lunes, 30 de septiembre de 2013

Relevo


Foto de Mirella S.



Nuestros pies socavan el polvo, tan fino y sutil como la harina que usaba la abuela para los bizcochuelos. Debo haberlo dicho en voz alta porque alguien del grupo rezonga: estamos jodidos y a Ana se le ocurre hablar de abuelas y tortas.

Somos una fila que camina por un paisaje lunar diseñado por Ballard para algún relato que olvidó escribir. Creo que esta geografía surrealista, en la que reina la nada, es inimaginable.

No entendemos porqué eligieron semejante lugar cuando nos bajaron de los helicópteros. Vamos hacia el puesto de avanzada, somos el relevo, tal vez de unos cuantos muertos.

Al fondo de este campo de maicena titila el lucero matutino. Con la luminosidad del topacio toma el ropaje de distintos dioses paganos, a quienes se les atribuye benevolencia o cualidades maléficas. También es el mensajero celestial, el Ungido, o el mismo Lucifer. Oscilamos en nuestras convicciones, sin llegar nunca a un equilibrio dinámico.

El polvo nos cubre los borceguíes y dejamos un rastro amargo a nuestras espaldas. Huellas de los que quieren creer que hacen algo por el mundo y somos sólo unos pendejos con el culo fruncido y los ojos inciertos, como este amanecer.

Calculo los miles de panes, de alfajores y masas que se podrían preparar con tanta harina. El panettone de la nonna Giulia era una exquisitez. Acolchado con pasas de uva y nueces, trocitos de fruta abrillantada, piñones y almendras o escamas de chocolate. Lo hubiera comido crudo, mientras leudaba cubierto con un paño blanco. Después, desde el horno, nos enviaba la bendición del aroma.

El sargento hace señas para que nos apuremos y estemos alerta. De uno en uno las replicamos con la mímica espasmódica de un lenguaje olvidado. La línea que separa el cielo y la tierra parece inalcanzable, trabajosamente resaltada por la inminencia del alba. Encorvada bajo la mochila me cuesta mirar el cielo. Es una hora especial, cuando la noche y el día se abrazan y se relevan, como nosotros.

Tengo que apoderarme de este momento, después ya no habrá tiempo. Me enderezo y miro el techo del mundo con la pretensión de guardar en mis ojos un pedazo de infinito. Apenas unos segundos que se trizan con el estallido.

Un globo rojo invade la línea del horizonte, como si el sol hubiese decidido apresurar su ascenso. El sargento grita que nos cubramos, pero la voz se distorsiona en ecos, las palabras caen como cadáveres de cuervos en el felpudo blanco que estamos hollando. Corremos como borrachos por la fécula manchada.

Hacia ninguna parte.       

          
©  Mirella S.  -  2013 -



Foto de Mirella S. de la serie "Soldaditos de plomo"





La guerra es una masacre entre gentes
que no se conocen para provecho de gentes 
que sí se conocen pero no se masacran.

Paul Valery




jueves, 26 de septiembre de 2013

Tres poemas de amor...







...de Amalia Bautista


Poeta española. Nació en Madrid, en 1962.
Licenciada en Ciencias de la Información,
alterna su trabajo como periodista y actriz de doblaje.




A dieta
Me acosté sin cenar, y aquella noche
soñé que te comía el corazón.
Supongo que sería por el hambre.
Mientras yo devoraba aquella fruta,
que era dulce y amarga al mismo tiempo,
tú me besabas con los labios fríos,
más fríos y más pálidos que nunca.
Supongo que sería por la muerte.



Ida y vuelta
Cuando nos dirigimos al amor
todos vamos ardiendo.
Llevamos amapolas en los labios
y una chispa de fuego en la mirada.
Sentimos que la sangre
nos golpea las sienes, las ingles, las muñecas.
Damos y recibimos rosas rojas
y rojo es el espejo de la alcoba en penumbra.

Cuando volvemos del amor, marchitos,
rechazados, culpables
o simplemente absurdos,
regresamos muy pálidos, muy fríos.
Con los ojos en blanco, más canas y la cifra
de leucocitos por las nubes,
somos un esqueleto y su derrota.
Pero seguimos yendo.



Sfumato
Tan áspero era el mundo, tan hiriente,
que él lo difuminó para mis ojos.
Tan profundo era el corte que me hacían
las aristas de todo lo real,
que él decidió limarlas.
Tanto daño me hacía el movimiento
de la vida voraz,
que él lo detuvo en un instante.

