lunes, 24 de febrero de 2014

Mujer de tierra








Sin Gea, nada existiría. Las mujeres en las que predomina el elemento tierra, damos una forma definitiva a las cosas.
En nuestro interior alojamos y nutrimos las semillas. Al ser fecundadas engendramos todo lo que florece; como la fruta, respetamos los ciclos del tiempo.
Nos aproximamos a lo tangible a través de los sentidos: olemos, observamos, palpamos, paladeamos los sabores de lo existente, por eso nuestro ritmo es pausado. Estamos inmersas en el mundo físico, en el que arraigamos las raíces y constituimos la base sobre la que se construye.
Al cuerpo lo consideramos un útero sagrado, sujeto a las leyes de la materia. Como arcilla primordial, la satisfacción de los sentidos y lo instintivo, convive con la luz del espíritu. Se nos tilda de lujuriosas y hedonistas, pero seguimos el ejemplo de la inmensa corporalidad de la montaña, que se asienta en la tierra y su cumbre se eleva en un intento de alcanzar lo trascendente.
Comunitarias, aplomadas y objetivas, brindamos confort y proyectos. Somos el reposo del guerrero, Penélopes pacientes. Persistir en la espera y la lealtad es nuestro estandarte. Somos el pecho que alimenta, la piel que cobija, la mesa servida. 
Por ser las sacerdotisas que preservan las tradiciones, aunque nuestro contacto provoque delicias, ellos a veces se van, aburridos de la estabilidad, de los rituales cotidianos. No sabemos compartirlos, porque lo nuestro es nuestro y de nadie más. Si nos defraudan la materia se seca y como Deméter, protectora de la tierra cultivada, también tenemos el poder de volver estéril lo fecundo.
No invitamos a la aventura, nuestra función es la de proporcionar una estructura firme para la edificación de lo duradero, de la pertenencia, pero hay circunstancias en las que, por urgencias del cuerpo, caemos en la tentación.
El hombre de Agua se siente contenido en la firmeza de nuestras carnes, mientras que el de Fuego después de encendernos, nos vuelve desierto. El de Aire brinda su frescura, nos divierte al revolvernos la hierba del pelo y nos sume en el caos de su imprevisibilidad.
La naturaleza que nos conforma se manifiesta en modos diferentes. Podemos ser arenas movedizas y devoramos al que nos pise. O nos curvamos y ofrecemos la consistencia pétrea de la espalda para que el elegido nos use de apoyo en su ascenso. Algunas somos de barro, de polvo, humus sustancioso o greda que se deja moldear.
Cuando no estamos armonía nuestro apetito se vuelve desordenado y nos tornamos lúgubres, escépticas, inertes, opresivas, tozudas.
Encontramos complacencia en el objetivo cumplido, en las labores ejecutadas con eficiencia y el momento ansiado es el de la cosecha. No perdemos tiempo en lo que no vaya a dar frutos.
El mayor deseo emocional es implicarnos, ser necesarias, proveedoras y arquitectas de los pilares que sustentan la vida. El máximo temor es perdernos solas en el camino de lo que muta abruptamente.

 ©  Mirella S.  —Enero 2014—



1.  Óleo de Richard S. Johnson
2. Arte digital de Mónica Alagna




Se dice que el Fuego y el Aire ascienden, 
que el Agua desciende
y que la Tierra es el piso estable del resto.

Ana Lía Ríos


lunes, 17 de febrero de 2014

Mujer de fuego





Es la primera entrega de un trabajo que empecé a escribir
a fines del año pasado sobre un tema que me apasiona: 
LOS CUATRO ELEMENTOS



