viernes, 28 de junio de 2013

Chocolates para la alegría







La culpa de que ya no pueda comer más chocolates la tuvo aquella tormenta. Y ahora Nicolás le trae la tentación.

Si no hubiera llovido tanto, como si ese día fuese el elegido para reflotar el Arca de Noé, los chicos habrían venido a su cumple y Rocío no se hubiera empachado comiéndose ella sola todos los bombones de la caja.
Cumplía los doce y terminaba el primario. Cada tanto, miraba el reloj y después pegaba la nariz al vidrio de la ventana y lo único que veía eran los latigazos del agua, que armaba un delta de ríos que la fuerza del viento deshacía. La ciudad se inundó y sus amigos no pudieron llegar. La caja de felpa roja era un llamado, casi un grito. Se comió hasta los de licor, sólo quedaron los papelitos marrones, igual que alvéolos de un panal vacío.
A la mañana siguiente amaneció brotada.
—Sarampión —gritó la madre.
—Varicela —la corrigió el padre.
—Viruela boba —dijo la hermana mayor, despectiva como siempre. Y agregó—: por glotona.
—Un enema, ayuno y se acabaron los chocolates. Es una reacción alérgica —afirmó el médico, con la cara de un juez que dicta sentencia a cadena perpetua.
Y así fue, el chocolate fue desterrado de sus placeres, pero no de los deseos. El delicioso chocolate caliente de las tardes de invierno o el submarino que tomaba a la salida del cine, invitación de la tía Marta, se habían convertido, como la magdalena de Proust, en un recuerdo de alegrías pasadas.
Para Rocío paladear un trocito de chocolate, era incorporar una sustancia que traía sonrisas y gotas de luz que le rellenaban el corazón con agujeritos, como el tema musical de su telenovela preferida.
Todo era tan almibarado en esa época. Después de la abstinencia vino la pubertad, una etapa rabiosa y ácida. Pero a los quince se rebeló o simplemente se cansó de la docilidad forzada y se despachó una tableta entera de chocolate amargo, sin leche ni almendras, apenas un ascético choco amargo. Además de brotarse se hinchó y le tuvieron que aplicar una inyección. La alegría fue tan fugaz que ni valió la pena pasar ese susto.
Claro, hubo otras pequeñas alegrías que sirvieron para compensar desconciertos, miedos, el disparate de ser adolescente. Pero ese divertimento secreto, la dulce fiesta que comenzaba dentro de la boca, se expandía y era absorbida por cada una de las células, le estaba vedada.

Y hoy Nicolás se presenta con un puñado de Garotos que saca de su mochila.            
—Tres para vos y dos para mí —dice—, si los querés todos, son tuyos.
Rocío niega con la cabeza y agradece con voz ahogada por las ganas y la culpa de aceptarlos. Nicolás no sabe, no se lo dijo, todavía no están en esa etapa. Tampoco le puede hacer un desprecio. Él se engulle los suyos de un bocado. Entonces, miente. Sin mirarlo, murmura:
—Los dejo para después, así cuando los saboreo es como si estuvieras conmigo. —Y se siente la protagonista más cursi de la peor novela de la tarde.
Los guarda en el morral; en el subte, entre el calor, los apretujones y codazos, Rocío piensa que los va a encontrar medio derretidos o aplastados, lo cual no tiene importancia, si no los va a comer. El paladar destila un jugo imprevisto ante la idea de lamer los restos pegados al papel de aluminio, despaciosamente, con la punta de la lengua, rosa como las patitas de las palomas. Sólo eso, un lento lengüetazo; regalarle a las papilas gustativas la memoria de su sabor preferido, recuperar ese gozo minúsculo.
Durante el trayecto imagina los posibles rellenos (¿cerezas al marrasquino, crema de pistacho o de almendras?) y en el modo sensual en que la lengua recorrerá el cuadrado de papel hasta levantar la última partícula de chocolate, con la avidez del oso hormiguero al que no se le escapa ninguna hormiguita.
Entra a la casa, saluda distraídamente; con la boca henchida de saliva, corre a su cuarto, busca en el morral.
—Se fueron para el fondo, se hacen desear —dice en voz baja. Saca el celular, el paquete de las carilinas, la billetera, el porta cosméticos. Sus dedos ansiosos hurgan en las profundidades: nada. El índice se hunde en un vacío inesperado: la costura se había abierto para dar lugar a un agujero.
Se pasa la mano por los labios como si recogiera algún rastro delator. El borde de sus pestañas se humedece. Los destellos de la alegría se apagan igual que los chisporroteos finales de una cañita voladora.
Esa noche, abrigada en el sueño, está nadando en mares de cacao espeso. A su alrededor, igual que en un naufragio, flotan pasas de uva, avellanas, emergen peñones de un chocolate oscuro que presiente ocultan corazones de marroc o dulce de leche. Mete la cabeza debajo de la superficie con la boca abierta, muerde, mastica y traga en un deleite voluptuoso. Repentinamente descubre a Nicolás que aparece a su lado y le ofrece una ramita de chocolate blanco. 
Al despertarse el aroma tibio, con un dejo a vainilla, todavía impregna el cuarto. En sus mejillas titilan pequeñas pulsaciones. Cuando se mira en el espejo del baño ve su cara llena de puntos rosa, como las patitas de las palomas.
  