Un preciado regalo contra el mundo,
contra la realidad, contra la vida,
contra la lucidez
y contra mi tristeza.









1.   Óleo de Angélica Noriega
2.  Acuarela de Rodolfo Ledel 








Los juramentos de amor
son el aliento húmedo de los vientos.

Gaio Valerio Catullo





lunes, 23 de septiembre de 2013

Maternal







Creo que la psicóloga lo dijo para sacarme la culpa. Ella afirma que no existe el instinto maternal, que es puramente un producto de la cultura.
Me acuerdo de mi vieja y de las tías ¿de dónde sacaban toda esa amorosidad que me hacía sentir entre almohadones de plumas? Sin embargo yo no la heredé, no hay nada maternal en mí. A veces tampoco siento amor. O quizás sea por mi creencia de lo que debería ser el amor. Si todo se reduce a creencias equivocadas, cómo cambiarlas, no soy una revolucionaria.
Lo único cierto es que a Matías no quise tenerlo y si lo hice fue por Javier. Él nunca me hubiera perdonado si desechaba ese conjunto de células que, día tras día, se multiplicaban dentro de mí.
No pensé en batitas, escarpines o cunas. Organizaba el futuro para que eso innominado no se interpusiera entre Javier y yo ni entorpeciera mi profesión.
La panza se me fue estirando y una vida la hacía palpitar. Javier era el sol, yo cieno que rezumaba agua tóxica.
Cuando Matías nació y me lo mostraron tuve un presentimiento. Me pareció un paquetito rosa que traía algo averiado. Los médicos lo descubrieron al año. Javier iba de un especialista a otro y ninguno se ponía de acuerdo con el diagnóstico.
En los primeros meses apenas lo tocaba, herida por mi propia indiferencia y por la crueldad de mis pensamientos. A medida que crecía no pude ignorar sus gritos de urraca ni los silencios que duraban días.
Cuando habla —porque sí sabe hablar— es una avalancha que barre con las palabras de los otros. Durante la etapa callada siento temor de mirarlo a los ojos; su transparencia marina inunda los míos y se me escapan lágrimas incongruentes, que no pueden provenir de mi alma esteparia.
Tal vez sean de impotencia o de rabia, porque arden y corroen mi piel como ácido. O acaso es por la culpa, según la psicóloga. En un mundo que sacraliza la función maternal es algo monstruoso que una mujer no sienta el impulso de nutrir, proteger, dar la vida si es necesario. Lo que dice ella en la terapia no me sosiega y me convenzo más y más de que la averiada soy yo.

Matías tenía cinco años y Javier tuvo que viajar por cuestiones de trabajo, la niñera se enfermó y me encontré abandonada a mi suerte.
Él estaba en fase cotorra y me perseguía por las habitaciones con sus chillidos y su charla convulsa. Me contaba, en sus mínimos detalles, las películas que había visto, inclusive los diálogos. Pensando que se callaría, alquilé docenas de películas, pero mientras las miraba, él repetía los sonidos y hasta se anticipaba a los parlamentos. Después de una semana, en la que apenas durmió, vino el silencio y el aletargamiento.
Se quedaba con los ojos cerrados; los abría sólo para mirarme. Yo le devolvía la turbieza de los míos. Era como si se hubiera retirado a algún rincón monástico de sí mismo y entonces me sentía más libre para mis actividades y programar el modo de encarar su siguiente etapa.

Una mañana me desperté con una sensación rara, no tenía ganas de ir al estudio en el que estoy a punto de ser socia. Inventé una excusa y pasé el día dando vueltas, entrando a cada rato en el dormitorio de Matías. Él me miraba sin pestañear y esa fue la primera vez que lloré. Me fui corriendo, no quería que me viera, sin saber si me veía, si realmente estaba allí.
Ya transcurrieron varios meses, en los que tomé decisiones absurdas, que aún no consigo explicarme. Despedí a la niñera, dejé terapia, pedí una licencia en el estudio.
Me dedico a observar a Matías. Le alquilo menos películas, a veces junto coraje y lo acompaño cuando las ve y las describe con su graznido afónico. No intento acallarlo, comprendí que es su forma de comunicarse. Tampoco busco que hable en el período siguiente. Sé que es demasiado poco lo que hago.
Ahora, cuando está en silencio y nos miramos, no me escapo para ocultar el barro líquido que drenan mis ojos. Esta tarde, por primera vez, ha quebrado el mutismo.
—¿Por qué llorás mami? —dijo con la voz de un pájaro sin canto.