Según los mitos, el fuego separa lo puro de lo impuro y sólo el héroe logra atravesarlo y salir indemne.
¿Sos esa heroína o —como hija de Prometeo— robarías el fuego de los dioses para entregarlo a tu hombre de barro?
Si aún no has salido de la etapa del fuego terrestre, sos la Loba de impulsos incontenibles en la satisfacción de las necesidades primarias. Pero ese arder interno da la oportunidad de subir a un escalón superior de la conciencia: la Leona. En ese nivel ejercerás mayor poder sobre vos misma, te aplicarás en la construcción de un yo fuerte y en afirmar tu identidad.
En el proceso alquímico falta un paso para alcanzar el fuego etéreo y ser la Reina, instancia en la que tendrías pleno control sobre tus bestias siempre al acecho, sublimando la energía densa en otra más sutil.
Para lograr esta meta, deberás emprender un viaje arduo, cuyo fin es el conocimiento de tus defectos y talentos.
Te gusta excitar, tomar la iniciativa, provocar incendios, deslumbrar con el orgullo de tu verdad, que suele ser la única válida.
Si no controlaras tanta intensidad, tu voluntad podría extinguirse, te volverías magma, quemando todo lo que se te acerque y también terminarías convertida en cenizas.
Sos invasora, aunque no permitís que entren en tu territorio: espantás a los intrusos con el filo de los colmillos. Guerrera en continua combustión, sabés generar antagonismos, la ira sale a latigazos y los tiempos ajenos son como los de un caracol adormilado.
Te llevás el mundo por delante, arrollás con tu carisma. Adicta a la acción y al amor, íntimamente sos un verano inacabable. Las armas más usadas son la seducción y el asedio, hasta apropiarte del trofeo.
Es probable que salgas herida porque no medís riesgos, entonces caés en escenas dramáticas, en un despilfarro de histrionismo. Cuando te sentís apagada, vas a buscar un hombre de Aire para que apantalle y reavive las brasas que guardás de reserva, ofreciéndole el calor de tu guarida ígnea.
Los hombres de Tierra resultan monótonos en su afán por el orden y lo establecido. Pensás que acabarías domada en ese bastión de disciplina y precauciones. De ellos admirás su persistencia y la capacidad de concretar objetivos, mientras que tu flama se agita ante lo imposible, lo extraordinario.
No siempre podrás expresarte con el ímpetu que quisieras, el Fuego es Yang. Habrá situaciones en las que te sentirás demasiado masculina y te lo harán notar.
En tu sangre late el Big Bang, la chispa original de la vida, la llama que asciende, da luz y conduce. Tenés liderazgo y aunque no lo despliegues, los demás lo perciben; en vos está la cualidad de encender a otros, de irradiar estímulos, contagiar confianza.
Tu mundo emocional se expande en la generosidad, el entusiasmo que brota de los ideales, el optimismo. Sin embargo, rehuís adentrarte en los meandros oscuros de sus profundidades, por eso te inquieta el hombre de Agua, aunque  sepas que es quien más te percibe.
Encarnás a la Maga que mira al Sol y a la Luna llena. Estás hecha con la materia incandescente de las galaxias y tus ojos reflejan la Aurora Boreal.


©  Mirella S.  -Diciembre 2013-





1.  Fotografía de Matthew  Scherfenberg         
2.  Arte digital de Mónica Alagna



Consideren que lo que presenté es un arquetipo puro
y nadie lo es, puesto que contenemos los cuatro elementos 
en distintas proporciones, con primacía de alguno.






En el Tibet se construyeron enormes estructuras llamadas "stupas", como símbolos gigantescos de la estructura de la creación.
La base del stupa era un gran cubo (que representaba la tierra), sobre el que descansaba una esfera (el agua), y en la parte superior de esa esfera había una estructura espiraloide (el fuego). En la cúspide misma había una media luna (el aire), en la que descansaba un disco circular (el éter, vocablo que los tibetanos aplicaban a la fuerza primordial de la que fluyen las demás).
El stupa representa la base de la cosmología tibetana y, en consecuencia, a los elementos se los consideraba como las energías fundamentales del cosmos.

Stephen Arroyo



jueves, 13 de febrero de 2014

Epistolar


Foto de Mirella S.



Del sobre caerá la pluma,
te recordará mi amor por los pájaros,
el extremo del cálamo sesgado
tendrá manchas huidizas
que se desprenderán como escamas.

Inexplicable el gesto romántico, anacrónico
de escribirte una carta
si nunca vestí el ropaje del romanticismo
aunque en mi vientre crecía una luna de agua
cada vez que me mirabas.

Las letras bordan un dibujo
con sangre negra de ausencia,
en el afán de contarte
que salté paralelos y meridianos
para imponerme el olvido 
a la anorexia de tus sentimientos.

La pluma te acariciará las manos,
como una boca de nieve 
en el susurro de la despedida.