 
Foto de Phillip Schumacher




Dos tragedias hay en la vida:
una no lograr aquello que ansía el corazón;
la otra es lograrlo.

George Bernard Shaw




lunes, 24 de junio de 2013

Ausencia






Es como si la viera, entrando en la cafetería habitual, con su paso atropellado, trabándose en la puerta. Seguramente tendrá puesta su boina anacrónica, ladeada en un ángulo absurdo. Entrará y observará a los que ocupan las mesas. Todavía no llegó, pensará. Entonces saldrá y elegirá una en la vereda, para poder fumar durante la espera, la más cercana a la pared, que la proteja del viento que viene del río.
Puedo imaginarla mientras se saca los guantes de lana y se masajea los dedos. Lo hace si algo la preocupa y, para justificar el gesto, dice que es la mala circulación. Dejará sobre la silla vacía la bufanda; la tarde está fresca, probablemente no se quitará el abrigo, un impermeable que acumuló el color del tiempo, largo, holgado. Lo lleva siempre abierto, cuando camina flamea a su alrededor y la hace parecer un espantapájaros.
Puedo apostar que se sentará mirando hacia el boulevard y antes de que el mozo se acerque a la mesa, encenderá un cigarrillo. Pedirá un café bien cargado, con un poco de espuma; entre una pitada y otra se mirará las uñas, mejor dicho, lo que queda de ellas y, en caso de que lo encuentre, arremeterá contra algún pellejito suelto.
Verificará la hora, aunque sepa que falta todavía. Esta tarde va a llegar temprano, de eso estoy seguro. La ansiedad es el único reloj que le permite ser puntual. Echará el azúcar en el pocillo, lo revolverá distraídamente, después recogerá la espuma y chupará la cucharita, con esa manera suya, entre cándida y provocativa. Por más que beba el café a pequeños sorbos no le va a durar demasiado, odia el café tibio.
Después hará dos cosas. La primera: hurgar en el bolso y sacar el espejo. Lo disimulará en el hueco de la mano y espiará si alguna catástrofe se abatió sobre la cara. Si alguna pestaña, pringosa de rímel, yace sobre el pómulo, quizás un poco más pálido que de costumbre. La segunda: con uno de los tantos bolígrafos que le compra a los vendedores en los colectivos y que acopia en el bolso, empezará a dibujar garabatos en la servilletita de papel cresposo: un ahorcado, un oso panda, un trébol. En seguida vendrán las palabras sueltas, altisonantes. Deletéreo, lapislázuli, obsidiana, heliotropo, son sus favoritas. Esta tarde, con la espera por delante, que se hará cada vez más fatigosa, apelará a las dos opciones, y me arriesgo a afirmar, que intentará unir las palabras en un poemita descabellado.
El tiempo no pasa o, peor aún, se desliza inexorable y la lleva a una constatación que la congela: la puntualidad prusiana del otro puede convertirse en ausencia. En algún punto remoto de su conciencia ella tiene que intuirlo.
Otro café y más cigarrillos que se apilan en el cenicero de metal. Nuevamente el espejo: hay un diminuto coágulo negro en el lagrimal y el dedo meñique sirve para solucionar esos percances. La servilleta, llena de monigotes y palabras que esta tarde parecen irreconciliables, se convertirá en una bolita e irá a parar al cenicero.
