domingo, 30 de diciembre de 2012

El deseo






Son las doce en punto y todos levantan las copas. Ella formula palabras de buenos augurios y felicidades; sin embargo sus pensamientos son peces que nadan contra la corriente. ¿Para qué brindar, cuál es el deseo para este nuevo año, qué pedir? No sabe, se impacienta. Y mientras los demás beben de sus copas y ríen y hablan al mismo tiempo, ella se aparta un poco, se asoma a la noche caliente y negra, interrumpida por estrellas falsas, que explotan y se queman en su propia luz.
Piensa que su vida ha sido una serie de fuegos artificiales: breves chispazos en una noche de inquietudes. En años anteriores cumplía con la ceremonia de pedir su deseo cuando el reloj daba la última campanada, elevaba la copa y pedía, pedía con todo el vigor de su anhelo. Y esperaba que el cosmos o algún ángel o la magia de un duende se lo otorgara. Una vez exhortó a las fuerzas del universo que le enviaran el amor, en cambio ese año la despidieron de la empresa. Al siguiente, aún desocupada, suplicó por un empleo, entonces fue que conoció a Andrés. A fines de ese año el pedido fue ¡matrimonio! Y allí apareció ese puesto de última categoría, con un salario avaro. Y desapareció Andrés. Después pidió irse de la casa paterna, ser independiente y no tener que compartir la habitación con sus hermanas. Pero las que se casaron y formaron su propio hogar fueron las hermanas y ella se quedó en un cuarto vacío, en el silencio de la casa familiar.
Pidió viajar, conocer el mundo, de mochilera, haciendo dedo, de cualquier manera. Ese año volvió Andrés y le propuso el antes anhelado casamiento. Ella titubeó, pero no debía desaprovechar la oportunidad de abandonar la estrechez de miras del viejo hogar. Con él iría a tantos lugares… Resultó que Andrés era sedentario y para la luna de miel armaron un bolso, se subieron al 60 y se alojaron en la posada de una isla del Tigre. Para qué ir más lejos —argumentó él ante su cara ensombrecida—, allí había la vegetación que tanto le gustaba y el monólogo acuoso del río, golpeando en el muelle de madera la arrullaría, mientras él se echaba una siesta.
Al otro año, vaciló a la hora de hacer su pedido. Decidió cambiar la estrategia. Pidió un hijo, que no quería en esos momentos, cuando muy en el fondo el ansia de libertad la consumía. Tuvo al hijo. Después pidió morirse y se enfermó Andrés. Pidió que se curara: él sanó y se fue con la médica. Con el dinero del divorcio pidió tener su propia empresa. Ese año se enamoró de un modo salvaje.
Su sistema nervioso se había vuelto frágil y aliviaba su ansiedad comiendo. Pidió adelgazar: quedó embarazada. Se casó. Se trasladaron a un país remoto, tuvo que aprender el nuevo idioma. Viajaron continuamente por regiones áridas, sucias, empobrecidas. Los niños crecían, el marido acumulaba dinero usurariamente. Ella ya no reclamaba trabajo, viajes, tampoco amor, casamiento o divorcio. Sólo volver a casa, a su tierra, a la familia, los amigos.
El reloj marcaba las 12,10’ y ella, en ese país que no era el suyo, rodeada de gente extraña y mirando la noche ardiente, todavía no había hecho su pedido. Se dijo que era una ingrata, que después de todo obtuvo muchas de las cosas que había pedido. A destiempo, sí, no cuando las deseaba. ¿Acaso la vida, el destino tiene un movimiento lineal? ¿O es una sucesión de curvas y espirales que vuelven sobre sí mismas, se superponen, retroceden para tomar impulso y, así enroscadas, avanzan?
Bebe un sorbo de vino blanco que ya se ha calentado en su copa y decide que este año no va a desear nada. Dejará que alguna deidad, el planeta Urano, el azar, la providencia o lo que sea, la sorprendan.
 ©  Mirella S.   — 2012 —


Acuarela de Silvia Pelissero






La vida de cada hombre
es un camino hacia sí mismo,
el ensayo de un camino,
el boceto de un sendero.

