Diego Aguilera termina de vestirse frente al espejo del ropero. Piensa que esa changa* le cayó en el momento justo. Las últimas lucas* se las acaba de patinar en Madam Ivón, la yegua que era una fija y que al final entró quinta. Y Araceli —esa otra yegua— lo tiene podrido pidiéndole que pague lo que saca fiado. Si no la corta, le va a dar una patada en ese flor de culo que dios le dio y que vaya a cantarle a Gardel. Claro, no es tan fácil. A él todavía le gusta, no con el metejón* del principio, nada es eterno y menos un metejón. Se conoce, él no sabe andar solo y qué mina le va a dar bolilla si está en la lona*.
Al mirarse en el espejo le asoma una expresión de disgusto. Lo que parece, a lo que tuvo que llegar. No pega una y Araceli machacando con eso de que a él no le tira laburar. Seguro, sin un oficio, lo que hizo desde que era pibe fue rebuscárselas.
Los cuatro mangos* que cobre por la changa le servirán para la sidra, el pan dulce, una boludez para Araceli y chau. Las fiestas son una mierda y él, lo único que pretende, es sentarse bajo la parra del patio, delante de una mesa en la que abunden botellas y no moverse de ahí hasta que el cielo se vuelva del color del vino blanco y no haya más que chupar.
Siempre le agarra una cosa amarga, una especie de rebeldía a esa altura del año. Como una borrachera triste, algo que le quema por dentro, trayéndole pensamientos roñosos, acordarse de los que no están más, de los que nunca estuvieron, de las Nochebuenas miserables de cuando era pendejo o de otras desesperadas y solitarias.
Diego Aguilera, con un movimiento de impaciencia, toma la bolsa y sale.

El abanico yace sobre sus rodillas; las manos delgadas, con el dorso cubierto de pecas castañas, apenas lo sostienen. La señorita Irene cabecea en la mecedora y sueña con Jorge, que al cumplir los veintiuno se va a estudiar a Boston. Y ella, con veinte, no tiene con quien casarse, pero no le importa porque aparece Papá Noel, grandote,  bonachón y le pide que sea su secretaria. La señorita Irene se pone un un gorrito y una larga capa roja ribeteada con piel blanca, y desde un trineo volador, controla la larga lista de regalos que faltan entregar.
El abanico se le resbala por las piernas y cae al piso con un chasquido. Abre los ojos. No se acuerda bien qué fue de Jorge, si volvió de Boston. Ella estudió enfermería, aunque no la dejaron embarcarse y ayudar en la Segunda Guerra Mundial. Había tantos familiares que envejecían y la necesitaban acá: los abuelos, después papá y mamá y las cuñadas que precisaban un refuerzo con los bebitos cuando crecían y se contagiaban el sarampión o las paperas, quién mejor que ella para atenderlos.
Anocheció, debería encender el velador, prefiere quedarse así, está más fresco. Se incorpora con una repentina sensación de vértigo. La señorita Irene apoya la nuca en el respaldo de la mecedora y suspira. Camila y los otros que a veces la visitan ¿cómo es que se llaman?, consideran que no es conveniente que viva sola en la casona. Un día había guardado la plancha en la heladera; es cierto que no se acuerda ni lo que comió el día anterior. Le dicen: y si te descomponés cuando la chica de la limpieza se va. No es una vieja chocha, todavía se siente fuerte y se basta a sí misma. Su memoria es mala, se le confunden los tiempos o se distrae fácilmente con recuerdos. De la casa familiar la sacarán con los pies para adelante.

Repartir los volantes con este calor, empilchado* y haciéndose el simpático, es algo que no le cabe. Las cuadras del centro comercial son un hervidero, todos salieron a comprar a último momento, cómo se ve que en este barrio hay mosca*. Estaba creído que esas fiestas iban a ser diferentes, con el dato de Madam Ivón pensó que por una vez en su puta vida la suerte le sería favorable. Eso es tener yeta*, él parece que nació enyetado. Ojalá que los chupasangre para los que labura Araceli le adelanten unos mangos.
Qué lo tiró, encima pasar la Nochebuena con los viejos de Araceli, más los otros yernos, nueras, la mocosada que grita. Manga de lameculos. Y él, Diego Aguilera, también, y un maricón, que se rebajó a aceptar esta changa y así evitar que Araceli le arme un bolonqui*.
Corre un vientito suave y le viene bien caminar por esas calles tranquilas, con árboles altos y casas finas, donde sobran las flores y los autos espectaculares. Él estará siempre del lado de afuera, caminando y llenándose los ojos con ventanales iluminados, gente que cacarea como gallinas y toma champán. Mientras, él no tiene donde caerse muerto y a sudar la gota gorda vestido de Santa Clós. Queda mejor decir Santa Clós, le había aclarado el tipo de la juguetería que lo contrató toda la semana para que diera vueltas en la puerta del shopping repartiendo volantes. En verano y con más de 30 grados. 
Diego Aguilera observa una casa con las luces apagadas. Es la más vieja de la cuadra, pero mantiene un aire distinguido. Qué lindo olor a jazmines, el jardín está descuidado, después de las fiestas podría ofrecerse a sacar los yuyos y emprolijar los canteros, le gusta trabajar con las plantas, tiene buena mano.
Le agarra una cosa en la garganta como cuando la vieja le daba con el cinto y él se esforzaba por no llorar. Sin darse cuenta abre el portoncito de madera; los árboles de la calle son tan tupidos que tapan el farol de la esquina. No sabe por qué está caminando por esa galería lateral ¿y si lo ve algún vecino, qué bolazo* va a decir? Que quiere estar del lado de adentro y probar qué se siente ¿quién va a creerle? Te van a tomar por un chorro* y habrás hecho de todo en tu vida: robar, nunca robaste, dice entre dientes Diego Aguilera. La galería desemboca en un patio. Hay una ventana que está abierta. Una verdadera tentación.