En qué distraerse, qué hacer. Entrecerrando los ojos tratará de ver si lo descubre a punto de cruzar la calle. Comprobará cómo se esfuma la luz en el boulevard; las flores y esas esculturas inexplicables ya se desdibujan en el atardecer. Fatalmente vendrán a la memoria los plantones anteriores, las esperas amargas y lo más doloroso: la incertidumbre. Algo que te carcome y te deja hecha un trapito, esas eran sus palabras y la voz infantil se le quebraba, como si fuera a terminar en un sollozo, la boca crispada, aunque no pasaba de ahí. Los ojos ribeteados de sombras y kohol se volvían vidriosos; con un breve parpadeo las lágrimas retrocedían. Cierto, nunca la vi llorar.
Sé que la dejaron esperando muchas veces, demasiadas. Y ella tardaba cada vez más en reponerse, en volver a intentar. Barajaba probabilidades, hacía conjeturas sobre los motivos de la desaparición sin explicaciones. Sería por desencanto, indiferencia, crueldad. Simplemente eran ausencias, como quien falta al dentista y se olvida de avisar. Sólo que a ella no la llamaban más. Y se encogía ante el enigma; así se encogerá ahora, en la silla del bar, la mesa repleta de tazas vacías y el cenicero de colillas y servilletas hechas bolitas.
Empezó a bajar la temperatura, ella detesta el invierno, quizás se levante el cuello del abrigo o se envuelva en la bufanda; el frío de afuera se cristalizará con el frío que le sale por la boca, en el aliento tembloroso de miedo. 
Hace un largo rato que pasó la hora fijada. El puntual no vino, lo que significa que tomó la decisión y ya no vendrá. Hay una diferencia: no acaban de conocerse, hay un año de por medio, donde hubo muchas confidencias, entre susurros cómplices o risas que estallaban por cualquier motivo, y manos que entibiaron el cuerpo del otro. El abandono, el desamparo, pertenecían a otra época, a otra mujer.
Sí, es como si la viera, desmoronada en la silla del bar, igual a una marioneta que le cortaron los hilos, sosteniéndose del borde de la mesa, las uñas roídas, la punta de los dedos rojos por la presión.
Las luces del boulevard se encendieron. El bar suele colmarse de gente a esta hora, en el interior cálido el mozo caracolea entre las mesas, haciendo equilibrio con la bandeja.
Ya no espera, ya sabe. Le hablé, parecía no escucharme, iba y venía, acomodaba un adorno, guardaba un libro. Es una crisis —me dijo antes de que me fuera—, el sábado te espero a las cinco en el café de siempre. 
Ahora está ahí, se preguntará porqué, cien veces se lo habrá preguntado. Traté de decírselo.




1.  Pintura de Jordi Diaz Alama
2.  Óleo de Edward Hopper



Encontrarse es el comienzo
de la separación.

Proverbio japonés



miércoles, 19 de junio de 2013

Los escritores y sus personajes







Día literario


Por obra de la literatura, un enamorado es un Romeo, pero si las familias se llevan mal son Montescos y Capuletos. William Shakespeare los creó hacia 1595, cuando los barcos cruzaban los mares cargados de esclavos. Shakespeare, sus contemporáneos, los poderosos de su época son menos que polvo. Los personajes siguen vivos. Pero claro que no cualquier personaje vive: ésa es la labor del autor.
¿Qué tienen, cómo están hechos los personajes de la literatura que se meten en nuestra vida?