Herman Hesse



jueves, 27 de diciembre de 2012

Primera vez


                          

   Fue en un cuarto anónimo,
igual a tantos otros,
tu primera vez.
Tenías quince, veinte le dijiste,
y él te creyó:
alta, el desparpajo de una emperatriz,
te ostentaba como un trofeo.
Con ese amor de los quince,
lo mirabas y suspirabas,
él te calentó despacio
en esa tarde sin tiempo.
A la hora de los gatos bajo la luna
te arrastró al refugio
de encuentros clandestinos,
de sexo por hora
o de los solitarios
en su incesante búsqueda
de muerte y resurrección,
de resurrección y muerte.
La cama era generosa,
pensaste en cuántas células muertas y ADN
habría cobijado; también la tuya:
algún cabello cobrizo, escamas de piel;
gotas de sangre,
indicaron tu paso de adolescente
que simula ser mujer,
y algo ambiguo,
un pálido estupor
no te impidió que una lágrima,
sólo una, se derrame.
Y te olvidaste de mentir experiencia,
tu cuerpo se enfrió de golpe,
miedo y desilusión: ¿era apenas esto?
Él hundió la cara en tu cuello,
con mugidos de vaca satisfecha,
cayó boca arriba, no te tomó la mano,
se durmió enseguida.
Conociste el gusto de la manzana venenosa,
lo guardaste en la saliva,
en las encías,
en las papilas de la lengua,
               el sabor a decepción de lo prematuro.                  



©  Mirella S.   — 2011 —




La noche circular,
un río que en sí mismo desemboca.
Aquí los juegos,
simulacro y liturgia,
todo siendo y no siendo.


       Julio Cortázar

                                            

jueves, 20 de diciembre de 2012

Los días

Fotografía de Albert Panin


Nunca escribí un diario ni compré un cuaderno que me indujera a volcar en su blancura emociones, actos cotidianos, mínimos o extraordinarios. Lo hice por primera vez aquel año, en uno encontrado en la oficina. Fue una escritura catártica, cada palabra rezumaba mi desconsuelo. Las páginas se cubrieron de letras, se salpicaron de exiguos globitos que, con su humedad, corrieron la tinta en una acuarela turbia. Un día lo abandoné en el banco de una plaza para que la intemperie lo destruyera o alguien se robara esas palabras.

*

Los domingos, cuando oscurece, caigo en algo que termina. Las cosas cambian de color, se cubren de una bruma que parece surgir de mis manos. Cuántos instantes desperdiciados en simulacros de caras contentas. 

*

Algunos días me envuelve el hálito de la nostalgia y me escabullo a la niñez, a los juegos en el recreo, a los claroscuros de mi madre: la boca adusta o su canto festivo.

En otros procedo como un robot; camino por las calles, tropiezo, me empujan, subo al tren, bajo en la estación habitual, doblo por la misma esquina, con mi corazón de lata a cuestas. 

Los mejores son aquellos cuando el amor por lo vivo me despierta, una mano amiga descansa en mi hombro, un niño me ofrece una sonrisa, un pájaro me roza con su ala.


©  Mirella S.   — 2012 —





No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo.
Para abordar la escritura,
hay que ser más fuerte que uno mismo.