©  Mirella S.  — 2013 —




1.  Acrílico de Rita Romero
2.  Óleo de Vassillis Perros.







jueves, 19 de septiembre de 2013

Jueves en el parque






Qué distinto era volver a casa los jueves por la tarde, después de haber estado en el parque. Eloísa comprobaba que sus pasos eran más rápidos, siempre arrastrando un poco los pies y con sus rodillas que crujían como ramitas a punto de quebrarse, sin embargo había una energía renovada en su andar tambaleante. Y sí, tenía unos quilos de más, a pesar de que comía como un pajarito. Los jueves ni notaba los achaques, porque había muchas cosas en qué pensar, tantas palabras dichas. Los relatos eran el hilo que la unía a las demás, como en el bordado: una puntada seguía a otra y se formaba una flor. Palabra tras palabra, se componían historias jubilosas o dramáticas, según el dibujo de la vida de cada una.
Neli era una mujer alegre, con mil anécdotas a flor de labios y una risa franca. Fedora, recién jubilada, tenía la voz grave de tanto fumar y un aire enigmático, así la describía Neli. Eloísa era la más vieja del grupo, con sus ochenta y cinco años, el tejido constante y el orgullo de no usar anteojos. Hablaba poco Eloísa… y con lo burra que sos qué podés contar, qué les voy a decir con las cosas interesantes que les pasan a ellas. 
Hasta los momentos trágicos, si los vivís con dignidad, tienen su colorido —palabras de Fedora—, yo no sé bien qué quiere decir, pero suena lindo. Lo había dicho en voz alta, mientras encendía la luz de la cocina y abría la heladera. Hoy por suerte dejé la cena lista, con el frío que hace la sopa de verduras te sentará de maravillas.
Eloísa, mientras calentaba la sopa, hizo sus comentarios sobre la reunión de la tarde, costumbre adquirida desde que iba al parque y se encontraba con las otras. Hablar sola, consecuencias de la chochera o de alguien que no fue escuchada. Ni se te ocurra llorar sobre leche derramada, arruinando lo bueno de la tarde, no seas aguafiestas.
Bajó la tabla de la mesa empotrada y sirvió la sopa humeante y espesa. Le puse de todo, calabaza, acelga, cebolla, apio, morrones y los daditos de panceta, que le da ese saborcito ahumado… Hoy Fedora contó algo sobre su divorcio, qué mujer culta, sabe hablar, cómo no va a saber si por más de veinte años fue la secretaria de ese artista plástico muy conocido, del que nunca me acuerdo el apellido.
Buscó una servilleta y se sentó en un banco sin respaldo; la cocina era un pañuelito, ella prefería comer allí y no en la mesa del comedor, repleto de los muebles oscuros de cuando se casó y vivía en la casa grande, y ahora amontonados en este departamentito de morondanga… Fedora, qué nombre especial. Ella sí que es una mujer fuerte, se le plantó al marido y le dijo a mí con la división de bienes no me vas a joder, no te olvides que los escorpianos somos estrategas. Qué linda palabra “estratega”, la voy a escribir antes de que se me olvide.
Eloísa dejó el plato vacío sobre la mesada, se dirigió hasta el bargueño del comedor y sacó un cofre de madera. Adentro estaba revestido con una felpa que alguna vez fue roja y contenía varias hojitas de anotador. La última palabra que había escrito era “enigmática” y —entre paréntesis— Neli. Que también se luce, fue maestra, pero ni comparación con Fedora, que viajó por casi todo el mundoo acompañando al artista en sus exposiciones. Según Neli, el marido de Fedora estaba muerto de celos y lo llamó Otelo, para mí se equivocó, Fedora le dice Pancho, Pancho esto, Pancho lo otro… en fin, la cosa es que junto con el divorcio, la jubilación, y Fedora quedó triste y amargada, todas le dieron ánimo, a mí no me salía ni una palabra, entonces me acerqué con la bandeja de los bizcochitos y le cebé un mate. Menos mal que en el parque encontramos siempre alguna de las mesas de cemento desocupada; yo me encargo de llevar el termo con el agua caliente y la yerba y las demás se turnan con las facturas o los bizcochos de grasa.
Eloísa releyó algunas palabras de la lista y al final agregó: estratega (Fedora) y cerró el cofre. Cuántas palabras había en ese cofre, formaban parte de vidas ajenas compartidas, y cada palabra de la lista había sido un momento precioso de compañía. 