©  Mirella S.  —Febrero 2014—


lunes, 10 de febrero de 2014

Smith






Supe la historia del señor Smith por mi abuelo. Me contó que tocaba el piano en los cines de barrio para musicalizar películas mudas. No era eficiente en su trabajo, aunque sí tocando el piano. Los temas elegidos no coincidían con lo que pasaba en la pantalla, no acompañaban los saltos, las morisquetas, la mímica de los actores o los momentos decisivos de la trama.
Su música era grave, absorta, no contribuía a crear el clima oportuno. Cierta vez quedó en silencio, con las manos quietas sobre el teclado. Del público se desprendió una larga ristra de silbidos y algún que otro zapateo. Él, metido en su frac negro, se paró como una golondrina atolondrada, hizo una reverencia a la silbatina y caminó hacia la salida. Allí lo atajó el gerente del cine, que con gestos frenéticos, casi una copia de los que se proyectaban en la pantalla, le indicó que regresara a su tarea.
Al poco tiempo lo despidieron.
El abuelo lo había conocido en un piringundín del Bajo, al que era habitué, como decía él. Un putañero el abuelo, antes de casarse con la abuela Isabel. Después también.
El señor Smith había pasado por todos los biógrafos de Buenos Aires, donde tocaba sus melodías a destiempo, hasta que vino el cine sonoro y terminó trabajando en el bar de putas.

Cuando el abuelo murió, al revisar su escritorio, encontré una foto que se había sacado con Smith. Parecía la imagen de un matrimonio antiguo: el abuelo parado detrás de Smith, con una mano en su hombro y Smith, sentado junto al piano, era una sombra a punto de diluirse, sometido por la altura del abuelo. Con la mirada de vidrio de sus lentes parecía excluir lo externo, como una ventana cerrada.
Muchas veces el abuelo había rememorado aquella época noctámbula. Uno renacía en amaneceres junto a cuerpos dispuestos, generosos y calientes —me contaba. Con el casamiento cumplió sus deberes maritales con la luz apagada y en silencio.
Me quedé un buen rato con la foto en la mano. Ya no la miraba, la vivía, como si yo también estuviera inmerso en el ambiente neblinoso de humo, las risas borrachas, el alcohol que ardía en la garganta y de fondo la música del piano.
La voz del abuelo me llegó como si regresara de la juventud.
Smith había cambiado el repertorio, en el bar tocaba blues, algo de jazz, el fervor de Memphis. Aunque todos le pedían tangos y milongas, de a poco su música se fue imponiendo. Siempre había alguna mina que apoyaba el escote en el piano y con las uñas rojas marcaba el ritmo oscuro de tristezas. Qué años aquellos, pibe —me decía el viejo. Podía verlo, sentado en el sillón del escritorio, sosteniendo el vaso de whisky en alto, en un saludo.
Nunca supo la edad del señor Smith, sospechaba que era bastante mayor, tenía algo espectral en su delgadez, como si los huesos le succionaran la carne. No era buen conversador y tenía un acento indefinible, con una voz gutural que se volvía un siseo en la llovizna expulsada por su boca.
La verdadera voz le salía de las manos cuando se deslizaban sobre el marfil de las teclas. Entonces se producía el milagro.
No tenía los dedos que se esperarían de un pianista. Eran cortos, chuecos, amarillos de nicotina. Cada vez que arrancaba con “Winter Time Blues”, había un momento en el que algo se detenía en el aire y Smith, doblado sobre el piano, tocaba como si fuese invulnerable y sus manos sagradas —me había descripto el abuelo.
Cuando él se casó, por un tiempo interrumpió sus idas al bar. A su regreso Smith ya no estaba y la francesa Ivette le contó que durante su ausencia el señor Smith había cambiado. Su música perdió el alma y él parecía trepidante, más desconectado que nunca. Mezclaba o inventaba letras de canciones dentro del vaso de ron: I ain't ever goin' back no more, there's a man going crazy up here… with the wintertime blues… no friends, I’m alone again…
Una noche no volvió más al bar y el piano fue reemplazado por dos guitarras y un acordeón.

 ©  Mirella S.  —Octubre 2013—


Glosario
Piringundín del Bajo: bar  ubicado cerca del puerto, una especie de burdel, donde también había orquestas de tango. 
Estos lugares surgieron en los años 20.
Biógrafo: sala de cine.
Mina: mujer, muchacha.
Pibe: niño, adolescente.



