jueves, 19 de mayo de 2016

Puzzle



Lo que vi de ella, la primera vez que la descubrí, fue sólo el cuello  pálido, parcialmente cubierto por una chalina de gasa y unos flashes de pelo endrino que se le arrebujaban en el hueco de los hombros.
Esa mañana, con la visión periférica, capté un fragmento de ella detrás de los vidrios; el resto del cuerpo se esfumaba entre cortinas o en las sombras del ambiente.
Yo solía pasar por la cuadra y nunca había advertido esa ventana ojival, como de castillo gótico. La casa era una ruina de otra época, incrustada entre dos torres.
       
La segunda ocasión fue al mediodía. Pensaba en cosas triviales, pero no menos acuciantes, y cuando llegué a la altura de la casa, aminoré el paso sin tener conciencia de ello y —como si un mecanismo hubiera accionado mis cervicales— giré la cabeza justo en el momento en que llegaba a la ventana.
Debía estar agachada y desde allí me mostró su frente de estatua, el dibujo enérgico de las cejas, los ojos del color de la hierba silvestre. Estos ojos tienen el aroma de la menta, pensé, aspirando un olor fresco, inaudito, que prevalecía por encima del escape de los autos. Me cautivó y sumé esa parte a la anterior. Me gustan los acertijos, lo demás lo imaginaría hasta el próximo encuentro y sería excitante armarla una pieza a la vez, igual que a un puzzle.

La tercera es la vencida, me digo. Es una noche sin luna, extrañamente solitaria de transeúntes y autos. La vereda parece que me llevara, como las cintas móviles de los aeropuertos.
No fumo, pero hubiese sido el instante perfecto para detenerme bajo la luz de la esquina y encender un cigarrillo. Subirme el cuello de la campera de cuero y cruzar displicentemente la calle vacía.
Me atrapan los misterios, creo que leí demasiadas novelas negras. Hay misterios indescifrables, como los de la vida y la muerte; en cambio mi anhelo de resolución es de índole bastante pedestre: quién es el asesino o quién es quién en la historia. Esta es la incógnita que quiero descifrar: quién es ella, la que se presenta de a pedazos. ¿Lo hará solo para mí?

Y aquí estoy, llegando a la ventana antigua; apago mi cigarrillo imaginario en el piso, con un movimiento circular del pie.
Me acerco y ella me engolosina con su boca pródiga, imposible de eludir. Los breves orificios de la nariz apenas se ensanchan en la respiración que se le acelera. Percibo el deseo.
Sigue ofreciéndome fragmentos, como si la totalidad de ella me estuviera vedada.
Ya no estoy en la calle, formo parte de la oscuridad del interior. Todo pierde importancia, porque sus labios se entreabren y sonríen, me sonríen, hambrientos de mí, desnudando el marfil de sus dientes.




 ©  Mirella S.   — 2010 —


Todavía me quedan algunos cuentos viejos para compartirles. Actualmente no estoy escribiendo, se me agotaron las ideas y me he vuelto reiterativa en la temática. 
Un descanso es necesario.




jueves, 12 de mayo de 2016

Desarticuladas




Hay dolor en estas manos de madera que ni acarician para no abrir llagas.

Manos que eran de arcilla y cimbraban como pájaros briosos, modelando esculturas en el pecho de un hombre.

Hay dolor en los dedos de cartón piedra. Se les extravió la gestualidad del gozo, el sentido del tacto incandescente, no aún la belleza delicada de sus formas.

Las falanges están inertes como estalactitas y gotean la fría soledad de unas manos que fueron fecundas.

En otro tiempo, en las líneas de sus palmas, navegaban ríos en busca del sentido de la existencia. Se agitaron en bienvenidas, sostuvieron carteles de protesta. Rotos los convenios del silencio, arquitectaron el arte del acuerdo.

Ahora se posan con temor en el teclado, se sienten inválidas, ociosas.



©  Mirella S.   — 2016 —                                                                                             Imagen de Lauren Treece