jueves, 14 de marzo de 2013

El madrileño






Día cero: la ropa alineada encima de la cama. Sobre la silla la valija, con su boca abierta dispuesta a tragar hasta lo indigerible. Con mansedumbre acepta someterse al mutismo del candado. Orgullosa luce el moño fosforescente en la manija, que la distinguirá de los demás equipajes. Tendrá identidad propia y yo la veré llegar, contoneándose en la cinta giratoria.
Cortar el gas, apagar las luces, bajar las persianas y empezar el sueño del viaje que, a veces, suele ser más bello que el viaje mismo.

Día uno: llega el taxi. Al aeropuerto. Ansiedad y trámites. Ubicación: ventanilla. La ciudad se empequeñece, el río se inclina y abraza el crepúsculo. Un poco de lectura y el típico dormitar entrecortado.
Llegada, más trámites. Otro taxi. Este es blanco con una franja roja. El hostal está en una encrucijada que se ensancha en la Plaza del Ángel: un rectángulo de concreto cortado por unos macetones con plantas moribundas.

Día dos: escapo de la habitación, huele a los desechos de un naufragio. Un vidrio de la puerta que da al balcón tiene un parche, como el ojo de un pirata y una de las persianas es más corta que la otra: me tocó un ventanal tuerto y rengo. El pan con almendras y pasas y la mermelada de naranjas amargas del desayuno, me reconcilian con el hostal.

Día tres: descubro que el café del bar Nebraska tiene el sabor y aroma perfectos para mi gusto y me despabila el tedio de un tour descartable.
Cuando salgo, en la puerta me recibe la aventura. Debía estar en el interior del bar. No lo registré, y él me habrá visto ensimismada en la lectura de la Michelin. Me sigue. Por encima de mi hombro, murmura frases que suenan como letanías.
En la espera roja de la esquina lo miro: es hermoso. Siento intriga ¿por qué me ha elegido, qué habrá visto en mí? Tiene el acento madrileño, algunos años menos que yo, que ando con la cara lavada, los jeans viejos, una camisola holgada, nada sexy. Una turista ilógica con quien desplegar la seducción.
Continúa hablando. Su “ese” sonora hace burbujitas en los labios, que imagino pródigos de besos. Lleva las manos metidas en los bolsillos de un pantalón de corderoy pardo y cada tanto saca una, que mueve como para apartar algún obstáculo invisible. Caminamos. Apenas si presto atención a lo que dice; cuando intenta tomarme del codo para cruzar la calle le doy un vistazo al perfil. Me recuerda un águila al acecho. La voz, que escucho como si fuera un rumor más de la calle, es una voz que regala felicidad.

Día cuatro: finalmente acepté vernos en el Nebraska, esta tarde a las seis.
La mañana parece haberse anclado como un reloj defectuoso. Revivo el encuentro del día anterior. Lo que recupero es la fuerza de su presencia, no recuerdo siquiera con qué excusa me abordó, entonces.
Hago tiempo recorriendo un amplio circuito. 
En el Paseo de Recoletos llego al Pabellón de los Espejos: una especie de invernadero, un gazebo de vidrio donde hay sillas y mesas antiguas, con la tapa de mármol blanco. Elijo una y examino a mi alrededor.
En el otro extremo está sentada una familia. Los cerca un halo cinéreo, que se expande en su silencio, en la inmutabilidad de las cuatro caras. Un grupo de estatuas expresando una postura resignada, gris como la piel de un elefante, cubierta por el polvo del mundo. Hasta los niños, con los ojos ya conformes, miran un futuro establecido. Los cuatro son bloques de piedra, sin resquicios, tan inexistentes en su grisura que resultan irreales.
Pienso en el que regala momentos de felicidad ocasional, la vida que le vibra en el cuerpo entero y me siento casi como esa familia gris.

