jueves, 31 de enero de 2013

Pechos



Obra de Ernest Descals


Cuando su madre usaba vestidos escotados, ella le miraba los pechos. Quería tocarlos, eran suaves, opulentos, daban ganas de lamerlos.

Dentro de su cabecita una voz le decía que no estaba bien, a los cuatro años ya no podía tomar la teta. Pero le era imposible evitarlo, buscaba estrategias para no perder oportunidades y que todo contacto pareciera casual. Tenía que ser de un modo delicado, como si se tratase de un jarrón de porcelana demasiado frágil, valioso, igual al de la abuela y que solamente debía mirar de lejos.

Iba al jardín de infantes, todavía no había empezado el colegio y soñaba que de grande también sería dueña de esa potencia blanca y femenina rebalsando los corpiños de encaje, para seducir al mundo de la manera como le seducía la proximidad de los senos maternos, así llamaba su madre a esas dos cúpulas de crema chantilly coronadas por cerezas.

Durante las horas calientes de la siesta, después de haber limpiado la cocina, se acostaba a descansar y si no había nadie que se ocupara de ella, le daba palmaditas a la colcha, invitándola a treparse a la cama. Se acomodaba sobre un costado, su posición favorita y se dormía rápidamente. Por el escote asomaba la línea del nacimiento y la tela del vestido parecía explotar en una generosidad de piel como seda y leche.


Con los ojos relucientes, ella extendía su manito y con sumo cuidado se aferraba del borde del escote, auscultaba la tibieza y la tersura de ese rincón anhelado. Se sentía nuevamente protegida, era otra vez parte de mamá.


©  Mirella S.   — 2014 —


 
Obra de Vicente Maeso-Arteli
                      
   
      
        
                             La única patria                          
      que tiene el hombre
      es su infancia.   

                Rainer Maria Rilke          
              
           

martes, 29 de enero de 2013

Miércoles temático

        


Algunas de las chicas de otros blogs han tomado iniciativas coloridas: los lunes azul, los martes invitan a tomar el té. Voy a "apropiarme" de los miércoles y lanzo este "Miércoles Rojo". 
Un lector asiduo calificó mi blog de "exuberante" y otro, más nuevo, le dio la razón.
No los voy a defraudar, arranquemos con:

Miércoles de pasión

"La pasión se convierte en una fuerza cuando halla salida en el trabajo de nuestro brazo, la habilidad de nuestra mano o la actividad creadora de nuestro espíritu."

George Eliot


La pasión entendida como la energía vital, el motor que nos impulsa a buscar, a concretar nuestros deseos, a vibrar en la llama que nos enciende.
Hay pasiones que permanecen inalterables, en su esencia, a lo largo de los años. Algunas desaparecen y surgen otras. Las hay más pequeñas, como estallidos de luz que iluminan y dan vida a lo cotidiano...

 
¿Cuál es la pasión que nos motiva; ha ido cambiando con el tiempo, la pudimos mantener encendida? ¿Nos hace sentir bien conectarnos con esa llama?

Los que tengan ganas opinen; los que no, pueden usarlo como reflexión. 
Doy el puntapié inicial.

En este momento lo que agita ese fuego sacrosanto en mí es este blog: concebir narraciones, preparar un post, compartirlo, comunicarme con ustedes.
Pero lo que me movió siempre fue el amor, no exclusivamente hacia un hombre, sino por todo lo vivo, por lo que crece y por lo que declina; por las palabras amorosas que puedo decir a otro ser humano y que muchas veces callo por pudor, por miedo a la incomprensión, al malentendido, a exponer mi vulnerabilidad.
Entonces agrupo todas esas palabras y las convierto en historias, no siempre felices, porque el mundo es un lugar hostil, pero con la convicción de que si no me expreso, todo lo que acumulo se vuelve estéril y se me pudre adentro...

Un abrazo para todos.




"Las pasiones son los viajes del corazón"

Paul Morand



"Las pasiones son los vientos que inflan las velas
del navío. Algunas veces le hacen hundirse, 
pero sin ellas no podría navegar."

