miércoles, 30 de julio de 2014

Aromas





Para Ignacio noviembre era el mes que perfumaba a jazmines y le traía recuerdos de la infancia. Al llegar esa época, empezaba a buscar sus efluvios en los quioscos de flores, para reavivar la memoria sensorial.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que había perdido el olfato.
Un vendedor ambulante pasó junto a él con un cesto de mimbre que desbordaba jazmines, bellos en la luz de su blancura, pero carentes de aroma. Ignacio se frotó la nariz, se la sonó repetidas veces, mientras seguía al vendedor esperando la anhelada estela de fragancia. No ocurrió nada, como si los jazmines fuesen de cera o de plástico. Las rodillas se le aflojaron, se sujetó de una reja y tomó conciencia de que en los últimos tiempos ningún olor le había incitado o disgustado. Su nariz era un apéndice de hielo, insensible a cualquier emanación. 
Lo vivo rezuma olores ¿algo habría muerto en él? Tendría que ir al médico ¿y si no hubiese cura, si estuviese perdiendo paulatinamente los sentidos? Ya era miope y a veces no entendía lo que se hablaba en los noticieros y debía subir un poco el volumen. En cuanto al gusto, no toleraba lo muy caliente o el exceso de frío, pero con los sabores su paladar seguía siendo escrupuloso. Acarició el hierro de la reja en la que se sostenía y debajo de los dedos percibió unos leves grumos de pintura. El tacto funcionaba.
Ignacio se apuró para volver a casa. Durante el trayecto, obsesivamente, dilataba y contraía las fosas nasales, en un afán espasmódico de percibir olores. El mundo se había convertido en un quirófano aséptico y por primera vez añoró la pestilencia provocada por el tránsito. Esta anomalía no pudo ocurrirle de improviso, sin embargo recién la había detectado en la falta de perfume de los jazmines, ligados a momentos importantes de su vida y que no lograba rememorar: también se habían borrado los recuerdos asociados a ellos. Retrocedió en la memoria —un retroceso en el vacío— y no consiguió reflotar acontecimientos o personas que aclararan por qué esas flores eran tan valiosas para él.
Cuando abrió la puerta del departamento, desde la cocina venían ruidos de cacerolas y vajilla. Eleonora asomó su melena roja y gritó: justo a tiempo,  y reapareció con una sopera. Preparé el minestrone que me enseñó la abuela piamontesa; no le escatimé ningún ingrediente. Qué olorcito provocativo ¿verdad? Y le alcanzó el plato humeante.
Ignacio casi metió la cara en el plato y sólo le llegó el vapor caliente que humedeció el interior de su nariz. Soplando, se llevó la cuchara a la boca, reconoció el gusto a cebolla y apio, el toque delicioso de la panceta, pero desprovisto de olor. Algo faltaba para que el disfrute fuera completo.
Más tarde, en la cama, la sedosidad de Eleonora no lo tentó como siempre. Sus dedos la recorrieron como quien explora una escultura de mármol. El cuerpo de ella sin su perfume natural, había atenuado su deseo. Hizo el amor obedientemente, sin placer, igual que cuando de chico se comía el guiso recalentado que le dejaba su mamá antes de ir al trabajo. Lo sumergió una ola arbitraria de rencor hacia Eleonora, que ajena a todo, alegre, juguetona, se rendía al momento con los sentidos despiertos.
Buscó en Internet y se enteró que era anósmico, una enfermedad raramente reversible. Leyó palabras científicas que nada le aportaron y en un cuestionario le respondió a la pantalla: no hubo ningún trauma o accidente recientes y menos me acuerdo de cuando empezó. Supo del alto porcentaje de anósmicos que había en el mundo y, lo más alarmante, que una probable consecuencia de la pérdida del olfato también ocasionaría la disminución del gusto. Pensó que el olfato es el más primitivo de los sentidos, que se manifiesta en fuertes sensaciones viscerales, ligadas a los instintos, al miedo, a la supervivencia, pero también al goce.
Lo más cruel era sentirse privado de los recuerdos que los olores evocaban. Eran muchos más de los que creía; los lejanos emergían incompletos, como despojos, interrumpidos por huecos incomprensibles, producto de su cerebro perezoso que no enviaba órdenes correctas a los nervios olfativos. Aspiraba el aire con fuerza, como alguien a punto de asfixiarse. Los esfuerzos fueron inútiles, los olores ya no estimulaban esa capacidad secreta de placer: los jazmines perdieron significado, el cuerpo de Eleonora se convirtió en el de una extraña, sin repercusión en él. Tocarla no podía compensar la desaparición de su íntimo olor a mar. Los aromas añejos se habían disipado y no habría nuevos.
Se dejó caer en un ostracismo voluntario y no habló con nadie de la “anomalía”, como él la llamaba. No hizo una consulta, tenía la certeza de que el destino había tirado sus dados y eso era lo que le correspondía. Se entregó a un silencio tenaz y todas las palabras economizadas las usaba hacia adentro, para reconstruir o zurcir los agujeros en la red de los recuerdos. 
Lo que obtuvo era falaz, dudoso, no conseguía discernir si los jazmines estaban conectados a instantes felices o amargos. Los jazmines dejaron de ser los jazmines y sólo fueron unas florcitas apáticas, de vida corta, que al poco tiempo languidecían, amarilleándose irremisiblemente. Y Eleonora pasó a ser una mujer de pelo demasiado rojo, un poco tonta en su entusiasmo infantil, que cocinaba platos desabridos y también se mantenía así de insípida en la cama.