Día cinco: ayer, en el Nebraska, él me tomó las manos y en ese contacto me traspasó su vigor. De a poco fuimos derivando en una charla sin falsos pudores. El cielo se oscureció y seguíamos allí, mis ojos tragados por los suyos, las manos en el cepo de sus dedos. Hablé como en un confesionario, las sienes con perlas de humedad, la boca seca, la palabra ronca.
Antes de irnos él anotó algo en una servilleta y me la acercó: era una dirección y una hora. Tómalo o déjalo —dijo—.  Altanero, se levantó y salió a la noche. Me gustó verle esa arista dura, del que parece arcilla y es roca firme.

Día seis: la servilleta descansa en mi bolso. Del plafón del techo cae una luz amortiguada por los insectos y polillas prisioneros en su interior. Boca arriba en la cama del hostal, miro el cielorraso.
Previamente busqué en el plano de la ciudad la dirección. Corresponde a un barrio viejo y bohemio.  
Sueño un edificio color azafrán en una callejuela cuesta arriba, el frente perforado por balcones con rejas de hierro. Adentro hay escaleras de peldaños desparejos, trabajados por los pies del tiempo. Tendré que subir en caracol hasta el tercer piso. Se abre la puerta en cuanto me paro delante del número quince.
Un fantasma empieza a ser materia. Damián desplaza al madrileño pero no totalmente. El alma es de Damián, el cuerpo del otro. Dentro de mis ojos abiertos tengo el derecho de inventar lo que se me antoje. Encontraré siempre el alma de Damián donde yo vaya.
La habitación es grande y blanca, diríase despojada si no fuera por la cama king size con dosel de raso carmín, igual que el cobertor y un baldaquino inverosímil, de columnas barrocas que parecen retorcerse en un orgasmo perpetuo. Hay cuadros, paisajes abstractos casi carentes de color, apoyados en el piso, como si el madrileño-Damián aún no hubiera decidido dónde colgarlos. 
En nuestra casa del pasaje Russell fui yo quien se ocupó de la decoración, Damián no estaba para esas nimiedades.
La luz entra tamizada por unas cortinas blancas de gasa, que se confunden con la pared. Reluctante me quito el abrigo, me vestí con la mejor blusa que traje, negra, igual que los pantalones. Soy un ángel oscuro en medio de tanta blancura. Voy directo a la cama roja, un velero de sangre que navega en ese erial blanco. Me recuesto y descubro mi réplica en el techo del dosel. Nunca pude entender la necesidad de espejos a la hora del amor.
En el ambiente rebota la voz morosa de Nora Jones, que tanto le gustaba a Damián; no creo sea el tipo de música del madrileño, se me ocurre que se inclinaría por un ritmo más pélvico. 
Cierro los ojos y ya no estoy ni en el hostal ni en la habitación del desconocido. Voy a la casa del pasaje Russell y sólo puedo verla vacía de muebles y de Damián, como el día en que me mudé. Esa misma noche proyecté este viaje, que me costó largos meses concretar. Y ahora estoy sopesando la posibilidad de recibir mi cuota de jolgorio sin amor. ¿Me alcanzará sólo el cuerpo del madrileño? Acaso pueda darme algo más. Quién sabe. Siempre esperando lo que no hay.
Cuando le pregunté por qué yo, él me clavó esos ojos que se apoderan de todo lo que miran y contestó: porque necesitas olvidar. Bueno, pensé, me encontré con un espíritu intuitivo, un bienhechor de la multitud de mujeres solas y abandonadas que pululamos por el mundo. Después de todo, la vida no es tan insensible y manda alguna compensación.
         
Quisiera que fuese el séptimo día de este viaje para poder leer lo que escribí sobre el apartamento número quince. Saber si atravesé el umbral de lo consuetudinario. Si conseguí sacudirme el gris, ese mismo gris que cubría a la familia del Pabellón de los Espejos. Si me desprendí del alma de Damián que algún día será solo su nombre, dentro de una casa vacía que también ha dejado de  existir. 
©  Mirella S.   — 2012 —



Óleo sobre tela  de  Alberto Pancorbo




Ten paciencia, corazón,
que es mejor, a lo que veo,
deseo sin posesión
que posesión sin deseo.

Ramón de Campoamor



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