Marguerite Duras



martes, 18 de diciembre de 2012

Dormirse en Navidad



       
La Navidad es redivertida, está Papá Noel con su ¡ho ho ho! mientras sacude una campana. En diciembre por la tele pasan un montón de pelis con historias en las que Papá Noel ayuda a chicos que no tienen familia, con papás separados o que se llevan mal; él lee las cartas que le mandamos y después baja en Nochebuena con su trineo cargado de regalos para cumplir nuestros sueños.
Me cuesta entender cómo hace acá que es verano, no hay nieve por donde resbalar y a los renos les deben doler las patitas si tienen que tirar del trineo con el peso de los regalos y del mismo Papá Noel (que es grandote y panzón) por los adoquines de nuestra calle, que encima no está pavimentada como las del centro. Y él con todo ese abrigo. Qué tonta soy, viene del Polo Norte, mami dice que allí hay puro hielo, a ver si todavía se pesca una gripe igual a la que tuve a los cuatro años, con una tos que no se me iba más.
Yo lo vi una vez en el shopping, donde por suerte hay aire acondicionado, mami sabía que estaba y me llevó. No sé cómo se entera ella; cuando le pregunté me contestó que Papá Noel avisa por mail o ella se fija en Internet en qué lugar va a estar. A escondidas lo busqué en la compu, pero no lo encontré, capaz que sólo los padres tienen acceso o escribí algo mal, porque la seño dice que tengo horrores de ortografía. 
Hice el borrador de la carta, Papá Noel siempre me trajo lo que pedí, bueno, tampoco exagero, papi y el abuelo siempre hablan de la crisis del mundo, que no hay plata, que sigue habiendo chicos que se mueren de hambre y entonces me da cosa pedir juguetes caros, así Papá Noel puede traerle regalos a todos los chicos.
Gabi me dijo que el Papá Noel que vi en el Shopping era un hombre disfrazado, a ella se lo dijo la hermana, que tiene doce años. No lo podía creer, si hasta me había dado un beso y me hizo cosquillas con los bigotazos blancos y me dijo al oído que se veía que era una nena buena, que en mis ojos, de tan transparentes, alcanzaba a verme el alma, que siguiera así. 
En seguida se lo conté a mami, que se puso refeliz y se lo dijo a toda la familia, que son tantos y vinieron para que les mostrara los ojos transparentes ¿será que me querían espiar el alma? ¡Pero si dicen que es invisible! Si Papá Noel la vio es porque tiene poderes y si no me retó por las mentiritas que dije o de aquella vez que me copié en el dictado porque me atrasé, quiere decir que no fue tan malo lo que hice. Esa Navidad encontré una muñeca hermosa, que no había pedido. Un premio especial de Papá Noel, porque vas a pasar a segundo grado, me explicó papi. Entonces por qué la tarada de Gabi anda diciendo que Papá Noel no es de verdad. Después le fui a preguntar a mami y ella me tranquilizó con un no le hagas caso y una caricia. Y la Navidad volvió a ser la luz de la estrella en la punta del árbol, los angelitos colgando de las ramas, la bota roja en la puerta de casa y el dibujo de la cara sonriente y barbuda de Papá Noel, pegado en la pared enfrente de mi cama.
No veo la hora de que sea Nochebuena, este año fue difícil para mí, estuve enferma todo el invierno y falté mucho al cole. No pasé de grado, espero que Papá Noel no crea que soy una vaga o una burra, no sé que me pasa ahora, no me acuerdo lo que leo o lo entiendo al revés. Fui un montón de veces al doctor, que me mandó a otro que era tan divertido como Papá Noel, hizo unos garabatos en una hojita con una letra peor que la mía y mami y papi me llevaron a un lugar donde me enchufaron un montón de cablecitos en la cabeza. 
Cuando volvimos al lo del doctor que me hacía reír, miró los papeles que le dio mami, se puso serio y empezó a hablarle a ella en voz baja y me di cuenta que desde entonces mami está triste y una vez la pesqué llorando en la cocina y le dije mami mami qué te pasa, por qué llorás, las cuentas no estaban bien, pero la seño me dijo que no importaba, que ya iba a aprender a dividir en cuanto me sintiera mejor. Y mamá salió con algo muy pavo, que las lágrimas eran por la cebolla que acababa de cortar, cómo iba a ser la cebolla si hacía rato que planchaba, sobre la mesa tenía la pila de las sábanas y las camisas.
