lunes, 18 de febrero de 2013

La del medio






Mi hermana mayor es parecida a nuestra madre, una sibarita, con un cuerpo voluptuoso, en el que se sacralizan curvas y redondeces. Mis padres —sin titubeos— se decidieron por el nombre de Alejandra, por lo magna, ya lo era de recién nacida. Los hombres se dan vuelta  cuando pasa por la calle, para verificar si la abundancia de adelante se repite por detrás. No quedan defraudados. Sin embargo algo falla: a los cuarenta sigue solita y sola.
Mi hermana menor salió a nuestro padre: flaca por donde la mires, lisa como un palo de escoba. Es el cerebro de la familia; perdí la cuenta de todos sus títulos, masters y licenciaturas. Le pusieron Victoria y le hizo honor al nombre: su vida es la acumulación de un éxito tras otro. Ella sí se casó, con otro cerebro, un doctor en neuropsico… no sé cuánto y produjeron un cerebrito más, pero que usa los sesos para elucubrar las más increíbles maldades. Vicky y el neuro del marido, después de cada vandalismo, lo sientan y le dan unas cátedras de comportamiento llena de palabras incomprensibles, mientras el pendejo, con la cabeza gacha, pone cara de arrepentido para zafar lo antes posible de la perorata. Hay que reconocerle que es un actorazo, otra que Al Pacino.
No soy una perversa, pero no me imagino a esos dos en la cama. Toda la libido la tienen puesta en los estudios, la profesión, exhibirse en congresos y seminarios. A lo mejor se calientan hablando de la sinapsis de las neuronas. Su vida sexual y de cómo engendraron ese proyecto de Atila, que por donde pasa siembra la destrucción, es un enigma para mí .
Yo soy la del medio, triste ubicación. Pero tiene sus ventajas: nadie me da bola y no se meten en mi vida. Me llamaron María Helena (con hache) y me ilusioné pensando que fue por Helena de Troya, pero resultó un homenaje a una tía abuela, solterona y bien forrada, que les dejó a mis viejos una suculenta herencia. Desde chica me apodaron Mari y mis veleidades mitológicas se fueron al tacho.
No me parezco a ninguno de mis padres ni a mis hermanas y muchas veces dudé de mi legitimidad, lo que sería poner en tela de juicio la conducta de mi progenitora aunque, por otro lado, bastante comprensible, teniendo en cuenta lo poco efusivo que es el viejo, siempre con la nariz metida en diarios y libros. Mi piel es sospechosamente más oscura que la del resto de la familia. Nací y crecí en la casona de Floresta, rodeada por un parque impecable, con pasto inglés, hortensias, clivias, petunias, una lujuriosa Santa Rita, que un jardinero morocho y musculoso, callado y triste, cuidaba con ardor y escrupulosidad como si cada brizna de hierba o flor fuera el cuerpo de la mujer amada. Mientras trabajó en la casa, para cada uno de mis cumpleaños, armaba un ramo con las flores más perfectas, se inclinaba para darme un beso y decía junto a mi oído con su voz de huracán: feliz cumpleaños María Helena. Era el único que me llamaba por mi nombre completo.
Volviendo a la cuestión del soma familiar, no soy ni gorda ni flaca, ni linda ni fea, ni brillante ni seductora histérica. Como quien dice “ni chicha ni limonada”. Una mina promedio, como lo que soy: la hermana del medio. El relleno del sándwich. Y por más que un amigo me quiso consolar y me dijo que el relleno es lo mejor, lo más deseado, yo escéptica por crecimiento, le contesté que al relleno muchos lo sacan o lo descuartizan, porque el jamón no les va o el queso les da alergia o el tomate está pasado o dudan de la limpieza de la lechuga.
Tampoco entro en la categoría de casada o soltera; conviví ocho años con un hombre y ahora nos separamos. No necesito ser objeto de adoración como Ale, la magna; ni que me alaben los logros por mis investigaciones sobre la vida íntima de ciertos insectos, originarios de una ignota isla en el mar de Tasmania, como Vicky, cuando la suya deja bastante que desear: desde que tuvieron al monstruito, ella y el neuro duermen en cuartos separados.
No soy centro de nadie pero estoy en el medio de dos extremos que no pueden ser más opuestos: el cuerpo y la mente. Mis dos hermanas se mancomunan en una sola cosa, en el fastidio que me tienen. Sé que las irrito porque llamo a las cosas por su nombre, sin los eufemismos a los que recurren tanto ellas como los viejos. De algún modo se avergüenzan de mí, de mis opiniones crudas o de mi boca sucia, como dice mamá. Ale, la magna, seguramente de mi piel morena. Victoria elaborará alguna teoría respecto de la pobreza de mi cultura, carencia de ambición por triunfar o mi inteligencia mediocre.
Lo que nadie sabe —o no le importa—, es que experimenté algo que en mi familia brilló por su ausencia. Esa palabrita de cuatro letras que jamás fue pronunciada por nadie, considerada cursi, de culebrón de la tarde o de novelas de Danielle Steel. Se me pegó el hábito y tampoco la digo. Claro que la sentí en toda su magnitud, a diferencia del sabor insípido de  sopa recalentada que fue la constante de los viejos y, supongo, de Victoria y el neuro. 
Y aunque  esté sola y la geografía emocional parezca una estepa deshabitada, el amor (finalmente puedo nombrarlo), ese amor me reconcilia con la vida, porque se me quedó adentro como un privilegio, un rescoldo amigo que me calienta los días. Algo que ellas nunca tuvieron.

©  Mirella S.   — 2013 —





Óleo de Alberto Pancorbo





Y mis padres por fin se dan cuenta de que he sido secuestrado 
y se ponen en acción inmediatamente:
alquilan mi habitación.

Woody Allen


2 comentarios:

  1. Super interesante me pareció esta narración y graciosa, quizás porque también tengo dos hermanos, soy el mayor y el del medio era el que tenía menos rating dentro de la familia, de chicos nos agarrábamos a trompadas. Tus historias hacen revivir, están muy bien contadas!!
    Abrazote, Mir!!

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    1. Gracias, Edu, por dedicarte también a las entradas antiguas y dejarme un comentario para que el post no quedara tan pelado.
      Como casi desconocía el funcionamiento del blog un día, inconscientemente, borré de un plumazo todos los comentarios de casi 20 publicaciones.
      Todos dicen que el hijo del medio es el que más sufre y del que menos se ocupan los otros hermanos e incluso los padres.
      Gracias por la lectura.
      Un abrazo.

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