Una primera respuesta la da Luigi Pirandello, el autor italiano que en 1921 dio a conocer su obra de teatro Seis personajes en busca de un autor. 
“Los personajes -dice- no deben aparecer como fantasmas sino como realidades creadas, construcciones inmutables de la fantasía: más reales y más consistentes, en definitiva, que la voluble naturalidad de los actores.




Adolfo Bioy Casares, escritor argentino, autor de La invención de Morel; Diario de la guerra del cerdo; La trama celeste, dice: 
"Yo quisiera, y me esfuerzo para que así sea, que mis personajes sean ellos mismos y no hechos a imagen y semejanza del autor. Trato de no transmitirles cosas mías, de mi formación intelectual".




Ray Bradbury es estadounidense. Escribió Crónicas marcianas; El hombre ilustrado; Fahrenheit 451; Cuentos del futuro; Las doradas manzanas del sol.
Dice: "Yo diría que creo mis personajes para que vivan su propia vida. En realidad, no soy yo quien los creo a ellos sino que son ellos quienes me crean a mí. No tengo un plan preconcebido: quiero vivir las historias mientras las escribo. Le doy un ejemplo sobre cómo es mi relación con los personajes. Es algo que me pasó: el personaje principal de Fahrenheit -obligado a quemar libros- vino un día a mí y me dijo que no quería quemar más libros, que ya estaba harto. Yo no tenía opciones, así que le contesté: “Bueno, como quieras, deja de quemar libros y listo.




Rosa Montero, es española. Escribió, entre otros: La hija del caníbal; Crónica del desamor; Te trataré como a una reina; El corazón del tártaro, Amado amo; Bella y oscura. Comenta:
"Los personajes aparecen en tu cabeza en primer lugar muy pequeños, reducidos a una imagen, o una frase, o un gesto, una característica, una decisión, algo... es un núcleo sustancial a partir del cual ese personaje se va construyendo. Y lo desarrollas viviéndote dentro de él, es decir, es el personaje el que te va enseñando cómo es.
El novelista debe de ser lo suficientemente humilde como para dejar de lado su voluntad, digamos, y hacer caso a lo que el personaje le va contando de sí mismo... en algún sentido, el novelista es como un médium de ese individuo. La creación de una novela es muy semejante a un sueño. Tú no escoges el sueño que vas a tener, por el contrario el sueño se te impone. Por eso, cuando el escritor tiene verdadero talento, a veces los personajes le sacan de sus propios prejuicios. Por ejemplo, Tolstoi, que era un machista terrible y un reaccionario, escribió Anna Karenina queriendo hacer un libro contra el progreso; su idea primera era contar cómo el progreso era tan malo que incluso las mujeres se hacían adúlteras. Pero luego su personaje, Anna, le arrastró hacia algo mucho más verdadero, hacia un libro que denuncia el sexismo, la doble moral burguesa, la opresión de las mujeres. Todo eso se lo contó Anna a Tolstoi".




Antonio Skarmeta, es chileno. En 2001 ganó el premio Medicis, francés, por La boda del poeta. Es el autor de El cartero de Neruda; No pasó nada; La chica del trombón.
"Lo que hace atractivo al héroe es su fluidez. Es decir, el tránsito desde lo que ese ser cree. Por lo tanto, un personaje es siempre un proyecto, que es terminado por la manera como lo ven los otros personajes. En la novela contemporánea un personaje es una relación. El personaje no debe preexistir a la novela. Son los actos los que lo moldean, las opciones que toma. Lo ideal es que el personaje entre levemente en nuestra existencia y que nos anuncie que espera un cambio, acaso de tal magnitud, que nos lleve con él hacia una metamorfosis. También es posible que el héroe se mantenga en sus posiciones y sea deteriorado por la realidad cambiante. En la construcción de la narradora y protagonista de La chica del trombón tuve que ser muy diligente. En ella se produce la situación paradójica de que es una chica huérfana sin prehistoria y obligada a buscar sus raíces en el futuro. Esto define su carácter: es alguien que está moldeándose en algo impreciso. Un personaje es una encrucijada de opciones. Los grandes personajes de la literatura están consumidos por la sensación de que habitan en un misterio que deben revelar con sus acciones. Lo que los define es el riesgo. Desde allí irán al fracaso, o a la gloria."