Voltaire

lunes, 28 de enero de 2013

La recolectora de piedras





 El volcán escupió —igual que un resto de comida atorada entre los dientes— un trozo de roca, como si le hubiera molestado. La despidió, en medio de explosiones de ira y fuego. La piedra describió un vastísimo arco. Inmutable, aterrizó en un campo arrasado por la lava. Allí quedó, incrustada en la tierra.

Yo la encontré mientras constataba cómo —por entre la lava seca y los restos de cenizas— comenzaba a crecer la hierba. La guardé en mi bolsillo para, cada tanto, tocar las anfractuosidades de su piel antigua.

Al llegar a casa la puse en un estante de la biblioteca, al lado de la otra, pálida como un pecho lunar o una puntilla que bordara el océano: el obsequio de una playa del pasado.

El contraste no podía ser mayor.

Una era un coral labrado por los cinceles del agua. La otra, un producto del vientre de Hades. El maléfico, en un ataque de cólera, se había desgarrado a sí mismo, seccionando ese fragmento candente, que, ahora frío, era una cosa amorfa, negruzca, con una superficie irregular, nada atractiva.

Extraña combinación la de esas dos piedras, cercanas y lejanas, hijas del agua y del fuego. Sé que se comprendían.

Yo amaba a la blanca por su belleza y por el recuerdo, de la que era un símbolo. Con la oscura, aunque —inexplicablemente— la acariciara todas las mañanas y la piedra me devolvía el saludo con un leve latido, tardé un poco más.

Con el tiempo me pareció que sus rugosidades se sutilizaron, empezó a despedir calor y no necesité cortar leña ni usar estufa en los despiadados inviernos de la Patagonia.

La blanca en los veranos emana una brisa fresca.

Trae el olor del mar. 

 ©  Mirella S.   — 2016 —


Los que leyeron "Un regalo del mar", recordarán la historia del coral blanco; y para los que no, pueden leerlo también. De todos modos las historias son independientes.




   

Recomendación



En mis incursiones por la red, debido a mi empedernida curiosidad, fui encontrando muchos blogs interesantes y hoy les quiero presentar uno que me impactó y que me parece no se lo encuentra fácilmente en los circuitos que todos solemos recorrer...
Tengo la impresión de que a unos cuantos les va a copar leer sus poemas y sus textos, con una prosa rica y con profundidad de contenido. Acá hay un escritor con todas las letras.
Como no tengo experiencia en esto de las presentaciones, adjunto algunas de las frases que me escribió Gavrí, cuando le pedí su autorización para hacer conocer su blog a través del mio.


Gavrí Akhenazi

"...La mía, como no me canso de explicar, es una literatura específicamente testimonial y solamente hablo de las cosas que vivo (de por sí parecen por sí mismas novelas), así que les queda joya ese formato y de paso aprovecho para que los ocasionales lectores se acerquen a otras problemáticas reales que no se ven generalmente más que en las manipuladas noticias de la tv.
 
Creo que uno no puede pasar de arriba por la vida. Tiene que dejar testimonio de su paso y en este caso, trato de hablar —a las personas que me leen—  de los otros mundos que también quedan en este."



http://lamaldadaparente.blogspot.com.ar/





jueves, 24 de enero de 2013

Cadena alimenticia






Para mí, matar al gato fue en vano. Es cierto, no cazaba a los ratones, en cambio se comía los pájaros, que se comían los gusanos que hacen agujeros en el césped del jardín. ¿Qué se comen los ratones, aparte de las hormas de queso apiladas en el sótano? Ellos también deben comerse algún bicho. Si por lo menos se dieran un atracón con las cucarachas, que lo más panchas se adueñaron de la cocina. El gato inclusive se despachó al pez rojo, que le costó un ojo de la cara a la tía Maru, y al que encima debíamos alimentar, ya que no podía comerse a nadie, encerrado como estaba en una pecera.

Las cucarachas comen lo que dejamos y empieza a pudrirse. Sería un alivio si esas inmundas tan siquiera se bajaran a las hormigas saqueadoras del jardín. Laboriosamente nos pelan los rosales, los geranios, las fresias, ayudadas por las gatas peludas y los bichos canasto, tan repugnantes que creo no se los come nadie. A lo mejor se animaría una araña bien grande, una tarántula, lástima que no hay por estos lados, aunque sería un peligro para nosotros los chicos.