©  Mirella S.   — 2011 —



Imágenes sacadas de la Web


miércoles, 23 de julio de 2014

Tatuajes





Alguien a quien ella le había dicho que no, a modo de despedida, sentenció que tenía un alma tenebrosa en un cuerpo prematuramente viejo.
No le pudo contestar, a los veinte años no discutía, no hubiera sabido explicárselo. A él tampoco le hubiese importado su aclaración de que había llegado a este mundo con huellas muy profundas, que se estamparon estando aún en el vientre de su madre. Los vestigios de la guerra.
Había absorbido ese horror durante nueve meses, el miedo a los misiles provenientes de sitios remotos que caían de un cielo ensordecedor y trizaban vidrios, demolían edificios, sacudían los cimientos de los sótanos donde se refugiaban las familias. Un miedo que siguió mamando con la leche materna, junto a la incertidumbre, el desamparo y la muerte.  
En la adolescencia se vio a sí misma como una vaca a la que no marcaron con un hierro candente, una maverick que nadie reclamaba y vagaba sola por los campos. Sin embargo, había venido con marcas que le eran ignotas y pertenecían a su destino: el de haber nacido en un momento en que esa zona del mundo se volvió loca. Nadie sale intacto de una atmósfera de estrago.
Por eso nunca discutía, una discusión podría derivar en una guerra. Sus primeras lesiones fueron intangibles; igual que los terroristas, operaban en la clandestinidad, desde las honduras del inconsciente. Después, la vida se le fue dibujando en el cuerpo, como un tatuaje.
Con los ojos sólo se advierte la devastación del tiempo, los músculos que se aflojan, la telaraña de arrugas que gana terreno. Pero los tatuajes interiores hablan de las angustias y ansiedades, de las esperanzas e ilusiones, de los garrotazos recibidos, de lo que se hizo y lo que se dejó de hacer, lo que se dio de menos y lo que se tomó de más; son la voz de los sueños que persisten más allá de una realidad que, la mayoría de las veces es adversa, y otras pocas favorable.
Las cicatrices formaron parte del diseño de sus tatuajes exteriores, algunas se las dejaron los hijos; otras, múltiples operaciones. Su cuerpo fue el campo de batalla. La faceta contestataria siempre en conflagración con la mansa y mediadora. Ganó, perdió, pactó treguas. Ella enhebraba la aguja de sus actos,  cosía o remendaba los desgarrones del alma y su sino —o lo que fuera— se encargaba de abrir heridas nuevas.
El tatuaje es una pintura viva que se expande, cada día esboza líneas imperceptibles que van conformando el paisaje corporal. 
No desprecia esas señales visibles. Cuando está triste las acaricia, porque le cuentan su historia, reafirman su identidad.