Abelardo Castillo, escritor argentino, publicó Crónica de un iniciado; el Evangelio según Van Hutten y varios libros de cuentos y ensayos. 
Dice: “No creo demasiado en lo autorreferencial en literatura. El “yo” de una ficción es un punto de vista, una persona que se elige para contar una determinada historia.
La palabra “yo” es un personaje. Cuando el yo de la historia se confunde demasiado con el autor no estamos en la ficción sino en las “memorias” o el diario íntimo. Claro que toda ficción es “algo así” como la autobiografía de un escritor; pero en un sentido profundo, que no pasa necesariamente por lo anecdótico.
Los relatos fantásticos de Kafka son su autobiografía, como los cuentos de terror de Poe son la autobiografía espiritual de Poe, aunque nos cuenten sucesos imposibles. Creo además que ésa es la zona donde, a veces, un escritor delata mucho más fielmente su propia historia. La prosa “confesional” es una retórica y, según mi experiencia, la manera más eficaz de mentir.


"Dickens y sus personajes", acuarela pintada por Robert William Buss






"A medida que esos personajes de novela 
van manando del espíritu de su creador, 
se van convirtiendo, por otra parte, 
en seres independientes;
 y el creador observa con sorpresa
 sus actitudes, sus sentimientos, sus ideas."

Ernesto Sabato


domingo, 16 de junio de 2013

Un modo de mí


Foto de Jacob Sutton

Qué modo de mí se espeja en esta lluvia, que derrama sus joyas heladas,  se encharcan y disuelven en  la liquidez del asfalto.

Como yo, hoy.

Nubes de palabras quisieran gotear y quedan guarecidas, mudas, calentitas en el cuaderno.

Como yo hoy.

Qué modo de mí calla, acapara codiciosamente las sonrisas desplegadas por  Las Tres Gracias, mientras danzan en su jolgorio mitológico.

Una alegría que brota como el agua del cielo, cae y, paradójicamente, permanece adherida a mis paredes.

Es la alegría de una lágrima dura, engarzada como una perla en las pestañas. No quiere perderse piel abajo en un collar de lujo que no es mío. Y persevera, para no correr el riesgo de licuarse, igual que el granizo en mi balcón.

En algún momento saldrá el sol de una sonrisa. Ahora sería tan estereotipada como la felicidad cocacola de Norman Rockwell o de la rubia de dientes publicitarios.

Qué modo de mí aprisiona la alegría y la convierte en pan después de una huelga de hambre.

No puedo pintar ni escribir alegría, apenas consigo trazar estos garabatos en un papel,  nombrar el collar de lágrimas, la lluvia inundando los nidos de los pájaros. 

Incoherencias que enhebran el collar.


Esta tarde.




©  Mirella S.   — 2013 —     



Óleo de Alberto Pancorbo







No podemos impedir que el ave 
de la melancolía bata sus negras 
alas sobre nuestra cabeza,
pero sí podemos impedir
que haga su nido en ella.

Proverbio chino

jueves, 13 de junio de 2013

Downtown, New York






Nunca supimos —ni sabremos— porqué Pablo desapareció de esa manera. Una noche nos saludó con  un chau, nos vemos, y no lo vimos más. A la semana pasamos por la pensión, a preguntar. Dijo que se iba de viaje, nos informaron. Como al mes dimos una vuelta por lo de la hermana. Ella ni nos hizo entrar, desde la puerta y hamacando al último de los hijos, que chillaba como un marrano, con la indiferencia en la voz y en los ojos, idénticos a los de Pablo, pero fríos, dijo: ese vago hace rato que se borró y si se fue, mejor que acá no vuelva.
Eso pasó poco después de la euforia del Mundial del 78. No preguntamos más, no era tiempo de preguntas y varios andábamos con el culo entre las manos… Pablo no, era un bohemio, su única militancia era sacar fotos y su mirada experta sabía encontar situaciones especiales, siempre en blanco y negro, con su Leica inmemorial. Entonces éramos unos pendejos idealistas, a la deriva, pero de a poco cada uno fue tomando su propio rumbo. Algunos se perdieron, vaya a saber por cuáles caminos; otros mantuvimos contacto y de vez en cuando compartíamos el clásico del domingo o unas cervezas. Con el tiempo Pablo dejó de ser tema de conversación, ya se había convertido en un fantasma.