Fue en una tarde tibia, a fines de febrero, que ella tuvo ganas de ir al parque con su tejido, el termo y el mate. Se acomodó en una de esas columnas mochas de cemento que rodeaban la mesita y miró a los chiquilines que corrían por el sendero de piedras. A sus espaldas la voz ronca de Fedora preguntó si podía sentarse, los bancos estaban todos ocupados.
Cómo no va poder, es un lugar público. Eloísa se asombró al escuchar su voz en un tono firme y alto. Pero esto era ahora, allí, en su comedor abarrotado, en el parque simplemente había asentido con un movimiento de cabeza.
Le impresionó la mujer alta, con una onda que le caía sobre la frente, la mirada de pájaro herido, los labios aún parecían los de una muchacha. Hice lo único que sé hacer, le ofrecí un mate y Fedora me miró con sus ojos alargados, sonrió, su boca fue todavía más hermosa, y tomó el mate. Seguí con mi tejido, ella fumaba, esa tarde no hablamos. Días después vino con una amiga, me la presentó: ella es Clara y yo soy Fedora.
Conversaban, como si Eloísa no estuviera, aunque no sintió la sensación de ser inexistente, como le ocurría ante los extraños. Saben mi nombre, que soy viuda, nunca les hablé del difunto, que en paz descanse, total para qué, mucho para contar no tengo, a lo sumo que cada tanto me llevaba al cine o a caminar por el centro, eso fue en los primeros tiempos de casados, después como no le pude dar hijos, ya ni eso, y entré a ser un mueble más en la casa enorme y vacía de risas.
Apoyó las palmas sobre la mesa cubierta con una de sus carpetas tejidas al crochet y acarició distraídamente la tapa combada del cofre. Cuando apareció Neli, con su risa contagiosa, corriendo detrás de su nieta, decidieron juntarse todos los jueves. Siempre hay temas: el lío del divorcio de Fedora; Clara es astróloga, tiene un programa en la radio y saca de la manga historias increíbles; o la familia enorme de Neli, con tantos yernos y nueras me los confundo a todos.
Los jueves lluviosos eran una decepción, esa semana se hacía interminable. Las invitaría acá, pero el comedor con los muebles viejos, las sillas que tienen el asiento medio hundido… ellas son tan finas, estarán acostumbradas a ciertas comodidades, a ambientes elegantes.
Este jueves tuvo un regalo extra. Fedora se quedó un rato más después que Neli y Clara se fueron. Me di cuenta de que me miraba. Estás pálida como la luna, me dijo. Le contesté que era un poco de cansancio, nada importante. Ella metió la mano en el bolso y me dio una tarjeta: por cualquier cosa que necesites no dudes en llamarme. Y al irse me dio un beso.
Eloísa guardó cuidadosamente el rectangulito blanco en el cofre, un obsequio inesperado de los astros, diría Clara. O una alegre sorpresa de la vida y, tras la frase de Neli, su carcajada resonando en el aire manso del parque.

©  Mirella S.  — 2010 —



Imágenes sacadasde la Web





Saber envejecer es una obra maestra
de la sabiduría, y una de las partes
más difíciles del gran arte de vivir.