La señorita Irene se levanta, debe bajar a la cocina y cenar lo que le dejó la chica. A lo lejos se escucha el estruendo de los petardos y, como relámpagos, los reflejos de fuegos artificiales. Sosteniéndose del pasamanos adelanta un pie para bajar el primer peldaño, cuando un ruido la inmoviliza. Su memoria será mala, pero su oído es de tísica, como decía la abuela genovesa.
El vestido de la señorita Irene es un manchón pálido en la punta de la escalera. Bajar la escalera a oscuras, se va a matar; la acomete una risita traviesa, que ahoga en el hueco de la mano. Se aferra de la baranda y busca el borde del escalón. Es como jugar a la gallina ciega de nuevo. Y vuelve a sofocar la risita.

Fueron a dejar un banquito justo en el medio de la cocina. Diego Aguilera lo aparta, espera unos segundos antes de seguir adelante. Tranquilo, macho, no hay nadie en la casa, los que tienen mosca son salidores, capaz que se fueron a festejar a un restorán cerca del río. Es apenas una sombra flexible desplazándose por un corredor penumbroso que termina en un salón grande.
Parece la cancha de Ríver, ríe y se baja la barba y los bigotes que le pican por el calor y con la palma se seca la cara húmeda. Y ahora a fumarse un pucho. Saca la caja de fósforos y prende uno. Ve un árbol de Navidad que llega hasta el techo. Qué los parió y él, de chico, no pudo tener ni uno ranfañoso* de plástico. Se hubiera vuelto loco por colgarle los adornos y poner la estrella en la rama más alta. Sobre la repisa de la chimenea hay un velador con una pantalla opaca que no debe dar mucha claridad. Cuántas chucherías juntan los ricos: ese reloj y esos floreros  les deben haber costado una fortuna.
Al fondo del salón ve una escalera, camina unos pasos, se detiene cuando oye un crujido.

Baja el último escalón, qué prodigio, lo hizo sola y a oscuras, sin el bastón, que quedó arriba con los anteojos. Se lo va a contar a Camilita, qué raro que no la llamó para desearle feliz Navidad. En el fondo de la sala la lámpara está encendida, se habrá olvidado de apagarla. Tantea en la pared, buscando el interruptor. La araña de caireles se ilumina con su brillo de falsos diamantes.
Es Nochebuena nomás, y ahí está Papá Noel que bajó por la chimenea a dejar los regalos. Vino aunque ella no haya mandado ninguna carta, tal vez sí, la mandó y no se acuerda, está allí, esperándola, con su bolsa roja llena de regalos.
La señorita Irene ríe y extiende los brazos y con una voz gorjeante dice: Querido Papá Noel, siempre te quise conocer, me quedaba espiando por si te veía y hoy te pesqué justito. ¿No te querés quedar a cenar?
Diego Aguilera se queda clavado junto al árbol y de un tirón se sube la barba. Qué hace esa vieja pirada*, cómo la dejaron sola en Nochebuena. No reconoce su propia voz, quizás camuflada por el algodón de los bigotes, que contesta: Claro que sí, nunca hay que despreciar una invitación.



©  Mirella S.   


Glosario
Changa: trabajo temporal.
Lucas/mangos/mosca: pesos, dinero.
Metejón: enamoramiento.
Estar en la lona: en mala situación económica.
Empilchado: vestido.
Bolonqui: lío, discusión.
Yeta: mala suerte.
Bolazo: mentira.
Chorro: ladrón.
Ranfañoso: miserable.
Pirada: loca, chiflada.


Es tan viejo el relato, que no recuerdo el año que lo escribí.
Estoy como la señorita Irene...
A pesar de ser largo, espero les resulte entretenido.

¡Felicidades y abrazos para todos!