Acrílico de Fabián Pérez





Les dejo dos videos, uno de tango y otro de jazz, para todos los gustos.



domingo, 2 de febrero de 2014

Viajera








Caminaba con indiferencia, el deseo extinguido. Era solo esos pies que se movían automáticamente, persiguiendo el impulso que la había llevado hasta allí. Su corazón palpitaba en arrítmicos latidos fríos, casi imperceptibles. Estaba ligada al mundo por la irregularidad de los adoquines bajo unas suelas que se extenuaban.
Laura pensó que sería su último viaje. Había dejado de interesarle recorrer calles desconocidas, pararse delante de piedras viejas que emanaban el hedor húmedo de un pasado ajeno, admirar las obras producto de la locura de otros,
Tenía la necesidad de sentarse, pero en esa callecita gótica, fuera del tiempo, no había negocios. Un barcito hubiese sido una herejía.
La luz inesperada captó su atención. Se encendió al pasar delante de  una ventana al ras de la vereda. Vio un cartel incomprensible y unos escalones que conducían hasta la oscuridad de una puerta.
Los pies, ya independientes de su voluntad, bajaron el breve tramo de escalera. No tuvo que golpear la aldaba con la cabeza de un águila: la puerta se abrió en silencio.
La mujer, desde su contraluz, hizo un gesto para que entrara. La siguió a un cuarto interior con una mesa, dos sillas y una lámpara colgante con la pantalla verde que, como un párpado inquieto, provocaba en las paredes la luz sinuosa de un acuario.
Sobre la mesa había un florero en el que explotaba su belleza un ramo de jazmines, una jarra y un vaso. Laura bebió con avidez un agua con sabor a limón.
La mujer se retiró a la zona en penumbra del cuarto. Regresó con una vasija en la que algo humeaba lentamente y se sentó frente a ella. Su piel era una tierra en la que el arado de la vida produjo su devastación. En cambio, cuando sus manos se estiraron para tomar las suyas, Laura las comparó con los pétalos apretados en el florero. Esa Gaia de tierra antigua, le acarició las palmas. Sus yemas sedosas le recorrieron cada línea, repasaron cada montículo. Sintió las manos humectadas y percibió el olor del almizcle.
El humo de la vasija se hizo compacto y la silueta de la mujer se disipó entre las volutas. Al aroma del almizcle se le agregó el de la madera quemada. Los ojos de Laura se cerraron y la barbilla se inclinó hacia el esternón.
Antes de cerrar los ojos —o acaso después, todo se tornó confuso— el sahumerio le trajo una cara, la del que ya no estaba. Ese, de quien ella pretendía alejarse en cada viaje, el que nunca se había ido completamente, como si estuviese labrado en su memoria. Hacía mucho que no repetía en silencio su nombre, el del ángel que perdiera la luz. ¿Gaia lo había convocado?
Comprendió que asir esas facciones era como querer peinar el agua con los dedos. En esa mezcla de olores, prevaleció el de los jazmines por encima del olor amargo de aquello que se incineraba en la vasija. En su mente se formularon las palabras que había guardado en la desesperanza. Venían y eran absorbidas por la intensidad del perfume, llevándose consigo, rasgo a rasgo, la cara y sus ojos como líquenes.
El tiempo parecía moverse a sus espaldas, sin tocarla. Presintió que la pequeña Gaia ya no estaba en el otro lado de la mesa. La ceremonia había concluido.
Su cuerpo comenzó a tomar consistencia y la fatiga concentrada en los pies, cedió. Una vitalidad nueva se fue extendiendo por sus músculos.
Abrió los ojos. Los jazmines estaban amarillos y agostados, los pétalos caían como copos muertos sobre el mantel. Junto a su vaso vio una tarjeta con unos números. Del morral sacó los billetes.
Cuando llegó a la calle, la tarde desplegaba su esplendor. Si se apuraba todavía podía llegar hasta el palacio medieval que tanto quería conocer y por el que había proyectado el viaje a esa ciudad.



©  Mirella S.  –Octubre 2013-

     




1.  Imagen sacada de la Web
2. Óleo de Luigi Pellanda