Los ratones se han vuelto un problema, son angurrientos, roen maderas, cañerías, además de darle a los quesos. Una solución son las serpientes, que los encantan con la vista, los dejan inmóviles y se los mandan de un bocado, eso lo vi en el Animal Planet. Pero pasa igual que con las tarántulas, no es una buena idea meterlas en la casa. Otra alternativa sería contratar los servicios del restorán chino de la vuelta. Según mamá, hubo una época en que corría el rumor de que la carne de los tenedores libres chinos, era de ratas y gatos, sin discriminación. No sé por qué tanto escándalo si en los lugares de categoría ofrecen caracoles, ranas, tortugas. ¿No es un asco comerse los chinchulines de la vaca o sus tetas o, peor aún, las bolas del toro? Se ponen de moda hábitos horribles: zamparse grillos, cigarras, víboras, para qué voy a seguir enumerando.

Mamá siempre nos recuerda que el hombre, como especie, es el peor de todos, tiene una gula retorcida, prepara los animales más repulsivos con salsitas rebuscadas, los condimenta con especias y finas hierbas. Por suerte no entramos en esa categoría de depredadores, como los llama ella, en casa somos vegetarianos, a excepción del abuelo, quien fue el que mató al gato. Como no lo pudimos convencer de seguir una dieta a base de verduras, cereales y legumbres, tiene el instinto asesino más desarrollado. Para despachar a Agustín, el gato, colaboró la tía Maru, que es una veleta: un día se engulle a escondidas un bife de chorizo y al otro, con la culpa que se le derrama por los ojos, hace penitencia con unas hojitas de lechuga.

El abuelo venía juntando bronca porque ama los pájaros. La gota que rebalsó el vaso fue cuando encontramos la pecera en el suelo y Agustín, acurrucado debajo de la mesa, trataba de hacer desaparecer el cuerpo del delito, pero lo delató la cola rubia que le asomaba por entre los bigotes.  El pez era propiedad de la tía Maru y en ese momento le saltó la parte carnívora, salió de la indecisión y lo apoyó al abuelo. Entre los dos acorralaron a Agustín, el abuelo revoleando un cuchillo como si fuera el hacha del último de los mohicanos (libro que leímos en clase), y con cara de loco gritaba: “¡los pájaros son sagrados, ni fuiste capaz de morfarte a los ratones…”!

No quise saber los detalles de la ejecución, me fui a la casa de una compañera del cole. Mis ruegos fueron tan en vano como la muerte del pobre Agustín. Debo reconocer que era raro Agustín, con esa debilidad por los pájaros. Se embuchó una pareja de teros, dos o tres torcazas y de los gorriones perdí la cuenta. El dicho “cuando el gato no está, los ratones bailan”, no se aplicaba en este caso, porque ellos que formaban un ejército, no se amilanaban ante la presencia de Agustín y hasta le pasaban entre las patas. Él, que debía tener el estómago delicado, los esquivaba con la cola temblorosa, cuando aparecían corriendo por las habitaciones. Un gato gourmet este Agustín, decía mamá.
Cuando volví había en casa un gran alboroto. Mis primos, vegetarianos más que nada por obligación, estaban armando tramperas con abundantes trozos de queso gruyere. En el fondo, junto a la parrilla en desuso (sólo servía para almacenar cosas viejas), el abuelo despellejaba a Agustín, que era gordo y atigrado, con la idea de curtir la piel y hacerse una gorra para el invierno.

Ese mismo día hubo una buena recaudación de lauchas y ratones. Las cucarachas de la cocina comprendieron que venían tiempos malos y no salieron de sus escondites. Me di cuenta de que las cosas habían empeorado cuando vi al abuelo sacar los cachivaches de la parrilla y limpiarla prolijamente. Por si esto fuera poco, escuché a mamá que decía que el abuelo a la noche iba a invitar a un par de amigos con los que juega a las bochas, para cenar unos bocaditos especiales.
©  Mirella S.   — 2012 —




A lo mejor escribir no sea más
que una de las formas
de organizar la locura.

Isidoro Blaisten