No sé porqué me eligió a mí, no recuerdo que fuéramos demasiado afines, supongo que yo habré sido el único del que se acordaba la dirección. Me había casado y tuve que sentar cabeza, no me quedó otra, por el pibe, que nos cayó como peludo de regalo. Cosas de la vida o descuidos de la calentura.
Mi vieja me avisó por teléfono: tenía una carta. El sobre era grande, marrón, con estampillas extranjeras. Adentro había una foto en blanco y negro. En el reverso estaba escrito a lápiz: Downtown, New York, 1980. Quién me podía mandar una foto que había sacado diez años atrás. Una foto triste y al mismo tiempo elocuente, un reflejo de la soledad urbana. En blanco y negro, con el estilo y la visión inconfundibles de Pablo.
El de la foto podría ser él o cualquiera. Estaba tomado de lejos: una silueta en contraluz, un tipo sentado en el suelo, los brazos sobre las rodillas, al inicio de un pasaje estrecho, encajonado por dos oscuros paredones de ladrillos y ventanas con rejas. La luz venía de la calle transversal al pasaje y de un cachito de cielo, entre los altos edificios cuadriculados de ventanas. Había una escalera de incendios, tal cual se ve en las películas yanquis.
El tipo, Pablo tal vez, usaba un sombrero de fieltro de los años 50 y una campera corta. Y en esa posición acovachada miraba a un gato negro. Un lugar roñoso, donde imperaba el abandono, con charquitos de agua, papeles tirados, el silencio del vacío, como el Once en un día domingo.
Él y el gato, frente a frente, mirándose, entablando un diálogo secreto. La sensación que tuve fue que se entendían, había algo recíproco, más allá de las palabras. Algo inmortal que fue fijado en una imagen que perduraba en el tiempo, que cruzó un hemisferio para que yo, un pobre gil, compartiera ese instante. Sin ninguna explicación ni una nota, muy de Pablo. Pero lo que me carcomía era no saber si ese fulano era Pablo. Y de no ser él ¿cuál era el mensaje, para qué la foto?
Estuve mucho tiempo dándole vueltas al asunto, no lo comenté con nadie, hasta que me decidí y enmarqué la foto. La colgué en un rincón del comedor, como si no quisiera que la vieran, como si fuese algo íntimo entre Pablo y yo. Diez años después me pareció que no éramos tan distintos. Claro que Graciela la descubrió al toque; ya por aquella época apenas nos aguantábamos. Plumero en mano, chilló: por qué pusiste esa porquería, es deprimente…  Y la descolgó. Yo me le fui al humo, la agarré del brazo y le dije que la dejara donde estaba. El tono de mi voz no admitía réplica. Ella, por primera vez, se tragó la respuesta.
En cambio Nacho, que tenía cuatro años, cuando la miraba decía: qué lindo el gatito que le habla al señor.