Henry Frédéric Amiel




lunes, 16 de septiembre de 2013

En la biblioteca


Ilustración de Dave Cutler



El hombre corpulento se paró en la puerta y titubeó ante el cartel “Se ruega silencio”. Asomó la cabeza y vio las numerosas estanterías llenas de libros que formaban pasillos dividiendo la sala. Detrás del mostrador una empleada con guardapolvo celeste, revisaba un fichero. El hombre sostenía algo entre sus dedos gruesos y oscuros. Por fin dio unos pasos y se acercó al mostrador.
—Buenas tardes ¿en qué lo puedo ayudar? —murmuró la empleada, casi sin mover los labios.
El hombre, miró el cartel, se aclaró la garganta con un sonido que parecía un trueno, y dijo:
—Vengo a…
—¡Shhh!
—Perdón, yo no… —se disculpó el hombre y su voz retumbó en el silencio de la sala, multiplicándose.
—Por favor, no grite —la empleada lo amonestó con un índice torcido por el reuma.
—Bué… ejem… ejem… —carraspeó el hombre roncamente.
—Silencio, un poco de respeto —la voz tajante provenía de unas mesas de fórmica, cercanas al mostrador. La cabeza de un hombre con anteojos emergía de una alta pila de libros y miraba al grandote con el ceño fruncido.
—¿Es que no puede hablar más bajo? Dígame qué necesita —musitó la bibliotecaria.
El hombre grandote negó con la cabeza y se tocó la nuez de Adán. Puso un libro sobre el mostrador.
—¿Viene a devolverlo? ¿A nombre de quién? —preguntó la empleada en un susurro.
Por el pasillo más próximo apareció una mujer con una melena de un rojo deslumbrante. Usaba un vestido suelto y largo y unas sandalias franciscanas. Se detuvo junto al mostrador. Traía un libro de un tamaño considerable.
—Hoy me castigo con el Eneagrama —le dijo a la bibliotecaria, con una voz delicada, apenas audible.
El grandote había sacado del bolsillo una boleta doblada, la estiró y, trabajosamente, empezó a escribir algo en la parte de atrás. Le dio el papel a la bibliotecaria que, dándole la espalda, se inclinó hacia la colorada.
—“Mi nene se llama Juancito Peña y está enfermo —leyó entre dientes—, y bine a debolber el libro que sacó. Quiero llebarle otro”. —con un gesto despectivo acotó—: Ni escribir sabe.       
—Qué le pasa ¿es mudo? —preguntó la colorada.
—Nada que ver, tiene una voz de bulldog  y con dos palabras me alborotó el lugar. No me acuerdo del mocoso, pero eligió bien: Wilde, El príncipe feliz. Quién sabe si lo terminó de leer —dijo y colocó el libro en un carrito, encima de otros. Y volviéndose al hombre—: El sector de literatura infantil está al fondo, por el pasillo central.
Él asintió y fue hacia el sitio que le indicaba la empleada, con unos pasitos raros como si caminara en puntas de pie.
—Por fin me lo saqué de encima. Parece King Kong en una cristalería —dijo la bibliotecaria, casi en la oreja de la otra mujer. Suspiró y miró el reloj—. Todavía tengo para una hora más. Esta tarde es interminable, cada vez viene menos gente.
La colorada sonrió con la sonrisa de quien piensa en otra cosa.
—Claro. Si querés te espero, tomamos un café y te cuento la última de Alberto, ese hijo de mala madre —habló con la mano arqueada formando una especie de pantalla sobre la boca y miró en dirección al de anteojos, inmerso en los libros.