©  Mirella S.   — 2014 —

Pintura  de  Carles  Gomila




miércoles, 2 de julio de 2014

Veinte años no es nada






Qué la enamoró de Juan cuando lo conoció en ese curso de periodismo, ya no se acuerda. Es difícil desenterrar sensaciones que parecieron intensas si el sentimiento no está más. Tampoco tiene ganas de revivir ese amor del que ni quedan cenizas, y menos cómo se inició. Sin embargo, caminando por la calle, alguien le recordó al Juan de la primera época y, sin quererlo, ligado a él, aparece también el aula del Instituto, grande, llena de estudiantes que se disputan las sillas.
La génesis fue así: ella tironeando del respaldo y Juan del apoyabrazos. Ganó él, alto y forzudo. Usaba una remera blanca de mangas cortas (cómo se va acordando), en la piel bronceada se le marcaban las venas, que parecían cordones azules. Ella, flacucha, bajita, trastabilló, lo miró unos segundos con furia reconcentrada y, al descubrir una silla vacía en el fondo del aula, salió corriendo en esa dirección. Esquivando piernas y mochilas, se lanzó a la conquista del lugar desocupado. Desde allí del profesor sólo veía un penacho de pelo rebelde. Lo llamaban el Pájaro Loco (lentamente los recuerdos toman forma).
En otra oportunidad vio a Juan en el bar del Instituto, tan atestado como el aula. Había que ir hasta el mostrador, hacer el pedido, traérselo en una bandejita precaria y después amucharse en alguna mesa. Con un movimiento de serpiente había conseguido llegar hasta la primera fila. Le entregaron la taza y un brownie (con qué nitidez recuerda ahora) y cuando giraba con su bandeja en alto, un codo grueso como un caño de desagüe, le hizo volar la taza y el café con leche se derramó en una lluvia de barro sobre su pelo y su blusa. El energúmeno no se disculpó, sino que se apuró a llenar con sus músculos la brecha que ella había dejado.
Ya lo tenía bien identificado: un ropero demoledor del que debía apartarse. El siguiente encuentro se dio en el cine debate mensual que organizaba el Instituto. De la película casi no se acuerda, estaba pendiente de sentarse al lado de Fabio, que buscaba sentarse al lado de Carolina. Juan apareció de la nada y ocupó la butaca libre a la que ella le había echado el ojo y que estaba junto a la de Fabio. De modo que Juan quedó interponiéndose entre ella y el destinatario del metejón que la desmigajaba en esos momentos. Qué clarito se acuerda de los movimientos en vaivén que hacía para verlo, pero el cuerpo de gladiador de Juan le impedía toda visión de Fabio, que era menudo y petiso como ella.
Estaba nerviosa y en la mitad de la película —en blanco y negro, uno de esos bodrios franceses de la nouvelle vague, cree recordar que era “El año pasado en Marienbad”, donde no pasaba nada, pero que le gustaban en aquella época, porque le daban un aire intelectual y de vanguardia—, entonces, justo durante un silencio, no es que los personajes hablaran demasiado, a ella se le ocurre abrir el paquete de caramelos. El crujido del celofán crepitó en la salita que oficiaba de cine como si fuera el fuego de una hoguera. El chistido, mejor dicho, el resoplido de Juan, la paralizó y no pudo seguir desenvolviendo el caramelo. Se quedó así, con medio caramelo sin papel que se le fue pegoteando entre sus dedos, calientes de indignación. Cuando se encendieron las luces, pudo ver que el brazo de Fabio había rodeado el hombro de Carolina.
Una noche, a la salida del Instituto, se topó con Juan en la esquina. Llovía, con una lluviecita compacta e implacable. Ella odiaba los paraguas, sistemáticamente se los olvidaba en cualquier sitio donde los apoyara. Se subió la capucha de la campera y se arrinconó en la ochava a la espera del cambio del semáforo. 
Juan tenía un paraguas enorme, como hecho a su medida. Cuando el semáforo indicó que podían cruzar, ella se apuró, él se le puso al lado y la guareció debajo de esa especie de sombrilla para elefantes.
Ahí empezó todo. ¿Habrá sido ese gesto el principio de la atracción? Nuevamente la memoria empieza a fallarle y no puede discernir bien las etapas que siguieron, casi nunca de la mano, a veces cada cual por su lado, a los codazos, a los gritos. Ese período es como si se hubiera apelmazado de tal manera que lo único que ve es un mazacote oscuro de discrepancias.
Ahora, recordando los inicios, entiende que no podía haber sido para toda la vida o hasta que la muerte los separe; en el fondo era lo que entonces ella esperaba que durase el amor, no tan solo los veinte años que estuvieron juntos.

©  Mirella S.   — 2010 —


 Óleo de Michel Pellus


Es un relato viejo. Estoy escribiendo poco, entonces recurro al archivo...