La foto señaló etapas de mi vida. La colgué en el 90 y en el 94 la descolgué porque me separaba. Me fui a lo de la vieja unos meses hasta que conseguí un sucucho para mí solo y que pude pagar. La foto ocupó un lugar destacado y cuando en el 97 me ascendieron, le cambié el marco por otro con más pinta.
No es que viviera pendiente de la foto, ni la miraba, la conocía de memoria, estaba ahí, y eso era lo importante. A veces pensé con envidia —para qué lo voy a negar—, que Pablo hizo lo que había querido. No es moco de pavo irte a Nueva York a los veinte años, sacar una foto que da testimonio de que tu sueño se está cumpliendo. Aunque te mueras de hambre y estés más solo que un perro, la pasión te arrastra y ese fuego no te lo apagan así nomás. Yo no lo tengo y lo que enciende mis días grises es saber que Nacho existe.
En el 2000 para Navidad me pidió una cámara de fotos. Pensé si me daría el cuero para comprarle una digital de última generación. Me dio una alegría casi desaforada cuando Nacho aclaró: como las de antes, para sacar en modo manual, igual que la foto de Pablo. Era el único que conocía la historia, mejor dicho, mis suposiciones sobre la historia.
En sus ojos de río manso aparecieron estrellas cuando abrió el estuche con la Leica. La que usaba Pablo, capaz que me hago famoso como él, murmuró. La llevaba a todas partes, era un saqueador de imágenes, que después me mostraba con entusiasmo.
En el 2005 le ayudé a armar el cuarto oscuro. El secreto del fotógrafo está en el revelado, me dijo. Tenía la misma edad de Pablo cuando se fue. A veces decía cosas parecidas. Era como si Pablo me hablara a través de Nacho y yo me entibiaba con el calor de su llama.
Una tarde, mientras tomábamos mate, así, como al pasar, me dijo que le habían aceptado el book en la galería del San Martín y que a fin de año haría una muestra. Miré la foto del hombre con el gato y ya no necesité saber quién era: el mensaje había encontrado destinatario.
©  Mirella S.   —2011—

Foto de Henri Cartier-Bresson



Este relato lo escribí hace un par de años (creo que se nota), 
pero le tengo cierto cariño porque me recuerda la época en que sacaba fotos, 
también en blanco y negro, sólo que nunca fui 
demasiado experta en el revelado.
Es un poco largo, espero aguanten hasta el final.





                                 "La fotografía sólo
 puede representar el presente.
Una vez fotografiado, 
el sujeto se convierte
 en parte del pasado."

Berenice Abbot


miércoles, 12 de junio de 2013

Malagueña salerosa




                                             
María Eloy García




El bien inmueble
la nostalgia vive en el sexto piso
tira un papel por la ventana
y por un segundo
se confunde con el vuelo migratorio
de un pájaro que quiere aparearse
la mierda que lanza desde su arriba
cae sobre la raya en medio
de un preso en libertad condicional
que no recuerda cómo se iba a su casa
aquí el niño que lo ve todo
crea en ese momento en la parte izquierda del cerebro
un comienzo de neura
que asociará a la placidez veinte años más tarde
la bondad vive en el tercero
tiene una casa confortable pero incómoda
el odio tiene siempre un perro en la puerta del cuarto
pero la decoración de su casa es impecable
la timidez que vive en el quinto
ve por la mirilla de su puerta blindada
la cabeza distorsionada de un gordo que es el mundo
en el noveno vive la veneración
la soltera que comparte piso con la envidia
el del octavo que es el tiempo
se quedó justamente encerrado en el ascensor
aquel día que viniste a mi casa
y yo soy ese edificio
pero nunca subo al décimo
la casa de la perfección que es una déspota
suelo sin embargo quedarme en el primero
del que nunca sé salir
allí vive el hastío que nunca pagó la comunidad
la memoria
que vive en el segundo
tiene el síndrome de diógenes
todo lo que sube a su casa
es digno de ser guardado
cualquier tontería tiene la dignidad de un tesoro
pero nunca recuerda al que se olvidó de ella
ese día subiré al séptimo
porque es justo allí donde habita el olvido




Acuarela de Annie Ink



MARIA ELOY GARCIA nació en Málaga en 1972. Es Licenciada en Geografía e Historia
 y ha participado en revistas como Litoral, El maquinista de la generación, 
Laberinto, Nayagua,  Fósforo (edición digital).
 En 1998 recibió el Premio Ateneo-Universidad de Málaga
 y en 2001 el I Premio de poesía Carmen Conde de Madrid.



Encontré a esta poeta en mis incursiones por la web.
No puedo dejar de compartir el hallazgo.