—Qué, de nuevo te dejó plantada.
—Ojalá fuera eso. Después hablamos. Mientras te espero voy a curiosear otro poco en el sector de la New Age.
—Acá estaré —contestó la otra, en un murmullo resignado.
La colorada pasó junto al hombre grandote que, con aire inseguro, miraba los libros infantiles. Se acercó, pasó revista a algunos títulos y con una uña larga y roja como el pelo, dio golpecitos en el lomo de uno.
—Si a su hijo le gustó Oscar Wilde, le puede interesar este otro —dijo con su voz leve.
El hombre la miró con cara de no entender. Tomó el libro que ella le ofrecía y lo sostuvo entre los dedos con cutículas bordeadas de negro.
—Es mecánico ¿no? —dijo la colorada—.  Mi papá tenía las manos igual. Ni con cepillo y lavandina se las podía limpiar…
Hizo una pausa y agregó:
—Si quiere hojear el libro, allá tiene para sentarse.
El hombre movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo y sonrió como un chico ante un regalo. La mujer lo saludó agitando la mano y desapareció en el pasillo siguiente.
El hombre se sentó en un silloncito, con el cuero ajado. Apenas cabía. Abrió el libro y leyó el título: Cuentos de Oriente para niños de Occidente, Antología sufi. Hizo correr las hojas, no tenía dibujos. La expresión agradecida de a poco se convirtió en decepción. Se levantó, dejó el libro sobre el asiento y volvió a acercarse a la estantería. Del otro lado se oyó un cuchicheo.
—Y qué hiciste —era una voz masculina.
—Nada, me quedé paralizado —dijo otra voz masculina, más opaca.
—Ellos, qué te dijeron.
—Me acribillaron a preguntas.
—Y ahora, qué piensan a hacer.
—No lo sé. Espero que me crean.
El hombre grandote se agachó para mirar a través del hueco que había entre dos estantes, pero las voces ya se estaban alejando. Sus ojos quedaron a la altura de una fila de libros todos del mismo tamaño, con lomos amarillos y letras negras. Sacó uno al azar: tenía una llamativa ilustración en la tapa. Una sonrisa soleada le amansó la cara.
Se quedó un buen rato pasando las hojas; miraba los dibujos hechos con tinta negra, leía algunos párrafos. Con el libro debajo del brazo regresó al mostrador.
Eran las siete menos cinco, la bibliotecaria se había sacado el guardapolvo y conversaba con la colorada.
—Me lo llevo. El Corsario Negro, lo leí cuando tenía diez años, la misma edad que el Juancito. La colección Robin Hood… todavía se consigue…
La voz del hombre rebotó en las paredes y las palabras cayeron como una lluvia de piedras, pero esta vez nadie chistó. La mesa que ocupara el hombre de anteojos estaba vacía y algunas luces ya habían sido apagadas.
La bibliotecaria, en un tono monocorde preguntó:
—A nombre de.
—Juan Peña. Lo voy a leer con él —del vozarrón se desprendía orgullo.
Ella anotó los datos en una ficha y le entregó el libro.
—Tiene que devolverlo en una semana. Buenas tardes.
—Buenas tardes.
—Se fue contento —comentó la colorada—. Me hizo acordar a mi viejo.
—Ajá —bostezó la otra y apagó las últimas luces.