Pasé en limpio la carta, me quedó un poco desprolija, de golpe me tiembla la mano y pego un saltito como si me asustara, igual a cuando Teo viene de atrás en puntas de pie, me tira del pelo y grita ¡buuuu! Mamá le habló y no lo hace más. Le di la carta a mami, ella sabe qué hacer para que le llegue a Papá Noel antes de Navidad. Menos mal que terminó el cole, estoy muy cansada, a veces camino y se me mueven solas las piernas ni que fueran flanes. Me tengo que acostar un rato y miro dibujitos por la tele, ahora mamá me deja.
Ayer sucedió algo que me hizo sentir como si unas uñas frías me rasguñaran la panza. Abrí un cajón del armario de mamá porque no tenía más pañuelos y ahí, medio escondido, estaba el sobre celeste con la carta para Papá Noel. ¡Mami no se lo mandó y mañana es Nochebuena! Entonces está enojada o cree que Papá Noel se iba a enojar porque repito el grado, entonces no habrá regalos porque no me los merezco, entonces… Me acordé de lo que dijo Gabi de Papá Noel, al final todo es una mentira. Agarré la carta y la rompí en pedacitos y  sentí lo mismo que en la montaña rusa, en la bajada repentina, cuando creí que los dientes se me iban a clavar en los ojos y el estómago se me saldría por la nariz. Y de golpe me vino a la cabeza la cara de la abu Jorgelina que me contaba fábulas y me convidaba con chocolate caliente. Ella es la hermana mayor de la abu Neli, que es mi verdadera abuela. La abu Jorgelina ya no está más, se murió hace poco, era la madrina de papá. Eso que él es grande, pero igual la seguía queriendo mucho y me llevó para que la despidiera. Me pegué un susto enorme cuando la vi acostada adentro de un cajón, ancianita y blanca, con los ojos cerrados y un ramo de flores en las manos. Le pregunté a papi por qué estaba ahí tan dura, sin moverse y él me dijo que la abu Jorgelina se había muerto. Yo le pregunté qué era morirse y él se rascó la barba, miró para arriba, volvió a rascarse la barba y contestó que era igual a quedarte dormida, pero que no te despertabas. Le pregunté si le había dolido, no, ni se dio cuenta, dijo papi, rapidito. Justo en ese momento dos hombres vestidos de negro, bajaron la tapa del cajón y yo le tiré de la manga a papi y le pregunté cómo va a respirar la abu ahí adentro. Me contestó no te preocupes, ya no tiene que respirar, ya no siente nada. Sé que hago muchas preguntas y no entiendo muchas cosas, pero volví a preguntarle ¿a dónde se va ahora? Papá me miró y tenía los ojos mojados de tristeza y contestó que la abu Jorgelina iba a hacer un largo viaje.
Mami, por suerte, me deja la luz del velador prendida, ahora tengo miedo, adentro de mi cabeza escucho mi voz, como si hablara con alguien, y la voz dice creo que me estoy por morir y a lo mejor tiene razón, por eso ando siempre cansada y a veces se me caen las cosas y mami y papi lo deben saber, están tristes y no mandaron la carta a Papá Noel, total para qué si me voy a morir, es un desperdicio de regalos. Será esta noche entonces, mañana ya es Navidad, Papá Noel no recibió la carta y no va a traer los regalos. Me voy a morir en Nochebuena y si es como dormirse es lindo, porque voy a soñar, siempre sueño cuando duermo y seguro voy a soñar con mami, papi, Teo, la seño que es un amor, con Gabi y las chicas, también con Papá Noel y puede ser que me suba en el trineo y me lleve hasta el Polo Norte a mirar cómo los elfos hacen los juguetes para los niños de todo el mundo, y también voy a viajar igual que la abu Jorgelina y si papá, que sabe, dice que no se siente más nada cuando estás muerta, no me tengo que levantar y ponerme la campera gruesa por si me resfrío, cuando a las doce pase Papá Noel a buscarme.
©  Mirella S.   — 2010 — 







Agradezco profundamente a los que tuvieron la paciencia (y el tiempo) de llegar hasta el final. Aunque no soy fanática de las Fiestas, nunca está de más augurar muchas felicidades o suerte o prosperidad o amor o salud o lo que cada uno ande necesitando en estos momentos...
¡Un fuerte abrazo para todos!