©  Mirella S.   — 2010 —



Este texto es apenas un ejercicio sin pretensiones. 
Lo escribí hace tres años, después de un largo período 
de alejamiento de la escritura. Le tengo un particular cariño
 porque me sirvió de precalentamiento, me desató el nudo
que tenía con las palabras, me empujó a diseñar personajes,
volver a contar sus historias. 





He hecho un curso de lectura veloz
y he leído "Guerra y paz" en veinte minutos.
Habla de Rusia.

Woody Allen


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Preguntas



Ilustración de Minjae Lee


Esa noche, quién dijo la primera palabra ¿él o yo? Habrá sido él, porque no suelo ser la que rompe el hielo. ¿Y qué dijo, cuál fue la primera palabra, no la primera frase, sino absurdamente la primera palabra? Tal vez fue un saludo: “hola”. También pudo empezar con un artículo: “la noche está espléndida”, si hubiese querido entrar en conversación a través del clima, algo improbable en él.
De haber dicho: “espléndido cielo” (estábamos en la terraza de un piso alto), hubiese arrancado con un adjetivo, a los que dudo sea muy propenso. Con un sustantivo imposible, a menos que vaya precedido por un pronombre exclamativo: “qué cielo” o “qué noche”.
Pensándolo bien, se puede empezar con un sustantivo: “noche espectacular ¿no?”. Si descarto la apreciación meteorológica, lo más probable es que se haya presentado. Entonces la primera palabra fue un pronombre, “yo soy Horacio”; tal vez omitió el “yo” y dijo “soy Horacio” y la palabra inicial fue la conjugación de la primera persona en presente indicativo del verbo ser. Y si dijo sólo Horacio, fue con un nombre propio.
Un “Horacio”, cualquier Horacio, inmediatamente me remite al Horacio Oliveira de Rayuela, uno de mis personajes favoritos y me siento un poco la Maga cuando se topa con Oliveira en la puerta de un café de la rue du Cherche-Midi y se hablan por primera vez. Quizás por eso le llevé el apunte o porque tenía ojos como océanos turbulentos que contrastaban con la sonrisa melancólica.
Me quiero acordar del primer momento porque define cómo arranca una relación, si tiene futuro o no. Siempre le doy importancia a ciertas cosas tontas, como a la primera palabra y a la última de un libro y verifico si forman un sentido y, si lo tienen, creo que ese libro me va a dejar una impronta, aunque no sea bueno. Si esas palabras combinan trato de descifrar cuál es el mensaje para mí.
Reconozco que a veces hago trampa y me permito incorporar un artículo, como en el caso de Rayuela, libro que me indujo a escrupulosas reflexiones y cuya primera palabra era “encontraría” y las dos últimas “el pitillo”, aunque no pude captar el trasfondo de esas tres palabras ya que ni siquiera fumo. En cambio, el “hoy odio” de El extranjero, constituyó una puerta que me introdujo en los repliegues de mi inconsciente. En el momento de la lectura me alertó sobre emociones nada benévolas que mi mente trataba de mitigar con respuestas intelectuales.
Por supuesto, no me acuerdo de la última palabra de esa noche en la terraza. Me pidió el número de teléfono y supongo que se habrá despedido. ¿Dijo algo después de “te llamo”? Tal vez “chau” ¿le agregó mi nombre: “chau Clara?”
Si la primera palabra fue “noche” y la última fue “Clara,” no está mal. Lo mismo si dijo “soy” o si empezó con “que” o si usó un adjetivo: “bella”, “hermosa” o “espléndida” (noche) y la última fue mi nombre, “Clara”.
No recuerdo si le dije Clara, que es mi segundo nombre; el de pila suelo evitarlo cuando no tengo ganas de corregir cómo se pronuncia ni de andar explicando su origen nórdico o resignarme a que al rato lo cambien por otro parecido o se lo olviden y empezar todo de nuevo. 
Esa noche en que me sentí agasajada más por su sonrisa que por sus ojos, de cajón que fui Clara. Aunque también me surge la duda, con alguien que destila cierto misterio como Horacio, pude haber querido mostrarme diferente, con un toque de extravagancia y haberle largado mi nombre impronunciable para que se interese, para que pregunte.
Lo que me lleva a otro punto ¿cuál fue la primera pregunta? Porque un encuentro casual está lleno de preguntas, que es una manera de llegar al otro, de construir rápidamente el rompecabezas, y formarse una imagen que se irá ajustando o se irá diluyendo en cada respuesta y el personaje que se arma se acercará o alejará de lo que se estima “ideal”.
Horacio entra en esa categoría: me deslumbró porque era demasiado ideal, como si lo hubiese fabricado a mi gusto y piacere. Un pez pájaro que, repentinamente, irrumpe de lo insondable y me encandila con sus escamas de oro, con el movimiento de sus aletas vertiginosas que baten el aire. Al ejecutar unas cabriolas en el espacio, derrama el rocío del mar adherido a su cuerpo y vuelve a sumergirse en el enigma.
Puedo afirmar, casi con seguridad, que no hubo preguntas, no eran necesarias, estábamos unidos por una corriente sutil, más allá de la torpeza de las palabras. Esa energía de comunión se da cuanto menos sabemos del otro y es tan intensa y perfecta que dura un encuentro.
Tantas preguntas que me hago sirven para rescatar esa noche, mi única noche con Horacio, para convencerme de que no lo soñé en esa terraza solitaria, en la que me había refugiado para escapar de una fiesta a la que no pertenecía. Sin embargo, después de todos estos meses sigo preguntando al vacío: por qué Horacio Oliveira nunca me llamó.

 ©  Mirella S.   — 2011 —

 
Óleo de Alex Alemany





No toda pregunta merece respuesta.

Publio Siro


viernes, 6 de septiembre de 2013

Tic-Tac



Ilustración en tinta china y aguada de Mirella S.



A raíz del post anterior, en el que compartí mis primeras experiencias con el dibujo y la escritura, tuve ganas de cumplir un sueño de mi adolescencia. 
Como el que avisa no es traidor —para que no se claven y pierdan el tiempo igual que los personajes del relato— les informo que este cuentito lo escribí a los quince años. Lo encontré hace poco dentro de una carpeta, un día en que se me dio por tirar papeles viejos.
También perduraba el dibujo con el que lo había ilustrado años más tarde, cuando intenté armar un libro de cuentos para niños.
Aquí va: historia y dibujo... Al texto no le hice correcciones, lo hubiese tenido que reescribir. Muchas gracias a los lectores corajudos... 


Al viejo relojero del pueblo siempre lo habían llamado Tic-Tac, nadie recordaba su verdadero nombre. Le pusieron ese apodo porque entrando en su taller, el tic-tac tic-tac de todos los relojes en reparación era ensordecedor. Además el viejito hablaba como si fuese un reloj y cada tanto emitía un tic-tac o ¡din don! como si estuviera a punto de dar la hora.
Para los niños escucharlo era una verdadera fiesta. Cuando los padres mandaban a alguno a su taller, obedecían sin chistar y se lo decían a los amigos para compartir la diversión.
—Buen día señor Tic-Tac —saludaba el niño que traía el reloj.
—Día, tic-tac, tic-tac —contestaba el relojero.
—Este reloj funciona mal, atrasa a la mañana y adelanta por la tarde —seguía el niño.
—Ajá, veré ¡dan-dan-dan!
Los niños, fascinados con esas campanadas y repiqueteos, trataban de que hablara lo más posible.
—Señor Tic-Tac, si el reloj es un invento de los hombres, por qué dicen a cada rato: “no tengo tiempo”.
Ellos sabían que ese era el tema preferido del viejo.
—Uh ¡don-don! El tiempo es anterior al hombre, tic-tac. El hombre, tic, le tiene miedo al tiempo, tac, porque vuela, no se para nunca ¡din-dan!
—Y los relojes ¿para qué sirven? —preguntaba otro.
—Ah, para ordenar el tiempo, tic-tac.
—Y cuando el reloj se descompone ¿el tiempo se detiene?
—No, tac-tic, el tiempo no se puede parar ¡tac-tic!
—¿Y por qué los grandes miran siempre la hora?
—Je je ¡tic-tac-tic! Para no perder el control. ¡Din don dan! Necesitan saber cuánto tiempo ha pasado, tic-tac y cuánto tiempo les queda. ¡Don don! El hombre inventó el reloj, pero se volvió su esclavo.  
Y los niños, contentos, volvían a sus hogares y contaban los difíciles discursos de Tic-Tac. Nadie sabía su edad; debía ser muy anciano porque Vicente, el más viejo del pueblo, decía que cuando él era chico, Tic-Tac ya estaba arreglando relojes.
Un día, misteriosamente, se pararon los relojes. La gente le preguntaba al vecino la hora y comprobaron que todos los relojes se habían detenido a las cuatro de la tarde. ¡Din don din don! cantaban los chicos imitando a Tic-Tac. Los del pueblo se pusieron nerviosos y trataron de calcular qué hora era mirando la posición del sol en el cielo, pero cada uno decía una hora distinta. Entonces fueron en fila hasta el taller de Tic-Tac, todos con sus respectivos relojes.
Un silencio desacostumbrado hizo vacilar a los primeros que entraron: allí también los relojes se habían parado. Pascual, el intendente, llamó al relojero. No obtuvo respuesta. Lo encontró sentado detrás de una pila de relojes, con la cabeza blanca como una nube de algodón, apoyada sobre la mesa. De inmediato supo que Tic-Tac estaba muerto.
Al día siguiente la gente del pueblo se reunió en el cementerio alrededor de la tumba de Tic-Tac. Terminada la breve ceremonia, cuando todos se disponían a irse, el aire se llenó de aleteos delicados, como el batir de las alas de cientos de pájaros. Eran los relojes que habían empezado a funcionar, pero lo hacían de un modo desordenado: algunos adelantaban, otros atrasaban, muchas agujas se movían en los cuadrantes como si hubiesen enloquecido.
En los primeros días la gente no supo qué hacer. Muchos iban hasta el pueblo más cercano para saber la hora exacta. Ese sistema les llevaba demasiado tiempo y cuando volvían a sus casas la hora había dejado de ser exacta. En los otros pueblos los empezaron a llamar “los que perdieron el tiempo”.
Poco a poco aprendieron a vivir sin reloj, guiándose sólo por la luz solar. Dividieron el día en mañana, tarde y noche. Se despertaban con el canto de los gallos y era la naturaleza, a través de sus cambios, que les iba mostrando el paso del tiempo. Vivían relajados, menos pendientes de la hora y rendían más en sus tareas.
Cuando se cumplió un año de la muerte de Tic-Tac, la gente fue al cementerio. Cada uno traía su despertador, reloj pulsera, cucú o a péndulo, objetos que se habían vuelto inservibles, y que apilaron sobre la tumba de Tic-Tac, como flores de acero y cristal.
Actualmente si alguien visita el pueblo de los “Sin hora” (así prefieren ser llamados) y ese visitante pregunta a un lugareño la hora, lo más posible es que no entienda por qué le contestan con una sonrisa radiante: “la que más le guste” o “la que le venga mejor”.
El que no conozca la historia, sin duda pensará que en ese pueblo están bastante chiflados.

©  Mirella S.  
   
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